–37–

–Bienvenidos a la morada de los gigantes de hielo.

El aspecto del rey Helblindi difería significativamente de otros jotnar que Sigyn había conocido. Le sacaba una cabeza a Loki, pero aun así su estatura era inferior a la media de su raza, y su complexión menos corpulenta. Para un observador prevenido resultaban innegables las similitudes en las facciones entre ambos hermanos: los rasgos de Helblindi –adornados con escarificaciones en relieve que denotaban su estatus de miembro de la nobleza– eran más redondeados que afilados, y por su espalda caía una melena similar en textura y grosor a la del dios del engaño, aunque su color tendía más al gris carbón que al negro azulado del segundo.

Sus ropas eran distintas a las de otros gigantes, algo que no tenía nada que ver con su cargo de rey. Laufey y Byleist habían vestido de forma parecida a las de sus súbditos, con exiguas y bastas prendas de cuero, pero él llevaba una lujosa túnica purpúrea con remates en piel y guantes, con un estilo tan refinado que casi parecía asgardiano. Su corona y el báculo en que se apoyaba eran de hielo puro, con una hechura maravillosa. Si se hubiera tratado de un anciano barbudo y su piel hubiese sido rosada en lugar de azul, habría podido confundírsele fácilmente con el espíritu de la Navidad.

Avanzó hacia ellos cubriendo pausadamente la distancia que los separaba. Incluso su forma de caminar era extraña, grácil pero a la vez un poco vacilante, como si tratase de mantener el equilibrio en cada paso. Su báculo de hielo parecía servirle de apoyo, aunque lo mantenía extrañamente inclinado hacia delante, tanteando la resistencia del suelo más que dejando caer su peso sobre él.

–Un placer volver a veros, majestad –repitió Loki cortésmente.

–Lo mismo digo –asintió Helblindi. Su voz no era tan profunda y rica en matices como la de su hermano, pero aun así era agradable al oído, mucho más dulce que las otras cavernosas voces de jotnar que Sigyn y Amora estaban acostumbradas a escuchar. Ahora que lo tenían más cerca, también pudieron observar sus ojos, que no tenían el color escarlata intenso del resto de su especie sino un carmesí desvaído y velado, y cuya mirada parecía extenderse de forma inquietante a algún punto vacío más allá de sus interlocutores.

–Recordáis a mi hijo –Loki señaló a Fenrir, quien se inclinó respetuosamente ante él–. Y las hermosas damas que nos acompañan son mi socia Amora y mi esposa, Sigyn.

–Mis señoras –Helblindi movió la cabeza en dirección a las mujeres, aunque seguía con la mirada perdida, y se acercó a Sigyn, que era la más cercana de las dos.

–Majestad… –Sin saber qué más decir, ella hizo gesto de iniciar una reverencia, pero él se lo impidió.

–Os lo ruego, Lady Sigyn, no os inclinéis. En todo caso, debería ser yo quien me inclinase ante vos –dijo haciendo lo propio caballerosamente. Tomó una de las manos de Sigyn con las suyas enguantadas y acercó el rostro a su dorso, aunque sin rozarla con los labios–. Me alegra conoceros, después de haber oído hablar tanto de vos –A continuación se dirigió a la Encantadora y repitió la misma cortesía–. Lady Amora, es un verdadero honor. Sólo desearía que mis pobres ojos pudieran recuperar la vista aunque fuera unos pocos segundos, para poder deleitarse con vuestra afamada belleza.

Aquellas palabras desvelaron a las visitantes el motivo del extraño comportamiento del monarca: ¡Helblindi estaba ciego! Las asgardianas no pudieron evitar un apagado jadeo de sorpresa ante la revelación, que el soberano jotun captó enseguida.

–Por vuestra reacción, deduzco que mi Lord Comandante no os había hablado de mi condición, y no puedo culparle –sonrió–. No es un secreto, pero tampoco es algo que se suela airear demasiado. Muchos señores jotnar no están particularmente ilusionados de tener un rey ciego, así que me comporto como si pudiera ver.

–Pero, ¿cómo…? –murmuró Sigyn.

–Mis ojos no ven, pero mis otros sentidos perciben a la perfección lo que hay en mi entorno –explicó el rey gigante–. Cada sonido, cada corriente del aire, cada vibración del suelo o la respiración de otras personas, me proporcionan la misma información que los ojos a los demás individuos. De hecho, hay cosas que yo veo y los demás no.

–¿Cómo cuáles? –quiso saber Amora.

–A través de mis manos puedo percibir la memoria o energía latente que rodea como un aura a cualquier objeto. Puedo ver su historia, cómo fue creado, las personas que estuvieron en contacto con él… es una habilidad muy útil, incluso me permite leer libros. No puedo verlos en el presente, pero sí cómo fueron escritos en el pasado –comentó sonriendo.

–Metagnimía táctil… –murmuró la hechicera y Sigyn asintió. En la Tierra también había gente con ese don, que los mortales llamaban por otro nombre: psicoscopía– ¿Y eso funciona también con las personas?

–Sí, pero no resulta muy… cómodo. La historia de un ser vivo es mucho más compleja y abundante en información que la de un objeto, por lo que me satura fácilmente. Por eso procuro no tocar a otros a menos que sea imprescindible –se acarició las manos enguantadas–. Pero dejemos ya de hablar de mí. Por favor, acompañadme al salón principal, allí se servirá la cena y podremos charlar con tranquilidad.

–¿Ha llegado ya Malekith? –quiso saber Loki, y el rey negó con la cabeza.

–Aún no, pero debe estar al caer. Hace unos minutos se puso en contacto con nosotros para avisarnos de que su nave estaba entrando en la atmósfera de Jotunheim.

–Está bien. Fenrir, quédate fuera y permanece atento para recibirlos cuando lleguen.

–Claro, padre.

–*–*–*–*–*–

Mientras el resto del grupo seguía a Helblindi hasta el salón principal, las dos mujeres no podían evitar girar la cabeza de un lado a otro, mirándolo todo y admirándose de cuanto veían. Si exteriormente el palacio era impresionante, con su sombrío color índigo y sus picudas torres periféricas que semejaban estalactitas, por dentro no lo era menos. Los techos eran altísimos –algo lógico, para adaptarse a las dimensiones de sus moradores– y en los corredores, unos orbes luminosos que hacían las veces de antorchas sin fuego emitían una fría luz azul que disipaba la oscuridad arrancando destellos al hielo. Helblindi les fue mostrando el palacio, explicándoles la funcionalidad de las diversas salas que atravesaban:

–Éste es el salón del trono –las invitadas contuvieron el aliento al contemplar el enorme salón que parecía el interior de una catedral gótica conquistada por la escarcha, y cuyo centro era un espléndido aunque a la vez siniestro asiento formado por carámbanos entrecruzados–; y aquélla es mi sala de estudio –añadió señalando el umbral de una estancia algo más pequeña pero también extensa, colmada de cientos de volúmenes polvorientos repartidos por varias estanterías. Aquélla no tenía ni de lejos la elegancia o la suntuosidad de la biblioteca de Loki en Glaesisvellir, pero tampoco parecía mal surtida–. Ahí es donde trabajo.

–¿Y en qué trabajáis, majestad? –Sigyn sintió curiosidad.

–En el objetivo de mi vida, milady: redactar una crónica completa de la historia del Reino de Jotunheim –hizo una pausa y sonrió al deducir del silencio de la asgardiana una gran sorpresa–. No, no soy yo quien escribe, tengo un pequeño grupo de escribas a mi servicio –señaló a unos cuantos gigantes de hielo asentados en un par de mesas, que leían y escribían en pergaminos con la misma dedicación que cualquier investigador terrestre o asgardiano.

–¿Escribas? –se asombró Amora.

–Así es, también tenemos escribas jotnar. Yo envío emisarios a todos los rincones del Reino en busca de objetos antiguos y a través de mi don recojo la historia que los ha rodeado. Y si es relevante, la dicto a uno de mis escribas mientras otros buscan información similar en los textos ya redactados y trabajan en el borrador final.

–Pero vuestra nación entrará en guerra pronto, majestad. Posiblemente haya grandes pérdidas en ambos bandos. ¿Por qué dedicar tanto esfuerzo, precisamente ahora, a una tarea menor?

–No me parece que dejar constancia de la verdad sobre nuestro pueblo sea una tarea menor. Os ha sorprendido que mencionara a mis escribas y no os culpo, ya que todos los asgardianos habéis sido educados con prejuicios sobre los gigantes de hielo y sólo nos veis como bárbaros analfabetos. Esto tal vez fuera verdad durante los últimos siglos, ya que desde la derrota a mi padre infligida por Odín, nuestro Reino ha atravesado una etapa decadente y oscura, pero eso va a cambiar: con la nueva victoria sobre Asgard a la que nos llevará Lord Loki, Jotunheim recuperará su antigua gloria. Pero, ya venzamos y nos convirtamos en los amos del Yggdrasil, o perdamos y seamos exterminados, mientras nuestra historia real quede plasmada en estos volúmenes, no desapareceremos del todo.

Mientras así hablaba, terminó conduciéndoles a la sala donde tendría lugar la cena. Las paredes, la extensa mesa y los bancos eran de piedra gris, pero grandes masas de hielo esculpido en relieves geométricos sobre las paredes arrojaban al lugar diversas tonalidades de luz azul dotando de una bella profundidad al conjunto. También las columnas, las lámparas de luz fría sobre las paredes y por supuesto las arañas eran de un hielo cristalino.

A un gesto del rey, unos sirvientes jotnar se acercaron para recoger las capas y abrigos de los invitados. Amora se despojó de sus pieles, revelando que había decidido desafiar las bajas temperaturas de aquel palacio con un maravilloso vestido verde con corsé y un sensual escote palabra de honor que mostraba mucha piel blanca y cremosa. Ante aquella visión era difícil quedarse indiferente y el mismo Loki no pudo evitar alzar una ceja de forma apreciativa; pero su interés cambió radicalmente de objetivo cuando Sigyn imitó a la hechicera y se quitó también su capa.

–Vaya… –murmuró ladeando la cabeza, y reprimió un silbido al ver la sugerente línea del escote y cómo el vestido dorado se ajustaba a las curvas de su esposa. Aunque Amora luciera tan atractiva como siempre, Sigyn, enseñando bastante menos, se le antojaba la mujer más seductora que había visto jamás.

