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Capítulo 37 Sin Ron
Draco se giró fugazmente al escuchar los gritos de Harry y al comprender lo que había pasado sintió una oleada de pánico recorriéndole el cuerpo. Ron gravemente herido o muerto, Harry había dejado de luchar, Dione no tenía ya flechas… ¿Qué iba a pasarles? No quería morir allí, no quería dejar solos a sus hijos o que los Parásitos ganaran. Pero cuando se deshizo con un Diffindo del Klargott que le acosaba, cortándole un brazo y haciéndole huir, miró enloquecidamente a su alrededor en busca de más criaturas con las que luchar y se dio cuenta de que ya no quedaba ninguna. Quince o veinte Klargotts yacían en el suelo, empapándolo con su sangre casi negra. Los demás habían escapado.
Durante unos segundos no pudo moverse: la adrenalina que corría por sus venas le exigía que siguiera peleando, su cerebro todavía le avisaba de que estaban en peligro mortal. Pero después asimiló que la batalla había terminado y corrió rápidamente hacia Harry, llamándole.
-¡Draco! –Harry le agarró de la mano y le dio un estirón para que se arrodillara a su lado. Un segundo después, Draco se encontró abrazando a Harry con todas sus fuerzas-. Me alegra que estés bien…
-Estoy bien… Lo siento, Harry. Lo siento.
-No puedo curarle… Se está muriendo.
Era espantoso, como si se estuviera convirtiendo en piedra o algo así. Draco usó su varita para hacer que su mochila, que estaba en su tienda, saliera volando hacia él y buscó dentro su maletín de viaje para pociones. Tenía un bezoar, nunca salía de viaje sin él. Pero cuando se lo puso entre los labios, no consiguió que Ron lo tragara.
-Vamos, Weasley… Vamos…
Sin mucha esperanza, Draco le lanzó también un par de hechizos, pero no surtieron efecto. Los demás se estaban acercando. Dione tenía un feo arañazo en el lomo y a Luna se le estaba amoratando la mitad de la cara. Él se encontraba bien. Se había dado un costalazo contra un árbol mientras luchaba y seguramente también tendría una buena moradura allí, pero no era nada de importancia.
-Oh, no, pobre Ronald… -musitó Luna-. Harry…
Betty apareció de pronto a su lado, varita en la mano.
-¿No hay nada que podamos hacer?
Los gnomos también estaban empezando a salir de sus casas. Por lo que parecía, había algunos heridos por causa del fuego, pero la mayoría se habían escondido en las habitaciones que tenían bajo tierra y estaban indemnes. Cuando vieron a Ron, prorrumpieron en lamentos y se acercaron corriendo a verlo.
-Por favor, ayudadle –suplicó Harry, con lágrimas en los ojos-. Tiene que haber una manera de salvarlo.
Draco vio como la curandera de aquel pequeño poblado, Moira Hojasdeoro, se abría paso entre los suyos para acercarse a Ron. La noche anterior, Moira le había escuchado toser y le había dado un frasco de jarabe que para él equivalía a una cucharada. Sólo con esa dosis se encontraba mejor de los pulmones de lo que se había sentido en mucho tiempo, así que sabía que la curandera era buena.
La diminuta anciana se aproximó a los ojos de Ron, abrió uno de sus párpados y examinó su iris. Después apoyó el oído en la carótida, escuchando quizás su pulso. Draco se descubrió a sí mismo conteniendo el aliento y rogando por un poco de suerte. Ron y él jamás se habían llevado bien, pero a lo largo de aquellos días en Ávalon se habían acercado más, todos lo habían hecho. Y ver a Harry así de destrozado, además, le estaba partiendo el alma.
-El veneno le afecta más lentamente que a nosotros, quizás podamos hacer algo todavía, pero necesito hojas de laurel –dijo entonces Moira-. Yo tengo algunas, pero no son suficientes para alguien de su tamaño.
-Yo tengo –dijo Draco, a la vez que Dione.
Draco llevaba las suyas en su mochila y la centáuride, en su bolsa de cuero. Los dos se las tendieron a Moira, pero la curandera les dijo que las machacaran hasta convertirlas en polvo. Draco sacó su mortero y se puso a hacer lo que le habían dicho a toda velocidad. Mientras, uno de los gnomos le llevó un barril a Moira y ésta le indicó a Draco que mezclara el líquido que había dentro con el polvo de laurel. El mismo gnomo le había llevado también un frasco de cristal y la propia Moira vertió cinco gotas en el mortero.
