La conversación con Della Rocco me había dejado inquieta. No podía sacarme de la cabeza su amenaza transformada en sonrisa. Daba vueltas en la cama sin poder dormirme, viendo en cada sombra un nuevo peligro. Caminantes, bandidos, esta maldita urbanización. Jamás había caído en lo tenebrosa que era la silueta de la lámpara de mi habitación en la oscuridad. Sentí los nervios en el estómago y tuve que sentarme en la cama. Me froté los ojos con las manos. Me iba a volver loca si me quedaba allí sin hacer nada. Miré por la ventana y descubrí los primeros rayos de sol asomando a lo lejos. Me levanté y me puse lo primero que encontré, unos pantalones de chándal y una sudadera. Recogí las galletas que había dejado el día anterior sobre la encimera de la cocina. Solo quedaban dos. Las saqué del paquete y tiré el envoltorio a la basura. Mordí la primera galleta, agarré las llaves y salí del apartamento. Volvía a sentirme atrapada entre las paredes y necesitaba respirar algo de aire fresco. Bajé las escaleras trotando. Era demasiado temprano como para que alguien saliera a ver quién bajaba las escaleras.
Salí a la calle. El aire de la mañana era frío. No se escuchaba nada. Todo estaba en silencio. Empecé a caminar hacia la derecha, con las manos en los bolsillos y la última galleta en la boca. Pasé por detrás de mi edificio, allí había más aparcamientos. Las líneas blancas del suelo señalizaban donde se podía aparcar. Un Ford gris, más viejo que nuevo, estaba estacionado al final junto a una pared forrada con madera. Enarqué una ceja y me encaminé hacia allí.
La carrocería se había decolorado por el sol y en algunos sitios era blanca. También había señales de corrosión y uno de los faros estaba roto. Miré el interior haciendo pantalla con las manos. Los sillones eran de un tono gris oscuro, los de la parte trasera presentaban manchas oscuras. Las llaves colgaban de la ignición pero con un equilibrio precario. Alguien debía de haberla roto al tratar de sacarla. Me puse de pie y caminé alrededor del coche. Me acerqué a las maderas de la pared. Todo el muro era de gruesa piedra excepto aquel punto. Las tablas de madera habían sido clavadas posteriormente a la construcción del muro. Miré entre las rendijas que dejaban dos tablas. Detrás había una plancha metálica. Me retiré confusa. ¿Para qué reforzar un muro con madera? Era gastar recursos tontamente. El metal era mucho más duro y nada podría atravesarlo. Agarré un extremo de la tabla, puse un pie contra la pared y tiré hacia atrás. La madera empezó a quebrarse y escuché crujidos. Fui impulsada hacia atrás cuando la tabla se separó. Puse las manos para no hacerme daño en la caída. La tabla me dio en el estómago con fuerza.
- Ah. Mierda – me cogí el sitio donde me había golpeado.
Me levanté tirando la madera a un lado. Apreté los labios cabreada con ese ser inanimado. Algo distrajo mi atención de insultar la tabla. El hueco en la pared me dejaba ver lo que había detrás. Me asomé. Efectivamente, alguien se había tomado el innecesario trabajo de tapiar una plancha de metal. Bufé por lo absurdo de mi descubrimiento. Acerqué más la cabeza al agujero, era lo suficientemente grande para que pudiera deslizarme por allí. Un poco de aire fresco me dio en la cara.
- ¿Pero qué…? – me puse de puntillas para meter la cabeza y los hombros a través de la madera – Vaya, vaya. Creo que Della Rocco sobreestimó la seguridad de este lugar.
Frente a mis ojos, a la derecha de la plancha de metal podía ver algo de hierba y campo abierto.
Me retiré del agujero y me senté en el suelo con la espalda contra el Ford. Me rasqué la barbilla pensando. Debía de haber encontrado una segunda salida de la urbanización. ¿Quizás tras los otros bloques también había más salidas? Desde luego, todas debían de estar tapiadas, solo convenía tener un sitio por el que entrar y salir para extremar las precauciones. Pero no revisarlas me parecía una irresponsabilidad. La madera se había debilitado por la acción del clima y a la larga, podían suponer un peligro si se acercaba un gran rebaño de caminante. Bufé al recordar el ruido que estaban montando los esbirros de Rocco el otro día, no les importaba si algún rebaño lo escuchaba y nos atacaban. Habían vivido demasiado tiempo sin incidentes y estaban bajando la guardia.
