El Castigo Por un Engaño
Por Candy Fann (CandyFan72)
Respetuosamente reconozco los cientos de fics que he leído y la influencia que puedan o no puedan tener en mi historia – esta historia la he escrito sin fin de lucro y es basada en los personajes principales que le pertenecen a Mizuki e Iragashi
Muchos personajes que han sido añadidos pueden ser basados en personajes históricos – pero su función en esta patraña es puramente un trabajo de ficción ya que este relato no es históricamente exacto.
0o0o0o0
Mil gracias por todos sus mensajes – su apoyo es apreciado y el incentivo principal para seguir con este relato
Capítulo 36 – Delirio
26 de diciembre, 1915 – Cosultorio del doctor Adams, Lakewood, Illinois.
Mientras se abotonaba cuidadosamente el uniforme detrás de una cortina blanca, un pensamiento peculiar daba vueltas una y otra vez en la mente de Candy. De repente le pareció un poco extraño que, aunque había estado en ese consultorio tan familiar en un sinnúmero de ocasiones, nunca había notado algo tan simple como los olores flotando dentro de la clínica del doctor Adams, una mezcla sutil del aroma a alcohol, desinfectante, vendas y yodo. Podría haber descrito en detalle con los ojos cerrados donde se encontraba el viejo escritorio del médico, la camilla e incluso los estantes repletos de frascos, libros e instrumentos; pero hasta ese momento nunca había notado ese aroma tan particular.
Abrochando su último botón y alisando la falda blanca con sus manos, sus pensamientos también fueron de Albert. Recordó cómo había besado con fingida valentía a su marido esa mañana cuando un coche elegante aportando la insignia de los Ardley lo recogió en su casa, y Albert, humorísticamente, puso los ojos en blanco al entrar en el reluciente vehículo negro. "Te amo," él susurró suavemente, despidiéndose con una mano y un beso en el aire cuando el coche se puso en marcha; dejando, sin saberlo, a Candy sola para enfrentarse silenciosamente a sus sospechas en la oficina del doctor.
La voz ronca del doctor Adams detrás la cortina la sorprendió, y súbitamente sus pensamientos volvieron al tiempo presente. "Cuando esté lista, enfermera White, por favor salga y tome asiento mientras charlamos un rato."
"S-si doctor Adams," respondió al ponerse los zapatos de cuero con suela de goma para luego mover la cortina a un lado de un tirón.
El doctor señaló a la silla vacía frente a su escritorio con un gesto de su mano. "Dijo usted que se ha casado recientemente, ¿no es así?"
"Sí. Nuestra boda fue en septiembre."
El doctor deslizó las gafas descansando sobre su cabeza salpicada de canas hacia el puente de una nariz larga y delgada, escribiendo sus apuntes rápidamente. "Bien, enfermera White, entonces no comprendo el motivo de su visita. Me parece que usted y su marido son una pareja sana de recién casados y supongo que no han usado ninguna medida preventiva para evitar un embarazo. Aun con conocimientos médicos básicos debería haberle sido claro que, en efecto, usted está esperando un bebé."
El corazón de Candy dejó de latir, bajándose de golpe a sus tobillos. Si no hubiera estado sentada, estaba segura que sus piernas habrían cedido y a esas alturas ella estaría despatarrada en el piso.
La joven contó mentalmente del uno al tres antes de atreverse a hablar.
"Uno – esto no puede estar sucediendo. Los médicos también pueden equivocarse ¿cierto?"
"Dos – sin duda se trata de un error… me pregunto si podría pedir una segunda opinión. ¡Nosotros usamos el estúpido condón de caucho y que yo sepa no tiene un agujero!"
"Tres – Dios mío… ¡ayúdame a recordar! Un… un momento. El día de nuestra última pelea… ¡Ay no, Albert! ¡Esto es culpa de tu borrachera!"
"¿E-embarazada? P-pero... p-pero ¡cómo es posible! ¿Está seguro? N-nosotros fuimos tan cuidadosos y usamos un condón, doctor Adams," la chica tartamudeó a través de labios trémulos y azulados cuando el alma le regresó al cuerpo.
El médico arqueó una ceja canosa y espesa. "¿Está segura de que utilizaron el condón cada vez que ha tenido relaciones sexuales con su marido desde su matrimonio, enfermera White?"
