Una presión gradual fue clavando garras invisibles en su pecho. Voces de matices variados e intensidades maleables se acercaron a sus oídos, susurrando en aquel tono ya familiar. Su cuerpo paralizado como un muñeco atravesado a la madera, no respondía, y en ese estado solo lograba preguntarse. "¿Por qué?"

La voz de Chizuru resonó clara entre el murmullo.

"Queda poco tiempo...escucha Iori…"

— Yagami, Yagami. —resonó la voz más aguda de Mai mientras empujaba con delicadeza el hombro de Iori. EL pelirrojo entreabrió los ojos bajo el aturdimiento del sueño gruñendo con tono hosco—. Siento despertarte, llevabas una hora dormido en esa silla, pero no parecías tener un buen sueño. ¿Estas bien? Cada vez te noto más pálido, dentro de poco comenzaras a brillar. —jugueteo Mai queriendo suavizar la actitud hosca de Yagami—. Que tal si tomas una de las camas vacías.

Iori no respondió recuperando la espacialidad. Se sentía físicamente agotado, a un extremo donde no había razón alguna. Las palabras de Chizuru resonaban como un eco, pero desconfiaba de todo aquello. Aún no recordaba con claridad que había soñado en el lapsus en que su cuerpo entró en un coma de más de 24 horas, pero el hecho de ser testigo de todos aquellos destrozos al despertar, con Kyo asegurando que estaba reanudando la conexión y que habían sido aquellos espectros los que habían atacado, le impedía intentar de nuevo aquel sueño profundo.

Se levantó de golpe tanteando la gabardina, al interior de la tela habían múltiples bolsillos ocultos y en uno de ellos sintió las pequeñas papeletas. Algunas dosis dobles que había conseguido con dificultad en la zona donde decían que algunos Yakuza tenían traficantes, cerca al hotel donde había dejado a Kyo días atrás.

No había querido usarlas, pero sabía bien que en algún momento podría necesitarlas. Los inhibidores de sueño nunca habían hecho un buen trabajo con su cuerpo.

— Necesito un café —. Habló con voz ronca.

— Bueno Yagami, estás de suerte. Entre las necesidades básicas de nuestro querido Nikaido está incluido el café. —sonrió Mai—. Terry, cariño. ¿Que tan bueno eres preparando un café? Espero que tengas mejor habilidad en eso que en enfermería. — Indagó Mai en tono un poco jocoso al rubio en camisilla que sacaba un snack de la nevera. Él los miró y sonrió con cierto toque jovial.

— Lo de ustedes los es el té. Lo nuestro es el café, dejamelo a mi. ¿Quieres uno tú también? — Preguntó mientras buscaba en la alacena.

— No gracias. Es amargo. — Expresó Mai haciendo una mueca casi infantil.

Iori posó el brazo en el ventanal. La nieve ya no caia mas, pero la temperatura era muy baja. Deslizó una mano en la gabardina intentando evocar su energía para calentarse, pero no sucedió nada. El fuego en su interior revoloteo con una sensación aún más helada haciéndole estremecer. Iori analizó su entorno algo confuso, dudando de si la calefacción del lugar funcionaba bien, pero al observar a Mai acercarse a Terry, ambos se notaban cómodos y tibios. Posiblemente aquella sensación álgida solo podía sentirla él. Era como tener el cuerpo desnudo y expuesto a la intemperie invernal mientras su fuego reaccionaba igual que una rafaga helada. Era la primera vez que algo así sucedía con su energía. ¿Serían secuelas de la conexión? ¿Estaba aún vinculado a esa criatura?

"...escuchame Iori..." Resonaba el eco liviano de una voz. Las voces reiteraban su murmullo ocasional como si fuese algo natural.

— Toma Yagami. Esto te sentará bien. — Habló Terry desde un costado, Iori no lo había percibido acercarse y extendió la mano lentamente hasta tomar la taza caliente, sus manos hicieron contacto por un momento y el rubio lo miró extrañado.

—¿Estas bien? — Preguntó dubitativo Terry, la piel de Iori estaba helada.

— Si. — Respondió el pelirrojo tomando un sorbo hondo. La bebida ardiente cruzó por su cuerpo reconfortante por un instante, pero perdiendo su calidez segundos después.

Mai bostezo al fondo y estiró su cuerpo aperezadamente.

— No se ustedes, pero yo acompañare el sueño de Kaoru. Este lugar es casi un orfanato, Benimaru no escatimo en equipaje asi que hay camas de sobra Yagami. Deberías tomar una, te ves cansado. — Le guiñó un ojo a ambos hombres y cruzó el amplio salón hasta una de las pocas divisiones del fondo con arcos sin puerta.

— Se que no te gusta que se metan en tus asuntos Yagami. Pero puedes contar con nosotros. Tenlo presente. — Aseguró Terry con seriedad y se retiró tras un movimiento leve de cabeza. Estaba encargado de vigilar a Iori esa noche, pero sabía que seguirlo como un sabueso no lograria mas que hacer que abandonase el lugar.


El resto de la madrugada Terry había observado desde la oscuridad de la habitación como Iori se acomodaba en el sillón con una guitarra eléctrica muda a tocar una melodía apagada, pero agradable. Cerca del amanecer tras cabecear un par de veces, Iori se había levantado nuevamente hasta el ventanal y había sacado algo de su gabardina. Terry pensó que era un cigarrillo, pero en cuestión de segundos el pelirrojo había acercado algo al rostro y el porte ancho de sus hombros no le permitió al rubio percibir que había sido.

Iori sintió el leve ardor en su tracto respiratorio y minutos después el efecto reactivador de la droga disipando todo el agotamiento. Suspiro regresando al sillón, hacía mucho tiempo no había tenido la necesidad de usarlas. Una dosis doble era suficiente para intoxicar a una persona, pero en su caso, era solo suficiente para apartar el agotamiento y mejorar parcialmente el humor. Ya la helada sensación en su interior se empezaba a volver inapreciable.

Mientras su cuerpo lograba recuperarse de aquella debilidad dejada por el espectro, tenía que evitar dormir.

Se sentó en el sillón disfrutando el efecto refrescante del alcaloide, pensó en un buen baño y en comprar algo de ropa, no había traído nada consigo salvo la guitarra. Sonrió algo abstraído apreciando con agrado los intensos colores del amanecer invernal.


Kyo deslizó las manos por la tela suave y pesada. Las mujeres extendieron las mangas y cerraron el cinturón ciñendolo completamente hasta que los logos dorados del clan Kusanagi reflejaron destellos bordados en su pecho. La última capa de tela era un chal ceremonial con un sol eclipsado que cubría toda su espalda.

Las mujeres sonrieron satisfechas con la visión aunque mantuvieron algunas dudas acerca de la cicatriz en su rostro. Kyo despejó sus preocupaciones negándose a ocultarla y se apreció a sí mismo frente a un espejo. Era como ver a su padre mucho más joven y más guapo.

Apreció de soslayo la mirada triste de su madre, ahora era a su hijo a quien acompañaba en estas labores, por lo menos hasta que desposase alguna mujer digna de compartir la posición exigida. Bufó con suavidad, qué absurdos le parecían aquellos pensamientos, no existía tal persona y sintió pena por su madre. Sonrió con amargura y pensó en Iori.

Él iba a ser el líder de los Kusanagi, el clan del sol. Pero él era justo como su imagen lo representaba, un sol eclipsado por la luna.

El resto de la mañana y entrada la tarde, el tiempo pasó lento y tedioso. Todo el lugar giraba caóticamente en preparaciones para la ceremonia. Ya restaban pocos días y Kyo los sentía como una cuenta regresiva hacia algo irreversible, pero aún así sentía el orgullo de su sangre reverberar al adaptar la idea del liderazgo.

Se recostó en el dintel del washitsu vacío y colgó el móvil, Iori no contestaba sus llamadas a pesar de haberle escrito desde tan temprano. Desplegó el contacto de Yagami releyendo por quinta vez aquel extraño mensaje.

"Primera noche sin novedades. La mañana es hermosa Kusanagi." Decía de manera puntual.

Kyo sonrió irritado, si Iori no respondía sus mensajes lo consideraba molesto, pero si ahora le escribía de esa manera se le hacia aun mas extraño. ¿Qué demonios quería de Iori? Se preguntó divertido. Marco a Benimaru.

El rubio contesto tras varias llamadas disculpándose porque estaba atendiendo con Kaoru, las peticiones del rey Yagami.

— ¿Como esta todo? — Preguntó Kyo.

— Bueno hasta el momento no ha habido ningún pandemonium, así que supongo que bien. — Respondió Benimaru mientras indicaba a Kaoru buscar las llaves en sus bolsillos ya que tenía las manos ocupadas con bolsas. La chica deslizó dubitativa las manos por los ceñidos pantalones y sus orejas enrojecieron ante la sonrisa pícara del rubio.

