Epílogo
Asuntos pendientes

No estaba seguro de lo que había pasado.

En un momento, estuvo discutiendo con una mujer, al siguiente, se encontraba mirando las estrellas, acompañado del hedor más nauseabundo que había sentido en su vida. Trató de ponerse de pie, pero su cuerpo se alzó en protesta, y escogió no hacer ningún movimiento hasta que estuviera seguro que no le doliera nada.

Giró su cabeza, con el fin de reconocer su entorno, cuando se dio cuenta que, por alguna razón, había ido a parar a un desagüe junto al Támesis. Aquello al menos explicaba el mal olor, pero no cómo mierda había llegado a ese lugar. Tal vez los esbirros de Megan Vauxhall lo transportaron hasta allá, creyendo que había muerto. Sabía que los Aurores no estaban autorizados para emplear maleficios imperdonables, pero había otras formas de matar a alguien sin recurrir al Avada Kedavra.

Marcus Brigham podía considerarse afortunado. Era obvio que Megan no tenía la intención de que saliera de su oficina con vida, aunque le causaba extrañeza que, siendo Ministro de la Magia, se atreviera a hacer algo así en su propio despacho. Pero claro, Megan había invertido mucho en ese plan para permitir que alguien hiciera la conexión y le condujera directamente a ella. Pero Marcus, tirado allí, en medio de desperdicios humanos y apenas vivo, ya se había aburrido del plan de Megan. Estaba harto de ver que sus esfuerzos se fuesen al tacho de la basura. Tal vez… tal vez necesitaba hacer las cosas de forma distinta. Tal vez… hacer algo bueno le reportara beneficios.

Mientras conspiraba con Thomas Aynesworth y Megan Vauxhall, Marcus siempre debía preocuparse de no ser descubierto, lo que generaba presión en él y, al final, le hizo cometer algunos errores. Por otro lado, si dedicaba su energía a hacer una real contribución a la sociedad, ya no se vería en la necesidad de ocultar nada. Adiós a las presiones, adiós al secretismo. Nadie estaría tras él para recordarle lo que le esperaba si fracasaba, no sería juzgado en caso que se supiera lo que había hecho.

Supongo que no vi las cosas a través del cristal correcto. Permití que la muerte de mi familia me llevara por este camino. Solamente busqué entender a los muggles por compromiso, para aparentar que yo era diferente al resto, pero, muy en el fondo, ya sabía lo que iba a hacer. Quise escapar del impulso cegador de la venganza, pero ésta me alcanzó de todos modos. Y mira lo que obtuve a cambio.

Marcus ya no sentía todo el cuerpo como si le hubiera aplastado una prensa hidráulica. Lentamente, fue moviendo sus extremidades, como comprobando hasta qué punto podía moverse. Descubrió que el dolor ya no era tan intenso y, de forma lenta y tortuosa, se puso de pie, dando tumbos al principio, para luego caminar de forma más o menos cómoda. Lo primero que necesitaba hacer era acudir a San Mungo y asegurarse que no hubiera secuelas de su baile con la muerte. El siguiente paso a dar era bastante claro y decisivo.

Marcus no poseía su varita, por lo que debió caminar como quince cuadras para llegar al hospital. No esperaba que alguien fuese lo suficientemente caritativo para trasladarlo a su destino, por eso tuvo que tragarse sus palabras cuando un conductor se detuvo junto a él.

—¿Necesita un aventón?

Marcus se quedó un momento en silencio, incapaz de creer que un muggle se ofreciera a llevarle. Por supuesto, uno podría pensar que esa persona no sabía que Marcus era un mago, pero él había pasado buena parte de los últimos tres años pensando en formas de erradicar al la mayoría de la población no mágica, y había olvidado que no todos los muggles eran iguales. Después de todo, la premisa principal en la que se basaba su plan giraba en torno a una idea que había dado vueltas dentro de su cabeza desde que su familia había sido asesinada.

—¿Señor? —insistió el muggle, y Marcus espabiló, recordando su situación.

—Me temo que necesito transporte en este momento.

—¿Y dónde necesita ir?

