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Caminos


Edward se estaba casando. Él estaba allí parado frente a una gran masa de invitados, dispuestos en las filas de sillas y sillas en un enorme y hermoso jardín. Él miraba a un punto fijo a mi derecha, yo… yo estaba parada detrás de todas esas personas mirándolo todo como una atenta espectadora. Y él se estaba casando.

Y el punto al cual su mirada se dirigía era otro que la hermosa mujer que comenzaba a dar pasos por esa alfombra de flores silvestres hacia él. Ambos con la mirada conectada, ambos con una sonrisa plasmada como atestiguando su felicidad, ambos radiantes y yo… una mancha oscura y molesta en la periferia de su visión, porque nunca sus ojos cayeron en mí. Y yo deseaba tanto que me mirara…

Esa hermosa mujer era Heidi Vulturis, el perfil de mujer ideal para él, quien había ganado la batalla que se me había impuesto, una pelea que no pude replicar, porque simplemente no tenía salida. Pero él parecía tan feliz ahora… él me había olvidado y yo, estaba allí, en su boda, a un lado como una más del montón.

Heidi llegó a su lado y nadie en ese lugar, mucho menos Edward, habían sacado la mirada de ella. La sonrisa que le prodigaba era exultante, parecía un hombre que lo tenía todo en sus manos. Todo. Y yo no tenía nada que hacer ahí, todo lo que había tenido lo había perdido… y mi todo, alguna vez había sido él.

Mi mundo terminó de desmoronarse cuando antes de salir de ese jardín, él tazó el rostro radiante de Heidi entre sus manos y besó sus labios con tanta dulzura y suavidad que sentí que mi mundo se tambaleaba… y se tambaleaba… y yo lloraba… oh por dios…

Señorita… despierte por favor —una voz urgente murmuraba a mi lado haciendo que mi mente saliera de las profundidades de ese horrible, horrible sueño. Cielos… había parecido tan real, que al abrir los ojos lo primero de lo que fui consiente fue de mis lágrimas corriendo por mis mejillas… y del hombre sentado a mi lado mirándome con preocupación.

—Oh dios… —gemí cerrando los ojos totalmente avergonzada, me acomodé en mi asiento limpiando disimuladamente mis lágrimas y lo miré una vez más, —Lo siento —susurré con una mueca de disculpas, volteando enseguida mi cara hacia la ventanilla.

—Oh… ¿está bien usted? —el hombre se inclinó ligeramente hacia mí y sus ojos de un azul profundo destellaron preocupación, luego alzó la mirada y levantó la mano llamando así a la aeromoza que estaba a unas cuantas filas más adelante, pidió un vaso de agua para mí.

—Estoy bien, gracias —murmuré queriendo dar por finalizado el episodio, aun tronaba mi corazón en mi pecho sintiendo los últimos vestigios de angustia que provocó mi pesadilla.

—Por favor tome… la tranquilizará —murmuró el hombre cuando la aeromoza puso en mi mesa desplegable una botella de Evian con un vaso descartable. Me hundí en mi asiento y destapando la botella tratando de que mis manos no temblaran tanto, miré al hombre a mi lado y murmuré un ahogado "gracias" por enésima vez.

Cielos, ¿dormí todo el viaje al lado de un desconocido mientras tenía mi peor pesadilla? Claramente sí. ¡Qué vergüenza! Carajo… de repente quería salir de ese asiento y ocultarme de todos los pasajeros en algún asiento alejado, ¿había gritado? ¿Había llorado desquiciadamente? ¿Qué clase de escándalo había armado? Bueno… con suerte y solo él se había dado cuenta de mi sueño desafortunado.

Tragué agua y de repente me dieron muchas ganas de hacer pis. Cielos, solo a mí me tenía que pasar. Cerré la botella y la coloqué a un lado de mi asiento para plegar la bandeja y pararme con mis piernas temblorosas. Él hombre a mi lado reaccionó enseguida parándose también y dándome lugar para pasar, con una mueca de disculpas me atreví a mirarlo y recibí de él una inesperada sonrisa de lado y un ademán con su mano para invitarme a pasar. Si… una total vergüenza la mía.

El baño parecía ahogarme, las paredes metalizadas parecían acercarse a mí, me sentía mareada y sudorosa, peor… me sentía desolada. Cerré los ojos y dejé caer mi nuca contra la pared, tragando fuertemente las lágrimas que pugnaban por salir de mis ojos, recordando cierto cabello cobrizo, ojos verdes, manos fuertes y dedos largos, recordando…

Me lavé la cara luego de un momento y con un pañuelo de papel tisú me sequé y recompuse mi cara lo mejor que pude, pronto iba a terminar de cruzar el atlántico y llegaría frente al hombre que esperar fuera mi cura, mi sanación. Me miré al espejo por última vez y arreglando mi cabello en una coleta alta me prometí soportar, soportar… lo más posible.

