¿Hay alguien en tu vida que odies? ¿Alguien por quien darías cualquier cosa para hacerle daño, por quien pagarías cualquier precio a cambio de venganza? Si es así, quizá deberías considerar ir a la Ciudad Sin Luz.

Para ir ahí, ve a cualquier ciudad relativamente grande y busca un callejón abandonado por la noche. Entra en él, y cierra tus ojos lo más fuerte que puedas. Di en voz baja «Ciudad Sin Luz» y concéntrate en la oscuridad. Probablemente has notado que ves colores difuminados y figuras abstractas si enfocas tu vista cuando tienes los ojos cerrados; observa esas imágenes. Luego de unos minutos, deberían empezar a volverse más claras y brillantes.

Cuando esto ocurra, irán tomando formas concretas: imágenes de asesinatos violentos, animales deformados y semejantes. No importa lo que veas, mantén tus ojos cerrados. Comenzarás a perder la noción del tiempo, pero eventualmente las imágenes se detendrán y sólo verás oscuridad absoluta, nada más que un tono negro profundo, sin otros colores ni formas. Cuando estés seguro de que has alcanzado este punto, abre tus ojos.

Ahora te encontrarás en una ciudad bastante oscura, no habrá una sola luz o estrella en el cielo. Deberías poder ver las siluetas azul oscuro de los edificios a tu alrededor. Sal del callejón y camina tan silenciosamente como te sea posible por la acera, sin ir en ninguna dirección en particular.

Si escuchas algún movimiento, aléjate tan rápido como puedas del ruido. En la Ciudad Sin Luz habitan animales. Estará muy oscuro como para distinguir bien sus rasgos, pero son del tamaño de los grandes felinos y matarán a cualquier humano que atrapen. Sigue caminando hasta que llegues a un área con edificios más pequeños; el límite de la ciudad.

Te encontrarás con un niño, cuyo rostro emitirá un débil brillo, permitiéndote ver que no tiene ojos.

Te preguntará, «¿Compartirás tu luz conmigo?».

Di que sí, y el niño acercará sus manos a tu rostro y te sacará tu ojo derecho. Será doloroso, pero esto no te dejará ningún tipo de herida ni sangrarás. Luego te dará las gracias y se irá. Sigue caminando, y un hombre alto aparecerá frente a ti.

«¿La luz de quién deseas tomar?».

Di el nombre de la persona que odias, y tan pronto lo hagas esa persona quedará completa y permanentemente ciega.

«¿Tu odio ha sido satisfecho?», te preguntará el hombre. Si es el caso, di que sí, y despertarás en el callejón. Si la respuesta es negativa, di que no, y el hombre desaparecerá. Sigue caminando. Te encontrarás con otro niño sin ojos.

«¿Compartirás tu luz conmigo?».

Di que sí y te sacará tu ojo izquierdo, dejándote ciego. Sigue caminando y el hombre alto se te aparecerá de nuevo, aunque por supuesto ahora tendrás que depender del sonido de su voz.

«¿La vida de quién deseas que la oscuridad reclame?».

Di el nombre de la persona que odias, y esa persona morirá. No se te preguntará si tu odio ha sido satisfecho esta vez, y no serás capaz de volver al callejón. Te advertí que te aseguraras de que realmente odiabas a alguien antes de hacer esto, porque pasarás el resto de tu vida vagando por la Ciudad Sin Luz, ciego, con sólo tu odio para reconfortarte.

Para algunas personas, eso es suficiente.

Ciudad sin luz.

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Chris y Andrew llevaban alrededor de quince minutos caminando en línea recta, hacia un destino que Chris podría jurar, aunque incierto y a ciegas, él no hubiese seguido en compañía de su otrora caravana, en búsqueda de la escurridiza Jessica Sherawat. Claro está, que ese era un adjetivo demasiado poco peyorativo para calificar a la principal cabecilla de la compañía bioterrorista por excelencia del planeta tierra.

