Disclaimer: Los personajes de Shingeki No Kyojin no me pertenecen. Son propiedad de Hajime Isayama.


— Capítulo 37 —

Preludio…

El tronar de los cañones, los gritos desgarradores que se oían a lo lejos como un eco funesto y el olor a sangre impregnado en el aire parecían mezclarse nítidamente en la mente de Ellery. Él podía verlo como si estuviera allí, experimentando el ardor en la piel provocado por el fuego y escuchando en su cabeza voces irreconocibles que le generaban angustia y desconsuelo. Miraba a su alrededor y sentía el corazón oprimido, porque tenía miedo de aquellas visiones que sentía propias y reales. Le tenía un pavor irracional a la soledad y a la vulnerabilidad que le generaba aquel escenario del que se sentía prisionero y el cual le hizo despertar pegando un súbito grito.

Sobresaltado, observó a su alrededor y se vio sentado en uno de los vagones del tren rumbo a María. Ethan lo miraba con preocupación, mientras que una veintena de pares de ojos se volvieron hacia su persona, curiosos y sorprendidos por su repentina reacción.

—¿Otra pesadilla? —preguntó Ethan mientras le ofrecía una cantimplora con agua—. Creí que habías dejado de tenerlas.

Con un movimiento esquivo, Ellery recibió la cantimplora y bebió de ella.

—Comenzaron otra vez desde el secuestro de mi papá —dijo mirando por la ventana del vagón los extensos campos de cultivos por el que atravesaban en esos momentos.

No le gustaba hablar de ese tema, por lo que su reacción siempre era la misma. Había sufrido mucho cuando niño debido a las pesadillas que lo despertaban a mitad de la noche bajo episodios de gritos y llantos descontrolados. No existía una explicación médica que justificara tal reacción durante su infancia; solo soñaba cosas que su subconsciente había retenido durante la guerra. Y tal como llegaron, se marcharon en la adolescencia, hasta ahora, que retornaron tras el secuestro de Eren, como si algo hubiera sido removido en su mente, desestabilizándolo al grado de revivir el miedo que le generaba la sensación de separación y pérdida.

—Una vez que encontremos a los responsables, dejarás de tener esas pesadillas —le aseguró Ethan, acompañando su declaración con una sonrisa.

Ellery lo miró un instante para luego regresar la vista al paisaje que se apreciaba desde la ventana, prefiriendo ignorar el sueño que había tenido y concentrarse en su misión. Tras el secuestro de Eren y los acontecimientos posteriores, su meta se había fijado en encontrar a los culpables y hacerlos pagar por el daño ocasionado a su familia. Porque aunque Eren se esforzaba en demostrar que todo estaba bien, desde ese día, nada había vuelto a ser igual. Ellery podía notarlo, incluso sentirlo: Eren no era el mismo. Algo había cambiado, percibía algo distinto en él, como si hubieran robado una parte de su personalidad. Y era esa sensación inquietante e incómoda que le forzaba a querer seguir en su misión sin importar las consecuencias.

—¿Aún estás molesto? —La voz de Ethan lo sacó de sus pensamientos. Volteó a verlo y se encontró su mirada invadida por la aflicción.

—¿De qué hablas? —le preguntó.

—Por haberte ocultado mi participación en-

Ellery devolvió la mirada a la ventana y se encogió de hombros.

—Ya olvídalo —soltó sin mucho interés.

—Cuando me asignaron este caso lo acepté pensando en aliviar el dolor por el que tú y tu familia atravesaron.

Ellery suspiró sin apartar la mirada del paisaje frente a sus ojos.

—Ha pasado un año y no hemos encontrado nada —dijo con cierto aire de resignación y decepción—. Siento que cada vez más nos alejamos de los culpables.

Ethan dirigió la mirada a la ventana y sonrió.

—Tengo el presentimiento que pronto la verdad se mostrará ante nosotros. —Tomó la mano de Ellery que descansaba con descuido sobre sus piernas y la apretó con firmeza, consiguiendo que él volviera a verlo nuevamente. —Ya lo verás.

El silbato de la locomotora emitió su característico sonido anunciando el arribo a una de las estaciones a medio camino. Ellery observó por la ventana y vio que el sol comenzaba a emerger tras las montañas. Aún estaban a dos días de llegar a María, y esperaba llegar pronto para comenzar con su misión como miembro de la legión de reconocimiento.

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Como todas las mañanas, y desde que Lear tuvo edad suficiente, Eren y él salían a entrenar a la playa. Su rutina de ejercicio consistía principalmente en correr a lo largo de la playa y realizar técnicas de artes marciales para mantenerse en forma. Lear era el más entusiasmado pues se sentía cada vez más cerca de la legión de reconocimiento, ya que desde que tenía uso de razón aspiraba con ingresar a ella y ser un verdadero soldado.

