Just On The Same Path


Lina-san: Muchas gracias! La verdad es que escribí ese capítulo-flashback con muchas ganas de contar todo lo que ocurrió con Julia y de donde venían los poderes de Rinoa. Es algo que estaba pensado desde el principio de este fic y ya tenía ganas de poder explicarlo. Espero que los siguientes capítulos estén a la altura!


CAPÍTULO XXXVII: ¿ESTARÉ BIEN?


Sentir su peso sobre ella no resultaba molesto, si no más bien reconfortante. Había algo en la pesadez de su propia respiración, oprimida bajo su cuerpo, que le permitía mantener la calma a pesar de la impaciencia.

Sus ojos no se apartaban en ningún momento de los de ella, y continuaba sonriendo a medida que acercaba sus labios a los suyos. Los rozó justo junto a su boca, apenas una caricia, y después se movió muy despacio hasta besarla justo bajo el lóbulo de su oreja.

Selphie volvió a coger aire lentamente, cerrando los ojos, y colocó las manos con las palmas hacia arriba en el minúsculo espacio que había entre ambos, apoyando las yemas de sus dedos sobre el pecho desnudo del muchacho.

- Irvine... - susurró, y él se apartó lo suficiente como para poder mirarla de nuevo a los ojos.

Selphie no podía apartar la mirada de sus labios, y sentía que la piel de su pecho, tan desnuda como la de él, ardía al rozarla con el dorso de sus propias manos.

- No podemos hacer esto – le dijo finalmente, haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad.

Él simplemente continuó sonriendo, y la siguiente vez que puso sus labios sobre ella lo hizo rozando sus párpados.

Selphie tragó saliva, y volvió a sentir la necesidad de moverse bajo su cuerpo y besarlo tal y como estaba deseando. Quería sentir su boca sobre la suya, y permitir que hiciese con ella lo que quisiera. Quería que la despojase de la poca cordura que le quedaba y la obligase a rendirse totalmente. Y sabía que bastaría con un simple beso para conseguirlo.

Pero no podía permitirlo, porque no podían hacer aquello.

Porque no estaban solos en la habitación de aquella posada.

Sintió los labios de Irvine sobre los suyos, suaves y cálidos, en un beso que fue rápido e intenso, apretándolos contra los de ella con total intención, y Selphie abrió los ojos y se incorporó de un salto, gritando.

Respiraba como si llevase horas sin poder hacerlo, y miró a su alrededor aterrorizada. Un viejo la observó con el ceño fruncido, sentado en la litera que había frente a la suya, al otro lado de la pequeña habitación, y Selphie le devolvió la mirada con los ojos muy abiertos mientras apretaba su manta contra su cuerpo, como si intentase ocultarse tras ella a pesar de estar totalmente vestida.

- ¿Te encuentras bien, niña? - le preguntó el viejo, que se entretenía tallando algo en un trozo de rama a la luz de una vela que casi se había consumido por completo. La iluminación de la habitación era escasa, y las sombras bailaban temblorosas a su alrededor.

- Sí... - murmuró, volviendo a perder la mirada entre ambos – No... - dijo un instante después.

Oyó un crujir extraño sobre ella, y miró hacia la litera que había justo encima de la suya en el mismo momento en que Irvine asomaba la cabeza por el borde, con cara de sueño.

- ¿Por qué puñetas gritas? - le preguntó, en tono molesto, y la única contestación que Selphie le dio fue el impacto de su almohada contra su cara justo antes de girarse hacia la pared y acurrucarse nuevamente bajo su manta, roja como el ala de un mordélago.


En cuanto apoyó las botas sobre tierra firme, lo poco que había en el interior de su estómago salió con más prisa aún de la que Seifer había tenido por llegar allí.

- Cuidado con las botas... - le dijo él, apartándose de Shu mientras esta continuaba vomitando apoyada a un poste del muelle de madera.

Aún faltaban varias horas para que amaneciese, y los otros soldados que los acompañaban se apresuraban a descargar lo poco que habían llevado durante aquella travesía en mitad de la oscuridad.