Pero ésta, al notar que su marido la estaba observando, malinterpretó la seriedad de su semblante y la intensidad de su mirada.

–¿Por qué me miras así? ¿No voy bien? –preguntó con cierta inseguridad, que se desvaneció ante la respuesta del dios:

–Querida mía, vas mejor que bien –repuso, y se acercó a ella y la tomó de la cintura para añadirle en un susurro–. De hecho, sólo hay un sitio donde ese vestido quede mejor que sobre ti –hizo una pausa y ante la mirada interrogante de su esposa, completó con expresión pícara–… tirado en el suelo de nuestro dormitorio.

La sugestiva frase, con todo lo que implicaba, la hizo sonreír.

–No es el mejor momento para coquetear, Lord Laufeyson –bromeó–. Os recuerdo que es una noche importante y no debéis distraeros.

–Lo sé, pero hay mucha noche por delante –él estrechó el brazo en torno a su cintura, atrayéndola aún más contra sí–, y sea cual sea el resultado de esta reunión, me daré por contento si puedo acabarla así, contigo y conmigo a solas… y nada de ropa. Ya sea para celebrarlo, si todo ha ido bien; o para consolarme si es que no.

–Algo se podrá hacer –prometió ella riendo, pero su risa fue silenciada por un estruendoso ruido localizable en los exteriores del palacio, el sonido de un objeto gigantesco hundiéndose lentamente sobre la roca cubierta por el hielo. Loki sabía lo que significaba: su memoria recordaba las monumentales naves cruciformes de los svartálfar, cuyo aspecto recordaba a la planta de una iglesia en vertical.

–Ya han llegado… –murmuró, sin poder evitar un cierto nerviosismo en su voz al hacerlo. Notándolo, Sigyn le acarició la mejilla con cariño.

–Todo va a salir bien, querido. Seguramente Malekith estará más que deseoso de colaborar, pero aunque no fuese así, no le necesitas. Vales muchísimo y jamás dejes que nada ni nadie te haga dudar de ello, y mucho menos un viejo idiota que es incapaz de ver más allá de sus narices –añadió con dureza pensando en cuánto le había hecho sufrir la indiferencia de Odín–. Algún día no muy lejano, los asgardianos tendrán la suerte de tenerte como rey.

El verde de los ojos de Loki se suavizó y se hizo cristalino, indicando hasta qué punto le emocionaban aquellas simples palabras; cuánto, incluso ahora, anhelaba la aprobación de los demás.

–Amada mía… gracias –puso su propia mano sobre el dorso de la que su esposa apoyaba contra su mejilla–. En ese caso serán doblemente afortunados, pues no podrán tener una reina mejor que tú.

Ella sonrió de nuevo y por unos instantes sus miradas se entrelazaron, diciéndose mucho más de lo que las palabras podrían expresar en tan corto tiempo: no sólo amor sino confianza, complicidad, la determinación de apoyarse el uno al otro pasara lo que pasara… Nada podría estropear aquello, o al menos eso creían en aquel momento.

Tras unos interminables minutos durante los cuales nadie se movió, aguardando con expectación a los visitantes, la puerta de la sala se abrió de un golpe, sobresaltándolos a todos. Pero sólo era Fenrir, el cual parecía bastante alterado.

–¡Padre, los elfos oscuros están aquí! Su nave ya ha aterrizado y la comitiva de Malekith ha descendido, se dirigen hacia aquí.

–No me dices nada que no supiera, chico –repuso Loki irritado por el anticlímax, mientras que el rey murmuró una disculpa y se marchó de la sala para salir a su encuentro y recibirlos al igual que había hecho con Loki y su grupo–, debiste haberte quedado fuera para recibirlos con Helblindi.

–Lo sé, pero tenía que advertirte… –dijo Fenrir jadeante y tuvo que detenerse para tomar aliento: al parecer había hecho corriendo todo el trayecto hacia el salón.

–¿De qué? ¿Es que hay algún problema? –Loki se adelantó hacia su hijo, preocupado por su comentario; mientras que Sigyn se quedó por detrás de él, con la mano sobre su antebrazo como silenciosa señal de apoyo.

El joven licántropo sacudió enérgicamente la cabeza. Parecía esforzarse buscando la forma más suave de dar una noticia bastante desagradable.

–No es exactamente un problema, es… un imprevisto. Un imprevisto que no te va a gustar.

–¿Sobre Malekith?

Un nuevo gesto negativo.

–No, no sobre él. Se trata de… alguien de su séquito.

–¿Quién, Algrim? –se giró para explicar a Sigyn–. Es la mano derecha de Malekith y hace mucho tiempo, cuando estábamos en diferentes bandos, tuvimos un par de encontronazos bastante fuertes –recordó con indiferencia–. Pero ahora no debe preocuparnos.

–¡No, no me refiero a él!

–¿Entonces a quién? –se impacientó el dios– ¿Quieres hablar claro de una vez?

Fenrir abrió la boca para contestar, pero antes de que tuviese la oportunidad de decir algo más, un sonido de pasos múltiples se oyó en el exterior y la puerta de la sala volvió a abrirse, esta vez más suavemente ya que fueron dos guardias jotnar quienes la manejaban. Y las asgardianas pudieron ver por vez primera, acompañando al rey Helblindi, a los célebres e infames elfos oscuros.

La mayor parte eran simples soldados, vestidos con armaduras de complicado diseño y un color indefinible, entre terroso y ceniciento. Poco se podía ver de ellos ya que éstas cubrían prácticamente todo su cuerpo, y además llevaban cascos con puntiagudos protectores auriculares y unas máscaras sobre el rostro. Éstas últimas eran, con mucho, la parte más perturbadora de toda su indumentaria, ya que eran totalmente planas y blancas, con apenas un atisbo de los rasgos faciales, lo que confería al conjunto una inexpresividad horripilante. Aunque su tamaño era inferior al de los gigantes de hielo, daban una impresión mucho más amenazadora e inquietante, como un ejército de fantasmales marionetas.

Los tres principales integrantes del grupo eran otra cuestión. El de la derecha tenía la piel oscura y el cabello blanco y era el de mayor tamaño de todos, casi igual al de un jotun, seguramente aquél que Loki había identificado con el nombre de Algrim, el segundo al mando.

Malekith, en el centro, era inconfundible. Era el único que no llevaba casco sobre su armadura, sino una pieza rígida que protegía su cuello y parte posterior de la cabeza y que servía de sostén a su capa. Su cabello era blanco como el de Algrim y estaba recogido hacia atrás en una trenza más larga aún que la de Jormungand. También la mayoría de su piel era blanca, pero no era la lechosa y atractiva palidez de Loki sino un blanco enfermizo, casi cadavérico. Y era sólo la mayoría porque la parte derecha de su cara estaba terriblemente desfigurada a causa de alguna antigua quemadura que había oscurecido su piel, confiriéndole un aspecto espeluznante en el que una mitad de su rostro era blanca y la otra era negra.

Pese a todo, su porte era imponente e incluso elegante; y sus ojos –de un gris desvaído sobre unos globos oculares oscuros–, sagaces y penetrantes como los de un ave rapaz, daban la imagen de un auténtico líder, alguien más temible por su cerebro que por su apariencia, y no exento de cierta peligrosa malevolencia oculta tras una fachada de correcta seriedad. Tras él, una tercera persona se mantenía aparte presumiblemente con el deseo de pasar inadvertida, a juzgar también por la amplia capa gris con la que se cubría incluyendo la cabeza, que mantenía tapada con la capucha hasta los ojos.

–Lord Loki –el caudillo caminó hasta ellos con paso firme, siendo seguido por el resto de su comitiva–. He aguardado con impaciencia nuestro encuentro. Es éste un gran día para nuestros dos pueblos –su voz era grave y algo siniestra, pero su dicción era cuidada y sus palabras agradables.

–Estoy de acuerdo, Lord Malekith –el dios correspondió al saludo saliendo a su encuentro y los dos líderes estrecharon sus manos. El apretón fue un poquito más largo de lo normal y más fuerte, como si ambos estuviesen midiendo la resistencia del otro.

De nuevo se produjeron las presentaciones: Loki presentó a su hijo –el cual no dejaba de mirar nerviosamente a la figura encapuchada– y a las dos asgardianas. Malekith se mostró meramente cortés ante Amora, pero al llegar a Sigyn sus ojos se iluminaron.

–Ah, Lady Sigyn –la tomó de la mano ante la sorpresa de ella, contemplándola casi con avidez–. Deseaba conoceros más que ninguna otra cosa. He oído hablar tanto de vos que confieso que sentía una malsana curiosidad por ver cómo era la mujer que ha sometido el corazón de uno de los hombres más temibles de los Nueve Reinos.

Loki frunció el ceño ante aquel cumplido inofensivo sólo en apariencia, y Sigyn no supo si era debido a la alusión de que alguien pudiese someter su corazón o por el meloso tono de voz del elfo, casi rayano en la coquetería.

–No creo que nada ni nadie pueda someter a mi esposo, Lord Malekith –repuso ella diplomáticamente–, y no sé lo que habréis oído sobre mí, pero soy de lo más normal. Lo lamento si os decepciono.

–En modo alguno, milady –el caudillo se llevó la mano de la mujer a los labios para besar su dorso–, superáis todas mis expectativas.

El rostro de Loki se ensombreció aún más pero no dijo nada, y Sigyn se sintió aliviada cuando el elfo por fin la dejó ir para presentar él también a sus acompañantes.

–Aparte de mi escolta personal, me acompañan mis dos personas de más confianza. A Algrim ya lo conocéis –señaló al fornido elfo de piel oscura, provocando una torcida sonrisa en Loki, y retrocedió un poco para tomar gentilmente por la cintura a la misteriosa figura encapuchada y adelantarla a la vista de todos–; pero mi consejera también os resultará familiar, ya que proviene de vuestro Reino.

Cuando la misteriosa "consejera" alzó las manos para retirar su capucha y mostró su rostro a los presentes, Loki tuvo la impresión de que la sangre se le helaba en las venas, si tal cosa podía ocurrirle a un jotun. Casi se atragantó con su propia saliva, y como a lo lejos –la imagen de la misteriosa visitante era casi la única cosa que podían percibir sus sentidos en aquel momento–, oyó un jadeo de estupefacción que provenía de Sigyn y su exclamación indignada:

–Esto tiene que ser una puta broma.

