Capítulo 36.

No fue un besó arrebatado y demandante. Pero fue completamente distinto a cualquiera de los otros que nos habíamos dado antes. Fue… fue… fue uno en el que venía unidos todos los que habíamos dejado de darnos. Todos los que nos faltaron durante tantos meses. Todos. Cargado de añoranza, reconocimiento, y amor. Y lo que lo hizo incluso más especial fue que volví a sentir esa deliciosa sensación de tener la mente vacía. Después de tantísimo tiempo todas las vocecitas fastidiosas, inoportunas, hostiles y mortificantes que habían estado atosigándome desde que dejé de verlo se quedaron en silencio, y eso fue increíblemente liberador. Porque así era todo de sencillo cuando estaba con él. Una caricia, una palabra o un beso me bastaban para hacer que el mundo desapareciera y, en ese preciso momento, con sus labios contra los míos, mi cuerpo cobijado con el suyo y una deliciosa paz, me quedé sin aire. Y él también.

―Si no te besaba ahora ―dijo con los ojos cerrados y su frente contra la mía―, me iba a volver loco. ―Había un ligero tono de disculpa en su voz―. Espero que…, yo…

Porque el tiempo suele tener también el efecto de dejar dudas flotando en el ambiente. Habíamos estado juntos por un par de meses y separados por casi dos años. Era normal que añoráramos la cercanía que alguna vez tuvimos, sobre todo cuando había sido (en mi opinión) tan buena; pero ¿y si habíamos idealizado lo que tuvimos, lo que éramos cuando estábamos juntos? ¿Y si las cosas habían cambiado? ¿Y si sí tenía responsabilidades a las que atender que le impidieran estar conmigo? Me daba miedo solo pensarlo.

¿Qué sucedería si las cosas ya no eran como antes? ¿Y si con su memoria había regresado también su buen juicio? ¿Y si sus temores habían sido ciertos y había prometido su vida a alguien más? Lo besé de nuevo esperando volver a callar las voces de mi cabeza pero ya no fue tan sencillo. El tiempo había sido mucho. Era comprensible que hubiera dudas por resolver y nos sintiéramos ligeramente alejados el uno del otro. Nerviosos. Y, además, era normal que no supiéramos si podíamos seguir tratándonos como antes. Que no supiéramos si después de tanto tiempo aún había un nosotros.

Su mirada, cuando volvió a abrir los ojos, casi preguntaba si podía seguir besándome y eso me dio la pequeña esperanza de que no tuviera responsabilidades que lo alejaran de mí, y de pensar que no había motivo alguno para no retomar lo que habíamos dejado inconcluso.

Él me había dicho que me amaba y yo estaba segura de que lo amaba a él. Estaba segura de que «nosotros en Londres», había sido real, pero teníamos que dejarnos volver a sentir la comodidad de la presencia del otro. Pasar tiempo juntos de nuevo. Acompañarnos, reírnos y querernos de nuevo. Así que respondí con una sonrisa y lo besé de nuevo.

―¿Así serán todas tus disculpas? ―pregunté separándome de él. «¿Así de fácil se podía volver a ser genuinamente feliz?». Él sonrió.

―Tal vez ―su sonrisa cómplice y pícara era una de las que más disfrutaba. Besó mi frente, luego mi mano―. Vamos, George espera ―reclamé un poco pero con una mirada dulce me dijo que ya tendríamos tiempo para ponernos al corriente con todo lo que nos hacía falta y solucionar dudas. Y, respondiendo a su muda promesa me puse de puntillas y posé fugazmente mis labios contra los suyos. «¿Qué había hecho yo para merecer ser así de feliz?»

Caminamos tranquilamente tomados de la mano, empezando a darnos tiempo para reconocer nuestra mutua presencia y disfrutando nuestro sutil contacto y cercanía, y, por absurdo que parezca, todos los meses de llantos y preocupación se desvanecieron. Así de fácil. Así de sencillo. Él había vuelto y era real. Ya no era más mi vagabundo-desmemoriado y autoproclamado pirata-hijo-de-duque, pero seguía viendo en él a Albert, mi Príncipe de la Colina. Aún tenía su sabor en mis labios, y su mano sosteniendo la mía. Y me sentía tranquila, completa y feliz.