- ¡No paramos a descansar, conseguid chocobos y salimos de inmediato! - les gritó, y comenzó a caminar por la pasarela de madera hacia las pocas casas que había en el puerto.

El viaje se había alargado un par de días más, pero a cambio habían conseguido desembarcar al norte de Galbadia, por lo que apenas estaban a unas horas de la capital si se movían a buen ritmo.

- ¿Te encuentras bien...? - preguntó uno de los soldados junto a ella, y Shu lo miró cogiendo aire a bocanadas, con la tez blanca como la cal y la frente perlada de sudor.

- Tranquilo, se me pasará – le aseguró, sin mucho convencimiento.

El viaje no había sido el más cómodo que había hecho, Seifer se había encargado de ello. A la velocidad y movimiento del barco se añadía la constante tensión y exigencias estúpidas de su comandante. Mientras él descansaba ella siempre había montado guardia, y durante el día no había desaprovechado oportunidad tras oportunidad para reclamar su atención y compañía. Apenas había podido dormir, y no le había permitido más comida que algún mendrugo de pan de tanto en cuanto.

Sin embargo, lo que más le revolvía el estómago era pensar en lo que ocurriría cuando llegasen a palacio y hablase con Quistis.


La puerta se abrió de golpe, y Laguna se agitó sobre su silla antes de girarse sobresaltado hacia ella.

- Está aquí – dijo Quistis.

Laguna volvió a coger aire, y Eleone se acercó a él para llenarle de nuevo la taza con un poco de leche caliente con miel.

- Lo sabemos, oímos las campanas – le dijo.

Hacía apenas media hora que Seifer había vuelto a palacio, y en cuanto la noticia llegó a sus oídos, el escribano salió de la cama y se dirigió a la biblioteca sabiendo que tanto Cid como ella irían a buscarlo allí.

- ¿Está todo preparado? - le preguntó ella, y Laguna se puso en pie dejando su desayuno a un lado.

- No estáis obligada a hacer esto – le recordó por enésima vez.

Habían tenido aquella misma conversación tantas veces durante los últimos días que Quistis prefirió ignorar totalmente aquel comentario, se acercó hasta él, y miró hacia Eleone y después a su alrededor. Tan solo estaban ellos tres en la biblioteca, y finalmente se giró hacia Laguna cruzándose de brazos.

- ¿Dónde está Cid? - le preguntó.

- Seguramente de camino – le dijo.

Quistis asintió, y volvió a tocar bajo sus ropajes, donde había escondido su látigo y su daga, y después en el pequeño pliegue en la cinturilla de su falda, donde había escondido aquella nota. Cogió aire, cada vez más nerviosa, y asintió una sola vez.

- Empieza el juego – murmuró, y salió de la habitación con las mismas prisas con las que acababa de entrar.

Laguna dejó escapar un profundo suspiro, y después se sentó otra vez. El pulso le tembló un poco al coger el vaso de leche, y Eleone lo observó con nerviosismo.

- Saldrá bien – le dijo, como si solo con aquellas palabras pudiese invocar a la buena suerte para que estuviese de su parte.

Laguna la miró, dubitativo, y finalmente suspiró de nuevo y asintió.

- Confío en ella, es una mujer inteligente y cauta, no haría esto si no estuviese segura de que funcionará – volvió a decirle -. Si esto sale bien, habremos ganado mucho a nuestro favor.

- En ese caso, comencemos a planear el siguiente movimiento – le dijo Eleone, intentando sonreír de manera esperanzadora -. ¿Qué habremos de decirle a Selphie?


Los agudos pinchazos en su muslo eran apenas una molestia al caminar, pero aun así se ayudaba de una especie de muleta improvisada a partir de una rama retorcida que tenía la altura perfecta para poder apoyarse sobre ella. Aquel hombre ya le había dicho que no debía forzarse antes de tiempo, ya que la herida había sido lo suficientemente profunda como para haber podido dañar el hueso.

Squall cogió aire, y miró hacia la pequeña apertura que había frente a él, donde las lonas de piel se cruzaban formando una improvisada puerta para aquella tienda. Esperó unos instantes, y justo cuando sentía que su voluntad comenzaba a flaquear las lonas se movieron y se apartaron para que aquel pescador se encorvase y pasase al interior.

