Capítulo 36: Volviendo a la normalidad
Todo había acabado. Ahora solo existía oscuridad y silencio. ¿Dónde estaba? No se atrevía a abrir los ojos. ¿Acaso era eso lo que aguardaba a los humanos tras la muerte? ¿Qué le deparaba el más allá? No lo sabía.
No sentía dolor alguno, sus heridas parecían haber desaparecido. Tampoco sentía tristeza o nostalgia. En realidad, no sentía nada de su cuerpo. Sabía que estaba ahí, pero no sentía absolutamente nada. ¿Qué había ocurrido? ¿Había desaparecido?
Escuchó el eco de unas voces, unos sonidos que le eran familiares. Comenzó a sentir la caricia de una luz que le daba calor. ¿Se atrevería a mirar? ¿Qué eran aquellas voces? ¿Delirio, recuerdos? Las voces susurraban su nombre.
Kaileena. – La llamaba una voz.
¿Ormazd? ¿Eres tú? – Preguntó. - ¿Dónde estoy? ¿Qué es este lugar?
Abre los ojos.
¿Dónde me has traído? ¿Qué me ha pasado?
Tú abre los ojos.
Insegura de sí misma, finalmente, decidió abrir los ojos. La luz la cegó los primeros segundos. Poco a poco, su vista fue enfocando lo que tenía a su alrededor, y las voces comenzaron a aclararse.
Estaba en el Mundo de Los Dioses, de rodillas en mitad de una sala, sujetada por Ormazd, que estaba a su lado. A su alrededor, el resto de Dioses la miraban expectantes.
Cuando, finalmente, logró darse cuenta de donde estaba y los miró, comenzaron a aplaudirle. Algunos le daban la bienvenida a gritos, otros le sonreían.
Confusa aún por lo que estaba viendo, miró a Ormazd, esperando alguna explicación. Sin embargo, no había nada que explicar. El Dios se limitó a sonreírle y ayudarla a levantarse.
Bienvenida de nuevo. – Le dijo.
Se alejó de ella para dejar paso a los otros Dioses, que la rodearon enseguida. Estaba de nuevo entre los suyos. Pero, ¿era eso lo que quería?
Le deparaba una vida eterna, obligada a limitarse a observar cómo transcurría el curso del Tiempo en el Mundo de los Mortales. Tendría que observar qué le deparaba el destino a Cyrus, Farah y Malik, y fuera lo que fuese, bueno o malo, no podría intervenir.
No, aquello no era lo que deseaba. Hubiera preferido desaparecer para siempre. ¿De qué le servía ser una Diosa? Su sufrimiento sería aún mayor al estar alejada de aquellos humanos, porque, aunque le costaba admitirlo, les apreciaba. Eran especiales para ella, y a pesar de que aunque las heridas de su cuerpo hubieran desaparecido, ella seguía viendo las cicatrices, y al igual que éstas, el recuerdo de aquellos humanos jamás desaparecería de su memoria.
Desanimada, suspiró decepcionada y abandonó la sala, ignorando la cálida bienvenida que le estaban brindando sus semejantes. Los Dioses se miraron los unos a los otros sin saber qué le ocurría. Sin embargo, Ormazd sabía bien que pasaba por la mente de Kaileena.
En el Mundo de los Mortales el tiempo parecía haberse detenido. A pesar de haber ganado la batalla, no había nada que celebrar. Se habían perdido demasiadas vidas en aquellos días: prácticamente todo el ejército había sido aniquilado, parte de los asistentes a la fiesta habían quedado sepultados, entre ellos la esposa e hijos de Malik, numerosos miembros del Consejo habían sido asesinados, los ciudadanos que no habían muerto habían huido lejos de allí, y la última víctima, Kaileena, seguía frente a ellos.
¿Qué vamos a hacer ahora? – Preguntó Farah, rompiendo el desolador silencio.
Regresar y dar sepultura a todos los que han caído en esta guerra. – Respondió Malik, pensando en su familia.
