Esa noche, entre pañuelos y a la luz mortecina de una vela, Lizzy le contó a Jane el resto de la historia. Dio voz a aquellas palabras que nunca le dijo porque sabían que le harían daño. Le pidió perdón por ocultárselo, a ella, con quien no tenía secretos. Pero Jane, siendo porque era Jane, sabía que Lizzy lo había hecho precisamente para evitarle el dolor que estaba sufriendo ahora.

Y tampoco es que pudiera guardarle rencor al señor Darcy… Después de todo, él creía sinceramente que estaba evitándole un corazón roto a su amigo. Y si Lizzy ya lo había perdonado, para Jane era suficiente.

Era Charles el objeto de su desencanto. Y eso era lo que más dolía…

Ella se había enamorado de su sonrisa franca, de su espíritu alegre, de su alma generosa y sin dobleces…, pero Jane no había sabido ver más allá. Había fallado en darse cuenta de la verdadera fragilidad de carácter de Charles. No, no de Charles, del señor Bingley.

Ella había creído ver en sus atenciones que su afecto era genuino y sincero, pero… ¿Tan débil, tan inconsistente, era su supuesto amor por ella, que él se dejó convencer por las opiniones de un tercero? ¿Y que luego regresó a ella por la misma razón? ¿Tan solo porque se lo dijeron?

¿Dónde dejaba eso su amor por ella?

¿Qué probaba eso de su personalidad?

Inconstante. Voluble. Influenciable… Eso es lo que decía del señor Bingley. Débil de espíritu… Quizás era su culpa, porque carecía de experiencia en estas cuestiones del mundo, pero de veras creía que el señor Bingley correspondía a su afecto. O quizás es que vio en su supuesto interés por ella solo lo que quiso ver…

Pero no, nada de eso fue real… Charles Bingley era un espejismo, un falso ídolo con pies de barro, que con el tiempo, inevitablemente, se derrumbaría al primer obstáculo. O cuando se cansara de ella…

Pobre Jane, pobre, pobre Jane…


Mientras la señora Bennet parloteaba sobre la conveniencia o no de poner adornos navideños porque solo hacía poco más de un año que se les había ido el señor Bennet —el Señor lo tenga en su gloria—, Fitzwilliam Darcy se debatía entre sus lealtades y afectos.

La verdad sea dicha, Darcy pensaba que a estas alturas de su relación no formalizada, Charles ya le habría hablado a la señorita Bennet de su desafortunada intromisión. Que se habría disculpado con ella, de la misma manera que tuvo que hacerlo él, aunque eso pusiera en peligro su inusual cortejo. Pero evidentemente (y una vez más), se equivocó…

En lo que a él concernía, no podía ponerle sobre aviso. Y tampoco debía hacerlo. Por más que fuera su amigo, Darcy había aprendido por las malas que no debía inmiscuirse nunca más en asuntos ajenos. Ya lo había hecho una vez y casi le había costado su amistad con Elizabeth, aunque en aquellos días no fuera más que incipiente. Estaba seguro de que Charles sabría perdonarlo por no advertirle, más pronto o más tarde… Siempre lo hacía… Charles era así, incapaz de guardar rencor…

Pero al final, Darcy no pudo hacerlo. Era su amigo, después de todo, uno de los pocos que merecían tal nombre. Así que, rezando por que su decisión no complicara más las cosas, cruzó la salita hacia Charles, que lucía desconsolado sin su Jane, y lo llevó a un aparte.

—Charles —le dijo en voz baja, y apretó suavemente su hombro, queriendo transmitirle fuerza y entereza—, cuando llegue el momento, tan solo sé honesto y valiente…

—¿Pero qué…? —alcanzó a preguntar, sin tener ni idea de qué le hablaba.

—No me corresponde a mí decirlo, lo siento… —y luego se retiró, dejándolo allí, con el desconcierto y la incertidumbre danzando en el rostro.

Pero la segunda tarde consecutiva en que su ángel no bajó a la salita, Charles no pudo soportar más la tortura que la ausencia de Jane le infligía.


Jane estaba sentada junto a la ventana, con una labor de costura abandonada en el regazo. Desde su habitación en el primer piso, tenía una vista clara de los visitantes de Longbourn, y no pudo evitar que su corazón se acelerara cuando lo vio desmontar del caballo.

Jane suspira, y se reprende a sí misma, por ser tan tonta como para no poder controlar su propio corazón. Y sin embargo, una lágrima se desliza silenciosa por su mejilla. Suspira una vez más, enjugándose aquella muestra de su debilidad, y retoma sin ánimos su labor. Tiene que aprender de Lizzy, de su fortaleza, y encontrar la forma de volver a ponerse en pie. Tiene que encontrar un modo de sobreponerse a este desengaño.

Pero el ruido de pasos rápidos en la escalera le hace apartar la vista del bordado. Y apenas ha pasado un instante cuando la puerta de su habitación se abre sin previo aviso con tanto ímpetu que rebota contra pared, arrancando pedacitos de yeso y pintura.

—Jane, querida… —dice su madre, con las mejillas encendidas por el esfuerzo, respirando afanosamente—. El señor Bingley solicita hablar contigo —añade, su voz más aguda y nerviosa de lo normal—. ¡A solas!

Y Charles Bingley, por su parte, no pudo elegir peor momento para dar voz a su corazón…