Podía usar aquel agujero para entrar y salir sin que nadie se diese cuenta. Una idea me cruzó la mente. ¿Y si me largaba? Miré el hueco entre las tablas de madera. Sentí el corazón aumentando la velocidad. Atlanta. Puede que Guillermo aún estuviera en el geriátrico. No estaba lejos, podría llegar en un mes. Salir de la maldita y falsa seguridad de la urbanización y volver a la inestable protección de la carretera. No tendría un techo que me protegiera pero tampoco habría nadie que me amenazase, hiriese, con quien pelearme. Volvería a ser solo yo.
Me agarré las piernas contra el pecho y descansé la cabeza sobre las rodillas. Respiré lentamente. Si quería desaparecer necesitaba más comida. Y armas. Imposible hacerme con alguna pistola, todas las guardaba Della Rocco. Ahora era el mejor momento para hacerlo. Se acercaba el verano y no necesitaría llevar mucha ropa, llevaría toda la comida que pudiera guardar. Recordé que los muertos eran más activos durante los meses de verano pero tampoco supondrían un problema, podría esconderme donde fuera y al ser una persona sola me movería con rapidez. Me levanté decidida. Recogí la tabla y la puse en su sitio, asegurándome que no caería y me descubriesen.
Corrí sintiendo el corazón desbocado, no sabía si por la emoción o el temor a la huida. Me temblaron las manos al ir a abrir las puertas y tardé unos segundos en entrar en el edificio. De vuelta a mi apartamento me encontré con Anne en el pasillo. Me miró desconfiada al verme llegar jadeando por subir los cuatro pisos corriendo.
- ¿De dónde vienes corriendo?
- Pues… de eso, de correr – respondí rápidamente, señalando mi ropa deportiva para enfatizar.
- ¿Qué quieres hacer hoy? – entró detrás de mí en el piso y cerró la puerta.
- Yo iba a comprar algo de comida porque no me queda nada en el frigorífico.
Me acuclillé frente a la cómoda de mi habitación. Despegué el sobre que había escondido bajo el último cajón. Lo abrí y conté todos los tickets. Tenía veintisiete, suficientes para una provisión de comida enlatada. Los había estado ahorrando sin saber qué hacer con ellos. Cada ticket podía cambiarlo por una o dos latas, dependiendo lo que contuvieran. Recordé que también tendría que conseguir agua, el agua era más cara por la escasez de encontrarla embotellada.
- Vale, yo también tenía que ir a la tienda, así que iremos juntas.
- Eh… - pensé en rechazar su oferta pero me convenía que viniera, me ayudaría con la comida – Claro, será divertido.
Abrió los ojos con sorpresa al escuchar que decía eso y le sonreía.
- ¿Qué te pasa? – entrecerró los ojos mirándome.
- ¿A mí? Nada – mentí inocentemente – Estuve pensando en lo bien que vivo ahora que estoy aquí y… bueno, que no lo he pasado demasiado bien allí fuera.
Me escrutó unos segundos antes que una inmensa sonrisa apareciera en su rostro.
- Me alegro que pienses así. Ya era hora que te dieses cuenta de que este es un buen lugar.
Asentí y fui hacia la puerta dando grandes zancadas.
- ¿Qué haces? – su pregunta me frenó.
Me giré mirándola. ¿Me había pillado? ¿Podía haberme seguido sin que me diese cuenta? Imposible. Estuve sola todo el rato en el aparcamiento. ¿Leía mentes? Pero ¿qué diablos…? Esto no era ninguna película cutre. ¿Entonces qué pasaba?
- ¿Qué? – pregunté con voz temblorosa. Sellé los labios maldiciéndome por no poder controlar los nervios.
- ¿No te vas a duchar antes de salir? Has estado corriendo ¿no?
Me miraba como quien observa a un loco. Aún tardé unos segundos en que mi mente asimilara lo que me había dicho. Suspiré aliviada y asentí. Saqué ropa limpia de mi armario y me encerré en el cuarto de baño. Empecé a desnudarme. Abrí el grifo de agua caliente. Echaría de menos la ducha, sería lo que más echaría de menos. Me quité la camiseta. Al estirarme me dolió el abdomen. Hice una mueca de dolor y miré allí donde había sentido la punzada. El golpe con la tabla me había obsequiado con un moratón alargado a la izquierda del ombligo. Me acaricié con la yema de los dedos. No me dolía mucho ni parecía importante. Me desprendí de los pantalones y la ropa interior y entré en la ducha. Cerré los ojos dejando que el agua caliente me hiciese retroceder en el tiempo.