Al regresar al asiento el hombre de ojos azules estaba en el mismo lugar en que lo dejé, con un iPad en las manos y sus ojos escrutadores mirándome con estoicismo, se levantó del asiento en cuanto llegué a su lado y mascullando una disculpa pasé a mi asiento. ¿Cuánto faltaba para llegar? Recordaba que el avión había salido por la mañana y parecía que el sol se estaba ocultando en el horizonte, debajo de las nubes anaranjadas que parecían colchones y colchones interminables de mullido algodón. Miré mi reloj de muñeca y me di cuenta que había pasado dormida casi toda una tarde… o lo que sea que fuera en esa parte del mundo.

Cerré los ojos recostando mi cabeza en mi asiento reclinado pero sin deseos de dormir, el sueño que había tenido me había dejado agotada y al mismo tiempo si ganas de cerrar mi mente al mundo de los dueños otra vez. Por dios… que difícil era recordar cuando apenas hace dos semanas estaba a mi lado, dispuesto a todo, dándomelo todo aún sin yo saberlo.

Solté un suspiro tembloroso y abrí los ojos mirando el horizonte anaranjado en mi minúscula ventanilla pensando en cómo y de qué manera encarar mi vida de ahora en más, solo tenía algo en mi cabeza, algo que debía ser lo único en lo que centrarme, ser fuerte.

— ¿Te sientes mejor? —cerré los ojos tragando saliva, ahí estaba de nuevo esa voz con acento británico, la misma voz que me había despertado. Abrí los ojos y volteé a verlo, el hombre de ojos azules aún estaba ante su iPad pero con su mirada puesta en mí. Era joven, demasiado elegante como para ser tan joven, sentí una punzada de familiaridad…

—Sí gracias, estoy bien —asentí volviendo mi mirada a la ventanilla.

— ¿Quieres comer algo? Te perdiste el almuerzo hace unas horas… —era amable, agradable si podía decirse, pero amable... y prolijo. ¿Esa era la palabra? Un pantalón jean blanco y una camisa de corte ingles con un emblema que reconocí como Armani lo envolvían. No... La palabra era respetuoso, educado y sobrio.

—Gracias pero no, estoy bien así —dije renuente mirándolo por un segundo antes de volverme hacia mi ventanilla. El hombre no insistió, continuó con su Tablet, de reojo vi que sus dedos volaban rápido sobre la pantalla táctil, parecía estar redactando algo. Sus dedos largos me hicieron cerrar los ojos y tragar saliva. ¿Así iba a ser? ¿Los fantasmas que debían quedarse en Chicago me perseguirían en mi camino de descubrimiento? ¿Eso merecía por mi sacrificio? Sí, lo merecía. Merecía cada miligramo de dolor que mi alma sentía en esos momentos, porque eran los mismos que había infringido…

Y ya no sabía si valía la pena mi sacrificio, el dolor era demasiado.

— ¿Eres de Estados Unidos o vuelves a casa? —cerré los ojos ante esa voz, decidí no ser tan reacia.

—Ambas cosas —susurré volteando hacia el hombre a mi lado —Soy de Chicago.

Él asintió — ¿Estas de vacaciones entonces?

—Algo así — dije circunspecta.

No hablamos hasta luego de unos minutos, cuando el sol ya se había escondido en la lejanía y había dejado un rastro de crepúsculo oscilante entre el naranja y el azul. No pude evitar preguntarme ¿qué estaría haciendo…?

Leydi seguramente preparándose para abrir el club por la noche, contando billetes, pagando proveedores, regañando a Jake. Mi madre, paseando a las orillas del atlántico bajo la noche estrellada de Jacksonville y de la mano de Phil. Esme cerrando el Dolce vita, sonriendo ante una nueva jornada en familia y él… ¿qué estaría haciendo él? ¿Odiándome? ¿Amándome aún? ¿Sopesando sus posibilidades?...