Candy abrió la boca para hablar y luego la cerró de golpe, limitándose a colgar la cabeza, sumamente avergonzada.
"No. Creo… creo que hubo un par de veces donde no usamos el condón. ¡Pero sólo sucedió una vez o dos veces como máximo, doctor! ¡Seguramente no fue lo suficiente como para causar un embarazo!" Dado su estado de pánico interno, en ese preciso instante le resultó imposible acallar sus pensamientos a pesar de ser plenamente consciente de la estupidez de su declaración tan pronto como las palabras salieron de su boca.
"El único método anticonceptivo que es garantizado es la abstinencia, enfermera White," declaró el medico con una risita divertida. "Los condones son muy eficaces, claro, pero solamente si se utilizan cada vez que el coito toma lugar. En realidad, cualquier método de anticoncepción tiene el potencial para fallar a causa de un error humano al utilizarlo."
Apoyando los codos sobre sus muslos, Candy, angustiada, enterró el rostro entre sus manos, estallando súbitamente en sollozos. "¿Y ahora qué vamos a hacer? ¿Cómo voy a darle la noticia a mi esposo? ¡Esto no formaba parte de nuestros planes!"
La mirada perpleja del doctor Adams se suavizó al atestiguar la obvia angustia de su paciente. "No todos los niños nacen de acuerdo al plan específico de sus padres, enfermera White. A veces unos llegan en lo que nosotros consideramos es el tiempo más inoportuno, pero le puedo asegurar que todos tienen el potencial de enriquecer nuestras vidas de una manera inesperada."
Candy, sorbiéndose la nariz, levantó la barbilla para encontrar la mirada plácida del doctor. "Queríamos esperar un tiempo y comenzar nuestra propia familia dentro de un par de años. Ambos deseábamos estar en una mejor situación financiera para poder darle a nuestro bebé todo lo que él o ella necesitarían. Mi marido quiere que yo me quede en casa permanentemente para cuidar de nuestro hijo y ahora… ahora no sé si seremos capaces de tener esa opción."
El doctor Adams sacó un elegante pañuelo de lino de su bolsillo, ofreciéndoselo a la acongojada enfermera con una sonrisa amable y paternal. "Escucha Candy, ¿puedo llamarte así? Después de todo, te conozco desde que comenzaste a estudiar enfermería." Bajando su voz hasta que casi se convirtió en un susurro, el medico vio cómo ella limpió rápidamente un par de lágrimas de su rostro. "Quiero ser franco con contigo. No puedo decirte qué hacer, y aunque este hospital asume que despedir a las enfermeras después del nacimiento de su primer hijo es lo mejor, no es algo con lo que yo esté de acuerdo personalmente".
El doctor se puso de pie, caminando lentamente hacia la ventana para observar a través de esta los copos de nieve cayendo fuera como una lluvia de pétalos blancos. "No puedo decirle a tu jefe Mary-Jane, o de hecho a nadie más, los detalles de tu embarazo debido a nuestra norma de confidencialidad para cada paciente." El caballero luego se volvió para mirar a la chica sentada frente a su escritorio, aun con la nariz roja tras su llanto y una que otra lágrima resbalando por sus pálidas mejillas. "Tú puedes trabajar a tiempo completo en este hospital hasta que nazca tu bebé; incluso yo podría personalmente recomendar que seas transferida a algo más liviano como el Departamento de administración o el Departamento de Geriatría. Después del nacimiento de tu hijo, podrías trabajar dos días a la semana aquí como mi enfermera o en el hospital principal. Claro, no será perfecto del todo, pero opino que es un balance razonable dadas las circunstancias. Candy, no te preocupes demasiado por tu situación financiera y toma un momento para asimilar la noticia como se debe. Después de todo, los bebés no requieren mucho hasta que entran a la escuela y comienzan a desear las cosas que sus compañeros tienen".
Con una sonrisa trémula, Candy secó sus lágrimas y luego se atrevió a susurrar la única pregunta que tenía en la punta de la lengua. "¿C-cuanto tiempo tengo de embarazo?"
"Por mis cálculos y el tamaño de tu útero al palparlo, creo que estas cerca de las ocho o talvez nueve semanas de embarazo."