Un recuerdo se coló en mi mente antes de que pudiese pararlo. Sonreí por el pensamiento. La última vez que nos duchamos juntos. El día antes de que Shane me golpease acusándome de intentar huir del grupo y que todo el mundo se volviese loco. Dejé que el recuerdo se tornase más vívido. Casi podía sentir las manos del cazador en mi espalda, recorriendo mis hombros y mi cuerpo. Levanté mis brazos y apoyé mis manos donde estaban las suyas. Sentí un vacío en el estómago cuando toqué mi piel. Él no estaba allí. Quizás nunca volviera a estar. Me agarré el torso y me deslicé hasta sentarme en el suelo con la espalda apoyada contra la pared de la ducha. El agua seguía cayendo sobre mí. Me hice un ovillo allí sentada y me quedé mirando los azulejos blancos, recordando mejores tiempos.
Unos toques en la puerta me sobresaltaron.
- ¡Sue! Vamos, no tenemos todo el día.
Sonreí para mis adentros y no me moví. Yo sí tenía todo el día. Le grité que se podía ir si quería y me contestó que esperaría hasta que estuviese lista. Al final me estaba obligando a darme prisa. Me concedí unos minutos más antes de levantarme, cerrar el grifo y vestirme. Dejé la ropa sucia en un montón bajo el lavabo y me reuní con Anne en la cocina. Me tendió las llaves y salimos del apartamento.
La tienda a la que íbamos era una casa junto al Ayuntamiento. Los que trabajaban en la tienda vivían en el piso de arriba y el de abajo era donde se vendían los alimentos y herramientas. Cuando entramos allí ya era casi media mañana. Me sorprendió ver el sol tan alto. No había mucha gente y estaban llevando cajas con comida. En la entrada de la tienda estaba uno de los todoterrenos de Della Rocco. Dos de sus hombres hablaban mientras los trabajadores de la tienda descargaban las cajas. Pasamos por su lado y entramos en la tienda. Dos mujeres estaban delante de nosotras en la cola. Las atendieron con rapidez y llegó mi turno.
- ¿Qué quieres? – preguntó el tendero, un hombre entrado en años con rostro cansado y el cuerpo consumido. Me recordó a una cerilla, tenía la cabeza demasiado grande para su delgado cuerpo.
- Todas las latas de comida y botellas de agua que pueda comprar con esto – arrojé el taquito de tickets sobre la mesa. Se quedó mirándolo con los ojos como platos.
- ¿Estás segura? ¿Son tus últimos ahorros?
- Sí y sí estoy segura. Quiero… - me quedé pensando, no podía llevar mucho peso – tres… dos botellas de agua y todo lo demás en latas de comida – Anne a mi lado también miraba incrédula – También, ese mapa.
Señalé un mapa clavado en la pared. El hombre se encogió de hombros, cogió los tickets y fue a buscar lo que le había pedido. Metió quince latas y las dos botellas de agua en una caja. Revisé la comida para ver qué había echado. Retiré la fruta, era cara y no me servía de mucho, y le pedí que me diera más pasta. Asintió y desembaló una de las nuevas cajas. Añadió el mapa en lo alto de todos los alimentos. Anne solo compró un poco de leche y arroz. Agarré la caja, pesaba muchísimo, y salimos de allí.
- ¿Para qué quieres tanta comida?
- Así no tendré que preocuparme por comprar en un tiempo.
- Allá tú. Me puedes invitar a comer ya que tienes tantas latas – apreté el paso alarmada por lo que acababa de decir.
- No, mejor no. No creo que coma hoy, estoy muy cansada, me iré a la cama.
Sujetó la puerta para que pasara.
- Bueno, entonces mañana será.
- Sí, claro, mañana mejor – dije irónicamente.
Entré en mi piso y cerré la puerta con el pie. Dejé la caja sobre la mesa. Saqué el mapa y lo extendí sobre la mesa. Tardé un rato en encontrar la urbanización en la que estaba. Era un mapa físico y tenía que guiarme por las colinas y ríos. Viendo la distancia que me separaba de Atlanta sobre el mapa no parecía estar tan lejos, quizás llegase en tres semanas, menos de lo que creía. Busqué un rotulador en los cajones de la cocina y encontré uno rojo. Señalé el lugar de Red Mountains y después observé el terreno que me separaba de la ciudad. Había una elevación en medio, no sabía cómo de alta pero había muchas rayas juntas. Si iba a mirar y luego no podía pasar por allí perdería un tiempo precioso. Dibujé otra trayectoria con el dedo, pasando a través de un rio. Ir campo a través era más peligroso, no conocía el terreno y podía perderme. Sopesé la idea de ir por allí. Busqué las carreteras secundarias más cercanas. Todas terminaban fundiéndose con la autopista. La carretera no era mala opción. Quitando el hecho de que podía darme de frente con un grupo grande de caminantes, la autopista me prometía vehículos donde dormir, puede que comida y refugio del mal tiempo. Decidí entrar en la carretera y seguirla, así tampoco corría el riesgo de perderme.
