Y(la historia no pertenecees propiedad de Sarah J. Maas, la traducciónpersonaje no me pertenece, le pertenece a traducciones Independientes y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi) (Y las antiguos libros publicados en esta página son de Cellita G)

Capitulo 35

Las cuatro siguientes palabras que salieron de la boca de Candy fueron tan vulgares que disgustaron a Luca. Pero Candy no se movió cuando una línea enorme, irregular y blanca brilló desconcertadamente lejos desde ese ojo rojo.

—Quítate del hielo ahora —le dijo en voz baja a Luca.

Porque esa línea irregular y blanca, aquello eran dientes. Grandes, dientes arrancadores-de-brazos-en-un-mordico. Y otaban desde las profundidades, hacia el agujero que ella había hecho. Por eso no había ningún esqueleto, solo las armas que habían fallado por los tontos que entraron en la cueva.

—Dioses sagrados —dijo Luca, mirando detenidamente detrás de ella. — ¿Qué es eso?

—Cállate y vamos —siseó ella. En la orilla, los ojos de Graham estaban amplios, su cara crispada por debajo de su tatuaje. No se había dado cuenta de que este lago no estaba desierto.

—Ahora, Luca —refunfuñó Graham, su espada fuera, el lo con que había golpeado la tierra todavía envainado en su otra mano.

Nadaba hacia ellos, lentamente. Curioso. Cuando se acercó, podía distinguir un cuerpo que serpenteaba tan tenue como las piedras en el fondo del lago. Nunca había visto nada tan enorme, tan antiguo, y había solo una na capa de hielo que la separaba de él.

Cuando Luca comenzó a temblar, su piel bronceada se volvió pálida, Candy se levantó, el hielo resquebrajándose.

—No mires hacia abajo—dijo ella, agarrando su codo. Un trozo de hielo más grueso se endureció bajo sus pies y se extendió, un camino hacia la orilla. — Vamos —le dijo al chico, dándole un empujón ligero. Él comenzó rápidamente a arrastrarse. Le dejó delan- te, dándole tiempo para que ella pudiera protegerle la espalda, y echar un vistazo hacia abajo otra vez.

Oyó su grito amplio, su enorme cabeza observándola. No era un simple dragón o un dragón heráldico, ni una serpiente o un pez, pero si algo parecido. Le faltaba un ojo, la carne cicatrizada alrededor de la cuenca vacía. ¿Quién demonios había hecho esto? ¿Había algo peor allí abajo, nadando en el vientre de la montaña? Por supuesto, ella había abandonado sus armas en el centro del lago quedando desarmada.

—Rápido—vociferó Graham. Luca estaba en la mitad hacia la orilla.

Candy forzó el mismo deslizamiento que Luca, no con ando en sí misma para permanecer erguida si corría. Cuando dio su tercer paso, un destello blanco como un hueso atravesó las profundidades, retorciéndose como una víbora asombrosa.

La cola larga azotó contra el hielo y el mundo tembló.

Ella se levantó, sus piernas doblándose cuando el hielo se movió de golpe, y entonces se apoyó sobre sus manos y rodillas. Candy lanzó la magia que surgió para proteger, quemar y mutilar. Se retorció y giró a un lado justo cuando la cabeza escamosa y con cuernos se precipitó violentamente hacia el hielo cerca de su pie.

La superficie se sacudió. Más lejos, pero cada vez más cerca, el hielo se rompía. Como si toda la concentración de Graham ahora se enfocara en un estrecho puente de hielo congelado entre ella y la orilla.

—Arma—jadeó, no atreviéndose a ser el centro de atención de la criatura.

—Date prisa —vociferó Graham, y Candy levantó su cabeza lo su cientemente alto para verle deslizando la espada que encontró en el hielo, un viento fresco la empujó hacia ella. Luca abandonó la capa, corriendo, y Candy recogió la dorada empuñadura de la espada cuando le siguió. Un rubí del tamaño de un huevo de cocina estaba incrustado en la empuñadura, y a pesar de la edad de la vaina, la espada brilló cuando ella la batió libremente, como si estuviera recién pulida. Algo hizo un estruendo desde la vaina hacia el hielo, un anillo sencillo y dorado. Lo agarró, metiéndolo en su bolsillo, y corrió más rápido, cuando...

