Mis queridos, no mucho que decir! he estado estudiando para un examen...
En fin, gracias a quienes me apoyan y leen continuamente, cariños y mucho amor!
XXXVII. Herida
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Me aguanté las lágrimas y, afirmándome el antebrazo con la mano, me fui de allí a paso rápido. Me envolví la herida en un pañuelo, decidiendo volver al trabajo lo antes posible. Ni loca iba a ir a mi casa… Que mi madre supiera que Remus era un licántropo, era una historia completamente diferente. Quizá me encerrara con llave para siempre. Prefería no averiguarlo.
—Permiso… permiso… —El Atrio estaba tan ajetreado como siempre y sentía la urgencia de llegar luego a algún baño, porque el antebrazo comenzaba a dolerme y el pañuelo se me había empapado de sangre en cosa de segundos.
Por desgracia y para variar, el baño de mujeres estaba repleto, así que tuve que tomar el ascensor para ocupar el baño del piso de Aurors. Había más hombres que mujeres en el departamento, así que el baño de las féminas casi siempre estaba vacío. Cada baño tenía un kit básico de emergencia con pociones y pastillas para dificultades o problemas comunes. El asunto, era que mi herida no era algo común: apliqué lo necesario para que se cerrara, y funcionó, pero me seguía doliendo, como si el interior lo tuviera infectado.
—Seguro es algo pasajero — susurré volviendo a mi despacho. Estaba en estado de shock, y mi cuerpo parecía estar envuelto en una película de sudor frío —. Otro día podrás ir a ver a Remus y todo estará bien…
—¡Tonks! Te he estado buscando, ¿dónde estabas?
Milagrosamente Kingsley estaba allí y se dirigía hacia mí.
—Lo siento, llegué tarde —contesté, tratando de no sonar distraída —. ¿Qué pasa?
Cuando me alcanzó me observó con desconfianza.
—¿Estás bien? Te veo pálida… —sus ojos pasaron de mi cara a mi pelo y frunció el ceño —Alguien me dijo que te había visto en la mañana… y que estabas pendiente del caso de ayer.
—Sólo un poco…resfriada —mentí con una sonrisa tiesa —. Estuve un rato en el baño porque me sentía mal, así que por eso desaparecí. Pero ya estoy mejor. Y sí, el caso… está en orden. No sé si podamos atrapar a los culpables, aún, pero están analizando algunas pruebas.
—Eso espero. Me llegó un patronus de Dumbledore diciendo que hoy tenías que vigilar Hogwarts.
Me coloqué una mano en la cara.
—Lo olvidé por completo —cerré los ojos con fuerza —. Me había dado las fechas más importantes, a las que no podía faltar… ando un poco en las nubes con esto del resfrío —dije como si fuera sumamente obvio.
Estúpido Remus. ¡Mira lo que me haces!
—Deberías ir ya. Creo que tienen una excursión de algo hoy… a Hogsmeade, al parecer son los exámenes de aparición. Aunque creo que Harry no está en edad...
—Voy inmediatamente. Nos vemos pronto.
Salí del Ministerio de Magia para ir a cumplir mi deber. Era una Auror, proteger era lo primero que tenía que hacer, y luego estaban los sentimientos, la vida privada. No obstante, cuando aparecí frente a la Casa de los Gritos, fue como si una angustia inmediata me hubiese envuelto, haciéndome vomitar un llanto silencioso, pero desesperado. Recordé que mi abuelo había muerto y que a Remus parecía no haberle importado ni un poco. Además, la herida me dolía.
Desperté del shock y eso causó mi llanto, pero no porque Remus me hubiese atacado, o por el dolor de la herida: era porque él quiso atacarme. Lo vi en su mirada, lo noté en sus palabras. Me había atacado a propósito para asustarme, para convencerme, para sacarme de su vida.
Pensé en Dumbledore. Él conocía a Remus, él podría hacer algo para convencerlo, para hacerle ver las cosas diferentes, la vida de otro modo… Yo ya no podía confiar más en mi poder de conquistadora para cambiar el pensamiento de Remus. Lo había intentado demasiado y definitivamente no había habido resultado.
