COOPERACIÓN MÁGICA INTERNACIONAL

O

EDUCANDO NIÑOS MÁGICOS

CAPÍTULO 35

Madrid, domicilio de los Fernández de Lama – Pizarro. Lunes tarde.

- ¿Te ha ocurrido algo con algún chico?

Isabel miró a su madre con cara de desesperación.

- ¡Has estado hablando con papá!

- Pues si. Tu padre es mi marido, por si no has caído en cuenta.

- ¡Era una conversación entre papá y yo! La próxima vez le pondré por condición que no te lo cuente.

- Bien. La próxima vez, si te acuerdas, le pones condiciones. Pero ahora vamos a ésta.

- Ha sido una niña, en Inglaterra...- Isabel mintió como una bellaca. No tenía la más mínima intención de contar a su madre lo que le había ocurrido con Bror Zabini.

- Ya. Y ¿Qué fue lo que le ocurrió a esa niña?

- Un chico quiso meterle mano.

- Y ¿Qué hizo la niña?

- Como al parecer no entendía bien la palabra no, se lo explicó con un bofetón. Así le quedó claro.

- ¡Ah!- Cecilia respiró hondo antes de decidir qué camino tomar. No se creía que la niña en cuestión no hubiera sido su hija, pero tampoco podía afirmarlo rotundamente.

- Cuando yo era un poco mayor que tu, hubo un chico que quería ligar conmigo con esas intenciones...- Sin saber del todo por qué, comenzó a contar aquella historia.- Le di varias negativas, bastante contundentes, hasta que se cruzó conmigo en un pasillo estrecho y me plantó la mano en el culo. También se llevó un bofetón. Después se dedicó a difundir por el colegio que yo era de la otra acera.

Isabel, que había abierto mucho los ojos cuando su madre narraba lo de la bofetada, se echó a reír a carcajadas.

- ¿Tu? ¿Lesbi tu? ¡Esta si que es buena! ¿Lo sabe papá?

- Lo del rumor, claro que lo sabe. Si corrió por todo el colegio. Le preguntó a tu tía Inés qué había de cierto en ello...

A esas alturas, Isabel se retorcía de risa y hasta tenía lágrimas en los ojos. Cecilia casi se empezó a molestar de tanta jocundia. Menos mal que Alberto, que las había estado escuchando desde fuera de la habitación, hizo acto de presencia.

- No me habías contado lo del bofetón...

- En fin. Hay otra cosa de la que quiero hablar contigo, hija. A ver si te puedes calmar un poco.

- ¿De qué? – A Isabel se le había pasado la risa de golpe. ¿De qué querría hablar su madre? Isabel ya se llevaba periódicamente cierto tipo de charlas maternas. Ella misma las iniciaba de vez en cuando preguntando algo, y esas eran preferibles a cuando la iniciativa venía de Cecilia. Aunque siempre su madre no se limitaba a aspectos puramente biológicos, que no los obviaba, o a resolver la duda y ya está. Siempre repetía y recalcaba ciertas cosas, como que no tenía que permitir que los chicos la presionaran para hacer según qué cosas, la necesidad de haber alcanzado una madurez psicológica y hasta la afectividad.

- De ciertos racismos que aún existen entre algunos de nosotros. Escuchaste el término Sangre Pura, y la verdad es que yo debería haberlo previsto para avisarte, fue un fallo mío y lo siento...

- ¡Ah! Eso... ¡Creí que me ibas a sermonear! – Isabel, otra vez contenta como unas castañuelas sonrió con toda la felicidad que puede tenerse a los doce años, que es mucha.

- ¿Qué es lo que has entendido sobre la pureza de sangre? – Cecilia, extrañada, la miró con atención.

- Que es una chorrada...

- Isabel, no hables mal.

- Perdona, mamá. Que es una tontería que algunos ingleses se creen, sobre que los que no son mágicos son inferiores. Al principio me confundí con magia antigua, y después me quedé un poco descolocada, porque papá es muggle. Pero al final me pareció una tontería gordísima.

Cecilia alzó las cejas, sorprendida de que la cosa hubiera sido tan fácil.

- ¡Figúrate! ¡Hay que ser gilip...! perdona, estúpido quería decir, para pensar que alguien como papá pueda ser equiparable a un primate. ¡Con el mérito que tiene!

Cecilia pensó que Nadia había ganado otra bruja para su causa, esa que consideraba a los muggles que se casaban con gente mágica como auténticos temerarios. O incluso un poco masocas.

- ¿Adolfito Mendoza te tocó el culo? – Le preguntó después Alberto.

- Pues si. A través de la falda de cuadros del uniforme, que te recuerdo era de lana gorda. Además, no le dio tiempo a nada más que a aposentar la mano... ¿estás celoso?

- No. ¿Cómo voy a estar celoso si esas partes de tu anatomía están a mi disposición? Lo que ocurre es que nunca me lo habías contado.

- ¿Merecía que gastara saliva en ello?

- Supongo que no.

- Piensa que ha sido mucho más efectivo sacándolo ahora.

- ¿Sabes que me lo cruzo a menudo? Creo que vive cerca de mi hermana. Está calvo y tiene una niña china, adoptada.

- Vaya...

- ¿Sigues pensando que puede que la afectada fuera Isabel y no otra niña?