Tras correr durante veinte minutos, luego de una sesión de elongación y flexiones, Eren se vio en la necesidad de detenerse tras sentir un incómodo malestar en su bajo vientre, obligándole a quedar de rodillas en la arena mientras se llevaba ambas manos a dicho lugar.

—Papá, ¿estás bien? —preguntó Lear al notar su expresión de dolor y la postura de sus manos.

—Sí, solo es cansancio. Paremos un rato.

Eren trataba de minimizar sus malestares, pero estos habían aparecido desde el secuestro. Las punzadas solían ser repentinas y se propiciaban principalmente cuando realizaba alguna actividad brusca. Pero la alarma se desató cuando comenzó con ligeros sangrados que prefirió mantener en secreto que para evitar que Levi y Ellery se preocuparan.

Se sentaron a orillas del mar y contemplaron el paisaje mientras la brisa costera los refrescaba.

—Qué lástima no haber podido acompañar a mi hermano —se quejó Lear mientras hundía los pies en la arena.

—Él no fue de vacaciones —le aclaró Eren, notando con alivio cómo poco a poco su malestar disminuía.

Lear bufó molesto.

—Pero si fuera un cadete del ejército podría haber ido con él.

—Aunque lo fueras —dijo Eren—, tu padre no te lo hubiera permitido.

—¡Pero no es justo no poder entrar al ejército! —exclamó Lear, golpeando la arena con los pies luego de sacarlos bruscamente.

—Lo harás el próximo año.

—¿Y por qué mi hermano pudo?

—Él tuvo una preparación distinta. No estuvo involucrado en los entrenamientos oficiales. Solo hasta que cumplió los trece años fue aceptado como cadete.

—Lo sé, pero aun así yo quiero entrar. —Lear resopló y se tendió en la arena, mirando fijamente el cielo. —Quiero conocer el mundo, saber lo que es la verdadera libertad del ser humano. —Miró a Eren. —Tú me dijiste que en el reino donde viviste existieron murallas que apresaban a las personas y luchaste por derribarlas. Entonces entiendes lo que es desear la libertad. Yo quiero conocer esa libertad.

—Tú eres libre, Lear —le explicó Eren—. No conoces las barreras que oprimieron a las personas en aquellos años.

—Pero el estar aquí... —Se incorporó y vio hacia el mar. —Quiero ver lo que hay más allá del océano. Quiero conocer las tierras de hielo, escalar las montañas más altas del mundo, visitar los desiertos de arena. Si soy un miembro de la legión podré hacer todo eso y más.

Eren sonrió al ver la similitud que Lear y él compartían. Alguna vez él deseó lo mismo y quiso luchar por ello. Ahora sus prioridades y sueños eran otros, pero siempre recordaría el deseo que tuvo en su niñez y adolescencia, antes de que su corazón conociera el amor.

—A tu edad yo deseaba lo mismo —dijo.

—Pero ahora vives aquí —señaló Lear, sentándose nuevamente para hundir una vez más los pies en la arena.

—Y soy inmensamente feliz. Tuve a tu hermano... te tuve a ti. Tengo a tu padre. No necesito nada más. Todos tenemos metas en nuestra vida, sueños que cumplir. Y me alegro que tú también los tengas, porque nadie te impedirá cumplirlos.

Lear sonrió y cogió un puñado de arena, dejando que se derramara entre los dedos.

—Todos tenemos sueños… ¿Pero tú papá? ¿Cuáles fueron tus sueños antes de conocer a mi papá? Eres muy fuerte; hubieras sido un buen soldado. ¿Por qué no ingresaste al ejército?

Eren dio un respingo y vio la expresión expectante de Lear. Existía una parte de la historia que no había sido contada, y era aquella en la que él fue alguna vez consorte de Irvin y por eso sus sueños de ser un miembro de la legión fueron anulados. ¿Entonces qué podía decirle a Lear para no remover el pasado y abrir puertas que debían permanecer cerradas?

—Simplemente no se pudo —contestó.

—¿Fue porque conociste a mi papá? ¿Te casaste con él y por eso no pudiste?

Eren esquivó la mirada sin saber realmente qué responder. No podía simplemente contar algo que debía permanecer en el pasado.

—S-Sí... fue por... eso. —No le gustaba mentir, pero en esta ocasión creía que su mentira contenía también una parte de verdad, pues efectivamente su ingreso a la legión se vio impedido por haber contraído matrimonio. Lo que él callaba era con quién realmente se había casado.

Se puso de pie y dirigió su mirada hacia la ciudad.

