Mis queridas lectoras,

Debo advertirles que el capítulo es un poco rarito (para que no se desilusionen), pero mi mente es voluble, al igual que mi estados de ánimo, jejeje.

Aprovecho para invitarlas a pasar por mi nuevo fic "Dulce Mentirosa", del estilo de "Energía al Límite", para que se hagan una idea.

Un beso y gracias por leer!!!

Karen

Cap XXXVII

Deseo

Me miró a los ojos y sacudió su cabeza en desaprobación. Su mirada reflejaba el desconcierto que le había ocasionado mi pregunta, sin embargo, debía hacerla, era indispensable. Dentro de su mente siempre estaba Emmett, pero al parecer, me confundí, no obstante, la herí, jamás debí dudar de sus sentimientos.

–¿Por qué me preguntas eso, Edward? –su voz demostraba asombro.

–Parecen muy amigos, quizás más… –no concluí la frase porque leí en su mente que se estaba ofuscando en proporciones agigantadas.

–¿Qué somos más que amigos? –agregó furiosa, podía oler su sangre dulce recorrer sus venas como un río caudaloso.

No contesté, había sido un error.

–¿No? –dulcifiqué el tono de mi voz. Se venía un huracán.

Sus ojos se abrieron de par en par y frunció el ceño, tensando la mandíbula.

–¿Con qué cara me vienes a recriminar mi relación con Emmett? ¡Tú! Qué deshonraste a una mujer que fue aniquilada por tu culpa, pero no te importó ¿Dónde está tu alma de caballero? –me gritó con ira, sin embargo, jamás me podría defender porque era sólo la verdad.

Era fácil reconocer todo el resentimiento que sentía Bella por mí, y me lo merecía…

–¿Sabes cuántas noches no pude dormir pensando en ti? Añorando que llegaras para poder abrazarte y besarte. ¡Rechacé a Emmett y a Jacob! Les rompí el corazón a ambos ¡Por ti! –su pecho se abultaba a causa de la respiración agitada. Tenía la nariz dilatada y un tono fucsia se apoderó de su rostro traslúcido.

Caminó hacia el muelle, pero antes de llegar se torció un tobillo y cayó de bruces sobre el suelo de barro y hojas húmedas. Aguanté una sonrisa, casi había olvidado lo patosa que era mi dulce amor. Ella se dio vuelta más enojada aún y cuando estuve a su lado para ayudarla me dio una gran bofetada que hizo polvo su mano derecha, oí crujir sus frágiles huesitos.

–¡Aaaayyyyy! –gritó entre espantada y adolorida.

–¡Perdona! No deberías… haberlo… hecho –agregué sutilmente– mi piel es como pegarle a una roca.

–¡Idiota! –me recriminó con lágrimas en los ojos.

–Tendré que llevarte al doctor –cogí su mano endeble con cuidado– no la muevas –le advertí.

Me acerqué para cogerla en brazos y ella se zafó, o al menos dejé que lo hiciera, no quería herir más su orgullo. Desde la lancha le di la mano buena y la ayudé a descender, mientras se movía nuestro suelo a raíz de las olas. Estaba amaneciendo y el sol pronto aparecería en todo su esplendor, por lo tanto, debía llegar lo antes posible a la casa de la playa, máximo en media hora. Aún mar adentro llamé a mi hermana y le conté lo sucedido.

–Ya sabía que tendría que llevarla… pero estaré allá como a las tres, porque aún tienen algunos temas pendientes –mi hermana soltó una risita de pájaro cantor que rebotó en mis oídos.

Por fin llegamos y Bella aún continuaba con la expresión tensa y el entrecejo fruncido. Aquí fue más difícil el descenso, así que no tuvo más opción que tolerar que la arrullará entre mis brazos para salir. En cuanto tocamos tierra firme, hizo un ademán de soltarse, separándome con sus bracitos delgados a la altura de los codos. La bajé y no pude contener una risita. Esto se estaba tornando ridículo.

Entramos por el ventanal principal y ella se fue directo a la habitación de Emmett y debo reconocer, me irritó un tanto, pero contuve la compostura y la seguí.

–¿Te puedo traer un café? ¿Me imagino que tendrás frío? –ofrecí, ya estaba listo.

–¡No, gracias! –me ladró, pero igualmente le dejé la taza sobre el velador.

–En caso que te arrepientas… –le sugerí. Ella gruñó.

–Me puedes dejar sola, necesito dormir –habló irritada, pero pronto oí, ya no en palabras, sino que en su mente, que pensó "¿Supongo que no me vas a comer?". No pude evitar contestarle.

–No del modo que piensas –solté una risita más abiertamente.