Andrew lo estaba guiando por pasadizos que Chris consideraba que eran demasiado rebuscados. Durante los primeros cinco minutos, estuvo apuntándolo con un arma por la espalda y no creía que Andrew se hubiese dado cuenta. No era una persona demasiado ágil a la hora de manejar una pistola. Se defendía, pero no sobresalía y Chris apostaba a que tampoco era muy bueno peleando. Su única facultad, era tener sangre fría y una determinación que parecían, más no contrastaban con el carácter de bufón de circo que a menudo Andrew buscaba exhibir con sus continuas demostraciones de infantilismo supremo.

Andrew, de buenas a primeras, tampoco se veía como una persona de mente prodigiosa y había demostrado que no estaba por encima de nadie en ese rubro, aunque no podía negarle el don de lo inesperado, lo inverosímil y la planeación. Era un buen estratega. Sabía seleccionar sus piezas y también estaba seguro de que sus peones traicionarían antes a sus coterráneos, a sus falsos patrones, que a él mismo y a sus agentes, pues Andrew no se había arriesgado a asimilar a sus filas personajes demasiado conocidos o laureados.

O al menos, los agentes que Andrew había seleccionado para que traicionaran a gran escala a la B.S.A.A. eran muchos, bien repartidos y sumamente manipulables. Chris entonces, debía cuestionarse si decidía resucitar a la vieja estirpe que en un principio, creyó necesaria para funcionar como antídoto y anticuerpo ante las continuas arremetidas del mercado negro de B.O.W.S., contrarrestar la elección de potenciales traidores, o "topos", como Andrew solía llamarlos, con un examen psicológico más severo, exhaustivo y por supuesto riguroso. Chris no conocía ningún test que pudiera vaticinar al cien por ciento que los futuros egresados de la B.S.A.A. no fuesen a terminar siendo un germen corrupto que se esparciría a través del escudo de la ya muy manchada y cuestionada reputación de la otrora organización ahora caída en desgracia, pero contaba con que algún psicólogo – Quizá hasta la misma Rebecca – Podrían conseguir algún examen que sofocara todos los puntos débiles de los reclutas y eliminara todo tipo de posibilidad de una insurrección.

Era un método sumamente riguroso y dictatorial, pero lo contrario había devenido en esta catástrofe que además, los había avergonzado a nivel mundial, puesto que Chris en ningún momento llegó a imaginarse que tenía al enemigo respirándole en su nuca.

Posiblemente, lo hubiesen seguido a su departamento en gran cantidad de ocasiones, para espiarlo, para estudiarlo, analizarlo y contrarrestar cualquier ofensiva que pudiese planear y estar en contra de los gestores de su antítesis. De pronto, la presencia y la victoria de Carla Radamés en Eslavia del Este, cuando Chris perdió a la mayor cantidad de soldados y compañeros en una misión, además del conocimiento, podía haber estado relacionado íntimamente con aquel hecho. El de haber sido presa de su propia ignorancia y quedar ciego por completo. Ahora mismo, se le venía a la cabeza la imagen de Carlos Oliveira, a quién había evadido durante los primeros e impactantes instantes de su lucidez y se preguntaba si él mismo no sería un esbirro de Andrew.

Tenía las posibilidades de sacar todas las respuestas que deseaba en ese momento, justo delante de sus narices.

-Contéstame una cosa… – Dijo Chris - ¿Carlos Oliveira?

-¿Te refieres a si lo reclutamos?

-Correcto.