Lo miró muy serio, con sus pequeños ojos azules clavados en los de él, mientras se mantenía con los hombros y la cabeza algo bajos, intentando no tocar el techo de la tienda. Le sacaba casi dos cabezas de altura, y era mucho más robusto y fuerte que él, eso y la inmensa cicatriz que recorría la parte izquierda de su cara, desde la frente hasta la barbilla, completaban un aspecto realmente intimidante.

Movió un brazo de manera tranquila y premeditada, como un inmenso oso levantando una imponente garra para poner el dedo índice de su mano sobre el pecho de Squall, y después señaló hacia las lonas por las que acababa de entrar.

Aquel era el hombre que había ayudado a Rinoa a salvarle la vida, y el mismo que le había dicho que no forzase su pierna antes de estar totalmente recuperado, si es que a lo que hacía podía llamársele hablar.

- Sí, iba a salir... - le contestó Squall.

El hombre le sostuvo la mirada durante un buen rato, y después le puso una mano sobre la cabeza y le movió el pañuelo que se había atado para que le cubriese un poco mejor la cicatriz. Rinoa le había enseñado a usar la sabia de saúco de Galbadia para que su pelo tuviese aquel extraño aspecto rojizo y ondulado, y habían decidido que lo mejor sería vendarle la frente como si necesitase cubrir algún tipo de herida sobre su ojo izquierdo, de esa manera, la cicatriz también quedaría cubierta.

- ¿Dónde está...? - dijo Squall, dejando la frase a medias.

Según Rinoa le había contado, aquel hombre sabía perfectamente quienes eran ellos. Se había dado cuenta de inmediato del truco que Rinoa había usado para cambiar un poco su aspecto, pero la marca en la frente de Squall y algunos detalles más le habían permitido reconocerlos. Aun así, ella se fiaba de él, y desde luego, parecía dispuesto a ayudarlos a cruzar hacia Trabia. De todas maneras, Squall no se atrevía a pronunciar el nombre de la muchacha allí, en aquel campamento de cazadores de ballenas.

El hombre señaló de nuevo hacia afuera, y Squall frunció un poco más el ceño.

- Ya sé que está afuera – refunfuñó, rascándose la nuca bajo aquellos vendajes -, la tienda no es tan grande como para que esté escondida debajo de... Bah, da igual.

Pasó junto al hombre, apartó la lona achinando los ojos a medida que se acostumbraba a la luz del exterior, y dio un último paso para salir.

Oyó a alguien silbando a su derecha, y pudo ver a un par de hombres que se giraban hacia él. Después gritaron algo, y uno de ellos le hizo un gesto con la mano.

- ¡Ward! - gritó hacia el hombre que también había salido de la tienda, tras Squall - ¡Ya pensábamos que planeabas matarlo y comértelo!

El otro hombre soltó una sonora carcajada, y también se acercó a ellos.

- Bienvenido, Colin – le dijeron, tendiendo una mano frente a él.

Squall arrugó un poco la nariz, y observó a aquel desconocido antes de estrechar su mano. Era la primera vez en mucho tiempo que hablaba con un desconocido, y el miedo a que lo reconociesen seguía inquietándolo.

- ¿Dónde está mi hermano? - le preguntó, en tono seco y tajante.

El hombre volvió a reír, y Ward también hizo un ruidillo ronco tras él. Cuando Squall se giró hacia él vio que ponía una cara rara, como si se burlase de su mal carácter, y frunció un poco más el ceño.

- Ya nos habían dicho que tenías mala leche, muchacho – le dijo el desconocido que acababa de estrecharle la mano, y después señaló hacia la playa que tenían justo en frente -. Está ayudando con las redes y las cuerdas. Tiene menos fuerza que la mierda de pavo, pero el zagal le pone ganas.

Volvió a reír a carcajadas, y Squall pasó junto a ellos caminando con cierta prisa, apoyándose con paso algo torpe sobre la muleta. Los marineros y pescadores no eran especialmente educados ni solían hacer alarde de unos modales dignos de una princesa, aunque seguramente aquella debía ser la menor de sus preocupaciones.