–*–*–*–*–*–

El ordinario exabrupto de su mujer fue lo que convenció a Loki de que lo que le mostraban sus ojos era real y no una alucinación. Sigyn había recibido una educación de Princesa y jamás decía groserías salvo cuando estaba realmente alterada, pero no había duda de que aquella situación era para poner los nervios de punta a cualquiera.

–Loki querido, ha pasado mucho tiempo –saludó la mujer con sonrisa ufana.

Dos cosas había que reconocerle a Angerboda, y una de ellas era que sabía hacer entradas dramáticas y inesperadas. La otra era que lucía simplemente espectacular. Por ella no parecía haber pasado un solo día de los más de quince años que habían transcurrido desde que la había visto por última vez: ni una sola arruga afeaba su perfecto semblante y su piel del color del caramelo –ya que había adoptado la costumbre de mantener su forma humana de manera permanente al igual que Loki, aunque sus ojos seguían viéndose rojos– se veía tan apetecible y tersa como siempre.

También conservaba esas explosivas curvas que Loki, a su pesar, recordaba muy bien. Al despojarse de su capa, todo el mundo pudo ver su provocativo vestido confeccionado con tiras de seda escarlata entrelazadas cruzando su cuerpo estratégicamente, cubriendo unas partes y revelando otras. Casi hacía parecer un hábito de monja el sugerente corsé de Amora, por no hablar de la ropa de Sigyn.

Habría sido difícil decidir cuál de los dos miembros del matrimonio se sentía más anonadado con la aparición de la mujer que había estado a punto de hundir su relación. Ambos se habían quedado paralizados y, salvo la imprecación inicial de Sigyn, a ninguno de los dos le salían las palabras. Pero Loki se esforzó por reaccionar y sus primeras palabras no fueron para Angerboda sino para su supuesto aliado:

–¡¿Qué demonios significa esto, Malekith?! –La cortesía y el tratamiento de "lord" se habían esfumado como por encanto. El caudillo svartálfer pareció desconcertado, pero era imposible decir si su sorpresa era auténtica o sólo fingía.

–¿Es que hay algún problema?

–¿Problema? ¿Acaso no conocéis la naturaleza de la relación que me unió a esta mujer y cómo acabó, como para atreveros a presentarla ante mi vista?

Malekith frunció el ceño extrañado, como si no pudiese comprender el por qué de aquel jaleo.

–Sé que hace tiempo tuvisteis una relación romántica, sí; así como que os ha dado varios hijos. Pero eso pertenece al pasado, y esta mujer ahora es mi socia y consejera al igual que vos tenéis una asgardiana como aliada –dijo señalando a Amora–. Tal vez hubiera debido advertiros de ello, y me disculpo por mi descuido. Pero no creí que supusiera un inconveniente, ya que tú me dijiste que os separasteis en buenos términos –terminó dirigiéndose a Angerboda.

–Tal vez haya exagerado un poco en ese sentido –se excusó ésta con expresión contrita–, y lo siento. Sólo quería impedir que cuestiones personales obstaculizasen la alianza entre Jotunheim y Svartalfheim, nada más.

–Estaría bien si no volvieses a… exagerar –repuso Malekith, no muy complacido pero al parecer dispuesto a pasar por alto la mentira de su asesora. ¿Y por qué a Sigyn le parecía que toda la escena era una farsa y que Malekith sabía exactamente cuánto afectaría a Loki la presencia de su antigua amante? Pero el caudillo se volvió hacia éste para decirle–. Lamento este malentendido, y sólo deseo que no afecte negativamente a nuestros negocios.

Los ojos del dios aún echaban chispas ante la aparición de la mujer que tanto daño les había hecho a él y a su amada, y una parte de él sentía como un insulto el que Malekith la hubiese llevado allí y actuase como si el asunto no tuviese la menor importancia. Pero si seguía su impulso y rompía las negociaciones por culpa de ello, tal vez se arrepintiera en el futuro, pensó vacilante. Miró hacia atrás para escudriñar la expresión de Sigyn, que era presumiblemente la que más afectada debía sentirse en todo aquel lío. Pero en los ojos de su esposa, aunque atribulados por la desagradable sorpresa, sólo halló comprensión y el deseo de evitar los conflictos.

"Haz lo que debas", parecían decirle. "No tires todo por la borda por una tontería".

–…Está bien, Lord Malekith –Con un esfuerzo para aparentar normalidad, se volvió de nuevo hacia la comitiva svartálfer–. Seguiremos con la reunión como teníamos planeado, aunque espero que vuestra… mmm, "asesora", resulte más confiable de lo que lo fue para mí en el pasado.

–Soy totalmente confiable –afirmó Angerboda–, ya que mi interés es el de todos los presentes, colaborar en la victoria de nuestros Reinos sobre el enemigo. Los únicos que tienen algo que temer de mí, son los asgardianos.

Al decir esto, su penetrante mirada carmesí se encontró directamente con la de Sigyn, y ambas mujeres establecieron una pugna visual que duró unos pocos segundos… hasta que la segunda no pudo soportar la tensión y no tuvo más remedio que bajar la vista.

–Majestad, ¿podéis excusarme un momento? Desearía refrescarme un poco antes de la cena –murmuró con un hilo de voz.

–Cómo no –contestó Helblindi, y dio orden a uno de sus lacayos para que la acompañase al baño más cercano.

–Sigyn… –preocupado, su marido la llamó cuando pasó por su lado en dirección a la puerta, pero ella no quiso mirarle. Sólo quería salir de allí.

–Tranquilo, estoy bien –susurró secamente. Pero Loki tenía la impresión de que era todo lo contrario.

–*–*–*–*–*–

–Mierda… mierda… ¡mierda!

Sigyn maldecía mientras acompañaba cada imprecación con un leve golpe de su frente en la pared más cercana. El aposento destinado a retrete del palacio de Helblindi era precioso, al igual que en el resto de las estancias todo estaba esculpido en hielo y tenía el mismo bello color azul, pero ella no estaba para fijarse en detalles estéticos. Sólo agradecía poder refugiarse allí y tener unos instantes de intimidad para dar rienda suelta a su consternación y no tener que controlarse para que los demás no la viesen mientras sufría un ataque de pánico o, como lo hubiese denominado su hija con su jerga midgardiana, "flipaba en colores".

¿Cómo podía tener tan mala suerte? Acababa de deshacerse de una de las amantes de Loki, y justo cuando creía que podía despreocuparse en ese aspecto, otra reaparecía en sus vidas. Y no una cualquiera, eso habría sido demasiado fácil. Al menos, con Lorelei tenía la tranquilidad de saber que jamás había significado nada para Loki más allá del sexo casual, pero Angerboda había sido diferente. Mientras duró, la relación entre ambos había sido muy importante para él y no sólo era la madre de tres de sus hijos, sino que durante mucho tiempo había sido la auténtica compañera de Loki. Y ahora que todo aquello había quedado atrás y ella se había decidido a asumir ese papel, volvía Angerboda a hacer tambalear los cimientos de su recién reconstruido matrimonio. Si verdaderamente existía un poder superior que estaba poniendo todos aquellos obstáculos en su camino, no se podía negar que tenía un oscuro sentido del humor. Esperaba que al menos se estuviese riendo a gusto.

Se mojó las manos con el agua de un aguamanil y se las llevó a la cara. El agua estaba sólo un punto por debajo de la congelación, lo bastante para conservar el estado líquido, y el frío la ayudó a reducir un poco la sensación ardiente que el impacto había llevado a sus mejillas. Se miró al espejo, el cual no era más que otra pared de hielo pulida finamente para convertirla en una superficie reflectante, y ya no vio a la sofisticada dama que había dejado Glaesisvellir para asistir a una cena con su noble esposo sino a una mujer pálida bajo todo aquel maquillaje y ojos de loca. De repente volvía a sentirse pequeña y vulgar, como hacía mucho que no se sentía.

Hasta eso había regresado, pensó con rabia. Sólo con su mera presencia, Angerboda había aniquilado toda la confianza que hasta entonces había tenido en sí misma, al igual que tantos años atrás. Sigyn tenía ganas de llorar, pero a la vez estaba demasiado furiosa como para darle la satisfacción de llorar por su causa, aunque ella no lo supiera.

Unos golpes en el portón de la estancia la sobresaltaron, arrancándola de sus negros pensamientos.

–¿Sigyn? –oyó la voz de su marido al otro lado– ¿Estás ahí?

–¡Sí! –respondió ella nerviosa– ¡Ahora voy!

Se echó otro poco de aquella agua helada sobre las mejillas y salió del baño.

Loki la esperaba sentado en uno de los bancos que había repartidos por el corredor, y se levantó de inmediato al verla aparecer. La preocupación estaba visiblemente pintada en su rostro y Sigyn lo amó aún más por eso: en Asgard él jamás habría abandonado a unos importantes invitados por ella. Con todo, tampoco podía olvidar aquel sentimiento de rencor que llevaba acumulando desde aquella época: de no ser por su infidelidad del pasado, ahora no se verían metidos en aquel lío.

–Amada mía… –el dios la abrazó y pareció inseguro al notar la falta de respuesta–. Sólo quería saber si estás bien.

–Perfectamente –contestó de forma seca, apartándose un poco.

–Puedo pedirle a Fenrir que te lleve a casa, si quieres –le ofreció él, y ella lo fulminó con la mirada.

–¿Tantas ganas tienes de volver a quedarte a solas con ella?

–No, ¿por qué crees eso? Lo decía para que no tuvieras que sentirte incómoda.

–Eso debiste haberlo pensado hace años –le escupió ella–, antes de meterte en la cama de esa zorra.

El dios frunció el ceño ante el claro ataque.

–¿Vas a seguir echándome en cara cada uno de mis errores del pasado?

–Sólo cuando su porquería nos salpique en el presente.

Loki intentaba ser paciente, pero no estaba acostumbrado a que le hablasen así y aquello sólo era un añadido a toda la tensión inesperada que le estaba cayendo encima incluso antes de comenzar las negociaciones.

–Comprendo que estés alterada y molesta, probablemente aún más que yo, pero no creo que Malekith sea tan ignorante como ha asegurado y es posible que haya traído a Angerboda justamente para ponerme a prueba. Y tu reacción no me ayuda en nada, ¡es lo último que necesito! –terminó exasperado.

Extrañamente, su irritada exclamación pareció calmar la furia de la asgardiana.

