Hola a todos. Sí, no me he muerto (aún). Reviews!
Paty: hola chica! Pues la verdad es que también lo vi como tu¿por qué no hablan de los Potter cuando Rowling deja claro que se trataba de una saga grande y respetada en la sociedad mágica? Así pues, intenté hablar un poco sobre ellos. Me alegra que te gustase. Pero, en fin… no voy a entretenerme mucho, que esta vez he tardado muchísimo y mejor os dejo con el capítulo, que os lo tenéis bien merecido. Nos vemos!!
jim: pues ahí va la continuación! Espero que sigas por aquí el suficiente como para terminar de leer el fic. Hasta pronto y gracias por saludar!
Pedro I: hola!! Pues sí, soy de la misma opinión con la espada. A mi personalmente me encanta (y debo añadir que sí he aprendido un poco, bueno con la katana (sable japonés)), así mismo creo que Harry debería aprender puesto que, al menos así queda en el 2ndo libro oficial, él invoca a una espada muy especial… Bueno, no diré más ;) Espero verte por aquí, besos!
lolo: buenas! Gracias por la corrección, siento el error, son pequeños lapsus que a veces se me cuelan, pero no dudéis en avisarme!! Bueno, parece que lo de la historia de los Potter ha gustado a más de uno… tanto mejor:) En cuanto a lo del romance… este capítulo te va a gustar XD Ala, ya me dirás qué tal. Besos!
razerman: jejejejeje, encantada de verte por aquí. Lo del mortífago, aunque fugaz, me pareció un tanto necesario para el desarrollo del personaje (añadiré además de que me encanta su carácter desafiante y rebelde, aunque se haya atenuado un poco). Pues eso, ya me queda poco por terminar, espero que sigas por aquí hasta el final. Bye!
al: qué haría yo sin tus ánimos apoteósicos y destructores¡me encantan! Pues a ver si consigo complacerte, aunque no va a ser con éste capítulo, lo siento. Antes debía hacer un poco de… bueno, ya lo verás. Sin embargo, sí te prometo que haré todo lo que esté en mi mente para convertir la lucha en algo irreal XD A ver qué sale de mi cerebro… quizá tenga que tomarme unas cervezas antes Jajajajajaja!!! Venga, hasta otra!
GeLu: sí me acuerdo, sí. Y me alegré al ver que no me habías dejado (aunque comprendo perfectamente a aquellos que han desistido, me retraso demasiado…) Bueno, casi diría que es normal mortificar al personaje principal (en éste caso a Harry), sobretodo cuando no se trata de un libro conjunto, sino de capítulos intermitentes. Ten en cuenta que las/los escritoras/es dejamos todas nuestras frustraciones, pesimismo, diversiones, en la historia. Así que no es de extrañar que el resultado sea algo… oscuro. XD Pero bueno… a ver que sigo viéndote hasta el final, que ya queda poco. Nos vemos!
javier: hola! Bueno, pues gracias por tu apoyo :) Yo no he leído aún el séptimo, ni tampoco voy a hacerlo hasta que no salga en catalán, ésta vez estoy resistiendo para no leerlo por Internet. Jejeje… venga, espero que sigas aquí un poco más. Chao!
Menuda tortura… evitaré contaros todo lo ocurrido ni el verano que he pasado (¿acaso era verano? Tiempo de vacaciones, fiesta, sueño…), así que me centraré en el fic.
Para muchos va a ser algo que habíais esperado, para otros sólo será un capítulo más antes del final (espero que pueda decir "GRAN FINAL"). ¡¡¡Ya sólo quedan dos capítulos más!!! Venga, inspiro… expiro… inspiro… Suerte he tenido de conseguir unos días de festividad total dónde he podido conseguir que mi musa regresara (después de casi medio año!!!) y que mis dedos volvieran a teclear con frenetismo. A ver qué os parece…
Gracias a todos aquellos que siguen el fic a pesar del tiempo pasado desde la última vez, y gracias también a aquellos que, aún cuando lo hayan abandonado, han permanecido leyendo durante tanto tiempo. Un besazo:
-Ithae-
Capítulo 35 - Susurros a la luna
- Sentaos.- ordenó una voz escondida entre las sombras.
Pero, a pesar de las decenas de varitas que les apuntaban amenazadoramente, el chico, al igual que los demás, permaneció en pie con gesto retador. Y, aunque el silencio que les rodeaba les ponía en tensión incomodándolos, ni siquiera aquella amenaza les hizo encogerse mirando enfrente casi con fiereza, retando a cualquiera para que, adelantándose a los demás, se atreviera a combatir de igual a igual. Ni siquiera habían sido capaces de maniatarlos en su traslado. En realidad, les había parecido más que aquello fuera algo a posta que no una verdadera detención. Era como si todo fuera una puesta en escena que les debía llevar frente al gran tribunal de magia, y eso era lo que habían conseguido.
Respondiendo a su negativa, unas cadenas que antes habían permanecido estáticas al pie de las sillas, toscas y solitarias en medio de la sala pobremente iluminada, se movieron serpenteantes hacia ellos sin apenas hacer ruido. Sin embargo, a diferencia de lo que había ocurrido con anterioridad, ésta vez ni siquiera llegaron a rozarles.
El chico, con el entrecejo fruncido, seguía mirando enfrente aún cuando aquellas esposas de mugriento hierro y restos de sangre seca permanecían ahora inertes frente a sus miradas, como si, en medio del impulso que de repente les había llevado a levantarse para inmovilizar a sus presas, el tiempo se hubiera detenido en su avance dejándolas en un espacio congelado, flotando en el aire con docilidad como si unas cuerdas invisibles las sostuvieran. Ninguno de ellos dijo nada, demasiado impactado e incrédulo como para reaccionar. No así pensaba el chico quien, con voz gélida y cortante, rompió todo silencio haciendo que algunos de ellos recularan por instinto.
- Cuál ironía... Utilizar esa magia para los condenados cuando su condena está en su mismo uso.
Antes incluso de que nadie pudiera reaccionar, aquellas varitas cuyo objetivo eran las cinco figuras en el centro, fueron lanzadas hacia el suelo lejos de sus propietarios, esparciéndose por doquier en un amasijo de sillas, piernas y ramas de madera. Mucho más contento, se sentó con gesto chulesco y, entrecruzando los dedos sobre el pecho y alargándose en la incómoda silla de madera, esperó a que la entrevista siguiera ahora sin esperar más molestas intromisiones.
A su lado, un divertido Draco pensó que aquella actitud de su hermano debía haber impresionado a los aurores que aún se miraban intentando comprender lo sucedido mientras otros empezaban a buscar sus varitas entre todo aquél caos. No se hizo esperar que, siguiendo su ejemplo, tomó asiento junto a los demás. Todos sonreían a su forma, mucho más relajados y seguros de lo que momentos antes habían permanecido con la tensión que les había llevado hasta allí.
Irrumpiendo el desconcierto, otra voz les habló mientras la luz se atenuaba por toda la sala dejando a la vista aquellos cuyos rostros habían permanecido ocultos bajo las sombras.
- Creo que ya podemos empezar.- dijo mientras indicaba la retirada a los aurores que les habían custodiado hasta allí aunque en vano.- Da inicio el juicio múltiple de los acusados...
Con un gesto cansado, Harry bostezó. No era algo que hubiera hecho adrede, pero tampoco detuvo aquél impulso de claro aburrimiento. Realmente sabían como cansarle. Así, rascándose la cabeza y con enojo al comprender que hasta que no se metiera en medio de la situación no iba a conseguir nada de provecho, decidió dar otro empujoncito a aquellos viejos cabezones cuyos ojos aún se mantenían nublados por una falsa justicia a la que decían servir.
- No.- cortó rompiendo a la tradicional presentación.- No hemos venido para que se nos trate como a simples criminales. Si estamos aquí es porqué buscamos algo, no por el arduo trabajo que seguramente habrán tenido sus fuerzas mágicas. Así que no nos hagan perder más el tiempo y empecemos con lo que nos ha llevado a encontrarnos de una buena vez.