Marcus iba a decir "San Mungo", pero recordó con quién estaba hablando y le dio la dirección en la que se encontraba el hospital. El conductor le instó a que se subiera y Marcus obedeció.

—¿Y se puede preguntar qué fue lo que le ocurrió? —quiso saber el muggle, mientras hacía andar el vehículo. Marcus juzgó que no era prudente hablar de las circunstancias por las cuales había acabado en ese estado. De todos modos, un intento de asesinato no era un tópico agradable de plática, sobre todo cuando uno era la víctima.

—Me caí por un terraplén —mintió Marcus, juzgando que aquella era una buena explicación alternativa para lo que le había ocurrido—. Creo que tomé algo que no me hizo muy bien.

—Es común que "pateen" los tragos en los bares —repuso el muggle, encogiéndose de hombros—. Aunque creo que es demasiado temprano para que usted se encuentre en esas condiciones. Apenas son las once de la noche.

—¡Vaya! —exclamó Marcus, dándose cuenta que no llevaba consigo su reloj de pulsera—. No tenía idea de qué hora era.

—Debió haber arrasado con el bar. ¿Algún problema amoroso? —El conductor dobló una esquina y Marcus vio que se encontraba en la calle correcta.

—Laboral —repuso él, juzgando que no se encontraba muy lejos de la verdad.

—¿Le despidieron?

—Podríamos decir que así fue —dijo Marcus, sintiendo un dolor punzante en su abdomen—. ¿Cuánto falta?

—Unas cinco cuadras.

Aquellas cinco cuadras transcurrieron en completo silencio. De todas formas, a Marcus no se le ocurría algún tema de conversación que no fuese su desgracia. Cuando se bajó del vehículo y agradeció al conductor, sin embargo, se dio cuenta que había sobreestimado su estado de salud. A duras penas pudo entrar en el hospital, y la recepcionista (quien no era la misma persona de antes), le indicó el cuarto piso. Marcus necesitó la asistencia de dos sanadores para que pudiera subir las escaleras.

Una vez más, Marcus yacía de espaldas, pero en lugar de las estrellas, veía el techo de una sala de hospital, y en lugar de sentir el típico tufo a alcantarilla, el olor a antiséptico penetraba en sus fosas nasales. Menudo cambio, pensó, mientras recibía las atenciones preliminares.

Cuando el sanador a cargo de su cuidado llegó, a Marcus se le hizo un nudo en el estómago. Hallaba irónico que la misma persona que había tratado de encontrar la cura a la enfermedad que estaba afectando a millones en el mundo, ahora se preocupara de curar sus propias dolencias.

—Buenas tardes, señor Brigham —dijo Hermione Granger, sosteniendo su mirada como si él jamás le hubiese hecho algún agravio—. Hoy seré su sanadora. ¿Le importa si le hago algunas preguntas?

Pero el pobre Marcus no podía articular palabra. Creía que tres años no serían suficientes para limar asperezas entre los dos, pero allí estaba ella, sin odio, sin resentimiento, simplemente haciendo su trabajo. Le tomó un minuto completo abrir la boca.

—N-No, no hay problema.

Hermione arqueó una ceja.

—¿Está seguro? Si gusta, puedo hacer que otro sanador le atienda.

Ella dijo todo eso en un tono profesional que le hizo entender a Marcus que ya no había ninguna emoción negativa en ella. Se sintió más cómodo.

—No, no hay problema en que me haga las preguntas que necesite.

—En ese caso, podría comenzar diciéndome en qué lugares siente dolor.

Marcus le indicó con lujo de detalles las zonas más comprometidas, haciendo especial hincapié en el dolor en su abdomen, pues sospechaba que podía tratarse de una herida interna. Hermione también pareció pensar en lo mismo, por lo que examinó a Marcus en el abdomen y, en efecto, era como él temía.

—Tenía razón, señor Brigham, aunque no es tan grave como cree. —Hermione conjuró una pócima, llenó un vaso pequeño (que también había conjurado) y se lo tendió a su paciente. Marcus miró detenidamente el vaso, como tratando de encontrar algo malo con éste, y bebió su contenido de un sorbo. Le sorprendió que la pócima tuviera sabor a arándanos, pues él tenía entendido que sabía a petróleo, más que nada porque las pociones curativas no eran compatibles con los saborizantes naturales.