- Estoy casi segura, aunque ella lo negará y lo negará. Ten en cuenta que la reacción es la misma... mismos genes...

- Entonces yo que tu estaría tranquila. Se sabe defender, la criatura.

- Efectivamente, me deja muy tranquila.

Madrid, Ministerio de la Federación Mágica de España y Portugal. Dos días después.

Cecilia se sentó en su despacho satisfecha. Había sido una decisión muy meditada. Hasta había hecho una hoja separando pros y contras. Entre los pros, el prestigio, la satisfacción profesional, el reconocimiento y el reto; entre los contras, que una oportunidad de ese tipo podía no repetirse y cinco líneas más, en cada una figurando el nombre de uno de sus hijos. Y en la última el del padre de todos ellos.

Le había agradecido a la Ministra la confianza una vez mas antes de rechazar la oferta.

- Supongo que sus razones tienen entre dos y doce años.- Contestó la Ministra sin contener la expresión de decepción. Cecilia sonrió antes de añadir que también estaba el padre de las criaturas. Lo habían hablado bastante. Alberto dijo que la apoyaría eligiera lo que eligiera, y que cuando él era un alto ejecutivo de una importante empresa de informática sin horarios ella había dado un giro a su carrera buscando un puesto que le permitía brillar menos pero también estar más disponible para los niños. Ahora era al revés, y estaba dispuesto a hacer él ese papel. Pero Cecilia rechazó aquella opción. Ella era una bruja. En su mundo, una decisión como la suya no suponía que al cabo de un tiempo le "sugirieran" que se marchara de la empresa. Ni tampoco implicaba necesariamente que no pudiera ascender, como ya se había demostrado. Lo que ocurría era que no quería llegar un día a casa y encontrarse con Alberto hijo afeitándose o con Cristina presentándole un novio formal, por poner un ejemplo. Cecilia quería estar ahí mientras sus hijos crecían. Con Alberto.

Nieves asomó la cabeza tras haber dado unos golpecitos.

- Bueno, supongo que a pesar de todo he de felicitarte.

- ¿Felicitarme?

- Por haber rechazado la propuesta.

- Vaya, las noticias vuelan...

- Más rápidamente de lo que te figuras, sobre todo en los eslabones inferiores.

- Debería haberlo supuesto.

- Y a mi que me hacía ilusión considerar la posibilidad de un cambio... la educación es una materia muy importante e interesante...

- ¿Quieres que te preste un niño una temporada? Tengo de sobra...

- Ya. Eso lo dices con la boca pequeña. Mamá Cecilia puede quedarse a distancia, pero no pierde de vista a sus pollitos.

- ¿En ese concepto me tienes como madre?

- Peor, te tengo en un concepto aún peor. Cuando empiecen a volar del nido ¿qué vas a hacer? ¿Tener otra tanda de críos? Al fin y al cabo eres muy joven...

- ¡Qué dices! Cuando sean lo suficientemente mayores me dedicaré a disfrutar de la vida con mi marido.

Nieves estuvo a punto de decir algo, pero finalmente se contuvo.

- Ahora la Ministra tendrá que buscar a otra persona.

- ¿Se rumorea algo?

- Todavía no. Supongo que en el fondo quería creer que dirías que sí.

- ¿Quería creerlo?

- La ministra es más lista que el hambre. Sabía que cabía la posibilidad de una negativa por tu parte... pero claro, no te podía garantizar no despertarte a las tres de la mañana ni interrumpirte en mitad de tus vacaciones, como hace con el resto de su Gabinete...

- La conoces bien.

- Digamos que la conozco como cualquier secretario de este Ministerio...

- ¿Sabes? Es el departamento aparentemente menos lucido y sin embargo es muy importante.

- En efecto. Es el futuro.

- Si. Un trabajo a largo plazo...

- ¿Estás empezando a lamentar tu decisión?

- ¿Lamentar? No. Todo lo contrario. Tengo cuatro, de distintas edades y con distintos problemas. No me puedo quejar porque son niños buenos, sanos, listos... pero te confesaré que me abrumó pensar en ocuparme de la educación de todos los niños mágicos de esta Federación cuando a veces la de mis hijos casi me desborda.

- Cecilia, nunca creí que te oiría decir algo semejante.

- Será que, para llevar la contraria a eso que has dicho antes, me estoy haciendo vieja. Ya ves que tengo alguna cana.

Nieves miró el reloj antes de levantarse de la silla.

- Me tengo que marchar, que Callejón va a empezar a echarme en falta. Respecto a eso último que has dicho, vete a la peluquería y tíñete esas cuatro canas. Y deja de decir tonterías.

Cecilia abrió el fichero con el informe tributario sonriendo. Nieves era terriblemente aguda. Probablemente por eso no congeniaron cuando se conocieron. Ahora, sin embargo, la tenía entre sus amistades del trabajo. Y no hubiera dudado en trabajar permanentemente con ella.

- ¿Señora Pizarro? – Filo, el encargado de la lechucería, asomó la cabeza por la puerta.

- ¡Oh, no! ¡Otra vez no!

- Me temo que sí, señora...

Cecilia dejó la ventana abierta para que el despacho se ventilara del aroma a pájaro que había dejado Filo antes de subir a la lechucería. Al parecer, la señora Granger-Weasley volvía a la carga...