¿Y Kaileena? – Preguntó, pues era tradición que los cadáveres de los fallecidos fueran enterrados en su hogar. - ¿Qué piensas hacer con ella, Cyrus?
¿A qué te refieres? – Preguntó él, extrañado.
¿Devolverás su cuerpo a la Isla del Tiempo?
No. – Negó él, mirando el cadáver. – Aquello nunca fue un hogar para ella. Fue una prisión. Enterrarla allí no sería buena idea …
Sé lo que quieres. – Le dijo Malik, leyéndole el pensamiento. – Pero enterrarla junto a los nuestros será difícil.
Ya, el Consejo no lo aprobará … - Suspiró. – Pero no merece ser enterrada como una mujer cualquiera. Ella es … especial.
Haremos lo que esté en nuestras manos. – Le dijo Malik, dándole una palmadita en la espalda. – Por ahora, regresemos con los demás. Nos estarán buscando.
Cyrus se levantó y cargó con el cuerpo de Kaileena por el camino. Malik y Farah iban tras él. Tras un rato caminando, llegaron al templo, donde los demás estaban esperando. Al verles venir, corrieron hacia ellos.
¡Al fin! – Exclamó Shahraman. – Pensábamos que no volveríamos a veros.
¿Dónde estabais? – Preguntó Rostam.
En las montañas.
¿Han herido a la Emperatriz? – Le preguntó Shahraman a Cyrus, viendo la herida de Kaileena y su cuerpo bañado en sangre.
Está muerta. – Respondió él, serio.
¿Qué ha pasado? – Se preocupó él.
Nada … - Cyrus evitó responder a su pregunta. – Regresemos a la ciudad.
Cyrus reanudó la marcha en dirección a Babilonia. El Rey, preocupado por verle así de desanimado, se giró hacia Malik y Farah y les preguntó a ellos.
¿Qué ha ocurrido?
El Cuervo apareció de pronto y se llevó a Kaileena a lomos del Grifo. Cyrus le persiguió transformándose en ese monstruo de Arena que nos atacó. Tratamos de seguirles, pero cuando llegamos, ya era tarde … - Explicó Malik.
Kaileena ya estaba herida cuando les encontramos. No pudimos hacer nada … - Se lamentó Farah.
Vaya … Al final ese loco consiguió lo que quería. – Dijo entristecido. - ¿Y qué ha sido de él?
Está muerto. – Anunció Malik. – Padre, Cyrus desea darle sepultura a Kaileena aquí, en Babilonia. Sé que no es de la Familia Real, y no hay nada que la una a nosotros, pero no veo digno que sus restos descansen en una fosa común.
Entiendo lo que quieres decir. Pero, ¿cómo explicárselo al Consejo?
Puesto que no se han liberado las Arenas, Kaileena ha salvado su alma. – Interrumpió Farah. – Eso quiere decir que vuelve a ser la Diosa del Tiempo.
Lo apropiado sería que le diésemos sepultura en el Templo de Palacio. – Sugirió Malik. – No sería recomendable ofenderla, y mucho menos a Ormazd.
Sí, Kaileena parecía ser como una hija para él o algo así. – Añadió Farah, mirando a Malik.
Un momento … ¡¿Ormazd? – Rostam les tomaba por locos. - ¿No estaréis diciendo que habéis visto al Dios Ormazd?
Ambos asintieron con la cabeza.
¿Habéis tenido a Ormazd delante? – Preguntó el Rey, asombrado.
Sí, y diría que Cyrus no le ha caído muy bien. – Respondió Malik. – Por lo que dijo, mi hermano era el elegido para liberar a Kaileena de su prisión. Pero al parecer, sus planes no incluían su traición y todo lo que le hizo después.
Le guarda rencor por haberla torturado y humillado públicamente … - Dijo Farah. – Sabía que enfurecería a los Dioses …
Entonces … ¿Todo ha acabado? – Preguntó el Rey.
Sí. No deberíamos encontrarnos a ninguna criatura de Arena en la ciudad.
