Hermione recorrió los pasillos de Hogwarts trotando y con la respiración acelerada. Sentía a April Pierce detrás de ella con la respiración igual y la pelirroja se estrelló contra su espalda cuando Hermione se paró de golpe. Frente a ella, un montón de jóvenes gritaban "pelea" una y otra vez. Draco Malfoy le tiró un puñetazo en la cara al otro chico en cuanto Hermione llegó.

La castaña se llevó las manos a la boca para contener el grito. No sabía el nombre del chico con el que Draco peleaba, solamente que era un Slytherin.

Hermione avanzó un paso para ir con Draco, pero April la agarró del brazo, impidiéndole que diera otro paso más.

—No lo hagas, puedes salir herida— dijo la chica en un susurro tras su oreja y Hermione asintió, consciente.

Pero la pelea se tornó un poco más agresiva y Draco agarró al chico por la cintura y lo tiró al suelo, subiéndose encima de él y comenzando a soltar puñetazos. En eso, Blaise Zabini llegó, tomando a Draco de la camiseta y haciéndolo para atrás de un tirón.

Al otro chico también lo agarraron. Draco tenía un hilo de sangre saliendo de su labio inferior, pero fuera de eso, parecía perfectamente, no como el otro chico. Draco hizo un ademán de querer volver a lanzársele pero Blaise lo tenía bien agarrado de la chaqueta. Theo también estaba a un lado suyo.

En ese momento, Hermione lo vio: el destello de luz. Draco estaba ardiendo en luz nuevamente. El rubio se miró las manos, mientras todos alrededor murmuraban asustados.

— ¿Qué carajos? — era la voz de Blaise, pero Draco se las arregló para soltarse de su agarre y salió del lugar, caminando a toda velocidad.

Hermione fue tras de él, corriendo para alcanzarlo, finalmente, cuando estuvieron lo suficientemente lejos de los demás, la castaña apretó el paso y lo tomó del brazo, forzándolo a voltearse.

—¿Acaso estás loco? — le preguntó, enfadada. Sabía más que nadie que en momentos de crisis, la reacción de Draco era enfadarse y golpear lo que sea que tuviese cerca. ¿Por qué no podía encerrarse en su habitación a comer helado como las personas normales?

— No es nada, Hermione—protestó el chico, resoplando y limpiando con el dorso de su mano la sangre que escurría. Hermione agarró sus manos, que todavía brillaban.

— ¿Y esto?

Draco comenzó a agitar sus manos como si el acto lograra que se le quitara el brillo. El chico se recargó en la pared, desesperado.

— Tengo que llevarte a alguna parte— dijo Hermione, cruzándose de brazos— Tenemos que descubrir el origen de esa luz.

— No— dijo el chico, serio— No es precisamente como que podamos ir a la enfermería.

Hermione lo sabía. Se quedo un momento pensando hasta que finalmente levantó los ojos.

— Bien, te llevaré con alguien más

— ¿Con quién exactamente? — preguntó el rubio, alzando una ceja.

Pero la castaña no respondió y prosiguió a caminar por los pasillos sin importarle si Draco lo seguía. El chico resopló, pero la siguió.

….

Llegaron a unas largas puertas: el salón de Defensa Contra las Artes Oscuras. Hermione levantó los nudillos y tocó. Las puertas se abrieron después de unos minutos. Draco aferraba sus manos brillantes a su pecho y soltaba quejidos de dolor. Era evidente que le ardía.

Cuando las puertas se abrieron lo suficiente, ambos chicos entraron y la profesora Sheila McLarren se paró de su escritorio, bajándose los lentes y con una expresión confundida.

—¿Granger? ¿Malfoy? ¿Qué hacen aquí?

Hermione se quitó de delante de Malfoy solo un poco para que la profesora pudiera ver el brillo saliente de las venas de Malfoy. La profesora abrió grandes los ojos y luego los miró a cada uno.

— Pasen a la oficina, rápido.

Hermione le indico a Draco con la cabeza que lo siguiera. El chico cada vez tenía más dolor.

Se escuchó como las puertas del salón se cerraron y luego la profesora pelirroja entró a la oficina, cerrando la puerta detrás de ella.

—Déjame examinarte, siéntate— le dijo, preocupada, mientras forzaba a Draco a que se sentara en una de las sillas frente al escritorio. Hermione se sentó a un lado de él.

— ¿Cuándo empezó esto? — preguntó la profesora, sentándose en un baúl frente a Malfoy y examinando sus brazos brillantes.

— Hace semanas— dijo el chico, apretando la mandíbula.

La profesora McLarren sacó su varita y tocó con la punta las venas del brazo de Malfoy.

— ¿Después de que despertaste del coma? — preguntó. Draco asintió—¿Te duele?

— Arde— respondió el chico, simplemente.