-Pues no te voy a negar que lo intentamos – Contestó Andrew con algo muy parecido a la indiferencia, que no llegaba a sustituir su objetivo central de guiar a Chris por un atajo que pudiese conducirlos más rápidamente al quinto piso. Habían sorteando una suerte de pasillos inconexos, que no parecían poder cuajar dentro de un espacio tan pequeño como una oficina, y que evidentemente, solo eran accesibles para personas de cierto rango, que deseaban comunicarse con mayor y mejor facilidad para poder estar relacionadas entre sí a la brevedad posible. Ese era el objetivo de eso altos mandos que en este preciso instante, o estaban muertos, o estaban escondidos o huyendo. Su futuro, no podía ser muy bueno porque había sido inesperado, como inesperado había sido, la incursión de Andrew en sus planes. Y una organización clandestina tan grande como Neo-Umbrella, no podía darse el lujo de tantear al destino, sin tener una proyección completamente cierta y verídica de lo que iba a suceder – Lo contactamos hace un par de años. Antes de que Jill saliese de la rehabilitación en la que la encapsularon con el fin de recuperarla. Él se negó, pero no fue tan sencillo para Carlos hacerlo. Cuando le mencionamos el tópico de quitarte del camino, se lo pensó durante un buen tiempo.

-¿Por qué rechazó la oferta?

-Esa es una buena pregunta – Cuestionó Andrew, ahora con más interés – Todavía me preguntó si realmente la rechazó. Jamás nos delató, ni fuimos delatados, y el hecho de haberte dejado a expensas del perro de tíndalos cuando había tenido sobradas oportunidades de salvarte a mansalva, me hace pensar que de cierta forma, aceptó nuestro acuerdo de forma tácita, pero empleando sus propios medios. Más sin embargo, como no siguió el plan en ningún momento, no se le puede considerar un apoyo para los Agentes de la Paz. También es un hecho, que no pensábamos eliminarte Chris – Agregó Andrew con reconocida sobriedad, y por algún motivo, a Chris esto no le sorprendió – Planeábamos distraerte, y para eso necesitábamos que estuvieras ocupado dudando de Carlos y persiguiéndolo a él, creyendo que realmente tenía respuestas, cuando en realidad a la primera de cambios cuando tú y él, o solamente el mismo Carlos estuviesen desprevenidos, los eliminaríamos tan rápidamente como nos fuese humanamente posible. Carlos es indispensable, tu no.

-¿Por qué yo no?

-¿No es obvio? – Recalcó Andrew – Tienes un mensaje que transmitir.

Chris quedó en las nubes, ¿A qué se refería con eso? ¿De cuál mensaje estaba hablando? Lo primero que se le venía a la cabeza, era la esquizofrénica idea de que Andrew realmente planease diezmar a toda la ciudad de New York y a sus más de ocho millardos de habitantes para poder contrarrestar el peso de lo que se cocinaba en estos ignominiosos laboratorios. Chris creía que Andrew tendría como objetivo eso, pero que lo haría a través de sus propios medios y con su propia y característica voz. Él y sus agentes se habían transformado en un tsunami mundial y todos los medios informativos y noticieros del mundo, los adoraban por la cantidad de historias tergiversadas que podían hilvanar a raíz de sus curiosas y extrañas personalidades.

Chris pensaba, que lo haría por sus propios medios. Que para Andrew, no habría nada más exquisito que dirigirse en persona, así fuese a través de un teléfono analógico con el mismísimo presidente Graham, para pedirle que montara una mesa redonda de discusión que no tardara mucho más de treinta minutos y que discutiese abiertamente la posibilidad de exterminar New York.

Sin embargo, y Chris era el más capacitado para asegurarlo, para borrar del mapa a una urbe tan proliferante e importante como lo era New York, se necesitaba más que un simple boquete lleno de monstruos al lado de una alcantarilla. Se necesitaba un peligro biológico latente y real, que pudiese amenazar con expandirse rápidamente y convertirse no en un dolor de cabeza, sino en un martillo guindando de una cuerda sumamente floja y avejentada, sobre un corazón viejo e impaciente por morir.

Era como tentar a la muerte regalándole una pistola. Se necesitaba algo tan peligroso como eso. Algo de la magnitud de la pata del elefante, que dejó y dejaría a la extinta ciudad de Chernobyl sin un solo habitante constante por los próximos cientos y cientos de años. Quizás hasta la desaparición misma de la raza humana sobre el planeta. Se necesitaba algo tan peligroso y precisamente de esa magnitud. Algo a lo que ni siquiera se pudiese acercar, para poder considerar que la única salvación de New York, era su aniquilación, ya que eso, correspondería con la salvaguarda y el bienestar de la nación y del mundo, por más repudiable que pudiese resultar.