—Regresemos a casa —dijo tras acomodar las manos en la cintura. El malestar en su bajo vientre finalmente se había ido. Aun así no quería seguir forzando su cuerpo y preocupar a Lear o a Levi, cuando regresara en la noche.

Lear lo siguió, no sin antes mirar hacia el horizonte, deseando una vez más poder ver más allá de él.

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Cerca del mediodía, Armin dejó la oficina de Irvin para salir a recibirle tras haber pasado una semana fuera del reino. El carruaje de la legión se detuvo frente a la entrada principal de la mansión e Irvin abrió la puerta para bajar de él. Y antes de que Armin pudiera darle la bienvenida, desde el interior de la mansión se escuchó una estrepitosa carrera que no sorprendió a ninguno de los dos.

—¡Papá! —Fue el saludo al unísono de Astrid y Alger, los dos hijos menores de Irvin que corrieron hacia él apenas bajó del carruaje.

—Niños, no corran de esa manera —los reprendió Armin desde la entrada de la casa al ver la efusiva bienvenida que le dieron a Irvin, quien los recibió con los brazos abiertos.

Astrid y Alger, de diez años, eran los mellizos que habían llegado a la familia Smith, alegrando aun más la vida de Irvin y Armin. Y aunque compartían el mismo día de nacimiento, sus personalidades eran completamente diferentes y sus intereses distaban de lo que se esperaba: mientras Astrid soñaba con entrar a la legión y seguir los pasos de Irvin, Alger aspiraba a ser doctor.

—Papá, te extrañamos —dijo Astrid, colgada de su cuello. Ella era la más entusiasmada con su regreso—. ¿Atrapaste bandidos? —Considerando a Irvin como un verdadero héroe militar, se emocionaba cuando lo veía portando el uniforme de la legión y escuchaba sus historias de cuando encabezaba tropas como comandante durante la guerra.

—Esta vez no, pero ya lo haré.

—No vuelvas a marcharte —dijo Alger, aferrado a su cintura.

—Trataré de no hacerlo —dijo Irvin, acariciando su cabeza.

—¿Y qué nos trajiste de regalo? —Esta vez fue Astrid la impaciente.

—Astrid, Alger, su padre no fue de vacaciones —les recordó Armin. Era común que ellos pidieran obsequios cuando Irvin viajaba, pero la culpa era precisamente de él por mimarlos demasiado.

—¿Cómo se portaron? ¿Fueron buenos con su papá?

—¡Sí! —dijeron ambos de manera enérgica.

—Bien... —Irvin metió la mitad del cuerpo al interior del carruaje y sacó de él dos obsequios: una hermosa muñeca de porcelana para Astrid y un libro para Alger.

—¡Gracias, papá! —exclamaron con fascinación mientras contemplaban sus presentes. Rápidamente, y tras haberle agradecido a Irvin, regresaron al interior de la mansión para disfrutar sus regalos, dejándolo a solas con Armin.

—Lo siento, no pude evitar comprarles algo.

—Incluso cuando trabaja piensa en ellos. Los consiente demasiado.

—También te traje uno a ti —dijo Irvin tras pararse frente a Armin.

—No era necesario.

—Siempre lo es cuando se trata de ti. —Irvin acercó su mano al rostro de Armin y lo acarició gentilmente. —Te extrañé.

—Y yo a usted.

Incluso con los años, Armin no perdía la costumbre de tratar a Irvin con respeto. Era algo que se daba de manera natural en ellos, como si quisieran mantener a través del tiempo aquella relación en la que Armin era el fiel sirviente de Irvin, y él su tutor.

Irvin se inclinó sobre los labios de Armin y los besó suavemente. Con tres hijos maravillosos y un esposo incondicional del cual se sentía orgulloso, él sentía que su vida estaba completa. Después de tantos obstáculos, de equivocaciones y despedidas, él había logrado ser feliz. En Armin encontró lo que no había alcanzado con Eren. Él siempre estuvo ahí, a su lado, amándolo y después de todo había podido ver aquel amor que pudo corresponder sin arrepentirse ni un solo día de su vida.

Armin, aun conservando su juventud fresca y casi detenida en el tiempo, dejó que el rubor se apiñara en sus mejillas como cuando apenas había confesado sus sentimientos y con tan solo una mirada de Irvin era capaz de sentir agitarse cada fibra de su cuerpo y los latidos de su corazón completamente desbocados.

Irvin le sonrió y él le devolvió el gesto casi con timidez. Ingresaron a la mansión y cruzaron las puertas del salón principal donde todo lucía pulcramente ordenado. Desde el segundo piso se oían las risas de Astrid y Alger.

—¿Ethan aún no llega? —preguntó Irvin mientras observaba desde el ventanal de la habitación los jardines de la hacienda.