Instintivamente la joven puso sus trémulas manos sobre su vientre. "Ocho semanas... la mayoría de los abortos espontáneos ocurren antes del final de la duodécima semana."
"Así es," dijo el doctor suavemente, regresando a su silla. "Debes descansar mucho, comer bien y mantener el estrés a raya. Puedes compartir las noticias con tu esposo hoy mismo, si quieres, pero recomiendo que esperes hasta el comienzo del segundo trimestre para compartir las noticias con el resto de tu familia y amigos."
Candy no tuvo que esforzarse demasiado para imaginarse compartiendo una cena íntima con Albert esa misma noche, nada extravagante, algo que pudiera preparar por su cuenta, tal vez un soufflé como el que ella había cocinado antes en Chicago y acompañado por una sencilla ensalada…un par de velas sobre la mesa y el fuego crepitando en la chimenea.
Después de terminar de servir poner la comida en la mesa, ella vertería un poco de vino tinto en la copa de él y agua en la suya. Albert sin duda le preguntaría por qué no le apetecía degustar un poco de vino, y entonces… entonces ella le daría la noticia acerca del bebé. Una tenue sonrisa cruzó sus labios, iluminando nuevamente sus delicadas facciones.
Iba a tener un hijo… un bebé fruto del amor que Albert y ella profesaron ante Dios el día de su boda.
Una nueva vida… y un nuevo comienzo para ella y su esposo.
Y Albert sería un padre excelente, de eso estaba segura. Con él siempre a su lado no tenía nada que temer: de alguna manera, ambos saldrían adelante.
La pequeña sonrisa creció en sus labios.
"¿En verdad… en verdad voy a tener un bebé, doctor Adams?"
El doctor Adams sonrió. "Sí, Candy. En efecto, dentro de siete meses te vas a convertir en una madre."
0o0o0o0
26 de diciembre, 1915. - Mansion Ardley, Lakewood
Mientras tanto, muy lejos del hospital y completamente ajeno a la felicidad de su esposa, Albert intentó mantener la calma como el reluciente vehículo se aproximó a la mansión más magnífica que podría haberse imaginado. Los vastos terrenos yacían cubiertos bajo un grueso manto de nieve, pero aun siendo así no le resultó difícil imaginar amplios jardines manicurados estallando llenos de vida y color en primavera. La casa, un espléndido edificio de piedra blanca, parecía mezclarse perfectamente con su entorno, llamando la atención con su imponente arquitectura, pero sin restar nada de la belleza natural que la rodeaba.
Cuando el automóvil se detuvo, vio al señor Johnson - ¡George! - de pie junto a la entrada principal, listo para darle la bienvenida. Tomando una bocanada de aire, e irradiando una calma que distaba mucho de sentir, Albert salió del coche, dándole las gracias al chofer sosteniendo la puerta del coche abierta.
A pesar de haberse retirado a sus aposentos a altas horas de la noche, George, inmaculadamente vestido y con su habitual semblante impertérrito, se acercó a Albert, ofreciéndole su mano como saludo. "Buenos días, Albert," dijo al estrechar la mano del joven en la suya. "Es un placer verlo por aquí. Por favor, entremos en seguida. Este clima es simplemente terrible. Voy a tomar su abrigo una vez que estamos dentro. ¿Ha comido ya? Le pedí al cocinero que dejara algo preparado antes de marcharse."
El conductor desapareció detrás del volante discretamente sin pronunciar una palabra, y Albert no tuvo otra opción más que seguir al elegante caballero dentro de la mansión. "Buenos días George. No. Aún no he almorzado. Disculpe, señor, ¿pero acaba de decir que su cocinero se ha marchado? ¿Es por eso que usted quiso que yo viniera, porque necesita un nuevo cocinero y quiere ofrecerme el trabajo?"
Riéndose entre dientes, George cerró la enorme puerta detrás de ellos al entrar a un vestíbulo de mármol gris. "Nada por el estilo, Albert. Le puedo asegurar que usted tiene demasiado talento para trabajar en la cocina de los Ardley. Le pedí a todos los criados que se tomaran unos días de vacaciones ya que se habían quedado aquí el día de Navidad. Siempre puedo ir al hotel si quiero comer algo extravagante, pero soy completamente capaz de cocinar aquí un platillo sencillo si tengo hambre."