— Han hecho lo correcto en venir aquí— dijo la jefa de la casa de Gyffindor, suspirando, mientras se levantaba del baúl e iba a una maleta que guardaba en una repisa y comenzaba a buscar algo entre unos frascos— Por lo que veo no es tan grave. Antes, existía la leyenda de que las banshees poseían esa clase de luz en las venas— la profesora pareció encontrar el frasco y se sentó de nuevo frente a Malfoy— Toma. Bebe esto.

El chico se llevó el líquido grisáceo del frasco a la boca e hizo una mueca, devolviéndole el frasco a la profesora.

— Una banshee salvó tu cuerpo de que la Magia Negra acabara con él— decía la profesora— Quizá para eso tuvo que transmitirte parte de sus poderes. Pero no lo entiendo— decía la profesora, sorprendida— Te examinamos. No parecía que tuvieras nada de esto.

En eso, el brillo comenzó a bajar hasta que se fue extinguiendo. Hermione se enderezó para verlo, impresionada.

— ¿Qué? ¿Cómo lo hizo?

— Es una poción difícil de fabricar— dijo la profesora, sonriéndole levemente— Pero muy efectiva en estos casos.

— ¿Entonces? — preguntó Hermione— ¿Existe alguna manera de quitarle eso?

McLarren se la pensó

— Solo el tiempo. Si a través de los meses no se quita, quizá sea buena idea que lo lleven a San Mungo, o con los aurores. Pero creo que lo que estoy presenciando en un suceso extraordinario.

— ¿A qué se refiere? — preguntó Malfoy, su voz sonaba cansada, pero ya no hacía gestos de dolor y sus manos habían vuelto a la normalidad.

— La banshee te transmitió una parte de su magia— dijo McLarren, parecía fascinada— No sé que efectos pueda tener o si no tiene ninguna. Pero es extraordinario, no sólo absorbió toda la magia oscura, sino se quedó contigo. ¿Últimamente duermes bien?

El rubio se quedó mirando a la profesora, su rostro parecía impasible, pero Hermione notó un destello de sorpresa en sus ojos.

— Sí, ¿cómo lo sabe?

La profesora sonrió.

— Esa magia que traes dentro no es mala. Está consumiendo la oscuridad que puede amenazarte. Aunque no toda— aclaró la profesora y luego dio un suspiro— No estoy muy segura. Tendrás que mantenerme al tanto.

Draco no respondió, solamente miró sus manos con expresión aireada. Hermione se puso de pie y agradeció a la profesora. McLarren le regaló un frasco más de la poción en caso de que Draco volviera a pasar por lo mismo y ambos chicos salieron del salón.

Ninguno habló de camino a la torre.

Cuando llegaron, Hermione cerró la puerta tras de ella. Quería preguntarle, quería incluso reprenderlo, pero sabía que no iba a servir de nada. Draco había recibido la noche antes la mano cortada de su padre. Tenía derecho a actuar como un chiquillo desesperado e iracundo. Así que la castaña decidió que por una vez, lo dejaría ser.

El rubio se sentó en el sillón, colocando un pequeño trapo en su labio inferior para bajar la hinchazón y la castaña se puso a hacer té.

—Hoy es la cena de mejores promedios— dijo la castaña— De Gryffindor— aclaró, pues sabía que había otra especial para cada casa— Entiendo si no quieres ir.

— Iré— contestó el rubio, simple, monosílabo. "Y aquí estamos otra vez. Volvimos al principio" pensó la chica para sus adentros.

Pero no dijo nada.

— Gracias— dijo Draco después de unos minutos de silencio.

Hermione no necesito preguntar. Sabía que el rubio agradecía por la noche anterior: por haberlo consolado, por haber escondido el paquete negro, por haber puesto toda la sala de nuevo en su lugar y por llevarlo con McLarren.

— No hay de qué— respondió la chica, terminando su té. Sabía que a Draco no le gustaba mucho como preparaba ella el té, así que no se molestó en hacerle uno.

—Iré con Gwendolin Calaware hoy— le dijo la castaña, sentándose frente a él— Salgo en unos minutos, ¿vendrás conmigo?

Draco la miró y sin decir nada, asintió. Se quitó el paño de la boca y lo dejó sobre la mesa.

Estuvieron callados un rato hasta que Hermione escuchó la voz de Draco en su cabeza.

¿Qué es, Granger?

La castaña alzó los ojos para mirarlo.

— ¿Qué es qué?

Traes algo rondando en tu cabeza. Sólo dilo.

Hermione alzó una ceja.

— ¿Lo dices porque entraste a mi mente con tu increíble oclumancia?

—Lo digo porque te conozco— dijo simplemente, recargándose en el respaldo del sillón y cruzando las manos.

Hermione suspiró.

— Cuando todo acabe, que tengo la esperanza de que acabará, tu irás por tu padre. Pero yo tengo que encontrar a los míos— dijo la chica, mirando al suelo— Nos separaremos ¿cierto?