-Vamos, debe tomárselo ya, no hay tiempo que perder.
Aunque no había tenido mucho éxito haciéndole tragar el bezoar, Draco comprendió que iba a tener que volverlo a intentar otra vez con aquel brebaje. Para entonces, la mayor parte de Ron parecía ya hecha de piedra, ropa incluida. Había dejado de convulsionar y estaba en la misma postura que si hubiera sido atacado con un Petrificus Totalis. Era imposible levantarle la cabeza para que pudiera beber, era ya prácticamente una estatua, así que Draco le pidió ayuda a Hagrid y éste alzó a Ron un poco por los hombros. Consciente de que tenía los ojos de todos puestos en él, especialmente los de Harry, le acercó el mortero a los labios grisáceos. Durante un momento pensó que no iba a pasar nada, que era demasiado tarde, pero cuando el líquido llenó por completo la cavidad hueca que había entre los labios de Ron, le pareció escuchar el eco de una tos y el líquido desapareció como si lo hubiera tragado. Draco oyó un murmullo de excitación a sus espaldas mientras le daba el resto del líquido del mortero.
-¿Se pondrá bien? –preguntó Harry.
La curandera examinó el rostro de Ron y después trepó hasta colocarse donde estaba su corazón, si es que todavía tenía uno. Cuando bajó de nuevo al suelo, su expresión era seria.
-Que haya aceptado esa primera dosis de poción es buena señal, pero es pronto para saberlo. Mientras el veneno esté dentro de él, puede activarse y matarlo. Pasarán semanas, puede que meses, antes de que esté fuera de peligro.
Draco suspiró para sus adentros. No era del todo una mala noticia, al menos había una oportunidad de que Ron se recuperara, pero no disponían de ese tiempo. Y la expresión de Harry, que había ido de la esperanza a la preocupación con el diagnóstico de Moira, señalaba que él también se había dado cuenta de ese detalle.
-¿Semanas o meses?
Los gnomos más ancianos se miraron entre ellos.
-Nosotros cuidaremos bien de él –dijo entonces Timbo-. Ronald el Rojo salvó al pequeño Robert y hoy ha luchado bravamente contra los Klargotts protegiendo nuestro poblado. Es lo menos que podemos hacer.
Harry meneó la cabeza, angustiado.
-No puedo dejarlo aquí.
-Eres bienvenido, si deseas quedarte mientras el resto de tus compañeros prosigue con vuestro viaje.
Cuando comprendió que Harry lo estaba considerando, Draco intercambió una mirada alarmada con Dione. Sin Harry no tendrían ninguna oportunidad.
-No puedes hacer eso, Harry –dijo, intentando hablarle con suavidad-. Tenemos que continuar con la misión.
Harry reaccionó como si le hubiera propuesto algo horrible e ilegal.
-No podemos abandonarlo.
-No lo estamos abandonando, lo estamos dejando en manos de gente que lo puede curar.
-¡No! ¿Qué crees que pensará si se recupera y descubre que lo hemos dejado atrás?
-¿Qué crees tú que pensará si se recupera y descubre que todo el país está en manos de los Parásitos porque tú te quisiste quedar a hacerle compañía? Si tú estuvieras en su lugar, ¿qué querrías que hiciéramos?
-Ron lo entenderá, Harry –intervino Hagrid-. Piensa en Hugo y en Rose. Son tan buenos chicos…
-Sí, seguro que Ron lo que quiere es que hagas lo que sea por protegerlos de esa gente –dijo Draco-. No creo que le haga gracia que sus hijos acaben en manos de los Parásitos. Tú y yo sabemos mejor que nadie lo que se siente.
-Tienes que venir con nosotros, Harry –suplicó Betty.
Harry los miró a todos con los labios apretados y expresión malhumorada y después se fue de allí dando zancadas. Draco chasqueó la lengua, fastidiado. Odiaba verlo así, odiaba que tuviera que tomar esa decisión. Pero Harry debía entender que no les quedaba más remedio.