Llegamos a la cabaña sin prisas, sin decir nada. La puerta estaba abierta y la modesta construcción parecía completamente ajena a todo lo que sucedía tan cerca de ella. Entramos sin soltarnos y, al cruzar el umbral, Albert pronunció el nombre de George quien inmediatamente respondió indicándonos que se encontraba en el estudio. Seguimos su voz y, debo decir que lo que ellos llamaban «estudio» a mí me recordó más a un enorme invernadero, con sus ventanas de muro a techo y plantas por doquier.

―¿Está todo bien? ―preguntó el hombre dejando escapar una ligera sonrisa al ver nuestras manos entrelazadas.

―Lo estará ―respondió Albert sonriendo y apretando mi mano entre la suya.

Parfait!

No soltó mi mano hasta que estuve sentada frente a George y él rodeó el escritorio para colocarse de pie al lado del francés.

Ensuite, ¿podemos empezar? ―Albert asintió y yo me quedé mirándolos a los dos sin saber a qué se referían.

Antes había conversado con el señor George y solo algunos pequeños detalles de su acento revelaban su ascendencia francesa. Pero, imagino que su comodidad con Albert lo hacían regresar a su lengua materna con frecuencia.

Alors. Mademoiselle Candy, como usted bien sabe, el día de mañana se llevará a cabo la presentación de «la nueva cabeza» de los Ardlay ―dijo con solemnidad y yo volteé a ver a Albert con una sonrisa ligeramente burlona.

―Yo no lo veo muy nuevo ―respondí con socarronería y el rubio rio con ganas. Pero el señor George pareció no encontrar mi comentario tan divertido. Carraspeó.

―William nunca fue oficialmente presentado, lo cual lo vuelve una novedad para la sociedad ―me encogí en la silla sintiéndome ligeramente regañada―. Pero hay algo más. ¿Tuvo usted la oportunidad de ver la invitación que la familia Ardlay le hizo llegar?

―No ―recordé haber recibido una invitación en Londres que había quedado sin abrirse, sepultada debajo de boletas, libros y cuadernos.

La mirada de George tenía un ligero brillo de reproche, pero no me reprendió como esperaba, se limitó a ver a Albert que se encogió de hombros como diciendo «te lo dije», metió la mano en una de las bolsas de su saco y me entregó una elegante tarjeta. La abrí y la leí rápidamente.

―¿Encuentra usted algo raro?

―Ahm ―me sentí como si estuviera presentando un examen muy importante y no hubiese estudiado nada, pero me esforcé y comenté lo primero que se me ocurrió―. Habla de «la nueva cabeza», pero, respetando la tradición de los clanes ¿no sería más adecuado decir «patriarca»? ―George sonrió y me dedicó una mirada del tipo que te regala un profesor cuando respondes adecuadamente una pregunta capciosa.

―Eso es lo que muchos han dicho, Mademoiselle ―respondió con suficiencia―. Pero los Ardlay no cometemos errores ―«Usted es un Johnson Villers» pensé pero:

―Su patriarca se les perdió por casi diez años ―murmuré sin verlo. Albert rio de nuevo y George fingió no haberme escuchado. Carraspeé―. ¿Y el hecho de no cometer errores es importante por qué? ―pregunté con tono conciliador.

―Después de todo lo que ha pasado, Candy ―intervino Albert sonriendo―, no podemos permitir que el Clan vuelva a sumirse en el caos con una sola persona al mando.

―Pero, creí que había una especie de comité que se encargaba de las empresas.

―De manera temporal, sí. Existe un consejo que se encargó de tomar las riendas de las empresas mientras William estuvo ausente ―respondió George, «Albert no tiene cara de William», pensé y me forcé a prestar más atención y no dejar que mis pensamientos divagaran tanto―. Pero la responsabilidad principal y la mayoría de las acciones, de manera legal, son heredadas por línea directa exclusivamente entre Ardlays. En este caso, William padre las legó a William hijo ―volteó a verlo con profundo cariño―. Pero la experiencia de esta última década, y la obstinación del aquí presente, nos han llevado a reevaluar la situación ―su mirar se tornó severo por unos momentos―. El último Ardlay de línea directa es el joven Anthony, pero una cláusula del testamento de William nos impidió volverlo patriarca hasta que no cumpliera treinta años.