— ¿Y Yagami? — Preguntó Kyo directamente.

— Yo lo veo igual que ayer, aunque su agotamiento parece haberse esfumado. Terry dijo que no durmió en toda la noche así que supongo que ese infeliz tiene una resistencia superior a la de todos. —se detuvo Benimaru en un sonido que se cortó con un golpe—. Maldición por poco se cae...—se escuchó la voz de fondo y retornó el volumen de voz—. Lo siento estoy algo atareado con las peticiones del psico favorito de todos. — Refutó irritado. Kyo bufó divertido.

— ¿Seguro no has visto algo extraño en él? — Reitero intrigado.

— Hmm, pidió de manera relativamente amable lo de la compra de la ropa, eso si fue jodidamente raro. — Expresó Benimaru con tono sincero.

— Estoy hablando en serio. — Refutó Kyo empezando a irritarse.

— Ok, Ok. Salvo algunos lapsos donde parece tener la cabeza en otro lado e ignora su entorno, no. Aunque no se si eso sea extraño en él. — Agregó con cinismo.

— Entiendo, cualquier novedad, sea lo que sea. Avísame. — Puntualizó Kyo.

— jeje. ¿Buscando excusas para huir de tus responsabilidades con la familia Kyo? — Acotó Benimaru jocoso ingresando al apartamento. Kyo gruñó hosco pero aprobador y colgó.

Guardó el móvil de mala gana en su chaqueta maldiciendo a su amigo. Benimaru lo conocía bien, sabía que él quería salir de allí. Estaba cansado del acoso y la poca libertad y especialmente, deseaba ver a Iori. Sonrió irritado deslizando algunos mechones de cabello hacia atrás y apreció el jardín exterior decorado por las salpicadas motas de color en las flores de invierno. Hacia solo unos años caminaba con Yuki y sus amigos sobre las capas densas de nieve en los caminos sinto de algunos parques citadinos. Sin preocupaciones más allá de las trivialidades familiares o futuros torneos.

Sonrió al preguntarse qué habría estado haciendo Iori en aquellas fechas. De alguna manera Yagami había logrado estar presente en los pensamientos de Kyo desde su primer encuentro con fuego. Bajo la vista sin borrar la sonrisa de su rostro, recordaba aquellos momentos donde la vida le denotaba una feliz tranquilidad y quietud, y la llegada de Iori entraba a caotizarlo todo. Por alguna razón Kyo lo esperaba, aguardaba con un deseo oculto su presencia recurrente, la intensidad de su fuego y el pasional odio con que lo retaba a enfrentar el destino de sus clanes. En ese instante jamás habría imaginado que justo ahora era él quien deseaba un encuentro con Iori y que su menor preocupación era aceptar que lo quería.

— Señor Kusanagi, lo estaba buscando. —interrumpió una joven sirvienta sus pensamientos—. El sensei Mamoru lo espera en el salón principal. Su sesión de caligrafía va a comenzar. — Agregó haciendo una inclinación.

Kyo dio una mirada más al jardín nevado tras asentir de manera autómata, pensar en Iori siempre le llenaba de sensaciones agridulces, pero hacerlo en la casona Kusanagi, con todas las exigencias y responsabilidades, le hacía sentir una agradable culpa. Siguió a la joven sin mediar palabra, hacía mucho no practicaba aquella técnica de pincel, pero parte de las preparación requería que Kyo no hiciera un horrible garabato en el papel ceremonial.


Iori acomodo el cuello de la camisa de visos pardos frente al espejo del baño. El espacio era grande y dividido por secciones como una ducha comunal de lujo, ciertamente aquel sitio no era un apartamento de vivienda. Abotonó la parte central de la camisa notando que le quedaba un poco más ceñida, maldijo mentalmente a Nikaido sabiendo que la elección de talla había sido deliberada. Cerró sobre la camisa la nueva chaqueta poco holgada de tela gruesa y cortes rectos. Minimalista y elegante, esa había sido una buena elección.

Cuando se disponía a abandonar el lavamanos su vista se nublo un instante y un leve mareo cruzó fugaz. Respiró hondo, el agotamiento había regresado por tercera vez y no estaba seguro si era parte de los efectos secundarios de la droga o su cuerpo no parecía estar mejorando. Aún era pronto para saberlo, solo podía estar seguro en un día más.

Deslizó la tercera dosis desde la madrugada y sintió el efecto revitalizador del alcaloide, tras lo cual tiró la pequeña bolsa al váter. No deseaba especulaciones entre todos por lo que estaba haciendo. Conocía bien el efecto de la sustancia y la duración en su cuerpo siempre había sido corta, suficiente.

De alguna manera la adicción nunca había sido un problema ya que la eliminaba de su sistema con una facilidad innata. Su utilidad radicaba solo en los momentos más críticos que había tenido cuando la sangre de Orochi amenazaba con nublarle el juicio debilitando inicialmente su psique con pesadillas más lúcidas. Respiró hondo y se humedeció el rostro, aunque odiaba tener que acceder a aquella desagradable opción, era lo más conveniente para controlar aquel estado de sopor que amenazaba con dragarlo al sueño donde la criatura susurraba su nombre. No todavía, se dijo. Necesitaba recuperar fuerzas.


— Ya se lo dije, señor Bogard. —entonó Mai con sobreactuada decencia—. Las técnicas de curación de los Shiranui son excelentes. Estoy perfectamente. — Agregó deslizando la pierna con soltura de entre las manos de Terry, pero este la retuvo un instante generando en ella un respingo de dolor. El rubio sonrió con ese aire paternal y a la vez encantador.

— Caminar es una cosa, pero entrenar, no es una opción, todavía. —acotó presionando solo un poco más el vendaje y la mujer guardó silencio soportando la punzada dolorosa en el músculo—. ¿Segura que no te duele? —preguntó con tono inocente a Mai, la cual desvió la vista enojada sin ganas de darle la razón, aguantando la presión. Terry soltó con suavidad el vendaje para aflojarlo y acarició la pierna con delicadeza—. Solo evita entrenar por el momento. Si lo haces te tomará menos tiempo regresar a la rutina señorita Shiranui. — Puntualizó copiando la sobreactuada decencia y deslizó las manos por la extensión de su pierna hasta posarlas en el tobillo, apreciando lo bien que había curado hasta el momento.

Sus miradas se cruzaron un instante en silencio mientras el rubio mantenía las manos en el mismo sitio. La expresión de la mujer se hizo dubitativa e incómoda, sus mejillas se tornaron en un leve tono rosa mientras le sonreía apartando con delicadeza el contacto. Terry separó las manos avergonzado y se disculpó por tocarla de manera descuidada. Mai no logró articular broma alguna y asintió algo tímida. Terry se levantó apenado y se alejó con la excusa de ir por algo de tomar. Mai suspiro sintiéndose tonta y deslizó hacia abajo la manga de su pantalón.

— Insistó en que debimos comprar esa camisa de tela dorada. Pudo haber resaltado más sus ojos rojos. — Bromeo Benimaru tomando un bocado de postre de la mesa. Salir un rato con Kaoru, así fuese en la misma zona y a comprar ropas para Yagami, había sido refrescante para ambos y se preguntó cuanto tiempo mas deberian manejar un bajo perfil. A pesar de que todo el ánimo general parecía haber crecido un poco después de la terrible noticia sobre Amelie, siempre solían ser asediados por sus propios pensamientos negativos.

— No estábamos comprando ropas para ti. Al señor Yagami le gustan los colores más neutros. — Acotó Kaoru tomando en serio el comentario. Hablando con la imparcialidad de la decencia, como una buena mujer hablaría de su marido.

— Veo que conoces bien los gustos de tu futuro esposo. — Agregó Benimaru resentido y la chica lo miró anonadada un instante, sin lograr ocultar la molestia ante ese comentario del rubio.

— Si...es mi deber como futura esposa del líder Yagami. — Habló Kaoru desviando la vista con resentimiento.

— Bueno, ya no es líder de nada. No estás en la obligación de nada. — Espetó Benimaru molesto, maldiciendose por dejar fluir aquellas palabras infantiles.

— Entre Takeshi y Iori. Creo que mi decisión no necesita ser muy meditada. — Respondió la chica con amargura, pero manteniendo el tono neutro y decente. Benimaru suspiró sintiéndose un imbécil.

— Lo siento. No era mi intención que pensaras eso. —habló apenado y deslizó su mano hasta posarla sobre la de la chica—. Solo deseo que entiendas que cuando todo regrese a la normalidad y tu hermana esté a salvo, tu eres libre de decidir tu propia vida. Ir a donde quieras, Estar con quien quieras. — Puntualizó Benimaru apretando con delicadeza la mano de la joven. Ella lo observó con una genuina expresión de duda y anhelo.