—Esa es una consecuencia de nuestra investigación —explicó Hermione al ver la cara de Marcus—. No queríamos que la cura tuviera mal sabor, por lo que descubrimos una forma de que los medicamentos sean agradables para el paladar, pero que al mismo tiempo, quede claro que la gente está consumiendo un medicina, no una golosina.

—Y aplicaron la misma idea para las pócimas en general.

—No veíamos la razón por la que las pociones curativas debían tener mal sabor —dijo Hermione con un dejo de orgullo en su voz—. Se supone que nuestro trabajo, aparte de sanar las enfermedades y dolencias mágicas, es hacer que el paciente se sienta cómodo. Y decidimos que podríamos comenzar con algo tan simple y a la vez tan complejo como el sabor de los medicamentos.

Marcus recordó, con añoranza, sus tiempos de sanador, cuando recibía como cinco quejas al día acerca de los medicamentos, sobre todo con cosas de carácter cosmético, como la textura y el sabor, especialmente este último. Había olvidado por completo que aquel era un problema que nadie quería darle solución, solamente por tratarse de algo estético. Pero Hermione tenía razón. Eran esa clase de cosas que podían poner más cómodo a un paciente, y le alegraba que la medicina mágica comenzara a tomar ese rumbo, más orientado a lo humano que a lo meramente médico.

—Perdón que le pregunte, señorita Granger —dijo Marcus, notando que la poción estaba haciendo efecto, disminuyendo el dolor en su abdomen—, pero, ¿qué ha sido de su vida después de… bueno…?

—No he estado mal —repuso Hermione, notando que Marcus no esperaba que ella contestara la pregunta—. De hecho, bastante bien. Acepté algo muy importante ayer, y, al parecer, hice muy feliz a alguien. Lo único que lamento es que no se puede tener todo en esta vida.

—¿De casualidad está hablando de Draco Malfoy?

—Bueno, sí —dijo Hermione, y Marcus supo que ella estaba evitando hablar del tema a propósito, aunque no sabía si lo hacía por él o por alguna otra razón que Merlín sabrá mejor.

—Discúlpeme. Pequé de impertinente.

—No, no es eso —se explicó Hermione, mostrando una sonrisa pequeña—. Es sólo que pensé que no le iba a interesar—. Ella se puso a examinar sus otras heridas con su varita, juzgando que no eran de mucha consideración—. Pero si le interesa, bueno, es que, desde ayer, estoy comprometida—. Hermione le mostró el anillo a Marcus, y él admitió que no se había percatado de ese detalle.

—Me alegro por usted.

—Se lo agradezco —dijo Hermione alegremente—. Lo único malo es que la cura no funciona con Draco. Su esterilidad es permanente.

—¿E intentó administrarle la cura?

—Dos veces ya. No hubo ningún cambio en ambas ocasiones.

—Es una pena —dijo Marcus, sintiéndose mal por ella, por Draco y por haberse dejado llevar por las emociones desde la muerte de su familia—. ¿Y ha pensado en adoptar?

—Es la mejor opción que tenemos —repuso Hermione, sin evitar bajar un poco la cabeza a causa de la decepción—. A Draco le costó mucho tomar esa decisión, pero al final, se dio cuenta que era la única forma de que pudiera tener un hijo.

—Él y millones de personas más.

—Al final, fueron dos mil millones los que quedaron permanentemente estériles por la enfermedad —dijo Hermione, recordando las horribles estadísticas que había dejado la pandemia de Blackpool—. La tasa de natalidad se derrumbó, la población envejeció y se está estudiando extender la edad de jubilación a los setenta años para los hombres y a sesenta y cinco años para las mujeres.

Marcus se quedó en silencio, ponderando lo que había dicho Hermione sobre las consecuencias de su enfermedad, atónito por las ramificaciones sociales y políticas de sus acciones. Había estado tan obcecado en diezmar la población no mágica que ni siquiera se detuvo a pensar en las consecuencias. Creía que iba a ser mejor que los muggles fuesen pocos, pues siendo pocos eran más fáciles de controlar, pero no había contado con que el plan pudiera fracasar. Al parecer, Megan Vauxhall era una mujer incapaz de aceptar una derrota.

