- Tengo que irme.
- ¿Por qué?
James se giró en la cama, quedando bocabajo, e hizo un pequeño puchero que le sacó una sonrisa a Lizzy, que estaba de pie, frente al espejo y había recogido toda su ropa del suelo.
- Porque tengo cosas que hacer con las chicas. – Se encogió de hombros mientras comenzaba a vestirse y giró la cabeza para poder mirarlo. – Además, te das cuenta de que estamos de exámenes y pasamos más tiempo en la cama que estudiando, ¿no?
- Tú estudias teatro, es una carrera muy práctica, y yo lo llevo todo bien. – Se puso de pie y se acercó a su espalda. Apoyó una mano en su cadera y comenzó a besar su cuello. – ¿Vas a preparar la competición?
- Ya decía yo que estabas muy interesado en que no saliera de la cama… - Se giró y enredó los brazos detrás de su cuello. – Pero, lo siento, no vais a ganarnos. Rose ha organizado unas sesiones de estudio intensivo y vamos a ganar ese concurso de preguntas y respuestas.
- Bueno… - Mordió su cuello y ella gimió. – ¿Y si nos quedamos otro ratito?
- No puedo, en serio. – Tuvo que reunir todo el autocontrol de su cuerpo para separarse de él. Suspiró y apartó la mirada. Si lo veía desnudo, acabaría quitándose la ropa que acababa de ponerse y volvería a la cama con él. – Además, no me voy por la competición. Tengo voluntariado, he quedado con Lily y otra chica.
- ¿Dónde vais?
- Al hospital. – Suspiró y se removió un poco nerviosa. – Odio ir allí, lo paso fatal.
- ¿Y por qué no buscas otro sitio entonces? Yo voy a un comedor social y a un colegio, por ejemplo.
- En el ala infantil del hospital necesitan mucha ayuda y me encanta poder hacer felices a esos niños, pero hay algunos que están muy enfermos y el año pasado uno murió estando yo de voluntaria… - Cerró los ojos y se estremeció. – Tuvieron que sacarme de allí, decían que así no ayudaba y me echaron. No pude volver más, me ponía a llorar cada vez que intentaba entrar por la puerta.
- ¿Y por qué vuelves?
- No lo sé. Supongo que creo que esos niños necesitan que alguien vaya a leerles y a alegrarles un poco el día. Si es duro para nosotros, imagínate cómo es para ellos.
- ¿Quieres que vaya contigo? – Murmuró, acariciando su mejilla con delicadeza. – Puedo reducir las horas en el comedor social para ir conmigo y tú puedes reducir las del hospital y venir luego conmigo.
- No sé cocinar. – Subió la mirada y sus ojos se encontraron.
- Solo hay que servir la comida, no hay que prepararla. – Contestó él. – Es como llevar comida a domicilio a las personas mayores y con movilidad reducida. También lo hago, por cierto.
- Lily y yo nos hemos apuntado a eso también.
- Pero si ninguna de los dos tiene coche. – James frunció el ceño y Lizzy le dedicó la mejor de sus sonrisas.
- Habíamos pensado que, quizás, podrías prestarnos tú tu coche.
- Ni hablar. Lily estrelló el coche de nuestros padres contra una columna de un parking y tú…
- Yo sé conducir muy bien, pero mis padres no me dejan traerme mi coche.
- Por algo será. – Negó con la cabeza. – No puedes hacer nada para convencerme.
- ¿Estás seguro?
Se mordió el labio con picardía y comenzó a acariciar sus abdominales, descendiendo lentamente, pero él la agarró del brazo antes de que pudiera alcanzar a su objetivo.
- ¿Nunca te han dicho que está muy mal intentar convencer a una persona para hacer algo mediante el sexo?
- Algo había escuchado. – Apartó la mirada, un poco sonrojada.
- No voy a prestaros el coche, pero puedo acompañaros. – Murmuró él, cogiendo su barbilla con delicadeza y haciendo que lo mirara de nuevo. – Y ahora voy a vestirme y a acompañaros al hospital. Vamos a intentar superarlo los dos juntos, ¿vale?