El hielo se alzó otra vez, el boom de la enorme cola tan horrible como el movimiento de la superficie por debajo de ella. Candy se mantuvo de pie en ese momento, permaneciendo sobre sus caderas cuando agarró la espada, parte de ella asombrándose del equilibrio y la belleza de ella, pero Luca, resbalándose y deslizándose, se cayó. Le alcanzó en un instante, le levantó por detrás de su túnica y le agarró fuertemente ya que el hielo volvía a resquebrajarse una vez y otra y otra vez.

Ellos se soltaron, y casi gimió por el alivio de ver la piedra blanca bajo sus pies. El hielo explotó detrás de ellos, agua helada mojándolos, y entonces...

Ella no se paró cuando aquellas fosas nasales resoplaron. No dejó de arrastrar a Luca hacia Graham, cuya frente brilló con el sudor cuando unas garras enormes rasparon el hielo, formando cuatro líneas profundas.

Ella arrastró al chico los últimos diez metros, luego cinco, entonces llegaron a la orilla con Graham, quien se estremeció. Candy se giró justo en el momento para ver algo sali- do de una pesadilla intentando arrastrarse sobre el hielo, su ojo rojo loco de hambre, sus enormes dientes prometiendo una brutal y fría manera de muerte. Cuando el suspiro de Graham terminó de sonar, el hielo se derritió, y la criatura se sumergió.

Atrás en tierra firme, de repente consciente de que el hielo había sido una barrera, Candy agarró otra vez a Luca, quien parecía estar a punto de vomitar, y echaron a correr hacia la cueva. No había nada que impidiera a la criatura salir del agua, y la espada era casi tan útil como un palillo contra ella. ¿Quién sabía a qué velocidad podría moverse en tierra?

Luca cantaba unos rezos ininterrumpidos a varios dioses cuando Candy tiró de él al rocoso camino y bajo el sol deslumbrante de la tarde, tropezando ciegamente hasta que ellos golpearon los tenebrosos bosques, esquivando árboles la mayoría por suerte, cada vez más rápido cuesta abajo, y entonces...

Un rugido sacudió las piedras e hizo que las aves se dispersaran en el aire, las hojas crujiendo. Pero era un rugido de furia y hambre, no de triunfo. Como si la criatura hubiera alcanzado el borde de la cueva y, después de años en el agua líquida, no pudiera resistir la luz del sol. Ella no quiso considerar que, mientras siguieran corriendo con el rugido resonando, que pasaría si hubiera sido de noche. Lo que todavía podía pasar en el anochecer.

Después de un rato, ella sintió a Graham detrás de ellos. Todavía preocupándose solo por el joven a su cargo, quien jadeó y blasfemó todo el camino de regreso a la fortaleza.

oooooooooooooo

Cuando Mistward estuvo a la vista, ella le dijo a Luca solo una cosa antes de que le dejara solo: mantén tu boca cerrada sobre lo que pasó en la cueva. En el momento en el que los sonidos de él se estrellaron a través de la maleza e iban perdiendo intensidad, ella regresó.

Graham estaba de pie allí, jadeando también, su espada ahora envainada. Ella hundió su nuevo lo en la tierra, el rubí en la empuñadura brillaba a la luz del sol.

—Te mataré—gruñó ella. Y se lanzó hacia él.
Incluso en su forma de hada, él era todavía más rápido que ella, más fuerte, y la esquivaba con una uida facilidad. Chocarse contra los árboles era mejor que colisionar contra las paredes de piedra de la fortaleza, aunque no por mucho. Sus dientes chirriaron, pero ella se giró y embistió a Graham de nuevo, ahora estando de pie tan cerca, sus dientes al descubierto. Él no pudo esquivarla cuando ella le agarró por la parte de delante de su chaqueta y le atrapó.

Ah, golpearle a él en la cara se sintió tan bien, incluso cuando sus nudillos crujieron y temblaron.

Él gruñó y la arrojó a la tierra. El aire salió fuertemente de su pecho, y la sangre salió de su nariz escupiendo desde su garganta. Antes de que él pudiera sentarse encima, ella consiguió poner sus piernas alrededor de él y empujó con cada gramo de su fuerza inmortal. Y justo cuando ocurrió eso, él se jó, sus ojos se ampliaron con la furia y la sorpresa.