—Vaya —dijo Marcus, incapaz de decir nada más.

—Bueno, ya está hecho —dijo Hermione, concluyendo su examen—. Fuera de su lesión en el abdomen, no hay otras heridas de consideración. Le recomiendo que permanezca en reposo por un par de noches y darle tiempo al cuerpo para que se recupere apropiadamente. Después, podríamos darle de alta.

Marcus se quedó en silencio por un breve momento, reflexionando sobre el proceder de Hermione Granger. Le había llamado la atención que ella hubiera empleado la palabra "recomiendo", en lugar de obligarle a que permaneciera en reposo. Fue cuando recordó el juramento que había pronunciado cuando se hizo sanador de San Mungo. No recordaba qué palabras exactas había empleado, pero sí había captado la idea central.

El paciente tenía la última palabra.

En la actualidad, el sanador pecaba de orgulloso, sabiéndose capaz de curar cualquier enfermedad, con independencia de las decisiones del paciente, olvidando que el sanador estaba al servicio del paciente, no al revés. Y, reflexionando acerca de sus acciones, Marcus se dio cuenta que había roto en pedazos aquella regla sagrada. Él había decidido por las personas, él había creído que su plan era lo mejor para la raza humana, sin buscar segundas opiniones, sin ser objetivo acerca de los muggles. La muerte de su familia le había impedido ser objetivo y actuó como cualquiera lo haría en su situación. Lo único malo de aquel proceder, era que, a menudo, se daba cuenta de sus yerros cuando era demasiado tarde para solucionar el problema que él mismo había causado.

—Creo que es lo mejor —dijo Marcus, acomodándose en su cama, notando que era más blanda que las anteriores. Hermione se dio cuenta de ello.

—Parte de las utilidades de la cura se destinaron a la reconstrucción y mejoramiento de San Mungo —explicó ella, haciendo un ademán para marcharse—. Que tenga una buena noche.

—Espere un momento —dijo Marcus, recordando lo que le había llevado al hospital en primer lugar—. Lo que pasa es que… bueno… usted sabe bien qué era lo que estaba planeando. Lo que no sabe es que hay alguien más detrás de todo esto. Se trata de la persona que hizo posible todo este desastre.

Hermione se quedó mirando a Marcus con incredulidad.

—¿Hay alguien más?

—Así es, pero ella es intocable, al menos para el sistema legal tradicional —repuso Marcus, sabiendo que se estaba internando en aguas desconocidas al proponer semejante barbaridad—. ¿Hay alguna forma de lidiar con esa clase de problemas al margen de lo legal?

Para su sorpresa, Hermione sonrió.

—Conozco a alguien.


Lo bueno de haber sido condenado por una pena relativamente menor era que tenía derecho a libertad por buena conducta. Lo malo era que ya no podría concretar sus metas de ser un Auror. Sin embargo, eso no significaba que no hubiesen alternativas.

Dos días después de su salida de Azkaban, Harry había sido contactado por la última persona de la que esperaba saber algo. Al parecer, sus acciones no habían pasado desapercibidas para algunas personas, y entre esos sujetos era, por irónico que pudiera sonar, Caleb Wilson. Harry creía que aún estaba en prisión.

Resultaba que Caleb Wilson también había sido liberado por buena conducta, y el hecho que se hubiera entregado de forma voluntaria había sido un atenuante decisivo. Tres años pasaron desde que todo Dragón Negro fue encarcelado hasta que fue libre, y desde ese entonces, Caleb estaba reclutando gente para un nuevo proyecto. Harry se habría rehusado tajantemente a participar de aquella iniciativa, que Caleb había denominado "Dragón Dorado", pero no pudo conseguirlo. ¿La razón? Ya no se trataba de un equipo de mercenarios dedicados a cometer crímenes, sino que se habían convertido en una rama del Departamento de Seguridad Mágica, algo así como un grupo de Operaciones Encubiertas, dedicado a resolver asuntos delicados al margen de la ley. Por paradójico que pudiera parecer, la idea había sido de Kingsley Shacklebolt, quien estaba harto de que políticos corruptos se salieran con la suya. Por supuesto, aquella nueva rama de Aurores estaba autorizada a solucionar problemas por cualquier medio necesario, a excepción del asesinato. La idea era poner a personajes corruptos con gran influencia política y económica tras las rejas, no dejar un reguero de cadáveres. Bueno, con lo moralista que era Harry, uno podría pensar que tampoco iba a aceptar trabajar en las sombras, pero también hay que tener en cuenta que a él tampoco le gustaba jugar según las reglas. Y aquella nueva oportunidad le venía de perlas. También pudo haber considerado a su nuevo empleador como un enemigo, pero Harry sabía que él era inteligente y que aceptar trabajar para Kingsley era la mejor solución para su situación.