- Sí. – Asintió y le dio un beso lento. – Gracias.
- No me las des, no me cuesta nada.
Quince minutos más tarde, los dos llegaron a la hermandad y se dirigieron rápidamente hacia el dormitorio de la chica para que pudiera coger sus cosas.
- Lily me ha escrito y me ha dicho que está llegando. – Le comentó a James mientras buscaba las llaves en su bolso. – Y Ruth me ha pedido que vaya a buscarla a su habitación en cuanto estemos listos.
- Vale, no te preocupes.
Abrió la puerta y no pudo evitar gritar. Cerró la puerta de un portazo y James apoyó una mano en su cintura, sin entender muy bien qué acababa de pasar.
- ¡Rose, la puta corbata! ¡Siempre te lo digo y nunca me haces caso, joder!
- ¡Lo siento, lo siento! – La voz de la pelirroja les llegó desde el otro lado de la puerta. – ¡Se me ha olvidado!
- ¡Joder, me has creado un trauma!
- ¡Estamos empatadas entonces!
- ¡No es lo mismo! – Lizzy bufó. – ¡Vestíos, tengo que entrar a coger los papeles del voluntariado!
- ¡Ya vamos! ¡Lo siento, en serio!
La morena se giró hacia James y este le dedicó una pequeña sonrisa compasiva. Menos mal que él no había visto nada porque, si no, estaría tan traumatizado como la chica. Le acarició la mejilla y la atrajo hacia sí para poder abrazarla.
- No pienses en ello. – Murmuró en su oído. – Y, tranquila, si quieres luego te hago olvidar lo que has visto.
- Vale. – Sonrió levemente, sintiendo cómo su enfado se iba esfumando rápidamente. Era increíble cómo James podía conseguir eso con algo tan simple como un abrazo.
La puerta se abrió entonces y ellos se separaron. Rose y Scorpius los miraban completamente rojos, balbuceando excusas.
- Anda, dejadme pasar, no tardo.
Lizzy entró y cogió un par de papeles de su escritorio. Los miró unos instantes y, finalmente, salió mientras los doblaba para poder guardarlos en su bolso.
- Vale, ya está. – Miró a su amiga y se cruzó de brazos. – Si vuelvo a encontrarme con una escena así…
- No se los volverá a olvidar la corbata, te lo prometo. – Le aseguró, dedicándole una mirada de arrepentimiento. – Y el año que viene…
- Cuartos separados, estoy de acuerdo. – Lizzy suspiró y miró su móvil. – Podéis volver a lo que estabais haciendo, Lily está ya abajo. Por cierto, ¿no se suponía que estabais estudiando?
- Nos has pillado en medio de un descanso que, como no nos demos prisa, se terminará antes de que hayamos podido descansar. – Le guiñó un ojo a su amiga y cogió la mano del rubio. – Mucha suerte con el voluntariado.
- No seáis muy malos.
La pareja volvió al dormitorio y los otros dos, tras avisar a Ruth, bajaron para encontrarse con Lily y poder dirigirse, por fin, hacia el hospital.
Lizzy temblaba sin poder evitarlo. Había empezado a sentir ansiedad nada más ver aparecer el hospital y sus nervios cada vez estaban peor. Estaba convencida de que vomitaría antes de llegar a la puerta. James, que se había dado cuenta de todo, pidió a las otras dos chicas que salieran del coche y fueran hacia el edificio.
- No tienes por qué hacerlo. – Murmuró, con la vista fijada en el parabrisas.
- Si no lo hago ahora, no seré capaz de hacerlo jamás. – Contestó ella, también en un susurro, sin ser capaz de levantar la vista de sus manos.
- Estaré contigo, ¿vale? Y, si tienes que parar, no tienes más que decírmelo y te llevaré de vuelta a mi cuarto.
- Está bien. – La morena tomó una bocanada de aire y se giró para mirarlo. – Gracias.
