Lee volvía a su lugar preferido de asesinos a la hora que le habían indicado. Ahora llevaba una capucha gris y un pantalón de mezclilla azul. Caminaba relajadamente por las calles y delicadamente entró al lugar, fijándose en que nadie lo viera entrar. Finalmente al entrar, miro con frescura el lugar. Como si fuera una feria, múltiples tiendas y mesas con distintos productos que toda clase de criminales llegaban a necesitar al cometer sus pecadores actos. Era un lugar maravilloso a los ojos de Lee.
—¡Lee!—le grito el tipo de la tarde. Hoguka, su fiel ayudante y conseguidor de armas letales en sus misiones.
—Ah, hola Hoguka.—le saludo Lee, embozando una ligera sonrisa. Le dio demasiada flojera estrechar su mano o moverse, así que prefirió simplemente utilizar una encantadora sonrisa a su favor.
—Las cosas que nombraste, llegaron.—le informo el, causando una sensación triunfante en Lee.—Solo búscalas en las mesas, están expandidas por ahí.
—Oh, gracias—dijo Lee, yendo camino hacía una de las mesas más distantes. No era el único que estaba ahí, no obstante no le intereso y solo se dedico a ver.
—Lee, ¿que deseas?—le pregunto Kohu, el que atendía la mesa. Lee conocía a absolutamente todos en el lugar, sin embargo llevaba mejor relación con los encargados, por conveniencia propia.
—Pastillas para dormir, algo así como una anestesia.—explico el pelirrojo, serio. Cuando se trataba de estas situaciones, Lee tomaba siempre una actitud mayormente madura, independiente y fría. Además de que no le gustaba que lo trataran como un niño, puesto que hace mucho tiempo su alma había dejado de serlo.
—¿Y tu, Yagane?—cuestiono Kohu. Lee miro con curiosidad a la persona que se encontraba a su lado, y reconoció sus ojos tono sangre al instante.
—Que haces aquí.—le dijo este, cortante. Yagane lo miro con incredibilidad.
—Trabajo, idiota.—le respondió, con serenidad absoluta. Aunque Yagane debe admitir haber sentido un gran escalofrío al oír la calmadora voz del pelirrojo y al oír como nombraban su nombre. Yagane pensaba que no existía nadie como el en la escuela, pero, se equivoco.—¿...tu?
—Oh, hago esto todo el tiempo. Soy prácticamente un profesional.—dijo Lee orgullosamente. Yagane solo suspiro, hastiado por la actitud.
—No presumas. No es nada genial.—le comento el castaño, siendo bastante cortante y reservado al momento de hablar, además de que se notaba cierta timidez en el.
—Depende como lo veas—comento Lee, dejando su mirada entreabierta.—Esto es un verdadero arte, Yagane.
—¿Arte?—cuestiono este, extrañado. Lee era una persona distinta al resto.—Es solo asesinar. El trabajo sucio.
—Es relativo, Yagane. Yo veo hermoso utilizar los cuchillos contra alguien, como un estilo de danza. Ver como la sangre sale, como si la nieve cayera. Y mancharse en el, lo que significa que estas santificado. Ya eres parte de esto.—decía Lee, mostrándose bastante profundo en sus palabras y declaraciones, dominando su expresión y vocabulario.
—¿Yagane, que querías?—le recuerda Kohu, al parecer, impaciente.
—Morfina, por favor.—pide el castaño educadamente. Se lo entregan al instante en un frasco blanco guardado en una transparente y pequeña bolsa.—Gracias.
—¿Deseas algo más?—cuestiona Kohu, curioso. Yagane niega con la cabeza. A Lee le entregan sus pastillas, también en un frasco y bolsa.—¿Y tu, Lee, quieres algo más?
—Sí. ¿Tienes algún tipo de pastilla que produzca dolor?—cuestiono el de ojos azules.
—Que masoquista eres.—comento Yagane con voz baja. Su mirada era algo apagada pero aun peligrosa. Como si dijera "lárgate de aquí".
—No es para mí.—explico Lee, mientras bufaba y hacía una mueca.—Es para el trabajo sucio.
Lee no evita pensar en la imagen de un Yuuki todo sangrando y gritando de dolor, lo cual le causa alegría y placer.
—¿Matar?—dice Hioti, frío.—No necesitas utilizar códigos. Dilo por su nombre, quitar vidas.
—No seas tan dramático, niñito lindo.—le dice Lee, relajado. Finalmente le entregan las pastillas.—Gracias Kohu. Nos vemos luego.
El asiente y se despide de ambos con un gesto en la mano.
—¿Que más necesitas?—le interroga el de mirada sangre, curioso.
—Armas.—sentencia Lee, decidido.—Acompáñame, no me gusta estar solo.
—Como gustes.—responde este otro con cortesía. Ambos recorrieron por un buen rato las distintas mesas, consiguiendo todo tipo de cosas que resultaban letales. Finalmente terminaron con toda la compra de armas y pastillas.
—¿Pasarías la noche en mi casa?—le pregunta Lee, sorprendiendo al castaño.—Como te dije, no me gusta estar solo. Y vivo solo.
—...Solo hoy.—acepto con mala gana Yagane. Ambos se dirigieron a la casa de Lee, la cual era espaciosa y bastante solitaria.
Ambos estuvieron tomando cervezas y conversando bastante tiempo sobre sus vidas y distintos temas, conociéndose más y más.
—Vaya Yagane, pensé que eras un tipo insoportable.—dijo Lee con picaría.—¡Pero al parecer eres todo un amor de persona!
—Tsk.—gruño el de ojos rojos, frío.—Solo calla.
El castaño, el cual se encontraba sentado en la cama de Lee, se recostó y cerro los ojos por un momento, relajándose. Su sorpresa fue cuando sintió unos labios contra los suyos. Abrió los ojos de golpe, impactado.
—Buenas noches.—dijo Lee, que luego del beso, se coloco a su lado en la cama y cerro los ojos. Yagane sin poder evitarlo se sonrojo.
Ese había sido su primer beso. Primer beso. ¡Primer beso!.
—...Buenas noches.—murmuro el, colocándose cerca de Lee, aun así sin rosarlo, solo a su lado viéndolo.
Yagane acarició delicadamente los rojos cabellos de la persona que tenía a su lado. Eran tan suaves y bien cuidados, tan representadores del fuego como de la pasión pura. Observo la belleza que Lee tenía por un momento. Era demasiada como para calificarla o decir que había mejores. Finalmente cerró sus ojos.
—Si supieras Lee, si supieras todo lo que siento por ti.
Finalmente, se dispuso a dormir junto a la persona que había robado la virginidad de sus labios, la persona que le había robado su primer beso. La persona por la cual empezó a nacer un sentimiento más potente que la amistad. La persona que creo un sentimiento en el.