Una semana había pasado desde que accedió trabajar para Caleb Wilson, y Harry se encontraba frente a una vivienda de aspecto lujoso. Iba vestido de etiqueta y gozaba de una identificación falsa. Había sido invitado por la misma dueña de casa, y aquello había sido posible gracias al trabajo de inteligencia de Dragón Dorado. Harry sabía exactamente qué hacer dentro del inmueble, pues había estudiado los planos al detalle, así como los comportamientos de la dueña de casa. De hecho, lo más difícil había sido ocultar la operación, de forma que Megan Vauxhall no supiera qué se estaba cociendo. Por fortuna, si todo salía bien esa noche, aquello ya no sería un problema.

Harry se arregló el frac y se dirigió a la casa. Estaba al tanto de que había encantamientos de impasibilidad en los alrededores, pero él era un invitado, y aquello no iba a ser una traba. Y no lo fue.

La fiesta tenía lugar en la amplia sala de estar, la cual había sido acondicionada para la ocasión. Todos los invitados parecían provenir de la alta sociedad mágica, por lo que le extrañó no ver a Lucius y Narcissa Malfoy dando vueltas por ahí. Supuso que Azkaban se había asegurado que ellos jamás volviesen a gozar del prestigio de antaño.

Estuvo mezclándose con el resto de los invitados, hablando y gesticulando como lo había practicado hasta la saciedad en el nuevo cuartel de Dragón Dorado, ubicado en una casa cercana al Ministerio de la Magia. Sabía que debía mantener un bajo perfil por una cantidad precisa de tiempo, de modo que la anfitriona no se diera cuenta de quién era realmente.

Cuando Harry vio su momento, se acercó a la dueña de casa de forma casual y continuó su actuación.

—No creí que fuese capaz de organizar buenas fiestas.

—Todo el mundo piensa eso —dijo la anfitriona con una pequeña carcajada—. Usted es el señor Humes, ¿verdad?

—Tiene usted buena memoria.

—No crea. Solamente soy buena con las caras.

—Usted es una caja de sorpresas.

La aludida se sonrojó ligeramente.

—¿De verdad?

—Es que no la conocía personalmente —dijo Harry graciosamente, separándose de ella y tendiéndole una mano—. Un error grosero por mi parte.

—No sea adulador —dijo ella, sonrojándose más si cabe, tomando la mano de Harry, interpretando correctamente el gesto—. No soy exactamente muy querida donde trabajo.

—¿Acaso estamos en el trabajo?

—No.

—Entonces concédame esta pieza.

Harry, en su interior, no podía creer que una buena actuación le podía reportar tantos beneficios. La mujer frente a él respondía a sus palabras y gestos como si estuviera programada para ello, y se preguntó si las demás funcionaban de forma similar. Luego, mientras la dueña de casa le miraba fijamente a los ojos, se dio cuenta que no habían sido sus palabras o sus gestos el ingrediente principal para el éxito. Había sido el aplomo con el que había dicho y hecho todo eso. No era lo mismo decir algo con aplomo a decir algo con tiento. Las mujeres eran expertas en percibir esa clase de cosas.

—Se mueve bastante bien, señor Humes.

—Es el beneficio de la práctica.

No hubo más intercambio de palabras hasta que finalizó la tercera canción y Harry se hubiera separado de su pareja de baile.