-No os preocupéis –dijo Luna-, hará lo que hay que hacer.
Harry se metió en su tienda, frustrado, enfadado y sintiéndose terriblemente culpable. Ver las cosas de Ron allí dentro no le ayudó a sentirse mejor. Ellos no podían entender lo que Ron había significado para él. No había tenido un solo amigo hasta encontrarlo a él. Todas las cosas que habían compartido juntos… Ron, como Hermione, era parte de él. La idea de no volver a bromear con él o de no escuchar cómo le decía zalamerías a Hermione para esquivar un sermón bastaba para que quisiera gritar de rabia. Y sólo de pensar en dejarlo atrás, cuando había sido malherido por su maldita culpa… ¿Y si moría, pese a los cuidados de los gnomos? ¿Y si tenía que decirle a Hermione que había abandonado a Ron y éste había muerto entre extraños?
Quería quedarse con él, estar a su lado pasara lo que pasara, pero las palabras de Draco y de Hagrid le acosaban también, haciéndole sentirse entre la espada y la pared. Por supuesto que quería detener a los Parásitos. Los odiaba tanto como podía odiarlos Draco. Pero abandonar a un amigo sonaba como el peor de los pecados.
-Harry…
Era Draco, y Harry también sintió emociones contradictorias al verlo. Parte de él lo odiaba en ese momento porque quería obligarlo a hacer algo que no quería hacer.
-¿Qué?
-Hemos decidido salir esta tarde. No podemos darle a los Parásitos más ventaja. –Harry sólo pudo apartar la mirada y reprimir los reproches injustos que quería dedicarle. Pero cuando Draco siguió hablando su voz sonaba más cansada que retadora y Harry se giró para mirarlo de nuevo-. Ron no va a agradecerte que te quedes aquí y abandones la misión, Harry. Nadie va a agradecértelo porque no está bien. Ya sé que dejarlo aquí es duro, pero es lo que debes hacer.
-Lo sé –reconoció al fin, de muy mala gana-. Lo sé, ¿vale? Pero tú no lo entiendes. Ha sido culpa mía… Ha acabado así por salvarme la vida… ¿Para eso tenía que venir? ¿Para morir por mí?
-¿No es un poco pronto para enterrarlo? Moira ha dicho que tiene posibilidades de ponerse bien. Y además, no ha sido culpa tuya. Pero si no nos acompañas y fallamos porque te necesitamos y no estabas, entonces sí que será culpa tuya.
Harry suspiró con desaliento.
-¿Y si les vuelven a atacar? Los Klargotts podrían volver para vengarse. ¿Cómo van los gnomos a protegerlo?
-¿Por qué no vienes y lo ves tú mismo?
Intrigado a su pesar, Harry salió de la tienda con Draco y vio que unos metros más lejos Hagrid y Luna estaban construyendo una pequeña cabaña con ayuda de unos cuantos hechizos. Al acercarse, vio que Ron ya estaba dentro, tumbado sobre una manta.
-Sé que queréis ayudar, pero los Klargotts atravesaron nuestras defensas como si nada –dijo Harry-. No creo que esta cabaña pueda detenerlos.
-Puede, si la protegemos con un Fidelius.
-Y un hechizo contra el fuego, por si acaso –añadió Luna-. Ron estará seguro aquí dentro.
Harry se quedó en silencio mientras observaba cómo construían la cabaña. Seguía sin saber qué hacer. O mejor dicho, seguía sin reunir ánimos suficientes para hacer lo que debía hacer.
-Mago Harry Potter… -Harry miró hacia sus pies y vio a Moira la curandera-. Somos seres pacíficos y normalmente preferimos escondernos antes que huir, pero no estamos tampoco indefensos. Con la ayuda de vuestro hechizo, nada podrá herir al mago Ronald el Rojo.
Estaban intentando ponérselo fácil. Harry observó a Ron por el hueco de la ventana, consciente de todo el pasado entre ellos, y después se giró hacia los demás, que esperaban su decisión con expresión más o menos comprensiva.
-Está bien, nos iremos esta tarde –dijo, sintiéndose miserablemente sólo por decir esas palabras.
El alivio de los demás fue evidente y Luna fue a darle un beso en la mejilla antes de continuar levantando la cabaña. Draco le puso la mano en el hombro.
