37
Loreley

Harry se dejó caer en el sofá en cuanto puso un pie en casa. Estaba exhausto, lo único que quería era deshacerse de la pesada mochila que cargaba en la espalda. Unos segundos después de que él apareció en la sala Sirius también lo hizo, con la misma expresión cansada. Éste, sin miramientos, lanzó la mochila a un rincón de la habitación y se echó en un sillón, cerrando los ojos.

—La próxima vez que se te ocurra flirtear que sea con mujeres menos agresivas y veloces, Potter —dijo Sirius, recuperando el aliento.

—Lo siento, Sirius —se disculpó Harry, con una sonrisa—. No pensé que eso fuera a salir tan mal.

—¿Cómo pudiste equivocarte de nombre? —espetó Sirius—. Pareces novato, Potter.

Harry se sonrió, una vez que recuperó el control de su respiración miró alrededor: Grimmauld Place lucía limpio y recién ordenado. El muchacho recordó que no lo habían dejado así cuando salieron.

—Parece que Kreacher ha tenido trabajo —dijo Harry, acomodándose las gafas.

—¿Hmmm? —dijo Sirius, abriendo los ojos, no se había dado cuenta de ello.

—La casa —señaló Harry alrededor—, está limpia.

Sirius se levantó del sillón, con una mirada suspicaz, indicó a Harry que guardara silencio. Unos sonidos provenían de la cocina. El merodeador se acercó lentamente hacia la puertita que dividía el umbral y empujó con cautela. Esperaba encontrarse con el malhumor de Kreacher, sin embargo lo sorprendió el rostro de Molly Weasley, quien saltó asustada.

—¡Oh, Dios mío! —gritó ella, con una mano en el pecho—. ¡Me has dado un susto de muerte, Sirius Black!

—Molly, ¿qué haces aquí? —preguntó Sirius, confundido.

—¿A ti qué te parece? —inquirió Molly, apresurada, mientras secaba con un paño algunos trastos—. ¡Ah, hola, cariño!

Harry se asomó a la cocina en cuanto escuchó el sonido de las voces. Se acercó a la señora Weasley para abrazarla.

—Espera, ¿todo este tiempo has estado viniendo sólo a limpiar? —preguntó Sirius, mirando alrededor, la casa Black nunca había lucido tan impecable.

—¿Tú qué crees? —dijo ella, frunciendo el ceño—. ¡Ni una nota, ni un solo mensaje, ni una sola carta! Si no hubiese sido por Dian no sabríamos que ustedes dos se habían ido de viaje. Bonita forma de hacerlo, ¿eh? ¡Sin avisar, de la noche a la mañana!

—Fue algo totalmente imprevisto, Molly —dijo Sirius, despreocupado—. Pero tú no tenías que…

—¡No, ya sé que no! —respondió la señora Weasley, agitando la mano—. Pero quería hacerlo. La soledad de esta casa no me dejaba dormir y la verdad es que yo… yo tenía que ocuparme en algo. Ahora que los muchachos casi no están, pues…

—¿Qué dice Arthur de esto? —preguntó Sirius.

—Él también tiene sus propias cosas —respondió ella—. Al menos tiene el ministerio, todavía.

Sirius miró a Molly y entendió perfectamente, la abrazó.

—Gracias, Molly.

—Oh, no me agradezcas nada —respondió ella, enternecida con ese gesto—. ¿Ya han cenado? ¡Puedo preparar un estofado de setas ahora mismo!

Harry sonrió, de pronto tenía apetito. Sirius y él pusieron la mesa mientras la señora Weasley cocinaba a toda velocidad, hablando animadamente. Se notaba contenta de verlos al fin.

—Así que no van a decirme dónde estuvieron —dijo un poco recelosa.

—Estuvimos en muchos lados —dijo Sirius, dando un sorbo al vino.

—Al mismo tiempo —añadió Harry.

—Tantos que no terminaríamos de contarte esta noche —siguió Sirius.