La sinceridad de George tomó a Albert de improviso, y éste no pudo ocultarla su sorpresa en el tono de su voz. "¿Usted puede cocinar, George?"
"Noto un deje de escepticismo en sus palabras, Albert," replicó con una sonrisa divertida, posando su mirada imperturbable en su joven amigo mientras caminaban por un largo corredor iluminado por lamparillas eléctricas de cristal. "Le haré saber que no toda la 'gente rica' ha nacido respaldada por una vasta fortuna familiar, como tampoco son completamente incapaces de cuidar de sí mismos. Yo soy un huérfano como su esposa Candice, y el patriarca de los Ardley me encontró en mi infancia. Gracias a la bondad del señor Ardley recibí una buena educación que me permitió trabajar para él y pagarle con creses todo lo que hizo por mí. He trabajado arduamente durante muchos años para conseguir lo que ahora tengo… pero nunca he olvidado mis raíces, muchacho."
Una ola de rojo carmesí se extendió sobre el rostro de Albert y él tuvo la delicadeza de no tratar de ocultar su vergüenza, rápidamente pidiéndole disculpas a su anfitrión. "Lo siento. Por favor acepte mis más sinceras disculpas, señor Johnson. No fue mi intención ofenderle de esa manera. Quiero decir... supongo que me ha tomado por sorpresa. Todo este tiempo no había conocido a otro hombre que disfrutara de la cocina sin ser un chef. Siempre me ha gustado cocinar, y eso fue lo que me llevó a convertirme en un cocinero. Creo… creo que por eso yo asumí..."
"Asumió que, por el hecho de estar rodeado de riqueza y no ser un chef profesional, yo no sería capaz de apreciar el simple placer de preparar una comida en casa, ¿no es así?"
Albert sonrió tímidamente. "Bueno... sí..."
"El señor Ardley, el viejo patriarca, me enseñó a cocinar," George confesó mientras abría una puerta que daba paso a la cocina, dedicándole una mirada enigmática que el joven no supo exactamente cómo descifrar. "Y luego, luego yo le enseñé a su único hijo," añadió con una leve sonrisa.
Entraron en una magnífica cocina reluciente con todo tipo de electrodomésticos modernos y baldosas grises – una versión más pequeña de la cocina bien equipada en el restaurante del hotel. Los armarios blancos con puertas de cristal acomodaban decenas de platos de porcelana inglesa, así como un sinfín de copas de cristal de Bohemia de diferentes estilos y tamaños. Los mostradores eran de granito blanco pulido, y en una esquina descansaban una tostadora eléctrica y una tetera. La estufa y horno lucían modernos y elegantes: lo suficientemente grande como para alimentar un ejército de personas, pero también lo suficientemente pequeños para no estar fuera de lugar en una cocina doméstica.
Contemplando cada detalle, Albert no pudo ocultar lo impresionado que quedó al verlo todo. "¡Esta cocina es increíble, George! ¡Incluso tiene un refrigerador!"
"El señor Ardley insiste en introducir todo tipo de tecnología moderna en sus propiedades," George respondió con pragmatismo, sacando un par de platos y copas de un armario. "Cada casa tiene varios teléfonos, electricidad y, por supuesto, frigoríficos."
Cuadrando los hombros, Albert se reprendió en sus adentros por ser deslumbrado momentáneamente por la opulencia de la mansión. "¿Y se puede saber dónde está el enigmático señor Ardley de quien tanto habla? Supongo que estará celebrando las vacaciones con su 'familia' mientras hace caso omiso de su hija adoptiva, como de costumbre."
A George le fue inmediatamente obvio el tono mordaz en la voz del joven al colocar los elegantes platos sobre una mesa en la cocina. "Así que realmente no recuerda nada," pensó con una sensación de horror. "Y está furioso por todos los desaires contra su esposa. Esto será muy interesante... "
El caballero no pudo evitar forzar una sonrisa conciliatoria. "Espero que no le importe si comemos aquí, Albert. A menudo como aquí o en mi habitación porque encuentro el comedor demasiado sombrío y lúgubre. Y en cuanto al paradero del señor Ardley… bien…digamos que está más cerca que lo que usted cree. Por favor, tome asiento," dijo, tirando de una silla frente a la mesa ya dispuesta.