―Sabes perfectamente bien que no podía hacer que el hijo de Rosie pasara por lo mismo que pasé yo, George. Eso se los he dicho hasta el cansancio ―se defendió Albert―. Quería que viviera un poco y disfrutara su libertad antes de ser absorbido por un mundo que él nunca había deseado ―George lo miró con desaprobación pero Albert no pareció inmutarse.

―¿Cuántos años tiene Anthony ahora? ―pregunté intentando romper la tensión.

―Treinta ―respondieron ambos al unísono.

―¿Pero él me dijo que se devolvía a Francia?

―Lo hará.

―¿Entonces? ¿Archie? Pero él es un Cornwell, ¿no? Y Anthony, ¿no es un Brown?―Albert sonrió.

―Hemos logrado convencer al consejo para que «la nueva cabeza» de los Ardlay esté conformada por varias personas, Candy.

―¡Felicidades! ¿Cierto? ―ambos asintieron con la cabeza y se me quedaron viendo como si esperaran que dijera algo más―. No entiendo por qué me cuentan todo esto. ¿Qué tengo que ver yo con esto? ―pregunté―. Si lo que quieren es mi aprobación, la tienen. De hecho, creo que tardaron mucho tiempo en cambiar su forma de manejar las cosas. Vamos, que estamos en pleno siglo XXI y ustedes siguen empleando tradiciones del XV ―ambos rieron.

―Candy ―dijo Albert acercándose de nuevo a mí―. Hace muchos años, siendo William el patriarca de los Ardlay, quise adoptarte y darte mi apellido ―hizo una pausa y tomó mi mano―, pero el destino intervino y bueno, de haberlo hecho tú habrías sido, legalmente, una Ardlay de línea directa.

―Pero no me habrías adoptado, habrías sido solamente mi tutor, ¿no? Al menos eso decía la última carta del abuelo William. Bueno, en realidad, la carta decía que mi tutela estaría a cargo de la familia, pero eso no me haría tener tu misma sangre y, además, ¿tengo que comenzar a llamarte tío abuelo o Señor William? ―él sonrió―. Creo que esto de reconocerte como el Tío William será todo un reto ―me distraje de nuevo―. Pero volviendo al tema, el tiempo siguió su curso y ahora soy una Brighton. No creo que haya alguna forma legal de que seas mi tutor ahora ―algo en el ambiente me estaba poniendo nerviosa. Él lo notó y sonrió.

―¿Recuerdas que en Londres, alguna vez dije que debí haberte conocido en una vida pasada?

―¿El experimentó te permitió recordar incluso vidas pasadas? ―pregunté con ironía, él rio con ganas.

―Sí, hasta el momento en que fui Edward Teach ―respondió usando el mismo tono irónico que yo había usado antes―. A lo que me refiero, Candy, es que antes de ser el Albert que conociste en Inglaterra, fui William Ardlay, y te vi en muchas ocasiones antes del accidente. Por eso tu rostro me pareció tan familiar. Por eso tu presencia en mi vida reactivó una parte de mi cerebro que había permanecido dormida por largos años. Te debo lo que soy, Candy. Sin saberlo me diste alegría en el pasado. Y sin saberlo me ayudaste cuando más extraviado estaba.

―Pero, yo nunca te vi.

―Pero yo a ti sí, en muchas ocasiones. Y recibí muchas cartas tuyas ―sonrió―. No pude darte mi apellido cuando prometí hacerlo, Candy, pero eso no significa que no pueda otorgarte lo que por derecho mereces.

―Con la cabaña me basta ―dije sin saber qué más decir. Ambos rieron.

―Sabemos que puede parecer excesivo ―«excesivo» sonaba demasiado poco.

―Pero yo no sé nada de cómo manejar una empresa tan grande. Apenas me las arreglo para administrar mi vida diaria.

―Nosotros le enseñaremos todo lo que necesites saber, Mademoiselle.

