Capítulo treinta y seis

Canta esta nana

Phoenix y yo estamos envueltos en los brazos del otro en esta fría mañana de enero. Cierro mis ojos y escucho sus latidos, lentos y firmes mientras él respira con calma. Baja la mirada y cubre mi hombro en donde la sábana no cubre. Estamos somnolientos, por lo que estamos en silencio, pero estar juntos es suficiente.

Finalmente, él suspira-. Ya tengo que irme.

Es la hora en la que él se prepara para comenzar su día, lo que significa que también es mi hora. Soportamos el frío por un momento, tiritando mientras nos vestimos. Me pongo el mismo vestido que he estado utilizando desde que Katniss nació hace once años. Y tengo ropas incluso más viejas, de cuando vivía en la ciudad. Sin embargo, generalmente las guardo para ocasiones especiales.

Mientras peino mi cabello, Phoenix limpia el polvo de carbón de su espejo para afeitar, y comienza a limpiarse. Me inclino contra mi propio espejo, suspirando mientras veo los rabillos de mis ojos. Arrugas están comenzando a formarse. ¿A dónde se fue todo este tiempo?

- Eres hermosa, sabes –Phoenix me dice. Me ha estado mirando.

Sonrío-. No tanto como solía serlo. Arrugas, marcas de estrías. Nada parecido a la novia que trajiste a casa.

- Mejor –dice él-. Marcas de estrías por nuestras dos hermosas hijas. Y las arrugas solo significan que hemos pasado todo este tiempo juntos.

Dieciséis años de matrimonio. Es difícil de creer que ese es todo el tiempo que hemos estado juntos, casados. Me acerco y beso su mejilla, y luego terminamos de alistarnos.

Mientras preparamos el desayuno, Prim comienza a gemir y luego comienza a llorar. Phoenix y yo nos miramos, y él se dirige hacia donde se encuentra ella. Katniss abre sus ojos, adormilada, mientras escucha el llanto de su hermanita. Con gentileza, Phoenix gira el rostro de Prim.

- ¿Qué sucede cariño? –Phoenix le pregunta.

- Tuve una pesadilla –su labio inferior tiembla.

- ¿Qué pasó? –Le pregunta suavemente.

- No recuerdo –dice Prim-. Solo estaba muy asustada.

- Todo está bien, nada va a hacerte daño. Estás a salvo.

- No creo que yo estaba en problemas. Creo que era alguien más, alguien a quien quiero mucho –dice Prim. Sus ojos azules llenos de lágrimas se fijan en Phoenix-. Padre, quiero que me cantes algo, así la pesadilla se irá. Por favor.

Katniss envuelve a Prim con su brazo y mira a Phoenix, expectante. Él asiente con la cabeza y comienza a cantar:

Calla ahora bebé, no llores
Descansa tus alas, mi mariposa
La paz te llegará con el tiempo
Y te cantaré esta nana

Aunque ahora me tengo que ir, mi niña
Siempre estaré a tu lado
Y si despiertas antes de que regrese
Recuerda esta dulce nana

Y todo el amor entre la oscuridad
Nunca dejes de creer
Sólo con amor
Con amor encontrarás tu camino
Mi amor

El mundo ha convertido el día en noche
Dejo esta noche con gran pesar
Cuando regrese a secar tus lágrimas
Te cantaré esta nana

Sí, te cantaré esta nana

El llanto de Prim cesó y Katniss mira fijamente a su padre con los ojos abiertos. Ellas están embelesadas como siempre, igual que yo. Phoenix les da un beso en la frente, recoje algunos mechones rebeles y regresa para tomar su desayuno. Una vez que termina, me da un beso de despedida y se va a trabajar.

Despierto a las niñas nuevamente, cuando ya es tiempo que se levanten para ir a la escuela. Parece que la nana de Phoenix hizo su efecto. Prim está de vuelta con su carácter alegre mientras la llevo junto a Katniss a la escuela.

Comienzo mi día lavando los platos del desayuno, para luego arreglar todos los cuartos. Mientras barro, un sonido estridente penetra el ambiente, tan alto que estoy segura que todo el distrito puede oírlo. Es la sirena que usan para los peores accidentes mineros.

Mi corazón casi se detiene.

Intento mantenerme calmada mientras me pongo mi saco lo más rápido posible, olvidándome de los guantes o de una gorra. Me apresuro en salir, junto a otras personas histéricas de la Veta. Todos se amontonan en la zona minera. Nos empujamos como locos, los unos contra los otros.

Cuando llego al área, ya han colocado cuerdas alrededor de la mina donde ocurrió el accidente -cualquiera que fuera. Me esfuerzo en tomar aire al darme cuenta que es la mina de Phoenix la que ha sido rodeada por la cuerda. Empujo a varias personas, recibiendo algunos insultos a cambio, pero todo eso desaparece debido a este miedo que se apodera de mí, un miedo que me entumece y que retuerce mi estómago, y lo único que puedo ver es esa entrada y el rostro de Phoenix en mi mente.

-Señora por favor, tiene que detenerse aquí -, dice alguien. Mi visión se desvanece por un momento frente a un Agente de Paz, vestido de blanco, detrás de la cuerda.