Albert suspiró, silenciosamente haciendo lo que George le pedía. "Es evasivo sin ser abiertamente desdeñoso..." pensó el joven en sus adentros mientras ocupaba su puesto, colocando una servilleta blanca bordada con el emblema de los Ardley en su regazo. "Es una vergüenza que un hombre de su calibre se vea obligado a trabajar para una familia tan reprensible."
"Monsieur Gerome es un cocinero excelente, y ha preparado uno de los platos favoritos del señor Ardley para nosotros, pato a l'orange." El olor del clásico platillo francés inundó la cocina cuando George sacó una cazuela del horno. Rodeado por una corona de naranjas finamente rebanadas, la piel dorada del pato simplemente brillaba, y Albert tuvo que confesar que, a juzgar por su aspecto, el ave había sido cocinada a la perfección. George también extrajo una pequeña bandeja de patatas asadas y un cuenco repleto de guisantes verdes, poniendo todo en la mesa.
Cortando un pedazo de pato, George lo colocó cuidadosamente en el plato del joven. "Creo que Gerome se ha superado a sí mismo una vez más con la comida, Albert, así que espero que esté hambriento."
"Mi antiguo jefe en Chicago, Armand LeClerc, tenía un viejo libro de recetas de su familia que había traído con él desde Francia. Su plato favorito era también canard a l'orange." Su pronunciación fue impecable, y entonces fue el turno de George para expresar sorpresa es su mirada.
"¿Parlez-vous français?" preguntó George levantando una ceja.
Albert se sonrojó un poco, sonriendo ampliamente. "Oui monsieur… un peu."
"El francés es mi lengua materna," George continuó diciendo en un elegante francés, ofreciéndole a Albert una porción de guisantes que este aceptó con gusto. "A menudo echo de menos tener a alguien con quien conversar en mi idioma. El francés del señor Ardley es fluido, por supuesto, y también es más que competente en italiano, alemán, portugués y español."
"Parece ser un hombre con una educación intachable," Albert respondió también con aplomo, usando los cubiertos de plata a su lado para poner un par de patatas asadas en su plato. "Esto hace que su comportamiento hacia mi esposa sea aún más deplorable, ya que su actitud no puede ser el producto del tipo de ignorancia que se asocia normalmente con la falta de educación."
George abrió una botella de vino blanco con más fuerza que de costumbre, vertiendo un poco en las copas frente a ellos. "Por muy extraño que le parezca, le puedo asegurar que todo lo que el señor Ardley ha hecho por su esposa ha sido pensando siempre en su protección. Personalmente creo que en un par de ocasiones podría haber hecho mejor algunas cosas, pero en general, ha hecho todo lo que estaba a su alcance dadas las circunstancias. Hay muchos motivos, motivos poderosos, que le han prevenido estar físicamente más cerca de ella. Sin embargo, ha dejado muy claro que el bienestar de Candice seguirá siendo su prioridad principal."
Albert resopló con desdén. "Sí … y por eso mi esposa fue casi violada por un miembro de su supuesta 'familia' y luego condenada al ostracismo por Elroy Ardley."
"Y le puedo asegurar que incidentes como esos no serán pasados por alto por el señor Ardley una vez que recupere su salud y sea capaz de tomar las riendas de su familia una vez más."
Frustrado, los ahora gélidos ojos de Albert se posaron en su anfitrión. "George, por favor, no insulte mi inteligencia. Usted no me ha traído aquí simplemente para almorzar juntos y explicarme la posición de la familia Ardley. Si existe algún obstáculo para que la adopción de mi esposa sea anulada de inmediato, usted lo sabe de antemano; de otra manera hubiera puesto en marcha los tramites cuando ella se lo pidió meses atras."
George sintió un nudo en el estómago, observando – anonadado - al joven sentado frente a él y sintiéndose repentinamente frustrado por sus vanos intentos en ayudarle a recordar su pasado de la manera más sutil posible. Masticando un trozo de pato con aparente parsimonia, aprovechó el silencio compartido para propinarse una bofetada mental. "¡¿Qué demonios estaba pensando?! ¿Que recordaría todo al cruzar el umbral y probar el maldito pato? ¡Lo único que he logrado es enfadarlo más de la cuenta!"