—Ya decía yo que ese viaje no había sido planeado muy bien que digamos —la señora Weasley ya servía el estofado de setas en unos recipientes—. Kreacher no ha querido salir de su sótano.

—De pronto tiene complejo de mueble —dijo Sirius, saboreándose la cena.

—¡Sirius! —reprimió la señora Weasley, en un susurro—. No digas esas cosas feas. Si Hermione te escuchara…

Harry sintió una punzada en el pecho, pero se mantuvo al margen. Sirius sonrió, hacer enojar a Molly Weasley era parte de su actividad rutinaria, ya se sentía en casa.

—¡Oh, Harry, cariño! —dijo de pronto la señora Weasley—. Ron ha estado muy inquieto, preguntándose por ti. A que no sabes: ha quedado seleccionado para la liguilla del quidditch.

—¿Qué?, ¿en serio? —exclamó el muchacho de gafas, casi ahogándose con el estofado—. ¿Cómo sucedió eso?

—¡Han sucedido tantas cosas! —sonrió la señora Weasley.

Ella se sentó a la mesa para cenar con padrino y ahijado. Platicaron algunos minutos más. Sirius y Harry se mostraban cautelosos y no revelaban demasiado de su viaje, por ejemplo que la última parada que hicieron fue en un bar lleno de veelas, donde Harry había intentado entablar conversación con un par de ellas y las había confundido, por lo que tuvieron que salir huyendo, antes de que los lincharan vivos.

De pronto, una lechuza entró por la ventana. Era casi medianoche, por lo que a los tres les extrañó que un mensaje llegara a esa hora. La lechuza se dirigió especialmente a Molly, ella comprendió que se trataba de un recado personal; probablemente, el ave tenía instrucciones de buscarla particularmente. Desplegó la notita que llevaba en la pata y la lechuza salió pronto por la ventana. Molly se llevó una mano a la boca en cuanto terminó de leer. Sirius y Harry, quienes hasta entonces charlaban animadamente, dejaron de reírse al notar su expresión.

—¿Qué pasa, Molly? —preguntó Sirius, inquieto.

—Es Remus. Dian está en San Mungo. Dice que algo ha salido mal —dijo ella, con la voz sombría.

—¿Qué? —musitó Sirius, aturdido—. Se supone que sería hasta diciembre.

—Creo que debemos ir ahora mismo —dijo la señora Weasley con un tono que a ambos preocupó mucho.


Remus estaba de pie, recargado sobre uno de los muros blancos del hospital, con los brazos cruzados y la mirada perdida. Tenía un semblante terrible. Hacía minutos que sólo guardaba silencio, ensimismado, repitiendo en su cabeza las escenas de lo que había pasado esa noche, una y otra vez. Intentaba entender qué había salido mal. Afuera todavía había luna llena, pero él ya no volvió a transformarse. Sin embargo, se sentía asqueado de sí mismo. Apenas si tuvo tiempo para cambiarse de ropa, antes de llegar a San Mungo. No sabría cómo explicar a todo mundo que él había herido a su propia esposa. Una vez que llegaron al hospital, Dian fue trasladada a una de las habitaciones de emergencia, casi inconsciente, sangrando con abundancia. Desde entonces, hacía una hora, que Remus no sabía nada de ella y aguardaba solitariamente en un rincón del extenso y largo pasillo.

—¿Remus? —la voz de Sirius rompió el silencio abrumador en el que estaba sumido.

—¿Sirius? —dijo Lupin, saliendo de sus pensamientos.

No sabía por qué o cómo era que estaba su amigo ahí, pero sintió alivio realmente necesitaba a alguien a su lado, lo seguían Molly y Harry. En cuanto Remus vio a Sirius se le llenaron los ojos de lágrimas, tenía el rostro lívido.

—¡Yo tengo la culpa, Sirius! —dijo Remus, con la voz quebrada.

—¿De qué hablas?, ¿qué sucedió con Dian? —preguntó Sirius, confundido, pero por la pinta que tenía Remus esperaba una respuesta terrible.