El rubio se quedó mirándola un momento tan largo que Hermione pensó que ya no iba a decir nada.

— Mi prioridad ahora es mantenerte con vida— dijo finalmente el chico. Sus ojos grises profundos escudriñaron a Hermione— Los Mortífagos irán tras de ti. Esa era parte de la amenaza. No pudieron destruirme en los jardines de Durmstrang así que intentaran destruirme contigo.

Hermione sintió un escalofrío.

— ¿Crees que podremos ganarles?

— Morir no es una opción.

—Pero ¿qué pasará después de esto?

Draco se pasó una mano por el pelo.

— Lo resolveremos.

—Lo resolveremos— repitió Hermione, más para creérsela que para probar su punto.

….

Hermione y Draco abandonaron el castillo cuando la tarde se puso y todos los estudiantes estaban metidos en la biblioteca o en las salas comunes estudiando. No dijeron nada a nadie, esto decidido por el mismo Draco y por primera vez, Hermione no le cuestionó.

El Asilo de Brujas y Magos de Kinlochewe estaba a las orillas de un pueblo muggle con el mismo nombre. Hermione y Draco con un simple hechizo de aparición.

El Asilo era grande, una construcción sin duda antigua. El cielo estaba nublado, indicando que estaba a punto de llover.

Hermione y Draco se pararon frente a la entrada, sin ser capaces de dar el primer paso, porque aunque era una construcción impresionante, también había un aire tétrico.

—Parece la casa de Drácula— murmuró Hermione.

—¿Drácula? — Draco la miró, alzando una ceja.

—Te explicaré luego.

Después, ambos chicos caminaron hasta la entrada. Bastaba decir en la entrada que era una investigación escolar para que les dieran treinta minutos de tolerancia, aunque la recepcionista, una squib, les dijo que no esperaran que contestara todas sus dudas, pues Gwendolin Calaware hace tiempo que estaba bastante zafada.

Los condujeron por unos pasillos hasta una habitación enorme llena de mesas y unas ventanas amplias.

—Es ella— les dijo la enfermera, señalando a una viejecilla sentada en una mesa aparentemente jugando cartas— Pasa la mayor parte del tiempo aquí.

Luego, la enfermera abandonó el lugar.

Todo está muy quieto.

Hermione asintió, y ambos chicos avanzaron hasta la viejecilla. Incluso con la edad, Hermione podía ver que en su juventud había sido excesivamente hermosa, todavía lo era. La mujer ni siquiera levantó la vista cuando ambos estuvieron frente a ella. Sus ojos azules seguían mirando el puñado de cartas mágicas que jugaba.

Hermione se aclaró la garganta, pero Gwendolin no los miró ni con eso.

— Oh, queridos, les he dicho miles de veces a las enfermeras que ya no quiero a voluntarios viniendo para jugar bingo conmigo…

—No somos voluntarios— dijo Hermione, acercándose un poco— Mi nombre es Hermione Granger, y él es Draco Malfoy— dijo, y en cuanto mencionó el nombre de Draco, la mujer dejó sus cartas y alzó la cabeza. Hermione supuso que su nombre no le había dicho nada, pero el apellido Malfoy, desde siempre sangre pura, sí que le sonaba.

— El más joven de los Malfoy— dijo, aunque no parecía impresionada—Siéntense, adelante.

Hermione y Draco se miraron un segundo, pero finalmente accedieron y se sentaron frente a ella. La anciana bajó sus lentes y sus manos temblorosas y huesudas juntaron las cartas para ordenarlas. La varita de ella descansaba a un lado.

—¿Qué hacen por aquí dos chicos tan bien parecidos? Hace tiempo que toda mi familia murió—dijo, con la sombra de una sonrisa—Ya no recibo visitas.

Hermione se enderezó.

— Todavía uno vive. Matthew Calaware.

La anciana abrió grandes los ojos, perpleja.

—Matty— dijo, su voz quebrada y luego sacudió la cabeza— Él hace tiempo que también está muerto. Deben estar equivocados.

—No— dijo Malfoy, por primera vez hablando desde que llegaron— Está vivo. Trató de matarnos.

Gwendolin abrió los ojos y luego los bajó, con expresión triste.

— Claro, claro, Matthew, Matty— balbució, y volvió a desordenar sus cartas.

— Pero no vinimos a hablar de Matthew— aclaró Hermione— Queremos hablar de su sobrino nieto, Mycroft.

La mujer parpadeó, mirando a ambos chicos, comenzó a jugar con sus manos.

— ¿Qué hay sobre él? ¿Él también está vivo?

Hermione negó con la cabeza.

—Sabemos que Mycroft tuvo una hija— dijo la castaña, sacando el recorte arrancado de la biblioteca de Hogwarts y enseñándoselo a la anciana, señalando con su dedo el rostro perfecto y afilado de Mycroft.