Le golpeó otra vez, sus nudillos doliendo en agonía.

—Si alguna vez metes a alguien más en esto —jadeó ella, golpeándolo en su tatuaje, en ese maldito tatuaje. — Si alguna vez pones en peligro a alguien más como lo hiciste hoy... —La sangre de su nariz salpicaba en su cara, mezclándose, ella notando un poco de satisfacción, con la sangre del golpe que él le había dado. — Te mataré — Otro golpe, de revés, y distraídamente ocurrió para ella que él todavía se lo devolvía. — Arrancaré tu desagradablemente garganta —mostró sus colmillos. — ¿Lo entiendes?

Él giró su cabeza a un lado para escupir sangre.

Su sangre palpitaba, tan fuerte que cada pequeño control había bloqueado el lugar destruido. Ella presionó contra ello, y la distracción le costó. Graham se movió, y entonces estaba debajo de él otra vez. Ella había destrozado su cara, pero él no parecía preocu- pado cuando refunfuñó:

—Haré lo que quiera.

— ¡Tú no puedes meter a otras personas en esto! —gritó ella, tan alto que los pájaros dejaron de parlotear. Le golpeó, agarrando sus muñecas. — ¡A nadie más!

—Dime por qué, Aelin.

Ese maldito nombre... Clavó sus uñas en sus muñecas.

— ¡Porque estoy harta de eso! —Ella tomó aire, cada respiración estremeciéndola como un hecho horrible había estado manteniéndolo a raya desde la muerte de Annie. — La dije que no ayudaría, por tanto organizó su propia muerte. Porque ella pensó... —Serio, un sonido horrible y violento. — Ella pensó que su muerte me impulsaría a la acción. Pensó que podría hacer algo más que ella, que ella era más digna muerta. Y mintió, acerca de toso. Me mintió porque yo era una cobarde, y la odio por ello. La odio por abandonarme.

Graham todavía la sujetaba, su sangre caliente goteaba en su cara.

Ella lo había dicho. Había dicho las palabras que había estado ocultando durante semanas y semanas. La rabia se esfumó de sí como una ola que se aleja desde la orilla, y soltó sus muñecas.

—Por favor —jadeó ella, sin preocuparse de lo que rogaba, — por favor no involucres a nadie más en esto. Haré cualquier cosa que me pidas. Pero esta es mi línea. Lo que sea menos eso.

Sus ojos se alzaron cuando él nalmente dejó sus brazos. Ella miró jamente la cubierta. No gritaría delante de él, no otra vez.

Él se retiró, el espacio entre ellos era ahora una cosa tangible.
— ¿Cómo murió?
Dejó que la humedad se ltrara por su espalda, refrescando sus huesos.

—Ella manipuló un conocimiento común con el pensamiento de que él necesitaba ma- tarla puesto como una orden en su agenda. Él contrató un asesino, asegurándose de no estar alrededor, y fue asesinada.

Oh, Annie. Ella había hecho todo esto como una esperanza tonta, no dándose cuenta del desperdicio que era. Podría haberse aliado con el perfecto Galan Ashryver y salvar el mundo, encontrando un verdaderamente útil heredero para el trono.

— ¿Qué pasó con los dos hombres? —una pregunta fría.

—Al asesino lo perseguí y le dejé en trozos en un callejón. Y el hombre quien lo contrató... —Sangre en sus manos, en sus ropas, en su pelo, la mirada horrorizada de Añbert. — Lo destripé y tiré su cuerpo en una alcantarilla.

Esas eran dos de las peores cosas que había hecho, por puro odio, venganza y rabia. Espero por el sermón. Pero Graham solamente dijo:

—Bien.

Se sorprendió tanto cuando le miró, y vio lo que había hecho. No su cara magullada y sangrante, o su chaqueta y camisa desgarrada, ahora sucia. Sino donde ella había agarrado sus antebrazos, las ropas estaban quemadas, la piel de debajo cubierta de una herida roja e in amada.

Huellas de sus manos. Ella había quemado directamente el tatuaje en su brazo izquierdo. Ahora a sus pies en ese momento, se preguntaba si debería ponerse de rodillas y empezar a pedir perdón.

Debía de doler como el infierno. Hasta ahora él lo había sobrellevado, la paliza, la que- madura, mientras ella dejaba salir aquellas palabras que habían nublado sus sentidos durante tantas semanas hasta ahora.—Yo... lo siento tanto—empezó, pero él levantó una mano.