Regresemos pues.
El camino de vuelta se hizo largo y pesado. Los ánimos del grupo estaban por los suelos. Nadie habló durante el regreso. Al llegar a la ciudad, el panorama era desolador. Cadáveres apilados en las calles, marcas de sangre por las paredes, edificios derruidos.
El esplendor que había lucido la ciudad años atrás se había desvanecido. Sólo quedaban las ruinas de lo que un día fue la mayor ciudad de toda Persia.
Encontraron las armas de los soldados de Arena tiradas en las calles. No había rastro de ellos. Mientras caminaban, la cadena que había estado incrustada en el brazo izquierdo de Cyrus resbaló y cayó al suelo. De no ser por el ruido que hizo al caer, no se habría dado cuenta. No la sentía, y había una razón. La herida había desaparecido.
Al haber muerto Kaileena y no haber liberado las Arenas del Tiempo, todo lo relacionado con ellas perdió su poder, incluyendo la infección que había sufrido Cyrus. La cadena y las heridas que tenía en el brazo se habían sanado.
Al cabo de unas horas se reunieron con los supervivientes en las puertas de Palacio. El Rey ordenó a los soldados que buscaran entre los escombros más supervivientes. A otros los mandó a las ciudades de los alrededores en busca de ayuda.
Los médicos no daban abasto. Los heridos acudían a decenas. Los pocos edificios que quedaron completamente intactos fueron transformados en improvisados hospitales.
El patio que daba acceso a Palacio se había transformado en un cementerio. Los cadáveres que se iban recuperando se dejaban allí, a espera de que algún conocido los reconociera. Algunos, simplemente, eran irreconocibles.
Los cuerpos de los fallecidos en la fiesta habían sido llevados al Templo, donde esperarían a los emisarios de sus respectivos reinos para repatriarlos.
Los pertenecientes a la Familia Real estaban en una sala separada. Esos eran, resumidamente, la familia de Malik. En los días siguientes, cuando se recuperase la organización, se prepararía un funeral digno y los cuerpos de la esposa y los tres hijos de Malik descansarían finalmente en paz.
Mientras el Rey organizaba todo con la ayuda de sus dos hijos mayores, se fijó en que Cyrus no se separaba del cuerpo sin vida de Kaileena. Se había apartado de ellos, dándoles la espalda, arrodillado con el cadáver en sus brazos, observando las heridas que mostraba de cerca.
¿Qué le pasa a Cyrus? – Preguntó Rostam. - ¿No piensa separarse de ese cuerpo nunca?
Farah, - Llamó Shahraman. – Decidle a Cyrus que lleve el cadáver al Templo, junto a los de nuestra Familia. – Le pidió. – Id con él. Los sacerdotes os dirán por dónde ir.
Sí, Majestad. – Respondió ella, haciendo una reverencia.
Y después id a que os vea un médico. – Añadió. – Quiero que a todos os vea un médico. No me gustan nada las heridas que tenéis.
Como gustéis …
¿Me habéis entendido? – Preguntó a sus hijos.
Sí, Padre. – Respondieron Malik y Rostam, ambos algo incómodos debido a la reciente verdad que habían conocido sobre su Padre y su verdadero pasado.
Farah se acercó a Cyrus con precaución y se arrodilló a su lado, colocando su mano sobre su hombro en señal de amistad.
¡Eh! – Le dijo sonriendo. - ¿Qué ocurre?
Podría haber evitado esto … - Se lamentó él. – Si no la hubiera torturado …
Cyrus, no puedes seguir lamentándote por eso. Cometiste un error. Pero eso pertenece al pasado. Tienes que aceptar que Kaileena ha muerto, pero no ha sido culpa tuya.
Sí que lo fue.
¡No! Fue el Cuervo quien la mató.
¡Podría haberlo evitado si hubiera actuado como debía! Debería haber ido delante de ella. La Daga tendría que haberme atravesado a mí y no a ella.
