CAPÍTULO XXXIV

Fue así como empecé mi reinado, con una gran fiesta y un pueblo feliz, pero con el corazón acongojado por la partida del mejor de mis amigos y el sufrimiento que este adiós le traía a una pequeña dama de hermosos ojos verdes.

De nuevo el tiempo comenzó a correr con su usual fluidez, sin detenerse a ver la vida de los demás. Candy había decidido pasar unos días en casa de sus madres para calmar su pena y regresar a Lakewood con su usual felicidad y brillo.

En cuanto a mí… bueno, ser Rey resultó mucho más aburrido y cansado de lo que esperaba. Había mucho que hacer, pero todo era tan monótono. El pueblo estaba en calma y yo ya no tenía permitido hacer nada solo. Siempre tenía a un grupo de caballeros cuidando cada uno de mis movimientos "eres demasiado importante para estar solo" solía decir Lady Elroy, supongo que después de la muerte de cada miembro de mi familia ella había decidido que yo no los seguiría pronto.

Mi libertad no era tan plena como lo había sido antes, pero aún podía disfrutar de largas cabalgatas por los linderos del castillo. El bosque seguía siendo mi lugar favorito dentro de las tierras que me pertenecían y, cuando nadie me veía, buscaba la forma de escaparme al menos por unos minutos a escuchar la paz del silencio y ver como las estrellas se colaban por las ramas de los árboles.

Mis días con Aldys ahora no eran más que un hermoso recuerdo, un recuerdo que me negaba a olvidar, pero en ocasiones, me preguntaba si no había soñado cada minuto, cada palabra… cada caricia… y luego miraba su marca en mi piel y acariciaba la vaina que me había regalado, entonces sabía que todo había sido real.

Ahora el paisaje comenzaba a cambiar. Los árboles comenzaban a tirar sus hojas sobre los senderos y el verdor de los prados cambiaba por un tono pardo. El otoño se hacía presente. Pronto se cumplirían dos años de la muerte de Anthony.

Por esos días recibí una carta de Candy en la que me informaba que ya se sentía mejor y que volvería al castillo para estar presente en el cumpleaños de mi sobrino y en su aniversario luctuoso. Pensé en mandar por ella, pero después recordé aquella marca en su hombro, lo mejor sería ir yo mismo y aprovechar la ocasión para hablar con sus madres. Si Candy era una princesa debíamos educarla como tal y después reclamar su reino.

El viaje fue muy tranquilo. Al llegar al hogar de Lady Pony, el mismo grupo de niños que hacía algunos años nos había recibido a otros caballeros y a mí, salió a nuestro encuentro. Ahora se veían más sorprendidos que antes. Ya no era a los caballeros a los que veían con asombro, era al Rey a quien admiraban.

Candy salió tras ellos. Pocas semanas habían pasado desde la última vez que la vi, pero no pude evitar observarla con detenimiento. Se veía más tranquila, su sonrisa había vuelto a su rostro. Cada día era más hermosa. Supongo que es algo que ella lleva en la sangre. Estoy seguro que las reinas de antaño y sus descendientes mejoran su apariencia a cada momento, el tiempo es muy amable y benévolo con ellas.

Su majestad – dijo haciendo una reverencia – no debió haber venido hasta aquí – su voz acarició mis oídos con dulzura.

¿Cuántas veces debo decirle, mi lady, que mi nombre es Albert? Cuando me trata con tanta ceremonia me siento… viejo – dije después de besar su mano, ella sonrió. Un par de damas que ya había visto anteriormente llegó a nuestro encuentro.

Niños, dejen a los caballeros por un momento. El Rey y ellos han tenido un largo viaje y deben estar cansados – dijo la primera dama – Majestad ¿podemos ofrecerle algo?

Le agradeceré un poco de agua Señora.

En seguida. Lady María, ayúdeme a traer agua para el rey y sus caballeros – urgió Lady Pony a su eterna acompañante.