—No te disculpes —dijo, — por defender a la gente que te importa.

Supuso que era mucho más que una disculpa que ella podría haber obtenido de él. Asintió, y lo tomó como una respuesta su ciente.

—Voy a guardar la espada —dijo ella, tomándola del suelo. Sería difícil, intentar encon- trar a una mejor en cualquier parte del mundo.

—Tú no te la has ganado —él se calló, pero después añadió: — Pero considera esto como un favor. Déjala en tus habitaciones cuando estemos entrenando.

Habría discutido, pero también era un acuerdo. Se preguntó si él habría hecho algún acuerdo en algún momento del siglo pasado.

— ¿Y si esa cosa nos rastrea por la fortaleza una vez que caiga la noche?

—Aún si lo hace, no puede atravesar los pabellones —Cuando ella elevó sus cejas, él dijo: — Las piedras alrededor de la fortaleza tienen un hechizo para no dejar pasar a los enemigos. Incluso la magia rebota contra ello.

—Oh. —Bien, esto explicaba porque ellos lo habían llamado Mistward. Una tranquilidad, si bien no agradable, el silencio cayó entre ellos mientras caminaban. — Sabes — dijo ella astutamente, — que con esto ya son dos veces que tú hiciste mi entrenamiento un desastre con tus tareas. Estoy bastante segura que esto hace que seas el peor instructor que alguna vez he tenido.

Él le dio una mirada de reojo.

—Me sorprende que te tomara tanto tiempo llamar la atención con ello.

Ella resopló, y cuando llegaron a la fortaleza, las antorchas y velas estaban encendidas como si les estuvieran dando la bienvenida a casa.

ooooooooooooo

—Nunca he visto una vista tan lamentable —siseó Emrys cuando Graham y Candy caminaron con cuidado por la cocina. — Sangre, suciedad y hojas cubriendo cada pulgada de vosotros.

De hecho, eran algo para contemplar, sus caras hinchadas y dañadas, cubiertas de sangre de cada uno, el pelo un desastre, y Candy cojeando levemente. Los nudillos de dos de sus dedos estaban rotos, y su rodilla temblaba por una herida que no recordaba haberse hecho.

—No mejor que un par gatos callejeros, peleándose por horas durante el día y la noche —dijo Emrys, dejando de golpe dos botes de estofado sobre la mesa de trabajo. — Coman, ambos. Y luego limpiasen. Elentiya, no te ocupará de la cocina ni esta noche ni mañana —Candy abrió su boca para objetar, pero el anciano levantó su mano. — No quiero tu sangre en todo. Tú tendrás los problemas que mereces —Estremeciéndose, Candy se desplomó al lado de Graham en el banco, y notó brutalmente el dolor en su pierna, su cara, sus brazos. Notó el dolor en su culo al sentarse justo al lado de él. — Limpia tu boca, también, mientras estás en ello —soltó de golpe Emrys.

Luca se acurrucó al lado del fuego, con los ojos muy abiertos y haciendo un gesto perspicaz, cortante muestra a través de su cuello, como si estuviera advirtiendo a Candy sobre algo. Incluso Malakai, sentado en el otro nal de la mesa con dos guardias en posición, la miraban con sus cejas levantadas.

Graham se encorvó sobre la mesa, removiendo su estofado. Echó un vistazo otra vez a Luca, quien frenéticamente dio unos toques a sus oídos.

Ella había no cambiado de vuelta a su forma humana. Y, bien, ahora habían notado todo, incluso la sangre, la suciedad y las hojas. Malakai la encontró mirando fijamente, y le desafió, solo le desa ó al anciano a decir algo. Pero él se encogió de hombros y regresó a su comida. Por tanto realmente no era una sorpresa después de todo. Tomó un trozo de su estofado y tuvo que tragarse un gemido. ¿Eran sus sentidos de hada, o era más delicioso en la noche?

Emrys estaba mirando el fuego, y Celaena le dio una mirada desa ante, también. Le respondió a través del velo, doliendo cuando cambió a su forma mortal. Pero el anciano le trajo a ella y a Graham una rebanada de pan y dijo:

—Me es indiferente si tus oídos están puntiagudos o redondos, o la forma de tus dientes. Pero —añadió, mirando a Graham. — No puedo negar que me alegre verte esta vez con unos golpes.