- No me las des, es normal que estés así. Yo estaría igual si hubiera pasado por lo que tú. – La besó con dulzura y sonrió. – Venga, vamos. Esos niños necesitan nuestra ayuda.
Bajaron del coche y, en seguida, alcanzaron a Lily y Ruth. Se presentaron en el mostrador principal, entregaron los papeles que les acreditaban como voluntarios y que ellos debían sellar.
- Muy bien. – Dijo la administrativa cuando hubo comprobado todos los datos. – Pueden subir a la planta de pediatría, pregunten por la enfermera Rogers, ella les indicará lo que tienen que hacer.
- Vale, gracias.
Subieron por el ascensor y no tardaron de localizar a la mujer, que les asignó sus tareas. Lizzy, aferrada a la mano de James y tratando de respirar con normalidad, llegó a la pequeña sala de juegos del hospital y buscó algunos libros para leerles.
- ¿Qué te parece este?
- Peter el conejito y sus amiguitos. – El chico enarcó una ceja y tuvo que contener una carcajada a duras penas. – Parece el título de una película porno.
- ¡James! – Trató de fulminarlo con la mirada, pero empezó a reír sin poder evitarlo. – Eres un bruto.
- ¡Yo quiero leer ese cuento!
Se giraron al escuchar aquella vocecita y se encontraron con una niña de unos seis años, rubia, muy pequeña y delgada. Por el escote de su bata, podían ver una gran venda y, además, llevaba una vía. Lizzy la miró con dulzura y se agachó junto a ella.
- ¿Te gusta este libro?
- ¡Mucho! – Contestó, sonriendo. – Es muy divertido.
- ¿Sí? Pues entonces os lo leeré. – Sonrió y la cogió de la mano. – ¿Quieres ayudarme a escoger algunos más?
- ¡Sí!
Las dos fueron hacia la estantería y comenzaron a buscar mientras el resto de niños iban llegando. James jugaba con ellos y los iba colocando en un círculo, sin dejar de bromear con ellos y escuchar lo que le decían.
- Bien, pues ya tenemos las historias. – Lizzy dejó que la pequeña rubia ocupara un sitio en el corro y ella se sentó en el centro. – Bueno, chicos, me llamo Lizzy y este es mi amigo James y vamos a venir a leeros las próximas semanas.
- Esperamos que os guste.
La chica abrió el libro pero, justo cuando iba a comenzar a leer, un carraspeo hizo que levantara la vista. Ruth estaba en la puerta y le dedicaba una sonrisa nerviosa.
- Lizzy, ¿podrías cambiarme el puesto? – Se mordió el labio. – Es que no puedo…
- Sí, claro, está bien. – Tomó una bocanada de aire y, armándose de valor, se puso de pie. – Niños, esta es mi amiga Ruth y va a leeros los cuentos, ¿vale? Yo me llevo este, que tengo que ir a ver a otro de vuestros amiguitos.
- ¿Quieres que vaya contigo? – Le preguntó James.
- No te preocupes, alguien necesita hacer las voces masculinas. – Le guiñó un ojo y salió del círculo. – ¿Dónde tengo que ir?
- Habitación 218. Es una niña, está prácticamente terminal y te juro que yo no puedo hacer esto. – Le dedicó una sonrisa y apoyó una mano en su hombro. – Te debo una, en serio.
- No te preocupes. Yo me encargo.
Le costó salir de aquella sala de juegos, en la que todos los niños parecían tan sanos, para dirigirse a ese cuarto. Aquella niña también se merecía un rato de diversión y poder olvidarse durante unos instantes de su enfermedad.
- ¿Se puede?
Asomó la cabeza y vio a una pequeña tumbada en la cama –muy pálida y delgada, con profundas ojeras y sin pelo– y, junto a ella, a una mujer que no presentaba un aspecto mucho mejor.
- Espera un momento, me gustaría hablar contigo. – Apoyó una mano en el hombro de su hija y sonrió. – Vuelvo en seguida, cariño.