Esa mañana había despachado a toda la servidumbre para que nadie pudiera reconocer al joven patriarca y así evitar el riesgo de que alguien fuera directamente a la señora Elroy con la noticia sin antes tener la oportunidad de evaluar la situación. Hasta ahora, había concluido que la amnesia de Albert en ciertos aspectos era peor de lo que había temido inicialmente. Esa cocina, donde juntos pasaron muchos años de su infancia, no produjo ni siquiera el vestigio de una memoria… absolutamente nada. Y el plato que siempre fue su favorito… tampoco había suscitado ningún tipo de recuerdos que juntos podrían explorar con mayor profundidad.
Sólo una cosa estaba clara, y eso era la cólera de Albert hacia la misma familia de la cual él era el patriarca. Por supuesto, desde ese punto de vista su ira también sería inútil – estaba enojado por las decisiones que él mismo había tomado, y no había nadie más a quien culpar por las consecuencias que estas desataron en la vida de la joven enfermera que ahora, por desgracia, llamaba esposa.
El distinguido caballero tuvo que hacer acopio de toda su paciencia para no darse por vencido y atacar la pared más cercana a cabezazos.
Bajando la vista, ambos continuaron comiendo en silencio mientras George sopesaba sus palabras. "A pesar de nuestras diferencias de opinión, creo que hay una cosa en la que ambos coincidimos Albert," comenzó a decir con diplomacia. "La disolución de la adopción de su esposa es imprescindible. Usted tiene razón acerca de todos los trámites necesarios. Existía un problema que pronto será rectificado y, siendo así, quería notificarle cara a cara de que me he tomado la libertad de iniciar el proceso. Tengo que admitir que aún podría haber una pequeña demora ya que el señor Ardley es el único que puede firmar los papeles y en esos momentos se encuentra…"
"Indispuesto, claro." Albert terminó la frase de George al mismo tiempo que alcanzaba su copa de vino, bebiendo su contenido casi de un solo trago. "Perdóneme si le parezco un tanto grosero, pero estoy un poco cansado de oír la misma excusa, George. El bienestar de mi esposa está a juego aquí, y parece que a nadie le preocupa todo el daño que la asociación con la familia Ardley le ha causado ya. Simplemente mi posición es esta: solo quiero que ella sea feliz… feliz y completamente libre de las garras de esa familia lo más pronto posible."
Al borde de ser abrumado por su propia impotencia en el asunto, George miró a Albert directamente a los ojos, sabiendo exactamente lo que sí era capaz de prometer en ese momento. "Puedo jurarle, Albert, por todo lo que yo considero sagrado, que haré todo lo que se encuentre en mi poder para anular esta adopción tan pronto como sea posible. Por la felicidad de Candy y por su propio bienestar: no descansaré hasta que usted y su esposa puedan vivir juntos en paz."
Albert sostuvo a mirada del caballero por lo que le pareció una eternidad, notando una sombra en los ojos de George… el destello de algo… un brillo lejano que le resultó extrañamente familiar. Y de repente, ese dolor pulsátil que lo había agobiado esa mañana comenzó a bullir nuevamente dentro de su cabeza. "G-gracias," murmuró con un jadeo entrecortado, cortando otro pedazo de ave y llevándose el bocado a la boca.
Como en una especie un sueño que rayaba en pesadilla, ese bocado, como una droga, pareció despertar todos sus sentidos de golpe... casi como si estuviera probando ese plato por primera vez. El aroma y sabor evocaron palabras y sonidos cuyo significado era aún borro, perdido en las tinieblas de su mente, pero con su esencia inequívoca presente en la dulzura sutil de la carne. Temiendo una convulsión como la que ya había sufrido anteriormente meses atrás, el joven dejó caer los cubiertos sobre la mesa, y luchando por mantener la calma, comenzó a respirar profundamente.
Para George, sin embargo, el repentino cambio de color en el semblante del joven y su comportamiento fue alarmante. "¿Está bien Albert? ¿Le gustaría tomar un vaso de agua?"