Y si así hubiera sido, contigo herido, la hubiera matado delante de ti y ambos estaríais muertos. – Insistió. – Hiciste lo que pudiste.
Eso no importa. Ella murió odiándome.
Eso no es cierto. Estoy segura de que el haber arriesgado tu vida para salvarla de las garras de aquel psicópata fue un punto a tu favor.
No sé qué decir … La rescaté porque no podía permitir que se liberasen las Arenas otra vez.
¿Sólo por eso? – Le preguntó, pero no obtuvo respuesta. – Bueno, escucha. Tu Padre quiere que lleves el cuerpo de Kaileena al Templo, junto a los otros fallecidos de la Familia Real.
¡¿Qué? ¿En serio?
Sí. – Se levantó y le incitó a que hiciera lo mismo. – Vamos. Te acompañaré.
Mientras se alejaban hacia el Templo, Malik se quedó observándoles. Juntos, así temía verlos en un futuro no muy lejano. De nuevo, aquellos pensamientos regresaron a su cabeza, haciéndole dejar de prestar atención a lo que su Padre iba diciendo.
¿Malik? – Le llamó. – Malik, ¿me estás escuchando?
¿Qué? – Preguntó, volviendo a la tierra.
¿Te encuentras bien?
Sí … Por supuesto. – Mintió, mirándoles de reojo de nuevo.
Ve con ellos. – Le dijo su Padre. – No estás en condiciones para ayudar con la reorganización.
No, Padre. Me encuentro bien, en serio.
No, hijo mío. No estás centrado. – Le dijo, colocando ambas manos en sus hombros. – Ve con los tuyos. Despídete de ellos. Y cuando te vea un médico y sane esas heridas que tienes, retírate a descansar. Ya hablaremos mañana.
Cyrus y Farah se adentraron en la sala mortuoria reservada para la Familia Real. Era un lugar oscuro y frío, iluminado por las pequeñas velas que había junto a las mesas de piedra donde estaban depositados los cuerpos sin vida de los fallecidos.
Cuatro de las mesas estaban ocupadas ya. Cuatro cadáveres tapados con una sábana blanca.
Ignorándolos, Cyrus se adentró y buscó la mesa que estuviese más alejada de aquellos cuerpos. Con cuidado, colocó a Kaileena sobre ella en posición fúnebre, con las manos enlazadas sobre el torso. Tomó la sábana para cubrirla con ella, pero se frenó al llegar a su rostro. Se quedó observándolo. Pero finalmente lo cubrió por completo.
La sábana adoptó rápidamente la silueta de Kaileena. La sangre, aún húmeda, impregnó aquella tela alrededor de la zona donde la Emperatriz había sido herida mortalmente. Cyrus suspiró. Aquello le perseguiría eternamente.
En aquel momento, Malik hizo su aparición en la sala. Farah permanecía en la entrada. Al verle allí, decaído, se preocupó por él.
Malik, ¿qué haces aquí?
He venido a ver a mi Familia … - Le respondió, mirando al suelo.
¿Estarás bien?
Sí … - Mintió.
Tras mirar brevemente hacia donde estaba Cyrus, inmerso en sus pensamientos, Malik se dirigió a la primera mesa. Allí estaba su difunta esposa. Su cuerpo mostraba signos de sufrimiento. A juzgar por las heridas, no murió en el acto. Seguramente quedó atrapada y, tras buscar una vía de escape inexistente, esperó un rescate que jamás llegó.
A Malik se le rompía el corazón al verla así. Se sentía culpable por no haberla protegido, y a eso le sumaba lo que sentía por Farah. ¿Cómo podía haberla sustituido tan pronto por otra mujer?
Miró a la joven Princesa de la India, pensativo. ¿Cómo podía haberse apegado tanto a ella cuando acababa de perder a su esposa? Pudo ser la situación en la que se encontraban. Él lo acababa de perder todo, y ella alumbró la oscuridad en la que se hallaba atrapado.
Ella fue la primera persona que acudió para consolarle. Y cuando se enfurecía, había sabido plantarle cara. Además, su carácter y amabilidad eran capaces de endulzar hasta el más amargo momento.