―¿Y qué pasará con Archie y Anthony y el pequeño Stear?

―El pequeño Stear es aún muy pequeño ―respondió George.

―Recuerda, Candy: la cabeza ―continuó Albert―. Mañana, si tú aceptas, se nos presentará a Anthony, Archie, a ti y a mí como «la nueva cabeza» de los Ardlay.

―Pero, esto no tiene precedentes. ¿Qué va a decir la gente?

―Misa si quieren ―respondió Albert.

―No tiene usted porqué preocuparse de eso ―intervino el señor George con tranquilidad.

―Pero…

―George, nos permites hablar solos ―pidió el rubio.

―¿Es completamente necesario? ―preguntó el francés.

―Lo es ―aseguró Albert―. Puedes regresar a la casa y descansar.

―Pero…

―No tienes que preocuparte por nada.

―Bien ―dijo el hombre con parquedad―. À demain mademoiselle Candy ―me saludó―. Lapin, à plus tard.

―Todo saldrá bien mon vieil ami ―George sonrió.

―Hasta luego Señor George ―y se fue con toda la calma del mundo―. Hablas francés ―dije notando lo obvio.

―Soy un estuche de monerías, Candy ―sonreí―. Pero volvamos a lo que estábamos discutiendo antes.

―No entiendo por qué haces esto Albert ―respiró profundamente.

―Yo aún tengo las cosas bastante revueltas y necesito de un poco más de tiempo para re acostumbrarme a la vida empresarial, Candy. Necesito toda la ayuda con la que pueda contar. George seguirá siendo mi mano derecha. Archie seguirá a cargo de Chicago y Estados Unidos porque se lo merece; Anthony podrá seguir viviendo en su granja francesa, pero se hará cargo de la división gala de las empresas ―suspiró―. Pero aunque sé que ellos son mi familia, los muchachos aún no me conocen ―acarició su cien―. George siempre ha estado a mi lado, sí, pero mis recuerdos aún están un poco borrosos y… aún me cuesta fiarme ciegamente de él ―lo dijo casi con culpa―. La única persona a la que confiaría mi vida entera, sin siquiera pensarlo, eres tú, Candy.

―¿Tanto así? ―asintió sonriente―. Pero no soy una Ardlay, Albert, y he hecho mi vida en Londres ―murmuré.

―Lo sé, y nos hará muy feliz que sigas allá ―«¿Y tú?» pensé y él pareció escucharme―. Yo he decidido que lo mejor para mí es comenzar en un lugar familiar y con menos movimiento que las oficinas centrales de Chicago.

―Tu departamento en la calle Hill sigue siendo tuyo.

―Lo sé y volveré a utilizarlo en algún momento, pero por el momento viviré en Edimburgo, en la casa de mis padres. Poco a poco comenzaré a integrarme a las empresas, Candy, pero necesito partir desde un lugar seguro. Desde un refugio que no haya sido profanado.

―Tu departamento de Londres fue tu refugio por mucho tiempo.

―Y en él tengo algunos de mis mejores recuerdos, Candy, pero aún me falta reconectar con algunas cosas de mi pasado, y los recuerdos de esos diez años que pasé en Londres no deben interferir con los que tuve antes ―asentí―. El plan es pasar una parte de mi tiempo en Escocia y la otra en Londres ―dijo con tono tranquilizador―. Cuando me sienta más cómodo volveré a viajar a Estados Unidos y Francia, pero solo para supervisar y ponerme al corriente de las cosas.

―Añorabas viajar ―recordé. Él sonrió.

―Soy como un animal que ha pasado mucho tiempo en cautiverio y al que devuelven a la vida salvaje, pequeña. Creo que me aterra ser libre de nuevo ― tomé su mano y le sonreí.

―Pero si tú estás en el Reino Unido, Archie en Estados Unidos, Anthony en Francia y George, en todos lados, ¿no tienen ya todos los frentes cubiertos? ¿Para qué me necesitan a mí? ―me miró fijamente.