Pero, para la sorpresa de ambos chicos, la mujer no se sorprendió de escuchar la sorpresiva revelación.

—Matthew lo sabe. Y está buscando a la niña para hacerle daño. Sigue viva. Necesitamos que nos diga cualquier cosa que nos pueda servir. Por favor.

La mujer acarició con un dedo el rostro que estaba al lado del suyo, el de su esposo fallecido.

—Mi Robert siempre fue un idealista— dijo, refiriéndose a su esposo— Pero no era malvado. Su hermano, en cambio…— dio un suspiro— El apellido Calaware está manchado de sangre— dijo finalmente, apartando el recorte de su vista— No puedo ayudarlos.

Hermione no se daría por vencida tan rápido. Tomó el recorte y lo guardó. Decidió darle una vuelta al tema.

— Su apellido de soltera es Greengrass, ¿cómo es que nadie de su familia original ha venido a verla?

— Yo dejé de existir para ellos en el momento en que me volví una Calaware— dijo la mujer, un poco más seria. Sacudió la cabeza— Váyanse. No quiero hablar de ninguno de ellos.

Hermione estaba ya a punto de levantarse, rendida, pero Draco tomó de su brazo y la obligó a volverse a sentar.

— Sé que usted es la única de los Calaware que no se hizo la Marca— dijo, y la vieja levantó sus ojos azules, claramente sorprendida. Llevaba un suéter largo, era imposible que hubiera visto su brazo— No siento la Marca al estar cerca.

La anciana suavizó la expresión.

— Ser mortífago siempre fue difícil. Pero para mis sobrinos, Mycroft y Matthew, siempre fue peor— la anciana jugó con sus manos— Mycroft era mi favorito ¿lo sabían? Tan lleno de vida… Siempre andaba jugueteando y probando hechizos con aquella chiquilla pelirroja…

Hermione, que hasta ahora se había rendido en obtener de la anciana alguna información potencial, levantó la vista.

— ¿Una chiquilla pelirroja? ¿Recuerda su nombre?

La mujer se quedó mirando al techo unos instantes, jugueteando con sus pulgares.

—Sí, sí, era su mejor amiga, o eso creo. Mycroft tenía muchos amigos… Muchos más que Matty— decía, murmurando.

—¿Podría ser ella la madre de su hija? — preguntó Draco, también se le miraba un poco desesperado.

La anciana negó con la cabeza, pensativa.

— No sé si mi sobrino alguna vez tuvo una hija… Perdí contacto con él en cuanto cumplió dieciocho y se marchó a las filas mortífagas. No lo volví a ver…— luego, se quedó callada. Su vista fue hasta Draco— Se fue con tu padre. ¿Lo sabías?

— Lo sé— murmuró el rubio, amargamente.

La anciana guardó sus cartas en su suéter de lana. Afuera, llovía.

— No sé si tuvo una hija, pero estoy segura de que no era de esa chiquilla, no— río levemente— Sheila y él se pelearon. O eso dijeron.

Hermione sintió algo insertarse en su pecho. Una aguja, dura, fina.

La mujer se estaba poniendo de pie cuando Hermione la frenó con delicadeza.

—¿Sheila McLarren?

La mujer la miró a los ojos.

— Sí…— su voz volvió a ser melancólica— Creo que ese era su nombre.

— Sheila fue la mejor amiga de Calaware— decía Hermione, saliendo del Asilo y poniéndose la capucha para protegerse de la rubia— Ella puede ser la madre.

— No lo creo— dijo Draco, también poniéndose el gorro y agarrando a la castaña de la espalda para impulsarla a caminar más rápido— Tú la oíste… McLarren y Mycroft se pelearon.

— Pero quizá esté equivoca. Quizá se reconciliaron… O quizá ella sabe algo. Draco, necesitamos…

Draco la agarró de la cintura para pegarla a él.

— Por ahora, necesitamos mantener un perfil bajo— No podemos confrontarla hasta saber bien la verdad.

Hermione apretó la boca, pero no pudo decir nada más, en ese momento, Draco murmuró el hechizo de aparición y ambos chicos volaron por la distancia hasta Hogsmeade.

Hermione se preparaba para la cena de promedios, pero no podía dejar de pensar en Sheila McLarren. Gwendolin no sólo había dicho que ella era la mejor amiga de Mycroft, sino que se habían peleado. Pero, ¿por qué? Hermione le daba vueltas y vueltas, y mientras estaba en el espejo, tratando de acomodar sus rizos rebeldes en un chongo, no podía dejar de pensar.

—¡Granger! ¡Se nos hará tarde y no pienso quedarme en esa cena Gryffindor más de lo necesario así que baja de una vez! — le gritó Malfoy desde abajo. Sabía que el rubio odiaba la impuntualidad.