Oyó más murmullos y voces a su alrededor, a medida que avanzaba entre el resto de tiendas hacia el improvisado muelle al que habían atado algunas barcas de madera. Al fondo, en el horizonte, podían verse cinco grandes barcos de madera anclados en las zonas más profundas.

- ¡Eh! - gritó Squall en cuanto reconoció a Rinoa, riendo a carcajadas sentada al final de la pasarela de tablones.

Se giró, y cuando lo vio acercarse se puso en pie de un salto, y movió la mano en el aire como saludándolo. Squall arrugó un poco más la nariz, y continuó caminando hacia ella aún más malhumorado.

Ya le había dicho que no le gustaba que se entremezclase con aquel tipo de hombres, era lo más peligroso y arriesgado que podía hacer en aquel lugar, por muy bien que intentase ocultarse bajo aquel disfraz.

- ¿Qué tal te encuentras? - le preguntó Rinoa, trotando hacia él.

- Genial – contestó Squall con sarcasmo -, ¿qué haces?

Rinoa lo miró levantando las cejas, sorprendida, y después miró a su alrededor girando sobre sus pies descalzos. Vestía igual que la primera vez que la vio después de despertar, con unos calzones y una camisa vieja de lino amarillento por el uso y los años, ajustados a su cintura por un fajín de color oscuro que en algún momento debió ser rojo, y llevaba un pañuelo igual de viejo y harapiento atado a la cabeza, permitiendo que tan solo asomasen algunos mechones cortos, rojizos y desordenados de lo que ahora era su pelo.

- Echar una mano, ¿no es obvio? - le preguntó - ¿Cómo crees que nos van a dejar ir con ellos si no arrimamos el hombro?

Ward llegó hasta ellos caminando a paso muy lento pero dando grandes zancadas, y Squall lo miró con cara de pocos amigos antes de continuar hablando.

- Si caes al agua o si alguno de estos patanes te pone una mano encima, se darán cuenta – le dijo.

- ¿Quién va a ponerle las manos encima a un crío piojoso y enclenque? ¿Hm? - le preguntó ella, rascándose por encima del pañuelo y sonriendo de manera entretenida.

Tenía la cara bastante sucia, seguramente de hollín y barro. Y sabiendo que se aseaba cada día, podía estar seguro de que se había ensuciado a propósito para intentar ocultar lo mejor posible sus rasgos.

- Rinoa... - susurró Squall, mirando a su alrededor por encima de su hombro.

- Ipsen – lo corrigió ella.

Squall arrugó un poco más la nariz, y después cambió el peso de su cuerpo de una pierna a la otra, algo incómodo.

- Ipsen... - repitió él con tono aún más molesto.

Después dejó escapar una risilla sarcástica, y caminó hasta algunos bultos que había al comienzo del muelle de madera para sentarse sobre un barril.

- ¿No había nombres más ridículos? - le preguntó, mientras Ward se acercaba a los hombres que terminaban de cargar un par de botes al final de la pasarela de tablones para ayudarlos mientras ellos hablaban.

- Deja de quejarte de una vez – le dijo ella, sentándose en la arena, frente a Squall -. Son buenos nombres, ¿no conoces la obra de teatro?

Squall no la miraba fijamente, si no que estudiaba todo cuanto había en aquella playa.

Acababa de amanecer, y aquellos hombres comenzaban a trabajar reuniendo provisiones y herramientas para terminar de cargar los barcos que manejarían durante semanas alrededor de todo el continente de Trabia, persiguiendo los grandes grupos de ballenas que pasarían por aquella zona en busca de aguas más frías. Antes de aquello sin embargo, se acercarían a algún puerto del continente que los esperaba más al norte para que ellos pudiesen bajar.

- Por supuesto que la conozco, pero Colin sigue siendo un nombre ridículo – se quejó Squall.

Rinoa levantó una ceja molesta, y se cruzó de brazos ante él.

- ¿Y como preferirías haberte llamado? - le preguntó, usando un tono burlón.