No respondo, pero me quedo congelada en mi lugar. Agarro con firmeza la cuerda para estabilizarme. Mis ojos permanecen en esa entrada, esperando a que él salga, que regrese conmigo. El elevador rechina y mi corazón late con más fuerza. Él está ahí, pienso. Él va a estar ahí.

Algunos mineros salen a tropezones y busco a Phoenix entre ellos. Él debería saber lo preocupada que estoy, y que debe encontrar la manera de subir de inmediato para que yo no pierda la cabeza. Pero él no está ahí. Y lo encuentro difícil de creer.

El elevador vuelve a bajar. Él estará en el siguiente grupo. Tiene que estarlo. Él sabe que estoy esperando por él.

-¿Madre? -Una vocecita suena por lo bajo.

Esa es una de las pocas voces que podría llamar mi atención en este momento. Mis ojos dejan la mina por primera vez, y Katniss está parada junto a Prim. Sostienen sus manos entre ellas, sus rostros están enrojecidos por el frío.

- ¿Qué está pasando? -Prim pregunta, asustada.

-No lo sé -, respondo honestamente, mi voz se parte.

Permanecemos ahí de pie; las tres, mirando cómo continúa la actividad. Cada vez que el elevador se hunde en la tierra, mi corazón se viene abajo cada vez más. No Phoenix, aún no. Pero él va a regresar. Porque tiene que hacerlo. ¿No ese so lo que les prometió a las niñas en la nana esta mañana? ¿Que les cantaría nuevamente esa nana cuando regresara? Tiene que regresar para cantárselas.

Gente aparece. Ninguno de ellos es él. Pero es algo bueno. Suben algunos cuerpos de los fallecidos, ninguno de ellos es él. Aún está vivo. Y también traen heridos. Él no está herido.

Prim se aferra a mí, sus delgados brazos envuelven mi cintura. De manera rítmica, paso mi mano por su cabello, mientras intento contenerme de lanzarme contra esa mina y cavar por mi esposo.

Katniss se acuclilla en el suelo, sus dedos enterrados en la tierra, como si eso fuera a traer a su padre de vuelta. Si pudiera moverme, probablemente me uniera a ella. Sin embargo, solo puedo permanecer quieta, esperando a que Phoenix vuelva y me descongele.

Llega la noche. Extraños solidarios vienen y pasan frazadas. Cuando una mujer me entrega una, esta permanece en mi mano. No sé qué hacer con ella. Con una mirada triste, la mujer la toma de vuelta y la coloca sobre mis hombros. Otra persona está repartiendo bebidas. La sostengo con mis manos. Sé que está caliente por el humo que viene de esta, pero mis manos no pueden registrar el calor. No puedo beberla. Es imposible.

Prim se duerme, su cabeza yace en el regazo de Katniss, pero mi hija mayor permanece despiera, sus manos aun agarran la tierra que tiene atrapado a su padre. Finalmente, me siento y acompaño a mis hijas en el suelo. No obstante, al igual que Katniss, no puedo dormir. ¿Cómo podría? No he dormido sin Phoenix por más de dieciséis años. No iba a comenzar esta noche.

Los viajes del elevador toman más tiempo y menos personas salen. Ninguno de los viajes trae a mi esposo.

Canciones pasan por mi cabeza. Unas que Phoenix me cantaría. La canción del valle, la primera vez que oí su voz. El rebelde moribundo, la que usó como pago por la medicina y nuevamente cuando Maysilee fue escogida. Una canción, la primera sobre amor que dejó pasar entre nosotros. Una conocida como Elle, pero que la cambió por Ruth, por mí. La canción del umbral en nuestro día de bodas. La nana del prado que cantó para Katniss y Prim cuando nacieron. Y la nana que cantó esta mañana para nuestra hija, para alejar su pesadilla. Su voz suena con tal claridad en mi mente, que empiezo a creer que me está cantando en este momento. Y él va a regresar para cantar para nosotras.

El elevador baja una vez más. Dos horas después, al amanecer, se eleva nuevamente. Solo un hombre permanece de pie allí, y no es Phoenix. Es el capitán de la mina.

Se acerca a la cuerda y las personas se ciernen automáticamente sobre él. Incluso me paro y tropiezo contra él, para poder escuchar lo que tiene que decir. Su rostro está demacrado, atravesado por el dolor.

-Lo siento -, comienza.

No.

-Pero no conseguimos encontrar a nadie más.

No.

-Tal parece que el resto de los trabajadores fue diezmado por completo.

No.

- No habrá ningún cuerpo que puedan enterrar.

Caigo de rodillas, mis manos cubren mi rostro entumecido y sollozo. Mi cuerpo está abrumado. Jadeo por aire, lucho. Espero que él salga, para sentirlo nuevamente, pero no sucede. Pasa un largo tiempo antes de que pueda formar las palabras en mi cabeza, porque las tres palabras en ese orden no tienen sentido para mí. Parece imposible, porque aún estoy aquí. Y si aún estoy aquí, entonces se supone que él también. No habría sentido que yo esté sin él. Él hace que todo a mi alrededor sea bueno y valga la pena, pero eventualmente, las terribles palabras llegan, se forman finalmente dentro de mi cabeza y hacen que esto sea real.

Phoenix está muerto.