Se acercó rápidamente a Lizzy y cerró la puerta para que no pudiera escuchar nada.
- Mira, el caso de mi hija es muy complicado y te diré lo mismo que le he dicho a la otra chica, si ves que no vas a poder soportarlo, no entres siquiera. – Suspiró. – No es necesario que pases este mal trago.
- ¿Qué le pasa? – No sabía si era adecuado preguntar, pero no pudo evitarlo.
- Leucemia. La descubrieron en un estado muy avanzado ya y no hay nada que hacer. – La mujer apretó los labios unos instantes y cerró los ojos antes de poder hablar. – Lleva meses ingresada y los médicos dicen que no saldrá de aquí y que solo irá a peor. No creen que le quede mucho.
- Lo… lo siento. – Sintió sus ojos aguarse y tuvo que apartar la mirada. – Sé que no es consuelo, pero lo siento muchísimo.
- No, no lo es, pero nadie puede entender lo que es que te arrebaten a un hijo. No se lo deseo a nadie. – Suspiró de nuevo y miró a Lizzy con resignación. – Ania es una niña muy dulce y pareces una de esas chicas que le coge cariño a la gente con facilidad así que te recomendaría que…
- Yo conozco a alguien que perdió un hijo. – Murmuró, interrumpiéndola. – Mi tío murió con 14 años, mi abuela sabe lo que es esa pérdida y ya la he visto en ella.
- Cuanto lo siento. ¿Qué le pasó?
- Un tiroteo en su instituto. – La chica se encogió de hombros. – Lo perdió de la noche a la mañana. Se lo arrebataron, como ella siempre dice. No pudieron despedirse de él.
- Eso es horrible.
- Quiero ayudar a su hija. – No sabía de dónde había salido aquella determinación, ni cómo estaba ocultando el temblor que la recorría de arriba abajo, pero estaba segura de que aquello era lo mejor. – No voy a derrumbarme delante de ella ni de usted, se lo aseguro. Déjeme ayudarla.
- ¿Estás segura? No quiero que Ania sufra.
- No lo hará.
- Está bien, pues adelante.
Abrió la puerta y ambas entraron.
- Ania, te presento a…
- Lizzy. – Sonrió. – Hola, Ania, ¿cómo estás?
- Bien. – Se encogió de hombros.
- Me han dicho que estabas un poco aburrida así que he venido a leerte un cuento y a jugar un rato, ¿qué te parece?
- ¡Guay!
- Genial. – Se sentó en una silla vacía junto a la cama. – ¿Cuántos añitos tienes, Ania?
- Cuatro.
- Ala, qué mayor.
- Sí.
- ¿Y hay algún cuento que te guste mucho?
La niña miró a su madre y esta le dio uno de los libros que tenía en la mesita de noche.
- Este es su favorito.
- Seguro que es genial. – Lo abrió y carraspeó. – Espero leerlo bien, ¿me ayudas si me equivoco?
- ¡Claro! Venga, empieza.
Lizzy leyó el cuento, fingiendo mal las voces para que Ania, entre risas, pudiera corregirla y, después de este, estuvo un rato jugando a las muñecas con ella hasta que se quedó dormida.
- ¿Quiere que le traiga algo? – Le preguntó entonces a la mujer.
- Acompáñame a por un café a la máquina, tardaremos solo cinco minutos.
Las dos salieron del dormitorio y caminaron unos metras hasta llegar a esta.
- ¿Qué quieres? Te invito.
- Oh, no se moleste, traigo dinero y…
- Insisto. Te has portado muy bien con Ania. – Sonrió.
- Un capuccino.
- Perfecto. – Insertó el dinero y pulsó el código. – ¿Vas a volver?
- Sí. Ania es un encanto y no se merece estar sola.
- Es que esto es muy duro y son pocos los que lo soportan. – La mujer suspiró. La enfermedad de su hija le había costado su matrimonio, pero si su ex-marido era incapaz de estar para su hija cuando más lo necesitaba, ella no lo quería más en su vida. Cogió el café y se lo pasó a la chica antes de coger el suyo.