Agarré mi mochila y la puse sobre la mesa. Saqué lo que contenía, una sudadera, envoltorios de comida, una botella vacía, ropa interior limpia y el revolver con dos cargadores. Empecé a meter las latas, apilándolas de forma que ocupasen poco espacio, para después meter las botellas. Había comprado demasiada comida. La mochila pesaba muchísimo y no podría llevarla. Me sería imposible correr con ella. Frustrada lo saqué todo de nuevo y miré lo que tenía. Di prioridad a las latas de pasta por los carbohidratos que contenían. Solo me llevaría ocho latas y las dos botellas. Metí un pantalón, otra camiseta y una sudadera y ropa interior. El mapa iría en un bolsillo exterior. Cerré la abultada mochila y la levanté. Pesaba menos pero seguía siendo una carga importante. En una semana se habría reducido drásticamente. Miré el revolver y los cargadores. Me guardaría el arma en la cintura del pantalón, atado con el cinturón y los cargadores en uno de mis bolsillos. Si tenía que tirar la mochila no quedaría desprotegida. Terminado todo aquello me quedé mirando la cocina sin saber qué hacer. El estómago me rugió. Puse una mano sobre mi abdomen intentando recordar la última vez que había comido. Recordaba haber desayunado el día anterior pero después de eso, nada. Abrí una lata de sopa y la calenté en el microondas. Cuando me metí la cuchara en la boca sentí lo hambrienta que estaba. Terminé con dos de sopa. Tiré las latas a la basura.
Salí al balcón a ver qué ocurría cuatro pisos por debajo de mí. Las calles estaban tranquilas, la gente paseaba de un lugar a otro, no había ni rastro de Della Rocco o sus hombres. Suspiré cansada. Me esperaba una noche larga. Bostecé audiblemente. Me iría a la cama y así descansaría antes de irme. Algo llamó mi atención antes de que me metiese de vuelta en el piso. Un hombre ancho, calvo de piel oscura, caminaba hacia la plazoleta. Miraba a todos lados. Lo reconocí en seguida y se me pintó una sonrisa en la cara. Era difícil que el enorme cuerpo de oso de T-Dog pasara desapercibido.
Me tiré dentro del piso, rescaté las llaves de encima de la mesa. Se me cayeron y tuve que agacharme a por ellas. Cerré de un portazo y bajé las escaleras corriendo. Salí a la calle y el sol me dio de lleno cegándome un momento. Tropecé y casi caigo. Alguien me sujetó. Murmuré unas palabras de agradecimientos y seguí corriendo. Hacía más calor que los días anteriores, y pronto empecé a sudar. Llegué a la plazoleta y no habrían pasado ni cinco minutos desde que había observado ese sitio desde mi piso. Miré a ambos lados antes de ver al hombre en una esquina, de espaldas a mí. Caminé rápidamente hasta allí, temiendo que alguien me interceptara en el camino y me lo impidiera. ¿Qué diablos tenían en contra de que hablase con mi antiguo grupo? Cuando llegué a la altura de T-dog, le solté un puñetazo en el hombro.
- ¡Ay! – se giró sorprendido, frotándose el hombro dolorido. Sus ojos se abrieron como platos al verme - ¡Sue! Ya pensaba que habías desaparecido.
Me atrapó entre sus brazos, en un caluroso y doloroso abrazo de oso.
- Vale, T-Dog, no puedo respirar – me soltó sonriente. Al hacerse a un lado vi una segunda persona detrás de él, mirándome también sorprendida - ¿¡Andrea!?
- ¡Sue! Que alegría verte – se acercó y me abrazó, más dubitativa y con menos energía que T-Dog - ¿Dónde estabas?
- En un parque de atracciones no te j… ¡Buscándoos! Siempre que salía a la calle miraba a todos lados. No sabéis la de veces que habré recorrido las calles con mi lapa siguiéndome…
- ¿Lapa? – la mujer me miró confusa.