Tuve ganas de gritar, y grité cuando choqué el pie sin querer con una piedra en el camino.
—Si me caga una paloma estando bajo la capa de invisibilidad, es porque tengo una suerte de mierda —farfullé envolviéndome en la capa.
No me cagó una paloma, por suerte, mientras iba camino al castillo. Tenía que hacer algo. Las cosas no se podían quedar así.
El anciano siempre tenía soluciones para todo, o se las inventaba. Además, temía por la seguridad de Remus. Con lo último que había sucedido, ¡todo parecía ser peor! Su inestabilidad lo colocaría en peligro. Remus debía parar de relacionarse con la chusma. Él debía estar al tanto de todo lo que ocurría. ¿Estaban matando sólo al azar u hombres lobo? ¿Cuál era la estrategia precisamente?
Salí agitada del agujero del Sauce Boxeador, recurriendo nuevamente a la desilusión para camuflarme. No andaba con mi capa de invisibilidad y quería pasar desapercibida, de momento.
La mañana estaba fresca y algo brumosa, pero el sol brillaba con fuerza, haciendo que el verde del pasto, las plantas y el Bosque Prohibido, a lo lejos, se viera intenso y luminoso. El lago se veía como un espejo negro y frío, y creo que noté uno de los tentáculos del calamar gigante saliendo por la superficie para coger a una paloma que volaba por encima.
Había varios alumnos por los alrededores, riendo, conversando, distraídos. Los más pequeños estaban felices, mientras que los más adolescentes se veían preocupados. Y, para la fecha, había pocos estudiantes tomando el sol. Varios ya habían sido retirados por sus padres. ¿Hogwarts realmente era el lugar más seguro para permanecer? Quizá, en su caso, hubiera también querido tener a mi hijo o hija conmigo.
Ay, estás pensando como Andrómeda.
Dirigí mis pies por los caminos que me llevarían hasta el despacho de Dumbledore. Los pasillos estaban casi vacíos producto del gran día que se presentaba afuera. El director nos informaba, de tanto en tanto mediante un Patronus, de sus contraseñas del despacho, en caso que necesitáramos acudir a verlo. La última había sido "abstinencia", así que traté con esa cuando estuve frente a la gárgola. Funcionó y entré, subiendo por la escalera de caracol. Decidí sacarme el encantamiento desilusionador, porque estando Dumbledore no tenía sentido ocultarme.
No contaba con que el lugar estuviera vacío, lo que fue una sorpresa. Ya me lo hacía escribiendo cartas, con su fénix al hombro, o mirando hacia la nada por sobre sus lentes de media luna, pensando, maquinando planes o hablando con sus cuadros…
—Si no es una de las traidoras de la familia —dijo una voz lejanamente familiar. Di un respingo y miré a mí alrededor buscando la fuente. No había nadie —Aquí, tonta.
Miré hacia la pared y vi que se trataba de Phineas Nigellus, mi tátara… tío, o tío abuelo… o, a quién diablos le importara. Lo había visto en Grimmauld Place, paseándose por algunos cuadros de vez en cuando, haciendo comentarios tan pesados como Kreacher, pero con un humor más fino.
—No tienes el derecho de hablarme así —le contesté ofendida, haciendo un gesto amedrentador con la cabeza. Algunos otros participantes de los cuadros me miraron con curiosidad, otros fingieron estar dormidos.
—Tú eres la insolente —replicó con ojos grandes —. Dumbledore no está —añadió, antes que pudiera contestarle otra cosa.
—Así veo —gruñí con ojos entrecerrados —. ¿Cuándo vuelve?
Me taladró con sus ojos sin emoción alguna. Tras unos segundos se encogió de hombros.
—No sé.
—Vives con Dumbledore, todos viven con Dumbledore. ¿Cómo…? —Dejé la pregunta en el aire. Era obvio que no sabían nada.
Giré sobre mis talones y salí de allí.
—¡Esos modales! —Oí que gritó Phineas antes que me alejara lo suficiente.
Sentí el dolor en el antebrazo herido. Me levanté la túnica y vi que tenía morado, como si me hubiese golpeado, allí donde las uñas de Remus —por no decir "garras" —, me habían rasguñado. Bufé.