La cabeza de Graham se elevó desde su plato, y Emrys le señaló su cuchara.

— ¿No crees que habéis tenido suficientes golpes el uno del otro? —Malakai se puso tieso, pero Emrys continuó. — ¿De qué sirve lo conseguido, aparte de proveerme de una criada cuyo rostro asusta al ingenio de nuestros guardias? ¿Crees que alguno de nosotros quiere escuchar a dos maldiciendo y gritando cada tarde? El lenguaje que utilizas es su ciente para cuajar toda la leche en Wendlyn.

Graham bajó su cabeza y murmuró algo en su estofado.

Por primera vez después de un largo, largo rato, Candy sintió las esquinas de sus labios elevarse.

Y fue entonces cuando Candy caminó hacia el anciano, y se inclinó sobre sus rodillas. Se disculpó, profundamente. A Emrys, a Luca, a Malakai. Se disculpó porque ellos se lo merecían. Ellos aceptaron, pero Emrys todavía la miraba con recelo. Herido, incluso. La vergüenza de lo que le había dicho a ese hombre, a todos ellos, aferrándose a ella durante un tiempo.

Aunque esto hizo que su estómago se contrajera y sus palmas sudaran, aunque ellos no dijeron nombres, no se sorprendió cuando Emrys le dijo que él y otro anciano hada sabían quién era ella, y que su madre había trabajado para ayudarles. Pero se sorprendió cuando Graham se situó en un punto del fregadero y ayudó a limpiar después de la cena.

Trabajaron en un silencio tranquilo. Todavía había verdades que ella no había confesa- do, manchas en su alma que no podía investigar o expresar. Pero tal vez, él no se alejaría si encontraba el coraje para decírselo.

En la mesa, Luca estaba sonriendo con placer. Solo viendo esa sonrisa, la prueba de que los acontecimientos de hoy no le habían marcado completamente, hizo que Candy mirara a Emrys y dijera:—Hoy tuvimos una aventura.

Malakai dejó su cuchara y dijo:

—Déjame adivinar: tuvo algo que ver con ese rugido que emitió el ganado en el pan-demónium.

Aunque Candy no sonrió, sus ojos se encogieron.

—Qué sabes de una criatura que vive en el fondo del lago... —echó un vistazo a Graham al acabar.

—Montaña sin vegetación. Y él no puede conocer esa historia —dijo Graham. — Nadie lo sabe.

—Soy un Guardián de la Historia —dijo Emrys, apartando la mirada con toda la cólera de una de las guritas de hierro de la repisa de la chimenea. — Y eso significa que los cuentos que recopilo no podrían venir de bocas de hadas o humanas, pero las escucho de ellos de todos modos —Se sentó en la mesa, juntando sus manos delante de él. — Escuche una historia, hace unos años, de un tonto que creía que podría cruzar las Montañas Cambrian y entrar en el reino de Maeve sin invitación. Estaba en su camino de regreso, apenas aferrándose a la vida gracias a los lobos salvajes de Maeve en los caminos, por tanto le trajimos aquí mientras que enviamos a buscar a los médicos.

Malakai murmuró:

—Así que por eso tú no le darías un momento de paz —Un brillo en aquellos ojos viejos, y Emrys le dio a su compañero una sonrisa irónica.

—Él tenía una infección temible, en ese momento pensé que podría haber sido un sueño a causa de la fiebre, pero me dijo que había encontrado una cueva en la base de la Montaña Bald. Acampó allí, porque llovía y hacía frío y planeó salir al amanecer. Aun así, sintió que algo le estaba observando desde el lago. Se quedó dormido, y solo se despertó porque las olas retumbaban contra la orilla, olas desde el centro del lago. Y justo más allá de la luz de su fuego, en lo profundo, divisó algo nadando. Más grande que un árbol o cualquier bestia que alguna vez hubiera visto.

—Oh, eso fue horrible —interrumpió Luca.

— ¡Dijiste que hoy saldrías con Bas y los otros exploradores a la patrulla de la frontera! — gritó Emrys, entonces dio a Graham una mirada que sugería que lo mejor era que probara su siguiente comida con veneno.