—Viene en camino. Ellery lo acompaña —respondió Armin, adivinando su reacción frente aquel nombre.

Irvin no dudó en sonreír al saber que Ellery llegaría. Era inevitable el sentimiento de afecto que le tenía después de todo lo ocurrido en el pasado. El sentimiento albergado por él era especial, y nadie estaba ajeno a ello, ni siquiera Armin, que comprendía y aceptaba el pasado como un vieja reminiscencia de la cual recordar con nostalgia.

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Tal como salía marcado en el itinerario, el ferrocarril se detuvo en la estación del estado de María a las tres de la tarde en punto. Ethan se encargó de los caballos mientras que Ellery lo hizo con los equipos de maniobras almacenados en los vagones de carga. Y mientras aguardaba porque se los entregaran, contempló el paisaje frente a sus ojos. María no había cambiado mucho desde la última vez que lo visitó, hacía ya un año, para el cumpleaños número catorce de Ethan. Y aunque no había crecido en el reino, el sentimiento que albergaba por él era especial y difícil de explicar. No tenía recuerdos del tiempo que vivió allí, pero Eren le había contado que nació en el reino, en medio del fuerte conflicto entre el rey y quienes buscaban libertad.

"Eres parte de la historia del reino y sus tres muros. Aunque eras solo un bebé, tú estuviste presente cuando la corona fue derrocada y las personas obtuvieron su libertad", fueron las palabras de Eren cuando le contó sobre la guerra y la derrota de la monarquía.

Una vez listos, partieron rumbo a la hacienda. No les tomaría mucho tiempo. Con los caminos principales adoquinados gracias a la gestión de Irvin, como jefe de estado, la infraestructura de María progresaba a pasos agigantados. Los recuerdos de cuando María era uno de los estados más pobres y vulnerables por la tiranía del rey, permanecían solo en la memoria de quienes lo vivieron y lucharon por cambiar esa realidad. El progreso llegaba casi de igual manera a los tres estados y sus distritos que, en su mayoría, se habían vuelto sitios netamente comerciales, donde las negociaciones con otras localidades y países vecinos, enriquecía económicamente a la llamada —desde hacía quince años— "república de los tres estados".

Tras veinte minutos a caballo y, cruzar las puertas principales de la hacienda, los guardias a cargo de ella saludaron a Ethan y a Ellery, dejándolos pasar. Ambos siguieron por el camino empedrado hasta la soberbia mansión que contrastaba con el imponente bosque de abetos, y bajaron de los caballos en la entrada, donde Petra les esperaba para darles la bienvenida. Ingresaron a la casa y pasaron el recibidor directo al salón principal, encontrando allí a Irvin que les esperaba.

Ethan no tardó en saludarlo con la pose oficial del ejército.

—He vuelto, señor.

Irvin se le acercó y, tras colocar su mano derecha en el hombro de Ethan, sus rostros se relajaron y adornaron con una sonrisa.

—Me da gusto que estés de vuelta, hijo. Bienvenidos a los dos —dijo Irvin, mirándolos a ambos.

—Gracias —dijo Ellery al ver la sonrisa gentil que le ofrecía.

—¿Tuvieron buen viaje?

—Sí, todo en orden —dijo Ethan.

—Me alegro. Descansen y coman algo, luego revisaremos la información que conseguiste.

Armin ingresó a la sala en ese instante, y detrás le siguieron Alger y Astrid, que no dudaron en correr hacia Ethan y saludarlo efusivamente.

—¡Hermano, bienvenido! ¿Qué nos trajiste?

—Tranquilos —rió Ethan al ver la emoción con la que le recibían sus hermanos menores. Después de todo, ellos eran así.

—¡Ellery! —exclamó Alger al saludarlo—. ¿No vino Lear?

—Esta vez no pudo, pero prometió hacerlo en el verano.

El rostro de Alger se iluminó y corrió hacia Armin para quedarse a su lado. A diferencia de Astrid, que prefería pasar más tiempo cerca de Irvin, Alger disfrutaba acompañar a Armin y observar su labor en la hacienda. Amaba a sus dos padres, pero tenía una cercanía estrecha con Armin debido a que él era quien pasaba más tiempo a su lado cuando sufría sus ataques de asma.

—Alger, trata de no agitarte tanto —pidió Armin al escucharle jadear un poco.

—Vayan a sus habitaciones —dijo Irvin a Ethan y Ellery—. El viaje debió agotarlos. Ellery, puedes quedarte todo el tiempo que quieras. Esta siempre será tu casa.

Ellery agradeció asintiendo gentilmente. Siguió a Ethan para dejar el salón pero, al pasar junto a Irvin, este lo detuvo.

—¿Cómo están tus padres?