— ¿Veras la película? —sacudí la cabeza hacia la voz. El hombre de ojos azules estaba mirándome con media sonrisa, me fije en su rostro, muy guapo… además de sus eléctricos ojos azules, su piel de un tostado suave, con una a penas visible corrida de pecas sobre la nariz y su cabello castaño claro peinado hacia atrás con un ligero jopo, era joven… no sabía cuánto, pero igual parecía maduro por su manera de hablar y su actitud respetuosa. Levantó una ceja crispando una de sus comisuras hacia arriba y me di cuenta de que me había quedado mirándolo más de lo socialmente aceptado — ¿película? ¿Dormir? ¿Leer un libro? ¿Charlar con el compañero de viaje?... difícil decisión.

Sonreí inesperadamente antes de bajar la mirada a la pequeña pantalla incrustada frente a mí, detrás del asiento de adelante. ¿Posdata, te amo? ¿En serio? No gracias. ¿Dormir?... mmm… no podría, hacer un papelón otra vez, ni loca. ¿Leer? Si hubiese recordado empacar alguno de mis libros.

Volví a mirar a mi compañero de viaje, cielos… ¿tenía ánimos para una charla cordial con un total extraño sobre un avión? Sí, si solo era para olvidar por unas horas mi realidad.

Sonreí casi con ganas —Creo que una pequeña charla…

Él asintió —Me parece muy bien, ¿vuelves a tu hogar o te estas alejando de él? —murmuró apagando la pequeña pantalla de plasma del asiento.

Bueno, a parte del tema menos ideal para comenzar una charla, al menos él pretendía prestar atención.

—Me alejo —dije sin dudas— ¿y tú…?

—Sebastián, mucho gusto… —hizo una especie de saludo militar acompañado con una sonrisa.

—Bella… —murmuré simplemente. Mi madre decía siempre no dar el nombre entero a un desconocido, además él tampoco me dio su nombre entero.

—Yo estoy en el limbo —dijo antes de acomodarse en su asiento para estar ligeramente más enfrentado a mí —Es decir, soy de Londres, estuve en Florida concretando algunos negocios y ahora viajo a Marruecos para concretar un tanto más —rio suavemente— en realidad no estoy mucho en casa, salto de lugar en lugar.

— ¿Negocios? —Sonreí— ¿son legales y puedes hablar de ellos? —me acomodé en mi asiento permitiéndome ser más abierta y sociable, obligándome más bien. Mi mente embotada estaba haciendo su mayor esfuerzo.

—Sí, estoy en el rubro de bienes raíces. Para ser más puntual, soy dueño de una cadena de hoteles y casas de descanso —hizo una mueca— una responsabilidad heredada, mi padre… ya sabes. Pero háblame de ti Bella —me señaló con un además — ¿qué haces? Además de alejarte de tu hogar… —rio ligeramente y miré mis manos en mi regazo, sin una pizca de gracia, de lo cual pareció darse cuenta —lo siento, fue un comentario desubicado.

Negué con la cabeza —Está bien —le quité valor a la situación —soy estudiante de periodismo y una humilde bailarina, en realidad… dejo el baile por un tiempo y me dedicaré al turismo y a mi papá.

— ¿Vive en Marruecos? —se interesó.

—De hecho sí, es marroquí con sangre inglesa en sus venas, una historia aparte —reí— así que Londres… tienes algo en la voz que te delata.

—Oh sí —rio —supongo que si —negó con la cabeza recordando quizá una broma privada —es la cruz que todo ingles lleva sobre los hombros —rodó sus ojos.

—Sí, toda una tragedia y una maldición —ironicé. Ambos reímos, porque si, ambos sabíamos que el acento inglés no podía ser más que una de las cosas más preciosas del mundo.

Sebastián y su acento inglés hicieron que las horas de viaje fueran más ligeras y que el pesado recuerdo siempre presente en mi mente y en mi corazón, de cierto hombre que era mi hogar, resultara menos pesado y menos presente.

Luego de tres horas de palabras, risas, sonrisas y silencios, supe que Sebastián tenía veintisiete años de edad y era todo un prematuro hombre de negocios de mucho éxito, una cadena de hoteles en todo el mundo, parte de ellos heredados de su padre y otros que exitosamente fueron fruto de su trabajo. Amante del arte y del buen vino, chef en ascenso y un hijo prodigo. Radicado en todo el mundo y sin ningún hogar en concreto, Amanda su madre que insistía en hospedarlo en su casa a las orillas del Mediterráneo en Francia, mientras que su padre lo esperaba en Londres listo para dejar el "barco" en manos de un nuevo capitán. Pero él, a pesar de todo eso, sin querer volver, viviendo algunas cortas temporadas en la cima de sus hoteles y viajando cuando lo requería la situación.

— ¿No tienes un jet privado como los exitosos hombres de negocios de todo el mundo? — sonreí acurrucándome en el asiento mientras él abría un tercer paquete de cacahuates con los dientes, parecía que el chico era fanático.