Squall guardó silencio un instante, mirando hacia el bote que comenzaba a alejarse hacia los grandes barcos que había al fondo. Parecía pensativo, pero lo cierto es que tenía más que clara su respuesta.

- León... - murmuró.

Rinoa cambió su expresión burlona por una un poco más sorprendida, y después se puso en pie al mismo tiempo que soltaba una sonora carcajada.

- ¡Colin, el León de Galbadia! - exclamó, y le dio una fuerte palmada en el hombro – Me gusta como suena, puede ser tu título personal. Tal vez los idiotas que te dieron esa última paliza en una taberna de Dollet no sabían que te apodaban así, ¿eh?

Squall cerró los ojos y suspiró, cansado.

- En serio, Rinoa... - le pidió, comenzando a sentirse algo más calmado después de ver que la mayoría de los allí presentes no les prestaban especial atención.

- Deja de llamarme así – le dijo Rinoa.

Cuando volvió a mirar hacia ella, le sonreía de manera extraña.

- ¿Estás más tranquilo? - le preguntó, y movió un barril para poder sentarse a su lado – Te ha costado salir de la tienda.

Ambos estaban sentados de espaldas al mar, y podían ver a los pocos pescadores y cazadores de ballenas dando vueltas tranquilamente, hablando y preparando cosas. Desayunando junto a alguna hoguera en la que cocían lo que debían ser pescado y gachas.

- No dejo de pensar en lo que nos dijo Eleone – dijo al fin, sintiéndose un poco más inquieto.

Por una parte lo había asustado la idea de salir de aquella tienda en mitad de aquel campamento pesquero, y por otra parte cada minuto allí encerrado lo había obligado a no poder sacarse aquella idea de la cabeza.

- Ni yo... - dijo Rinoa un buen rato después, muy seria.

Squall giró la cabeza hacia ella y la observó en silencio. Desde que había despertado la había notado diferente. A ratos alegre y animada, contándole lo que había hecho y la gente que había conocido allí, y a ratos parecía seria y reflexiva. Había una tristeza extraña en sus silencios, y Squall era totalmente consciente de que ya no usaba sus habilidades ni siquiera para calentar el montón de paja sobre el que dormía en un rincón de aquella choza de pieles.

- Por primera vez podemos tener un objetivo - le dijo él -... Por fin podemos dejar de huir sin rumbo.

Ella clavó los ojos en la arena que se escurría entre los dedos de sus pies a medida que los movía lentamente, y después negó con la cabeza en silencio.

Ya habían hablado de aquello antes, en cuanto despertaron después de haber hablado con Eleone, y así como Squall se había tomado aquella especie de revelación como algo positivo que podían usar a su favor, ella había guardado silencio, limitándose a decir que era imposible.

- Cuando lleguemos a Trabia podremos entrenar sin problemas – le dijo él un buen rato después, intentando sonar optimista y seguro -. Encontraremos algún lugar apartado y difícil de encontrar, y podrás usar tus habilidades sin restricción. Allí decidiremos una estrategia y podremos poner rumbo a Esthar cuando estemos listos.

La oyó llenar los pulmones de manera sonora, molesta, y girar la cara hacia un lado para casi darle la espalda a él.

- Da igual cuánto tiempo necesites – le dijo -. Yo te ayudaré en lo que necesites.

Continuaba sin moverse, ignorándolo, hasta que Squall le puso una mano sobre la espalda, justo entre los hombros, y ella se giró hacia él con el ceño fruncido.

- Ahora soy tu caballero – le dijo.

Rinoa frunció un poco los labios, y bufó soltando el aire por la nariz, apartando su mirada de la de él y clavándola nuevamente en sus propios pies.

- No servirá de nada – murmuró -. No soy capaz de controlar mi poder...

Squall levantó una ceja incrédula, y se inclinó un poco como obligándola a mirarlo.

- ¿Sabes lo que me ha costado decir eso? - le preguntó después.

La vio rodar los ojos hacia un lado, aún negándose a mirarlo, y fruncir un poco más el ceño, pero continuó sin contestarle nada.

- Para bien o para mal estamos en el mismo camino, y ese camino solo va en una dirección – le dijo Squall, sin dejar de mirarla.