Antes incluso de que ninguno de aquellos hombres y mujeres pudiera decir nada, Aberforth se levantó de la silla haciendo aparecer un grueso bloque de papel que, con el mismo uso de la magia, duplicó para todos los presentes tras lo que regresó a su posición sin volver a tomar asiento. Sin demorar más la espera, empezó a exponer aquello por lo que tanto había trabajado junto a Lupin, Kingdinier, su hermano Dumbledore, Granger y el joven Percy Weasley. Al escucharle, Harry decidió desconectar de aquella exposición que sabía iba a ser larga y discutida, para relajarse dejando que su mente fluyera por entre pensamientos y recuerdos.
La verdad era que llegar hasta allí y todo cuanto había acontecido tras su supuesto arresto, había sido previamente planeado y ensayado. Tras muchas discusiones y largas horas de reflexión, habían terminado por llegar a la misma conclusión: necesitaban el apoyo del Ministerio de Magia para afrontar a las incontables fuerzas que había conseguido ya el Lord Oscuro. El Orden del Fénix era demasiado pequeño para hacer frente a todos aquellos recién adquiridos mortífagos, incluso con la ayuda de algunos voluntarios de otros países, sus filas seguían sin ser suficientes para hacer frente a tal poder. Por ello, debían empezar con ser absueltos de todos los cargos y así poder moverse con total libertad de acción ante lo que se aproximaba. Además, tampoco era algo que se les debía negar puesto que aquellas acusaciones eran, en gran parte, injustas y sin sentido. Así pues, su única opción había terminado en presentarse frente al Wizengamot en pleno junto al nuevo Ministro de Magia, Warnold Drug, que, todo cabía decir, también despertaba cierta curiosidad en Harry.
Habían necesitado de toda una semana entera, noches incluidas, para terminar de preparar aquellas leyes y normativas que ahora sostenían en sus arrugadas manos aquellos magos vestidos con túnica púrpura. Pero era necesario. No sólo necesitaban su absolución frente a la justicia, sino también su apoyo para con la batalla y los aliados que lucharían junto a ellos. Hombres lobo, elfos domésticos... incluso los centauros. Todos ellos debían ser tratados como a iguales y, para ello, la sociedad mágica debía abandonar aquella arrogancia y estupidez que llevaba ya demasiados años vistiendo y cuyo final sólo le reservaba el de su propia destrucción por ignorancia.
Esta vez disimulando tanto como pudo un nuevo bostezo, pensó que en aquél momento lo que más le apetecía era uno de aquellos helados de Florean Fortescue de crema y caramelo que tanto había comido el verano en que vio por primera vez a Sirius en forma de perro, aunque aquella vez había pensado que era el mismísimo Grim que avecinaba su muerte. Con un rápido vistazo a su derecha, vio como su padrino se mantenía firme y con el entrecejo fruncido, con una posición completamente atípica en él. Al recordarlo en su forma animaga como un precioso perro negro llamado Snuffles, rió para sus adentros al rememorar sus travesuras perrunas que fácilmente eran perdonadas con una mirada canina suplicante. Pero sabía que, aquella faceta interesada y madura tardaría poco en desaparecer, incluso dudaba de que en aquellas alturas siguiera aún con el hilo de la conversación. Quizá, como él, se encontraba divagando por entre recuerdos, algunos dolorosos y otros de felices. Esperaba que, al menos, a partir de ahora sólo aquellos que le hicieran sonreír ocupasen su memoria.
"Lo que daría por salir un rato..." pensó con desgana. Aunque, antes de poder cumplir su deseo, tenía otro trabajo por hacer.
Mirando sin interés a aquellos cuyos rostros y atención permanecían centrados en el hombre que seguía hablando con total tranquilidad, se preguntó cuantos años debían tener aquella gente con tanto poder. Seguramente el más joven no tendría más de cuarenta y tantos años. Demasiado viejos... estaría bien incorporar magos jóvenes. Así, con la visión de distintas edades y épocas, podrían construir un mundo mucho más justo.
Era hora de ponerse manos a la obra. Imaginó, y tenía razón, que Snape ya se habría puesto a trabajar, así que dejó de fantasear y se serenó, preparándose para entrar a la acción. Sabía que su ex-profesor era un experto en el arte del sigilo, nadie le descubriría divagando por sus mentes aún cuando la mayoría hubiera forjado una barrera cautelar. Sin embargo, como aquél no era su caso, decidió jugar otra carta aún cuando sólo la había utilizado una vez y ni siquiera había sido a voluntad. Ignoraba si resultaría pero¿tenían otra opción? Si Snape debía sondear, Harry debía indagar hasta encontrar aquello que buscaban.
Tomando una profunda bocanada de aire, lo dejó ir con lentitud sintiendo como sus pulmones se expandían y contraían, como su pecho se movía. Repitió el proceso hasta que, lo que en un inicio había sido un incremento, terminó por ser un lento y acompasado latir que le sumía en un estado casi de trance. Pero, aunque su cuerpo reaccionaba de otra forma, debía impedir que sus ojos se cerraran en su estado. Lo que menos deseaba era llamar la atención. Aberforth ya se ocupaba de eso.
Un latido, dos latidos, tres latidos... concentrando su mente y pensamientos en aquella cuenta, dejó que el tiempo siguiera sin su ritmo, lejos de toda percepción.
En un abrir y cerrar de ojos, se encontró de pie, observando a su alrededor cuya imagen había cambiado radicalmente.
Recordaba la primera vez que había encontrado aquellas figuras difusas y monocromas frente a él, el sentimiento de duda y desorientación habían adueñado a Harry impactándole con fuerza. Y de no haber sido todo tan rápido, seguramente se habría asustado más de lo que en aquél momento se encontró mientras el vampiro mágico pugnaba por romperle el cuello. Pero esa no era su situación actual. Ahora, con una mirada de conocimiento y curiosidad, observó a las figuras que se mostraban frente a él, puras y sin máscaras que encubrieran su verdadera naturaleza. Sabiendo que aquello recurría de una cantidad considerable de magia, decidió empezar a moverse para encontrar aquello por lo que iba en búsqueda.
A su lado, la silueta etérea de su hermano permanecía estática y tranquila. Aunque el negro aún hacía huella en su aura, con alivio vio como éste había menguado su área entremezclándose con un blanco perla que encubría la mayoría de su cuerpo. Todo menos el antebrazo izquierdo. Entreviendo perfectamente dibujada una silueta negra en él, el chico pensó que aquello nunca curaría quedándose como una señal oscura que mancharía su alma hasta la muerte. ¿Había sido aquello el precio a pagar por su deseo? Mirándose a sí mismo, una silueta completamente gris que, de acercarse más, habría visto como miles de espirales blancas y negras se unían en un movimiento sinfín, se encontraba sentada sin moverse. ¿También él hubiera tenido esa imagen oscura en su brazo de haber funcionado el ritual de iniciación¿Y por qué no había funcionado bien¿Por qué se sorprendió su hermano, al igual que los demás que lo presenciaron, cuando la serpiente del Maestro había actuado por cuenta propia aportando parte de su veneno en la mezcla¿Y dónde había ido a parar ése veneno¿Acaso ése fue el causante de la mancha oscura en Shelyak que descubrió al regresar a Hogwarts durante el asalto? En su pecho, aquella estrella que ya antes había visto, roja y resplandeciente, seguía brillando incansablemente, aportando el único color que lucía en la sala. "¿Recibiste tú la maldición de la Marca Oscura?" pensó intrigado. Quizá, si había conseguido todo cuanto tenía, había sido debido al dragón y al poderoso pacto que les había unido juntos en un mismo destino. Apartó la mirada hacia los demás.
Una silueta similar a la de su hermano, aunque mucho más desequilibrada hacia la oscuridad, desprendía un tenue brillo púrpura de lo que imaginó que debía ser la magia que estaba usando al buscar en los ojos de sus sospechosos sin descanso. Y, junto a él, Sirius destacaba, al igual que el hombre de pie quien seguía hablando, por su aura casi blanca que definía su silueta.