Para eso, Andrew tendría que distanciarse de los discursos bananeros y demagogos y demostrar con pruebas fehacientes de que había un peligro humanamente extintivo aguardando en el sótano de Neo-Umbrella.

Sin darse cuenta, habían llegado al cuarto piso. En medio de sus cavilaciones internas, Chris Redfield se encontraba en el anexo que pertenecía al departamento de desarrollo y deportación de virus alrededor del mundo, y dentro de los mojones internos de la misma Neo-Umbrella. Por ende, estaban en el lugar, en la génesis de todos los monstruos. Cualquier laboratorio clandestino dentro de una mansión, sepultado en una central petroquímica o en algún pueblo olvidado de África o la misma Europa, pasando por China, quedaba menguando y palideciendo de cara las hectáreas de terreno marmoleado que daba presentación al festín de corrupción de Neo-Umbrella. Hombres de patas negras y caras blancas, escarabajos o cucarachas, o quizás un híbrido horrido sacado de alguna raíz de un árbol infernal, fraguado en un espacio tan desprovisto de gérmenes, como plagado de las bacterias más mortíferas del mundo; Hunters Beta, Hunters Gamma, Hunters Alfa, Hunters que parecían sapos antropomórficos, ligados con alguna especie maligna y peligrosa de hormiga toro; Lickers en todas las presentaciones posibles; simios súper desarrollados, Tyrants, todos los que Chris pudiese haber tenido el horror de presenciar en sus pesadillas, al mismo tiempo y en el mismo lugar; zombis por montones, de todos los tipos y con todas las características para causar una auténtica pandemia.

Y lo peor del caso, es que había personas que día a día trabajaban entre risas, entre chistes y comentarios superfluos al lado de esos monstruos. Los ayudaban a nacer. Más allá de los primeros cincuenta metros del extenso terreno que comprendía la primera planta, había una jaula repleta de boas, que podría compararse con la longitud total de la colosal titano-boa que había reinado el mundo de los réptiles invertebrados hacía eones. Se les alimentaba con gorilas, cuyo exoesqueleto, cabezas y contexturas rocosas, quedaban como una inmensa colina de estiércol y desperdicios reptiles a un costado de la gran jaula. Chris no quería imaginar de qué clase de virus podía derivar una criatura de esas magnitudes, sin saber, que Jill Valentine se había enfrentado a un animal mucho peor, y completamente natural, a causa de las esporas venenosas de las luciérnagas de la amazonia brasileña.

Pero Andrew caminaba con indiferencia. Como si llevase bajo sus brazos una ojiva nuclear y no una simple pistola. El lugar estaba desprovisto de toda clase de vida humana racional, y por ende, cualquier perturbación al ambiente del cuarto piso, podía considerarse letal para la raza humana.

Sin embargo, eso no le interesaba a Andrew. Él requería llegar a un sitio, y había un elevador que parecía dispuesto a guiarlo hasta su destino.

Cuando lo abordaron, Chris no lo aguantó más y preguntó.

-¿Qué hay en el quinto piso? ¿Qué puede ser peor que todo lo que está aquí?

Andrew no lo observó con una sonrisa, sino con la auténtica lástima de alguien que no sabe el horror que está por conocer. Y para alguien como Chris Redfield, aquello era sumamente indescriptible.

-El Diablo.

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Jessica Sherawat, se encontraba ingrávida dentro de su propia incredulidad.

Los perros de tíndalos, diezmados, los astronautas, eliminados. La ameba, aunque no tenía ni la más mínima intención de que la liberaran, había sido exterminada de la forma más lógica y putrefacta que se hubiese podido concebir. No podía ser de otra manera. Un lanzallamas industrial no habría hecho mejor el trabajo, que Helena Harper aun a costa de su propia vida, había tenido que efectuar en un intento futil de salvar su vida.