Se paró y me cerró la puerta en la cara. "¡Imbécil!", pensó con rabia. Se durmió pronto y no pude contener la tentación de observarla dormir. Sus labios estaban entreabiertos y tenía la mano derecha apoyada sobre un cojín rojo. La habitación estaba impregnada en su fragancia dulce, quemando mi garganta, sin embargo, mi boca no estaba ponzoñosa como pasaba con otras personas. Ese hermoso cabello castaño estaba esparcido sobre la almohada. Comenzó a susurrar, luego parecía más inquieta y noté que cayeron un par de lágrimas de sus ojos cerrados, como si fuese un rocío de la mañana. "Vuelve mi amor… te lo ruego… vuelve… Edward ¡no me dejes!", exclamó angustiada. Si hubiese tenido un corazón latiendo aún dentro de mi pecho de seguro se hubiese detenido. Dejé de respirar y quise arrullarla, pero me contuve, sólo por unos segundos, porque cuando pronunció mi nombre por segunda vez, fui a su lado y acaricié su piel afiebrada.

Entreabrió los ojos y me suplicó con los labios dormidos, "Bésame, Edward", y volvió a cerrar los párpados. Acerqué mi boca a la suya con cuidado, mis dientes eran demasiado peligrosos, pero ya sabía como contenerlos. Succioné su labio inferior y cuando ya estuvieron más despiertos dejé pasar mi lengua venenosa dentro de su dulce y acogedora boca, dulce y húmeda. Cuando nos acariciamos en un beso profundo, sentí como si mi lengua ardiera al contacto con su deliciosa saliva. Su respiración se fue agitando, hasta convertirse en un jadeo continuo.

Bella, lamió mi cuello con necesidad, y yo, sentí que me quemaba. Sus manos viajaron hacia mi camisa y lentamente desabrochó mis botones con la mano izquierda. Ella continuaba con los ojos cerrando, simulando seguir dormida. Besé su mentón, frente y mejillas. Subí a esa cama y me acomodé a su lado izquierdo, tocando con precaución esos muslos tibios. Recorrí el cuerpo que tanto amaba, hasta permitirme acariciar sus pechos nuevamente. Saqué su capuchón, seguido de su polera hasta encontrarme con esos hermosos bultitos, decorados con delicados pezones rosados. Contra las leyes de la naturaleza bajé mi boca hacia uno de ellos, lamiéndolos hasta endurecerlos. Debía tener especial cuidado de no dañarla.

–No sé si podré –le susurré al oído, con el pecho alborotado por la emoción.

–¡Te amo! –murmulló con sus labios rosáceos.

La miré bien y por su piel blanca caían lágrimas. Cogí una con mi boca y sabían a sal pura y dolor. Me deshice de sus pantalones y de los míos, porque ella tenía escasa movilidad con la mano izquierda. Su piel hervía y probablemente la mía era desagradable a su tacto, pero no le importó.

Besé sus piernas con zumo cuidado, tanto de contener mi sed como de dañarla. No sabía si podría hacerlo, ya me encontraba a un ápice del paraíso, entre sus piernas, pero aún sin hacerla mía ¡Esto era un riesgo macabro! Abrió sus ojos y con ellos repletados de lágrimas me suplicó.

–Aunque sea lo último que haga en la vida, quiero estar contigo mi amor –sus palabras me nublaron la razón.

Podía sentir su aroma, expectante a nuestra unión. La besé con cuidado, acariciando parte de su cuello y quijada con mis manos frías. Ella separó levemente sus rodillas, indicándome que era el momento. Sentía que mi corazón abstracto iba a explotar de emoción.

Sin plantearme más problemas, y de manera egoísta, decidí introducirme en sus entrañas calurosas, suaves y viscosas ¡Oh, qué maravilloso era esto! Era cien veces mejor que cuando lo hice de humano. Podía oler el sudor y milagro de su interior. Ella estaba completamente entregada a mí. Yo debía controlarme, no podía hacer nada que la dañara. Intentaba controlar mis movimientos desesperados, pero ella no se quejaba, tenía el rostro plácido. Entrelacé su mano buena con la mía y ella murmuró.

–¡Me has hecho la mujer más feliz de la tierra! No importa si después de hoy no queda nada. Si quieres me puedes matar… –habló con la voz entrecortada.

Mi aliento se paralizó, a pesar que estaba en un estado más fuerte que el frenesí.

–¡Jamás, nunca te haré daño mi vida! –le contesté errático. Esto era como si tuviese un huracán de placer nadando por mi cuerpo. Cruzó sus piernas tras de mí y yo la arrullé con mis brazos hasta repletarla de gozo.

Su rostro estaba sonrojado y húmedo, a pesar de la gelidez de mi cuerpo. Pude llegar a la gloria en su interior y podría seguir en ella por la eternidad. Ahora su sangre fluía y rebasaba de su aroma el ambiente. Podía ver su cuello pálido y tras él, la sangre enviando miles de pulsaciones por segundo. Uní mis labios y los llevé a su cuello, con deseo, lujuria y frustración. Ella no era conciente de lo que realmente estaría por suceder y sólo emitió, un gemido de confusión.