Volvió a desviar la mirada, esta vez hacia sus verdaderos objetivos. Una cuarentena de formas etéreas se presentaban frente a su mágica mirada casi como si formaran una nube uniforme y compacta. Pero, lo que en un inicio le pareció una única masa a la que no podría diferenciar sus distintas entidades, pronto empezó a distinguirlas entre ellas, observando como cada una se caracterizaba por una peculiaridad propia y única. Así, aquél mundo monocromo cuyo color sólo aparecía con la magia, una entidad que, sin importar su vertiente, iluminaba el espacio con preciosos brillos de estrellas, se despertó frente a sus ojos como una infinidad de matices. Desde el negro más absoluto hasta el blanco más puro, cada figura estaba compuesta por un matiz singular, por unas aguas etéreas que contorneaban su silueta y se movían junto al cuerpo. De no conocer el peligro que representaba permanecer en aquél estado, Harry habría deseado seguir explorando aquél espacio tan similar y distinto a la vez del que estaba acostumbrado a ver.
Cruzando por entre las sillas y acercándose a todas y cada una de aquellas entidades, el chico fue identificando cada una de las auras en busca del signo revelador. Realmente debía apresurarse. Podía empezar a sentir, a pesar de su estado en trance, como su cuerpo empezaba a resentirse por el desgaste. Sabía que el primer signo iba a ser el de cansancio, pero lo que debía evitar a toda costa era el de acelerado desgaste, el mismo producido cuando la magia era absorbida más allá de su control, en un consumo que arriesgaba su propia subsistencia. Iba a dar por terminada la exploración cuando algo llamó su atención.
Volvió a recuperar la respiración y, incorporándose, se puso en pie deteniendo toda conversación.
- Señor ministro... ¿puede levantarse la manga izquierda, por favor?
Como si creyeran que se había vuelto loco, aquellos magos cuyas caras habían permanecido petrificadas en un gesto de serenidad imperturbable le miraron interrogantes.
Snape, directo y sin contemplaciones, levantó la varita haciendo que aquella manga púrpura se arremangara por sí sola sin permiso de su propietario.
- ¿Se puede saber qué hacen?- exclamó furioso Warnold Drug. Respondiendo a sus gritos airosos, aunque aún mantenía una fría calma que le mantenía estático en su sitio con dignidad, algunos de los magos sacaron sus varitas escondidas entre los pliegos de las túnicas y les apuntaron a la espera de algo que argumentara todo aquello.
- Bonito disfraz.- dijo Harry desenfundando también su varita mientras le apuntaba el antebrazo.- ¿Lo ha hecho Él en persona? La verdad es que nadie lo habría descubierto jamás...
- ¿Se ha vuelto loco?- bramó ahora con una nota aguda.- ¡Que alguien haga algo!
Antes de que pudiera pronunciar las palabras, un grupo de hechizos salieron disparados hacia él con perfecta sincronización. Pero no necesitaba preocuparse de ellos. En respuesta, Draco, Sirius y Aberforth los detuvieron con igual perfección.
- ¡Ino veleum!- exclamó indiferente al incremento de varitas que provocó la acción defensiva de los hombres.
Antes de que pudiera desatarse una desigual batalla, y tras unos agobiantes segundos en los que el hombre creyó que había ganado, el perfil desdibujado de una serpiente empezó a florecer tatuada sobre la pálida y sudorosa piel. Fue la exclamación de sorpresa que hizo una mujer a su lado la que detuvo toda escaramuza.
- ¡La Marca Oscura!- señaló horrorizada. Drug, intentando deshacerse del agarre mágico de Snape, se removía incansable y medio alocado. Y, aunque Harry sabía que acababa de destapar una nueva caza de brujas, aún no había terminado con la limpieza de aquella sala. Así, apuntando su varita hacia un hombre levantado en la última grada y otro que empezó a huir con sigilo, los cogió a ambos y los hizo volar hasta el centro de la habitación dejándolos caer inconscientes en el duro suelo de piedra.
- No es el único.- dijo Aberforth volviendo a tomar las riendas.
- Imposible... ¡Estos magos llevan muchos años trabajando para el Wizengamot!- exclamó alguien en las gradas.
- Entonces lleváis muchos años siendo engañados y dando información al enemigo.- respondió con calma.
- ¡Malditos bastardos!- gritó con delirio el desenmascarado ministro.- ¡El Señor os matará¡Os despedazará!
La risa de Harry silenció a todos los demás, sólo los forcejeos del hombre permanecían en el aire como unos gemidos desequilibrados.
- Lo sé.- dijo con una sonrisa malévola, horrible, frente al hombre quien, al aproximarse a su cara hasta casi rozarse con la nariz, había detenido todo movimiento. Aprovechando su desconcierto, Snape lo durmió maniatándolo y dejando que su cuerpo reposara al suelo junto a los demás. Harry apartó la cara del descubierto mortífago, cambiando su expresión y volviéndose de una profunda seriedad.- Esto que acaban de ver es lo que el sabio Albus Dumbledore lleva años advirtiéndoles. Espero que después de esto toda discusión quede resuelta.
Dio media vuelta y, saliendo de la sala en completo silencio, cerró la puerta internándose en uno de los pasadizos del Ministerio.
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- La aparición de Warnold Drug ya fue sospechosa en un inicio, pero de ahí a que realmente fuera un mortífago… Hasta ahora, aún cuando han habido inútiles incompetentes, siempre han estado más o menos limpios. No me explico como ha podido ocurrir…
- Pues quizá se debería prestar más atención al método de elección.- discrepó Harry.
- Eso no será tan fácil.- remugó Sirius a su lado con una mueca de desagrado.- El Concilio, aún cuando se mantiene bajo otros seudónimos, es quien escoge al Ministro. E, irónicamente, son sus mismos componentes los que ya residían hace más de cuarenta años.
"¡Arg, cómo odio ésta absurda vanidad! Ojalá abrieran de una buena vez los ojos…" pensó con furia.
- En fin, sea como sea, al menos hemos conseguido algo¿no?- intervino con optimismo Ron.- ¡Sirius, eres libre! Ya no deberás andar como un perro a escondidas.
- Si tú lo dices…- murmuró con un suspiro cansado.- Pasarán meses antes no pueda asomarme por el Callejón Diagón sin que me apunten con las varitas. Aunque… debo admitir que la perspectiva de no ser primera plana en el Profeta resulta un tan… deprimente.
- Míralo así, ahora mostrarán tu faceta más atractiva…- insinuó Marla a su oreja, por lo que él no pudo sino sonreír en acuerdo. Quizá ahora tendría más fans… podía incluso convertirse en una nueva estrella del sexapeal mágico…- Olvídalo.- añadió tras ver aquella sonrisa satisfecha y soñadora que tan bien conocía.- El día que eso ocurra, veremos a los muggles como turistas en el Callejón Diagón.
- Bueno, esto es todo por hoy.- dijo Dumbledore por encima de las conversaciones que se habían abierto tras la exposición que todos habían hecho aportando sus nuevas.
Harry, imaginando que deseaba hablar con él a solas por su mirada fija, dejó que los demás se fueran y, cerrando la puerta tras él, esperó a que el director iniciara la conversación.
- Antes de que te vayas, querría darte algo que creo que te pertenece…
Moviendo la varita en el aire, un objeto alargado cubierto por una funda dorada de seda, descendió hacia su mano arrugada. Harry, aún cuando no era capaz de ver aún de qué se trataba, creyó que sabía lo que era. La espada de Gryffindor.
Descubriendo a la brillante y reluciente espada de debajo la tela, observó su filo y, tras su atenta inspección, se la tendió con solemnidad.
- Tómala, ahora es tuya.
El chico, aunque impactado por aquella ofrenda, aceptó el arma tomándola con excesivo cuidado, como si pudiera cortar el aire y todo alrededor con un solo movimiento inadecuado.