Iori cruzó fuera del cuarto de baño sintiendo el ambiente tan helado como antes. Una vez más la tarde moría en una nevada tenue y las horas pasadas en compañía de aquellas personas las sentía un poco más amenas, incluso en ese instante le parecían agradables. Sonrió cansino esperando no tener que necesitar más dosis que camuflaran en emociones agradables su percepción de la realidad. Aún así había algo que anidaba dentro de él constantemente, antes y ahora. El deseo de tener a Kyo cerca.

Kaoru retiró la mano del contacto de Benimaru y se paró de la mesa sintiéndose culpable sin razón. Hizo una reverencia a modo de disculpa con torpeza y se retiró a la habitación. Nikaido la miró detenidamente discurriendo su largo cabello atrás y luego posó su atención sobre Yagami que salía al exterior del balcón con la intención de darle uso a la nueva cajetilla.

Tal vez era hora de cruzar algunas palabras con Yagami al respecto de sus intenciones con todo, pensó y se levantó de la mesa.

— Hey Nikaido, debo salir, tengo una cita pendiente con un informante, posiblemente regrese mañana, llamame si algo sale mal. — Acotó Terry. El rubio accedió palmeandole el hombro.

— Tu ve tranquilo cariño, hoy me encargo yo. — Habló Mai desde la poltrona.

— Se una buena chica y cuidate mientras regresa el enfermero estrella. — Se despidió Terry con su casual señal de la mano, dando la espalda a ambos.

— Bueno supongo que debo dormir un poco antes de mi turno nocturno. — Agregó Mai retirándose al cuarto.

Benimaru le sonrió guiñando un ojo.

— Yo me encargo hasta entonces, prometo que no destrozaremos nada. —

Iori dio una bocanada profunda y el humo calentó un ínfimo instante su garganta. No lograba entrar en calor y la sensación térmica externa le era indiferente a la del interior del apartamento. Saco el celular desplegando el contacto de Saito, las imágenes que tenía de aquellos sueños parecían fragmentarse por partes y algunas le eran claras como recuerdos. Tal vez si ponía al viejo zorro a investigar lugares con esas caracteristicas podrían encontrar algo, pensó distraido. Al levantar el móvil un segundo mareo desenfoco su vista y le tocó sostener con fuerza el dispositivo para no dejarlo caer.

"...mi niño." Escuchó Iori detrás de sí, el eco lejano de una mujer, una voz suave y conocida. "...mi niño" repitió aquel eco cuando el pelirrojo giró bruscamente buscando la fuente.

"No dejes que lo hagan…no con él." Resonó la voz lastimera y suplicante cada vez más cerca ante la mirada desorientada de Iori que solo veía un extenso balcón vacío.

— ¿Madre? — Susurro Iori anonadado. Una densa oscuridad se extendió desde su sombra proyectada en el muro, cubriendo centimetro a centimetro todo el lugar en un negro viscoso. Muchas voces emanaron de la negrura y millares de manos emergieron de los muros y el piso intentando alcanzarlo. Iori retrocedió varios pasos por reflejo pero una de ellas logró apresarle la muñeca. El fuego violeta se evocó de manera automática entre sus dedos para hacer cenizas aquella oscuridad, pero una voz conocida lo reprendió.

— ¡Eh Eh Yagami! ¿Que mierda haces? — Preguntó Benimaru alarmado por la llama emergente, tenía a Iori agarrado de la muñeca y lo tiraba lejos del borde del balcón donde el cuerpo del pelirrojo estaba presionado con el borde que daba al vacío. Iori lo miró en un instante de confusión mientras toda la ilusión se desvanecía alrededor del rubio como un papel que se consume a fuego lento. Soltó de un tirón la mano apagando la llama.

— ¿Que mierda pensabas hacer. Lanzarte por el borde? — Indagó Benimaru intentando no tomarlo muy en serio, pero consciente de que cuando lo sostuvo, Yagami no lo miraba a él y su expresión salvaje le hizo temer algo peor. Iori retomo la templanza.

— No, no es nada. Solo secuelas supongo. Nada que debas informarle a Kyo. — Aseveró Iori con completo control y lucidez. Benimaru rió enervado.

— Sabes Yagami. Si no fuera por qué, bajo esa enfermiza obsesión que tienes por Kyo, en realidad si te preocupas por él, no me fiaría ni un poco de tus palabras. —agregó el rubio altanero—. Tal vez le caigas bien a Terry y Mai, y por alguna increíble razón seas muy impotante para Kyo, pero yo aun tengo mis dudas sobre ti. —

— Siempre es refrescante un poco de sinceridad. — Sonrió con malicia el pelirrojo sacando otro cigarrillo. Benimaru sonrió a su vez.

— Si no fueras un demente y un asesino ocasional es probable que también me agradaras Yagami. — Acotó el rubio deslizando el ventanal. Afuera helaba y no tenía la ropa adecuada.

— No podía ser perfecto Nikaido. — Respondió Iori socarrón dando una bocanada al cigarrillo. El rubio rió por lo bajo y entro al apartamento. Por el momento no informaría de nada a Kyo.

Iori se recostó sobre muro amplio del balcón lejos del abismo, tiro la cabeza atrás y miro el cielo entre el humo estancado por el poco viento que surcaba. Aquello había sido una visión de gran intensidad y le preocupó que se hubiese dado en un estado de lucidez. Si empezaba a alucinar a causa de la droga sería tan inconveniente como dejarse atrapar por el sueño. Maldijo apretando el puño que había encendido en llamas y con el que hubiese podido quemar a Nikaido. Si para el siguiente día no lograba controlar aquella creciente debilidad, no tendría otra salida que confrontar a la criatura en su propio territorio.

Mientras la noche avanzaba a paso lento Iori contacto a Saito. Tras una extensa conversación en la que el espía informó al pelirrojo sobre el bajo perfil que continuaban manejando los Yagami y los sospechosos movimientos que estaban haciendo algunos Kagura, también compartió con él especulaciones acerca de una historia enterrada en las memorias del clan Yata y de la cual daría detalles apenas corroborara la información, dado que acceder a aquellas viejas escrituras era toda una hazaña aún para ellos.

Iori no se mostró muy interesado en sus descubrimientos con los Kagura y le pidió a Saito finalmente investigar ciertas características determinadas en los lugares que suponía portaban aquellas revelaciones. El espía considero que eran rasgos demasiado comunes en templos tradiciones, los cuales abundaban en la zona y aunque Iori no explicó de dónde venían aquellos intereses, ni dio razones de porque buscaba esas características en los templos, el viejo espia no lo cuestiono, la labor de los suyos era simple a petición de su señor; se encargaría de entregar la ubicación y muestra de los sitios que cumplieran con lo que este planteaba.

Concretaron que Saito desplegaria algunos agentes para la búsqueda y que éste recibiría más detalles de Iori apenas entregara alguna información al respecto.


Cuando Kaoru despertó a Mai ya pasaba la medianoche. Bostezo aturdida por todo el tiempo que había dormido, pero sabía bien la razón. Cuando usaba su energía enfocada en regenerar heridas su cuerpo se agotaba con facilidad y dormir era la única manera de equilibrar los chakras. Se desperezó y envolvió en una cobija antes de abandonar la cama, tenía hambre.

Al salir de la habitación lo primero que divisó fue a Iori sentado en la poltrona central revisando algo en la pantalla de su móvil. Sus cabellos dejaban escapar visos escarlata bajo las lámparas de tonos anaranjados. Se denotaba ansioso y agotado, vestido como si fuese a salir en cualquier momento. ¿Como puede pasar tanto tiempo sin dormir? Se preguntó Mai soñolienta y cruzó a la cocina por algo de tomar.

Iori dejó pasar un par de imágenes más. Las zonas fotografiadas por los ninjas de Saito eran en su mayoría templos aledaños no más allá de la siguiente prefectura. Todos tenían ciertas facetas que se le hacían similares, pero ninguno le daba la impresión de ser el mismo lugar de sus sueños. Medito un poco al respecto y el olor del té que Mai estaba preparando danzo hasta llegar a él, reviviendo aquel aroma del cedro en su sueño.

Un tipo de árbol, recordó, y al buscar qué clase de coníferas tenía la zona de Tokyo y sus prefecturas aledañas, un mensaje emergente salió con el nombre de Kyo. Lo observó un instante reticente antes de desplegar la ventana de chat y leerlo. Sonrió sintiendo una extraña calidez en el pecho.

— Se que estas ahi y puedes leerme. Odio que no respondas mis llamadas y luego envies esos mensajes. raros que tampoco respondes. Creo que empiezo a acostumbrarme, pero solo un poco. Se que estas bien y ya que por fin tengo un momento sin acosadores encima. Quiero que sepas que... Pienso en ti. — Decía el mensaje de Kyo.

Iori había estado evitando comunicarse con Kyo, sabía bien lo que implicaba que el castaño estuviera asumiendo el protocolo de los Kusanagi. Mantener el contacto solo le haria mas dificil cada paso rumbo al liderazgo del clan y había una morbosa satisfacción en verlo empoderado como su enemigo. Apretó el móvil ubicando el puño bajo su mentón.