"Sí," contestó con voz ronca, olvidándose de responder en francés.
George se levantó de su asiento, caminando rápidamente hacia el fregadero para llenar un vaso con agua. "Aquí tiene," volvió para ofrecerle a Albert el vaso. "Tome y bébalo muy despacio. Luce como que si hubiera visto un fantasma."
Tomando el receptáculo, Albert bebió como si su vida dependiera de ello, exhalando un suspiro audible de alivio al terminar. "Y-yo desperté esta mañana con una migraña, y parece ser que aún me estoy reponiendo. Por favor, le pido disculpas." Sus palabras parecieron vacilantes, su voz casi distante… y entonces tuvo que admitir que tenía que reposar durante un momento antes de que su cuerpo golpeara la tierra. "Señor Johnson, sé que mi solicitud le parecerá un tanto ortodoxa, pero… no sé… ¿cree que hay un lugar donde podría descansar durante unos minutos? C-creo que necesito un momento para recuperarme si es posible."
"¡Claro Albert! No es necesario que diga otra palabra. Por favor, sígame. Usted puede descansar en el solárium. A esta hora del día, es muy tranquilo y ofrece una maravillosa vista de los jardines, aunque, claro, en invierno es probable que el paisaje lo decepcione."
Ocultando su preocupación lo mejor posible, George miró a Albert ponerse de pie, y con un gesto de su cabeza, guió al joven fuera de la cocina hacia el pasillo por el cual habían entrado casi una hora atrás. Caminaron en silencio con el eco del tacón sus zapatos golpeando el suelo de mármol como su único compañero, hasta que llegaron a una entrada distinta a otras en la mansión. Abriendo la puerta con detalles dorados, George se apartó rápidamente para permitirle la entrada a Albert, y también para poder estudiar, disimuladamente por supuesto, la expresión en el rostro del joven.
Albert entró en la habitación e inmediatamente quedó impresionado por su belleza y dimensión. Frente a él encontró una pared de cristal y acero extendiéndose de un extremo de la habitación al otro, tal como había visto en una ilustración del gran salón de los espejos en el Palacio de Versalles en uno de los viejos libros de Armand. El manto de nieve fuera parecía resplandecer bajo la tenue luz del sol, cubriendo todo lo que sus ojos abarcaban, creando la ilusión de un paisaje prístino de altas montañas y campos abiertos... un paraíso congelado e intacto por los estragos del paso del tiempo y la mano del hombre, separado solo por una pared de cristal.
Albert estaba tan absorto contemplando la magia de esa habitación que se asustó un poco al escuchar la profunda voz de George a su lado. "Póngase cómodo donde más le apetezca, Albert. El diván le puede resultar particularmente atractivo si no se siente bien. Voy a mi habitación por un par de aspirinas para su dolor de cabeza. No me tardaré mucho."
George salió de la habitación antes de que Albert tuviera la oportunidad de responder, dejándolo a solas en medio de una bruma mental.
El joven caminó hacia el diván color jerez cerca de un escritorio de caoba con pasos vacilantes, y tras un momento de aprensión, terminó tumbándose cuidadosamente boca arriba sobre este. Cerró los ojos y con un suspiro, se obligó a respirar profundamente para relajarse, contando lentamente cada aliento y tratando, con cada bocanada de aire, de enfocar su atención lejos del dolor que sentía creciendo dentro de su cabeza. Sin embargo, a pesar de sus mejores esfuerzos, pronto supo que todo sería en vano.
El dolor lo atacó en olas más frecuentes, más fuertes cada segundo; la sangre corriendo por sus venas parecía retumbar como un tambor en sus oídos con cada latido de su corazón. Una incómoda sensación comenzó a formarse en la parte posterior de su garganta, haciéndole tragar con más frecuencia: un precursor a la náusea que generalmente le seguiría. De repente empezó a escuchar ecos distantes, como un batallón de voces fantasmales a su alrededor, por lo que trató de abrir los ojos solamente para descubrir que no podía... sus párpados se mantuvieron firmemente cerrados a pesar de intentar desesperadamente de mover los pequeños músculos de sus ojos.