–Lo sé… –suspiró–, y lo siento. Lo último que desearía es ponerte las cosas más difíciles. Pero esa mujer… –hizo una pausa, incapaz de encontrar las palabras para describir hasta qué punto le afectaba–, saca lo peor de mí.

–Lo sé –asintió él serenándose también, y la abrazó–. Y no sabes cuánto lamento la parte que tomé en eso. Ahora miro hacia atrás y no entiendo cómo pude tener tratos con ella. Es como si el Loki de aquella época no fuese yo.

Sigyn recostó la cabeza contra su pecho, con delicadeza para que no se le moviese la tiara.

–En lo que a mí respecta, no eras tú. Ese Loki ya no existe… gracias a Dios. Pero Angerboda, por desgracia, continúa existiendo.

–Y al ser la consejera de Malekith, me parece que por el momento deberá seguir siendo así –rezongó él–, y tendré que tragar con su presencia. Pero tú no estás obligada, por tanto: ¿qué deseas hacer, volver a casa o quedarte? Haz lo que creas mejor.

Ella se apartó y se sentó sobre el banco de piedra. Inspiró hondo: incluso con la barrera del vestido, lo sentía helado contra su piel.

–Me quedaré –dijo finalmente–. Ya he huido demasiado. Les demostraré, a ella y a todos, que no le tengo miedo –hizo una pausa, para después confesar–. Aunque en el fondo… creo que sí se lo tengo. Sólo un poco.

Loki asintió con gesto comprensivo y se agachó junto a ella, tomando su mano con ternura.

–Ya te lo dije en Vanaheim: si realmente deseamos estar juntos, nada ni nadie se interpondrá entre nosotros.

Sigyn sonrió tristemente.

–Durante mucho tiempo, creí que Angerboda era tu verdadero amor. Tu alma gemela.

Él frunció el ceño extrañado indicando lo absurda que encontraba la idea.

–¿Recuerdas lo que te conté la otra noche? Cuando te hablé del Ragnarök –ella sacudió la cabeza pesarosa–. Te dije que tú y yo habíamos estado reencontrándonos en cada una de nuestras encarnaciones, y lo seguiremos haciendo en el futuro. Nuestro amor está escrito en las estrellas, Sigyn –se llevó la mano de la mujer a los labios y la besó con dulzura en los nudillos. Después la miró intensamente a los ojos–. Angerboda no puede luchar contra eso. Nadie puede, ni siquiera nosotros. Créeme, yo lo he intentado –bromeó.

Durante unos instantes, la asgardiana se dejó perder en el profundo esmeralda de aquellos ojos hipnóticos que podían subyugarla con un simple centelleo, sin necesidad siquiera de su hechicera voz. Finalmente sonrió de nuevo, ya sin rastro alguno de tristeza en su rostro.

–No cabe duda de por qué te llaman "Lengua de Plata".

–¿Significa eso que ya estás más animada?

–Significa que tendré fuerzas para aguantar esto –se levantó con gesto enérgico–. Al menos, por esta noche.

–Me alegro –asintió él contento y le ofreció la mano para regresar juntos, mano que ella aceptó–. Cuando estemos en la cena, no dejes que te provoque –le recomendó–. Si sientes que vas a estallar, evádete y piensa en otra cosa, algo agradable. Eso era lo que hacía yo en los banquetes de Asgard, teniendo que ver todo el rato las caras del idiota de Thor y de sus aún más idiotas amigotes.

–*–*–*–*–*–

Mientras esta escena tenía lugar, una conversación muy distinta transcurría en otro de los corredores aledaños al salón de celebraciones. Con una encantadora sonrisa que tenía mucho de su herencia paterna, Fenrir había solicitado permiso a Helblindi y al caudillo svaltárfer para hablar con su madre. Una vez concedido por el rey, agarró a Angerboda por el brazo y la sacó de allí, al principio con delicadeza mientras estaban siendo observados, pero cuando se encontraron a solas fue bastante menos gentil, si bien no llegó en ningún momento a los extremos de violencia de su padre.

–¿Acaso has perdido la cabeza? –se encaró con ella enojado, y ésta le contestó burlona.

–Vaya forma de saludar a tu madre después de tanto tiempo, querido. ¿Acaso no te alegras de verme?

–Déjate de juegos, madre –replicó el joven exasperado–. ¿Tienes idea de lo que nos arriesgamos mi hermano y yo para poder sacarte de Jotunheim? Si alguna vez padre llegara a averiguar lo que hicimos, nos mataría a los tres. ¿Por qué has vuelto precisamente ahora?

La socarrona sonrisa desapareció de los voluptuosos labios de la jotun.

–Las noticias que tu hermano me contó por carta eran ciertamente inquietantes –declaró con dura seriedad–, con el regreso de esa mujercita a la vida de tu padre.

–¿Quién, Sigyn? –se extrañó el licántropo– No sé qué te habrá contado Jormungand, pero es un alarmista. No hay nada de qué preocuparse, ella es inofensiva.

–Veo que te ha conquistado a ti también, con su carita de muñeca y sus dulces modales –Angerboda se cruzó de brazos y Fenrir lanzó un suspiro de cansancio.

–Sé por dónde vas, y no me gusta. Entiendo que tengas motivos para guardarle rencor, pero cualquier cosa que ocurriera, quedó en el pasado. Padre puede ser duro, pero no es mal hombre del todo y la felicidad lo ha esquivado durante demasiado tiempo. Si has vuelto para arruinar su matrimonio, te ruego que lo reconsideres.

–Necio muchacho, ¿crees que me importa algo el matrimonio de tu padre? –siseó ella aferrándolo del brazo tan fuerte que llegó a clavarle las uñas– Esto no es personal. No se trata de venganza, o al menos… no del todo. Tu madrastra no es tan inocente como todos creéis, y como ella se muestra. Es una asgardiana, y por tanto es peligrosa para nuestros fines.

Fenrir sacudió la cabeza.

–No te entiendo.

–Cuando conocí a tu padre, creí que su educación asgardiana era una ventaja para nosotros, pues le ayudaba a comprender mejor a nuestros enemigos y sus debilidades –explicó su madre–, pero ahora sé que es un lastre, puesto que lo vincula a ellos. Desde que se estableció en Jotunheim, ha oscilado entre sus dos naturalezas: la jotun, obtenida de nacimiento; y la inculcada por Odín y su familia. Ahora, con la llegada de esa mujer, ese equilibrio se ha visto alterado. Y si ella le convenciese de que abandonara su ofensiva contra Asgard…

–Pero Sigyn no hará eso –repuso el joven–. Padre le explicó sobre el Ragnarök, y ella lo comprendió. Incluso el otro día estuvo viendo las obras de Naglfar, y parecía apoyarnos.

–Tú lo has dicho, "parecía"… por el momento. ¿Pero qué pasará cuando vea que sus amigos y familia están en peligro y que su patria va a ser arrasada? Nadie nos asegura que no esté empezando ya a manipular a tu padre, con su dulce voz y su actitud de no haber roto un plato. Y no creas que él no caería en la trampa: si suele burlarse y despreciar tanto los sentimentalismos, es porque él es el más sentimental de todos, lo conozco bien. Bajo toda su arrogancia, su corazón es blando y moldeable como la arcilla fresca.

–No… no te creo –se obstinó Fenrir, pese a que las palabras de su madre comenzaban a hacer mella en su seguridad–. Seguro que no es así.

–¿Pero y si tengo razón? –insistió ella. Lo rodeó y agarró por un brazo, esta vez con más suavidad; y acercó su rostro al de él pegando los labios a su oído–. Imagina que mis temores se cumplen y que ella consigue que tu padre se eche atrás en el último momento. ¿Sabes qué pasaría? Que Jotunheim sería el hazmerreír de los otros Reinos, como lo ha sido durante los últimos siglos. ¿Y sabes qué te ocurriría a ti? –bajó la voz, como si le estuviese revelando el más horrible de los secretos–. Exactamente: nada. Perderías tu ocasión de combatir al Padre de los Dioses y cubrirte de gloria por su muerte. Vivirías, sí, pero sólo para agonizar bajo una forma decrépita tras unos cuantos siglos de mediocridad, y tu nombre se perdería para la Historia, nadie te recordaría.

Fenrir escuchó las sibilinas palabras de su madre con la mirada perdida y el rostro demudado ante la terrible perspectiva que le presentaba. Con gran astucia, ella estaba aludiendo a su peor temor: caer en el olvido. Toda su vida adulta había soñado con su combate contra Odín como el momento cumbre de su existencia, tanto que ni siquiera le importaba sacrificar su vida si eso le reportaba la gloria de ser el ejecutor del más poderoso de los Dioses vivientes. Pero si el Ragnarök no tenía lugar… el único deseo de su vida jamás se cumpliría.

–No… ¡no! –se revolvió, con una mezcla de ira y desesperación–. Eso no ocurrirá. Aunque acertases y Sigyn intentase manipular a padre en favor de Asgard, él no se dejaría convencer. Odia demasiado a Thor como para detener una guerra que en el fondo es una venganza contra él.

–Eso espero –repuso Angerboda con gravedad–. Porque si te equivocas, si queda aunque sea un mínimo de sentimiento fraternal hacia el dios del trueno en el corazón de tu padre, el Ragnarök no llegará a completarse… y nosotros lo perderemos todo.

–Pero si el Ragnarök se completa… Yo he aceptado mi destino, pero padre y Jormungand son diferentes. Padre va a intentar eludir la muerte con un complicado hechizo que ni siquiera él sabe si funcionará, y mi hermano cree que todo se solucionará por sí solo, pero yo no soy tan optimista.

–Lo sé, querido –la jotun le acarició la mejilla áspera por la corta barba, y en sus ojos había un asomo de lástima y ternura–, mas no se puede luchar contra lo imposible. La gente no debería esforzarse tanto en prolongar sus vidas antinaturalmente en lugar de buscar la forma más honrosa de acabarlas. Al fin y al cabo, todos moriremos… al final.