No hablarle se le hacía más difícil a Iori. Deseaba verlo, deseaba que Kyo abandonara todas sus responsabilidades, que renunciara a todo por él. Deseaba poseerlo en cualquier aspecto existente, arrancarlo de cualquier otro nexo que lo alejara de sí. Sonrió con malicia, Kyo no alcanzaba a imaginar lo que Iori podía sentir y su destructivo deseo de dragarlo al infierno consigo.

Desplegó la pantalla de chat y tipeo algunas palabras incapaz de contenerlas.

— Aveces deseo con furiosa aprehensión que salgas de mi cabeza Kusanagi. — Escribió dejando fluir aquel malsano sentimiento de posesividad. La respuesta demoró un poco en llegar.

— Tomaré eso como un "también te extraño". — Tipeo Kyo — Si te marcó. contestaras? — Se desplegó el mensaje.

— No. — Fue la respuesta corta de Iori.

Empuñó una vez mas el movil y presionó su frente con él. Kyo siempre lo incitaba con facilidad. Desordenaba sus intenciones con solo palabras o gestos simples. El celular vibró explayando el nombre de Kyo y Iori sonrió molesto dejando caer el móvil a un lado del asiento al levantarse. Se acomodó la chaqueta intentando entrar en calor sin éxito y salió al balcón tras tomar la guitarra. El encierro empezaba a hacerse exasperante.

Mai se sintió satisfecha y más despierta luego de comer algo. Preparó un café caliente para Iori en la manera que Terry le había enseñado. No había mucha ciencia en preparar aquella bebida amarga, pero tenía un olor espléndido. Se acercó con la taza entre las manos, notando los ventanales opacos por el frío. Se ciñó la cobija pequeña al pecho y discurrió con mucha delicadeza el ventanal.

El primer sonido fue una corriente helada que cruzó rebelde al interior. El consiguiente fue una serie de notas ahogadas. Una melodía de muy bajo volumen que alcanzaba a apreciarse.

Cerró el ventanal y observó a Iori un poco más allá, sentado en el borde de una maceta alta sin planta ubicada en la parte central del balcón. Bajo una moribunda iluminación exterior siendo aclarada por el blanco reflejo de la capa nevada, la guitarra daba reflejos azulados y aquella silueta oscura de cabellos rojizos y piel tan blanca como la nieve, se movía en un ademán mínimo con los ojos cerrados, desplegando desde sus manos notas preciosas y cambiantes. La melodía cruzó agresiva y contrastante con la agradable calma de su rostro y Mai se preguntó si Yagami siempre había tenido ese semblante tan tranquilo y hermoso.

Envolvió con sus manos la bebida para calentarse un poco y se acercó con lentitud apreciando aquella composición de sonido ahogado y los mínimos cambios pasionales en la expresión de Yagami. Sonrió y se recostó frente a él notando lo abstraído que estaba para no percibir su presencia. Allí se quedó silenciosa apartando un poco la nieve de esas horribles pero útiles pantuflas peludas. Observando como aquel despiadado asesino se tornaba en algo portador de una belleza extraña y una calma absoluta. La melodía se detuvo incompleta y Iori abrió los ojos con suavidad, mutando su expresión tranquila a un gesto hosco. Mai sonrió con dulzura.

— Te traje café. —dijo inocentemente. Iori la miró en silencio desapareciendo parte de ese encanto embrujante—. Es una canción hermosa. ¿En qué pensabas al tocarla? — Preguntó Mai deslizándose hasta estar de cuclillas bajo la cobija mientras bebía un sorbo del café que el pelirrojo no había aceptado. El silencio de Iori se hizo filoso dando una mirada pensativa al instrumento, su expresión agotada le daba un aire único de vulnerabilidad jamás visto por Mai.

— ¿Piensas en Kyo? — Aventuro Mai sin dudarlo dos veces siguiendo una corazonada inexplicable. Iori le devolvió una mirada soez y cansina.

— Eres una mujer muy entrometida Mai Shiranui. — Espetó molesto ante la condenada agudeza de aquella mujer. Levantó la guitarra y cruzó la nieve hasta discurrir el ventanal.

—...Y tu tienes un inesperado lado dulce. — Hablo Mai para sí misma sintiendo un estado de deja vú mientras observaba la silueta de Iori ingresar al apartamento. La imagen borrosa del pelirrojo, a causa del vidrio escarchado, descargó la pesada guitarra a un lado y se dejó caer en el sillón con la intención de descansar.

Mai se encogió estremecida por aquel frío impregnante y recostó el rostro sobre las rodillas. Querer a alguien de esa manera era siempre un acto doloroso, pensó dibujando en la nieve una pequeña A. Sabía muy poco de Andy en ese momento y aún no la había contactado. Aquello le dolía y sintió el enojo creciendo en su interior. Borro la letra e intentó levantarse pero no fue capaz, la pierna resintió la posición en la que estaba aunque el dolor ya no le molestaba. Recordó a Terry y su autoproclamación de enfermero estrella, deslizando aquellas manos grandes por su piel al cambiar las vendas. Sonrió ocultando el rostro en medio de la tela suave sobre sus rodillas. Se sentía liviana y culpable al mismo tiempo.

Aprovecharte de la amabilidad de Terry, mirar al hermano de Andy de esa manera. Eres despreciable Mai Shiranui, se reprendió por segunda vez a sí misma.


Iori fue impactado una vez más por la perforante sensación de agujas en su pecho y su cuerpo se desplomó en caída libre desde un cielo nocturno sin estrellas. El vértigo del vacío despertó sus sentidos dentro del sueño y percibió una alta extensión de bosque al pie de una montaña. El sitio le era conocido y a la vez no lograba recordarlo, era un lugar diferente a los anteriores y en la base de la montaña en una mediana cavidad cubierta por maleza vio la pálida figura sin rostro que representaba a Chizuru. El espectro silencioso señalaba el sitio socavado en la roca desde donde un hokora destrozado se erguía en la oscuridad. En medio de los escombros, empotrado en la herida del hokora, yacía algo parecido a un monolito de piedra negra con desgastadas inscripciones doradas.

La visión se esfumó con la fugacidad de la espuma en el oleaje de algún puerto y su cuerpo cayó pesadamente sobre el follaje del bosque que se tornaba acuático, sumergiéndose en un mar de oscuridad que reflejaba aquellas estrellas inexistentes en el cielo.


— ¡Beni! ¡Ayudame! — Gritó Mai mientras sosteniendo a Iori contra el sillón, intentaba ponerlo de costado. Su cuerpo se retorcía con lentitud buscando oxígeno y de la comisura de sus labios se deslizaban densos hilos de sangre—. Por favor Yagami despierta. — Insistió Mai asustada al verlo en ese estado.

— Mierda. — Maldijo Benimaru al acercarse y se arrodilló para sostener al pelirrojo. Empujó con brusquedad los hombros de Yagami para despertarlo y tras varios segundos Iori gruñó entreabriendo los ojos. Mai suspiro aliviada y Benimaru cayó sentado frente a ambos.

— Muy bien, creo que esto es suficiente para llamar a Kyo. — Espetó irritado el rubio, pero la mano torpe de Iori lo atenazó con fuerza evitando que se levantara.

— No lo hagas. —habló ronco, irguiéndose hasta quedar sentado—. No hay necesidad, está bien ahora. —aseguró—. Kyo está cerca de la ceremonia de liderazgo, no podrá hacer mucho en este momento. — Puntualizó soltando la muñeca de Nikaido, dejando leves marcas rojizas por la fuerza desmedida. El rubio suspiro molesto y accedió con calma.

Iori se levantó con algo de dificultad limpiándose la sangre y tras una entrada corta al baño, salió con el rostro húmedo y más despierto. Tomo su celular, se ciño la chaqueta y pasó gran parte de la mañana en una poltrona apartada frente al ventanal extremo del apartamento sin deseos de comer ni ser molestado.

— ¿Crees que está bien no avisarle a Kyo? Se ve terriblemente agotado. ¿Y eso que sucedió es parte de lo que me dijiste?. Parece muy enfermo. — Indagó Mai preocupada, ella no había sido un testigo recurrente,salvo en algún torneo, de aquella influencia que aquejaba a Iori Yagami.

— Si, esa enfermedad está en su sangre y se llama Yagami. — Espetó Benimaru pensativo y luego sonrió a modo de disculpa ante Kaoru que asintió resignada.

— Los portadores del fuego Yagami siempre han sido acosados por la presencia de Orochi desde que nuestros antepasados pactaron con ese monstruo. Se supone que el único modo de romper aquel pacto maldito era asesinando al portador de la reliquia Kusanagi, pero hace unos años descubrimos registros ocultos por los Kusanagi, estos hablaban de la muerte de uno de sus anteriores líderes a manos de uno de los portadores del magatama y aun así la maldición se mantuvo. Mi clan supuso que no era tan simple y ahora, bueno...— la chica observó a Iori un instante con cierta dulzura y luego dio un respingo e inclinó la cabeza—. Siento haber hablado tan despreocupadamente del tema. Yo estoy en desacuerdo con este conflicto y se que muchos de los nuestros piensan igual.