La chica resopló y se dejó en paz, dándose un último vistazo en el espejo. Se había recogido el cabello, pero aún así, dos rizos le caían por las sientes, incapaces de ser aplacados, se había puesto un vestido negro quizá demasiado escotado para ella (Ginny había insistido en qué era perfecto) y que enseñaba mucha espalda (April le dio un retoque). Se pintó los labios de rojo, agarró su bolsa y bajó las escaleras.

Cuando llegó, Draco, que estaba de espaldas, se volteó. El chico traía un esmoquin perfectamente hecho a la medida y se había peinado por primera vez en mucho tiempo. Su cabello ahora se miraba más ondulado que de costumbre.

Draco la escudriñó con la mirada. Hermione se sintió el centro de atención.

— ¿Qué te parece? — dijo, haciendo un esfuerzo por no sonrojarse.

— No me gusta la idea de llevarte así a un lado lleno de hombres— dijo, pero no lo decía burlón.

— No seas sexista. También habrá mujeres.

Draco no dijo nada, se acercó a ella hasta rozar su aliento en su nariz. Hermione traía tacones, entonces le llegaba un poco más alto al rubio. Olía a loción y a menta.

— Estás preciosa, Granger— el chico alzó el brazo para enrollar en su dedo uno de los rizos de la chica. Hermione sonrió.

— Gracias, tú también te ves muy guapo— le dijo, dándole un beso en la mejilla— ¿Nos vamos?

Draco le sostuvo la puerta y ambos fueron hasta la cena.

….

Cuando llegaron, el salón estaba abarrotado de los Gryffindor y sus parejas. Por lo general, la tradición era que llevaran una pareja de otra casa. Hermione saltó cuando unas manos se pusieron en su cintura, espantandola.

—¡April! — dijo, riéndose levemente— ¡No me dijiste que vendrías!

La pelirroja, que iba en un bonito vestido verde, soltó una carcajada.

— Lo siento, chica, no sabía si quería venir, a fin de cuentas, conozco a poca gente y no tenía pareja— dijo y luego sonrió cuando Theodore Nott se posicionó a su lado.

— Oh, miren a quien tenemos aquí— dijo el chico, sonriendo, traía un vaso de champagne en la mano— Mi rubia y su castaña. Son la pareja de la noche, ¿lo sabían?

Hermione soltó una carcajada y Malfoy negó con la cabeza, divertido.

— Eres un idiota. ¿Ya asaltaste la mesa de dulces?

—¿De qué estás hablando? No necesito azúcar, necesito alcohol. Aquí hay mucho Gryffindor.

— Exagerado— dijo April, rodando los ojos y luego lo agarró de la mano— Ven, quiero ir por uno de sus melocotones.

Y lo arrastró mientras Theo volteaba hacia atrás y formaba la palabra "ayuda" con los labios.

Hermione río y luego miró alrededor. Todos los Gryffindor se les quedaban viendo. Hermione supuso que nadie esperaba que fueran juntos a la cena. Pero ¿qué importaba? La castaña agarró un vaso de whisky de una mesera y se lo acabó de un trago.

— Dale tranquila, Granger, aún queda mucha noche— le dijo, sonriendo levemente.

En eso, la gente se dejó venir con ellos. El profesor Slughorn los saludó, entre otros más. Para sorpresa de Hermione, McLarren, la jefa de la casa, no estaba en la cena. Incluso, muchos compañeros de Hermione que la chica no conocía muy bien se acercaban a saludarlos. Draco mencionó algo de ir por más alcohol o no iba a soportar tanto saludo y salió de su lado.

La castaña estaba saludado a otros cuando escuchó una voz detrás de ella.

—¡Hermioni!

La castaña se giró y se topó con Viktor Krum, el chico tenía una sonrisa en su rostro y un vaso de whisky en la mano.

— Oh, hola, Viktor, de hecho es Hermione— dijo, corrigiéndolo con una sonrisa— Qué sorpresa verte.

— Supe lo que pasó en la competencia. Lo siento tanto— dijo el chico, con su típico acento extranjero— Quise ir a verificar cómo estabas, pero te marchaste muy rápido.

— Sí…— dijo la castaña tratando de poner una sonrisa— Pero el susto ya pasó.

— Me alegra ver que Malfoy está bien— dijo, dándole un trago a su bebida— ¿Es tu cita de esta noche?

— Sí, sí…— Hermione iba a decir otra cosa cuando Draco apareció a un lado de ella.

— Draco, que coincidencia— se apresuró a decir Hermione— Justo estábamos hablando de ti…

— ¿Con quién? Porque aquí no veo a alguien que podría hablar inglés más que tú y yo— dijo, con una sonrisita mientras fingía buscar a alguien más.

—Hablo bien el inglés— dijo Viktor, que al parecer no se había tomado tan personal la broma.

— No, no lo haces.

— Y la correcta sintaxis es "quién podría hablar" — dijo, con una sonrisa mientras alzaba su copa— Con permiso.

Y se marchó.

— Genial, lo espantaste— dijo la castaña, conteniendo la risa.