- Una tipa que no hace más que obligarme a ir a donde no quiero.
- A mí también me siguen – saltó – Pero,… bueno, creo que me siguen…
- ¿Qué?
- El otro día volviendo a su casa vio a unos tipos siguiéndola – explicó T-Dog seriamente – Dice que eran hombres de Della Rocco. Glenn me contó que Maggie también dice lo mismo. Además, él tuvo un encontronazo con uno de esos tíos porque no dejaba de silbarle a Maggie.
- Un momento, ¿están persiguiendo a Maggie y a ti? – señalé a Andrea que asintió. Miré a mi lado como si esperase encontrarme un grupo de hombres observándonos. Un escalofrío me recorrió la espalda cuando vi tres esbirros del mafioso fumando sentados en un banco - ¿Y los demás?
- Rick y su familia parecen estar bien, al menos no me contaron nada de que les siguieran o les hubieran molestado. De Tyro, Carol y Clem no sé nada.
- Yo me encontré el otro día con ellos. Me dijeron que entraron en su casa y les robaron las armas – miré alarmada a la mujer por lo que estaba contando.
- ¿Las armas? Tyro guardaba la mitad del arsenal que teníamos, quien lo hiciera debía saberlo – apunté – Si no habrían ido a por los demás también. Ellos son un blanco bueno, toda la familia Grimes sabe disparar y defenderse.
- Pero nadie sabía lo que llevábamos – rechazó T-Dog.
- El otro día vi a Gerard hablando con James. Él estuvo con nosotros, vio las armas.
- En todo esto hay algo muy raro. Nos separan y ahora desaparecen la mitad de nuestras armas. No quieren que nos defendamos – dijo Andrea mirando por encima de su hombro, se giró rápidamente al ver que los fumadores nos observaban – Será mejor que nos vayamos.
- Esperad, ¿sabéis algo de Daryl? – retuve a T-Dog de la muñeca. Negó, miré a Andrea esperando que me dijera algo. Miró el suelo muda - ¿Cómo os habéis comunicado entre vosotros?
- Nos hemos visto varias veces en la tienda o por los jardines o simplemente coincidíamos.
Sentí un nudo en el estómago. ¿Por qué todos habían mantenido una relación y yo simplemente había quedado apartada? ¿Me habían dado de lado? ¿Ahora que tenían un servicio médico ya no me querían cerca? ¿Había sido tan prescindible para ellos? Empecé a cabrearme. Me habían abandonado. Me habían abandonado cuando me prometieron que jamás lo harían. Daryl me prometió que nunca me abandonaría y había roto su promesa. Me picaron los ojos por las lágrimas que se habían formado sin que me diese cuenta. Respiré hondo y puse la cara más seria que pude.
- ¿Estás bien? De repente te has puesto muy pálida – me dijo Andrea. El hombre me miró curioso y apoyó lo que había dicho ella.
- No estoy bien. Decidle a los demás… decidles que ya nos veremos en el infierno.
Se les ensancharon los ojos confusos. Intercambiaron una mirada para después volver a mirarme. Me giré y caminé de vuelta a mi apartamento con los puños apretados. Me froté los ojos y las lágrimas desaparecieron. ¿Por qué siempre iba de decepción en decepción? Maldita sea. Demonios de grupos. Yo sola estaba mucho mejor, no necesitaba a nadie. ¡A nadie! Yo arreglaré todo esto, encontraré un buen refugio y viviré allí… o me pegaré un tiro, ya lo pensaría más adelante.
- ¡Sue para! – Andrea y T-Dog corrían hasta mí. No me giré y me cogieron en la entrada a mi edificio - ¿A qué venía eso?
- Oh, a nada, tranquilos. Seguid con vuestra historia del grupo feliz – sonreí cínicamente y abrí la puerta.
- En serio, ¿por qué estás molesta? – T-Dog puso un pie en la puerta antes de que se cerrase.
- No pasa nada, de verdad. Ya me lo esperaba – me miraron sin comprender – Ahora soy prescindible. ¡Eh! Que no pasa nada. Lo entiendo. Como ya tenéis médicos de verdad podéis libraros de mí. Todo está bien en serio.
- ¿De qué hablas?
- ¿Todos os habéis seguido viendo y no os molestasteis en buscarme? Por ahí van los tiros.