Finalmente le puso una mano en la barbilla y la obligó a girar la cara hacia su izquierda. Podía ver el sol alzándose perezosamente ante ella, al Este, y Squall señaló justo hacia allí, en dirección al continente de Esthar.

- ¿Ya te encuentras mejor? - dijo alguien que se acercaba a ambos.

Squall se mantuvo un instante más mirándola a los ojos, y después se dirigió hacia aquel desconocido con el ceño algo fruncido. Llevaba un par de cuencos de barro en las manos y una gran sonrisa en los labios.

- Tu hermano nos ha dicho que te dieron una buena en Dollet – le dijo, tendiendo un cuenco de gachas frente a él - ¿Tan mal beber tienes?

Squall lo aceptó achinando los ojos, sin dejar de mirar a aquel hombre, y oyó a Rinoa reír junto a él.

- Más bien tiene mal respirar – le contestó -. Tiene tan mal carácter cuando bebe como cuando está sobrio, pero no es un mal tipo.

El desconocido cambió la sonrisa por una mirada un tanto disgustada, y Squall suspiró sonoramente, volviendo su atención al cuenco de gachas que tenía en las manos.

- Me encuentro mejor, gracias – dijo entre dientes.


En cuanto salió de la gran sala de reuniones de Calway, Seifer se encontró con la desafiante mirada de Quistis, que parecía esperarlo con los brazos cruzados frente a los hombres que montaban guardia justo tras las puertas.

- Vaya, me ahorráis el camino hasta dar con vos, alteza – dijo, acercándose a ella y haciendo una reverencia burlona a un par de metros de distancia -. Justo iba a comentaros una cosilla.

- No vengo a hablar con vos – le dijo ella con un tono seco y lleno de desprecio, miró por encima de su hombro, y pudo a ver a Shu tras él, saliendo también de aquella misma sala.

La miraba con una expresión seria e ilegible, y Quistis intentó pasar junto a Seifer para acercarse a ella. Sin embargo, antes de hacerlo el nuevo comandante la sujetó del brazo.

- ¿Qué creéis que hacéis? - le dijo apretando las mandíbulas.

- Hablar con ella – le contestó Quistis, alzando la barbilla y aguantándole la mirada. Lo vio sonreír, y entonces supo que la partida acababa de empezar.

- No, hablas conmigo. – le dijo Seifer, acercándose un poco más para poder susurrarle al oído - ¿Crees que tienes algún derecho a usar a mis soldados como si fuesen tus propios juguetitos?

Quistis se separó todo cuanto pudo de él, y lo miró como si no lo entendiese. Miró después a Shu, y vio que su expresión no había cambiado.

- ¿De qué estáis hablando? - le preguntó, intentando soltarse de su agarre, pero fingiendo no ser capaz.

- ¿Acaso las noticias llegaron a Centra antes que a palacio? - dijo Seifer sonriendo – Mis hombres encontraron a la princesa y a mi predecesor justo aquí al lado, en Timber, y me consta que vosotras dos ya sospechabais que estaban allí. Sin embargo no me refiero a eso cuando digo que juegas con mis soldados, si no a otro tipo de... juegos.

Sonrió con malicia, y Quistis se apartó de él cuando por fin la soltó. Miró hacia Shu, y después a los dos soldados que montaban guardia junto a la puerta. Ambos desviaron la mirada en cuanto ella los miró, pero estaba más que claro que prestaban plena atención a aquella escena.

- Aunque en Esthar no fuese tan extraño que dos mujeres compartiesen lecho, este es otro país, y las costumbres difieren mucho – comentó Seifer, después la miró sonriendo de nuevo -. Y ya sabes, allá donde fueres...

Pudo ver que Quistis se sonrojaba un tanto, y fruncía el ceño a la vez que esquivaba su mirada.

- Creo que no está bien que dispongas de mis... hombres... con ese tipo de interés y libertad, aunque ahora seáis la primera heredera al trono del país vecino – dijo Seifer, caminando frente a ella de un lado a otro, entre ella y Shu.

- Esthar es tu país, maldito idiota – murmuró Quistis mirándolo con desprecio.