- ¿Por qué?- preguntó tras unos segundos de silencio en los que había recordado su lucha en segundo donde vio, por primera vez, aquella espada perteneciente al mago cuyo nombre hacía respeto su casa.
- Tú fuiste quién la invocó, así que, en cierto modo, te corresponde.- dando media vuelta, se encaró hacia la ventana observando pensativo el exterior.
Harry, dejándose caer en la silla y permitiendo que la magnífica ave se posara sobre una de sus piernas, no pudo evitar entrecerrar los ojos con cansancio. La verdad era que, aún cuando aquello no había sido más que una ofrenda que, tal y como le había remarcado el viejo hombre, era, en realidad, un retorno por derecho, el chico no podía evitar sentir como el peso que llevar aquella espada representaba cayera sobre sus endurecidos hombros. Era como si, de nuevo, volviera a comprender el significado de su identidad en aquella lucha, su objetivo. No iba a ser una guerra, aquello se convertía, para él, el final de una larga carrera que, a pesar de su corta vida, le había obligado a comprender cosas que no debió ver hasta su madurez. Pero lo había aceptado. No se reprochaba su camino y, con valor, había decidido seguir hasta el final de aquella ruta llena de recodos y retorcidos senderos laberínticos. Aún así, a pesar de su valentía y aplomo que le permitía seguir andando sin temblar, podía sentir como el miedo y la vulnerabilidad se manifestaban en él cada vez que miraba hacia delante, más allá del presente.
En un gesto mecánico, dejaba que su mano acariciase aquellas plumas doradas y cálidas cuyo tacto le proporcionaban un agradable cosquilleo en la yema de los dedos. Apenas prestaba atención al animal cuyos ojos permanecían cerrados relajado con el agradecido masaje que le calmaba e hipnotizaba. El ave, mansamente posada sobre su rodilla, permanecía estática mientras se dejaba acariciar por el chico quien parecía lejos de aquella habitación. Aunque no era el único. Un hombre mayor también permanecía con la mirada perdida hacia el exterior, observando un punto lejano desde la ventana, en una posición reflexiva y pensativa, demasiado sumergido en sus propios pensamientos como para percatarse del tiempo que seguía moviéndose a pesar de su pasividad.
- No quisiera entrometer pero… ¿habéis terminado?- preguntó una voz en su cabeza asustándole por su intromisión al silencio. El animal, sintiendo que el gesto se había detenido de repente, volvió sus negros ojos hacia el muchacho con aquella mirada inteligente que ya antes había visto en él.
- En fin... ya es hora de que me vaya. Aún hay trabajo por hacer.- dijo levantándose con pesadez. Le parecía que el peso que ahora pesaba sobre sus espaldas se había incrementado durante aquellos últimos días hasta hacerse casi visible. Pero, a pesar de ello, se enderezó con dureza sin dejarse doblar por su carga.
- Es cierto...- murmuró el hombre aún sin volver su mirada. Sus manos, entrecruzadas en la espalda en un gesto de profundo pensamiento, se dejaron caer en los costados tras un prolongado silencio en el que el otro inquilino de la habitación se había acercado a la puerta dispuesto a irse.- Lo siento.- dijo simplemente.
Su mano, cerca ya del pomo, se detuvo al escuchar su disculpa. En parte, estaba sorprendido e intrigado por aquella acción, pero también tenía la extraña sensación que conocía el sentido de aquellas palabras, como si siempre hubieran estado allí pero nunca las hubiera pronunciado como debía. Sin moverse, esperó a que siguiera a sabiendas de que aquello le suponía un gran esfuerzo. Con respeto, esperó.
- De verdad que lo siento, Harry.- volvió a decir girándose hacia él aún cuando sólo podía ver su espalda.
- Está bien.- respondió a media voz ahora girando levemente la cabeza aunque mantenía su mirada lejos de sus ojos.
Silencio.
- En realidad, también yo le debo una disculpa.- dijo al fin. Levantando la mirada hasta verle la cara con una pequeña pero sincera sonrisa, Harry se dio cuenta de que, por primera vez, sabía exactamente qué debía decir.- No se preocupe, Dumbledore, aún no debe morir. Aún tiene mucho por hacer, la sociedad mágica le necesita más de lo que cree. Deberá guiarla tras la batalla, convertirla en un ejemplo para todo el mundo mágico, un ejemplo de igualdad entre razas, mágicas y sin ella. El mundo dejará de permanecer en la ignorancia, y usted es quien debe guiar sus primeros pasos hacia el equilibrio.
"Me equivoqué al acusarlo de mi desdicha. No, Dumbledore, no debía morir, ni tampoco va a morir aún. Un día de esos, sentado frente a un precioso y cálido fuego, cuando todo cuanto deba esté listo, dejará que la "próxima aventura" venga a usted. Pero no aún; no es su hora.
Como si la madurez dibujara su figura, Harry permanecía sereno sin dejar de sonreír con todo el corazón. Sabía que, aunque aquello estaba llegando al final, había hecho todo cuanto debía haber hecho, no se arrepentía de nada. Aunque... quizá aún le faltaba algo por hacer.
Haciendo una pequeña reverencia con su más sincero sentimiento de respeto y agradecimiento, Harry dio media vuelta y, girando el pomo de la puerta, salió del despacho cerrándola tras él con una sonrisa y una agradecida pero triste lágrima en el arrugado rostro de aquél hombre que tanto le había enseñado y al que tanto debía.
Con la cabeza alta y paso seguro, invocó una cuerda que, atándola en ambos extremos de la larga espada, le permitió mantenerla segura tras su espalda. Así, tras comprobar su firmeza, emprendió el camino de salida del castillo.
- ¿Estás bien?- volvió a decir su compañero.
- Shelyak… hay algo que siempre me ha intrigado pero nunca te he comentado…- dijo algo inseguro pues sabía que al dragón no le agradaba hablar sobre él ni la magia que los unía.- Una vez dijiste que el Pacto se había hecho en varias ocasiones al largo de la historia…
- Sí.
- ¿Significa esto que todo volverá a repetirse aún cuando ganemos?
- El flujo de la Onda es inalterable. Debe existir para que haya vida.- respondió con voz inalterable.- Pero si lo que quieres decir es si nuestras muertes servirán para algo, la respuesta es sí. Al fin y al cabo, si lo conseguimos haremos que la Onda siga existiendo.
- Pero el conflicto no desaparecerá. Habrán más muertes innecesarias.- sin embargo sabía que eso no era del todo cierto. Sabía que ambas fuerzas debían existir para que hubiera el equilibro. Aún así… le hubiera gustado que, al menos, su resolución sirviera para algo más que para permitir un tiempo de paz y estabilidad. Aunque… ¿acaso no merecía la pena luchar por sólo eso?
- No olvides que no estás sólo, pequeño.
La deslumbrante luz del exterior detuvo sus pasos cegándole por unos instantes. Después de tanto rato escondido entre muros de piedra y transportándose de un lugar a otro, había olvidado el precioso día que hacía y del que había podido disfrutar durante unas relajantes horas en la heladería donde había pasado el rato junto a un alegre Fortescue.
- Ven.- dijo alguien a su lado.
Girando la cabeza mientras protegía sus ojos aún doloridos del sol, vio como una melena pelirroja se agitaba en el aire mientras aquella esbelta figura iniciaba un andar seguro y provocativo. Harry, sintiendo como la euforia de la chica entraba en él y sin tener la menor idea de lo que estaba ocurriendo, se dejó guiar por sus pasos. No tardaron mucho en llegar a las puertas del campo de Quiddich dónde Harry tanto se había divertido en sus años de estudiante y en donde, aún sus preocupaciones, aún era capaz de sentirse como cualquier chico normal mientras se dejaba llevar por la emoción del juego mágico.
Al ver el panorama, se puso a reír con sincera alegría. Sabía lo que estaba ocurriendo.
Con escobas y listos para remontar el vuelo, un grupo de gente se había congregado en medio del campo preparados para un partido donde participarían distintas generaciones en igualdad de condiciones. Aquello no se lo hubiera imaginado ni en sueños, era demasiado… bueno para ser verdad.