–*–*–*–*–*–

La velada transcurrió con relativa calma teniendo en cuenta las circunstancias. Por parte de la división de Jotunheim, todo el mundo se esforzó por mantener la tranquilidad y el diálogo, pese a que desde el principio la tensión se mascaba en el ambiente. Y todo empezó por una petición caprichosa por parte de Malekith, que se empeñó que cambiasen el orden asignado de los asientos en la mesa:

–Lady Sigyn, tengo entendido que habéis residido durante un tiempo en Midgard. Es un Reino en el cual apenas he estado y siento mucha curiosidad por saber cosas de él. Sería un honor para mí que os sentaseis a mi lado en la cena y me hablaseis de vuestra estancia en él…

–Pues… –Sigyn echó un vistazo hacia Loki, que los estaba observando con cara de pocos amigos. Tenía claro que debía ser amable con el poderoso aliado de su marido, pero por otro lado sabía también que a Loki no le hacía ninguna gracia que fuera demasiado cordial con otros hombres. Intentó lanzarle un disimulado interrogante con la mirada, como preguntándole si debía aceptar. Malekith se dio cuenta y añadió:

–…Si a vuestro esposo no le molesta, claro. ¿Qué me decís, Lord Loki? ¿Me prestáis a vuestra esposa durante esta noche?

Viéndose comprometido, Loki no tuvo más remedio que forzar una sonrisa:

–Cómo no, Lord Malekith. Si ella consiente…

De modo que Sigyn terminó, sin saber cómo, ocupando uno de los principales asientos junto al caudillo élfico y frente a Helblindi, el cual, como anfitrión, presidía la mesa. Para no complicar más las cosas, Angerboda tuvo la prudencia de sentarse entre su hijo y Algrim, y Loki al lado de Amora. El resto de elfos oscuros no participó en el banquete: se quedaron vigilando los accesos del salón compartiendo el espacio con los guardias de Helblindi, por simple seguridad. El dios del engaño no estaba nada contento del interés que parecía manifestar su aliado en Sigyn, pero por el momento no parecía salirse del límite de lo cortés, así que hizo un esfuerzo para disimular.

La cena, si bien podía considerarse relativamente lujosa dentro de la parca gastronomía jotun, no tenía comparación con las más refinadas delicias de cocina asgardiana que Loki había introducido en Glaesisvellir, pero tampoco estuvo mal. El plato principal era algún tipo de pescado sólo existente en Jotunheim, de gusto parecido al bacalao pero de carne más oscura, preparado a la manera del lutefisk y con guarnición de verduras y raíces y tortas aplanadas de pan de centeno. También se sirvieron caviar de tiburón, tajadas de carne de foca fermentada y un postre similar al helado hecho con grasa batida, bayas silvestres y azúcar, de apariencia poco apetecible pero sabor sorprendentemente bueno. Todo ello regado con una cerveza oscura y fuerte y vino importado de Vanaheim.

A pesar de su sombría apariencia, Malekith se reveló como un conversador estimulante y ameno, que hacía inteligentes preguntas sobre diversos aspectos políticos, sociales y económicos de la Tierra y parecía de veras interesado en lo que Sigyn tuviera que contar. De hecho, ella habría encontrado la conversación muy agradable de no haber sido por dos cosas. La primera era una duda que la intranquilizaba bastante: ¿por qué alguien tan influyente y poderoso como Malekith desperdiciaba su tiempo charlando con ella, cuando había otras cuestiones más importantes por discutir con Helblindi o con el propio Loki? Lo otro que también la preocupaba era que de vez en cuando lanzaba subrepticios vistazos hacia Loki y, pese a que él se esforzaba por aparentar despreocupación, era obvio que estaba molesto. Si la razón era que ella estaba monopolizando a Malekith o justo lo contrario, eso ya era más difícil de adivinar.

Una nueva pregunta del svartálfer la obligó a dejar de mirar a su marido y centrar otra vez su atención en su debate sobre Midgard:

–Entonces, si los mortales son tan débiles y efímeros como siempre se dice, ¿por qué siempre parecen inconquistables? –Malekith acompañó su interrogante con una sonrisa. La mandíbula de Loki se tensó un poco más, pues aquello podía interpretarse como una velada alusión a su fracaso en todas las ocasiones en que había intentado conquistar la Tierra.

–Bu-bueno… –Sigyn bebió un trago de vino–. No todos son tan débiles como se dice, algunos de ellos tienen poderes comparables a los nuestros; y además su raza ha dado algunos de los mejores estrategas de la Historia: Alejandro Magno, Napoleón, Julio César… Pero su mayor fuerza es su unión como especie, su rebeldía, su ansia de libertad. Es curioso, porque pasan la mayor parte del tiempo luchando entre ellos por cuestiones baladíes, pero cuando se enfrentan a un enemigo común pueden ser tan arrojados como los asgardianos… y por supuesto, los jotnar y svartálfar –agregó rápidamente al darse cuenta de que poner al otro bando como ejemplo de valor no era buena idea.

–Bah –intervino Fenrir con desprecio, masticando su último bocado–. Como masa serán fuertes, pero salvo las excepciones que has mencionado, como individuos son endebles y pusilánimes. Dependen demasiado de sus máquinas, su tecnología y sus ordenadores…

–…Cosa que, por vez primera, va a jugar en nuestro favor –completó su padre con displicencia.

–Además, lo de que son inconquistables no es del todo cierto –añadió Helblindi– Hace unos siglos, mi padre los habría sometido fácilmente de no haber sido por la inoportuna intervención de Odín.

–Sí, conocía ese dato –asintió Malekith–. Fue lo que marcó el inicio de las pugnas entre Asgard y Jotunheim. Por lo que recuerdo, Laufey empleó un arma jotun para invadir la Tierra, ¿no es cierto? El llamado… Cofre de los Antiguos Inviernos. Dicen que puede congelar absolutamente cualquier cosa.

Aunque no estaba muy segura y Malekith intentó imprimir a sus palabras un tono indiferente, Sigyn creyó ver un chispazo de codicia brillando en el fondo de sus ojos al mencionar aquel nombre.

–Así es, es la reliquia más antigua y poderosa de nuestro Reino –asintió el monarca.

–Siempre he sentido curiosidad por él. Tal vez tendríais a bien mostrármelo después de la reunión.

–No está aquí –repuso Helblindi–. Su ubicación es secreta y sólo unas pocas personas de confianza la conocen.

El brillo plateado de los ojos del elfo disminuyó un poco por la desilusión.

–Oh. Lástima. En realidad, una de las peticiones que quería negociar con vos era un préstamo temporal del Cofre al Reino de Svaltarfheim.

–¿Y para qué querríais vos un artefacto como el Cofre? –preguntó Loki un tanto suspicaz–. De todos es sabido que los elfos contáis con armas muy superiores.

–No deseo emplearlo como arma. Querría ver si mis expertos pudieran reproducir su tecnología para enfriar. Mi mundo es, cada vez más, un erial inerte, Lady Sigyn –volvió a dirigirse a ésta, sin venir a cuento–. El calentamiento global lo está convirtiendo poco a poco en un desierto, es lo que nos ha obligado a salir fuera a buscar otros planetas donde vivir. Tal vez si pudiésemos disminuir la temperatura tan sólo unos grados, podríamos revertir el proceso y devolverlo de nuevo a su estado habitable.

Sigyn asintió con una sonrisa diplomática del todo fingida: la propuesta parecía razonable, pero su intuición le decía que algo no cuadraba. Recordó que su marido le había contado que el principal –por no decir único– objetivo del pueblo svartálfer era extender la oscuridad por todo el Yggdrasil, pero si la política de aquellos elfos era de expansión, ¿por qué preocuparse tanto por salvar su mundo agonizante cuando había otros muchos mejores por conquistar?

Loki, por su parte, observó a su hermano maldiciendo su ceguera. Querría que hubiese podido ver, aunque fuese por unos segundos, para ser capaz de comunicarse con él con los ojos. No quería usar la telepatía, pues había una alta probabilidad de que Malekith fuese capaz de captar la transmisión del pensamiento. Por fortuna, Helblindi no necesitaba instrucciones para dar una contestación coherente:

–El Cofre es un artefacto de origen mágico, y como tal su mecanismo de funcionamiento es imposible de averiguar y aún más de reproducir.

–Al menos podríais permitir que lo intentásemos –insistió el elfo sin perder la sonrisa.

–Es que sólo los jotnar pueden tocarlo sin sufrir daño alguno.

–Ahí es donde entro yo –declaró Angerboda con tono ufano, ganándose una mirada de reproche tanto de Loki como de Fenrir, como si fuese una traidora. Pese a estar quedándose sin argumentos, Helblindi mantuvo la calma. Su respuesta fue amigable pero categórica:

–No os ofendáis, Lord Malekith, pero no puedo permitir que el Cofre salga de Jotunheim. La última vez que lo hizo fue cuando Odín lo robó durante la guerra privándonos de él durante siglos, y sólo gracias a las gestiones de nuestro actual Lord Comandante conseguimos recuperarlo –señaló con un gesto de su cabeza a Loki, el cual sonrió afectadamente. Adivinando que Malekith iba a protestar, se le adelantó–. Lo sé, vos sois nuestro aliado, no como Odín, pero mi pueblo no estaría contento si, tras haberlo recobrado después de tanto tiempo, dejo que vaya rodando de Reino en Reino como si fuese una baratija sin valor.

En ningún momento Malekith perdió sus corteses modales, pero estaba claro que la negativa del soberano jotun no le había gustado nada.

–¿Y no podrían mis técnicos examinarlo donde se encuentre ahora? De esta forma no tendría que salir de vuestro Reino.

Loki empezaba a sospechar de tanta insistencia por parte del elfo, y sus pensamientos eran similares a los de Sigyn. ¿Por qué tanto interés en recuperar un mundo que parecía inhabitable? Cuando pronto tendrían Alfheim en sus manos, el cual era un vergel aún más lleno de vida que Vanaheim. A menos que aquella explicación fuera sólo una excusa…

Y Helblindi, por primera vez, pareció vacilar. Pese a que no dejó de mostrar la misma serenidad indiferente de siempre, se revolvió incómodo en su asiento.

–Yo… dejadme pensarlo.

–No pido más –Malekith pareció satisfecho, y tomó un sorbo del vino importado–. Veo que os preocupa complacer a vuestro pueblo. ¿Pero qué opina vuestro pueblo acerca de que tengáis a un asgardiano en el puesto de máxima responsabilidad de vuestros ejércitos? Sólo es un comentario, espero que no os molestéis, Lord Loki –se dirigió a éste.

–En absoluto –repuso el aludido con una sonrisa, una que Sigyn conocía bien porque la había visto muchas veces en Asgard, en presencia de Odín o Thor. Era la típica sonrisa que ponía su marido cuando tenía que fingir amabilidad mientras que por dentro estaba deseando clavar una daga en la yugular de alguien.