―Soy yo quien te necesita, Candy ―murmuró, luego carraspeó―. Me gustaría que me ayudaras en Londres. Habrá momentos en los que George y yo necesitemos supervisar alguna de las otras sedes y te agradecería enormemente que quedarás al mando cuando estemos ausentes.

―Pero… ¿y si surge un problema urgente? ¿Y si alguien se da cuenta de que no tengo experiencia y se quieren aprovechar de mi torpeza?

―Las grandes decisiones se aprobarán solamente si se cuenta con, al menos, tres de las cuatro firmas y una conformidad final de George ―guardamos silencio―. Si lo que te preocupa es que te estamos dando demasiadas responsabilidades, tienes que saber que también te estamos ofreciendo beneficios.

―¿Beneficios?

―Serás uno de los accionistas principales y recibirás un pago importante por su trabajo.

―Y ¿a quién le vas a quitar acciones para dármelas a mí? ¿Si pretendes renunciar a las tuyas no lo hagas?

―¿Nadie te habló del testamento de Stear?

―¿Deberían haberlo hecho? ―asintió y suspiró.

―Stear te legó sus acciones y las pertenencias que están vinculadas a su nombre y el de la familia, esperando que las aceptaras. La idea de todo esto fue suya ―debí imaginarlo―. Si decides no aceptar, todo lo que le pertenecía será repartido de acuerdo a sus especificaciones.

―Pero ¿por qué haría Stear algo así por mí?

―Porque te quería, Candy. Eso lo sabes. Y esperaba poder seguir cuidando de ti aun cuando él ya no estuviera aquí ―carraspeó―. Supongo que George pretendía explicarte esto también. El testamento de Stear tenía una clausula especial que impedía su ejecución hasta que yo no apareciera o un par de años transcurrieran. Tal vez por ello nadie te ha hablado de él aún.

―¿Stear sabía quién eras?

―Supongo que lo intuyo ―sonrió―. Fue gracias a él y al fotógrafo que contrató que George me encontró ―me miró con detenimiento―. Pero nos estamos desviando del tema de nuevo, Candy. No solo te conferimos responsabilidades. Tendrás las acciones de Stear y un buen salario.

―¡No es el dinero lo que me importa!

―¿Entonces?

―¿Por qué habrías de confiarle algo tan importante a alguien como yo?

―¿Alguien como tú?

―Podría ser una especie de estafadora que se ha metido en tu vida, ha nublado tu razón y ha logrado hacer que le sedas parte de tu fortuna.

―Gracias por el voto de confianza ―dijo―. Deberías dejar de leer novelas románticas, Candy.

―Hablo en serio, Albert. ¿Por qué habrías de hacer algo tan arriesgado con una desconocida?

―Porque confió en ti, Candy. Stear también lo hacía. Y no eres ninguna desconocida. Él, Archie y yo te conocemos. Yo de verdad te conozco. Sé que eres honesta, trabajadora y buena ―apretó mi mano―. Y, si necesitas otra razón, también lo hago porque te quiero ―murmuró―. Además no se me ocurre otra forma de pagar todo lo que has hecho por mí a lo largo de tantos años.

―Pero si no he hecho nada.

―Has hecho mucho más de lo que te imaginas, pequeña.

―Yo… si es porque te sientes obligado a pagarme de algún modo, puedes solo ayudarme con un patrocinio para la clínica en la que trabajo.

―Eso podrás hacerlo tú misma después de que firmes el contrato que te presentamos. Y no, no hago esto solo por agradecimiento. Lo hago porque quiero darte una razón para seguir compartiendo tu tiempo conmigo ―las mariposas volvieron.

―Podrías solo pedirlo, ¿sabes?

―Me gustan los grandes gestos ―sonrió―. ¿Estarás dispuesta a ayudarme con esto? Sé que te estoy pidiendo demasiado.

―No es eso, Albert ―dije apretando su mano―. Es simplemente que… siento que se me está dando un premio que no he ganado. No he hecho absolutamente nada para merecer tanta confianza.

― Me devolviste la vida, Candy. ¿Te parece poco?

―Yo, no sé qué decir.

―Di que sí. Candy ―su mirada intentaban ser tranquilizadora―. Ayúdame un poco más, ¿quieres? ―dijo poniendo cara de borreguito a medio morir.

