Philip y Galen estaban a la retaguardia del ejército, observando la batalla desde un punto alto. Philip mantenía en todo momento el ceño fruncido, pero era evidente que no tendría que preocuparse por nada; Rose había regresado, su hijo estaba con él para evitar lo más duro del combate, y más pronto que tarde la muralla sucumbiría.
El joven Galen bufó. Estaba molesto por tener que quedarse en la seguridad de la retaguardia junto a su padre, pero al menos había combatido los días anteriores. Sin embargo, se le veía distraído, con la mente en otro lugar, y así había estado desde que el ejército partiera del castillo de Glenhaven. Y, cada vez que sus padres lo veían así, ensimismado, no podían evitar sonreír abiertamente.
-¿Ocurre algo, hijo?
Pero Philip tuvo que llamarle al menos otras dos veces antes de que el príncipe se diera por aludido. Philip se aguantó a duras penas las ganas de echarse a reír y se obligó a ser comprensivo.
-Tu madre y yo hemos notado que últimamente estás ausente. ¿Ha pasado algo?
Aurora y Philip conocían perfectamente el motivo de la preocupación de su hijo. Sin embargo, el joven Galen aún no había soltado prenda. Y, en la familia real, cuanto antes se aclarase un asunto como ese, mejor que mejor.
-No, Padre…Bueno, sí, supongo –respondió el joven rascándose la cabeza con nerviosismo-. Dejé un asunto pendiente en Glenhaven…
-¿Y ese asunto no tendrá nombre y apellido? ¿Wynne, por ejemplo?
Galen no dijo nada, pero no hacía falta; la expresión que puso lo decía todo. Estaba sorprendido por que sus padres supieran de sus amoríos, y en parte también se sentía presionado y algo indignado. Sin embargo, decidió guardar las formas; aquel no era momento para discutir.
-¿Cuánto tiempo hace que Madre y tú lo sabéis, Padre?
-Hijo –respondió Philip, casi riendo-. Si no lo supiéramos a día de hoy, tu madre y yo seríamos los padres más necios que jamás hayan pisado la tierra.
-¿Tanto se notaba? –inquirió el muchacho, acongojado.
-Las pistas que dabas eran tan grandes que podrían verse desde el torreón más alto del país.
"Mierda", quiso bufar Galen. Ahora más que nunca se sentía furioso, pero su madre le había enseñado a ver el lado positivo a todo y, mirándolo bien, podría confesarse a su padre. Una charla de hombre a hombre, como se decía. Mientras Galen lo meditaba, Philip le puso una mano en el hombro.
-¿Qué temes? ¿Que no aprobemos el compromiso?
"Se acabó, que sea lo que el Cielo disponga", decidió Galen.
-Sí…-respondió en un susurro casi inaudible.
-Sabes que, si no te hemos prometido en matrimonio hasta ahora, ha sido para permitirte encontrar a la mujer perfecta para compartir el resto de tu vida. Wynne, según tu madre, es una joven encantadora, y parece ser que te quiere de verdad. Mas, ¿la amas tú a ella? ¿O es sólo un encaprichamiento adolescente?
Galen pareció indignarse ante tal cuestión. Se apartó de su padre dando un manotazo.
-¡Daría mi vida por ella! –Philip volvió a sonreír-. Tú no lo entiendes, has estado prometido a Madre desde que ambos erais muy pequeños. ¿Qué sabréis vosotros de amores, si no habéis conocido a otros?
-Eso no es cierto –contestó su padre, manteniendo la calma a pesar de todo. Alzó la vista al cielo cuando el joven príncipe le preguntó con la mirada sobre su anterior afirmación-. Una vez conocí a una joven, y puedo asegurar que era la chica más bella de mundo. Cuando la vi por primera vez, en un claro del bosque aledaño al castillo de Glenhaven, pensé que se trataba de una Dríade. Por ella estuve a punto de renunciar a todo: al trono, a mi fortuna y a mi posición. Discutí con tu abuelo, porque no quería casarme con la mujer que él había elegido para mí.