— Esta bien linda, no te preocupes. Igual creo que es algo bastante improbable para ellos romper esa maldición ahora. — Puntualizó Mai sonriendo picaramente. Kaoru le regreso la sonrisa con complicidad.

— Hmm. Y si, No es necesario llamar a Kyo. Si tenemos todo bajo control, es mejor así. Si la ceremonia que oficia su papel en el clan esta proxima, informarle solo le hara dificil las cosas. — Intervino Benimaru deseando cambiar el tema. No quería saber qué pensaban las chicas respecto a la relación que tenía Kyo con Yagami.

— Es cierto. —agregó Kaoru—. Si el señor Kusanagi decide venir hasta aquí pasando por encima de su clan, solo generará más problemas para él, y en el peor de los casos para nosotros dos por ser Yagami.

— Entiendo. —dijo Mai levantándose de la silla—. No sabemos bien que le sucede, pero supongo que podemos manejar bien la situación sin Kyo. — Puntualizó estirándose. Se había quedado dormida en una de las poltronas al lado de Iori cuando vigilaba su descanso, el cual había considerado como algo positivo que pudiese dormir después de tantas horas despierto, pero ahora no estaba segura de ello.

— Si, lo tenemos bajo control...— Asintió Benimaru pensativo, nada seguro. Si Iori entraba en algún estado de frenesí, no sabía si pudiesen controlarlo sin correr graves riesgos. Miró el exterior deseando que Terry regresará antes del anochecer. Apesar de las excelentes capacidades de Mai, ella aún mantenía una lesión seria y Kaoru no poseía técnica alguna de combate, esto le hacía temer por lo vulnerables que podrían ser frente a una manifestación tan peligrosa como el disturbio de sangre.


Tras entregar más detalles relevantes al líder Supaida, consumir la última dosis que le quedaba para combatir el agotamiento, Iori tomó algo de café que Kaoru le llevó por recomendación de Mai y fumó varios cigarrillos, intentando ordenar las caóticas imágenes que le otorgaban sus sueños. El efecto del alcaloide parecía cruzar con volatilidad y la debilidad en su cuerpo era cada vez más arraigada. La seguridad de que algo le estaba afectando desde el ritual fallido se hizo contundente. Si Saito no conseguía información útil, tendría que regresar a ese maldito sueño hasta descubrir por fin qué era lo que esa criatura deseaba mostrarle.

En un transcurso de varias horas con sus tres acompañantes disimulando terriblemente la vigilancia, Iori se sumergió en cavilaciones referentes al sueño. Ya pasado un poco más del medio día, Saito estaba retornando información que Iori se dispuso a analizar.

Los sectores de búsqueda se habían reducido, pero continuaban siendo más de diez templos alrededor de dos prefecturas, incluido el templo Kagura donde habían sido atacados. La mayoría eran pequeños espacios perdidos en las coníferas y otros eran grandes templos, incluso algunos centralizados en la ciudad; con la justificación de que los detalles que Iori compartía con el espía, eran atemporales a su época.

Iori respiró hondo sintiendo nuevamente el leve mareo, se inclinó y presionó sus ojos, le dolía la cabeza y el agotamiento era incontrolable. Podía visualizar fragmentos de alucinaciones cruzar el amplio salón con muebles, podía percibir las formas que no pertenecían a la realidad juguetear entre sus vigilantes, podía escuchar aquella voz conocida llamarlo por su nombre con dulzura y muy ocasionalmente la advertencia de Chizuru.

Sonrió con amarga resolución, si continuaba así iba terminar sin diferenciar la realidad o peor aún, caería completamente debilitado por la influencia del espectro, entregandose en bandeja de plata a los Bihksu. Inclinó la cabeza hacia sus acompañantes que dialogaban sentados en el centro del salón bajo la clara luz de la tarde y pensó que ese debía ser el momento, no podia esperar mas.

Se irguió y acercó al centro de la sala de estar, todos lo miraron expectantes.

— Debo descansar. —dijo Iori dirigiéndose a Benimaru, este apretó la mandíbula sabiendo lo que eso podía significar—. En caso de que suceda algo...extraño, durante el sueño. Deja que pase —puntualizó Iori y el rubio frunció el ceño confuso—. Si se complica demasiado, despiertenme de cualquier manera, sea cual sea. Parece ser la única forma de que lo que pueda manifestarse se detenga.

— Manifestaciones...que significa eso. ¿Hay algo que no me han contado? — Preguntó Mai extrañada, pero Benimaru puso una mano sobre la suya para silenciar sus cuestiones.

— Solo es una posibilidad, Kyo lo mencionó de manera bastante superficial, pero creo que ni él estaba seguro de lo que era. —suspiró Benimaru—. Despertarte sea como sea, es un buen plan. Que podría salir mal contigo Yagami. — Accedió con sonrisa cínica, maldiciendo a Terry por no estar presente y se levantó del sillón para darle espacio.

Iori se acomodó bajo la observación dubitativa de sus vigilantes, cada fibra de su ser se estremeció al sentir la lejana corriente de aire inexistente. El sol golpeaba su rostro con delicadeza, con un tacto frío y sedoso, casi podía oler la tarde discurrir en su piel. Sinestesia pensó, la droga potenciaba las alucinaciones que le generaba aquel vínculo.

Cerró los ojos sintiéndose presa automática de un agotamiento extremo, los sonidos de la conversación de sus acompañantes se hicieron superfluos y algo dentro de su cabeza dragaba su consciencia a otro plano. Se dejó atrapar por las fauces de aquel sueño perdido guiado por un pequeño ser sin rostro y dos abismos a modo de ojos. Su sangre se resistía dolorosamente a la conexión, pero Iori presionó todo de sí para caer bajo la influencia completa.


Inicialmente ver a Iori con el rostro tranquilo y la respiración suave no parecía nada más allá que una simple siesta, a ojos de Mai. A pesar de que Benimaru intentara alertar de que podría volverse algo peligroso y que lo mejor era amarrarlo, ella no lograba percibir amenaza alguna en aquel hombre dormido bajo la luz helada de la tarde. Se recostó en el sillón contiguo y miró a Kaoru.

— Decias que los Yagami tienen una maldición inquebrantable. ¿Y en tantos años no han sabido cómo romperla? — Preguntó Mai con escepticismo. Kaoru pensó un instante antes de responder.

— Como te dije, pocos de los nuestros logran controlar el fuego Yagami. Es un poder muy grande y no cualquiera tiene la capacidad de cargar con ello por lo destructivo que es para el cuerpo de su controlador. Algunos no lo desean a pesar de que el destino los ponga en sus manos y se niegan a entrenar o usarlo. Esas personas de nuestra familia suelen tener vidas más longevas y tranquilas a pesar de que su expectativa de vida sigue siendo más corta que la de los demás. Se de algunos que viven apartados u otros que abandonaron el entrenamiento, todos ellos expulsados del núcleo central de la familia por los anteriores líderes. —sonrió avergonzada—. Aun así hay varios de los nuestros que desean la paz y consideran absurda una pelea de siglos con el clan Kusanagi. Fue justo uno de esos representantes del clan quien que investigó en busca de otra posibilidad para deshacer la maldición en nuestra sangre. — Kaoru hizo una pausa pensativa. Benimaru y Mai la observaron intrigados.

— ¿Y descubrió algo, alguna manera? — Preguntó Mai impaciente.

— No exactamente. Cuando descubrieron la información que ocultaban los enemigos, él se dio cuenta que nuestro antepasado si asesinó a un portador de la espada Kusanagi cumpliendo el pacto de Orochi, pero aun asi no se rompió la maldición. —miró a Iori pensativa—. Supusieron que la manera de romper el pacto era diferente, que la respuesta no estaba en destruir, como Orochi ordenaba. El líder Yagami había ocultado aquel asesinato en conjunto con los Kusanagi, ya que no deseaba que el clan considerara detener el conflicto para buscar un modo de romper el pacto con Orochi. Ambos clanes eliminaron a cualquier testigo para que esto no se diera a conocer y solo los monjes Kusanagi hicieron un registro del suceso en archivos ocultos hasta para su propio clan. —desvió la vista incomoda—. El cómo los Kusanagi engañaron a los suyos es algo escabroso. Llevaron el cuerpo sin vida de su líder simulando que estaba herido. Mantuvieron bajo vigilancia el cadáver haciéndoles creer que había enfermado para finalmente anunciar su muerte por enfermedad y no por combate. Nadie salvo unos pocos supieron que había caído a manos del clan enemigo.

— ¿Y como te enteraste de todo eso? — Preguntó Mai sorprendida. Kaoru río por lo bajo.