Les cerré la puerta de mi apartamento en las narices antes de que pudieran halar. Golpearon y me llamaron a gritos pero no contesté. Entré en la habitación y me arrojé sobre la cama después de cerrar con un portazo. Necesitaba dormir para largarme esta noche. Sola. Como siempre debió ser. Sin nadie que me distrajera, amigos falsos o tíos que solo querían follar. Solo yo. Como le prometí a John.
¿Por qué me hacían esto? ¿Me había portado mal? ¿No era cierto que siempre había buscado lo mejor para el grupo? Puede que el mundo en el que ahora vivíamos terminase absorbiéndonos por completo, dejando atrás lazos afectivos y obligándonos a movernos por intereses. Me había convenido viajar con ellos sobre todo en el invierno. Les había convenido que viajara con ellos por el embarazo de Lori. Ahora que ella había tenido el bebe y habían encontrado un lugar donde vivir el pacto que teníamos se rompía. Yo por mi lado, ellos por el suyo.
Suspiré ahogada. El nudo en la garganta no me dejaba respirar. Me costaba reconocer que todo terminaba así. Tan bruscamente.
Abrí los ojos sin saber qué hora era. Un rayo de luz anaranjado entraba a través de la ventana, entre las cortinas. Levanté la cabeza adormilada, y después todo mi cuerpo se separó del colchón. Me quedé arrodillada sobre la cama. Entonces recordé todo lo que tenía que hacer. Por suerte no tenía que trabajar y nadie notaría mi desaparición hasta dentro de dos noches. Eso me daría tiempo suficiente para que no pudiesen seguirme. Me lavé la cara para despertarme y entré en la cocina. La noche caía rápidamente y diez minutos más tarde ya era de noche. Cené otra de las latas, esta vez una de raviolis. Salí al balcón a vigilar el movimiento de la urbanización, esperando el mejor momento para salir.
- Bueno, parece que llegó la hora – murmuré cuando no vi a ninguna persona en las calles.
Entré y recogí la mochila. Me aseguré de llevar el revolver en la cintura y recuperé mi cuchillo de debajo del colchón. Me lo amarré y lo oculté bajo la camiseta. Después de asegurarme que no me olvidaba nada, fui a la puerta. Cuando abrí me llamó la atención un papel blanco que se deslizó dentro del apartamento. Lo recogí. Era un sobre con mi nombre. Lo sostuve entre mis manos observándolo de todas las maneras posibles.
Un ruido en el piso contiguo me distrajo. Guardé la carta en mi bolsillo trasero y me asomé. No había ni un alma en el pasillo. Salí y cerré la puerta con cuidado. Recorrí el edificio en silencio hasta salir. Me parecía que mi respiración era demasiado ruidosa y que de un momento a otro, los hombres de Della Rocco saltarían sobre mí. Pero nadie lo hizo y llegué sin problemas a mi hueco secreto. Retiré la madera. Allí estaba, el camino hacía mi libertad. Pasé primero la mochila. Procuré que no hiciera ruido al caer. Me aupé y mis brazos, cabeza y hombros se colaron por el hueco. Con un salto, conseguí pasar a través de él. Puse las manos para no caer de cabeza pero me hice daño al desplomarme sobre la mochila.
- Me cago… - insulté a la mochila y la golpeé con el puño, haciéndome más daño - ¡Mierda!
Me levanté, cabreada y agarrándome el costado. Cogí la mochila con gesto enfadado y me la colgué al hombro. Eché a andar hacia lo que pensaba que era el este. Si no recordaba mal, había una carretera secundaria que pasaba junto a la urbanización un kilómetro por delante.
Todo estaba oscuro. Se me había olvidado conseguir una linterna. Si me encontraba ahora con unos caminantes, por pequeño que fuera su grupo, no sabría a dónde tirar. Iba a salir de una trampa para caer en otra. Sonreí morbosamente al imaginarme siendo comida por los muertos. Sería desde luego irónico. Solo mis pasos y el ulular de algún búho rompían en silencio de la noche. Había luna llena y si me mantenía lejos de la sombra de los árboles veía por donde andaba.
Lo estaba haciendo. No me lo creía. ¿Estaba dejando al grupo atrás? A Rick, Maggie, Glenn, T-Dog, Carol, Clem... ¿En qué demonios estaba pensando?
Agarré alarmada la mochila. Eché a correr hacia delante, sumergiéndome en la oscuridad con un destino incierto, alejándome de Red Mountain, de mis antiguos compañeros, de una parte de mí misma, segura de que si no lo hacía, volvería a por ellos.
