Tercera parte: atando cabos

Si te postran diez veces te levantas

Otras diez, otras cien, otras quinientas…

No han de ser tus caídas tan violentas

Ni tampoco, por ley, han de ser tantas.

Con el hambre genial con que las plantas

Asimilan el humus avarientas,

Deglutiendo el rencor de las afrentas

Se forjaron los santos y las santas.

Obsesión casi asnal para ser fuerte

Nada más necesita la criatura

Y en cualquier infeliz se me figura

Que se rompen las garras de la suerte…

¡Todos los incurables tienen cura

Cinco segundos antes de la muerte!

"Avanti", Pedro Bonifacio Palacios ("Almafuerte"), en "Siete sonetos medicinales".


Capítulo treinta y siete

Zeus


Santuario de Atenea (específicamente, una de las habitaciones para invitados)


Zeus reconoció los pasos que se aproximaban a su habitación. A pesar de las múltiples reencarnaciones, una cosa que no cambiaba era la manera de caminar de Atenea. Lástima que todo lo demás sí cambiaba.

Tres golpes a la puerta para anunciar su llegada y la joven entró.

No se había tomado el trabajo de observarla bien en esa reencarnación, pero ahora sí la miró con fijeza.

Quedaba muy poco de los rasgos perfectos y severos que recordaba de cuando surgió (adulta, armada, con un grito de guerra) de su cabeza.

Esta versión de Atenea tenía un rostro suave y dulce, en el que brillaban unos ojos grandes, tristes e inocentes.

Qué desgracia.

-Buenos días, padre. ¿Estás cómodo aquí?

-¿Cómodo? ¿Qué clase de pregunta es esa?

En realidad no tenía motivo de queja. Lo único incómodo eran los grilletes, que le impedían hacer uso de sus poderes y estorbaban sus movimientos, pero él mismo le había especificado a Hefesto cómo debían ser esos grilletes y su hijos, como siempre, había hecho un trabajo perfecto.

Ah, pero Atenea tendría que esperar hasta el fin del mundo antes de que él admitiera que estaba siendo bien tratado hasta el momento y que le sorprendía no estar recibiendo (todavía) el mismo trato que reservaba para Ares.

-Imagino que si tuvieras motivos de queja, me los estarías haciendo saber.

-Como sea. ¿Estás aquí para comunicarme los detalles de mi ejecución?

-Padre, nadie va a ejecutarte.

-Eso es un error. Si Ares quiere asegurar el poder, tiene que eliminarme. De otro modo, aquellos que me apoyan se rebelarán contra él y…

Se interrumpió al notar la expresión en aquella cara que no escondía ningún pensamiento.

-No pretenderás decirme que todo el Olimpo ha decidido apoyar a Ares.

-No diría que es un apoyo completo ni tampoco unánime, pero…

Zeus frunció el ceño.

-Traidores todos, lo suponía, pero quise darles el beneficio de la duda.

-Padre…

-¿A qué viniste?

-Pensé que podríamos hablar, explicarte…

Zeus la interrumpió al acercarse hasta quedar frente a ella.

-Explicarme. Tomaste una decisión y colocaste tu lealtad en alguien más. ¿Qué hay que explicar a eso? ¡No pretenderás decir que lol hiciste por mi bien!

-Pero, padre…

-¡Cállate y escucha! ¿Acaso no resulta evidente que la rebelión de Ares no habría llegado a ninguna parte sin tu interferencia? ¡Es más, ni siquiera habría iniciado! Niké seguiría en tu báculo y él seguiría en donde lo mandé encadenar.

-En su propia casa. Convertiste a sus hijos en esclavos o fugitivos y lo que le hiciste a él y a su esposa fue cruel. A mí me usaste para esa crueldad cuando encerraste a Niké en el báculo y me lo diste como un regalo.

-Mi hija más leal -respondió él, con tono burlón-. Muchas veces alardeaste al asegurar que me obedecerías siempre, pero cambiaste de bando a la hora de la verdad.

-Padre…

-¿Lo negarás? ¿Te atreverás a decir que no comprendiste de inmediato que solo mi poder lograría encerrar así a Niké? ¿Intentarás convencerme de que no te diste cuenta de que solamente yo pude poner la Victoria en tu mano? …Ahora callas. Lo supiste desde el momento en que Eris te informó dónde estaba su madre. ¿Y qué hizo mi hija más leal? ¿Acaso comprendió que debía mantener prisionera a quien yo encerré o cuando menos consultarme al respecto? ¡No! La liberaste y luego liberaste a Ares y después de eso conspiraste con mis hermanos para ponerlo en el trono del Olimpo.

Dicho eso, se apartó de ella para contemplar el paisaje por la ventana.

-No quise ser cómplice de una injusticia -trató de defenderse ella.

-Ahora hablas como Hades. "Justicia" aquí, "justicia" allá. ¿Qué justicia puede haber cuando te has rebelado en mi contra?

¿Y qué pretendía Atenea al poner esa expresión tan triste como si no comprendiera lo que acababa de decirle?

-Si en verdad eres mi hija más leal, me liberarás en este momento y dejarás de cuestionar mis órdenes.

-¿Qué harás si te libero?

-Arreglar las cosas, por supuesto.

-¿Y, por "arreglar las cosas", se entiende…?

-Recuperar el trono y encadenar a ese hermano tuyo, ya no en el Areópago, sino en lo más profundo del Tártaro, junto con todos los que lo apoyan.

La vio palidecer y eso alimentó su cólera. ¿Cómo era posible que dudara en obedecer a su soberano si no era una traidora, como todos los demás?

-¿Te quedas callada? ¿Qué es lo que esperas para actuar?

-Vine a razonar contigo.

Curioso, la hija estaba repitiendo sin saberlo las últimas palabras de la madre.

-Lo único que has hecho desde que entraste ha sido parlotear y repetir "padre". Trae aquí a Momo para que me quite los grilletes, o tráeme sus manos, eso también sirve. Hazlo ahora, te lo ordeno.

Ella respiró hondo antes de responder.

-No.

Él no lo podía creer. ¿Toda esa insistencia sobre la razón y la justicia fue únicamente una introducción ridícula para anunciar que pertenecía al bando enemigo?

-Ya veo -logró retener su dignidad al esconder el dolor que sentía detrás de una mirada desdeñosa-. Entonces no tenemos nada más que hablar. Reniego de ti, Atenea, ya no eres mi hija.

La diosa de la Guerra Inteligente tuvo al menos el buen sentido de no replicarle más y salir de su habitación.

Si acaso la escuchó sollozar mientras se cerraba la puerta, Zeus fingió no darse cuenta.