- Cógela y empecemos.- con una sonrisa, contagiada por todos tras la risa del chico al verlos, le pasó su Saeta de Fuego mientras le miraba dispuesto a despegar tras su incorporación al insólito equipo que se agrupaba junto a él. Todos ellos lucían una camiseta roja que, tras un rápido movimiento de varita, también vistió quedando definitivamente dentro del grupo.
- ¡A jugar!- exclamaron los dos hermanos Weasley, vestidos de azul, frente a ellos mientras hacían chocar sus bates con euforia.
De repente, se sintió lleno de energía, casi como si aquello le hubiera inyectado algún tipo de droga que nublaba sus sentidos y los hacía flotar más allá de la realidad, donde todo era posible, donde los sueños no eran meras ilusiones y deseos, sino la verdad de la vida y su único y más increíble sentido. Estaba exultante.
- ¡Ehem!- remarcó Snape con los brazos cruzados y una peligrosa mirada de advertencia para todo aquél que se atreviera a no prestarle la debida atención. Un silbato de plata reflectaba implacable los rayos del sol y Harry, aún cuando la gran mayoría había silenciado de inmediato, no pudo evitar esconder su sorpresa al verlo en el puesto de árbitro. ¿Había acaso un árbitro menos imparcial que él? No dudó ni por un instante que, aunque seguramente le desagradaba aquello, la satisfacción de poder fastidiar a Sirius le resultaba tremendamente irresistible.- A sus puestos.- dijo con fría tranquilidad y sin necesidad de subir la voz.
Siguiendo su orden, los jugadores montaron sobre sus escobas y se internaron en aquél cielo que al chico le pareció el mejor lugar de todos. A tiempo, recordó la espada que se balanceaba en su espalda. Así que, con un grito hacia las gradas donde residía su amiga, le envió el paquete hechizándolo y recibiendo, a cambio, una sonrisa que le hizo olvidar lo que contenía aquella funda de seda. Ahora era hora de jugar.
- No debimos dejar que fuera él el árbitro…- remugó Sirius a un Ron pálido y una Tonks entusiasmada que no dejaba de moverse de un lado para otro incapaz de mantenerse quieta por pura euforia.- ¿Por qué no Remus…?
- ¡Déjalo ya¿quieres?! Remus ya hace de portero¡lo que más me preocupa son Bill y Ginny!
- Oye Ron…- dijo Harry incorporándose al grupo.- ¿No comentaste una vez que Charlie había sido buscador?
- Sí, pero también era bueno bateando las budgers, en realidad fue buscador porqué les faltaba uno. Aunque también lo habría hecho de todas formas, era muy bueno.
- Ya veréis como no dejará de vigilarme… ¡Hará lo posible por echarme!
- ¡¿Quieres dejarlo ya?!- exclamó fuera de sí el portero.
El chico, pensando que si no se relajaban un poco terminarían por sufrir un ataque de corazón, decidió dejarlos en sus mundos mientras se preguntaba a qué venía aquella preocupación. Al fin y al cabo, sólo se trataba de un juego amistoso. Aunque, al ver la cara satisfecha de Snape imaginó que aquello podía bien ser una apuesta de rivalidad entre ambos.
- ¡Y aquí tenemos a los dos equipos de este partido tan peculiar!- desde la punta más elevada de la grada, una animada Luna Lovegood había apartado toda mirada soñadora y, con auténtico fanatismo deportivo, cogía la varita que ampliaba su voz comentando el partido con entusiasmo.- Por un lado los Tomates Discrepantes…- "¿Tomates Discrepantes¿De dónde coño ha sacado eso?" dijo Ron entre intrigado y enojado al ver a los gemelos y Tonks a carcajada limpia.- Ronald Weasley como portero,- "¡Ron!" volvió a exclamar por encima de las risas.- Sirius Black y Charlie Weasley como batadores, y Nimpadora Tonks, Irid y Arthur Weasley en el puesto de cazadores. Y como buscador, Harry Potter.- Charlie, que había estado junto a Irid dándole las últimas instrucciones del juego, Harry se sorprendió al verla encima de una escoba sin amenazar al que la hubiera subido en ella, se situó en paralelo a Sirius sin, antes, hacer un gesto sonriente al chico quien, a sabiendas que aún faltaba la organización y presentación del otro equipo, decidió ir junto a él.
- ¿Sabe volar?- le preguntó aún mudo de asombro.
- Ha aprendido en pocos minutos. No esperaba que supiera adaptarse tan rápido a la magia humana. Sin embargo… me temo que del juego sólo ha entendido lo de coger la quaffle y encestarla en los círculos.
- ¡Ya es mucho, créeme!- dijo con una risotada al recordar lo recelosa y despectiva que era con la magia de los humanos.
Sorprendiendo a todos, incluido a sus propios hijos, Arthur Weasley se había ofrecido como jugador explicando, para todo aquél que no lo supiera, su único pero fabuloso año como cazador en séptimo cuando, después de años soñando con el puesto, consiguió que las plazas en el equipo estuvieran abiertas para las pruebas de selección. Y la verdad es que parecía desenvolverse bastante bien con la escoba, aún tratarse de una de aquellas viejas reliquias de la escuela.
- Y de azul, los Peces Pecosos con…- ahora el que se añadió a las carcajadas fue Ron quien, uniéndose a sus hermanos, empezó a retorcerse peligrando en caer.- Remus Lupin a la portería, Fred y George Weasley con los bates, y como cazadores: Marla Kingdinier y Ginny y Bill Weasley. Draco Malfoy ocupa la posición de buscador azul. ¡Bienvenidos al especial partido de Quiddich de Hogwarts!
- Porqué tengamos a media familia Weasley no quiere decir que seamos todos pecosos…- murmuró Marla junto a un sonriente Remus.
- No sabía que sabías jugar al Quiddich, Marla.
- De pequeña jugué muchas veces con Sirius y algunos chicos más del barrio. Aunque siempre he pensado que debía ser más divertido darle a las bludgers.
Aquello, más que un grupo de experimentados y preparados jugadores, parecía una auténtica fiesta de escobas. Los jugadores cuyos puestos debían encontrarse en fila dentro de sus campos, no podían evitar permanecer más de diez segundos estáticos en el mismo lugar. Pero tampoco se les podía reprochar. Aquello iba a ser un partido a recordar.
El paso decidido de Snape bajo la hierba les obligó a serenarse y prepararse para el partido.
- ¿Qué tal, Potter¿Dispuesto a perder?
Su voz, burlona y retadora, sobresaltó su corazón, como si aquello fuera lo que demostraba que aquello era real, y que el partido era, realmente, un partido y no una juerga estudiantil.
- No antes que tú, Draco.- respondió con una sonrisa maliciosa.
Ambos chicos, encabezando los puestos a todo su equipo, se miraron sonrientes aunque sin evitar aquél pose de rivalidad que, ahora, no era más que un reto entre dos amigos. Dándose la mano deportivamente, dio por empezado el juego cuando, más abajo, un Snape lanzaba la quaffle con un silbato tras dejar libres las demás bolas.
- ¡Y empieza el partido!- exclamó Luna acompañada por los gritos de entusiasmo de los pocos espectadores acomodados en la grada de los profesores.
De no conocer las reglas del juego, alguien hubiera dicho que aquello se asemejaba mucho más a una lucha a cuerpo limpio que no un deporte un tanto inofensivo.
Ginny y Marla, lanzándose a la carrera a por la pelota, se asustaron al ver a una Tonks de pelo rojo y dientes de vampiro yendo, entre gritos y gruñidos, directa hacia ellas. Increíblemente, y aunque todo indicaba que aquél monstruo feroz y sediento de lucha iba a hacer los primeros puntos del partido, su carrera se vio frenada por un calmado Remus quien, sonriendo con una mirada entre culpable y de alegre juventud, detuvo la quaffle antes de que pudiera marcar. Dejando aparte el juego en qué estaban y sus respectivas tareas, todos irrumpieron en elogios y vítores aún cuando no se trataba de su propio compañero.