Emrys aclaró su garganta y contempló la mesa otra vez, perdido en sus pensamientos.

—Lo que el tonto aprendió esa noche fue esto: la criatura era casi tan vieja como la propia montaña. Afirmó haber nacido en otro mundo, pero había aparecido en este cuando los dioses miraban en otros lugares. Se había alimentado de hadas y humanos hasta que un poderoso guerrero hada lo había desa ado. Y antes de que el guerrero se fuera, dañó un ojo de la criatura, por rencor o por deporte, y maldijo a la bestia, de modo que mientras esa montaña estuviera de pie, la criatura se vería obligada a vivir bajo ella.

Un monstruo de otro mundo. ¿Había entrado durante las guerras de Valg, cuando los demonios habían abierto y cerrado los portales a otro mundo? ¿Cuántas de las horribles criaturas que moraron en esta tierra solo estaban aquí debido a las antiguas batallas de las llaves del Wyrd?

—Por tanto ha estado viviendo en el laberinto de cuevas submarinas bajo la montaña. No tiene nombre, olvidó como se llamaba hace mucho tiempo, y aquellos a quienes conoce no los devuelve a casa.

Candy frotó sus manos, estremeciéndose cuando la herida de la piel de sus nudillos se estiró con el movimiento. Graham miraba jamente a Emrys, su cabeza se ladeó ligera- mente hacia un lado. Rowan la miró, haciendo como si la escuchara, y preguntó:

— ¿Quién era el guerrero que hirió su ojo?

—El tonto no lo sabía, y tampoco la bestia. Pero la lengua que habló era hada una for- ma arcaica de la Vieja Lengua, casi indescifrable. Podía recordar el anillo de oro que él llevaba, pero no como se veía.

Tomó cada pizca de esfuerzo no meter la mano en su bolsillo y agarrar el anillo que había puesto ahí, o examinar la espada que había dejado en la puerta, y el rubí que podría no ser el rubí después de todo. Pero era imposible, demasiada coincidencia.

Podría haber dado una mirada urgente a Graham quien no alcanzaba su vaso de agua. Lo escondió bien, y no creyó que nadie lo notara, pero cuando la manga de su chaqueta se movió, se estremeció, muy ligeramente. Las quemaduras que ella le había hecho. Se habían ampollado muy pronto, ahora deberían estar gritando en agonía.

Emrys dio al príncipe una mirada fija.
—No más aventuras.
Rowan echó un vistazo a Luca, que parecía explotar de la indignación. —De acuerdo.
Emrys no se echó atrás.
—Y no más peleas.

Graham encontró la mirada fija de Candy sobre la mesa. Su expresión no cambió nada.

—Lo intentaremos.

Incluso Emrys considero eso como una respuesta aceptable.

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A pesar del agotamiento que se cernía sobre ella como una pared, Candy no podía dormir. Seguía pensando en la criatura, en la espada y en el anillo que había estado contemplando durante una hora sin obtener nada, y el control, no obstante inestable, que había logrado tener en el hielo. Aún seguía dando vueltas a lo que le había hecho a Graham, como le había quemado gravemente.

Su tolerancia al dolor debía de ser enorme, pensaba cuando se enroscó en su cama, se acurrucó contra el frio de la habitación. Observó su bote de bálsamo. Él debería haber ido a un curador para aquellas quemaduras. Se movió y dio vueltas durante más de cinco minutos antes de que se deslizara en sus botas, cogiera el bote, y saliera. Probablemente volvería a dolerla la cabeza otra vez, pero no conseguiría conciliar el sueño si estaba tan ocupada sintiéndose culpable. Dioses, se sentía culpable.

Llamó suavemente a su puerta, esperando que no estuviera allí. Pero él respondió de inmediato:

— ¿Qué? —y ella se estremeció y entró.

Su habitación estaba caliente y cálida, un poco vieja y lamentable, sobre todo por las mantas abandonadas en la mayor parte del suelo de piedra gris. Una cama con cuatro columnas grandes ocupaba la mayor parte del espacio, una cama que todavía estaba hecha, y vacía. Gragam se sentó en la mesa de en frente de la chimenea esculpida, sin camiseta y examinando lo que esperaba ser un mapa marcado con la posiciones de aquellos cuerpos.