— Te hice un favor— dijo el rubio, divertido.

En ese momento un fotógrafo fue a tomarles una foto y después, una canción lenta comenzó a sonar. Draco dejó a un lado su whisky y extendió una mano a la castaña.

— ¿Bailas?

La castaña también dejó su bebida y tomó su mano, asintiendo con una sonrisa.

La canción sonaba lenta, Hermione y Draco se movían sin decir nada. A unos metros delante, April y Theo también bailaban, riendo.

— Esos dos quedan bien— dijo Hermione con una sonrisa— ¿Crees que pueda haber algo entre ellos?

— Son iguales— dijo el rubio, encogiéndose de hombros, con sus dedos acariciaba la espalda de Hermione— Supongo que sí.

— No volveré a casa— dijo finalmente Draco, después de unos momentos. Hermione despegó su cabeza de su pecho para mirarlo a los ojos, parpadeando.

— ¿A qué te refieres?

— Cuando todo esto terminé, como dijiste, no volveré a casa— el rubio miraba los ojos de la chica— Iré a dónde quiera que pueda encontrarte.

— No puedes abandonar a tu familia por mí— le dijo la castaña, enternecida.

— Mi familia me ha abandonado muchas veces— dijo simplemente el chico.

Después del baile, fue la cena. Hermione no dijo nada después de la repentina revelación del chico, pero decidió no hacer demasiado problema sobre esa. Draco se la pasó platicando con Theo mientras éste trataba en vano de poder comerse la lancosta de su plato. April y Hermione también reían mientras Hermione le explicaba lo que los dentistas hacían en el mundo muggle y la pelirroja escuchaba fascinada.

Después de la cena, todos estaban platicando entre ellos e incluso Draco había logrado platicar con algunos Gryffindor, pero en eso, Draco se tocó el brazo derecho e hizo una mueca de dolor.

—¿Draco? — preguntó Hermione en su oído.

El chico apretó la boca.

Tengo que ir al baño. Quédate aquí.

Y se dio la media vuelta, agarrándose el brazo. Hermione se quedó en su posición, confundida. Pasaron unos minutos en los cuales Hermione apenas podía concentrarse en todas las preguntas que le hacían los otros de su casa, hasta que se hartó y decidió ir a buscar al rubio, excusándose con los demás chicos.

Recorrió varios metros buscando el baño hasta que las luces del castillo comenzaron a ponerse rojas. Hermione se paró de golpe, mirando alrededor, girando sobre sí misma.

Una explosión enorme sonó en un lugar cercano y todos los de la cena se encogieron, tapándose los oídos. La explosión hizo que los candiles y las mesas se balancearan y la castaña reaccionó apenas cuando uno de los candelabros estaba a punto de caerse.

Una chica de Gryffindor se estaba enderezando cuando el candelabro cayó justo en su dirección. Hermione reaccionó rápido.

— ¡Cuidado! — gritó, mientras corría hasta allá, alzaba la varita y apuntaba al candelabro en el segundo que se caía— ¡Aresto Momentum! — el candelabro quedó suspendido en el aire justo debajo de ambas chicas y Hermione, con su codo, apartó de un hechizo mental a la chica, mandándola lejos de la trayectoria. Las luces rojas parpadeaban. La castaña dio un paso atrás antes de romper el hechizo y que el candelabro cayera justo frente a ella.

Hermione, alterada, se giró hacia la chica.

— ¿Estás bien? — preguntó, con la adrenalina al tope. La chica, que estaba siendo ayudada a levantarse del suelo, asintió, espantada.

La castaña estaba respirando aceleradamente cuando sintió un pinchazo en su brazo. Traía un rasguño de uno de los vidrios. Tomó una servilleta de una de las mesas y la enredó con un hechizo, haciendo que se manchara un poco de sangre.

La gente comenzó a correr despavorida por todos lados, saliendo de la sala.

Hermione sintió como unas manos la agarraban de la cintura y la volteaba, la chica estaba preparada para defenderse cuando vio que era Draco.

— ¿Dónde estabas? ¿Por qué te moviste de dónde te dije? — le decía el rubio, desesperado. Hermione vio un destello de intensa preocupación en sus ojos.

— Yo…

— Nada, Granger— le decía el chico, respirando aceleradamente— Si yo te digo que no te muevas, no te mueves, ¿entiendes? No lo vuelvas a hacer.

Hermione nunca lo había visto tan asustado, así que solamente pudo asentir.

— Draco… ¿qué está pasando? ¿Por qué estás así?

— Están aquí— dijo el chico, agarrándola de la mano y arrastrándola fuera de la sala, donde todos corrían despavoridos— Los mortifagos. Calaware. Todos están aquí.

Hermione sintió un tirón en su pecho. Ya era demasiado tarde. Demasiado tarde.