Las dos señoras se encargaron de brindarnos el vital líquido y me invitaron a pasar a la casa. Ninguna de las dos se cansaba de decir que "no era necesario que llegara por Candy". Les dije que no podíamos quedarnos mucho rato y le pedí a Candy que se alistara para regresar al castillo. Cuando ella nos dejó para terminar de arreglar las cosas que llevaría de regreso a Lakewood aproveché para hablar con sus madres.

Lady Pony, Lady María, no sé muy bien cómo exponer lo que me trajo aquí, así que seré directo – sus expresiones se tornaron serías.

¿Qué ha hecho Candy?, ¿acaso ella? Lady Pony le dije que debíamos ser más severas con ella.

No, señoras. Su hija no nos ha causado ningún problema.

¿Entonces? – suspiré.

Hace algún tiempo Candy tuvo un percance y debimos atenderla con urgencia para que salvara la vida…

¡Por los dioses! – dijeron ambas damas al unísono mientras intercambiaban miradas de consternación.

En esa ocasión pude ver la marca que Candy lleva en el hombro – las mujeres voltearon a verse instintivamente – en ese momento no le di la menor importancia, pero algunos meses después me enteré de la relevancia de esa marca.

Señor, ¿usted? – preguntó Lady María.

Sí mi lady. Sé que esa es la marca de la familia de la Reina Blanca. Sé lo que le pasó a ella y a su familia y… sé también que su doncella logró escapar con la única heredera de su reino… supongo que usted…

Pero… ¿cómo?

Pasé un tiempo con la llamada "Reina Negra", la reina de los bosques. Ella me habló de todo – las dos mujeres se veían tensas – mi intención no es perturbarlas señoras, sólo quiero que sepan que pueden contar con mi apoyo para lo que sea necesario. Candy tendrá toda la protección y cuidado que yo pueda ofrecerle, pero creo que además requiere ser educada de acuerdo a su rango y, si está en mis manos, yo mismo me encargaré de hacer de ella la princesa que debía haber sido. Además si ustedes así lo deciden, podemos incluso reclamar sus tierras – Lady María me miró fijamente antes de hablar.

Señor, agradezco mucho lo que intenta hacer, pero no creo que sea prudente hacer nada. Mi reina jamás me habría perdonado poner en riesgo la vida de su hija. Ella misma dio su vida para mantener la de Candy. Su reino ya tiene reyes nuevos…

Podemos declararlos traidores.

No lo sé señor.

Permítanme al menos educarla, y piensen en lo que les he dicho. Mientras tanto mandaré a investigar sus tierras para saber si su pueblo está contento con sus nuevos líderes. Me atrevo a decir que una vez que se ha vivido bajo un matriarcado es difícil rendirle pleitesía a un hombre.

Ya estoy lista Albert, podemos irnos cuando guste – todos volteamos a ver a Candy esperando que no hubiera escuchado lo que hablábamos – pero ¿qué pasa? es que ¿acaso hay algún problema?

Ninguno mi Lady, debemos partir.

Cuídela mucho majestad. Usted mejor que nadie sabe lo "importante" que es ella para nuestra familia.

No deben solicitarlo señoras, ella es muy importante también para nosotros – las palabras "lo es para mí" llegaron rápidas a mi mente, pero evité decirlas – de eso pueden estar seguras.

Después de algunos momentos de despedida partimos de nuevo a Lakewood. Yo llevaba una pequeña sorpresa para "lady pecas". Desde que llegó a sus tierras, Terry me escribía con mucha constancia y junto con las cartas que me enviaba, me hacía llegar siempre una dirigida a Candy, así que en cuanto pude le entregué el paquete de cartas que mi hermano le había mandado. Sus ojos brillaron como antes al reconocer su caligrafía, y una hermosa sonrisa se mantuvo en su rostro durante todo el viaje. Así era como me gustaba verla, sonriente… feliz.

Los días seguían con el mismo tedio de siempre, iluminados de vez en cuando por las ocurrencias de Candy, que aunque se la pasaba pregonando lo "aburrido" que era ser una dama y lo "molesto" que era tener a Lady Elroy siempre tras ella, se las ingeniaba para arrancarme una sonora carcajada cuando más la necesitaba.