-Cuando regresemos lo encontraremos en perfecto estado, ya lo verás. Ron es duro de pelar y esa curandera sabe lo que se hace, te lo aseguro.
Harry asintió, pero no tenía el corazón en ello. Sólo sabía que si Ron moría, jamás se lo perdonaría.
Cuando llegó el momento de ponerse de nuevo en marcha, Draco no podía decir que el ambiente fuera muy positivo. Harry estaba silencioso y con expresión atormentada, Dione estaba de mal humor porque su herida aún le molestaba un poco a pesar de que la habían sanado ya y a nadie se le escapaba el hecho de que iban a atravesar el territorio de los Klargotts. Iban a tener que caminar con mil ojos y ni siquiera tenían muy claro cómo proteger el campamento por las noches. Luna decía que conocía un par de hechizos más de protección que aún no habían probado, pero no tenían la seguridad de que fueran a ser más efectivos con los Klargotts de lo que habían sido los de siempre.
Draco trató de concentrarse en el lado bueno de todo aquello. Ron se recuperaría, seguramente. El terreno en el que se movían, aunque fuera peligroso, era agradable y con caza abundante. Y aunque aún le dolían las costillas por el golpe que se había dado durante la pelea, el recuerdo del paso de Malinai estaba reciente y seguía saboreando los colores y el aire fresco que le rodeaban.
-No me imaginaba que Ávalon fuera un lugar tan peligroso –comentó Betty, desanimada-. Pensaba que sobre todo íbamos a encontrar hadas, unicornios y cosas así.
Draco intentó disimular su incredulidad.
-No creo que haya ninguna parte del mundo mágico que sea pacífica y segura.
-Pues debería –gruñó Harry.
-Seguro que encontramos más unicornios antes de que acabemos la misión –dijo Hagrid.
No parecía haberlos en esas tierras. Draco pensó con humor negro que quizás los Klargotts se los habían comido. Pero éstos tampoco parecían andar por allí cerca. Los gnomos les habían contado que solían moverse en grupos de veinte o treinta individuos, crías incluidas; si se habían librado del grupo de aquella mañana, quizás no hubiera ninguno más en aquella zona. Dione encontraba de vez en cuando rastros de Klargotts, pero no eran recientes.
Cuando el sol empezó a ponerse por el horizonte, detuvieron la marcha y empezaron a montar el campamento. Lo primero que hicieron fue levantar nuevas protecciones, usando los hechizos de Luna, y hasta prepararon algunas trampas mágicas. Después montaron las tiendas, que habían resistido al ataque gracias a los Aguamenti y a los hechizos ignífugos, añadidos en el proceso de fabricación. Entonces Draco y Luna se subieron en sus escobas y salieron volando en direcciones opuestas. Una vez estaba a quizás cincuenta kilómetros de distancia, Draco descendió y encendió una pequeña hoguera. Luna estaría haciendo lo mismo. Si había Klargotts por ahí podían confundirse y acercarse a una de las que hacían de señuelo.
Draco regresó rápidamente con los demás y Luna llegó poco después. Sólo entonces encendieron allí una hoguera en la que cocinar la carne de la cena. Harry estaba preparando unas brasas y Draco se sentó a su lado, dispuesto a ayudarlo con los chuletones de ciervo y hacerle compañía. Le había dejado a su aire toda la tarde, pensando que le vendría bien para digerir lo de Ron, temiendo también que en su propio afán por animarlo sus sentimientos quedaran al descubierto, pero no había sido fácil, nada fácil. Por mucho que aún tuviera un leve gusto a traición, por mucho que Harry no le correspondiera, él sentía igualmente un poderoso impulso de cuidar de él, de animarlo. Podía darle eso, al menos, aunque no se le permitiera nada más.
-Ojalá mi hija hubiera añadido un elfo doméstico a su profecía. Nuestros menús mejorarían mucho si Patis estuviera aquí. –Harry chasqueó la lengua, tratando de sonar reprobador aunque Draco podía ver que le había hecho gracia-. Oye, la comida es muy importante. Sun Tzu dice…
-No te quejes, no estamos comiendo tan mal. Ya me habría gustado a mí…
Pero se detuvo y Draco lo miró con atención.