—No sé cómo ni por qué, pero me transformé de nuevo… —dijo Remus, con el aliento cortado— y la ataqué, ataqué a Dian… ambos están en peligro.

Sirius no pudo decir nada. Harry comprendió la gravedad de aquello, nunca había visto a Remus tan afligido. Molly Weasley se acercó a él y sin más lo abrazó, consolándolo.

—Todo va a estar bien, cariño —decía ella, afectada al verlo así.

—Remus, ¿cómo pudo ser eso posible? —dijo Sirius, contrariado—. Allá afuera hay luna llena todavía. Y… tú estás aquí.

—No sé cómo es que…

Remus no pudo terminar de explicarse, pues una sanadora se aproximó a él con paso acelerado.

—¿Usted es el padre? —dijo de pronto a Remus.

—Sí, ¿cómo están ellos?

—Su esposa ha entrado en labor de parto. La situación es un poco delicada pues el bebé apenas tiene siete meses, pero haremos todo lo posible para que sobreviva.

Aquellas palabras cayeron como un balde de agua fría sobre Remus. Sirius bajó la mirada.

—Ella pide verlo. Sería conveniente que usted la acompañara —añadió la sanadora, con delicadeza.

Remus asintió y miró a Sirius de soslayo, éste le dio una palmada en la espalda.

—Nosotros esperaremos aquí —dijo su amigo, con la voz profunda.

Remus apresurado siguió a la sanadora hasta la sala de partos. Sirius, Harry y Molly se quedaron en la sala de espera, muy preocupados.

—No puedo creerlo, todo iba tan bien —decía Molly, con los ojos lagrimosos.

—¿Es tan malo, señora Weasley? —preguntó Harry, realmente preocupado.

—Quizá sí, cariño. Sobre todo si Remus… bueno, ya sabes —dijo ella, angustiada.

—Regulus nació de treinta y cinco semanas, ¿no, Sirius?

Pero éste no prestaba atención, había aparecido un vuelapluma y ahora escribía una nota rápida.

—Salma debe saber esto —decía impaciente, casi para sí mismo—. No entiendo qué pudo salir mal con la poción.

El vuelapluma escribió el mensaje para Salma y luego otro más para los señores Roosevelt, después pidió a una de las enfermeras que enviara la nota por lechuza, lo más rápido posible.


Remus entró en la sala de partos. Dian ya tenía contracciones, en cuanto lo vio le dirigió una mirada entristecida. Él se acercó a ella rápidamente y sujetó su mano con firmeza. Ella pujaba y gritaba de dolor, bañada en sudor; se quejaba y suplicaba para sí misma que aquello terminara pronto, tenía miedo, tanto como el que le había tenido a Remus esa noche. Dian sabía perfectamente cuántas semanas tenía el bebé y que nacería antes de tiempo, sin que ella hubiese podido hacer nada para evitarlo.

—L-lo lamento —decía ella, en medio del dolor—. Dijeron que debía nacer ahora.

—Perdóname tú a mí —respondió él, con lágrimas en los ojos.

Dian no sabía qué decir exactamente. En realidad no quería decir nada. Sentía más dolor que nunca en su vida.

—Tengo miedo —musitó para Remus.

Él sólo pudo sostener su mano y la besó en la frente. Los sanadores iban y venían de la habitación, hasta que la sanadora que anteriormente había hablado con Remus indicó que estaban listos. Ahora Dian tenía que concentrar todas sus fuerzas para dar a luz al bebé.

Dian pujó, pero el dolor casi la dejaba sin respirar. La sanadora indicó que ya podía verse al bebé coronando, por lo que tenía que hacer un esfuerzo más. Dian entendió que si no lo hacía ahora su hijo correría peligro. Volvió a tomar aire e hizo un arresto más, el último.

El pequeño cuerpo del bebé se deslizó hasta los brazos de la sanadora, quien lo recibió con destreza. Ésta esbozó una sonrisa:

—Es una niña —dijo para Remus.