- No sabía que fuera tan bueno…- murmuró un respetuoso Ron.
- ¡Así se hace, Moony!
- Sirius, que es del equipo contrario…- secundó Charlie, aunque no había podido evitar elogiarle por su implacable parada.
- ¡Tras la perfecta parada del profesor Lupin, es el turno de los Peces Pecosos!- "¿Aún sigue con lo de "profesor"?" se preguntó Herminone en voz alta desde la grada acompañada por una señora Weasley exultante gritando a diestro y siniestro sin estar muy convencida de a quien apoyar.- La pequeña Weasley tiene la pelota. ¡Qué buen juego entre hermanos! Y la pasan a Kingdinier quien se acerca para marcar… ¡Por qué poco! Buen trabajo de los bateadores del equipo rojo, aunque un poco más y le batean la cabeza…
Harry, al igual que su contrincante, dejó de observar aquellos jugadores de variedad tan peculiar y empezó a buscar la bolita dorada que le correspondía. Aunque un pitido del árbitro desvió, momentáneamente, su atención de nuevo al campo donde un airado Sirius discutía con un sereno y feliz Snape quien sabía el poder que ostentaba en aquellos momentos sobre el iracundo hombre. Pero un destello dorado captó toda su atención.
Justo debajo de él, rozando la hierba entre los límites de su propia sombra, la snitch dorada parecía jugar con los brotes verdes que sobresalían de la tierra moviéndose entre ellos como si de un juego se tratara.
No lo pensó dos veces.
Como si toda magia hubiera escapado de él, se dejó caer en perfecta vertical hacia el suelo, ajeno a todo lo que le rodeaba y a sabiendas de que Draco le seguía en su carrera a poca distancia de él.
Alargó la mano y, justo en el segundo en que enderezaba la escoba a pocos centímetros del suelo, la pequeña mariposa metálica escapó en frenético vuelo a ras de suelo. Los dos chicos, ahora a la misma distancia entre ellos, siguieron su camino empujándose a fin de quedar el vencedor. Y Harry debía admitir que, a pesar de la amistad que ahora los unía, el Quiddich parecía hacerlos olvidar aquellos lazos para jugar con una rivalidad electrizante. Aunque, ésta vez, la malicia ya no hacía huella en sus golpes.
Dieron un par de vueltas al campo y, a la vez que la snitch reemprendía el vuelo hacia el cielo, ascendieron sin apartar la vista de sus alas reflectantes. Sin embargo, justo cuando creían que la tenían al alcance de sus extendidas manos, la imagen de una bola flameante roja que se acercaba por su espalda les hizo desviarse de su presa escapando milagrosamente intactos.
Una risotada en su cabeza le hizo mirar unos metros por debajo en dirección al verde campo de hierba.
Tranquilamente posado, un dragón rojo y dorado les miraba divertido.
- ¿Qué ocurre¡Por poco nos das!- exclamó relajando su respiración. A su lado Draco buscaba alguna señal de quemadura pues aún se sorprendía de su escape.
- Vamos, no querías acabar tan pronto el partido¿no¡Esto acaba de empezar!
- Vaya…- suspiró con una sonrisa.
- ¿Qué?
- Va a ser que tenemos otro jugador.
Así fue como, horrorizando a unos y fascinando a otros, el dragón abrió sus enormes alas y remontó el vuelo convirtiéndose en otro obstáculo más para los jugadores. Al igual que el constante paso de las bludgers por el aire amenazando a todo aquel que se interpusiera en su paso, la gran criatura iba volando de una punta a otra moviendo cola, garras y alas para hacer fracasar los pases de los jugadores, fueran quienes fueran. Incluso sus ardientes llamaradas les hacían observar cuidadosamente sus movimientos. Y, aunque más de uno recibió los duros golpes de las bludgers, demasiado preocupados por esquivar otro zarpazo, todos terminaron por admitir que su presencia había incrementado la dificultad del juego como si, el mero hecho de poder ser partido por la mitad, hiciera más emocionante aquél vuelo en escoba.
El partido duró mucho más de lo acostumbrado en Harry pues, cada vez que vislumbraba una sombra, un movimiento o un reflejo, el dragón no dudaba en lanzarse directo hacia ellos dispuesto a hacerles perder de nuevo el rastro de la bola.
Al fin, después de algo más de una hora y media, el partido terminó con la victoria del equipo rojo gracias a una arriesgada y peligrosa carrera de ambos buscadores que los llevó al final del partido.
- ¡Fin del partido¡Victoria de los Tomates Discrepantes con una disputada final de 270 a 120!- exclamó Luna. Y la verdad era que no había podido tener un final más reñido. Aunque Harry había demostrado ser un increíble buscador capturando a la escurridiza snitch dorada, ambos equipos habían demostrado estar a la altura manteniéndose en una puntuación a la par.
Pero la puntuación no le importó a nadie.
Harry había capturado a la snitch en un apurado vuelo en caída esquivando fuego y balas, zarpas y escobas. Pero admitió, con felicidad, que si Draco no hubiera sido alcanzado por una traidora llamarada que le incendió la cola de su escoba y le obligó a reducir velocidad, muy probablemente habrían terminado por empate alcanzando ambos su objetivo. Todos habían jugado estupendamente y la sensación en el estómago resultante compensó cualquier sentimiento de culpa. En el césped, un feliz Snape caminaba con paso altivo con el baúl de las bolas encantado bajo su varita y una fugaz sonrisa en su rostro. Al fin, había conseguido expulsar, durante quince agonizantes segundos, a Sirius del juego.
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Poco a poco, la gente se iba dispersando. La verdad era que había sido un día realmente agotador.
Dándole las buenas noches, un grupo de chicos decidió subir ya hacia sus asignadas habitaciones entre bostezos y charla ya cansada. Sin embargo, aún habían quienes deseaban permanecer un poco más frente a aquél apetecible fuego que, a pesar del calor que empezaba a asediar durante el día, resultaba tan reconfortante durante aquellas horas de la noche.
El chico debía reconocer el cansancio que inundaba su cuerpo desde hacía ya un par de horas, pero, a pesar de ello, había algo que le impulsaba a permanecer en aquel lugar en vez de dejar que el sueño lo arrastrara hacia un reparador y merecido descanso. Ni la visita al Ministerio rodeado por aurores cuya intención no era otra que la de maniatarlo dejándole inconsciente; ni la consiguiente visita al tribunal del Wizengamot y el desenmascaramiento de los seguidores del Lord infiltrados; ni la reunión con el Orden al completo y los preparativos que se avecinaban; ni el increíble y divertido partido de Quiddich en la escuela con unos equipos por menos peculiares; ni el reencuentro con el antiguo ED cuyo final había terminado en una agotadora noche de demostraciones y hechizos… nada de todo aquello prevalecía al motivo que lo ataba al sillón a la espera de algo, aunque fuera una señal, que le indicara el momento. El motivo: Ella.
Creía que después de toda aquella espera al final todo se daría por perdido al comprender, furioso e irritado, que los demás inquilinos de la sala no estaban dispuestos a irse aún. Quizá ellos aún pudieran aguantar, pero Harry definitivamente no.
Sin embargo allí lo tuvo, la señal que esperaba.
Dejando el libro que hasta entonces había guardado frente a su mirada, aunque el chico sospechaba que no había logrado leer nada en todo lo que llevaba allí, se levantó tras vacilar por unos segundos. La vio cruzando la entrada cuando, llevado por la resolución, decidió seguirla. Había algo que quería decirle… Pero, frustrado, vio como su rastro se perdía escaleras arriba, directa hacia su habitación.
Suspiró derrotado y, dejando que su cansancio le guiara hasta el dormitorio, desconectó de todo lo que le rodeaba para dejar que un muñeco con su cuerpo le condujera hasta dentro de la cama donde en apenas echarse, terminó por caer rendido al sueño.
Algo le despertó.