Galen estaba atónito. Siempre había pensado en la relación entre sus padres como el perfecto matrimonio, la típica pareja que era ejemplo a seguir para todos, que se seguía amando al igual que el primer día. El que su padre tuviera una aventura, aunque fuera durante la juventud, no le encajaba en su esquema preestablecido.
-¿Esto lo sabe mi madre? –inquirió, todavía dudando sobre la veracidad de las palabras de su padre.
-¿Que si lo sabe tu madre? –rió Philip, más para sí mismo que para su hijo- ¡Por supuesto que lo sabe! De hecho, hablamos muchas veces de este asunto. Es un grato recuerdo para los dos…Pero es una historia demasiado larga y aburrida, que no le interesaría a un joven príncipe y guerrero –añadió al ver la expresión de sorpresa en el rostro de su hijo-. En cuanto a Wynne, si tanto la amas deberías decírselo, ¿no crees? ¿De qué sirve amar a una persona si tienes que pasarte la vida en silencio por las dudas? –Philip llamó a Sansón y montó. Picó espuelas-. ¡Vamos! –llamó-. ¡Tenemos un castillo que conquistar!
Durante unos instantes, Galen se quedó clavado en el sitio. Pero tras esos momentos de indecisión, el joven sacudió con fuerza la cabeza, montó en su corcel y fue a toda prisa para reunirse con su padre en el campo de batalla.
-Amar también significa compartirlo todo, tanto lo bueno como lo malo –oyó-. Si amas a esa chica y no compartes abiertamente tu amor, sufrirás. Y eso, hijo, es algo muy difícil de sobrellevar.
-¡Rose! ¡Rose! ¡Maldita sea, ¿dónde estás, Rose?
Los rugidos de William resonaban por todo el castillo, casi más altos que los silbidos de las flechas, que el choque de los aceros y que los golpes del ariete contra la puerta maciza. Holvik caía por segunda vez, y aquello estaba volviendo loco a su joven señor.
-¡ROOOSEEE! –bramó, furioso.
¿Pero dónde estaba Rose? Se suponía que iba a proteger el castillo pasara lo que pasara. Rose estaba con él, defendía su causa. Ahora ella era parte de la dinastía Hedmark, y el jovencísimo Conrad era la prueba de su pertenencia a la familia. Rose no lo traicionaría, no podía traicionarlo. Era completamente imposible que condenara de esta manera a su esposo y padre de su único hijo…
…No, algo le habría pasado. La noche anterior Rose le había contado lo del secuestro de Conrad, ¿y si había pasado lo mismo, otra vez? ¿Y si Rose estaba combatiendo en algún lugar lejano, oportunamente apartado de la batalla?
William evitó un espadazo con una finta y respondió con un contraataque lo más rápido que pudo. Su oponente, un soldado de infantería, sin mayor protección que un peto de cuero acolchado, apenas pudo defenderse. William lo ensartó y le clavó la espada hasta la empuñadura. El joven sintió el calor de la sangre sobre su armadura, penetrándole por los huecos del acero hasta llegar a la cota. William se mantuvo en esa pose durante unos momentos, sosteniendo al hombre con la mano izquierda mientras que con la derecha sujetaba su espada. Respiró hondo varias veces y, tras esto, sacó el arma del cuerpo inerte del soldado.
La puerta exterior había cedido, gritó alguien, y todos corrieron en desbandada al interior de la torre del homenaje, en un intento desesperado de ofrecer la última resistencia. William, al ver los huecos en los tablones de madera, al ver cómo entraba el ejército de Philip, sintió auténtico pánico por primera vez en su vida. Mas no era por su vida, ni por la certeza de que la lucha estaba perdida. Sintió pánico por su familia, por Rose y Conrad. Así que echó a correr hacia la torre, pero no se quedó en la sala, como hacían todos los combatientes, sino que fue escaleras arriba, hacia su habitación, con la esperanza de que Rose, o al menos el niño, estuvieran allí. Los pondría a salvo, a los dos, costara lo que costara.