- ¿Sabe? El año pasado se murió un niño cuando yo estaba haciendo mis horas de voluntariado aquí y tuvieron que sacarme del hospital. – Comenzó a decir en un murmullo. – He estado a punto de no venir. Me apunté porque sabía que si no lo hacía, jamás podría volver a pisar un hospital, pero de no ser por James no habría podido salir del coche.
- ¿James es tu novio?
- Algo… algo así, supongo. – Asintió lentamente y bebió un sorbo de café. – Y me alegro mucho de haberlo hecho porque Ania se merece que alguien esté aquí con ella.
- ¿Volverás entonces?
- Todos los días que pueda. – Le aseguró. – En Navidad regresaré a Seattle, pero seguiré viniendo cuando vuelva, a pesar de que se me hayan terminado las horas de voluntariado. No voy a dejarla sola.
- Eres la primera que se queda. – La mujer sonrió levemente. – Muchas salen corriendo antes de empezar, como esa otra chica, y otras después de pasar con ella un rato. Dicen que no soportarán verla morir.
- Ni yo tampoco, pero ese es mi problema y no el de ella.
- Entonces estaré encantada de volver a verte. – Señaló con la cabeza hacia el pasillo. – Debería volver para comprobar que todo está bien. Nos vemos pronto, Lizzy.
- Volveré mañana, se lo prometo.
Se despidieron con un último gesto y la mujer se marchó. Lizzy se quedó unos instantes junto a la máquina y, por fin, se permitió derramar algunas lágrimas. ¿Por qué la vida era tan injusta? Ania tenía 4 años y toda la vida por delante, ¿por qué tenía que pasarle aquello? Miró el café a medio beber y lo tiró. Debería haberse pedido mejor una tila, necesitaría muchas para poder sobrellevar aquello. Iba a ser duro pero, tal y como había prometido, estaría con ella así que lo mejor sería empezar a ser fuerte. Se secó las lágrimas y, tras comprobar que ya había llegado la hora de marcharse, se dirigió hacia la sala de juegos para avisar a James y Ruth y poder ir a buscar a Lily. Pero no le gustó nada lo que vio cuando llegó ahí. Los dos chicos estaban sentados el uno junto al otro, muy cerca. Él tenía un brazo apoyado sobre los hombros de ella, que le dedicaba miradas y sonrisas que tenían una intención clara. Sintió una enorme punzada en el estómago. Otra vez no podía estar pasándole aquello. Carraspeó y los dos la vieron.
- ¿Nos vamos?
Su tono fue seco y James enarcó una ceja sin poder evitarlo. Sabía que algo le había molestado.
- Claro. – Se acercó rápidamente y trató de apoyar una mano en su brazo, pero ella se apartó. – ¿Estás bien, Lizz?
- Perfectamente. – Mintió. Después de lo de Ania debería ser capaz de ver aquello como una tontería, un problema insignificante comparado con el de los niños que estaban allí, pero era incapaz.
- No te creo.
- Me da igual. – Echó a andar hacia el pasillo. – Ruth, ¿dónde está Lily?
- Iré a buscarla.
- Perfecto, os esperamos abajo.
La otra chica se marchó y ellos dos, en silencio, bajaron al vestíbulo para que les firmaran la hoja de voluntariado. James quería insistir y averiguar qué había pasado –¿habría tenido algún problema con la niña que había ido a ver? Ruth le había contado que estaba muy enferma y por eso ella había preferido ayudar a otros niños–, pero cada vez que sus miradas se encontraban, las palabras morían en su boca. No quería cagarla y hacerla enfadar aún más.
Lily y Ruth no tardaron en llegar y la pelirroja les explicó que había estado echando una mano en el área de neonatos y que le había encantado la experiencia.
- Genial. – Lizzy sonrió levemente y la pelirroja la interrogó con la mirada. – No es nada.