Abriendo lentamente los ojos, acercó instintivamente la mano hacia la mesita donde había el reloj que una vez le había regalado Ron y observó, colocándose las gafas al acordarse de que de nuevo no podía ver bien, que eran ya las cuatro de la madrugada.
Bufó. Era incapaz de volverse a dormir. ¡Y eso que no hacía más de tres horas y media que se había metido en la cama!
Dando un par de vueltas intentando volver a conciliar el sueño, terminó por darse por vencido y levantarse. Quizá si bebía un poco de leche caliente… Pero, sorprendiéndose, pensó que lo que más le apetecía era salir un rato para que el frío aire del exterior le diera en la cara. Así pues, decidiendo que primero se tomaría la leche y después saldría un rato para relajarse, se ató los zapatos y, cubriéndose con la bata, salió al pasadizo en silencio. La tranquilidad con la que estaba la casa le sosegó.
Pero alguien más estaba despierto.
Viendo luz en la cocina pensó en Dobby, pero al recordar que ninguno de los dos estaba en la casa se preguntó quien más tenía el sueño inacabado. Al verle, quedó estático en la entrada.
- ¿Hermione, qué haces aquí?- preguntó al fin. Tomándola totalmente desprevenida, la chica dio un salto asustado del que enseguida se recompuso al verle en la entrada igual de sorprendido que ella.
- Me he despertado y no podía volverme a dormir. He pensado que un vaso de leche caliente me ayudaría.- acercándose a ella, se sirvió un vaso de leche al que calentó mediante un movimiento de varita.- ¿Quieres?- le dijo indicándole un botellín con miel del que se había servido con un par de cucharas.
- Gracias.
Sin nada más que añadir y dejando que sus intermitentes sorbos fuera lo único que indicara su presencia, ambos chicos se sumieron en un profundo silencio que les provocaba un indeseado sopor. Quizá, la leche empezaba a hacer su efecto.
- ¿Tardarán mucho en regresar?- preguntó de repente en un intento de romper aquél incómodo y soporífero mutismo.
- No creo. Puede que entre dos o tres días.- respondió a sabiendas de que se refería a los dos elfos domésticos que habían tenido que abandonar la mansión para cumplir con un favor que Harry les había pedido y al que ambos habían accedido, uno más alegre que el otro.
- Ya…
De nuevo silencio.
- Oye Hermione…
- Quizá es hora de que me vaya.- dijo cortándolo y tras beberse de golpe todo lo que le quedaba.- Apenas hemos dormido y el día ha sido agotador.- limpió el vaso con un sencillo hechizo y, dejándolo junto a los demás, se dispuso a irse. Sin embargo, el agarre de Harry la detuvo.
- Espera.- dijo inútilmente pues no habría podido marcharse aunque quisiera.- No vayas.
Ella, manteniendo la calma como podía, le miraba impasible aún cuando sentía su mano fuertemente cerrada entorno a su frágil muñeca que le impedía moverse. Le dolía la fuerza con la que le inmovilizaba, pero no por ello se quejó.
- ¿Por qué no¿Acaso no vas a ir tú y todos los demás?- le espetó con serenidad.
- No es algo que quiera que hagan…
- Di que no te corresponde a ti decidir sobre lo que van a hacer o no. Es su vida.
- Lo sé.
- También es la mía.
- ¡No!- exclamó furibundo. Tras unos segundos en que ambos se miraron impasibles, la dejó ir con suavidad.- Quiero decir…
Su firme mirada era completamente falsa. En su interior, un cúmulo de sentimientos contradictorios la hacían casi marear. Tenía que mantenerse estática para evitar caerse agobiada por aquél salvaje torbellino. ¿Pero… qué hacer? Quería que se fuera, que saliera de aquella cocina para darle tiempo a recomponerse, pero, al mismo tiempo, deseaba que le dijera algo, lo que fuera, a fin de que terminara aquella agotadora confusión. Su mundo, aquél mundo racional y ordenado, se había vuelto al revés y empezaba a sentirse aterrada ante la posibilidad de que nunca volviera a encontrar un orden al que sujetarse.
- Ven.- dijo cogiéndola de la mano con suavidad, casi como si fuera una petición aunque su presión le obligaba a seguirlo a pesar de su objeción.
Saliendo por la pequeña puerta que les llevaba al exterior, dejaron que el frío aire les obligara a cubrirse con las batas que apenas conseguían cubrir lo suficiente para evitar sus temblores.
- ¿Adónde…?
No necesitaron andar más de tres pasos antes de que un enorme dragón apareciera sigilosamente de entre los árboles. Hermione, agarrando el cuello de su bata con expresión de perplejo temor, se dejó arrastrar hacia el poderoso animal.
Como si todo fuera parte de un plan aunque nada había sido dicho ni anticipado, el animal se agachó en la mojada hierba dejándoles paso para que pudieran subir con comodidad. Harry, tomando la iniciativa, se acomodó en su lomo y, alargando la mano a la chica quien permanecía inmóvil al suelo, le sonrió.
- Vamos. Utiliza su pata para subir y agárrate a mi mano.
- Ni hablar.- dijo firme. Y, aunque tenía ganas de irse corriendo de allí, parecía que su cuerpo se hubiera congelado incapaz de moverse atrás por más que le suplicara.
- No es tan difícil, créeme.- pero, al ver la negativa de la chica añadió:- Por favor, Hermione…
"Por favor, Hermione". Aquella súplica, como si diera vida a su cuerpo a pesar de sus reticencias y negaciones, le hizo seguir sus indicaciones hasta llegar junto a él, sentándose detrás del chico y con la boca fuertemente cerrada. Deseaba que todo fuera un sueño cuando el movimiento de la bestia le obligó a agarrarse a la cintura de Harry como si la vida le fuera en ello.
Las alas, como dos espejos que se abrían para captar la brillante luz de la luna, se extendieron en ambos lados con majestuosidad. De un impulso seguido por el grito aterrado de la chica, los tres se encontraron volando por el cielo nocturno.
Tras el susto inicial, y después de seguir el constante ritmo del batir de las alas del animal, Hermione decidió abrir los ojos a pesar del miedo que le provocaba la sensación de ingravidez en el estómago. Sin embargo, tuvo que reconocer que lo que sus ojos podían contemplar era fascinante.
Miles de estrellas brillaban en el cielo, rodeadas de difusas áureas, caminantes de senderos celestiales. La luna, las nubes… todo parecía extraído de algún cuento de hadas.
- Mira.- le dijo el chico indicándole un lago cuyas aguas reflectaban su sombra al cruzarse con la luz de la luna.
Harry sentía como la adrenalina recorría su cuerpo. No sentía frío, la magia del animal ya se ocupaba de eso, su única sensación era la de pura felicidad. Una felicidad que era compartida con el dragón y al que le instaba aún más de disfrutar de aquél vuelo nocturno de ensueño. Su velocidad aumentó.
En total estuvieron volando cerca de media hora pasando sobre montañas y más lagos, ciudades abandonadas cuyos habitantes aún dormían en sus casas, y carreteras oscuras hasta empezar a descender sobre una de aquellas ciudades. La enormidad de la población y la distinción cada vez mayor de sus edificios, se les presentó como el Londres nocturno. La chica tuvo que hacer todo un esfuerzo para evitar gritar de puro espanto mientras sentía como el dragón se balanceaba encontrando el equilibrio para tomar tierra, aunque fuera sobre un tejado. Así, alargando las patas y deteniendo todo movimiento repentinamente, el animal se agarró en la cúspide del edificio. Pero, si había deseado que todo terminara allí, aún no saber donde se encontraban a pesar del constante aire que sacudía su pelo, se llevó otra decepción al sentir como su transportista volvía a ponerse en marcha, ahora en busca de un saliente estable y seguro donde poder descansar.
- Ya puedes abrir los ojos, Hermione.- dijo Harry sin reprimir su diversión al verla tan sacudida y desorientada, lejos de aquella chica cuyo orden y control dominaba sus pasos. Ayudándola, le guió hasta quedar sentados frente a la preciosa imagen del Támesis reflejando las decenas de luces que le rodeaban por el Paseo de la Reina y, dominante, la luna en el cielo.