Tras acariciar a su esposa por última vez, volvió a cubrirla con la sábana. Se dirigió a la segunda mesa. Allí estaba su hijo mayor, su primogénito. Había volcado toda su ilusión y empeño en hacer de él un heredero excelente. A sus 20 años, el hijo mayor de Malik había adquirido una gran reputación entre los soldados de su Padre. Había heredado su fuerza.
En la siguiente mesa estaba su segundo hijo, un adolescente que seguía los pasos de su Padre con empeño y dedicación, aprendiendo de su hermano mayor. Aún no había batallado por primera vez.
Suspiró, conteniendo las ganas de gritar, y se acercó a la última mesa. El cuerpo que descansaba sobre ésta no ocupaba ni la mitad de su superficie. Era su hijo menor, un crío de 8 años que soñaba ser tan grande como su Padre. Hamid era su nombre.
Habían cubierto su cabeza con vendas. Al examinar su cuerpo, Malik comprobó aterrado que el pequeño cuerpo de su hijo había sido aplastado por los escombros. Aunque imaginaba la causa de aquella venda, tenía que verle la cara a su hijo.
Al verla, Malik se llevó la mano a la boca para contener el grito de dolor que quiso escapar de sus pulmones. El pequeño Hamid había muerto debido a una horrible herida en la cabeza que le había fracturado el cráneo, acabando con él.
Malik se echó las manos a la cabeza. Tantos años tratando de ser un buen Padre, educando a sus hijos y enseñándoles a ser grandes gobernantes, una vida entera … Todo se había derrumbado. En aquel momento desearía haber pasado más tiempo con su familia, en lugar de estar casi siempre en la guerra, al servicio de su Padre.
Destrozado e incapaz de contener las lágrimas, Malik se dejó caer de rodillas al suelo y comenzó a llorar la muerte de sus seres queridos. Aquellos gritos de desesperación se clavaban en los oídos de Cyrus como dagas afiladas. Aquello había sido culpa suya, y tendría que cargar con la culpa de aquellas muertes el resto de su vida.
Farah corrió a consolar a Malik. Había apoyado la frente en la mesa de piedra y no paraba de golpearla con el puño, mientras se maldecía a sí mismo por no haber sido capaz de proteger a los suyos.
Malik, para … - Le dijo, separándole de la pared.
Les he fallado … - Se decía. - ¡No he sido capaz de protegerles!
Tranquilízate.
¡¿Cómo voy a ser capaz de proteger Persia de los enemigos si no he sido capaz de velar por la seguridad de mi propia familia?
¡No fue tu culpa! – Le dijo, sujetándole la cabeza para que le mirase a los ojos. – No pudiste evitarlo.
Ya algo más calmado, Malik desvió la vista hacia el cuerpo de su hijo de nuevo. Tenía algo en la mano. Con cuidado, separó los dedos y halló un colgante con la forma de un Sol. Al verlo, un recuerdo asaltó su mente.
Babilonia, varias semanas antes. Malik había estado hablando con su Padre y sus hijos mayores sobre empezar a adiestrar al pequeño Hamid. Para ello, le pondrían a prueba para comprobar si poseía la misma destreza que sus antecesores en el manejo de la espada.
La prueba consistiría en un pequeño recorrido a través de unas pruebas de agilidad que el pequeño tendría que superar, y un combate cuerpo a cuerpo contra otro aprendiz.
Una tarde, Malik le hizo un obsequio a su hijo. Lo llevó a la fortaleza a las afueras de la ciudad, donde sería puesto a prueba, y allí le entregó su primera espada.
Era de un metal ligero, con un tamaño adecuado a la complexión del pequeño, sin afilar.
¡¿Esto es para mí? – Dijo el pequeño al ver a su Padre sacarla de una funda.
Sí. – Respondió él, arrodillándose frente a él para hacerle entrega de tan esperado regalo. – Esta espada representa tu futuro como guerrero. En una batalla, representa a tu mayor aliado. Quiero que tengas esto presente cada vez que la empuñes. ¿Lo has entendido?