—No —vertió el cacahuate en un vaso de plástico para que compartiéramos —es una pérdida de recursos injustificada, movilizar toda una flota, combustible, pagar sueldos extras, seguros, rutas, permisos aéreos, blah, blah…

—Eres un hombre muy previsor.

—Soy lógico, Bella —murmuró soltando un maní en su boca abierta, brillantes dientes blancos —una perdida injustificada de dinero y recursos no suele ser característica de un joven y pujante hombre de negocios como yo —guiñó un ojo sarcástico —además mi padre no lo permitiría, creo que lo de previsor puedes atribuírselo a él. Vamos… el hombre construyó su imperio haciendo cosas como pagarle un curso de cocina a su esposa para no pagar cocinera ni pedir comida a domicilio.

— ¡Hey! eso es ser tacaño, no previsor —reí doblándome.

— ¡Y estoy de acuerdo contigo! —Rio— me obligó a utilizar la bicicleta vieja de mi hermano para cuando tuve mi primera cita cuando teníamos un porshe detenido en el garaje.

Oh por dios, no podía parar de reír —Bueno, si te hace sentí mejor, mi madre recicló mi vestido de mis dulces 16 y creo un nuevo vestido para mi baile de graduación.

La carcajada no se hizo esperar y su risa era tan contagiosa que seguidamente me uní a él, cielos… no había reído tanto desde hacía mucho tiempo. Su rostro era una sonrisa constante, palabras certeras y un destello pícaro presente en su mirada. Quizá, en otra época… en otro lugar… en otra situación, él hubiese sido alguien en quien perderse cada noche, pero yo estaba en mi situación particular y arruinada para otros hombres. Era injusto.

No supe en qué momento su risa se acalló, pero cuando levanté la mirada al darme cuenta de ello, él me estaba mirando con una intensidad que me hizo desviar la mirada. Su rostro serio parecía preocupado pero también aprensivo, sus ojos azules buscaban en mí.

—Soy un completo desconocido Bella, solo Bella… ¿ves? No apellidos, no datos… en un avión, sabiendo ambos que nunca nos volveremos a encontrar. ¿Hay algo que te impida contarme qué es eso que hace que esos ojos se llenen de una repentina tristeza? —Rio sin gracia —no sé si me estoy propasando o si estoy haciendo algo incorrecto pero… solo soy un desconocido y tú una desconocida ¿qué más da?

Atrevido, eso era lo que era. Pero me gustaba su atrevimiento, directo al grano, allí sin vueltas. En la poca charla que habíamos tenido no se me había pasado que era un hombre muy perceptivo tanto como atractivo.

Sonreí mirándolo con suspicacia, él sonrió alzando una ceja, esperando… negué con la cabeza. —Dejé a alguien atrás —dije simplemente— alguien a quien amo mucho, alguien por quién daría mi vida… yo, no estaba incluida en sus planes cuando lo conocí y decidí salir de eso antes de que fuera demasiado tarde —me alcé de hombros con el dolor pujando en mi cuerpo al obligarme a hablar tan despreocupada y desinteresadamente de Edward, él no fue solo alguien, él lo fue todo, lo es —sencillamente eso —zanjé el tema —Y nunca vi a mi papá, esta vez será la primera vez que lo veré aparte de Skype —sonreí—me espera una gran experiencia, lo sé y quiero dejar lo que dejé atrás allí donde debe permanecer —reí— y si ves preocupación en mis ojos es porque tengo a mi bebé más amado en el área de equipajes drogado y solo.

El desconcierto que transformó su cara me hizo carcajear, por dios, el chico era muy expresivo. Sus ojos azules se agrandaron y su boca se entreabrió incrédulamente.

— ¿Tu bebé? — susurró casi aliviado por mi risa.

—Sí… tiene seis meses y pesa cuatro kilos —sus ojos se agrandaron ligeramente.

—Dime que es un gato o algo —su pecho tembló queriendo reír aliviado, se acomodó en su asiento colocando una mano debajo de su mentón y su dedo índice acariciando su labio inferior.

—Es Papi Jr., mi chihuahua de seis meses —sonreí disimulando una punzada de dolor, "Papi". —Lo sedaron una hora antes de abordar el avión y estoy preocupada, el viaje es largo y no sé… tengo miedo que despierte y tenga miedo —hice una mueca, a mis oídos era una real y seria preocupación, pero a sus oídos no sabía a qué podía sonarle.