- Es… precioso…- dijo al fin al poder contemplar aquella magnífica ciudad desde uno de los torreones del Parlamento. Nunca imaginó que Londres pudiera ser tan precioso de noche, una noche creada por los muggles.
- Es irónico.- murmuró con sarcasmo.- Hoy, en el Ministerio, hablaban de la incapacidad de los muggles por comprender el mundo, de su ingenuidad y su estupidez. Pero a mí me parece más precioso éste Londres que no el que puedo ver tras los muros del Caldero Chorreante. ¿Por qué será?
Hermione comprendía lo que quería decir.
Desde allí podían ver a los pocos coches que circulaban a pesar de la hora, cruzando el viejo puente de Londres; los reflejos anaranjados de las farolas en los edificios nuevos del otro lado del río, sus formas curvas, sus estructuras innovadoras de vidrio que dotaban a aquellas construcciones de una belleza que los magos no podían comprender; al gran London Eye ahora en un merecido descanso nocturno… y a los edificios más antiguos que se amontonaban a su lado: el famoso Big Beng, el castillo junto a la Torre de Londres… e incluso el gran Parlamento donde se encontraban, bañado completamente por aquella luz artificial que dotaba de una belleza inexplicable a todo aquello donde enfocaba.
- Creo que te debo varias disculpas.- dijo de improvisto rompiendo el tranquilizador silencio que había nacido entre ellos y en el que se habían dejado encantar por aquél aire casi irreal.- En realidad, quizá demasiadas.
La chica se mantenía estática a su lado, sin mirarle aún cuando toda su atención permanecía en él. Harry pensó que, si no relajaba un poco su tensión terminaría por rompérsele la columna vertebral.
- Pero querría que comprendieras…- le era tan difícil decirlo… Carraspeó, molesto.- No quiero que vayas.- esperando que la mirada hiciera todo lo que las palabras no podían, giró su cabeza para mirarla aún cuando ella seguía con los ojos fijos en la lejanía.- Desearía que ninguno de vosotros tuviera que ir, pero…
- "…esto es imposible."- terminó ella.- Harry, no puedes protegernos a todos. ¿Por qué no dejas que seamos los demás quienes nos preocupemos por ti?- dijo ahora correspondiéndole la mirada con severidad. Pero él negó con pesar.
- Mi destino no puede cambiarse.
- ¡¿Por qué no?!- exclamó furiosa.- ¡No existe ningún futuro escrito¿Acaso no lo comprendiste en Oclumencia?
- Hermione…
- ¡No!- gritó cerrando los ojos y tapándose las orejas.- ¡No quiero…!
- Vamos, Herm… Escúchame por favor…- nunca antes la había llamado así, tampoco supo de donde sacó aquél diminutivo, pero no le dio más importancia. Con suavidad, le tomó las manos apartándolas de ella en un intento de atención.- Viste mi pensadero así que tú, mejor que nadie, conoce mi camino. Eres muy inteligente, seguro que pudiste comprender el porqué de mi comportamiento. De la misma manera, puedes entender mi decisión.
"Escucha.- siguió diciendo sin dejarla ir, con voz suave y tranquilizante, mucho más calmada de lo que él mismo era capaz de comprender.- Siento cómo te traté al descubrirte dentro de mis recuerdos, el cómo te evité durante los días siguientes y cómo huí de ti al escaparme por Navidad. Pudiera haber confiado más en ti, en vosotros, pero temía de mi mismo, de todo cuanto me rodeaba. Seguramente te sentiste defraudada al enterarte de mi unión a Voldemort, siento si eso te hizo daño. Tú conocías mi pasado, el pasado que no os conté ni a ti ni a Ron el año pasado, viste todo cuanto me pasó antes de llegar a la escuela… y supongo que, al igual que me sucedió a mi más tarde, comprendiste el significado de todo aquello. Debo admitir que yo tardé mucho más en darme cuenta de la obviedad.- Hermione le escuchaba cabizbaja en silencio, sin atreverse a levantar aún la mirada hacia él.- Lo siento. Debí decírtelo mucho antes pero… volví a tener miedo.
Ahora fue Harry quien, dejándola con suavidad desvió su mirada hacia más allá del pequeño refugio en el que se escondían.
- Conoces al Libro de los Sabios¿verdad? La Onda… cuál sorpresa la mía al descubrir que era real.- dijo con una sonrisa cargada de amargor.- Nunca he creído con fuerzas superiores… pero debo admitir que tampoco había creído nunca en la magia. Ya conoces a mis tíos y sus creencias. Yo nunca había visto más que una pequeña parte del mundo, una diminuta parte que apenas llegaba a imaginar cuán grande podía llegar a ser. ¡Casi me muero al ver por primera vez a Hagrid! Pero… no dudé de él, era como si algo… como si siempre hubiera sabido que era real. ¿Puedes imaginarlo? En aquél momento pensé que era el niño más afortunado del mundo, y ni siquiera sabía lo que aquella revelación me preparaba. Yo… sencillamente me maravillé. ¡La magia era tan maravillosa…! Pero ahora…- su mirada se ensombreció.- Ahora no sé qué pensar.
Silencio.
El aire, a pesar de encontrarse ya en puertas del verano, seguía siendo frío. Siempre era frío.
- Quizá la magia me ha llevado hacia un destino distinto, único, un destino que muy pocos deben afrontar. Sin embargo…- volvió a mirarla, ahora con una expresión serena y tranquila.- Sin embargo, me ha permitido conocer a gente que he terminado por querer como a una familia. He pasado de ser un huérfano a un nieto, un hijo y un hermano. He hecho a amigos por los que daría la vida. La magia me ha dado a Ron, Draco, los Weasley, Sirius, Remus, Marla, Dumbledore… y a ti. Si lo miro de esa forma, la magia no está tan mal¿no crees?
Respondiendo a su sonrisa, aunque con unas lágrimas de tristeza brillando en sus ojos, Hermione le miró nuevamente.
- Sólo conoceros… conocerte…- alargando la mano hacia su mejilla por donde resbalaba una huidiza lágrima, la apartó de su cara con suavidad. Le impresionó la fineza de su piel, su tacto… aquél tacto que le puso la piel de gallina.- Con esto ya ha merecido la pena cualquier destino.
Impulsado por su instinto, por una fuerza desconocida, se acercó hacia ella. Podía verla, frágil, temblorosa, asustada. Quería protegerla, alejarla de cualquier mal, darle todo lo que tenía para que fuera feliz. Era tan hermosa…
Manteniendo su mano en su rostro, ahora acariciando a aquella pálida mejilla cuyo tacto removía todo su interior, entrecerró los ojos mientras su proximidad culminaba con el contacto de sus labios. Como si una corriente eléctrica recorriera todo su cuerpo, Harry se sorprendió al sentir como todo su cuerpo se relajaba bajo una sensación de placidez y serenidad a la vez que un deseo ardiente nacía en su interior. Pero, conocedor de su situación, rompió con aquél contacto volviéndose a separar. Le miraba a los ojos en busca de algo, un gesto o algo que le indicara una correspondencia. E iba a apartar su mano cuando la de ella la aprisionó sin dejar que se alejara de su caricia.
- No voy a luchar porqué sea eso lo que se pida de mi, Hermione.- dijo mirándola tranquilizadoramente.- Sino porque es lo que yo quiero. Si con mi lucha consigo un futuro sin guerra, que así sea. No me importa dar mi vida si así consigo protegerte.
- No quiero quedarme sola…
- Herm… Tienes a tu familia que te quiere, a tus amigos… Ron y los demás nunca dejarán que eso ocurra.
- ¡No quiero perderte!- exclamó ahora llorosa. Con gesto irritado, se apartó las lágrimas de sus ojos. Harry pensó que nunca la había visto tan hermosa.- ¿Por qué tú? Siempre tú…
- Déjame protegerte…- susurró al tiempo que la estrechaba en sus brazos.- Es todo cuanto deseo.