—Diablos…
Caminé por el séptimo piso, sin saber qué hacer realmente. Remus era mi prioridad, y de pronto mi brazo no lucía tan bien. No creía que fuera a salir caminando en cuatro patas del castillo, pero me escocía como si tuviera un fierro caliente apegado a la piel.
De pronto oí que alguien se quejaba. Iba a desenvainar mi varita, cuando vi que Harry apareció de la nada.
—¡Harry! —Exclamé yendo hacia él. Había estado bajo la capa para hacerse invisible, la que se le había caído de encima.
El muchacho se giró y se tropezó cuando me vio.
Ja, ja, no soy la única torpe en este mundo.
—¿Qué haces aquí? —Me preguntó curioso, colocándose de pie.
—Vine a ver a Dumbledore.
Sentí sus ojos verdes analizarme profundamente.
—Su despacho no está aquí. Está al otro lado del castillo, detrás de la gárgola…
—Ya lo sé. Pero no se encuentra allí. Por lo visto ha vuelto a marcharse.
¿Y qué voy a hacer ahora que no está este vejete loco?
La euforia, la pena y la rabia que me habían invadido por varios minutos en un estado constante y mantenido, comenzaba a ascender. Mi corazón se aceleró.
—¿Ah, sí? —Inquirió atónito —Oye, tú no sabes adónde va, ¿verdad?
—No.
—¿Para qué quieres verlo?
—Para nada en particular — respondí sintiendo dolor en el antebrazo otra vez, volviendo a ver a Remus sufriendo en esa cocina —. Pensé que quizás él podría explicarme qué está pasando. He oído rumores… Ha habido heridos… —añadí un tanto distraída, olvidándome casi con quién hablaba.
—Sí, lo sé. Salió en los periódicos. Y lo de ese niño que intentó matar a sus abue…
—Muchas veces El Profeta publica las noticias con retraso. ¿No has recibido carta de ningún miembro de la Orden últimamente? — pregunté con la intención de saber si Ojoloco se comunicaba con Harry. Él era el que más sabía cosas. Ojoloco, quien se había arriesgado y esforzado para unirme con Remus, y todo se estaba yendo al demonio…
Remus, mi abuela, mis padres, la herida, el mundo… ¡todo está mal!
Sentí que los ojos comenzaban a llenarse de lágrimas. Me sentí desesperada. Había tanto que hacer, y yo estaba allí, dando la hora, cuando tendría que estar en Hogsmeade, cuidando de los estudiantes para que nadie que no correspondiera fuera a entrar, y todo en razón de proteger a Harry. Sé que el cuatrojos dijo algo, a lo que no puse atención.
—¿Qué? Bueno, nos vemos, Harry —me despedí antes que se me salieran las lágrimas como cascadas.
Bajé las escaleras, olvidando hacerme invisible. El ardor del antebrazo parecía ir en aumento, Dumbledore no estaba, probablemente Remus seguía transformándose lentamente, y yo no podía hacer nada.
—¡Maldita sea! —exclamé con los puños apretados.
—¿Quién es el malandrín que se atreve a blasfemar en este sagrado centro de aprendizaje? ¡Mostraos y temed a mi espada! —saltó alguien de la nada. Esta vez comprendí de inmediato que se trataba de un personaje de algún retrato… y que era el loco de Sir Cadogan.
Rodé los ojos y decidí alejarme de allí, antes que hiciera un escándalo.
Llegué hasta el cuarto piso cuando tuve que detenerme para observarme la herida una vez más. Por un instante creí que la mano se me iba desprender.
Me coloqué en un rincón y me subí la manga: la piel se me veía un poco más negra.
—Estoy jodida. ¿Qué hago?
—¿Tonks?
La respuesta llegó sola.
El corazón me dio un brinco cuando oí la antipática voz de Snape. Había aparecido de una puerta oculta, unos metros más allá, hacia la izquierda. Llevaba una bolsa negra en una mano… y creo que vi que esta se movía. Mis ojos lacrimosos lo observaron. Éste se detuvo a mitad de camino y me miró con ojos grandes, como si estuviera observando un espectáculo de horror.
—¿Qué estás haciendo aquí? —indagó con voz filosa.