Él lo escuchó perfectamente, miró a Dian enseguida, pero ella tenía una expresión preocupada. La sanadora sostenía a la pequeña y la masajeaba en el pecho y la espalda, intentando reanimarla, pues aún no lloraba.

—Llora, por favor, llora… —susurraba Dian con la voz en un hilo.

La sanadora cortó el cordón umbilical con rapidez. Remus tomó la mano de Dian entre las suyas, suplicando también que la pequeña respirara. No era posible tanto sufrimiento, tanto dolor y pérdidas. No estaba dispuesto a soportar una más.

Por fin, el llanto se escuchó poderoso, rompiendo el silencio repentino de la habitación. Dian recuperó el aliento. Remus soltó una risa.

—Lo logró —dijo él a Dian.

Ésta asintió con los ojos llorosos. Las enfermeras limpiaron a la recién nacida y luego la envolvieron en una manta y se la entregaron a Remus, quien la tomó con los brazos nerviosos. Era muy pequeña y aún se quejaba un poco entre la manta.

—Está bien, totalmente sana. Aunque es prematura quizá no necesite más de una semana de observación —dijo la sanadora, satisfecha, disipando los temores de Remus y Dian.

—Gracias —musitó Remus, meciendo a la pequeña que todavía lloraba un poco, pero en cuanto la acercó a su madre enseguida dejó de llorar.

Dian la cargó, no recordaba la última vez que había sostenido un bebé entre sus manos, ni siquiera estaba segura de si lo había hecho alguna vez con Regulus, pero en cuanto tomó a su hija todo pareció sencillo. Tenía la piel muy blanca, las mejillas y los labios sonrosados; aunque aún no abría los ojos totalmente, Dian alcanzó a distinguir el color aceituna de éstos, como los suyos. En la cabeza tenía una pelusita rubia, de lo que sería el próximo cabello.

Remus observó a Dian sosteniendo a la pequeña y no pudo evitar llorar. Había estado a punto de perderlas por su culpa. Dian lo miró, ella por el contrario no lo culpaba de nada. Acarició su rostro con la mano que tenía libre.

—Ya pasó todo.

—Pero yo…

—Ya está con nosotros. Eso basta para mí —dijo Dian.

De pronto, todo tenía sentido para ambos: el tiempo que habían estado juntos, el tiempo que habían estado separados, casi sin posibilidad de reencontrarse, las cosas terribles que habían vivido cada uno, las pérdidas y el dolor. Todo estaba compensado con la llegada de su hija al mundo.

—¿Qué te parece Loreley? —dijo Dian, sin apartar la vista de la pequeña—. Loreley Hope Lupin.

Remus sonrió. Era perfecta.


Sirius estaba recargado en el muro, con las manos ocultas en los bolsillos, muy pensativo. Cuando vio a Remus acercarse a ellos, con los brazos extendidos y una sonrisa en los labios, respiró aliviado.

—¡Es una niña! —anunció, orgulloso—. Tengo una hija.

Sirius lo abrazó de inmediato. La señora Weasley y Harry se levantaron de su lugar con rapidez, acercándose a Remus, también alegres y tranquilos al fin.

—¿Cómo está ella?, ¿cómo está Dian? —preguntó Sirius, impaciente.

—Ambas están bien —respondió Remus—. La bebé tiene que ganar peso y talla, pero está muy sana.

—¡Oh, Remus, felicidades! —exclamó la señora Weasley, abrazándolo efusivamente—. Dile a Dian que tengo remedios buenísimos para engordar bebés.

Por la puerta de la sala de espera entraron los señores Roosevelt a toda velocidad.

—¡Remus, acabamos de enterarnos! ¿Qué ha pasado?, ¿cómo está mi hija y el bebé? —decía la señora Roosevelt, apresurada.

—Las dos están bien —respondió Remus, que con sólo decirlo se sentía dichoso.

—¿Las dos? —preguntó el señor Roosevelt, sorprendido—. ¿Es una niña?

—Sí, una niña: dos kilos seiscientos gramos, veinte dedos y los ojos de Dian —dijo Remus, rebosante.