Se estaba quedando sin recursos, ¿Qué podría hacer? ¿Liberar a las titano-boas del cuarto piso? ¿A todo el arsenal a lo largo y ancho de la cuarta división de experimentos y desarrollo de cepas bacteriológicas, para que se deshicieran de un simple par de pelagatos, y de sus amigos invisibles comandados por el auténtico dolor de cabeza de Hunk, que no había podido ser exterminado por el inepto de Raymond, que de igual forma, no figuraba dentro de los planes a futuro de la por momentos moribunda Neo-Umbrella.

Era una idea alocada y sumamente inconcebible. Los astronautas eran bio-androides, y por ende, Jessica era perfectamente capaz de controlarlos a gusto, aun cuando estuviesen sueltos a sus expensas, hasta antes de que Hunk apareciese y descubriese su punto débil. Los perros de tíndalos eran solo cuatro, y un ejército bien formado tendría muchísimas y cuantiosas bajas, pero lograrían reducirlos, y además, se contaba con el programa y la información necesarios para generar toda una manada de monstruos lovecraftnianos si Jessica así lo deseaba.

La ameba era un experimento que había surgido con el fin de obtener una representación física del Virus Progenitor. Una criatura que había sido concebida con el fin de emular el efecto del Virus y sus propiedades para tener a su vez, dotaciones casi infinitas que sirviesen para derivar hasta el resto de las letales cepas que se escocían de cuando en cuando en los laboratorios. Jessica sabía, que como arma de batalla era prácticamente inútil e incompetente, pero su fin no era ese, sino el de desarrollar más virus sin la necesidad de recurrir a exóticos paisajes y desgastar su muy dilapidada fauna y flora, en búsqueda de una semilla, una flor o un sapo venenoso de Borneo.

La división experimental donde se ponían los virus en los distintos cuerpos de los sujetos de prueba, era como la tienda por departamentos de Neo-Umbrella. Tenías tu catálogo presentado de la misma manera a cómo se organiza un zoológico y podías elegir la calidad y la cantidad de B.O.W.S. que desearas, firmando un acuerdo de confidencialidad, que de legal no tenía absolutamente nada, y con la certeza de que a partir de ese momento, serías seguido y rastreado por uno o varios agentes de Neo-Umbrella, hasta el final de tus días, con el solo fin de asegurar que nunca fueses a delatar a la compañía.

Por ende, Jessica prefería pasar su catálogo electrónicamente. Prefería por supuesto, aprobar las compras de sus beneficiarios a través de reuniones en sitios muy distantes. Con jets privados, en hoteles de lujo o salones de conferencia ostentosos, pero nunca poniendo en riesgo la identidad y la podredumbre de este hueco infernal al que había llegado a consentir como a un niño malcriado.

Por eso, no podía permitir que llegaran al quinto piso, el riesgo era colosalmente grande.

Ya conocía las intenciones de ese maldito bastardo de Andrew y debía frenarlo a toda costa. Él buscaría mostrarle al mundo, a través de una videoconferencia, con bombos y platillos si le era posible, que Neo-Umbrella había creado una representación vívida y sufrida del infierno en la tierra, y además, había conseguido emular a su principal regente y dictador.

Pero Andrew tenía un punto débil, que estaba falsamente salvaguardado en algún lugar de la planta baja, dentro de una urna de acero, que ahora mismo debía de estar resquebrajada.

Venía observando a Francesca desde hacía ya un muy buen rato, y no solo se encontraba escasamente armada, sino que además, estaba dormida.

El impacto sufrido a causa de la explosión en la oficina de Barry Burton, la había dejado al borde de la convalecencia, si a eso se le sumaba que Andrew había intentado mantenerla consciente a fuerza de pura voluntad, entonces era razonable pensar que la chica no solo estaría exhausta, sino que al menor descuido, se quedaría rendida.

Si a Andrew no le hubiese importado, de seguro la habría dejado para morir, pero sabía que todavía podía salvarse, y más allá de eso, Francesca, la pelirroja italiana, no le era útil a Andrew dentro de su extensa red de marañas e incoherencias.