—Bien —respondió Ellery.

—¿Y Eren...? —Armin prestó atención cuando mencionó su nombre. Para ese entonces, Astrid y Alger ya habían dejado la habitación para subir a sus dormitorios —¿Cómo se ha sentido?

—Todos tratamos de no pensar en lo que le ocurrió —dijo Ellery, intentando mantener un tono lo suficientemente calmo aun cuando recordar aquel día le hacía temblar inevitablemente—, pero debido a los casos similares, hemos tenido que revivir lo que ocurrió con él.

—Encontraremos a los responsables —aseguró Irvin, posando una de sus manos en el hombro derecho de Ellery.

—Lo sé, me encargaré personalmente de hacerlo.

Irvin sonrió al ver la determinación de Ellery. Podía ver en sus ojos aquella chispa de tenacidad y perseverancia que tan bien conocía en Eren. Su similitud no solo en físico era impresionante, e Irvin sentía que retrocedía en el tiempo, cuando Eren afirmaba que erradicaría la corrupción y libraría a las personas de las murallas.

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Pasada la medianoche, Levi ingresó al dormitorio tras haber apagado el último candelabro de la casa, y sorprendió a Eren mirando por el ventanal de manera ausente. Lo había notado extraño desde que regresó a la hora de la cena, pero solo ahora sentía que tenía la oportunidad de preguntarle el motivo de su ensimismado comportamiento.

—¿Ocurrió algo mientras no estaba? —soltó, sobresaltando a Eren pues no lo había escuchado llegar.

—Nada en particular —dijo, volviendo la mirada al paisaje oscuro que mostraba el ventanal.

Levi se acercó y paró frente a él, escrutando su rostro.

—Nunca has logrado mentir —le dijo con severidad—, tus orejas te delatan.

Eren sonrió casual mientras se llevaba la mano derecha a una de ellas.

—Lear me hizo una pregunta en la mañana —confesó.

—¿Qué pregunta?

—Quiso saber por qué no entré al ejército.

Levi entendió hacia dónde iba el asunto.

—¿Qué le respondiste?

—La verdad... a medias. —Eren ladeó la cabeza y caminó hacia la cama, sentándose en el borde de esta—. Él sacó sus propias conclusiones. Cree que no ingresé por casarme contigo. Y en realidad no está tan equivocado al pensar que por casarme no lo hice.

—¿A dónde tratas de llegar con todo esto? —Levi permaneció de pie junto a la ventaba, cruzándose de brazos mientras apoyaba la espalda contra la pared.

Eren se mordisqueó el labio y miró los detalles de la alfombra bordada que yacía bajo sus pies.

—Nunca le hemos contado a Ellery y Lear sobre mi antiguo matrimonio... con el comandante.

—¿Y? —soltó Levi—. Nunca ha sido necesario.

—¿Pero qué piensas al respecto? —preguntó Eren, mirándole—. ¿Crees que sea correcto decirles? Han pasado tantos años…

Levi resopló contrariado y caminó hacia él. Se sentó a su lado y descruzó los brazos para apoyar las manos en el colchón.

—A estas alturas poco importa lo que ocurrió en el pasado. Pero si lo crees necesario, adelante, diles.

—¿No crees que se lo tomarán a mal? —Eren no parecía convencido. Todos estos años había mantenido bajo siete llaves su pasado con Irvin. No era algo de lo que se enorgulleciera, pero tampoco resultaba un motivo para creer que causaría daño si lo decía. Por respeto a Irvin y a Armin había callado, porque nunca conversaron del tema para decidir si debía ser una historia contada o mantenida en silencio. Aun así, mientras no hubiera motivo para divulgarlo, todo estaría mucho mejor. E incluso él se sentiría mejor. —Lo que pasó no fue fácil. Las cosas se dieron de una manera incorrecta.

—Si te incomoda contarles —dijo Levi—, y aun así quieres hacerlo, busca las palabras adecuadas para hacerles entender que lo pasó no estuvo planificado y que eso no afecta ni afectarás nuestras vidas.

Eren bajó la mirada con inquietud y la fijó nuevamente en el suelo.

—Me preocupa lo que pueda pensar Ellery —murmuró preocupado.

—Él es razonable —dijo Levi.

—No siempre —contradijo Eren—. No le gusta que le mientan.

Levi dejó la cama y se paró frente a él, forzándolo a que alzara el rostro y lo viera a los ojos.

—Escucha, si en verdad quieres tener la conciencia tranquila, adelante, cuéntales. Sea como sea lo que pasó es parte del pasado. Ellery no es ningún tonto y tarde o temprano entenderá las cosas. Lear quizá no le tome tanta importancia. Te apoyaré sea la decisión que tomes, porque sé que estarás haciendo lo correcto.