Seifer se paró en seco frente a ella, arrugando la nariz y apretando los labios, y Quistis pudo ver que la mano le temblaba, sin duda reprimiéndose para no abofetearla. Aunque lo hubiese insultado abiertamente, sabía que no podía ponerle una mano encima sin buscarse problemas. Precisamente por eso Seifer había decidido tomar represalias de otra manera menos directa.

- Shu ya no es nada tuyo – le dijo un instante después, muy serio -. Ahora es mía, y seré yo quien haga lo que quiera con ella.

La expresión de Quistis cambió imperceptiblemente, por un segundo el miedo sustituyó a la ira, y volvió a mirar hacia Shu buscando algún tipo de respuesta a una pregunta que ni siquiera se atrevía a hacerle. Shu tenía la cabeza algo más baja, y miraba hacia el suelo. Cuando Quistis volvió a mirar hacia Seifer, la ira era aún más intensa que antes.

- Como la toques una sola vez... - le dijo entre dientes.

La amenaza de Quistis se quedó en el aire en cuanto Seifer le contestó con una sonora carcajada, y después la miró con una mezcla de pena y asco.

- ¿Tocarla? - le preguntó - ¿Insinúas que tengo especial interés en encamarme con ella?

Después movió la cabeza de lado a lado como si no diese crédito a semejante idea, y volvió a sonreír antes de hablar en voz bien alta, asegurándose de que ninguno de los allí presentes se quedase con la duda de lo que tenía que decir.

- Preferiría a cualquier otro idiota entre los cientos de idiotas que tengo a mi mando – le dijo -. Seguro que cualquiera de estos puede chupar una polla mejor que una ramera que ni siquiera ha visto una en la vida.

Quistis apretó un poco más las mandíbulas, y miró de nuevo hacia Shu y hacia aquellos dos guardias. Los tres tenían la mirada clavada en el suelo, como si intentasen evidenciar que no habían oído nada, pero el claro color de sus caras y la expresión avergonzada de los tres dejaba más que claro que no era así.

- Sois despreciable – le dijo Quistis finalmente, y pasó junto a él caminando hacia Shu con paso ligero y decidido.

-¿¡Qué te crees que haces!? - Le gritó Seifer, girándose hacia ella.

Quistis cogió una de las manos de Shu, obligándola a mirarla a los ojos, y apoyó la otra sobre su cintura. La muchacha le devolvió la mirada triste y asustada, y murmuró un "lo siento" que Seifer pudo oír perfectamente justo cuando agarraba a Quistis del brazo y tiraba de ella para apartarla de Shu. Al hacerlo, algo cayó al suelo, y él se apresuró a cogerlo y desenrollar aquel pequeño trocito de tela.

- ¿Estaré bien? - leyó en voz alta, y después soltó una sonora carcajada - ¿De verdad crees que estarás bien?

Después de decirle aquello a Shu, le dio una bofetada y esta se tambaleó hacia atrás, pero sin llegar a caer.

- Maldita zorra, ni se te ocurra pensar que podéis siquiera pasaros un solo mensaje sin que yo lo sepa – le dijo, y después le dio un puñetazo en el estómago, haciendo que cayera de rodillas.

- ¡Déjala, maldito seas! - gritó Quistis, y Seifer la miró con una sonrisa terrible en los labios.

- ¿Acaso no me prestabais atención, alteza? - le preguntó – Ahora me pertenece...

Después de decir aquello se acercó una vez más a Shu, y la puso en pie estirando de su codo y empujándola para que comenzase a caminar.

- Intenta un sola tontería más como esa, y tal vez cambie de idea sobre si debe ser mi polla la primera que veas en tu vida.– le dijo Seifer entre dientes, a medida que se alejaban.

Shu apretó los dientes después de que la soltase, y continuó caminando con la cabeza agachada y sin decir nada, mientras apretaba en uno de sus puños el otro trozo de tela arrugado que Quistis le había dado al tocarla. En cuanto Seifer comenzó a caminar un paso por delante de ella, se giró una última vez, y pudo ver que le sonreía de lejos, aún de pie frente a la puerta de la sala de reuniones del rey.