— Cuando era pequeña, mi padre era la mejor opción para reemplazar a la mano derecha del clan. Una chiquilla sin importancia como yo no era vigilada, pero tenía el derecho suficiente para recorrer la casa con libertad. Logre espiar algunas de sus reuniones y husmee en sus archivos cuando los llevaba a casa. Creo que en el momento en que mi padre se enteró de mis entrometidas acciones, fue que tomó la decisión de educarme para ser la esposa del futuro líder Yagami. — Puntualizó con una risita resignada. Benimaru desvió la mirada molesto.

— Entonces los Kusanagi ocultaron la deshonrosa muerte de su líder y los Yagami alejaron la posibilidad de buscar una cura a su maldición. — Interrumpió Benimaru.

— Sí, supusieron que a pesar de su enorme precio, la energía Yagami era muy poderosa, por ende algunos de los nuestros no quisieron renunciar a su poder y manipularon todo para evitar una búsqueda alterna a una cura no deseada. —aseguró Kaoru con tristeza—. Tantos Yagami y Kusanagi muertos por el orgullo de unos y el deseo de poder de los otros. — Suspiró con desazón pensando en Aki. Benimaru deslizó la mano hasta posarla sobre el hombro de la chica, esta le sonrió con dulzura y evadió la tristeza incipiente.

— Vaya destino aciago. Así que nuestro Yagami tiene una vida muy corta. —habló Mai por lo bajo acercándose a Iori y discurriendo su cabello con delicadeza sin que este reaccionara en absoluto. Parecía no respirar y su palidez había crecido, como si fuese posible—. Emm chicos, algo no está bien. — Agregó buscando el pulso del pelirrojo. Ambos se acercaron alarmados.

Mai logró captar una pulsación rezagada, casi imperceptible.

— ¿Es esta la parte que debes dejar pasar? —preguntó Mai intranquila a Benimaru—. Tal vez deberíamos considerar llamar a Kyo. — Aseveró. Benimaru observó a Iori y luego a Kaoru y negó con la cabeza.

— No, esperemos un poco más. Si entra en la fase de "empeorar" le contactaremos. — Habló intentando sonar seguro y confiable. Si por alguna razón aparecían Kusanagi en el lugar, solo multiplicarian las posibilidades de disturbio en Yagami, eso sin contar lo poco que le gustaba la idea de atraerlos hacia Kaoru.

Los tres observaron enervados como Iori parecía entrar en un estado cataléptico.


Iori cayó al vacío por horas, días, años. Una eternidad parecía un segundo y un instante se extiendia inacabable en la oscuridad. Percibió todo ruido en su cabeza, imagenes, recuerdos, tristezas, euforias, ira, desesperación, amor. No escuchaba nada, no veía nada, no sentía nada y a la vez todo llegaba como oleadas abrumadoras que al partir arrancaban una parte de su alma. Debilitar el espíritu parecía ser la única manera en la que aquel ser lograba comunicarse.

Odió profundamente aquella criatura pero deseo escucharla y le permitió ingresar aún más en su interior.

Aquel olor balsámico del cedro húmedo se filtró en sus sentidos y desdibujó su entorno

recreando una vez más aquel sitio conocido. El bosque.

Iori sintió el rocío helado de la hierba contra su piel desnuda y se levantó. Caminó dos pasos en busca del lindero a la montaña y el bosque a su alrededor avanzó a sus costados, desplazándose como si cada uno de sus pasos fueran extensos metros recorridos.

Entre los troncos altos de madera oscura se entornaban ventanales a escenarios diferentes donde gente muy antigua se reunía, luchaba, rezaba. Imágenes de pasados olvidados donde antiquísimas reliquias eran entregadas como ofrenda en templos de kamis anónimos. Donde algunas formas que reconoció como servidores del espejo Yata, clamaban por algo que emergia de la oscuridad. De aquella escena medianamente familiar emergió el espectro pálido y sin rostro, el cual con la voz de Chizuru le pidió seguir su camino.

Cuando Iori llegó al linde de la montaña sintió que en siglos de recorrido había avanzado muy poco, y frente a él un enorme templo se alzaba. El sitio que parecía sostener la montaña sobre sus muros se deterioró repentinamente en un tipo de conflicto caótico y acelerado, quedando solo en cenizas y despojos humanos e inhumanos. Los despojos humanos parecían arrastrarse como gusanos al centro de las ruinas y con los restos de sus huesos se formaba un Hokora mediano estando en el centro de este el símbolo del clan Yata.

— Cometimos un pecado imperdonable. —sonó la voz suave de Chizuru—. Usar el poder que los dioses nos otorgaron para cegar la fé y voluntad de otras personas. Ruego a sus muertos que puedan perdonarnos por ello. —giró hacia el pelirrojo extendiendo sus manos que se desintegraban como pequeñas motas de luz—. Detenlos Iori, no permitan que revivan aquella atrocidad. Libéranos. — Puntualizó con un eco interrumpido mientras su forma desfragmentada era absorbida por el hokora que se desmoronaba por partes, revelando un pequeño monolito negro de inscripciones doradas.

Las garras de la conexión cayeron rapaces sobre Iori perforando su pecho de lado a lado. Todo su entorno tembló quebrándose por pedazos, revelando tras ellos la absoluta oscuridad y las voces tántricas de los Bihksus.

— ¡Libéranos!...liberate….¡Libéranos! ¡Libéranos!...liberate Iori, sal de aquí. — Se escuchaban las voces del monolito fragmentado gritando al unísono aturdidoras, mientras la voz suave de Chizuru le pedía partir.

Lo habían encontrado, nunca habían dejado de rastrearlo. El espectro se había negado, pero su voluntad estaba siendo doblegada al igual que la suya. El dolor lacerante abrió su corazón, destajando gran parte de él y Iori ahogado por el dolor gritó cayendo de rodillas. El disturbio, su sangre, parecía un animal enjaulado aullando en algún lugar lejano. No lograba acceder a ella, no lograba sentir el modo de romper la conexión.


— Por favor, por favor. — Susurró Kaoru aterrada. Iori yacía bajo Mai y Benimaru, retorciéndose. El sillón estaba dañado y ambos intentaban controlar aquel ataque en el que la sangre emanaba desaforada por su boca y oídos. El celular repicaba al otro lado de la línea hasta irse al sistema de voz. Kyo no respondía la llamada.

— ¡Maldito Yagami, despierta! — Gritaba Benimaru evitando que Iori rasgara su pecho y cuello al intentar respirar. Sus venas estaban hinchadas, oscuras y la sangre emanaba a borbotones, sus ojos sin pupila observaban el techo con desesperación y la fuerza descomunal les hacía casi imposible tan solo el hecho de tenerlo contra el sillón.

En un movimiento violento Iori propinó un rodillazo en la pierna herida de Mai y esta se encogió en un gemido cortado intentando no soltarlo, pero al amainar la fuerza de ella la de este superó con creces la presión y lanzando un garrazo al aire cortó parte de su camisa.

Benimaru en un movimiento rápido empujo a Mai atrás y contrarrestó la segunda agresión de fuerza descomunal que iba dirigida a ella. Giró con el impulso de su cuerpo en una llave inmovilizante evitando que Iori lograra pararse, pero el dolor no era algo pareciera tener relevancia en el cuerpo de Yagami y llevando el brazo casi hasta la ruptura lo liberó con violencia y asestó a Benimaru un golpe a un costado desestabilizando su centro de gravedad y haciéndolo caer de rodillas.

Cuando la mano ensangrentada de Iori bajaba a darle el golpe de gracia, Mai se irguió en un movimiento preciso, doloroso y desvió el ataque a la izquierda mientras Benimaru reaccionaba tomando el otro brazo y entre los dos hicieron una llave paralizante.

Iori gruñó de rodillas escupiendo una enorme cantidad de sangre sobre el suelo y dejo de forcejear. Su cuerpo convulsionó un instante y Mai gritó a Kaoru.

— ¡Si Kyo no contesta, llama a la doc demonios, necesitamos saber cómo despertarlo!

Kaoru estaba paralizada mirando el ventanal, toda la luz del atardecer había sido menguada como si los vidrios de repente fueran polarizados. La iluminación interna agonizaba haciéndolos entrar en una terrible penumbra. El grito la hizo espabilar y buscó el contacto de la medica.

— Que demonios es esto...— Preguntó Mai manteniendo la llave, mientras el cuerpo rígido de Iori yacía con la cabeza gacha, sin resistirse. Del tapete bajo el pelirrojo unas raíces de oscuridad se extendían y la luz del sitio menguaba como si la noche invadiera el interior. Benimaru maldijo por lo bajo y apartó a Mai. Sus manos chispearon y chocaron con la espalda de Iori.

— ¡Despierta Yagami! — Grito propinando una fuerte descarga.