Eren sonrió y apoyó la frente contra él a la altura de su abdomen. A lo largo de los años no había encontrado mejor confidente que él, con quien compartir sus penas y alegrías. Y aunque Levi muchas veces no contaba con las palabras más apropiadas y gentiles con las cuales aconsejarle y hacerle entrar en razón, siempre tenía una manera de animarlo incluso en los peores momentos. Y para Eren eso era más que suficiente.

—Gracias —murmuró, sintiendo el inconfundible calor de las manos de Levi sobre su cabeza.

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Solo después de haber logrado que Astrid y Alger se acostaran, Armin bajó a la oficina de Irvin, donde Ethan y Ellery también se encontraban para conversar sobre el secuestro de Eren y los reportes de los últimos casos más recientes.

—No dejo de pensar que todo esto presagia algo muy malo —dijo Irvin sentado tras su escritorio—. Lo que logré recopilar en el país vecino no es alentador. Han registrado veinte casos de secuestros y asesinato.

—En Cabourg no han parado —dijo Ethan. Durante la tarde, Irvin había revisado los informes que obtuvo tras su visita a Cabourg.

—Es extraño —dijo Armin de manera reflexiva, de pie frente al escritorio mientras leía los documentos—. Hasta ahora, lo único que parece coincidir con los casos es que la mayoría son mujeres y hombres capaces de concebir. Debe haber una relación en eso.

—Tienes razón —dijo Irvin—. Hasta ahora, todas las víctimas pueden embarazarse. Eso debe significar algo.

—Pero qué —dijo Ethan—. No tenemos ninguna otra pista más que esa.

—¿Eren se ha comportado de manera diferente tras el secuestro? —preguntó Irvin a Ellery, que aguardaba de pie frente al escritorio, escuchando atentamente la conversación.

Ellery recordó esa sensación extraña que tuvo tras el regreso de Eren. No podía dejar de pensar en ello.

—Solo pesadillas —respondió, tratando de omitir aquel sentimiento que no le parecía del todo relevante para resolver el caso, sin saber que ignoraba algo más que Eren se esforzaba por mantener en secreto—. Y sigue sin recordar nada.

Irvin suspiró un tanto decepcionado. Sabía que si al menos Eren pudiera recordar algo tendrían un punto de partida para sustentar la investigación y resolver el caso, pero hasta ahora estaban de manos atadas y con las piezas del rompecabezas desparramadas sobre la mesa.

—¿Qué creen que tengan en mente los responsables? —preguntó Ethan—. Ha pasado un año y solo ha habido asesinatos y personas sin recuerdos.

—Tal vez sean alguna clase de secta —dijo Armin—. Es muy posible que sean fanáticos enfermos que practican sacrificios humanos. Pero no justificaría los que han sobrevivido.

—Mi papá regresó a casa por sus propios medios —dijo Ellery, remontándose a aquel día en que la búsqueda de Eren había movilizado a toda la legión por la ciudad y sus alrededores. Tres días desaparecido y ni una sola pista, hasta que lo vieron regresar bañado en sangre y en shock, sin ningún recuerdo en su cabeza—. Él... aparentemente pudo escapar por sus propios medios, o tal vez...

—O tal vez lo liberaron —continuó Irvin—. Es posible que los responsables hayan decidido soltarlo.

—¿Pero con qué propósito? —señaló Armin con preocupación—. Si lo secuestraron con un objetivo en mente, ¿entonces por qué lo liberaron? ¿Y por qué hay víctimas fallecidas? Eso me hace pensar que Eren escapó por sus propios medios y se salvó de morir a manos de esos asesinos.

—Sea lo que sea, mientras no tengamos otra pista, no lograremos avanzar en la investigación —dijo Irvin con pesar—. Por ahora solo hemos iniciado un registro con las mujeres y hombres fértiles en cada localidad y mantenerlos vigilados. Es lo único que podemos hacer.

—Si esas personas están tramando algo —comentó Ethan—, quiere decir que en cualquier momento mostrarán su plan.

—Pienso lo mismo —dijo Irvin—, el problema es que tal vez no nos gustará lo que presenciaremos.

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Una vez finalizada la reunión, Ethan salió de la casa a buscar a Ellery. Después de dejar la oficina lo perdió de vista, y tras recorrer infructuosamente el interior de la mansión, adivinó dónde podría encontrarlo, pues era uno de los lugares que más frecuentaba cada vez que visitaba la hacienda.