-¿Qué?
-Nada. –Harry colocó la plancha de hierro sobre las brasas-. Pásame la carne.
Draco lo hizo, suponiendo que Harry había estado a punto de decir que habían tenido menos comida durante la guerra, cuando él y sus amigos huían de Voldemort. Seguramente no quería hablar de ello porque le recordaba a Ron.
-Espero que ellos también lo estén pasando mal. Los graphornks son bestias repugnantes y agresivas, ojalá que ya se hayan comido unos cuantos dedos de esos desgraciados.
-Hagrid dice que es muy difícil enfrentarse a ellos, muchos hechizos les rebotan –dijo, mientras terminaba de cubrir la plancha con la carne.
-¿También el Diffindo?
-Puede que ese funcione. Pero con un poco de suerte, podremos poner a Excalibur a salvo sin tener que encontrarnos con ellos.
Draco echó un poco de sal sobre los filetes.
-No quieres que luchemos.
-¿Tú sí?
-No –admitió Draco-. Pero si los derrotamos, serán veintitantos Parásitos menos de los que preocuparnos más tarde.
-Pues yo espero encontrármelos en otro momento, no ahora. Dione apenas tiene protección contra la magia y Betty no sabría reaccionar.
A Harry no le faltaba razón, pero Draco se encogió de hombros. Por muchos planes que hicieran, probablemente no podrían elegir, no sobre eso; el destino dictaminaría si tendrían que enfrentarse a esos desgraciados.
-No sé, creo que las ganas que tengo de comer tarta de tres chocolates podría darme una fuerza sobrehumana, pero bueno, ya veremos lo que pasa.
Harry esbozó una sonrisa y Draco se sintió victorioso.
Aquella noche, Harry no pudo dormir. Su preocupación ante un nuevo ataque de los Klargotts y ante lo sucedido con Ron le había dejado incapaz de conciliar el sueño. Encontrarse solo en la tienda también había influido. Pero fuera por lo que fuera, la noche transcurrió sin el menor incidente.
Por la mañana se encontraba reventado y el hecho de no poder tomarse ni un café no ayudaba demasiado. Habría matado por uno. Pero al menos le quedaba el alivio de haber pasado una noche sin Klargotts. Sólo cabía esperar la misma suerte durante el resto de la travesía por el territorio de esas criaturas.
-Tienes cara de no haber dormido nada –dijo Luna, mientras desayunaban.
Draco intervino con el ceño fruncido antes de que él pudiera decir nada.
-Harry, hacemos las guardias por algo.
-No es eso –replicó a la defensiva-. Tenía muchas cosas en la cabeza.
-¿Hay cosas de Ron en la tienda? –intervino Betty.
-Sí. –Le había dejado en la cabaña su mochila, su varita y su escoba, por si las necesitaba cuando despertara, pero quedaban algunos trastos suyos por ahí.
-He estado pensando que cuando pasen unos días, puedo intentar ver si averiguo algo sobre él. Ahora no vale la pena, porque no creo que esté consciente, pero igual dentro de una semana ya puedo ver algo.
A Harry no se le había ocurrido usar los poderes de Betty para eso y se llevó una alegría, aunque al momento recordó los inconvenientes.
-¿No es peligroso para ti? Dijiste que resultaba doloroso.
-Bueno, no es algo que me apetezca hacer cada día, pero… Puedo hacerlo de vez en cuando. Yo también quiero saber qué tal le va.
-¿Estás segura?
-Claro, lo digo en serio.
Harry sonrió con agradecimiento. Si tenía noticias de Ron, aunque fuera ocasionalmente, no se sentiría tan mal por haberlo dejado atrás.
-Muchas gracias –dijo, intercambiando una mirada con los demás-. Será genial saber cómo está.
Siempre y cuando, claro está, las noticias fueran buenas. Pero debía mantener la esperanza, la otra posibilidad era demasiado espantosa.
Cuando terminaron de desayunar, levantaron el campamento y se pusieron en marcha. Harry se sentía un poco mejor, ahora que había comido y había descubierto que podría saber si Ron estaba mejorando o no. Ahora sólo debían esperar un poco de suerte y confiar en que conseguirían esquivar a los Klargotts en los próximos días.