—Dame un momento —murmuró levantándose de su asiento en medio de la oscuridad, no supe hacia dónde se dirigió, ni con quién habló. Esperé un par de minutos, los suficientes como para desperezarme y acomodarme en mi asiento, no me había dado cuenta que me había ido inclinando hacia él a lo largo de la noche. Cuando me relajé por completo y a punto de cerrar los ojos mirando las estrellas, Sebastián volvió con una sonrisa en el rostro.

—Bueno, resulta que busqué a una de las aeromozas, le hablé y muy amablemente bajó al compartimiento de equipajes a checar todo, Papi Jr. está dormido como un bebe en su porta mascota, según sus palabras, con un pequeño peluche de juguete que simula ser una mariquita a su lado —alzó una ceja y yo me incorporé en mi asiento mirándolo con incredulidad.

— ¿Q- Qué? —atiné a balbucear.

—Papi Jr. Tu chihuahua color camel, porta mascotas azul y una mariquita de peluche… está dormido como un bebé —repitió con media sonrisa.

Oh por dios… ¿qué había hecho?

No podía siquiera concebir la idea de que él hubiera ido allí con mi inquietud y haber convencido a una aeromoza a bajar al compartimiento de equipajes. Solo para despejar mi preocupación.

— ¿Cómo hiciste? —Quise reír nerviosamente mientras aun lo miraba con incredulidad —no puedo creer… ¿cómo hiciste…?

Él se acomodó en su asiento y suspiró cansado pero con una sonrisa naciendo en sus labios — ¿Te conté que se me da bastante bien con las mujeres? —Rio al ver mi mirada suspicaz —bueno, no con todas —frunció el ceño relamiendo su labio inferior —pero justo la aeromoza que me encontré estaba muy bien predispuesta a hacerme algún favor, cualquiera… eso fue todo.

Reí tapándome la boca, algunos pasajeros dormían en medio de la oscuridad del avión, —No puedo creer que hayas hecho eso —susurré— pero… gracias. Te sacrificaste por mi tranquilidad, eres todo un caballero—

—Bueno, ya sabes lo que dicen de los ingleses, caballeros ante todo —rodó los ojos riendo silenciosamente. Oh dios, lástima que no lo iba a ver nunca más, él sería un excelente amigo.

Me acomodé en mi asiento muda y aún sorprendida, no podía creer que él hubiera hecho eso. Me puse a pensar que no solo en Inglaterra había caballeros, porque estaba casi segura que Edward hubiese hecho algo así también.

Tragué saliva, él hubiese dado cualquier cosa por mí, esto no hubiese sido nada.

—Y… cuéntame Sebastián-

—Seb —me interrumpió— mi familia y amigos me llaman así —sonrió suavemente.

—Bien… Seb, ¿alguna mujer en Londres que te espere? —me arropé con la mantilla azul que los aviones tenían para sus pasajeros, él se arropó con la suya igualmente, con los asientos reclinados ambos y nuestros ojos brillando en la oscuridad. Quedamos enfrentados mirándonos… tenía una mirada hermosa, sincera, sin secretos. Una mirada limpia.

—Tuve una novia, Sharon… estudiamos juntos en la universidad y luego de la graduación, sobrevivimos un par de años más. La relación no fue más allá, ella quería establecerse, casarse, tener hijos, pero yo… bueno, no queríamos las mismas cosas. Además mi padre estaba relegándome todos sus negocios y no podía establecerme, mi trabajo se basa en viajar y ella no iba a poder con eso. Fue bueno mientras duró.

— ¿La amabas? — susurré comenzando a notar la pesadez en mis ojos.

—Bella… ¿Crees en el amor? —mantuvo el silencio sonriendo suavemente. No supe por qué pero mis ojos se llenaron de lágrimas. ¿Qué si creía en el amor? Por dios… lo había dado todo por amor, habría muerto por amor. La dicha de tener mi corazón lleno de ello, lleno de una persona consumiéndolo todo, era inconmensurable e inigualable y más allá de que amar dolía, amar me había hecho feliz, amarlo a él me había hecho feliz.

Seb alzó su mano de debajo de la mantilla y la acercó con cuidado a mi mejilla, su fragancia llegó a mi nariz y me hizo cerrar los ojos, por dios… el mismo perfume. Cuando los abrí había derramado una lágrima sin querer… y él rozaba su pulgar en mi piel para limpiarla. Su mirada se había tornado reflexiva.

—Te hirieron —susurró.