— Estudiantes, despejen los pasillos y vayan a los lugares de seguridad que ya saben. El Gran Comedor, la Biblioteca, la Sala de Menesteres y la torre de Astronomía están abiertos, favor de todos ir al que les quede más cercano— decía la voz de McGonagall por las paredes de la escuela.

— Te llevaré a la casa de los gritos— decía Draco, arrastrándola por los pasillos— Trataré de distraerlos, pero tienes que quedarte ahí, ¿entiendes?

Hermione lo miró, escandalizada.

— ¡No, no haré eso! No sé que pienses Draco Malfoy, pero soy perfectamente capaz de enfrentarme a ellos…

Draco se paró, volteándose hacia ella, tomándola por sorpresa y tomó su rostro entre sus manos.

— Vienen por ti también, Granger. Ya perdí todo, no puedo perderte a ti también ¿no lo entiendes? — le decía, casi en una súplica— Combatirlos no es nada más que un acto suicida, ni siquiera tenemos información de la niña o de la joya. Perdimos. Sólo podemos ganar tiempo.

Hermione parpadeó. Algo en su corazón latió con mucha fuerza. No, todavía esto no había acabado, todavía había algo que podía hacer. Afuera, por las ventanas se vio como los hechizos protectores de Hogwarts se ceñían alrededor. Las luces rojas arriba parpadeaban.

La castaña se pegó a la boca del rubio y le dio un beso apasionado que duró apenas dos segundos. Cuando se separó, la castaña se grabó sus ojos grises en su cabeza. Atrás de ellos venían los aurores corriendo con sus varitas alzadas, venían por ellos para llevarlos a un lugar seguro.

— Algún día me perdonarás por esto— dijo la castaña y Draco apenas pudo reaccionar, porque la castaña alzó la varita y e hizo soltar un candelabro enorme, empujó a Draco enfrente con todas sus fuerzas y se tiró al otro lado mientras el enorme candelabro aterrizaba en medio de los dos, levantando una enorme nube de polvo.

¡Granger!

A través de la bola de polvo, mientras Hermione se ponía de pie, vio como los aurores venían por Draco y lo tomaban de los brazos para forzarlo a retirarse.

Hermione sintió como el chico se internaba en su mente para ver hacia dónde iba, pero la castaña, que había aprendido bien de él, se lo impidió.

Lo siento, lo siento, lo siento. Repetía, con la esperanza de que Draco la escuchara. Se quitó los tacones y descalza echó a correr.

….

Cuando llegó hasta la oficina de Defensa Contra las Artes Oscuras, rompió con un hechizo de bombarda la puerta. Los pies le dolían de una manera espantosa, pero no tenía tiempo de ponerse a pensar en un hechizo que le diera unos nuevos zapatos cómodos.

Se fue hasta la oficina de atrás, la de McLarren y cerró la puerta detrás de ella. Las luces rojas seguían por todas partes. Y comenzó a buscar en su escritorio, sin encontrar nada.

Maldijo por lo bajo hasta que se dio cuenta que probablemente había un glamour en todo eso. Si McLarren había conocido a Mycroft, debía de querer ocultarlo.

—Finite incantatem— murmuró la chica con la varita en alto pero nada funcionó. Si todo había sido oculto por un hechizo, el hechizo era demasiado fuerte.

La castaña se quedó caminando de extremo a extremo de la habitación, recordando cada hechizo que pudiese revelarle la verdad. Y luego recordó uno. Muy difícil. Uno que no enseñaban en Hogwarts. Uno que sólo ella y sus miles de libros leídos conocían.

Lo dijo en un murmullo y fue cuando los portarretratos revelaron las verdaderas fotografías, y un montón de cartas aparecieron en los cajones.

La castaña tomó una de las fotos.

McLarren de joven, al lado de Mycroft Calaware. Otra foto en un cajón de ambos nuevamente, pero esta vez, vestidos como Mortífagos.

McLarren era una mortífaga.

Más fotos de ella en Hogwarts, ella y algunos Mortífagos conocidos, ella con Joseph Avery, ella con Lucius Malfoy… Ella y Mycroft una y otra vez.

Y un montón de cartas de hace veinte años.

La castaña ojeó una de ellas, revelando la tinta verdadera con un hechizo, pues McLarren se había empeñado en ocultar su contenido.

Leyó a toda velocidad la primera carta.

Sheila,

Sé que harás lo correcto, pese a que ahora me odies más a que a todo. Sabes lo que debes hacer con la niña. No debes dejar que la encuentren, nunca. Sé que la protegerán, pero ella tiene la joya y no debes de dejar que nadie la encuentre. La asesinarán.

Elimina cualquier rastro de su existencia. Tú y yo podremos haber tenido nuestras diferencias, pero tanto tú como yo, amamos a esa niña. Protégela, y protege a su madre, por mí.

Si lees esto, debo estar muerto. Pero este es mi legado. Me arrepiento de haberte roto el corazón. Aunque no lo creas.