Por ende, debía de haber algún sentimiento ajeno a las pretensiones laborales y los objetivos dentro de todo esto.

¿Amor quizás?

-Con amor bastará.

Se enfundó su rifle de asalto y su pistola. Jessica estaba algo oxidada en esto de disparar y volver a entrar a la acción, pero daría su mejor esfuerzo.

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Hunk se había quitado la máscara. No recordaba un momento en el que hubiese estado tan preocupado y exaltado, como hacía casi ya más de quince años, cuando se enfrentó a William Birkin en su estado más peligroso, con el objetivo de conseguir a como dé lugar el Virus-G.

No sabía si estaba bien, pero aquello al menos lo hacía sentir mucho más vivo. Hunk era una persona bastante simple. Para él las cosas se dividían en morir o sobrevivir, por lógica, lo segundo siempre se anteponía a lo primero, pero en cuestiones que tenían que ver con su trabajo, no siempre era tan simple.

A veces, tenías que desligarte de tus sentimientos, de tu empatía humana. Formar una capa protectora lo suficientemente impenetrable, como para asegurarte que cuando tus compañeros caigan, por más esporádica que sea o que haya sido su presencia, tu no menguarás ni te sentirás en lo absoluto afectado por su deceso.

Pero eso era algo que requería de práctica, de consistencia, disciplina y mucha fuerza anti-moral y egoísmo puro, además de egolatría, que dejarían como resultado final una mente adiestrada para sobrevivir, inclemente e inmisericorde de las pretensiones, anhelos y miedos de las demás personas que no han podido alcanzar ese Nirvana de soledad.

Pero la capa tenía fecha de expiración, y quizás Hunk se encontraba ya demasiado entrado en años – Ahora mismo, tenía alrededor de cuarenta y cinco – cuando se adentró en Carecas, en la que jamás pensó que sería por lejos, su última encomienda.

Si bien fue bastante rápido al momento de cegar la vida de Billy Coen, en ese preciso momento, Hunk sintió algo parecido al asco, a la repulsión. Un sentimiento que lo comino a apartarse, a retroceder. Le indujo en un estado de catarsis auto-inducida en la que jamás había pretendido entrar y que odiaba, porque de alguna forma le impedía desarrollar su misión. Tenía al resto de los agentes ahí mismo para ser aniquilados, y algo parecido le ocurrió cuando intentó eliminar a Ada Wong y a Leon S. Kennedy junto con el resto de sus acompañantes.

A todos ellos los tenía justo ahí adelante. Hunk transpiraba y los observaba uno por uno. Ellos eran hostiles, no pestañeaban y no le quitaban la mirada de encima, y más aún cuando Hunk todavía estaba armado, aunque su pistola ya no tenía carga.

Él la aparto de un manotazo y terminó de arrodillarse dando a entender que estaba en posición de declive. Listo para ser ejecutado y pagar por haber exterminado una vida que había sido importante para ellos.

Claire, por su parte, no sabía nada de eso.

-¡Hey! – Le dijo – Muchas gracias por salvarnos.

La naturalidad en las palabras de aquella mujer que estaba embarazada, espantó a Leon e indignó a Rebecca. Leon podía comprender a su mujer por no haber sido participe dentro de la escalada de horror que Hunk les hizo sentir durante los escasos minutos de sus insurrecciones en Brasil, pero Rebecca no.

De un manotazo, le arrebató a Jill su pistola y esta pareció recobrar un poco de su vitalidad. Distrayéndose cruel, pero momentáneamente del mal recuerdo que significaba el deceso de su amado Chris y concentrándose en la escena final que desembocaría todo este falso entendido.

-¿Cuál es tu nombre? – Inquirió Rebecca con rabia.

-Muerte – Contestó Hunk.

-¡REBECCA BASTA!

-¡Cállate Claire! – Espetó Rebecca repleta de furia y de deseos asesinos - ¡Déjalo que conteste! ¿Cuál es tu maldito nombre?