–Mientras nos lleven a la victoria contra nuestros enemigos, a mis súbditos les importa poco quién lo haga –afirmó Helblindi–. Hace tiempo que Lord Loki rompió sus lazos con Asgard, y es considerado como un criminal en ese Reino. Diría que es, de los presentes, el enemigo más acérrimo de los asgardianos.

–¿Seguro? No es eso lo que dicen por ahí –apostilló Angerboda–. He oído críticas…

–¿Ah sí? ¿Críticas de quién? –inquirió Loki de inmediato.

–Sólo críticas, en general –repuso ella de forma condescendiente–. De que te empeñas en vivir con los lujos de un asgardiano. Y ahí está la prueba –señaló a Sigyn–: te has traído a vivir contigo a tu esposa y a tu hija asgardianas. ¿Realmente has roto todos tus lazos con el enemigo?

–Madre… –intervino Fenrir con tono de advertencia. Por su parte, Loki la atravesó con la mirada, Malekith parecía muy divertido y Helblindi y Amora pusieron cara de circunstancias. A Sigyn le fue difícil morderse la lengua ante aquel ataque que en el fondo estaba dirigido hacia ella, pero siguiendo el consejo de Loki decidió pensar en algo agradable que hiciera disminuir su rabia. Se imaginó a Angerboda cayéndose por unas escaleras y la imagen consiguió hacerla sonreír un poco.

Finalmente, el dios del engaño habló esforzándose por mantenerse sereno:

–Angerboda, si vas a convertir esto en algo personal…

–Perdonad, Lord Loki –el caudillo svartálfer alzó la mano para intervenir–. No deseo interrumpir, pero diría que esto va más allá de lo personal. Si es cierto que el pueblo jotun os ve comportándoos como un asgardiano aquí en su Reino, con una esposa y una consejera asgardianas, y conociendo vuestra reputación de, cómo decirlo con delicadeza, alguien "poco confiable"… es lógico que eso genere cierta confusión. Y todos sabemos que la confusión lleva a la disensión.

–¿Creéis que los soldados de nuestro ejército podrían llegar a amotinarse? –se preocupó Fenrir.

–No lo harán –sentenció Loki con firmeza–. Se atendrán a mis órdenes, o saben que serán disciplinados de forma expeditiva.

–Ojalá tengáis razón, pero ha llegado a mis oídos un rumor muy preocupante sobre que hay cierto grupo de gigantes bastante descontento con la política moderada de vuestro rey hacia los asgardianos –comentó Malekith.

–¿Moderada? –saltó Amora– Vais a declararles la guerra sin ninguna razón de peso y a invadir su Reino. ¿Qué tiene eso de moderado?

–Que los dejaremos vivir –repuso Helblindi con tranquilidad–. A los que sobrevivan al conflicto y se sometan pacíficamente, los dejaremos coexistir con nosotros y ser reinados por Lord Loki. Mi padre los habría aplastado a todos y no habría dejado ningún superviviente. Además, mi padre no habría aceptado sentarse con asgardianos en la mesa, tal como hago yo ahora.

–Byleist sí negoció con nosotros –le recordó la hechicera.

–Mi difunto hermano se vio obligado a negociar porque estaba en posición de desventaja respecto a Asgard, sobre todo tras aquel fulminante ataque con láser que destruyó la mitad de nuestro Reino –dijo, y por un instante sus ojos ciegos vagaron dirigiéndose a la zona donde se sentaba Loki–. Pero ahora se han invertido las tornas y somos nosotros los que estamos por encima. Y en mi lugar, ni mi padre ni Byleist se habrían avenido a negociaciones.

Hizo una pausa y suspiró.

–Pero estoy cansado de tantos enfrentamientos, quiero que todo esto termine de una vez por todas. Mi mayor deseo es que, tras la victoria, lleguemos a establecer la convivencia entre ambos Reinos. Eso, supongo, es lo que critican ciertos sectores de la población. Esos… "antiasgardianos" radicales sienten un odio exacerbado hacia todo lo que provenga de Asgard y desaprueban mi decisión de nombrar a Lord Loki como Comandante de mis ejércitos. No todos mis súbditos son así, de hecho son una minoría, pero son los más ruidosos.

La Encantadora pareció tensa. Con la existencia de aquellos "antiasgardianos", era lógico que temiera por su seguridad. Leyendo el temor en sus ojos, Loki se apresuró a tranquilizarla:

–No te alarmes, mientras estéis en mi fortaleza estaréis seguras. Llevé a cabo un cuidadoso proceso de selección de toda la guardia y la servidumbre para no meter en mi casa a ninguno de esos peligrosos radicales.

–Es una lástima que no se pueda seleccionar a la familia… –murmuró Malekith. Loki frunció el ceño, sin comprender lo que había querido insinuar su socio, pero para Sigyn el comentario supuso una revelación.

"Jormungand…"

Ahora las agrias palabras que le había dirigido en los exteriores de la habitación de Sylene cobraban su auténtico sentido. En su frase: "De no ser por vos, mi padre se habría casado con mi madre y habría aceptado su herencia jotun", era la segunda parte lo realmente importante, no la primera. Y la había llamado "sucia asgardiana". La acometió un escalofrío al caer en la cuenta de que la hostilidad de su hijastro hacia ella no era la simple rabieta infantil de un chico que desea ver a sus padres de nuevo juntos, sino el odio fanático de un racista. Tal vez debería empezar a comprobar no sólo sus tés sino toda su comida y bebida, pensó. No sería mala idea contratar los servicios de un catador.

El hilo de sus pensamientos se vio interrumpido cuando sintió que Malekith la tomaba de la mano solícitamente. El elfo entrelazó sus dedos con los suyos en un acercamiento que rozaba los límites de lo inapropiado, pero ella, un poco por la sorpresa y también con el temor de ofenderle, no se atrevió a retirar la mano.

–Os he preocupado, y no sabéis cuánto lo lamento.

–¿C-cómo sabéis todo eso?

–Tengo mis espías, como seguramente vuestro marido tenga los suyos entre mis filas –repuso él como si el asunto no tuviese la menor importancia–. Pero perded cuidado, ese muchacho es demasiado cobarde para hacer nada que moleste a su padre. Y aunque no fuera así, mis informadores me mantienen al tanto de vuestra seguridad. Yo velaré por vos.

–¿Por qué? ¿Por qué os importa mi seguridad? –inquirió ella, suspicaz.

–Querida, no os dais cuenta. Vuestro papel en esta guerra es más importante de lo que cualquiera podría imaginar. Sois muy valiosa para vuestro esposo, y por tanto también lo sois para mí.

Sigyn aguantó desconcertada el escrutinio de los ojos plateados del svartálfer, incapaz de comprender el significado de aquellas confusas palabras. Sin embargo, cuando Malekith aludió a Loki, no pudo evitar mirar hacia donde él estaba y se dio cuenta de que los estaba observando con aquella expresión pétrea que denotaba verdadero enojo. Se ruborizó y se apresuró a apartar su mano de la del elfo.

Pese a su deseo de no beber absolutamente nada de alcohol en una noche tan importante, Loki tomó automáticamente un trago largo de cerveza. Casi no había probado bocado en toda la noche, pues la comida se le atragantaba al ver la inesperada cercanía que había establecido el caudillo svartálfer con su mujer.

Cuando vio que la tomaba de la mano, hundió sus uñas en las palmas de las suyas para reprimir su impulso de lanzarle una daga. Aun después de todos aquellos años, seguía poniéndole frenético que otro hombre tocase a su Sigyn, pese a saber que ella seguramente se sentiría tan incómoda como él. Porque estaba incómoda, ¿verdad? La idea –que constituía una posibilidad remota pero existente– de que ella cayese bajo los oscuros encantos de su socio y recibiese sus atenciones con agrado lo desquiciaba más todavía.

Por fortuna Helblindi atrajo su atención, ya fuera por una feliz casualidad o tal vez merced a su casi sobrenatural sexto sentido que le dictaba que era el momento de distraer a su celoso hermano.

–Lord Comandante, ¿qué os parece si damos por concluida la cena y pasamos a lo verdaderamente importante de la noche?

El dios del engaño era especialista en fingir emociones y en menos de un segundo pasó de estar mirando a Malekith y a Sigyn con ojos asesinos a levantarse con una sonrisa llena de profesionalidad, "de anuncio de dentífrico", como la habrían descrito en la Tierra.

–Desde luego, Majestad. Damas y caballeros, síganme.

–*–*–*–*–*–

En una sala adyacente habían dispuesto asientos en torno a un dispositivo de proyección holográfica similar al que Loki y sus hijos tenían en Glaesisvellir, pero de mayor tamaño. Ya estaba activado cuando los asistentes ocuparon los asientos, y mostraba un luminoso mapa en tres dimensiones de la singular configuración orográfica de Asgard. A diferencia de otros Reinos, emplazados en cuerpos planetarios esféricos, Asgard semejaba más una montaña flotante con un plano superior y uno inferior oculto.

Loki esbozó un gesto envolvente con la mano y el mapa cambió a un plano cenital en dos dimensiones donde se veía Asgard como una isla. La parte urbanizada tenía una hermosa distribución de calles, que combinaba círculos concéntricos con otras formas geométricas y canales acuáticos, trazando la forma de una gigantesca triqueta cuyo núcleo era el Palacio de Odín. Rodeando el territorio construido, había algunas partes de terreno cultivable que denominaban "los campos", y más al exterior algunas playas que daban a un extraño mar cuyas aguas caían eternamente al plano inferior del Reino, dispersándose por el espacio. El Observatorio, lugar de ubicación del pórtico base del Bifrost, estaba situado en el extremo norte, sobre el mar y alejado del resto de edificaciones.

–Aquí tenéis –empezó–, nuestro objetivo. El Reino de Asgard.

Durante un buen rato, los estrategas se enredaron en un debate sobre por dónde era más conveniente efectuar el ataque, y con qué fuerzas. El Observatorio era el punto más accesible, pero a la vez el más vigilado, pues Heimdall hacía guardia día y noche.

–Esta zona agrícola está muy desprotegida –Fenrir señaló, al noreste, una parte de los campos dedicada al cultivo de trigo–, sólo hay un par de asentamientos campesinos. Nos resultaría fácil desembarcar y establecer ahí nuestro campamento.

–Me parece bien –asintió Loki, observando el mapa con los brazos cruzados.