Mycroft Calaware.

Hermione dejó la carta, respirando atolondradamente. Atrás de la carta venía una foto. En aquella foto aparecían Sheila y Mycroft y una tercera persona, en medio de ambos. Una mujer con una sonrisa enorme, y unos ojos verdes preciosos. Hermione se sintió desmayarse, el mundo le daba vueltas.

A continuación, miles de actas, miles de cartas, todas y cada una probando cómo McLarren había engañado a cada persona para mantener oculta la identidad de la niña, incluso una carta dónde ocultaba evidencia de que había manipulado a McGonagall. Cartas a Mortífagos…

Y las cartas más horribles de todas: McLarren escribiendo a Matthew Calaware, en ellas, McLarren le explicaba cada cosa: dónde iba a estar ella en sus horas libres, cómo poder poseerla, dónde iban a estar ella y Draco durante el Torneo, la información necesaria para decirle cómo meterse dentro del Torneo sin ser vistos…

Hermione soltó toda la evidencia, sudando. Se tuvo que recargar en el escritorio para recuperar la respiración.

Alguien entró al salón en ese momento. Las puertas se cerraron tras la presencia. Hermione no necesitó ver para saber quién era.

No se molestó en guardar todo, salió de la oficina, bajó las escaleras y se puso enfrente de la figura que entraba.

— Sé lo que hiciste.

La figura se asomó a la escasa luz. Sheila McLarren, frente a ella, bajó la varita. La verdad seguía doliendo, ahora más que nunca. Ahora que sabía quién era aquella niña.

….

Draco no tardó en deshacerse de los aurores, pero no pudo pasar el enorme candelabro que impedía su paso hacia dónde Hermione había corrido. Estaba enfadado. Muy enfadado con esa chica. Se dijo que si la encontraba, le dejaría de hablar un buen rato.

Recorría todos los pasillos corriendo y con la varita apretada, buscándola. O buscando una pista que le dijera a dónde había ido, pero no encontraba nada.

El chico ya no traía el saco de la fiesta, lo había tirado por ahí, ni tampoco el moño del esmoquin. Ahora, su camisa blanca de botones estaba sucia del polvo y su peinado se había deshecho por completo.

Dobló un pasillo cuando revotó contra alguien. Estaba dispuesto a aventarlo de vuelta cuando se dio cuenta que era Daniel Avery quién había chocado contra él.

— ¿Avery? ¿Qué carajos?

—¿Qué te parece? — preguntó el pelinegro, sobándose ahí donde se había pegado al chocar con el rubio— Estoy buscando a mi padre. Sé que están aquí.

—Definitivamente tu estás hecho de buenas decisiones. Harás que te maten— le dijo el rubio, señalándolo.

— ¿Y tú qué? ¿Muy responsable? — dijo el chico, reprochándole. El Ravenclaw estaba vestido con un pantalón de mezclilla y una sudadera desgastada.

— Estoy buscando a Granger, no pierdo mi tiempo en buscar a un padre que probablemente no me quiere ver, te lo recomiendo, es liberador.

Avery frunció el ceño.

— ¿Granger? ¿Qué ha pasado con ella? ¿Está bien?

— Se podría decir que la perdí de vista— dijo el chico, amargamente.

En ese momento, dos figuras encapuchadas salieron de un pasillo contiguo y Draco apenas pudo reaccionar. Tomó a Avery del brazo y lo puso a un lado de él.

—¡Cuidado! — dijo, lanzando un hechizo para defenderse.

Daniel también comenzó a hacer hechizos en contra de las dos figuras que se acercaban a ellos con repentina velocidad.

— No puedo creer que voy a morir contigo, carajo— decía Daniel, pues los hechizos de ambos chicos, aunque poderosos, no estaban deteniendo a los Mortífagos que venían tras de ellos.

Pero Draco era mucho mejor que antes. En un hechizo tan diestro como lo hubiera hecho el mismo Dumbledore, levantó un campo de fuerza hecho de agua y en cuanto lo rompió, como si le leyera la menta, Daniel soltó un hechizo que los desarmó.

Draco los empujó al otro lado del pasillo y ambos salieron volando.

— Bien hecho— dijo Draco, mientras caminaban hasta ellos.

—¿Bien hecho? — Daniel lo miró de reojo.

— Nunca te lo volveré a repetir, Avery.

Ambos muchachos llegaron hasta los Mortífagos. Daniel levantó su varita hacia ambos, que se quejaban moviéndose mientras trataban de enderezarse, Draco se arrodilló y miró a Daniel. El pelinegro asintió, diciéndole que estaba listo para saber quiénes eran.

Draco les quitó la capucha a ambos en un movimiento brusco y ambos chicos abrieron los ojos, estupefactos.

—¿Papá? — dijeron al unísono.

En ese momento, los relojes de Hogwarts dieron las doce de la noche.

FIN DE LAS TREINTA HORAS.