- Si tú lo dices… - Suspiró y recogió su hoja. – ¿Nos vamos?
- Claro.
Los cuatro se montaron en el coche y volvieron al campus en silencio. James primero dejó a Lily en su residencia y después paró frente a la hermandad de las chicas.
- Gracias por traernos, James. Ya nos veremos.
Ruth, que se había dado cuenta de la tensión que se había instalado en el coche, bajó rápidamente y Lizzy se desabrochó también el cinturón pero, justo cuando iba a abrir la puerta, la mano de James la detuvo.
- ¿Te vas?
- Tengo cosas que hacer.
- Te recuerdo que mi prima y Scorpius siguen en vuestro dormitorio.
- Los echaré.
- Y prometimos que ensayaríamos para la obra.
La morena bufó y maldijo por lo bajo pero, finalmente, volvió a abrocharse el cinturón y se cruzó de brazos. La obra era lo primero, no podía echarlo todo a perder por una tontería.
- ¿Vas a decirme ya qué ha pasado? – Le preguntó él mientras empezaban a recorrer los escasos metros que separaban sus casas.
- No ha pasado nada.
- No te lo crees ni tú. – Suspiró. – Vamos, Lizz.
- Te repito que no ha pasado nada y ahora date prisa. Quiero terminar este ensayo cuanto antes.
Nada más aparcar el coche, se bajaron y subieron al dormitorio del chico. Él cogió el guión y miró a Lizzy, que había comenzado a caminar de forma nerviosa, con preocupación.
- Lizzy, ¿estás segura de que no hay nada que pueda hacer para ayudarte?
- Callarte.
Bufó y se dejó caer de espaldas en la cama. Cerró los ojos unos instantes y tuvo que morderse el labio para no empezar a llorar. Sabía que no era el fin del mundo y que James y ella no eran ni siquiera una pareja, pero aquello… La estaba destrozando por dentro. No le gustaba ser tan débil, pero no podía evitarlo. James se tumbó a su lado y le acarició el brazo. Y entonces ella se atrevió a confesar.
- Giorgio me puso los cuernos. – No dejó de mirar al frente, ni cambió su expresión, pero su voz sonó completamente rota. James se giró para mirarla y frunció el ceño, sin entender muy bien a qué venía aquello. – Y cuando te he visto así con Ruth... Sé que no tenemos nada, que esto es solo sexo, pero no he podido evitarlo.
- ¿Te has puesto celosa?
- Me he asustado. – Se puso de lado para mirarlo antes de seguir hablando. – No quiero volver a pasar por lo mismo.
- No te engañaría jamás. – Le aseguró él. – Mientras esto dure, no me iré con ninguna otra, solo existes tú.
- Ya, claro. – Sonrió de medio lado y negó con la cabeza. – Eres un chulo y te encanta ligar, permíteme dudar.
- ¿Con quién te engañó él? ¿Me lo cuentas? – Le preguntó, ignorando su comentario. Sabía que tenía razón, pero las cosas habían cambiado desde que había empezado con ella. Jamás podría mirar a otra de la misma manera que la miraba a ella, pero no sabía cómo hacérselo entender sin confesarle que se había enamorado. Y aún no estaba preparado para admitirlo frente a ella.
- Con mi mejor amiga. – Murmuró. – Miranda y yo éramos inseparables desde pequeñas. ¿Recuerdas la serie Lizzie Mcguire? La prota se llama Lizzie como yo y su mejor amiga Miranda y siempre decíamos que éramos nosotras y que seríamos amigas eternamente, pero al poco tiempo de venir aquí me enteré de que Giorgio y ella estaban liados. Llevábamos más de dos años juntos. A día de hoy aún me cuesta entender qué pasó.
- Lo siento.
- No te compadezcas. – Lo cortó, mientras se encogía de hombros. – El caso es que no sé qué dijeron, pero al final yo quedé como la mala que se había estado interponiendo entre ellos durante años y el resto de nuestros amigos me retiró la palabra.