No fue él… fueron ellos… Quise decir, pero las palabras quedaron atoradas en mi garganta. No dije nada… nada, nada que pudiera eximirlo de culpa a él, sabiendo que no fue quien me hirió, no fue quién me abandonó, pero fue quien mintió, quien ocultó y negó cosas importantes, que me relegó a alguien incapaz de ser su compañera en todo el sentido de la palabra. No dije nada.

— ¿Te hirieron y sigues creyendo en el amor…? eres un caso extraordinario Bella —sonrió —supongo que solo aquellos que tuvieron la dicha de sentirlo creen en esa quimera.

—Supongo —susurré antes de cerrar los ojos y caer dormida.

Desperté sobresaltada cuando una voz penetró en mi cerebro, la azafata anunciaba el inminente aterrizaje en el Aeropuerto de Rabat Sale. Me incorporé con vergüenza al sentir que estaba apoyada en una almohada mullida y cómoda, oh dios… el hombro de Sebastián, él me miraba con… ¿ternura?

—Perdón —mascullé acomodándome en mi asiento, sobre su regazo descansaba la bandeja desplegable, sobre ella el iPad y una botella de agua alimonada, que destapó y me la acercó. —Gracias —tomé un sorbo.

—Ajusta tu cinturón —susurró haciendo lo propio, plegó la bandeja contra el asiento y cerró su iPad guardándolo en un bolso mensajero de cuero. —Mira Rabat Bella, desde el cielo es hermoso.

Y miré…

—Oh santo cielo —murmuré con la nariz pegada en el vidrio de la pequeña ventanilla. ¡Mierda, mi máquina de fotos!... era hermoso. Por un lado la ciudad, en tonos camel y amarronados como los colores del desierto, más metropolitano en su zona central, con edificios altos y modernos y por otro lado y en contraste, el mar azul, tan azul como el cielo. A medida que nos íbamos acercando al aeropuerto e íbamos perdiendo altura, divisé un rio circundando la ciudad, cuya desembocadura iba directamente al Océano Atlántico. Pude ver las altas murallas que en algunas zonas se erguían, las calles de piedra y adoquines, los edificios antiguos y los amplios y grandes parques. Y más allá, mucho más allá de los muros y de las calles azules, el desierto… indómito, amplio e inagotable en su inmensidad.

—Espera a recorrer los mercados de pulgas, a respirar su aire místico, sus comidas y beber su café, espera a recorrer las calles azuladas de la ciudad, laberínticas y silenciosas, aquí olvidaras Bella… Marruecos te envolverá en su seda hermosa y exótica y olvidaras.

Y quise creerle.

El aire caliente golpeó mi piel al bajar del avión, —Vamos a recoger las maletas y a tu cachorro, luego te acompañaré hasta migración —la mano de Sebastián se posó en mi cintura cuando cruzamos el área de desembarque. Esperamos las maletas y cuando las tomamos avanzamos hasta el área de pre embarque. Mis ojos comenzaron a viajar a través de las cientos de personas que pululaban en el lugar, distintos idiomas flotaban en el aire al igual que los aromas, café… se me revolvió el estómago, francés, inglés, árabe. Hombres y mujeres de distintas nacionalidades, los lugareños se distinguían por la manta envolviendo sus cabezas, algunas mujeres pasaban a través de los recién llegados con canastos llenos de comida, ofreciéndolo como un almuerzo rápido.

Merci, laissez s'il vous plaît —Sebastián llevaba su maleta en una mano y la otra al hombro y pedía permiso llevándome a través del gentío, un par de Ray Bans cubría sus ojos azules. Lo miré levantando una ceja —aquí hablan árabe en su mayoría, Francés en los establecimientos oficiales e inglés como tercera lengua.

¡Oh! Bueno, esperaba poder defenderme en inglés, sino tendría que acudir a… Charlie.

Era todo tan diferente a Estados Unidos. La zona de migración estaba apartada de la entrada de los pasajeros, era más silenciosa y custodiada por hombres armados. Sebastián se adelantó llevándome con él hasta una de las mesas operadoras,

—Muéstrale primero los papeles de tu cachorro así te lo darán enseguida —murmuró Sebastián, enseguida él colocó su equipaje sobre la mesa de registro y un agente de migraciones le preguntaba cosas en francés mientras abría la maleta y comenzaba el registro. Hice lo mismo frente a la agente que estaba parada frente a mí mostrándole los papeles de migración de los Estados Unidos validando que Papi Jr. tenía todo en regla.