—¡Una niña! —exclamó la señora Roosevelt, feliz—. ¡Tenemos una nieta!

Se abrazaron y abrazaron a Remus. Éste reía contento, aunque no estaba seguro de cómo explicaría por qué había nacido prematura.

—¿Me pierdo de algo? —preguntó la voz de Salma detrás del grupo.

Sirius giró y se sorprendió al ver la pequeña versión de sí mismo que era Regulus en brazos de su madre.

—Creí que nunca llegarías —dijo Sirius, aproximándose a ella para tomar al pequeño, quien lucía bastante crecido a sus ocho meses.

Salma descifró la mirada de Sirius, así que se acercó a Remus y lo apartó un poco del grupo.

—¿Cómo está ella?, ¿cómo está el bebé?, ¿cómo estás tú? —preguntó ella, bajando el tono de voz aprovechando que todo mundo estaba distraído con Regulus.

—Ellas están bien, y yo… mucho mejor, pero…

—¿Ellas?, ¿acaso fue una niña? —preguntó Salma, visiblemente emocionada.

—Sí.

—Me alegra, Remus —sonrió Salma—. ¿Te parece bien si hablamos a solas?

Remus asintió, ambos se disculparon y salieron rumbo a la cafetería del hospital. En ese momento una enfermera se aproximó a ellos.

—¿Son familiares? —preguntó, extrañada al ver al grupo completo.

—Sí, nosotros somos los abuelos —sonrió el señor Roosevelt, orgulloso.

—Ya pueden ver a la niña en los cuneros —informó la enferma.

—¡Oh, vamos a conocer a tu nueva prima, Regulus! —exclamó Sirius, conduciendo a todos por el pasillo.


Remus y Salma bebían té en la cafetería, ella aprovechó para examinar a Remus casi a escondidas del personal del hospital. Él le explicó la gravedad del asunto y que no quería que nadie más se enterara, pues podrían no sólo recriminarlo sino también denunciarlo al ministerio por ser demasiado peligroso. Salma estuvo de acuerdo y en cuanto se cercioró de que todo estaba bien lo tranquilizó.

—En cuanto Dian te habló tú regresaste a la normalidad, ¿cierto? —decía ella, repasando los hechos.

—Sí, pero juro que tomé la poción como era debido —respondió él, se le notaba muy cansado.

—Lo sé —asintió ella, haciendo unas anotaciones—. ¿Sabes, Remus? Cuando envié esa poción a Dian no estaba segura de que diera resultado a la primera, tuve mis dudas, sinceramente. Sin embargo, cuando reaccionaste muy bien al tratamiento entendí algo: la licantropía cedió por algo más poderoso que las hierbas medicinales; por supuesto que éstas lograron un efecto, pero creo que se debió a tu fuerza de voluntad. Tú realmente deseabas curarte y de alguna manera ordenaste a todo tu mecanismo de defensa a que creara una barrera. Quizá, ahora que estabas un poco distraído y cansado el sistema inmunológico bajó y tu condición, de licántropo quiero decir, no quiso dar tregua, por eso se aferró a la última oportunidad que tenía para hacerte ceder.

—¿Qué quiere decir eso?, ¿corro el peligro de volverme a transformar?

—No, no lo creo. Ahora sigue siendo luna llena y no hay indicios de transformación por lo que he visto. Creo que lo has expulsado, Remus, definitivamente.

Remus no podía creer aquello, todavía estaba ensimismado y temeroso. Bebió un trago grande de té.

—Yo la ataqué, ¿sabes? No lograré perdonármelo nunca.

—Bueno, tienes suerte de que mi prima es bastante fuerte —sonrió Salma, quien no se sentía en posición de juzgar a Remus—. Todo lo que ha sufrido… En verdad me alegro que ahora tengan una nueva oportunidad, juntos.

Remus asintió, ella tenía razón, debía dejar de lamentarse.

—¿Qué debo hacer ahora?

—Seguir el tratamiento, vamos a darle un año más a tu sistema para que se adapte, ¿te parece bien?