—Nunca creí que conociera a alguien tan agradable como usted —dijo la anfitriona, dedicando una mirada fugaz hacia una terraza que miraba a un lago cercano. Harry aprovechó la ocasión para tomar una copa de vino, convenientemente ubicada en un extremo de la mesa detrás de él.

—¿Le apetece un trago mientras conversamos más allá afuera?

La dueña de casa sonrió.

—Me leyó la mente, señor Humes.

Ambos se dirigieron a la terraza. No había nadie allí, y la luz era escasa. Condiciones perfectas.

Una vez afuera, Harry le tendió la copa de vino a la mujer y ella bebió un sorbo, luego otro, y otro más. Él la imitó, pero con un poco más de decoro.

—¿Siempre es así con sus invitados?

La mujer tardó un poco en responder. Era como si estuviera pensando la respuesta a esa pregunta, aunque la gente normal no hacía gestos como de extraviada mientras hacía cosas como esa. Al final, Harry obtuvo la respuesta que esperaba.

—Solamente con los que me llaman la atención.

Harry, en cualquier otra condición, habría hallado extraña la forma desapasionada con la que hablaba la dueña de casa, pero en aquellas circunstancias, era exactamente lo que esperaba ver.

—¿Y yo le llamo la atención?

—En más de una forma.

—¿Y se puede saber en qué formas?

—De formas muy sexuales.

No puedo creer que esta mujer se encuentre tan desesperada. Harry supo que era el momento de proceder con la siguiente fase del plan.

—Dejémoslo para más tarde. Por ahora, quiero hacerle algunas preguntas.

Silencio. Señal inequívoca de que podía continuar. Harry alzó su varita e hizo aparecer unas chispas de color verde.

—Lindos fuegos de artificio.

—Sirven para ambientar —dijo Harry con una pequeña sonrisa antes de continuar—. Bueno, me gustaría que me dijera una cosa. ¿Qué sabe de la enfermedad de Marcus Brigham?

—Lo sé todo, desde los detalles de su investigación hasta el trasfondo de su odio hacia los muggles —dijo ella sin una pizca de emoción en su cara—. Yo fui el cerebro detrás de todo el plan. Yo inculpé a Thomas Aynesworth, yo hice que escribiera esas cartas a Marcus Brigham, yo le ofrecí financiar su investigación, yo contraté a Dragón Negro para que lidiara con Hermione Granger, yo me deshice de Winston Lowell, yo quería diezmar la población muggle para que nosotros, los magos, pudiéramos controlarlos, porque ellos no pueden decidir por sí mismos. Yo fui responsable del arresto de Caleb Wilson, de desacreditar a Hermione Granger para reducir la pena de Marcus Brigham, le pagué al Auror para que dijera que no había Veritaserum, al juez para que sobornara al Wizengamot y declarar inadmisible el testimonio de la señorita Granger.

Harry había obtenido más de lo que había anticipado. Había planeado dividir el interrogatorio en varias partes, pero, vistas las circunstancias, aquello ya no era necesario. Aquella mujer, quien no era otra que Megan Vauxhall, había confesado todos y cada uno de sus crímenes, y lo que era peor, otros habían escuchado. Poco después de que Megan acabó con su perorata, un equipo de Dragón Dorado apareció en la terraza y la apresó. Acto seguido, Harry acompañó a sus camaradas hacia un puesto seguro de desaparición y, con un estampido, viajaron a Londres, donde el destino de Megan Vauxhall sería escrito.

Cinco meses después

MEGAN VAUXHALL CONDENADA

Hay tiempos de incertidumbre en el Ministerio de la Magia. La cabeza del gobierno mágico, Megan Vauxhall, fue hallada culpable por los cargos de cuasi delito de genocidio, financiamiento de desarrollo ilegal de armas biológicas, soborno, chantaje y corrupción gubernamental en general, por lo que fue condenada a cadena perpetua en Azkaban, sin derecho a libertad bajo ninguna circunstancia. Por otra parte, Thomas Aynesworth fue exonerado del cargo de colaborador, pero sigue siendo culpable de encubrimiento durante el juicio a Malcolm Jordan, por lo que su pena fue reducida a tres años, lo que significa que ya es un hombre libre. Aún no se sabe quién será el sucesor de Megan Vauxhall, pero varios candidatos se han propuesto para desempeñar tal función. Más detalles en la página 4.