―Eso se llama chantaje.

―Por favor.

―Acepto las responsabilidades. Sí. Pero no quiero el dinero.

―Candy.

―Quiero ayudarte, Albert. Pero no por obligación ―bajé la vista―. Sino porque te quiero.

Lo escuché suspirar, luego, lenta y tiernamente tomó mi rostro entre sus manos y me besó de nuevo.

―Cuánta falta me hiciste, Candy ―me atrajo hacía sí y rodeó mis hombros con sus brazos―. Sabía que te echaba de menos, pequeña, pero no sabía cuánto hasta ahora ―adoraba el sonido que generaba su voz cuando resonaba en su pecho―. Eres y siempre has sido mi norte. Cuando te encontré en Londres no lo recordaba, pero ahora lo sé. Y te quiero como nunca he querido a nadie. Lo he hecho durante muchísimos años. Aun cuando no te recordaba te quería ―suspiró―. Hace más de diez años quise darte mi apellido, pero la vida no me lo permitió.

―No fue tu culpa.

―Aún hay una forma legal en la que podría hacerlo, pero no la tomo porque no me atrevo siquiera a considerarme tan afortunado ―la mariposas se apoderaron de todo mi estómago. Las malditas mariposas.

―Albert, yo…

―No tienes que decir nada, Candy. Solo acepta trabajar conmigo. Acepta ayudarme a reconstruir las empresas que me legó mi padre. Ayúdame a recuperar la confianza que he perdido. Y si el tiempo lo permite, tal vez, en el futuro pueda hacer lo que hace tantos años no pude.

―Necesito que mi abogado lea el contrato ―sonrió.

―Vez, ya sabes mucho más de negocios de lo que crees ―besó mi frente, dejó de abrazarme y abrió el computador que estaba en el escritorio. Un sonido de llamada se escuchó casi de inmediato―. El estudio es todo tuyo, Candy. Tómate todo el tiempo que necesites.

Demás está decir que no me tomé demasiado tiempo. Los Ardlay de verdad estaban hechos para hacer negocios y cuando mi abogado me explicó que había visto muy pocos contratos tan bien redactados como el que le habían hecho llegar y que sería una verdadera estupidez de mi parte no aceptar el trato que me estaban ofreciendo me dispuse a salir del estudio para pedirle a Albert que me diera el original que tenía que firmar. Pero ni siquiera eso fue necesario. Al lado del computador, en una carpeta abierta, con papelitos indicando los espacios en los que necesitaba poner mi firma, estaba el contrato.

Reconocí la caligrafía del tío Abuelo de inmediato, y me di cuenta de que durante el tiempo que pasamos juntos jamás vi nada escrito por Albert. Quizá de haberlo hecho habría podido haberlo reconocido antes. Pero ya no era tiempo para quizás. Era momento de ver al futuro y esperar lo mejor.

Cuando salí del despacho tenía la sensación de que tal vez lo más adecuado sería volver a casa, pero al verlo sentado, con una taza de té en una mano y un libro en la otra, leyendo, en paz, me di cuenta de que no quería irme de su lado justo ahora que lo había encontrado, y que mi corazón se hinchaba más y más cada vez que lo veía. Así que me acerqué a él con calma, dejé el contrato firmado en una mesita y abracé sus hombros. Había echado tanto de menos su presencia, su aroma, su voz; que el más sencillo contacto me hacía sentir profundamente feliz. Él tomó mis manos entre las suyas, besó una de mis palmas y haciéndome caminar hacia el otro lado del sofá me atrajo hacia sí.

Pasamos la noche entera reconociéndonos, riendo, poniéndonos al corriente de todo lo que habíamos hecho, de todo lo que él pudo contarme en una noche de sus recuerdos y volviendo a ser nosotros.