Pero la habitación estaba desierta. William, frustrado y tras haber registrado hasta el último rincón, se arrodilló frente a la cuna vacía, apretando los puños. Oyó pasos a la carrera, pero no hizo movimiento alguno, ni tampoco se movió cuando escuchó abrirse la puerta y el silbido de una espada (quizás la famosa Espada de la Verdad) salir de su vaina. Alguien se situó detrás de él y, de refilón, vio el filo de la hoja apuntando a su cuello. William reconoció la espada como la de Philip.
-¿Es así como el gran rey Philip trata a sus yernos? –le increpó William, sereno.
-Es así como trato a los asesinos y a los traidores –respondió una voz airada.
-Mi causa era justa, y Rose la defendía –cerró los ojos-. Ahora haced lo que debáis hacer.
Pero Philip volvió a enfundar la Espada de la Verdad. Hizo un gesto a dos de sus hombres para que levantaran a William y lo desarmaran.
-Aunque los traidores merezcan morir a traición, joven –le recriminó- también merecen que se les juzgue. Pero ya te lo advierto: yo no soy como mi suegro, y el que seas parte de la familia no hará que la condena sea más benévola.
Rose despertó cerca del anochecer. Su familia al completo estaba en la tienda, y la joven se sorprendió gratamente. Tanto su padre como Galen tenían las armaduras abolladas, iban sucios y apestaban a sudor y a sangre, pero eso no le importó a Rose. Se lanzó a los brazos de su padre y luego a los de su hermano, feliz de volver a verlos. Los cinco estuvieron charlando durante un buen rato sobre varios temas, hasta que Aurora decidió que era la hora de cenar y que los dos hombres debían quitarse inmediatamente toda esa chatarra y darse un buen baño. Rose aprovechó la velada para hablar sobre Conrad y hacerles a todos pregunta tras pregunta sobre su hogar y sobre Aaron, el único hermano al que le faltaba por ver.
Mas había un tema que Rose quería pero temía sacar. Era evidente, por las muestras que daban tanto Philip como Galen, que el asalto había tenido éxito. Sin embargo, ¿qué había sido de William? Rose trató de buscarlo por el campamento durante la madrugada sin éxito, y llegó a temerse lo peor. Sin embargo, cuando volvió al amanecer a la tienda de su padre, entristecida y frustrada, se encontró a Aurora esperándola, ya vestida y arreglada. La cogió de la mano y se la llevó hacia Holvik, hacia los calabozos. Allí, en la única celda intacta, estaba William.
Rose pudo verlo a través de una mirilla, y cuando lo hizo se le encogió el corazón. Su madre le comentó que en esos momentos no podría hablar con él, y que tendría que hablar con su padre. Pero la joven no escuchaba, sino que concentraba toda su atención en William que, echado sobre una estera, dormitaba. En aquel momento, Rose deseó con todas sus fuerzas que se despertara, que la mirase, para poder decirle que lo sentía, que lo amaba con toda su alma, pero que la causa que defendía William estaba perdida.
-Madre –dijo Rose-. Padre no atenderá a apelaciones, ¿verdad?
Aurora negó con la cabeza y se cruzó de brazos.
-Me temo que por ahora no, Rosie. Pero, si quieres, podemos intentar hablar con él pasado un tiempo.
En ese momento Rose no pudo más y soltó un sollozo. Se frotó un ojo con la mano, mientras se dejaba abrazar por su madre.
-No lo entiendo –sollozaba la joven-. Me ha engañado, me ha mentido y me ha tomado por la fuerza, pero a pesar de todo eso…le quiero…
-El amor es un sentimiento al que todos aspiramos a comprender, pero nadie lo ha conseguido hasta ahora –cogió a su hija de la mano y se la llevó fuera-. Vamos, Rose. Hay que prepararse para volver a casa.
-A casa –respondió la joven-. Durante unos meses creí que esto era mi casa. Cuán equivocada estaba…
Y, a regañadientes, se obligó a retener las lágrimas. Siguió a Aurora hasta el campamento y, una vez allí, volvió a echarse en el camastro. Se durmió, pero no soñó nada. Despertó al mediodía, con la sensación de no haber descansado en absoluto.
