37 – Reichenbach
Holmes
Watson habría dicho que era un lugar angustioso. El torrente de agua que teníamos delante lo salpicaba todo, mojando las rocas y a nosotros con ellas. El sendero estaba húmedo y se veían claramente las huellas que íbamos dejando al bajar por él.
Era en la fosa del fondo donde realmente yacía todo su potencial para el terror. Su profundidad era imperceptible y lo único que uno podía ver era todo aquel exceso de agua fluyendo por las duras paredes de roca que la rodeaban. Permanecimos unos momentos contemplando desde el borde del acantilado aquella vista tan inusual.
Yo estaba casi más interesado en la reacción de Watson. Parecía fascinado y horrorizado al mismo tiempo.
—¿No le gusta Reichenbach, querido amigo?
—Suena casi como una voz gritando allá abajo.
Mi amigo se estremeció, pero cuando me miró su sonrisa era serena y genuina. Nuestra larga estadía en Sussex había ayudado a restaurar su paz mental. Y nuestro viaje al continente estaba consolidando su recuperación.
—¿Ya ha tenido suficiente? —preguntó cuando empuñé mi bastón alpino.
—En efecto. No es una vista que quisiera perderme; pero tampoco es agradable.
Sólo cojeaba ligeramente cuando emprendimos el camino de regreso por el sendero, pero tenía los ojos puestos en el suelo, así que Watson fue el primero en descubrir al chico.
—¡Holmes!
Levanté la vista y vi a un muchacho suizo con el que ya nos habíamos encontrado antes en el hotel. El chico corría con peligrosa rapidez hacia nosotros, enarbolando algo en la mano.
—¿Qué querrá? —preguntó Watson.
—Herr doctor! —parloteaba el chico sin aliento mientras se acercaba.
Le tendió a Watson un pequeño sobre de papel marrón.
Mi amigo extrajo una nota y la leyó rápidamente.
—¿Algo serio?
La tensión (más profundamente marcada en su rostro que en años anteriores) se suavizó enseguida y se echó a reír.
—En absoluto.
Metió la mano en el sobre y sacó un par de gemelos.
—Parece que olvidé esto.
Le tendió una moneda al chico y lo hizo regresar a un paso más sosegado.
—El bueno de Steiler —dije.
—En efecto.
Watson se lo metió todo en un bolsillo y, alegremente, echó a andar por el sendero, más seco, haciendo un ruido acuoso con las botas completamente manchadas de barro.
—¿A Ronselaui?
—Por supuesto —respondí.
Caminamos a buen paso, complacidos con nuestra retornada salud y con los fondos de Mycroft en nuestros bolsillos.
Los gritos de las cataratas pronto se desvanecieron a nuestra espalda, rápidamente olvidados.
FIN