–Pero para llegar ahí tenéis que pasar muy cerca del Observatorio y Heimdall os vería –objetó Malekith–. Mis naves pueden volverse invisibles, pero dudo que las vuestras posean esa capacidad.

–Exacto. Al descubrirnos, Odín concentrará el grueso de sus defensas allí, por eso una expedición de menor tamaño comandada por Jormungand se dirigirá hacia el otro extremo del Reino y ocupará los canales mientras nosotros los entretenemos batallando a campo abierto.

–Entiendo –Malekith captó al instante la trampa ideada por el dios del engaño.

Sigyn, que hasta ese momento había permanecido escuchando en silencio para no molestar, palideció al darse cuenta de que el terreno del que hablaban estaba justo al lado del prado de Vigrid… lugar donde, según su sueño, se producía aquella horrenda matanza.

–No… –saltó sin poder evitarlo– ¡tenéis que elegir otro sitio!

Sorprendidos, los hombres detuvieron su charla.

–¿Por qué? –preguntó Loki, tan extrañado como el resto.

–Pues… –la voz de la asgardiana se apagó, incapaz de explicar la auténtica razón. ¿Cómo podría? Al final, nunca había llegado a hablarle a Loki sobre sus sueños premonitorios, y si lo hacía ahora todos creerían que se lo inventaba por envidia a Angerboda–… tengo un mal presentimiento. Además, quienes más sufrirían son los campesinos que viven ahí. Ellos son inocentes… y serían las primeras víctimas de unos gigantes sedientos de sangre.

Por las caras que pusieron, supo que todos creían que lo que había dicho era una auténtica estupidez.

–Mi querida lady Sigyn, un simple presentimiento no es razón suficiente para renunciar a un emplazamiento ventajoso –dijo Malekith diplomáticamente–. Y respecto a vuestro otro razonamiento… por desgracia, así es la guerra. Prácticamente no hay victoria que se pueda ganar sin algún tipo de daños colaterales.

–Supongo –ella bajó la vista avergonzada. No tenía sentido explicarles lo que había visto, jamás la creerían.

–Decidido, entonces –asintió Helblindi. Sigyn se sentó de nuevo con una sensación muy pesada en el estómago, y para empeorar las cosas oyó que Angerboda le susurraba:

–No puedes soportar que la atención se desvíe de tu persona durante más de cinco minutos, ¿eh, "princesa"? Sería mejor que dejases hablar a los que de verdad saben de esto.

La asgardiana se volvió hacia ella y la fulminó con la mirada.

–¿Y por qué no te callas ? Parece que no sabes abrir la boca más que para decir cosas desagradables.

–Oh, te equivocas –replicó ella burlonamente–. Sí que sé usar la boca para menesteres más agradables… pregúntale a tu marido.

Sigyn perdió los estribos ante la malévola provocación.

¡Se acabó! –se levantó bruscamente de su asiento y se lanzó contra Angerboda ante la mirada atónita de Amora y los demás– ¡Puede que sólo sea una débil asgardiana, pero te pondré en tu sitio como debí haber hecho hace tiempo!

La Encantadora reaccionó con rapidez y sujetó a la antigua Princesa para impedirle avanzar, en tanto que Angerboda no pareció asustada en lo más mínimo, sólo retrocedió un poco para ponerse fuera de su alcance mientras se reía.

–¡Suéltame, Amora! ¡Estoy harta de contenerme con esa zorra! –se debatió Sigyn, pero Amora era más fuerte que ella y sobre todo tenía mucha más sangre fría.

–Si no te detienes ahora mismo te pondrás en ridículo delante de todos y ella se habrá salido con la suya –le susurró al oído–. ¿Es eso lo que quieres?

Aquel argumento, bastante razonable, enfrió los hirvientes ánimos de Sigyn.

–Lo sé –murmuró decaída, y a continuación alzó la voz para que pudiesen escucharla los presentes–, lamento mucho todo esto. Por favor, discúlpenme, señores.

Con paso triste y cansado, abandonó la sala. Muy preocupado, Loki hizo gesto de seguirla, pero Helblindi se levantó y lo sujetó por el brazo.

–Ahora no –le dijo en voz baja.

Inspirando profundamente, Loki asintió. Aunque se sintiera mal por Sigyn, no era el momento ni el lugar para desconcentrarse con asuntos personales. Lo que estaban debatiendo era demasiado importante como para dejar plantado a Malekith, y la reunión no podía seguir sin él. Ya tendría tiempo de confortar a su esposa cuando acabasen.

–Amora –le pidió con la mirada, y la aludida comprendió. Se levantó y salió en busca de Sigyn, para que no se quedase sola.

–Bien… –dijo Malekith– ¿Será posible que continuemos sin más interrupciones?

El dios del engaño asintió. Aunque estaba muy incómodo y furioso con Angerboda, sabía que tenía que concentrarse. Efectuó un nuevo movimiento envolvente con la mano y el mapa holográfico volvió a cambiar, esta vez mostrando el interior en tres dimensiones de la estructura del Palacio de Odín.

–La residencia del Padre de Todos –informó–. Éste es, a la postre, nuestro objetivo principal. Si queremos ganar la guerra, ahí es donde tenemos que entrar.

–Por mis informaciones, han dispuesto en torno a él y a las dependencias circundantes un escudo de energía protector impenetrable –planteó Malekith, demostrando una vez más que estaba al tanto de todo–. ¿Cómo lo anularemos?

–Estamos trabajando en eso. Hemos descubierto que la estación emisora de la pulsación electromagnética, situada ahí –Loki tomó un puntero y lo usó para señalar una zona central del Palacio–, es virtualmente indestructible, pero las estaciones receptoras son más vulnerables. El problema es averiguar su localización, que mantienen en secreto.

Malekith observó el mapa sosteniéndose la barbilla pensativo.

–¿No se puede deducir calculando la intensidad de las ondas de energía en los arcos de proximidad?

–Sólo podría hacerse cuando activen el escudo, pero para entonces estarán fuera de nuestro alcance –sacudió la cabeza–. La única opción es que nuestros espías averigüen sus emplazamientos exactos y podamos destruirlos en un ataque relámpago antes de la invasión.

–Por ahora no parece que estén haciendo muchos progresos –murmuró Algrim, que hasta entonces había permanecido en silencio. Loki entrecerró los párpados lanzándole una de sus miradas de hielo, pero al parecer alguien más estaba de acuerdo con el elfo:

–Tiene razón, padre –intervino el joven licántropo–. Se nos acaba el tiempo y esos inútiles no han descubierto nada. ¿Por qué no dejas que vaya yo? Seguro que podría…

–Porque es muy peligroso Fenrir, ya te lo he dicho mil veces –lo cortó Loki antes de que pudiera añadir nada más. Su tono era calmado y afable, pero tenía ese matiz de advertencia que el Lokison conocía bien: "Deja de cuestionarme en público o te arrepentirás"–. Odín y los suyos están pertrechados allí, vigilándolo todo con mil ojos y esperando que cometamos algún error.

–Eso suena como a miedo –se burló Algrim.

–Suena como a prudencia –puntualizó el dios–. El menor tropiezo por nuestra parte podría resultar fatal para la misión. Así que no, Fenrir, no irás a Asgard. Nuestros espías están realizando un trabajo impecable y no tardarán en averiguar la información que necesitamos.

El joven Lokison no replicó, sólo se cruzó de brazos y resopló con irreverente fastidio, como un niño pequeño. Era obvio que seguía sin estar de acuerdo con la decisión de su padre.

–Nosotros podemos penetrar desde la cara oculta –sugirió Malekith–. Aprovechando las sombras, atravesaremos todo el Reino hasta llegar a su superficie. De este modo salvaríamos la dificultad del escudo.

–Sólo si yo voy al frente de vuestro escuadrón. Mis hijos comandarán las huestes jotnar desde arriba.

–¿Qué? ¿Por qué? –el caudillo élfico frunció el ceño por aquella exigencia.

–Por abajo se accede más fácilmente a la Cámara protegida de los Tesoros de Odín, y exijo ser el primero en entrar. Quiero… recuperar mi Tesseracto.

–¿El Tesseracto? –se extrañó Fenrir– ¿Pero de qué nos va a servir…?

Me pertenecía –lo interrumpió su padre–, y me fue arrebatado. Lo quiero de vuelta y punto. Después de que yo haya entrado en la Cámara y me haya llevado lo que es mío, os daré paso al resto, y seréis libres de saquearlo como os plazca.

–De acuerdo –sonrió Malekith, ya acariciando mentalmente la posibilidad de llevarse reliquias aún más poderosas que el propio Tesseracto, como el Guantelete del Infinito o la Tabla de la Vida y el Tiempo.

–Pero, ¿cómo sortearéis al Destructor? –quiso saber Angerboda– No hay un guardián mejor para los tesoros de la Cámara de Odín.

–Eso también está previsto –afirmó Loki–. Durante mi breve regencia en Asgard, tuve el completo dominio del Destructor. En ese período le impuse en secreto una serie de rutinas mágicas que le impiden atacarme, incluso hoy. Por eso debo ir yo el primero.

Nadie puso ya objeción alguna. Los elfos no tenían problema en permitir que Loki fuera el primero en entrar en la Cámara y que se llevase el Tesseracto o lo que le dictara su loca obsesión. Después de todo, sabían que dejaría atrás otros tesoros infinitamente más valiosos para ellos.

La reunión se prolongó mientras se ponían de acuerdo en detalles menores como las unidades operativas que asignarían a cada zona, con sus respectivos soldados de cada rama y las armas; o la posterior ofensiva que lanzarían, una vez tomado Asgard, sobre Alfheim para cumplir la parte del trato que obligaba los gigantes de hielo a ayudar a Svartalfheim a conquistar el Reino de los elfos de la luz.

–Eso lo hablaremos más adelante –prometió Loki, y todo el mundo estuvo de acuerdo. Entre unas cosas y otras, llevaban casi dos horas de reunión ininterrumpida y todos estaban fatigados y deseando descansar. De modo que Helblindi dio por concluido el encuentro y les invitó a un refrigerio que se serviría en el salón del banquete antes de despedir a todos los invitados.

Desafiando las normas de corrección Loki se dispuso a salir antes que nadie, preocupado por cómo estaría Sigyn, pero entonces fue interceptado por Angerboda, que le susurró:

–Tenemos que hablar.