- ¿Qué? – Enarcó ambas cejas y abrió mucho los ojos, sorprendido. – ¡Menudos capullos!
- Ya lo sé. – Suspiró y tuvo que apartar la mirada. Aquello tendría que haberlo hablado con James antes de Acción de Gracias, pero no se había atrevido y había llegado el momento de confesarlo todo al fin. – Y lo peor es que ahora él le pone los cuernos a ella conmigo cada vez que quiere. Soy gilipollas.
- Un poco. – Él le apartó un mechón de pelo de la cara. Sintió una punzada en su estómago. ¿A qué se refería con cuándo quería? ¿En Acción de Gracias también? ¿Seguiría haciéndolo a pesar de estar viéndose con él? Tragó saliva y se obligó a dejar de lado todas esas preguntas. Lo importante en ese momento era Lizzy. – ¿Me prometes que dejaras de hacerlo? Tú vales mucho más que eso, no le des esa satisfacción, no dejes que siga jugando contigo, Lizz.
- En Acción de Gracias lo intentó, pero no consiguió nada. No tiene ya el mismo poder sobre mí y eso que nos vimos después de que tuviéramos aquella conversación subida de tono por WhatsApp. – Aquella confesión hizo que se quitara un peso enorme de encima. – Vino a mi casa y trató de acostarse conmigo, me besó incluso, pero lo paré ahí. Le dije que las cosas habían cambiado y le pedí que se marchara. No se lo tomó muy bien y me llamó zorra, pero al menos me libré de él.
- Menudo cabrón, te juro que si algún día lo conozco le mataré. – Apretó la mandíbula. ¿Cómo se atrevía a llamarla "zorra" simplemente por decirle que no quería nada con él? Era un capullo y solo esperaba que alguien le diera su merecido. ¿Y ese era el chico que la abuela de Lizzy quería para ella? Le acarició la mejilla con delicadeza y sintió una fuerte presión en el pecho. Ahora sí que le preocupaba lo que hubiera podido hacerle cuando salían, pero lo mejor sería dejarlo para otro momento en el que ambos estuvieran más tranquilos. Porque, estaba seguro, si se enteraba de cualquier tipo de abuso en aquel momento, acabaría cogiendo el primer avión a Seattle para tener una "conversación" con él.
- Lo sé. Por eso no confío en los hombres. Ni en las chicas. La única amiga de verdad que tengo creo que es Rose, pero a veces me cuesta confiar incluso en ella por miedo.
- Bueno, al menos puedes estar segura de una cosa: – Dijo él entonces, sonriendo y haciendo que ella lo mirara preocupada. – no voy a acostarme con tu mejor amiga. Es mi prima, tengo límites.
Lizzy estalló en carcajadas y él la abrazó antes de besarla.
- James.
- ¿Sí?
- ¿Me haces el amor? – Le pidió.
Él se fijó en sus ojos y pudo ver que, a pesar de su sonrisa, todavía estaba asustada e insegura. Y él, por supuesto, no podía permitir eso. La besó con dulzura y se situó con delicadeza sobre ella. No hacía falta que se lo pidiera. Si por él fuera, le haría el amor a Lizzy cada segundo del resto de sus vidas.
Hola a todos :)
Este capítulo es un poco largo y la verdad es que la parte del hospital es bastante triste (tuve que parar de escribir porque se me saltaron las lágrimas), pero Lizzy necesita pasar por eso porque, como ella dice, si no, no será capaz de volver a entrar a un hospital jamás.
Y James es un cielo que NO estaba ligando con Ruth (a pesar de lo que pudiera parecer). La verdad es que de este capítulo tan agridulce y de confesiones me quedo con lo que dice Lizzy que pasó en Acción de Gracias, su "algo así" cuando le preguntan si James es su novio y la reflexión final de James :3
Espero que os haya gustado y, ya sabéis, podéis dejarme vuestras opiniones como siempre :)
Muchos besos,
María :)