—Vine a ver a Dumbledore.
—No está.
—Lo sé —aclaré con sarcasmo.
—¿Estás bien? —Farfulló retomando el camino. Con la varita hizo desaparecer la bolsa.
—¿Luzco bien para ti? —Respondí con dientes apretados.
No me contestó, pero me agarró el antebrazo que me sostenía yo con ansia, provocándome un chillido.
—¡Ay!
Miró con atención.
—¿Qué es esto?
—Eres el "nuevo" profesor de Defensa, debieras de saberlo.
¿Me estoy convirtiendo en mujer-lobo? Siento tanta rabia…
—¿Es una mordida? —Siseó con ojos entrecerrados.
—No, es un rasguño.
—¿Por qué no hay herida?
—Porque la cerré.
—¿La limpiaste?
—Por supuesto.
—No, claro que no lo hiciste. Sí que eres estúpida…
—¡Hey! ¡Basta! ¿Por qué hoy todos me llaman tonta? —Me zafé de su agarre fulminándolo con la mirada.
—Dije que eres estúpida, no tonta —me agarró del brazo con firmeza —. Y, yo que tú, me dejaría ayudar.
Me dejé guiar hasta su despacho.
—¿Luce muy mal? —Pregunté en el camino.
—Sí.
—¿Es mortal? ¿Me voy a morir?
Tal vez sea mejor. Me muero, me reencuentro con mi abuela y con Margaret. Adiós dolor, adiós tristezas… al menos que me vaya al Infierno.
Me miró de soslayo.
—No.
—¿Seguro?
Me ignoró con un fruncimiento de la boca.
Su cueva estaba igual que la última vez. La bolsa negra que se movía, estaba encima de su escritorio.
—¿Qué es eso?
—Un boggart.
—Ya.
Creí que me haría preguntas, pero no me dijo nada. Tanteó en su pequeño mueble que aún contenía algunas pociones y extrajo varias. Los ojos se me desorbitaron cuando lo vi coger un cuchillo pequeño, filoso y brillante.
—¿Qué piensas hacer? —inquirí con la garganta seca. Sentí el estómago revuelto.
—No me obligues a dejarte inconsciente, así que por favor, quédate en silencio y quieta —me amenazó con una mirada de exasperación.
Se acercó a mí y, con un gesto, indicó que me levantara la manga. Abrió un frasco y metió el cuchillo, que era de plata, en un líquido amarillo. Sabía qué se avecinaba, así que respiré profundamente, conteniendo mis emociones. Cogió mi brazo y cortó el diámetro preciso que enmarcaba el moretón. Me dolió, pero no me quejé. Cuando la carne estuvo expuesta, con un gotero depositó tres gotas y, por si acaso, me hizo tragar dos.
— Listo. Eso basta. La infección desapareció —con magia cerró de nuevo mi herida —. No era suficiente para que te convirtieras, más bien eran bacterias, por eso se estaba colocando negro.
—Ya.
Con una sacudida de la varita regresó todo a su lugar, sin dejar de observarme. Yo miraba hacia mi brazo, que estaba como nuevo.
—¿Qué sucedió? —Preguntó en voz baja.
—Algo que, supongo, pasaría tarde o temprano.
—¿Por qué buscabas a Dumbledore?
—Porque creía… o creo, que puede hacer algo—repliqué sin ocultar mi aflicción.
—¿Te atacó? ¿Fue… sin querer? —inquirió dudoso.
Asentí, luego negué la cabeza, luego me encogí de hombros. Los ojos me ardieron.
Snape me había visto llorar. Me había visto triste, me había visto arrastrarme, suplicar. Pero jamás me había visto destrozada. Me agaché sobre mis piernas, llorando sin poder hacerlo en silencio. Los sollozos y las gárgaras se escapaban de mi boca como si tuvieran voluntad propia. ¿Por qué lagrimeaba de ese modo? Pues… por mí, por las peleas y tragedias familiares… Pero, por sobre todo, era por Remus.
Sentí que los brazos de Snape me rodearon y me enderezaron para que llorara en su hombro. Primera vez que hacía algo como eso: debía causarle real lástima para que se comportara tan empático y amistoso.