-Solía tener un nombre. Era Gregory Ankler, pero lo perdí hace bastante tiempo. No recuerdo cuándo. A Gregory Ankler no puedes matarlo, pues creo que ya está muerto. Pero a mí, por el contrario, sí que puedes eliminarme.

Hunk se veía más deseoso de cumplir una condena que de morir de cierta forma. Consideraba su entrega y su total disposición a cumplir con su castigo, como una perfecta forma de pago y de intercambio por haber sesgado la vida de Billy Coen, de quién se había arrepentido desde el mismísimo primer instante de haber matado a sangre fría.

Hunk, a su vez, había matado a cientos de personas. Tenía un estatus consumado de sicario y asesino serial indeleble, más nunca consideró ninguno de esas víctimas como suyas legalmente, aunque fuese su mano el que las hubiese ajusticiado.

Él siempre creyó, que ellos habían caído eliminados a causa de las mismísimas pretensiones onerosas de sus contratistas que no tenían rencores, pero sí deseos ostentosos y pérfidos que se veían interrumpidos por la presencia de aquellos blancos que Hunk había eliminado. Buenos o no, todos fueron seres humanos, al igual que Billy Coen.

Y ahora mismo, solo se arrepentía del ex – marine, quién para colmo de males, nunca pudo tener una vida decente, normal, y apartada del miedo.

-Lo siento mucho.

-Eso no lo va a devolver de la muerte – Contestó Rebecca entre lágrimas.

-Véngalo entonces – Respondió Hunk sin mirarla. De a poco, comenzaba a sentirse cada vez más humano y más vulnerable. Permitía que las palabras llenas de odio, rencor e ira de Rebecca le taladraran y le hicieran sentir como lo que debía ser, el hombre más miserable y desprovisto de bondad sobre la tierra – Es lo único que te queda por hacer.

Claire quiso detenerla, pero sintió el agarre fuerte y fantasmal de Jill a su costado. Impactada por el propio regreso de quién debió ser su cuñada, se mantuvo estoica y distraída ante la singular obra de teatro. Nadie parecía acordarse de que Hunk, les había salvado la vida, y supuso que todos tendrían cuentas pendientes con él, en especial Rebecca.

Sí que sabía de Billy Coen, nunca se enteró, por supuesto, de que había sido encontrado durante la misión de Brasil y que además había perecido como consecuencia misma de los actos indecibles de Hunk. Quiso entender a Rebecca pero no pudo. La bondad del par de almas que albergaba en su vientre no le permitía sentir otra cosa que no fuera compasión por el soldado que había matado más para evitar que lo mataran a él mismo, que por su propia voluntad.

Eso nunca jamás excusaría nada. Era un asesino, y de alguna manera, buscaba pagar su condena.

Por eso Rebecca no disparó.

Se desplomó. Toda la ira fluyo a través del agarre tembleque de sus manos, en lugar del metal frío y lleno de plomo de la pistola. Era algo que Hunk hubiese previsto si fuese asiduo admirador de las películas de acción y venganza de Hollywood, pero por desgracia, carecía de ese aspecto en medio de su casi nula vida privada.

Eso podía esperarse, y no simbolizaba debilidad de parte de Rebecca. Quizás tampoco compasión, pero demostraba que tampoco era capaz de matar a nadie por venganza, porque Hunk, le había demostrado que a final de cuentas no era un monstruo.

Y Jill pudo comprender, que Andrew no había conseguido su objetivo.

No los había convertido en máquinas efectivas de matar que ponían el fin, por encima de los medios.

Eso era lo contrario a lo que Chris hubiese deseado.

Y era lo que ella pregonaría de ahora en adelante.

Hunk quiso abrazar a Rebecca y nadie se lo impidió. Debían aprovechar ese momento. Muy pronto, tendrían que verse de frente contra el Diablo, y por ende, todo rastro de dolor o de duda, que pudiese evitar un ajusticiamiento, debía morir en ese mismo instante.

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