Después de dar un pequeño paseo por la hacienda, recordando con agrado sus constantes visitas durante su niñez, Ellery decidió detenerse y descasar contra la cerca de madera que delimitaba los terrenos posteriores de la hacienda con el camino que llevaba hacia las colinas. Desde el lugar solo se podía apreciar un terreno amplio y verde del cual se contemplaban los viejos molinos de viento y un antiguo naranjo solitario en medio del prado. No sabía por qué, pero disfrutaba pasar las horas contemplando aquel inmortalizado paisaje.

El viento sopló con fuerza y Ellery se estremeció agradablemente. Habituado al aire costero, procuraba respirar el aroma fresco y campestre de la hacienda en cada visita. Le agradaba estar allí. Su vida en Cabourg se limitaba a la playa y la ciudad, pero la hacienda tenía algo distinto, algo más acogedor y nostálgico que le hacía sentir cómodo aun cuando estuviera acostumbrado a su ciudad.

Con los brazos apoyados cómodamente en la cerca, cerró los ojos unos instantes, dejando que la brisa de la noche lo relajara. Pero los abrió nuevamente cuando sintió un peso cálido sobre sus hombros. Volvió el rostro y se encontró con el de Ethan, que se hallaba de pie a su lado con una amplia sonrisa.

—Me encontraste —dijo, regresando la vista al frente mientras Ethan imitaba su postura contra la cerca.

—Siempre sé dónde te encuentras —le hoyó decir.

—Disfrutas ser mi acosador —murmuró, volviendo a cerrar los ojos cuando el viento volvió a soplar con fuerza.

—Ya deberías estar acostumbrado —dijo Ethan, ladeando el rostro para observarle.

—Lo estoy.

Ethan sonrió y permanecieron en silencio unos minutos, dejando que el viento y el canto de los grillos fueran los únicos acompañantes del momento, casi como dos cómplices de su encuentro lejos de los ojos de la familia, aun cuando no existieran impedimentos para ello. Porque más allá de ser parientes, eran dos personas que se amaban ajenos a cualquier barrera o prejuicio social. Actualmente no existían leyes que prohibieran la relación entre miembros —no tan directos— de la familia. Era común que en las más nobles, por perpetuar el apellido y el linaje, se efectuaran casamientos entre primos. Pero a ellos no les interesaba tal cosa. Cuestiones como el estatus del apellido y la imagen de la familia frente a la alta sociedad no formaban parte de sus intereses.

—La vida aquí es muy distinta a la de tu ciudad —comentó Ethan sin apartar la mirada de Ellery.

—Acá todo es más tranquilo, como si fuera otro mundo —comentó Ellery aun con los ojos cerrados—. Me gusta este lugar.

—Ahora que recuerdo. —Ethan vio al frente. —Una vez escuché a mis padres hablar de la ocasión en las que los tuyos vivieron aquí.

Ellery abrió los ojos con sorpresa y volteó a verlo.

—¿Aquí? ¿En la hacienda?

Ethan asintió.

—No escuché toda la conversación, pero sí sé que mencionaron que ellos vivieron aquí. ¿Sabes cómo se conocieron tus padres antes de casarse?

—No sé mucho —dijo Ellery, negando con la cabeza—, solo que se enamoraron y la guerra los mantuvo separados por un tiempo.

—Debió ser complicado y doloroso. Estar lejos de la personas que amas es difícil de soportar.

Ellery se encogió de hombros.

—La verdad nunca me ha interesado eso —comentó mirando hacia el solitario y viejo naranjo en medio del prado.

—Tal vez tu papá fue sirviente del mío —comentó Ethan de manera reflexiva—, y fue así que el sargento lo conoció.

—Es posible.

El viento fresco de la noche sopló con fuerza y Ellery se estremeció, esta vez erizándole la piel. Incluso con la chaqueta que Ethan le había colocado encima, el frío de María no se comparaba con la brisa costera de Cabourg, que durante todo el año mantenía su temperatura ideal gracias a sus inviernos suaves y veranos frescos. Fue entonces que sintió los brazos de Ethan rodearle la cintura y su aliento soplar cálido en su cuello.

—¿Dormirás en mi habitación? —le oyó decir casi como un susurro.

—Tu padre ya me dio un cuarto —aclaró, intentando parecer indiferente.

—Sabes a lo que me refiero —insistió Ethan. Su voz sonaba como un suave ronroneo que erizó la piel de Ellery.

—Mejor tú ve al mío —dijo él.

—Claro, luego le pondrás llave.

Ellery apenas volteó el rostro y reparó en el fulgor intenso de sus ojos azules gracias a la luz de la luna que se imponía en un cielo nocturno completamente despejado. Era un brillo que agitaba su corazón de manera incontrolable, al punto de que muchas veces olvidaba incluso respirar.

—Siempre te las ingenias para ingresar a mi cuarto. La ventana es una buena opción —se atrevió a decir tras recordar que debía llenar de aire sus pulmones.