Sus ojos destellaron con molestia, pero ella le ignoró cuando estudió el enorme tatuaje que iba desde su cuello y hombros y cubría la totalidad de su brazo izquierdo, directamente a las yemas de sus dedos. Realmente no lo había visto ese día en los bosques, pero ahora se maravilló de su belleza, trazos intactos, salvo por las esposas, la quema- dura alrededor de su muñeca. Ambas muñecas.

— ¿Qué quieres?

No había inspeccionado su cuerpo tan detenidamente antes, tampoco. Su pecho, bastante bronceado sugiriendo que había pasado una gran cantidad de tiempo sin camiseta, estaba esculpido con músculos y cubierto de cicatrices gruesas. De luchas o batallas o a saber qué. El cuerpo de un guerrero que él había tenido siglos para perfeccionar.

Ella movió el bálsamo hacia él.

—Creía que podrías querer esto.

Él lo agarró con una mano, pero sus ojos permanecieron jos en ella.

—Me lo merecía.

—No significa que no me pueda sentir mal.

Él giró el bote repetidas veces entre sus dedos. Había una cicatriz particularmente larga y desagradable debajo de su pectoral derecho, ¿Dónde se la había hecho?

— ¿Esto es un soborno?
—Devuélvemelo, si vas a fastidiarme —Ella estiró su mano.
Pero él cerró sus dedos alrededor del bote, luego lo puso en la mesa. Dijo:
—Tú puedes curarte. Cúrame. Nada importante, pero tú tienes ese regalo.
Lo sabía. Su magia había curado a veces sus heridas sin ser consciente de ello.

—Es la gota de la afinidad acuática que heredé del linaje de Mab —El fuego había sido el regalo de la línea de sangre de su padre. — Mi madre —las palabras la hacían sentir enferma, pero las dijo por alguna razón, — me dijo que la gota del agua en mi sangre era mi salvación, y el sentido del instinto de conservación —Un asentimiento por parte de él, y ella confesó: — Quise aprender a usarla como los otros curadores, hace mucho tiempo, quiero decir. Pero nunca se me permitió. Dijeron... bien, no sería del todo útil, ya que no poseía la mayor parte de ello, y las reinas no se convertían en curadores —Debería de parar de hablar.

Por la razón que sea, su estómago se contrajo cuando él dijo:

—Vete a la cama. Ya que mañana te encargas de la cocina, entrenaremos al amanecer —Bien, seguramente merecía el rechazo después de haberle quemado de esa forma. Por tanto se dio la vuelta, y tal vez se veía tan patética como se sentía, porque de repente dijo: — Espera. Cierra la puerta.

Le obedeció. Él no le dio su permiso para sentarse, así que se apoyó sobre la puerta de madera y espero. Él se mantuvo de espaldas a ella, y observó sus músculos impactantes ampliarse y contraerse cuando respiró hondo. Entonces otra vez. Y luego...

—Cuando mi compañera murió, me tomó mucho, mucho tiempo volver.

Ella se tomó un momento para pensar que decir.

— ¿Cuánto tiempo?

—Doscientos tres años, hace veintisiete días —Señaló el tatuaje en su cara, cuello, brazos. — Esto cuenta la historia de cómo pasó. Llevaré la lástima hasta mi último aliento.

El guerrero que había venido el otro día tenía sus ojos huecos...

—Otros vienen a ti para tener su propia pena y dolor tatuados en ellos.

—Gavriel perdió a tres de sus soldados en una emboscada en las montañas del sur. Se mataron brutalmente. Él sobrevivió. Mientras fue un guerrero, se tatuó los nombres de aquellos que bajo su orden han caído. Pero donde la culpa está tiene poco que ver las marcas.

— ¿Te culpas?

Lentamente, él se dio la vuelta, no completamente del todo, pero lo su ciente para mirarla de reojo.

—Sí. Cuando era joven, era... violento en mis esfuerzos para ganar valor para mí mismo y mi línea de sangre. Dondequiera que Maeve me enviaba a campañas, iba. A lo largo del camino, me uní con una mujer de nuestra raza. Lyria —dijo, con respeto— vendía ores en el mercado de Doranelle. Maeve lo desaprobaba, pero... cuando conoces a tu compañera, no hay nada que puedas hacer para cambiarlo. Era mía, y nadie podía decirme lo contrario. Uniéndome a ella a costa de la aceptación de Maeve, y todavía anhelaba gravemente demostrármelo a mí mismo. Así pues, cuando la guerra llegó y Maeve me ofreció una posibilidad para redimirme, la tomé. Lyria me suplicó que no fuera. Pero era tan arrogante, tan desencaminado, que la abandoné en nuestra casa de la montaña y me marché a la guerra. La dejé sola —dijo una y otra vez mirando a Candy.