Había sido gracias a Stear, su desconfianza y las fotos que había pedido de mí que lo habían reencontrado. Había sufrido terriblemente recordando la muerte de sus padres y más aún cuando supo que Rosie se había ido con ellos. Ahora estaba seguro de que el accidente no había sido más que eso, un accidente: él en el lugar equivocado en el momento equivocado. Y, para sorpresa de ambos, las tres cicatrices en su pecho eran efectivamente regalo de un león cachorro que, cual gatito juguetón, le había visto cara de bola de estambre. Por eso había llegado a Italia, para curarse, viajando en barco de Libia a Sicilia y de ahí hacia la península italiana. Recorriendo los pueblos más pintorescos, bebiendo el vino más sencillo y comiendo los platos que los locales le recomendaban. Siendo libre y feliz hasta que alguien robó la mochila con sus pertenencias e identificaciones el día mismo del atentado en Florencia. Lo demás había sido pura fortuna. El duque ya sabía qué había sido de él, pero había accedido a guardar el secreto, y Terry seguramente lo recibiría a golpes después de su presentación en sociedad.

Era delicioso verlo sonreír de nuevo y, más aún, escucharlo reír con esa risa suya tan particular. Era maravilloso poder perderme en sus ojos y su voz. Era maravilloso saber por fin cuál era mi lugar en el mundo. Porque ahí, durante una noche entera de charla, recuerdos y cariños me di cuenta que al ver su rostro, frente a mí, mi corazón había encontrado finalmente su hogar.


―¿En qué piensas? ―preguntó al darse cuenta que había dejado de prestarle atención al libro que tenía entre manos.

―¿Cuál era la otra forma legal para hacerme una Ardlay? ―pregunté recostada contra su pecho y escuché su corazón comenzar a latir con fuerza.

―¿De verdad lo tienes que preguntar? ―sonreí y dejé que mi vista vagara por nuestro departamento en la calle Hill.

―¿Alguna vez repararás el reloj?

―Después de tantos años, siento que componerlo echaría a perder la decoración.

―Yo creo que eres un flojo y lo único que necesita es un cambio de baterías.

―No pretendo levantarme ahora, si eso es lo que insinúas ―murmuró―. Pero, creo que hay algunas en el mueble. Te permito arruinar el estilo del espacio si eso es lo que quieres.

―¡Hombres! ―dije riendo y poniéndome en pie.

Le entregué mi libro y caminé hacia donde estaban las baterías que yo misma había comprado. Jalé una silla para poder alcanzar el reloj, bajarlo y colocarlo sobre la mesa. Le di la vuelta, abrí el compartimento y me quedé pasmada. Levanté la vista y lo encontré de pie a mi lado, sonriente. Extendió una mano hacia el reloj, saco algo brillante del compartimento de las baterías y tomando mi mano dijo:

―Hace mucho tiempo quise darte mi apellido pero la vida decidió que no era el momento justo. Ahora, con un reloj roto como testigo, yo decido que es momento de comenzar a vivir de nuevo y, si me aceptas Candy, finalmente podré hacer lo que hace tantos años no pude.

―Albert ―murmuré sonriendo como una estúpida.

―«Ven a mí y entrarás en un mundo de mi entera creación» ―comenzó a canturrear―. «Lo que verás y encontrarás será fruto de nuestra más pura imaginación» ―deslizó en mi dedo el anillo que había sacado del reloj―. «Estando aquí, junto a mí, descubrirás quién realmente quieres ser».

Y lo hice. Con un reloj roto como testigo y el más maravilloso hombre a mi lado, fui totalmente feliz.


A todas y cada una de ustedes mi más sincero "GRACIAS", por su paciencia, entusiasmo y cariño por esta historia. Espero que estos 36 capítulos sean suficientes y hayan disfrutado de ellos. Pero principalmente gracias por ayudarme a seguir escribiendo. Un enorme abrazo a la distancia y, aquí en este comentario es donde pongo la palabra que me costó tanto trabajo poner arriba "FIN".

Soundtrack:

Pure imagination – Jamie Cullum o Josh Groban

Goodnight my someone (from the music man) – Scot sings

No soy el aire – Carlos Rivera.

Otras vidas – Carlos Rivera

Si te vas – Carlos Rivera

Dust and ashes – Josh Groban

En otras vidas – Edgar Oceransky

Perfect – Ed Sheeran

Unusual way – Josh Groban

Try to remember – Josh Groban

All this I did without you – Tom Hiddleston