—Se… Severus —gimoteé con los ojos empañados, separándome de él a los pocos minutos —. Tienes que ayudarme —arqueó una ceja —. No, no, tienes que ayudarlo…
—¿Cómo?
Lo tomé del cuello de su túnica.
—Tienes que ayudar a Remus, no soporto que sufra de ese mo-modo…
—Tonks, la licantropía no tiene cura —masculló como si estuviera hablándole a un orate.
—Tiene que haber algo, ¡tiene que haberlo! —Me reincorporé y me puse a dar vueltas por el lugar —Tú sabes pociones, ¡eres profesor! Quizá el mejor; por favor, Severus…
—Es imposible…
—¡Entonces, haz la poción que le preparabas antes! ¡La que le dejaste de hacer sólo porque te dieron ganas de ven-vengarte!
No me importaba si se enojaba, pero milagrosamente no lo hizo. Se reincorporó y se interpuso delante de mí para tomarme de los hombros. Sus ojos no demostraban aquella frialdad de siempre.
—Puedo preparar la poción si quieres, pero eso sólo lo hará indefenso. Es… es como si perdiera su instinto de ataque. Se tardará en transformar, eso es cierto. Cuando aparezca la luna completará la metamorfosis, pero le va a doler igual —frunció el ceño —. No le puedes ahorrar el sufrimiento, hagas lo que hagas.
—No soporto verlo así. ¡Es cierto! —Exclamé — Me atacó adrede para que me alejara, y estoy furiosa por eso. Pero si la poción ayudara a que yo pudiera estar con él…
—No puedes. Si él no quiere, no puedes, punto.
—¿Y qué puedo hacer? ¿Qué debo hacer?
Se encogió de hombros.
—No lo sé —me soltó y me observó con seriedad —. Sé que dije que lucharas, que no te rindieras. No retiro lo dicho, sólo que tal vez, debas dejarlo solo por algún tiempo —hizo una mueca —. Es un imbécil. O, tal vez, sencillamente no te merece.
Mi ceño se frunció y los músculos de mi garganta se tensaron, haciendo que mi mentón ascendieran unos centímetros de forma orgullosa.
—Remus… desde que nos conocimos ha estado conmigo —farfullé con la voz ronca — Me ha apoyado en los momentos que más necesitaba a alguien —revelé sin tener la intención de acusarlo a él. Fuera como hubiese sido mi relación con Snape, ya había quedado en el pasado; pero Remus había estado allí, regalándome sonrisas recatadas, dándome palmadas nerviosas en la espalda, escuchándome y aconsejándome.
—Si vas a empezar a comparar…
—No, no estoy comparándote con él, Severus —aclaré un poco harta —. No es de nosotros que estoy hablando. Estoy diciendo que Remus sí me merece. No soy la reina de la perfección —reí —. Jamás he conocido a alguien como él, cuando hemos estado juntos, cuando ha estado contento, todo es perfecto. Y, sin embargo, creo que las cosas estaban mejores cuando no estábamos en una relación.
—¿Qué me estás tratando de decir? Porque no te entiendo nada.
—Lo que trato de decir es que… No siento, de momento, que vaya a sentir por alguien lo que siento por él. Tengo esa sensación que es el indicado, ¿sabes?
—¿Desde cuándo te volviste tan patética? —Inquirió con burla. Decidí ignorarlo.
—El asunto, es que no me voy a rendir. Si es sólo su licantropía la que impide que estemos juntos, entonces ahorraré dinero para pagar para que alguien busque una cura.
—Oye…
—No, Snape. En este maldito mundo hay maldiciones para acabar, torturar y controlar la vida de alguien. ¿Cómo alguien no ha descubierto cura para la licantropía? Mientras, tú podrías ayudarme con la poción para poder hacer sus transformaciones menos violentas.
—Por supuesto —respondió con solemnidad.
—Gracias…
—Creo, que no puedo permitir que cometas esta idiotez —añadió, desenvainando su varita de repente. Los ojos se me desorbitaron.
—¿Qué…?
Me apuntó sin miramientos, dejándome anonadada. Vi un rayo amarillo salir de su varita segundos antes de caer al suelo, inconsciente.