Sí, Padre. – Asintió el niño, cogiendo la espada.
Está hecha a tu medida. – Le explicó, levantándose. – Conforme crezcas y aprendas, te entregaré otra.
¡Entendido! – Respondió él, aún observándola.
Empuña tu espada.
Con dificultad, Hamid trató de sostener su espada con una sola mano. Pero aún era muy joven y débil como para empuñarla de ese modo. Malik se reía al ver sus intentos de imitarle.
Aún es pronto para que cojas la espada así. – Le corrigió. – Sostenla con las dos manos. Firme. Aprovecha su peso para desarmar a tu enemigo.
Si.
Vamos. – Le dijo, mostrando su espada. – Quiero ver cómo te mueves.
Hamid, como todo novato, perdía el equilibrio con facilidad. Parecía como si la espada le dirigiese a él en lugar de él a la espada. Malik le mandó parar, viendo los errores que cometía.
Quieto. – Le ordenó.
¿Qué ocurre, Padre? ¿Qué he hecho mal?
Para empezar, - se colocó tras él para dirigirle y mostrarle como se hacía. – no des estocadas a lo loco. Usa movimientos suaves y sincronizados. – Le decía mientras le hacía mover la espada a una velocidad media. – De un lado al otro, en diagonal. Suave. ¿Lo has entendido?
Sí, creo que sí.
Y otra cosa. – Le dijo, girándolo hacia él. – Nunca le des la espalda a tu enemigo. Esos segundos que le pierdas de vista le bastarán para derribarte.
"Nunca darle la espalda a tu enemigo", entendido. – Repitió él.
Te daré una cosa. – Y diciendo esto, se quitó el colgante que llevaba siempre consigo y se lo colocó en el cuello. – Este colgante ha estado conmigo desde mi primera batalla. Es mi amuleto de la suerte. Llévalo siempre contigo. Además … Así podrás recordarme cuando esté lejos batallando.
Así lo haré, Padre.
Bueno, creo que ya basta de clases por hoy. Mañana volveremos a practicar. ¿Te parece bien?
¡Sí!
Vamos, regresemos antes de que se ponga el Sol.
Hamid prometía ser un gran guerrero. Aprendía con rapidez todo lo que su Padre le enseñaba. De haber podido asistir a aquella prueba, habría sorprendido a los presentes.
Aquello jamás sería posible. Recordando aún la dulce voz de su hijo pequeño, Malik apretó entre su mano el amuleto y después se lo ató al cuello. Así siempre tendría presente a su familia.
Sus ojos se clavaron en el brazo de Farah, que le observaba apenada. Se había olvidado por completo de la herida que Cyrus le había hecho. El trozo de tela que habían usado como venda estaba empapado en sangre.
Vamos. – Le dijo. – Tienen que curarte esa herida. – Dio varios pasos, pero recordó que Cyrus también estaba allí, con las manos apoyada sobre la mesa de piedra y los ojos cerrados, tratando de pensar. – Cyrus, tú también. Padre quiere que los médicos nos vean a todos.
Sin decir palabra, Cyrus les acompañó. Al llegar a la enfermería, donde se encontraban los heridos pertenecientes a la fiesta, el médico de la corte atendió a Farah en primer lugar.
Con cuidado, descubrió la herida y la examinó. No pintaba bien. Era un corte muy profundo y aún seguía sangrando. Sentada en una camilla con Malik a su lado mientras Cyrus era examinado por otro doctor, Farah se preocupó al ver al médico sacar de una caja hilo y agujas.
Instintivamente, Farah se llevó la mano a la herida y se echó para atrás. Había cosido alguna herida a soldados, pero que le cosieran una a ella era algo que no soportaría.
Lo siento, Princesa, pero debo coser ese corte si queréis que cicatrice.
¿No hay otro modo? – Preguntó ella con voz temblona.