—Sí, me parece bien —respondió Remus—. ¿Sabes?, deberías decirle esto a alguien. No tienes idea de cuántos licántropos viven miserables.

—Lo sé —respondió Salma, pensativa—, pero la Unidad de Captura de Hombres Lobo está al pendiente de cosas así, ¿lo sabías? No soy la primera ni la única en descubrir una poción con una posible cura, pero gente de mucho poder, del antiguo Ministerio de Magia, hizo hasta lo imposible para que no se supiera. Gente, por supuesto, aliada a… Quien-Tú-Ya-Sabes.

—Alguna vez escuché eso, pero lo triste es que muchos hombres lobo lo pasan tan mal que ni siquiera están enterados del todo.

—Lo imagino. Aunque con la nueva administración de Kingsley las cosas pueden cambiar para bien.

—Verás que sí —asintió Remus, recobrado de fuerza.


Detrás de un vidrio protegido con encantamientos, estaban los cuneros. En la primera fila, envuelta en una manta rosa y dormida apaciblemente, se encontraba la pequeña bebé de Dian y Remus. Una etiqueta sobre su cuna decía: Loreley H. Lupin. Cuando los señores Roosevelt la reconocieron casi se pegaron contra el vidrio.

—¡Por Merlín, qué hermosa es! —exclamó Molly Weasley en cuanto la vio.

—Vaya, se parece mucho a Lupin —dijo Harry, sonriendo.

—Pero en una versión bonita —añadió Sirius, sosteniendo a Regulus en sus brazos—. ¿La has visto, Regulus? Es tu prima y algún día la vas a proteger de los chicos en Hogwarts.

—Es un nombre muy lindo... —musitó la señora Roosevelt.

—Creo que lo he escuchado en algún lado —decía el señor Roosevelt, pensativo.

La señora Roosevelt tenía lágrimas de felicidad en los ojos y se dio cuenta de que Molly Weasley también, ambas se miraron divertidas. En todo ese tiempo no se habían conocido, así que en cuanto intercambiaron elogios para la pequeña hicieron amistad, inmediatamente. Salma y Remus se encontraron con el grupo en los cuneros.

—¡Oh, qué bella! —exclamó Salma, enternecida—. Deberían tener otro pronto, Remus. Salen lindísimos.

Remus se sonrojó un poco y Harry se rio mucho de su expresión.

—No sería mala idea —intervino el señor Roosevelt, estrechando a Lupin con un abrazo—. Felicidades, Remus, creo que no me había sentido tan feliz en mi vida, excepto quizá cuando nació Dian.

—¿Cómo se encuentra ella?, ¿podemos verla? —preguntó la señora Roosevelt, también jubilosa.

—Ya está en una habitación, pero sigue dormida —respondió Remus, aún sonrojado.

—Creo que es mejor que nosotros regresemos mañana —dijo Salma, tomando a Regulus de los brazos de Sirius—. Despídete, Regulus.

Salma tomó la pequeña mano rolliza del bebé y la agitó, mientras éste movía los dedos. Sirius sonrió, aunque con nostalgia.


Dian despertó, miró a Remus sentado en una sillita a su lado y esbozó una sonrisa. Él también lo hizo, acariciando la frente de ella.

—¿Dónde está la bebé? —preguntó Dian, observando la habitación.

—En los cuneros, pero van a traerla aquí enseguida —respondió Remus, con serenidad—. ¿Cómo estás?

—Mejor, mucho mejor —respondió ella, incorporándose un poco.

—Todos han venido a visitarte: tus padres, Sirius, Harry, Salma y los Weasley. Sólo que estabas dormida.

—¿En serio?, ¿y me vieron así? —dijo ella, sonrojada, acicalándose un poco el ondulado cabello.

—No te preocupes, no se fijaron en ti. Loreley te robó toda la atención.

—Debo acostumbrarme —sonrió Dian, contenta.

Ambos se miraron en silencio. Dian suspiró, tenía que ser sincera con él.

—Remus, pedí a la sanadora que le hicieran pruebas a la niña —dijo ella, de pronto.