— ¡Por favor necesitamos tu ayuda!. — Habló Kaoru con desesperación cuando la llamada fue contestada.

— Por kamisama niña que te pasa. ¿Sucedió algo? — Preguntó la médica alarmada.

— Hay alguien que está dormido, bueno no dormido. Está en trance, convulsionando y sangra, no reacciona, necesitamos despertarlo urgentemente. — Respondió Kaoru Acelerando sus palabras sin control.

—¿Que dem. Cálmate dime bien que le pasa. — Indago la mujer confundida desde el otro lado de la línea. La descarga estalló con fuerza y la onda se extendió dañando parcialmente la señal del celular.

— ¡¿Como demonios despertamos a alguien que se está muriendo?! — Grito Kaoru impaciente mientras su voz cruzaba entrecortada.

— ¡In...adrenalina! Pero...er cuidado...podrían mat… ¿Que est...— Kaoru soltó el celular y corrió al baño en medio de la oscuridad que crecía a velocidades alarmantes. Sabía bien qué era eso, lo había presenciado cuando los Bihksu hacían sus rituales.

En su avance logro vislumbrar con terror como Mai era despedida varios metros hasta chocar contra la poltrona del fondo y como Benimaru era derribado contra uno de los sillones de la sala, hasta rodar por el piso. No podía hacer nada, salvo conseguir la adrenalina del botiquín y confiar en que funcionara.

Iori se irguió convulso mientras sus ojos se tornaban negros a totalidad y la oscuridad comenzaba a devorar su cuerpo. Las ventanas estaban abyectas en negrura y la penumbra dificultaba la visibilidad. Un aire enrarecido giraba en torno a todos con una densidad asfixiante.

Benimaru se levantó rápido vislumbrando la silueta de Iori al frente y la de Mai reponiendose al fondo de salón. No percibió a Kaoru y gritó su nombre asustado. El sonido se esparció con un tono ahogado en aquel sudario de oscuridad pero logró captar la voz aguda de la chica en alguna parte de aquella negrura.

— ¡Cuidado! — Gritó Mai corriendo hacia el rubio e interceptando con un golpe de costado a un espectro amorfo que desplegaba una hoja de luz en dirección a Nikaido. El espectro levemente diferenciable en la penumbra se desvaneció como humo y tanto Benimaru como Mai quedaron espalda contra espalda buscando al agresor.

El rubio captó la respiración trabajosa de la mujer y noto la sangre casi negra deslizándose en surcos delgados por su pierna.

— Maldición Mai. — Espetó atravesando parte de su cuerpo a modo de protección.

— No importa, estoy bien. — Aseveró ella.

— Esos malditos monjes sin rostro están aquí. Ve por Kaoru yo me encargo de contenerlos. — Ordenó Benimaru.

— A duras penas lograste esquivar ese ataque. — Dijo Mai.

— Kaoru no podra hacer nada si alguno de ellos se acerca. Ve por ella. — Ordenó desesperado. Mai maldijo accediendo y se internó en la oscuridad gritando el nombre de Kaoru.

— ¡Has superado con creces la maldita mierda que te rodea Yagami! —gritó en voz alta atento a cualquier movimiento lateral y avanzó hacia Iori—. ¡Cuando piensas despertar maldito infeliz! — Agregó iracundo haciendo chispear sus manos y elevando su cabello.

Los vio venir claramente, la provocación había funcionado. Dos espectros de silueta humanoide y rostro oculto se abalanzaron uno tras otro sobre él. Benimaru giró a un costado la espalda dejando que la hoja del primer atacante pasará muy cerca y al entrar en contacto con el brazo del espectro, lo atenazó usandolo para bloquear el segundo atacante. Cuando las hojas chocaron desperdigado esquirlas de luz y su cuerpo hizo contacto con ambos espectros que buscaban inmovilizarlo, enalteció su energía de impacto generando una onda cargada de electricidad que envolvió ambas sombras en una luz iridiscente. Los cuerpos temblaron convulsos hasta deshacerse en una baba humeante en las manos del rubio.

Benimaru se sacudió las manos asqueado y confuso, gruño apretandose el costado, uno de ellos había logrado hacer un corte antes de la descarga. La voz de Mai se elevó inteligible y el rubio captó una conflagración fugaz en dirección al lavado. La iluminación momentánea le permitió ver a Kaoru arrodillada y temblando mientras raíces de oscuridad se adherían a su cuerpo y justo a un metro tras ella una hoja de luz se perdía en la oscuridad dirigida a la silueta de Mai.

Benimaru gritó llamandolas y corrió saltando sobre el sillón para percibir como otro fogonazo corto envolvía al espectro, las llamas morían sin hacerle mucho daño y Mai arremetía en su contra.

— Kaoru. — Llamó Beimaru a la chica arrancando las raíces breosas que envolvían su torso hasta el cuello, asfixiandola.

— No. —se resistió ella empuñando el alto la jeringa—. Adrenalina. Ve rapido. — Puntualizó la joven con la voz entrecortada mientras las raíces reptaban a su rostro y ella presionaba la adrenalina contra la mano del rubio. Benimaru las miró un instante confuso, desesperado. No podía hacer nada si se quedaba resistiendo aquel poder maldito que los rodeaba, Kaoru lo sabía, su única esperanza era romper lo que sea que emanaba de Yagami. Maldijo corriendo en dirección al pelirrojo.

Maldito hijo de puta, se repitió sabiendo que no era su culpa, pero la rabia de dejar atrás bajo riesgo a ambas chicas lo enervó.

— ¡Yagaaamiiii! — Gritó iracundo saltando sobre el sillón caído en dirección a Iori y apreció como un Bihksu de rostro cubierto por una tela volátil y una runa brillante a modo de ojo en la ubicación del rostro, sostenía a Iori de la cabeza mientras este arrodillado parecía a punto de colapsar.

La criatura mitad física mitad espectral giró aquella marca brillante en dirección a Benimaru y mientras su cuerpo avanzaba en cámara lenta apreció como retazos de oscuridad se elevaban del piso con la forma cilíndrica de agujas largas, las cuatro impactaron en su cuerpo directamente a una velocidad inapreciable. Una perforó su rostro, cegando su ojo derecho y las otras tres se elevaron hasta traspasar la parte alta del pecho y los pulmones en un dolor perforante e intenso.

Benimaru trastabilló sintiendo una copiosa cantidad de sangre emanar de su boca. No podía ver salvo aquella silueta desmadejada de Iori. No podía fallar, si lo hacía todos morirían, tenía esa terrible certeza perforandole el alma.

Dio un par de pasos torpes y cortos hacia la figura de Yagami y tras electrificar su cuerpo, rechazó las formas negras y metálicas que lo perforaban. Gritó iracundo y perdió el equilibrio sobre Iori clavando la adrenalina con violencia y descuido sobre su cuello.

El cuerpo de Benimaru se derrumbó hasta el piso entre las vetas negras y sintió su vida cegada por la oscuridad.


Iori se vio a sí mismo inmovilizado, anclado a la tierra, con el cuerpo atravesado por lanzas de onix, su alma estaba atrapada y aquel dolor lacerante que embotaba sus sentidos amenazaba con llevarlo a la locura. Ya no sentía la necesidad de respirar y apreció como algo diseccionaba su interior con la mirada detallada de un entomólogo a un insecto invaluable.

Eres un maldito inútil Nikaido, pensó soportando lo insoportable. Dejaste que me alejaran de Kyo, sonrió con tristeza. La rabia le había sido arrebatada, enjaulada y apartada. El detonante del disturbio y su única defensa contra sus cazadores.

Aún así sentía una extraña paz solo perturbada por el dolor lacerante ¿Se lamentaría Kyo por su muerte? Pensó sonriente deseando que fuera rápido, que acabaran con aquel sufrimiento.

"Yagaamiii" Escuchó una voz débil y pensó en Kyo. Pero aquella voz no le pertenecía a él.

El dolor menguó de golpe, las lanzas se desfragmentaron y Iori sintió todo su ser sacudido por un odio insondable. Las voces de Orochi rugieron atronadoras y él fue consciente de su ira. Tomó las riendas de la bestia.


El espectro retorno a Iori y su mano fue retenida con una presa aplastante. El hueso crujió y se desprendió de la oscuridad, los ojos carmesí del Yagami emitían un aura apabullante y su energía emanaba desbocada pero bajo control. A su alrededor los monjes sin rostro aún ocultos en las sombras empezaron a combustionar uno a uno y el Bihksu abandonó la misión malherido.

Los espectros ardieron en tonos violeta mientras las vetas de oscuridad se desvanecía hasta no quedar nada salvo las oscuras manchas de sangre repartidas por el apartamento. Vio a Benimaru a sus pies con una creciente hemorragia incipiente en su costado, pero al intentar tocarlo todo su cuerpo palpito al unísono deseando matarlo. El conocido sabor del disturbio le inundo la boca, sentía el dolor lejano como si fuese ajeno y poco, comparado con aquella conexión. Trastabilló viendo su vista nublada por la debilidad, por la bestia que rasgaba su interior por salir. Caminó con torpeza y tropezones hasta la salida visualizando con frustración como Kaoru y Mai yacían inconscientes en el piso. Estaban vivas y eso le tranquilizaba, pero a la vez deseaba verlas muertas y la pulsión por tocarlas se hizo intensa.