La herida no deja de sangrar. Si no cosemos ya, podría infectarse. Y entonces tendríais un grave problema.
Pero … - Insistía ella.
Farah, es lo mejor. – Intervino Malik. – No es tan doloroso como parece.
Tranquila, sólo os dolerá un poco. – Mintió el doctor, acercándose aguja en mano. – Príncipe, quizás será mejor que la sujetéis.
Haciendo caso a las indicaciones del médico, Malik se colocó junto a Farah y la acercó a su pecho, sujetó su cuerpo con un brazo y con el otro le inmovilizó el que tenía herido, dejándola sin posibilidades de escapar.
Farah, aterrada, ocultó su rostro contra el torso de Malik, cerrando los ojos y deseando no sentir nada. Se equivocó. En el momento en que la aguja atravesó su delicada piel, las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas. Trató de escaparse, pero la fuerza de Malik era muy superior a la suya.
Tranquila. – Le decía él en tono suave.
Ya casi he terminado. – Dijo el doctor.
Cuando la aguja se alejó finalmente de ella, Farah respiró aliviada. Mientras el médico iba a por vendas y ungüentos, Malik aprovechó mientras nadie les veía y le dio un beso en la sien. Ella se secó las lágrimas.
Ya pasó … - Le dijo.
Tras vendarle el brazo y darle indicaciones de cuando debía cambiarse las vendas, el médico examinó a Malik. No tenía nada grave, pero el Rey ya le había advertido sobre lo que le había ocurrido cuando huían de Cyrus.
Así que el doctor le recomendó a Malik alejarse un tiempo del campo de batalla y evitar hacer grandes esfuerzos. El futuro Rey de Persia aceptó a regañadientes. Seguro que su Padre estaría al tanto de las recomendaciones del doctor, y si así era, tendría que acatarlas como si de su superior se tratase.
Minutos más tarde regresó el Marajá de la India con su ejército. Aunque la batalla ya había terminado, los soldados podrían colaborar en la reconstrucción de la ciudad. Mientras tanto, se reanudarían las negociaciones sobre la unión de ambos Reinos.
El Marajá, al ver a su hija sana y salva, corrió a abrazarla con todas sus fuerzas.
¡Oh, Farah! – Exclamó mientras la abrazaba. – He estado muy preocupado.
Tranquilo, Padre. Estoy bien. – Respondió ella, aún con los ojos llorosos.
¿Qué te ha ocurrido? – Le preguntó al ver la venda. Acto seguido miró a Malik, esperando una respuesta por su parte, quien se había comprometido a protegerla en todo momento.
Es mi culpa. No pude evitar que la hiriesen. – Respondió Malik.
¡Eso no es cierto! – Negó Farah. – Padre, no le creáis. El Príncipe Cyrus estaba bajo el hechizo de las Arenas y le atacó. Me lancé sobre él para evitar que le atacase. La culpa …
Es mía. – Interrumpió Cyrus. – Lamento haber herido a vuestra hija. No era consciente de lo que hacía. Os ruego que me perdonéis.
Si estabais bajo los efectos de esa transformación no puedo culparos. – Le respondió, sonriendo. – La cuestión es que mi hija está viva y no ha sufrido ningún daño grave. Os lo agradezco de corazón a ambos.
Los dos Príncipes hicieron una reverencia a modo de agradecimiento también.
Si me disculpáis, estoy agotado. – Dijo Malik. – Así que me retiro a mis aposentos a descansar.
Como gustéis.
Malik se marchó del lugar. Se le veía abatido, no sólo por el agotamiento físico, sino también por su mente. Necesitaba poner sus ideas en orden.
Os dejo solos, voy a buscar al Rey Shahraman para continuar con ese asunto que dejamos a medias antes del ataque.
El Marajá fue en busca del Rey. Tanto Cyrus como Farah sabían a qué se refería con ese "asunto". A Farah le preocupaba la decisión que se tomaría. Su futuro y el de Malik estaban en manos de sus Padres, quienes no conocían los detalles de su secreto.