—¿Pruebas? —dijo Remus, extrañado. Dian permaneció en silencio, entonces él lo comprendió—. Sí, entiendo.

—Creímos que tu transformación ya había pasado, pero nos equivocamos, por eso lo consideré importante —dijo Dian, un poco afligida—. Pero también lo hice por mí: tengo miedo de que haya sacado los genes Roosevelt.

—Hiciste bien —asintió Remus.

—Sea cual sea el resultado… no importará, ¿no? —preguntó ella, dubitativa.

—Absolutamente —afirmó él, con seguridad—. No cambiará el hecho de que la amemos.

Dian se tranquilizó, se quedó callada unos segundos, pero muchas cosas pasaban por su mente.

—¿Qué fue lo que sucedió?

—Salma me lo explicó hace unos minutos —respondió él, aclarándose la garganta—. Ella piensa que todo fue causa de mi sistema inmunológico, como la última reacción que tuvo a la poción. Cree que la condición intentó permanecer en mi cuerpo, pero yo la expulsé en cuanto te reconocí. Entonces, la maldición tuvo que ceder. Salma dice que con el tratamiento adecuado estaré bien y no volveré a transformarme. No seré un peligro para ti ni para nuestra hija, lo prometo. Aún si no hubiese cura, sabes que haría hasta lo imposible por mantenerme alejado de ustedes.

—Ni siquiera lo pienses —dijo ella, tajante—. No podríamos vivir sin ti.

La puerta de la habitación se abrió y por ella entró una enfermera baja y rechoncha, llevaba en brazos a la pequeña.

—Hora de comer —dijo la enfermera, canturreando, entregándole la bebé a su madre.

—¡Mira eso! —exclamó Remus, emocionado, en cuanto la vio despierta.

Después de horas de nacida, el rostro de la pequeña lucía despejado, rosado y limpio. Tenía los ojos abiertos, como inspeccionando.

—Es una niña muy despierta —señaló la enfermera—. Los dejaré solos y regresaré en unos minutos.

Dian contempló el rostro de su hija, nunca había visto algo tan bello y perfecto. La colocó sobre su pecho para darle de comer.

—Creo que ganará peso muy pronto —sonrió Remus, enternecido.

—¿Sabes, Remus? La buena noticia de todo esto es que yo tuve una reacción muy humana en cuanto te transformaste. Hice hasta lo imposible por huir, pero no para atacarte.

Remus lo comprendió: era cierto, Dian había sabido controlar sus propios impulsos también, lo hizo por sobrevivir y mantener a salvo a su hija. Él sonrió y le dio un beso en la frente, mientras contemplaba en silencio a ambas.

En cuanto la niña terminó de comer comenzó a llorar, Dian la meció pero no consiguió consolarla, entonces Remus la cargó y la colocó sobre su hombro, dándole palmaditas suaves sobre la espalda, para expulsarle el aire. Dian vio cómo él era muy hábil en eso y se alegró, pues ella se sentía muy inexperta. Observó a Remus y luego a su hija y vio el increíble parecido que tenían.

—Creo que no debo preocuparme, tiene más genes Lupin —dijo Dian, sonriente.

—¿De qué hablas? Tiene tus ojos —dijo él, logrando sacar un eructo de la pequeña.

—Y nada más —rio Dian.

Remus meció a Loreley entre sus brazos, la acunó y enseguida se quedó dormida.

—¿Te das cuenta de que no volveremos a estar solos en un rato? —dijo Dian, también adormilada.

—Hasta que vaya a Hogwarts —dijo Remus, sin despegar la vista de su hija.


NA: Queridos lectores, como ya saben o quizá intuyen, cada vez está más cerca el final, después de siete años... Gracias por los reviews y mensajes que me han enviado todo este tiempo. Sin embargo, creo que es hora de la verdad: sus preguntas. Al final reservaré un espacio para responder a todas y cada una, por lo que si tienen algo que decir sería bueno hacerlo desde ahora. Estoy nostálgica, sí.