—Eres tramposo —se quejó Ethan, rozándole con los labios la piel expuesta de su cuello—. Al menos aquí el sargento no nos molestará.

—Él solo se preocupa de que un pervertido como tú me haga algo.

—Pero ya lo hice —rió Ethan.

Ellery suspiró y se volvió hacia él. No existía una explicación razonable para la imperante atracción desatada entre los dos. Desde que Ethan dio sus primeros pasos no se despegó nunca más de su lado, y él no podía alejarse aunque quisiera. El calor de su cuerpo y la potencia de sus brazos al rodearle lo tranquilizaban y hacían sentir a salvo, dejando atrás cualquier miedo e inseguridad que pudieran asaltarle. No podía explicarlo, pero desde que tenía memoria, Ethan formaba parte de su vida, volviéndola completa.

Miró una vez más hacia el prado, de donde alguna vez se podían apreciar las murallas que mantuvieron durante tantos años al reino preso de la ambición humana. Y pensó en lo orgulloso que se sentía de saber que sus padres habían contribuido en la libertad que ahora muchos agradecían tras vivir años de completa paz y prosperidad.

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Levi no podía dormir. Desde que un extraño temblor los despertó a mitad de noche, no había logrado conciliar el sueño. De pie frente a la ventana del dormitorio, parecía meditar sobre lo ocurrido con una extraña sensación en el pecho. Incluso en medio de su desvelo pensaba una vez más en la situación de Eren y los casos similares al suyo. Ellery se había marchado hacía una semana, y desde entonces se habían encontrados dos nuevas víctimas en las afueras de la ciudad. Y por más que buscaban respuestas e intentaban frenar la ola de desapariciones y asesinatos, estos no paraban.

Apretó la quijada con frustración y observó hacia la calle al escuchar los cascos de un caballo a toda carrera. En la entrada del chalé vio llegar a uno de sus soldados que permanecían montando guardia en el cuartel de la ciudad. Bajó rápidamente y lo recibió, y tras despedirlo regresó al segundo piso, ingresando al dormitorio de Lear, donde Eren se encontraba cuidándolo desde hacía tres horas. Se paró a los pies de la cama y los observó.

—¿Quién era? —preguntó Eren mientras estrujaba un paño húmedo para colocar en la frente de Lear, que desde ayer permanecía en cama producto de un resfrío.

—Una ciudad al este fue atacada y destruida por completo.

—¿Qué? —Eren se levantó sobresaltado de la silla en la que yacía para atender a Lear—. Ese temblor acaso fue por...

—Como legión de reconocimiento debemos ir a investigar y ayudar a las víctimas. Debo encabeza una tropa.

—¿Cuándo partirás?

—Al alba.

—Papá... —Lear en ese instante recuperó la conciencia, escuchando parte de la conversación—. Quiero ir contigo. Ya... me siento mejor...

—Recupérate del resfrío y cuida a tu padre —le dijo Levi, acercándosele para ver sus arreboladas mejillas producto de la fiebre—. Esa será tu misión.

Lear asintió y volvió a quedarse dormido, murmurando en el sopor de su estado febril un "lo prometo".

Las horas pasaron y, al alba, Levi se encontraba en la puerta del chalé, terminando de ensillar su caballo. Eren aguardaba de pie en el pórtico, observándole con cierta inquietud.

—Prométeme que tendrás cuidado —le pidió.

—Y tú promete que descansarás —respondió Levi tras terminar de ajustar las correas del caballo—. No creas que no he notado la manera en la que tratas de disimular tus dolores.

Eren se sorprendió y esquivó la mirada.

—Puedo manejarlos sin problema, no te preocupes.

Levi se le acercó y alzó su rostro desde el mentón. Hasta el día de hoy, Eren era capaz de comportarse como aquel mocoso de 18 años que sucumbía ante la presencia avasalladora de Levi y su mirada aguda e insondable. Alcanzó sus labios y los besó, recordando una vez más porqué había elegido pasar el resto de su vida con él.

Tras separarse, subió a su caballo y le dedicó una mirada a Eren, que lo observaba fijamente, con las mejillas encendidas y una expresión que siempre le ofrecía cuando se debía marchar.

—Te mantendré informado. Cuando llegue te enviaré un telegrama.

—Cuídate, por favor.

Levi asintió y tiró de las riendas, marchándose rápidamente para reunirse con sus soldados y encabezar la tropa de exploración y rescate.

Eren lo observó marcharse y perderse calle abajo, quedando con una inquietante sensación en el pecho. No podía explicarlo, pero al ver a Levi alejarse, sentía que algo se estaba perdiendo, y que la próxima vez que se reunieran nada sería igual.

...Continuará...