–Ahora no, Angerboda –dijo él con expresión sombría, guardando en una cartera de cuero las notas que había tomado durante aquella agotadora reunión–. Voy a buscar a mi mujer, a ver si puedo enmendar el desastre que has causado.

Quiso pasar de largo, pero ella se lo impidió aferrándole del brazo.

–Por favor –insistió con voz suplicante–. Ahora que puedo encontrarte a solas… Cuando ella vuelva a verte no me dejará ni acercarme a ti, y tengo mucho que explicarte. Sólo te pido unos minutos, ella no se enterará.

Él la miró de arriba abajo, evaluándola. Parecía sincera, y era verdad que le debía muchas explicaciones. Con un poco de suerte estarían de vuelta antes de que Sigyn se diese cuenta, y además seguramente podría contar con que Malekith volvería a requerir su atención y la… entretendría. Eso le ponía de un humor pésimo, pero tenía que reconocer que le daba una oportunidad para aclarar las cosas con Angerboda que podría no volver a tener.

–Está bien –accedió finalmente–. Pero que sea rápido.

–*–*–*–*–*–

Después de pasar aquel rato a solas con Amora, los ánimos de Sigyn habían logrado enfriarse bastante, aunque aún seguía enfurruñada.

–¿Todavía enfadada? –la Encantadora alzó una ceja, un poco burlona.

–Conmigo misma más que otra cosa. No sé cómo he podido ser tan estúpida de caer en la provocación de esa víbora.

–En eso estamos de acuerdo. ¿Por qué le dejas que juegue contigo?

Sigyn frunció el ceño.

–Me gustaría ver cómo habrías reaccionado tú si Sif o aquella mortal se te hubieran plantado delante pavoneándose de haber disfrutado de los favores de Thor.

La otra también se puso seria ante la idea, pero contestó sin arredrarse:

–No habrían salido muy bien paradas… aunque yo habría tenido la prudencia de esperar a que no hubiese testigos.

Sigyn alzó el dedo con una sonrisa, como diciendo "eso es lo que me ha faltado a mí".

–Quién sabe… todavía podría tener un accidente –comentó recordando su ocurrencia durante la cena, y ambas rieron.

No pasó mucho tiempo antes de que los demás empezasen a llegar recién salidos de la reunión, y Helblindi ordenó que se sirviese aquavit a todo el mundo.

–Milady, aquí estáis –Malekith se dirigió directamente a ella–. No imagináis lo mal que me sabe lo sucedido. Creí que mi consejera dejaría de lado las cuestiones personales, pero me equivoqué. En cuanto llegue, de mi cuenta corre que se disculpe con vos.

–Oh no por favor, no le digáis nada. Os lo ruego, olvidemos el asunto –suplicó ella. Lo que menos le apetecía era tener que aguantar una disculpa por parte de Angerboda que sabía que sería totalmente hipócrita, y encima verse obligada a aceptarla con una sonrisa para no quedar de rencorosa. Buscó a Loki con la mirada: con él sí quería hablar, más que nada para pedirle perdón por su salida de tono en una reunión tan importante para él, pero no acababa de aparecer.

Algo ansiosa, prácticamente dejó a Malekith con la palabra en la boca y abandonó el salón del banquete para regresar a la sala de reuniones, pero la encontró vacía. Entonces abordó al primer guardia jotun que encontró:

–Perdona, ¿puedes decirme dónde está Lord Loki?

–No lo sé, mi señora. Creo que lo vi retirarse junto a Lady Angerboda.


¡Bienvenidas a otra entrega más de este "casi-descontinuado-pero-no" fanfic! La tardanza es por lo de siempre, pero además fijaos en que este capítulo ha sido muy denso, abundante en elementos importantes para la trama, y eso me cuesta el doble. He escrito páginas enteras, las he desechado y vuelto a escribir, y en resumen he ido más lenta aún de lo habitual.

Aparte de todos los elementos de la trama, tenemos, por la salida de Lorelei, la entrada de nuevos personajes: una vieja conocida de Early Winter, Angerboda; un OC, Helblindi y los canon de TtDW Malekith y Algrim. En mi perfil tenéis algunas ideas de cómo los concibo físicamente.

La vuelta de Angerboda es la sorpresa de la que os hablé en mi anterior capítulo, no sé si alguien lo adivinó pero al contrario que otras cosas, no di la menor pista, quería que quedase inesperado (no sé si lo habré logrado). Pero podíais suponer que tras lo ocurrido en EW, no iba a hacerla desaparecer sin que se volviese a saber más de ella. Con ella, vuelven las inseguridades de Sigyn y muchas tensiones y celos en la pareja (lo de Lorelei no fue nada, chicas! XD).

Quería hacer un inciso sobre este personaje: en un review mandado a otro fic Logyn, una lectora se quejaba de que las autoras Logyn basheábamos a Angerboda. Obviamente me sentí aludida ya que fui de las primeras que puso a Angerboda como villana en un fic. Respecto a eso, quiero decir tres cosas: 1, que el bashing es atacar a un personaje que te desagrada. En mi caso, Angerboda nunca me ha desagradado, sólo que me venía bien ponerla de villana para hacer más dramático el triángulo amoroso. Eso puede resultar simplista u oportunista, pero no es bashing. 2, no sería bashing poner a un personaje a hacer o decir cosas desagradables (en este fic Sigyn va a hacer y decir cosas bastante desagradables). Y 3, que aunque fuese bashing (que ya he dicho que no lo es), lo sería de un OC porque no estamos hablando de la Angerboda de la mitología, sino de un personaje totalmente inventado (el personaje en este fanfic tampoco tiene nada de la Angerboda de Marvel, la cual aparece una sola vez en los cómics y como personaje sin relación alguna con Loki).

En cualquier caso, intentaré que no sea una villana que vaya a putear porque sí, sino que tiene sus motivos, como intento aludir en su conversación con Fenrir. Para las interesadas en el aspecto visual, su FC sería Rosario Dawson. En realidad, si habéis visto Alexander de Oliver Stone, sería una mezcla tanto en lo físico como en carácter de los personajes de Angelina Jolie Olimpia (por lo intrigante) y de Rosario Dawson, Roxana (por lo salvaje). Como he mencionado, pasaos por mi perfil para ver cómo la imagino, incluyendo su sexy vestido.

Sobre Helblindi. Este personaje es totalmente inventado por mí, intentando darle una dimensión que por desgracia no le di a Byleist en EW. Lo retraté culto y tranquilo para romper con el estereotipo de que los gigantes de hielo sólo pueden ser bestias descerebradas (en realidad quiero reflejar al pueblo jotun como una raza belicosa y a la vez muy preocupada por el honor, con rasgos muy parecidos a los espartanos: de ahí la extraña obsesión de Fenrir por vencer a Odín, aunque sepa que eso acabará costándole la vida).

Volviendo a Helblindi, en realidad sería muy parecido a como habría sido Loki si se hubiese criado allí, y son hermanos con caracteres muy compatibles, aunque aquél no tiene la ambición por el poder que tiene Loki. Su ceguera fue, admito, un añadido de última hora. A diferencia de la mayoría de elementos del fic que están planeados desde el principio, esto no estaba previsto (son cosas que salen mientras escribes, como la actual relación de BFF entre Sigyn y Amora), pero investigando sobre él me topé con que su nombre significa "Ciego de Hel", aunque no se sabe de ninguna relación entre Hel y él; y además vi en dA un fanart bien chulo donde lo retrataban ciego y me pareció muy interesante, de modo que así se quedó. Lo de sus poderes psicoscópicos (o psicométricos, quienes hayáis visto las pelis de Hellboy os acordaréis de Abe Sapien), es una invención mía. Otra de mis paranoias.

Y nos queda Malekith. Como os avisé, seguramente hayáis notado ciertas diferencias de caracterización respecto al personaje de Christopher Eccleston en TtDW. Esto es así porque yo ya tenía decidido mi diseño del personaje desde antes incluso de que se anunciara que Malekith sería el villano de esta película. Y era un diseño más parecido al de los cómics (incluyendo el físico, que había pensado más como el del Príncipe Nuada en Hellboy 2): un personaje intrigante, agradable en la fachada pero con un fondo muy peligroso, y que oculta muchos secretos. Algunos de ellos se insinúan durante la cena, incluyendo su extraño y casi excesivo interés en Sigyn (que no tiene nada de romántico, no os asustéis). Por cierto que no es el único que se calla cosas: Loki también ha mentido sobre sus intenciones en cierta parte de la conversación. Los dos son un buen par de embusteros y unos aliados muy engañosos con un equilibrio muy frágil, podríamos definirlos como "amienemigos".

Soy consciente de que esta caracterización de Malekith es diferente de la de la peli, pero sintiéndolo mucho y aunque me quede OoC, no lo voy a cambiar porque de esto depende un giro muy importante en el argumento del fic. En cuanto a Algrim, aún es Algrim y no Kurse porque creo recordar que los poderes que lo convertían en Kurse lo mataban en pocas horas, así que por ahora no los tiene. Supongo que los reservará para el Ragnarök. Por cierto, por el momento no tengo previsto incluir nada sobre el Éter sencillamente porque no se me ocurre ninguna forma de hacerlo que me convenza. Si esto cambia, ya os enteraréis. Aunque los elfos oscuros sí poseen el resto de armas que tuvieron en la peli.

No sé si la conversación de la cena y la reunión os habrán parecido pesadas, pero os prometo que cada uno de los temas que han salido es fundamental para la trama: las tensiones raciales, el Cofre de los Antiguos Inviernos, la preocupación por el escudo asgardiano, lo de la Cámara de Odín… Y no digo más que os spoileo. La descripción de Asgard (sobre todo su configuración urbanística) la he sacado de unos mapas muy chulos que encontré en Internet, también he puesto la imagen en mi perfil.

Nada más, creo. El siguiente capi lo tengo algo más avanzado (porque iba a formar parte de éste, y como siempre tuve que cortar para no hacerlo demasiado largo) y ya tiene cosas en las que me muevo más cómodamente: drama, angst, peleas, reconciliaciones… y lemon ;) Así que ojalá que pueda ponerlo a vuestra disposición durante las próximas semanas, aunque no prometo nada porque tengo un verano bastante liado entre el trabajo, la familia y cosillas de la universidad.

Y nada, de nuevo un millón de gracias otra vez a las que aún sigáis el fic, ¡sois maravillosas y vuestra paciencia es impagable! Espero que disfrutéis el verano!