Oh por dios, cuando me lo trajeron, me apresuré a calmarlo con mi voz, estaba despierto y temeroso, como cuando habíamos viajado a Japón. Shhh, le susurré despacio haciéndome oír sobre sus gimoteos, acaricié su nariz a través de las pequeñas aberturas, no podía sacarlo hasta que el veterinario marroquí corrobore su buen estado de salud.

—Prenez-vous des médicaments?— masculló en francés el agente, la miré con los ojos bien abiertos.

— ¿Inglés? Por favor —pregunté. Ella asintió.

— ¿Lleva usted medicamentos? —Su español era rústico pero claro —debe declararlos antes de entrar al país.

—No, no llevo medicamentos.

— ¿Carne? ¿Verduras? ¿Algún tipo de alimento vegetal o animal? —negué todo, ella revisaba mi equipaje con rapidez, me miró con aprehensión cuando vio mi ropa interior. Encaje, recordé lo que había dicho mi madre acerca de su visita a este país. El Islam estaba presente, no tan exigente y arraigado en sus costumbres como otros países musulmanes, pero aun así, presente, pues violar los cuidados estándares del pudor era uno de los delitos más graves. Las mujeres estaban muy limitadas y propensas a ser castigadas por delitos como estos, aunque había una cierta tolerancia con las turistas, que era eso lo que yo ciertamente era. Tragué saliva y miré a mi lado, Sebastián, presentaba su pasaporte y demás documentación al agente de migración.

— ¿Cuánto tiempo piensa quedarse en Marruecos? —miré de nuevo a la mujer frente a mí.

—No lo sé con exactitud, vine a visitar a mi padre, quizá podría quedarme un tiempo largo.

—Debe tramitar una visa si se queda aquí y seguir las reglas como ciudadana marroquí. Su padre seguramente le informará —murmuró cerrando mi maleta y dejándola momentáneamente a un lado para pedirme el porta mascota de Papi —nuestro médico veterinario debe revisarlo ¿tienes sus papeles a mano?

—Sí —rebusqué enseguida en mi bolso lo que ella me pedía. Papi había sido vacunado, entre otras cosas, contra la rabia y el Parvovirus, había sido desparasitado, lavado y acicalado a fondo antes del viaje, sus papeles estaban en regla. Me dieron el visto bueno luego de cobrarme el ingreso al país. Tuve que pagar veinticinco Dirhams, que lo valían muy bien si el precio era la entrada libre al país, aunque me recomendaron que lo tenga siempre en casa, con correa o alzado.

Con ese paso hecho tomé mi maleta y dando media vuelta me preparé para salir de allí, Sebastián me estaba esperando. —Nunca lo sueltes Bella, no lo dejes solo en la calle, la policía marroquí puede atraparlo y no devolvértelo más, incluso lo matarían… ten mucho cuidado y siempre cuando salgas sola lleva puesta tu Hiyab, los brazos cubiertos y las piernas—hablaba rápidamente como si no tuviera tiempo para hacer otra cosa.

—Está bien, lo sé, he investigado —dije volteando a ver la gente detrás de mí. Oh dios, mi estómago se retorcía en nudos y mi corazón tronaba en mis oídos… sentía que en cualquier momento lo vería.

— ¿Bella? —sentía una mano cálida tazar mi mejilla, cuando volteé hacia Sebastián, sus ojos me escrutaban con preocupación — ¿estarás bien? —sus lentes negros colgaban de la abertura de su camisa y sus ojos azul profundo me miraban con cautela.

Suspiré preparándome para el gran paso que estaba por dar —Lo estoy… estoy… algo nerviosa, pero sé que estaré bien —sonreí. Seb me devolvió la sonrisa y asintió.

—Entonces yo me despido aquí —murmuró antes de acercarse a mí y besar un lado de mi mejilla con ternura y suavidad —fue un enrome placer concerté Bella… en serio —susurró con una media sonrisa. Bajó su mano y dio un paso atrás, desviando por un segundo su mirada detrás de mí —cuida a tu pequeño amigo —miró mi porta mascota — y cuídate tú preciosa… adiós.

Y antes de voltear susurró un "Voltea"… y desapareció entre la gente.

Mierda… ¿voltear? Oh por dios…

Y lo hice… y ahí estaba… mi reflejo, mi destino, mi bienvenida. Sus labios temblaron al sonreír, cielos… tantos años de vernos solo a través de Skype y esta vez, estaba vez era real… quería tocar su piel y saber que era cierto, que en todos estos años nunca estuve alucinando. Quería que me pagara ese abrazo tan preciado y necesitado, quería su consuelo y sus palabras "Todo estará bien Bella", quería saber cómo era su olor y retenerlo en mi memoria por el resto de mi vida, quería saber cómo verdaderamente sonaba su voz, cómo hubiese sido crecer con esa voz arrullándome, quería tantas cosas…

Que lo único que hice fue acercarme rápidamente a él con piernas temblorosas y reír entre lágrimas, mientras él abrazaba mi cintura y me levantaba del suelo en un abrazo sin fin. Ambos llorando, ambos riendo.

