Un chillido me despertó. Mi corazón latía a mil por hora y podía sentir como todo el ambiente de aquel día nublado parecía estar enrarecido. Observé que mi cuerpo estaba prácticamente descubierto y me sorprendí al recordar a la perfección que aquella noche había tapado con la colcha mi anatomía al ser sumamente friolera.
Negué rápidamente. No había tiempo de estupideces en ese momento. Salí de entre las sábanas y busqué la bata con la que me paseaba por mis aposentos antes de meterme en la cama. La crucé y abroché con soltura para después correr hasta la puerta de mi alcoba. Abierta esta fui hacia donde estaban todos los guardas de palacio.
Mi padre llegaba en ese momento también, corriendo, despeinado, loco. Parecía uno de aquellos criados que siempre mandaba a realizar cálculos complicadísimos para mantener a raya al enemigo.
Cuando llegué a la sala en la que cada cuerpo se había perdido observé la peor escena que jamás hubiese imaginado. Brigitte tendida en el suelo semidesnuda y con los ojos abiertos, yacía muerta a los pies de todos. Llevé una de mis manos a mi pecho y volví sobre mis pasos. Brigitte era una de mis criadas, una de todas las que había salvado de la pobreza y había tenido ese final.
Estando fuera de la estancia cerré con fuerza mis ojos intentando de esa manera borrar aquella visión tan espantosa de la muerte. Su cuello había sido desgarrado como cuando se desgarra la carne de un animal con los dientes, sus senos apretados hasta quedar rojos y mordidos con severidad. Aquello era sumamente atroz. ¡Mi pobre Brigitte! Las lágrimas descendían por mis mejillas sin miramientos, intentando de esa manera poder calmar la angustia ante lo visto.
- ¡Esto es obra de los rebeldes! -gritó mi padre.
Giré mi rostro en la dirección de aquellos alaridos. Sentí una punzada de dolor en mi pecho al saber que mi padre solamente podía pensar en sí mismo hasta en la muerte de los demás. Los rebeldes solamente deseaban su muerte no la del resto de la corona y mucho menos la de sus criados.
- ¡Registrad el castillo! Debemos saber si aún estás entre mis muros esos indeseables -les ordenó a varios de los guardas.
Uno tras otro fueron pasando a mi lado para después correr en fila por el pasillo perdiéndose en el enorme edificio.
Mi corazón palpitaba aún más fuerte intentando contener la rabia que en mi organismo se formaba. Deseaba chillar a mi padre que el primer indeseable era él pero cuando iba a dejarme cegar por la ira, sentí unas manos que rápidamente me guiaban hasta otro lugar.
Alcé mi mirada y observé como mi hermano Gabriel con el rostro serio, miraba al frente. Su mandíbula estaba apretada, sus ojos abiertos pero el semblante frío, gélido. Daba miedo contemplarle. Aquel no parecía mi hermano en absoluto.
Caminamos de vuelta hasta mi dormitorio y una vez dentro cerró la puerta tan cuidadosamente como supo. Se giró hacia mí y frunció su ceño como esperando una explicación. Al ver el recorrido de mis lágrimas en mis mejillas que aún se secaban, alargó sus brazos y me apretó contra su pecho para consolarme.
Sus musculosos brazos conseguían que me encontrase segura. Era el único que conocía todo de mí por lo que podía ser yo misma y desproticar de mi padre a pesar de intentar ser una señorita decente y de la que no pudiese decirse que le faltaban los modales.
- ¿Estás bien, Helen? -susurró entre mis cabellos.
Asentí. Por el momento no estaba segura de poder hablar con él en un tono monocorde, sin alzar la voz para que nadie de todo el palacio pudiese enterarse de nuestra conversación. En ocasiones incluso habíamos hablado a través de cartasaunque estuviésemos a menos de un metro el uno del otro.
- Te advierto que no ha sido la resistencia -me informó.
Aquello ya lo sabía. Mi hermano Gabriel, desde que había vuelto de su última batalla a las órdenes de mi padre, se había unido a los rebeldes. Él había visto con sus propios ojos como el rey dejaba morir a sus hombres sin importarle nada salvo su orgullo y su grandeza. Cronsworld no tenía porqué estar en guerra todo el tiempo pero él mismo provocaba las batallas cuando se aburría o había pasado mucho tiempo entre una y otra. De ahí que hubiese tantísima escasez de bienes para sus súbditos.
- La resistencia no asesina. Al menos no cuando no estamos en guerra -susurró mientras me separaba de él.- El rey desconoce que ahora mismo hay pocos de nosotros. En su último golpe mató a muchos de nosotros por lo que ahora se están escondiendo en las montañas. Sobreviven de lo que cazan y luchan contra el hambre y los cambios de estaciones mientras piensan como lograrán volver a tener el poder que en tiempo anteriores.
Con paso vacilante paseó desde la puerta de la habitación hasta la ventana que estaba más lejos de esta volviendo una y otra vez sobre sus pasos, caminando en círculos. Podía sentir en mi propia piel su frustración, su ira contenida y a punto de estallar contra mi padre.
Me senté en la cama con temor a ser el blanco de sus sentimientos pero cuando hube recobrado un poco más mi autocontrol, aclaré mi garganta y comencé a hablar.
- ¿Sigues en contacto con los rebeldes? -pregunté con un hilo de voz.
Gabriel dirigió su mirada a la mía y asintió.
Sabía que debía seguir hablando pero a mi mente solamente venía el recuerdo de mi primer cadaver, una de las muchachas que más había querido en toda la corte.
- ¿Sabes… quién pudo ser?
Paró en seco. Sus manos se apretaron a sus costados y sus cejas parecieron volverse completamente rectas. Su mandíbula se endureció de manera que se podía observar lo realmente anguloso que era su rostro.
- Hay muchas cosas que no sabes de este mundo, mi pequeña Helen, pero sí, conozco perfectamente quién ha podido hacer algo semejante. Y tú también conoces a ese ser.
Abrí mis ojos de par en par. ¿Cómo era posible que conociese a un hombre o mujer tan despiadado? Busqué en mi memoria comportamientos similares pero ninguno parecía asemejarse ni lo más mínimo. Debía estar confundido. Ante cualquier avismo de locura, de crueldad o de acoso, yo misma hubiese dado parte a los guardias para que nadie más molestase a ninguna de mis muchachas.
Suspiró mientras se acercaba a mí. Por un instante me encogí pero después recordé que era mi hermano y jamás me lastimaría.
- Helen, en este mundo existen… existen criaturas y una de esas criaturas es… el conde Byron.
Al escuchar ese nombre me sonrojé hasta lo indecible pero me horroricé en el instante. ¿Aquel hombre era capaz de semejantes barbaridades? ¿Y qué tipo de criatura era?
