Dinastía, segunda generación
Treinta y seis
Las miradas indecentes, la risa de Draco y la promesa de Harry
Harry despertó más tarde que sus amigos. Cuando llegó al comedor, todos ya se levantaban de la mesa del desayuno, entusiasmados con la visita a Hogsmeade.
-¿Vienes con nosotros, Harry?- Preguntó Draco, sonriente y acomodándole la capa a Louis.
Asintiendo, sin contestar en voz alta, Harry tomó un par de tostadas, una manzana y los siguió.
Draco iba más adelante, charlando con Hermione; Neville , Louis y su amigo Bronn encabezaban el grupo.
Harry, un par de metros más atrás, caminaba junto a Blaise y a Gregory, masticando su manzana y escuchando las charlas de alrededor.
El aire fresco, la fruta y las voces alegres de sus amigos, empezaron a mejorarle el humor, hasta que pasó algo que hizo hervir la sangre de Harry.
El grupo caminaba alegremente por la calle principal del pueblo, cuando un grupo de alumnos del último año que venían en dirección contraria, los cruzó. Eran unos seis chicos, altos, musculosos, bulliciosos. Harry reconoció al capitán del equipo de Quidditch de Ravenclaw, Davies, y a uno de los bateadores, Marshall.
Como él venía más atrás, vio la escena con lujo de detalles: primero cruzaron a Neville y a Louis, luego a Hermione y a Draco, que conversaban.
Davies y Marshall pasaron junto a Draco y se lo comieron con los ojos, girando completamente después de pasar, para no perderse 'la parte de atrás' del rubio.
La mente de Harry le dijo que Draco ni lo había notado, la mano derecha se dirigió inmediatamente a su varita, pero no llegó, porque Blaise le sostuvo el brazo. El moreno negó con la cabeza y susurró. –No se dio cuenta, no vale la pena-. Instándolo a olvidar el episodio.
Xxxxxxxx
Esa noche, danzaron en los sueños de Harry Potter Lupin: la risa cantarina de Draco, y sus brillantes ojos grises; las miradas de admiración de los jugadores de Ravenclaw...a los que ahuyentó, arrojándoles una pila de tostadas, y unas cuantas manzanas rojas y verdes; hasta que los vestigios de un recuerdo se hicieron patentes y claros, y tomaron control del sueño:
-¿Papi, y Daco?-Preguntó un Harry de unos dos añitos, a su papá Remus, cuando despertó de su siesta y no halló a su compañero de juegos.
-Draco fue a su casa a dormir la siesta, con su papá-.
-No.
-¿No?- Preguntó extrañado, Remus.
-No. Mío Daco-. Sollozó Harry, y sus ojos se llenaron de lágrimas.
-No, mi chiquito, Draco es de sus papás, y fue a su casa
-¡Nooo, mío Daco, mío!
Cansado de gritar, el pequeño Harry se durmió; en cambio, el Harry adolescente, despertó.
-Sí, papá, Draco es mío-. Dijo, giró, y siguió durmiendo.
Xxxxxxx Dulzura Letal, 1 de julio de 2013 xxxxxxxxx