El aniversario luctuoso de Anthony llegó y Lady Elroy mandó a oficiar una misa en su honor. El Arzobispo de Canterburry dedicó un sermón increíblemente largo a hablar de la muerte y el perdón de los pecados… el ambiente era triste y las palabras del sacerdote no hicieron mucho para amedrentarlo. En cuanto la ceremonia terminó, acompañé a Lady Elroy por un rato y después regresé a mis aposentos.

Por la noche, poco después de que el sol se había puesto salí de mi cámara en dirección al lago, ahora me correspondía hablarle a mi sobrino de una forma más directa, pero antes debía pasar por su jardín y tomar algunas de sus queridas rosas. Al llegar la vi de rodillas frente al rosedal que Anthony había creado para ella. Me acerqué con sigilo y cuando finalmente pude distinguir con claridad su rostro, el brillo de la luna me mostró a esas pequeñas intrusas que salían de sus ojos. Al sentirme cerca volteó a verme.

Discúlpeme Candy, no quería interrumpirla… – ella se limitó a sonreír.

Sólo vine a decirle lo mucho que lo extraño. Creo que él me escucha con más claridad aquí que en un templo lleno de personas… pero dígame Albert ¿qué hace usted aquí… solo?

Yo también quiero hablar con Anthony, pero a mí manera. Vine por unas rosas. Voy camino al lago, ¿quiere venir conmigo?

Me encantaría.

Tomé las rosas por las que había ido, una de cada rosedal. Al llegar al lago repetí parte del ritual que había hecho un año atrás, al menos la parte que recordaba. Al terminar de dirigir mis oraciones a los dioses, deposité una a una las rosas que había llevado en el lago. Candy me miraba con una mezcla de confusión, sorpresa y admiración… "es algo que aprendí hace un año" fue la escueta respuesta a la pregunta que me hacían sus ojos.

Son dos años ahora Anthony. La tristeza me ha dejado, pero tu recuerdo persiste. He cumplido mi promesa muchacho, soy el hombre que debía ser, y sé que te tengo a mi lado. Espero que tú también cumplas tu promesa y donde quiera que estés seas feliz… te extraño – tomé una rosa blanca, la besé y la deje ir – algún día te volveré a ver – me giré y vi a Candy sonriendo.

Que hermosas palabras, y que bella forma de hablar con él – vi ese brillo en su mirada.

Es su turno mi lady. Mire, guardé una rosa para usted.

Oh, pero no sé qué decir, no sé qué hacer.

Sólo haga y diga lo que su corazón le mande.

¿Usted cree que él me escuchará?

Por qué no lo intenta… – ella tomó la rosa y se paró a la orilla del lago. Primero cerró los ojos, después levantó la cabeza al cielo y entonces dijo:

Mi querido Anthony, un día como hoy te perdí, pero no te fuiste por siempre, ¿no es cierto? Aún te siento a mi lado. En ocasiones escucho tu risa y si cierro los ojos te veo. Extraño lo que pudimos ser, pero… tú querías que fuera feliz, muchas veces me pediste que no dejara de reír y aunque por mucho tiempo lloré tu partida, ahora tu simple recuerdo arranca de mi boca una gran sonrisa. Sé que me estás cuidando y por eso soy feliz porque te tengo a ti cuidándome desde el cielo y al Señor Albert cuidándome aquí en la tierra. Gracias por haberme permitido conocerte y quererte. Espero que esta rosa llegue hasta dónde estás. Yo algún día lo haré también. Adiós.

Al terminar de decir sus palabras dejó la rosa en las aguas y regresó a mi lado. Estuvimos un tiempo más ahí y después regresamos al castillo. Mis caballeros podían alarmarse si descubrían mi ausencia. Acompañé a Candy hasta su alcoba y entonces

Gracias Albert, por compartir ese momento conmigo.

No fue nada mi Lady.

Sabe, creo que Terry tiene razón… usted siempre aparece cuando más lo necesitamos y le da un giro a las cosas. Le doy gracias al destino por haberlo puesto en mi camino.

Y así con esas palabras y una hermosa sonrisa entró a sus aposentos. Dejándome mudo y con el corazón latiendo sin control.