"¡Esto no me puede estar pasando en este momento!" gritó dentro de su cabeza, al verse prisionero otra vez de una parálisis extendiéndose por todo su cuerpo. "¡Dios mío, por favor! ¡Candy! ¡NO!"
Cuando su cuerpo comenzó a sacudirse sobre el diván, Albert perdió la conciencia, y en ese instante su mente concluyó que era el momento ideal para finalmente comenzar a revelar todos sus secretos.
Italia
América
Chicago
En la oscuridad de la inconciencia, Albert regresó donde todo había empezado: el principio de sus recuerdos.
0o0o0o0
Continuará…
Chicas. Infinitas gracias por su paciencia. Leo y atesoro cada comentario que me envían y, como siempre trato de responder a cada una.
Quiero agradecerles a todas de corazón la manera en que muchas han acogido este fic. Lo comencé hace mucho tiempo… como un reto personal y se ha convertido en algo que ahora significa mucho para mí y, por lo que leo en sus comentarios, para ustedes también.
Así que seguiré escribiendo, tratando de llevarlas a un mundo de fantasía, donde Candy y Albert, a pesar de todo, son felices.
Cada comentario, por muy pequeño que sea, me ayuda a crear este mundo virtual, donde los rubios más tiernos del mundo creado por Mizuki e Irigashi, viven eternamente.
Feliz 2017
Saludos especialmente para:
IQS – no te hare esperar mucho más, ¡lo prometo!
Tania Lizbeth – ¡espero que no te quedes sin uñas!
Lukyta – ¡sorpresa!
Elitagv – un abrazo enorme nena
Nina – ¿cómo siguen tus ojitos?
Mary Men – los orgasmos… bendición del cuerpo humano… jejejeje
Rossana – ¡gracias por seguir la historia! J
Carolina Macias – no te pongas triste porque siempre hay final feliz… jejejeje… si no, no tiene chiste
Lady Susi – ya Elroy está afilándose las garras nena
Glenda – si… seguiré con "Horóscopos" no te preocupes…
Katnis – solo te haré sufrir un poquitito… te lo prometo… jejejeje
Liovana – manis… jejeje… paciencia. El próximo capítulo tiene las respuestas que buscas… jejejeje
Elizabethpadillapazm – ¡me alegra mucho saber que te gusta la pareja de Archie y Patty!
HaniR – mira que la mente de los hombres a veces sigue siendo un misterio para muchas… jejejeje
Silvia gc – quería hacer el capítulo más largo, pero… así es como quedó esta vez, jejejeje
Leihej – el mañanero… ¡jajajajajajajajajajaja! ¡Me encanta! ¡No sabía que tenía nombre!
Niizalaura – gracias por tus bellas palabras nena. ¡Un abrazo enorme!
Sabrina Weasley – ¡ese capítulo que quieres te lo voy a dedicar de todo corazón!
YAGUI – ¡Si! Quiero escribir más… pero no me dejan – según me dicen por aquí tengo que vivir 'la vida real'
Chicuelita- Todo bien por mi rancho nena y ps el rubio tiene su pasado, ¿eh? No te asustes que no será tan depravado… pero tampoco lo puedo hacer santo, jejejeje
Amigocha – ¡querías más así que te doy más amiga! Abrazos xxoo
Love Andrew – Querías un capitulo exclusivamente solo para Candy y Albert, ¿no? ¡A la orden!
Guest – voy…
Stormaw – no nena… ya no falta mucho para el final
Luz – jejeje… siempre leo todos tus mensajes nena J
Mercedes – Gracias por la paciencia nena xxoo
Locadeamor – Pues sería pecado que un hombre tan guapo como el rubio fuera virgen a los 25… ¿no crees? Jajajajaja ¡Un desperdicio!
Ross – no dejaré de escribir mientras ustedes, las lectoras, sigan comentando y leyendo J
Azukrita – Si, ya no falta mucho nena, y disculpa la tardanza del regalo. Iba por correo canguro y no aéreo… jejejeje
Louna – je vous remercie pour vos aimables paroles
Chiquita Andrew – Tons que mami… jejeje… no sabes cómo me alegran tus palabras. Son un 'pesito' en el alma xxoo
Josie – ya está mezclándose todo muy bien… ¡tiempo óptimo para que salga la bruja!