Hermione dejó el periódico sobre la mesa, esperando a que el pollo terminara de cocinarse. En eso estaba cuando, de la nada, aparece Marcus Brigham. Lucía mucho más contento de lo que había estado en años.

—Tengo los papeles —dijo, tendiendo un fajo de documentos sobre la mesa, encima del periódico. Hermione los tomó, los examinó concienzudamente, y volvió a dejarlos sobre la mesa, asintiendo con la cabeza.

—Felicitaciones, señor Brigham —dijo Hermione, extendiéndole una mano, la cual Marcus estrechó con gusto—. Usted ya es un proveedor oficial de pociones curativas para la empresa de mi esposo. Con sus conocimientos y experiencia, no me extraña que, dentro de un par de años más, se convierta en el proveedor principal.

—Es usted muy gentil, señorita Granger.

—No es nada, señor Brigham. Enseguida le diré a la secretaria del señor Malfoy que archive estos papeles. Que tenga un buen día.

Marcus asintió con la cabeza y se retiró. Hermione iba a consultar el estado del pollo cuando el mundo comenzó a darle vueltas y tuvo que apoyarse en los muebles para no caerse. Creyó que aquello era algo transitorio, pero cuando vio que la situación no mejoraba, resolvió ir a San Mungo para que le dijeran qué diablos le estaba pasando. Desde hace unas cinco semanas que se venía sintiendo muy rara, y padecía de síntomas como alteraciones del estado de ánimo, subida de apetito, algunos mareos, y el pobre Draco había recibido su propia ración de disgustos por culpa de ella. Ya era el momento que tomara cartas en el asunto y que un sanador le dijera qué clase de enfermedad padecía. Por supuesto, había tratado de diagnosticarse a sí misma, pero a veces tenía un humor tan volátil que ni siquiera se molestaba en hacerlo.

En su opinión, la única cosa que explicara a la perfección sus síntomas era algo que ella sabía que era imposible. No había tenido sexo con ninguna otra persona que no fuese Draco, y sabía que él era estéril. Así que descartó esa posibilidad de cuajo. Algo más le estaba ocurriendo y necesitaba saber qué era. Dejó una nota encima de la mesa, explicando adonde había ido.

No pasaron más de treinta minutos y Draco hizo acto de presencia. Notó la ausencia de Hermione y vio la nota encima de la mesa. Qué bueno que haya tomado esa decisión se dijo, recordando todos los malos ratos que había pasado por culpa de la rara enfermedad de Hermione. Por supuesto, la nota también hablaba del pollo, y Draco se dio cuenta que se había pasado en dos minutos la cocción. Apagó el horno con un movimiento de varita, justo en el momento en que Hermione hizo acto de presencia. Ostentaba una expresión inescrutable en su cara.

—¿Y bien? —quiso saber Draco, poniendo los brazos en jarras—. ¿Qué es lo que tienes?

—No hay nada malo con mi cuerpo —dijo Hermione en voz baja, mirando a Draco con una extraña mezcla de júbilo e incredulidad—. Pensé que era imposible, pero… pero… de algún modo, pasó. No tengo idea de lo que ocurrió, pero… es que es increíble… asombroso.

—¿Qué es asombroso? —insistió Draco, perdiendo de a poco la paciencia.

Hermione se acercó a él y le tomó ambas manos.

—Draco… —él sintió sus manos trémulas—… estoy embarazada. Y tú eres el padre.

La cara de Draco lo decía todo.

FIN


Nota del Autor: Jamás creí que terminaría esta historia, dado que la di de baja en su momento, pero bueno, hemos llegado al final. Espero que no haya quedado como una historia de amor más. Si piensan lo mismo que yo, significa que hice bien mi trabajo.

Quiero dar un sincero agradecimiento a todos(as) aquellos(as) lectores(as) que leyeron esta historia, a quienes dejaron sus comentarios y a quienes la siguieron de principio a fin. Realmente fueron mi motivación para seguir adelante con este proyecto. Y ahora, a continuar con el que posiblemente será mi último fic del fandom de Harry Potter.

Un saludo.