No. Se resistió apretando el pecho con fuerza. Debía salir de ahí lo más pronto posible, se encargaría de soportar el disturbio y sus propias heridas, solo, como debía estarlo siempre, como Kyo no lograba entender que era su destino. Solo, donde no pudiese lastimar a nadie más.


Terry entró al ascensor y bostezo algo cansado. El olor de la comida caliente que llevaba en el paquete, emanaba su aroma en el interior de manera torturadora. Compartirian todos juntos algo delicioso, pensó y cruzó el dintel del ascensor sin notar la mancha de sangre a sus pies.

Al extender las llaves del apartamento notó la puerta abierta y al acercarse percibió la marca de unos dedos sanguinolentos en su superficie. Dejó caer la bolsa de la mano e ingresó presuroso. El sitio estaba parcialmente desordenado, los sillones estaban volteados y dañados, habían algunas quemaduras en muros y partes del suelo y al adentrarse vió los cuerpos de Mai y Kaoru, inconscientes.

La joven Yagami no parecía herida cuando se acercó, pero Mai tenía algunos cortes sangrantes en los brazos y una mancha densa en la pierna, donde las vendas flojas caían dejando emanar hilillos de sangre. Terry se arrodilló levantando su cuerpo y susurrando su nombre. La mujer no respondió pero respiraba con regularidad. Levantó el sillón desmadejado de una patada para ubicarla allí y revisar a Kaoru cuando vio el cuerpo de Benimaru boca abajo sobre la alfombra y bajo él había una enorme mancha rojiza.

No, no. Maldijo para sus adentros depositando a Mai en el sillón. Giró el cuerpo de Benimaru y presionó la herida sangrante en su abdomen. Habían manchas sobre toda la tapicería del sillón y en diferentes partes de la alfombra, incluso cerca al balcón. Buscó su celular y desplegó la pantalla de llamada marcando el número de la amiga médica de Nikaido. ¿Qué demonios había pasado? ¿Y donde estaba Yagami? Se maldijo una vez más a sí mismo por no haber estado allí.


Kyo se dejó caer en la cama. El día había sido muy largo y estaban en la víspera de la ceremonia. La noche aún era joven y ya había cumplido con todas las demandas de su madre. También había logrado un decente estado en su caligrafía y de alguna manera conocía todos los nombres de las viejas y nuevas cabezas del clan. Habían rotado por su cuerpos un sin fin de prendas ceremoniales y de uso diario como líder del clan. Se sentía hastiado de todo el protocolo y todos los Kusanagi.

Giró el rostro contra la almohada, deseaba escuchar a Iori, deseaba verlo. Pronto sería la ceremonia, tal vez debía aprovechar aquellos momentos previos para visitar a todos, ya sacaria alguna excusa o simplemente intentaria escabullirse. Palpo el bolsillo del pantalón en busca de su móvil pero no lo hayo. Maldijo levantándose de repente y lo busco urgido en toda la habitación, no lo encontró. Luego pensó en las horas de prueba y costura con aquellas mujeres y su madre. No recordaba haberlo sacado de su chaqueta.

Tiró la prenda sobre la cama y salió de la habitación rumbo al salón temporal de telas. Al percatarse de que todo estaba en orden, preguntó a los sirvientes por el dispositivo, pero ninguno pudo darle razón hasta que una joven algo nerviosa le dijo que ella había visto a la señora Shizuka tomarlo de su chaqueta. Al parecer le había entrado una llamada.

Kyo agradeció sintiendo la tensión reptar. El no estaba acostumbrado a usar el móvil con regularidad ni tampoco se apartaba del dispositivo, negando cualquier acceso de otros a su contenido. Había sido un descuido dejar la chaqueta lejos de sí y aunque solía borrar cualquier registro de sus conversaciones, había guardado las palabras de Iori para releerlas como tonta autosatisfacción. Maldijo aquella estupidez y pensó en las implicaciones de la llamada que no contestó.

Llegó a la habitación de su madre, discurrió las puertas con brusquedad y sin miramientos, sin lograr evitar la molestia incipiente.

Shizuka yacía sentada en ropas tradicionales de cama a un costado de la habitación.

— Te estaba esperando Kyo. — Habló con tranquilidad la mujer. Frente a ella, en una pequeña mesa de madera, yacía su móvil.

Kyo se acercó con lentitud y lo tomó de la mesa sin revisarlo. Observó a su madre con una expresión enojada.

— ¿Por qué? — Preguntó con toque altanero el castaño.

— Porque me preocupas Kyo. —lo miró su madre y en sus ojos recaia un peso agotador—. Me preocupas mucho. ¿Por qué lo ocultas? ¿Por qué nos mientes? — Preguntó con la autoridad generada por años de experiencia. Kyo contuvo la presión en su estómago, la rabia creciente.

— He hecho todo lo que me han pedido y he respondido a cada una de sus demandas como esperabas madre. Y eso no va a cambiar cuando asuma mi liderazgo. No se que te preocupa, puedes estar tranquila sabiendo que se hacer las cosas a mi manera. — Habló Kyo empuñando el móvil. Sintiendo aquella conocida pulsación de miedo ante la llamada anónima mencionada por la sirvienta.

— Su muerte es una de las mayores exigencias del clan, Kyo. ¿Qué harás al respecto? ¿Asesinarlo? ¿Esperar a que alguno de los nuestros lo haga eventualmente? —

— No. —corto Kyo con voz contenida y la frustración comenzando a desbordarse—. No permitiré que nadie se le acerque. — Puntualizo con resentimiento. Shizuka asintió con una sonrisa triste.

— Entonces qué harás Kyo. ¿Atacaras o asesinaras a los tuyos por protegerlo? ¿Serás aquel que traicione a su propia familia por el enemigo? — Preguntó con una templanza filosa y Kyo agacho la cabeza enojado, sin poder responder esa pregunta. Eran exactamente las mismas preguntas sin respuesta que se había estado haciendo desde que entendió sus sentimientos por Iori.

— Él no es mi enemigo, ni lo será nunca de ahora en adelante. — Reitero el castaño levantando la vista y confrontando la aguda mirada de Shizuka.

Ella apreció como aquellas palabras habían herido profundamente a su hijo. Ella sabía que él nunca traicionaría su familia, pero su apego a Iori Yagami era algo peor de lo que habría imaginado. Si lo presionaba demasiado podría terminar renunciando a todo por el bienestar de aquel hombre. Suspiró con tristeza.

— Confío en que serás un buen representante para todos y cumpliras con tus deberes de líder, esposo y padre cuando llegue el momento. —habló Shizuka con templanza e hizo una pausa donde observó a Kyo con ese amor maternal que podía perdonarlo todo—. Recuerda que puedes ver en mi a un incondicional aliado Kyo. Nadie se enterara de esto... —

— Siempre y cuando cumpla con mi rol completo ¿eh? —interrumpió Kyo altanero—. Entiendo.

Shizuka le sonrió con tristeza y asintió. Kyo abandonó la habitación sin mediar mas palabras. La mujer cerró los ojos cansados. La llamada entrante que ella había reconocido al tomar el celular había sido de Benimaru. A pesar de husmear solo un instante en el móvil de su hijo, ese instante en el que leyó aquellas palabras de Iori Yagami le fue suficiente para no desear ver mas. No quiso alterar ni borrar ningún registro ya que necesitaba que Kyo confiara en ella. Tal vez así podría acceder más fácil a aquel bastardo que estaba robando a su hijo.

"¿Qué habrías hecho tú querido?" preguntó pensativa al aire sin pronunciar palabra.


Kyo revisó frenéticamente la lista de llamadas y allí estaban los tres registros inalterados tan solo unas horas atrás durante la tarde. Activó el número regresando la llamada a Benimaru, asegurándose a sí mismo que todo debía estar bajo control o habrían intentado contactarlo nuevamente. El buzón de voz entró de manera automática y Kyo se detuvo en medio del corredor apretando los puños.

Marco a Iori al instante y recibió exactamente la misma respuesta. Maldijo dejando la preocupación fluctuar libre y cuando se disponía a desplegar el contacto de Mai, la llamada entrante de Terry emergió. Kyo entró en la habitación cerrando la puerta tras de sí y contestó.

La voz de Terry se le hizo pesada, nefasta. Su confusión, su temor y su rabia se contagiaron en Kyo con una facilidad inocua. Todos estaban bien, con heridas superficiales y no muy graves, ya habían sido atendidos. Pero las palabras que más habían perforado en su pecho fueron:

"Iori ha desaparecido."