Me dejaste, le había dicho ella a él. Esto fue cuando él estaba roto, las heridas de hace unos siglos resurgiendo hasta tragarle tan cruelmente como su propio pasado la consumió.

—Me fui durante meses, ganando toda esa gloria que tan tontamente busqué. Y luego conseguimos el mensaje de que nuestros enemigos habían estado tratando en secreto de conseguir la entrada a Doranelle a través de los caminos de la montaña —Su estómago se contrajo. Graham pasó su mano a través de su pelo, que cubría su cara. — Volé a casa. Tan rápido como nunca antes. Cuando llegué allí, encontré esto... encontré que ella tuvo un niño. Y ellos la habían matado, y habían quemado nuestra casa.

—Cuando tú pierdes a tu compañera, tú no... —Un movimiento de su cabeza. — Perdí todo el sentido de mí, del tiempo y el lugar. Los perseguí, a todos los que la hirieron. Me tomó mucho tiempo matarlos. Estaba embarazada, había estado embarazada desde que la abandoné. Pero había estado tan enamorado de mis tontas órdenes que no me había percatado de ella. Dejé a mi compañera embarazada sola.

Su voz se rompió, pero ella logró decir:
— ¿Qué hiciste después de matarlos?
Su cara se tensó y sus ojos se concentraron en algún lugar remoto.

—Durante diez años, no hice nada. Desaparecí. Me volví loco. Más allá de la locura. No sentía nada en absoluto. Yo solo... me abandoné. Vagué por el mundo, en todas mis formas, apenas notando las estaciones, comiendo solo cuando mi halcón me decía que necesitaba alimentarse o moriría. No me hubiera importado morir, excepto que yo... no podía ocuparme de mí mismo... —Se calmó y aclaró su garganta. — Me podría haber quedado así para siempre, pero Maeve me encontró. Dijo que había sido su ciente tiempo para estar de luto, y que la debía servir como príncipe y comandante, trabajando con un puñado de otros guerreros para proteger el reino. Era la primera vez que había hablado con alguien desde ese día que encontré a Lyria. La primera vez que había escuchado mi nombre, o lo había recordado.

— ¿Por tanto te fuiste con ella?

—No tenía nada. Ni a nadie. En ese punto, esperé que sirviéndola pudiera acabar muriendo, y entonces podría volver a ver a Lyria otra vez. Así pues cuando regresé a Doranelle, escribí la historia de mi venganza en mi piel. Y luego me uní a Maeve con un juramento de sangre, y la he servido desde entonces.

— ¿Cómo... cómo te curaste de esa clase de pérdida?

—No lo hice. Durante mucho tiempo no podía. Creo que todavía... no miró hacia atrás. Nunca podría.

Ella asintió, apretando los labios, y echó un vistazo hacia la ventana.

—Pero tal vez —dijo él, lo su ciente silencioso para que ella lo mirara otra vez. No sonrió, pero sus ojos parecían curiosos, — tal vez nosotros podríamos encontrar la manera de mirar atrás juntos.

Él no pediría perdón por el hoy, o por el ayer, o por ninguno de ellos. Y ella no le preguntaría, no ahora que entendía que en las semanas que le había estado mirando había parecido como una mirada de re exión. No la extrañaba haberle aborrecido.

—Pienso —dijo, apenas un susurro, — que me gustaría muchísimo. Él sostuvo su mano.
—Juntos, entonces.

Ella observó sus cicatrices, su palma encallecida, entonces su cara re ejaba, una clase de severa esperanza. Alguien quien podría, podría entender cómo se mutilaba tu corazón, alguien quien todavía escalaba pulgada a pulgada ese abismo.

Quizás nunca saldrían de ello, quizás nunca volverían a recuperarse, pero... —Juntos —dijo ella, y tomó su mano extendida.
Y en algún sitio lejos y profundo dentro de ella, un ascua comenzó a brillar.