No hubo muchas palabras… "Eres más hermosa en persona", "Eres más alto de lo que suponía", "Tienes mis ojos… los ojos de tu abuela", "Ese bigote es chistoso", "te preparé la cena en casa", "Estoy en casa ¿no es así?", "Tanto tiempo como quieras"

Su casa no era muy grande, era más bien como la del típico hombre soltero que tenía un trabajo en el centro de la ciudad y que debía vivir en los suburbios encontrando paz y serenidad. Era una casa hermosa eso sí, con paredes blancas y puertas azules, en una típica estrecha callejuela azul de las muchas que hay en Rabat. Cuando entramos el aire fresco me golpeó y suspiré de placer, mi frente sudada lo agradeció y mis mareos a causa del calor se calmaron súbitamente.

—No es muy grande, pero tiene sus comodidades —mi padre caminaba con mi maleta hacia uno de los corredores por lo que lo seguí. Woow… el corredor era hermoso, de un lado puertas, quizá la habitación de él, el baño, la mía y del lado contrario, en lugar de una pared, habían ventanas, pero no ventanas comunes… eran hermosas, talladas con hermosos arabescos, que dejaban pasar la luz del sol y creaban sombras increíbles. El piso era de baldosas pintadas con los mismos arabescos y las paredes blancas. Mi padre atravesó una de las puertas azules y me encontré con una amplia habitación color vino, con las mismas ventanas talladas de cara a la calle, esta vez estaban abiertas. El aire cálido entraba a la casa contrastando con el frescor propio de la casa. En el centro de la habitación había una cama, cubierta con mantas blancas y almohadas del mismo color, tejidas a mano… ¿quién las tejería?

—Es hermosa —dije mirando toda la habitación, mis ojos captaron cada detalle, desde la lámpara redonda tallada que colgaba del techo hasta la alfombra mullida en colores terrosos en los que se hundían mis pies.

—Tienes aquí un mueble para que acomodes tus cosas —murmuró Charlie abriendo las puertas de un pequeño closet de madera rustica —el baño está en el corredor y tienes uno más pequeño aquí —señaló una puerta— y acomodé algunas mantas extras aquí y toallas… también instalé este reproductor de música… y tenemos una red inalámbrica de internet, no es muy buena, pero creo que servirá.

Asentí, en realidad había dejado todo con mamá, mi celular, mi notebook, todo… estaba literalmente aislada del resto del mundo.

—Gracias —asentí sin saber qué más decir —dejé mi bolso de mano sobre la cama y me senté en ella sonriendo ante la comodidad.

—Viniste acompañada… ¿por esa persona en el aeropuerto? Me hubieses dicho y la invitábamos a almorzar —su ceja se levantó curiosa y detuve una sonrisa ante el disimulo de su intriga.

—Un amigo, en realidad… no lo conozco… lo conocí en el viaje, era mi compañero de asiento. Pero terminó siendo un amigo, me ayudó a atravesar el aeropuerto hasta llegar a ti —sonreí recordando a Sebastián.

—Que oportuno —dijo asintiendo.

—Sí —como un ángel caído en el momento que más necesitaba. Suspiré.

—Bien, ponte cómoda y te veré en la cocina, esta al final del corredor, calentaré el almuerzo —sonrió y se acercó a mí dejando de lado su cautela, me abrazó y besó el tope de mi frente —bienvenida a casa hija, tenemos muchas cosas de qué hablar.

—Gracias… papá, si las tenemos —susurré antes de que me dejara sola.

Quedé sola y con un suspiro profundo di media vuelta. Esa era mi nueva vida, una nueva puerta se acababa de abrir y se me presentaba un mundo aparte, único, mío, lejos de mentiras, lejos de engaños, de soberbia, lejos de el ansia de poder y de la avaricia. Lejos de él…

Diablos

Una dolorosa punzada cruzó mi pecho y unas ansias de escuchar su voz me hizo jadear. Dios… me senté en la cama y miré mis manos, hacía más de setenta y dos horas que no sabía nada de él… nada, desde la última vez que le hablé. ¿Qué estaría haciendo? ¿Ya se habría dado cuenta que hui como una cobarde? ¿Se habrá percatado de lo que Aro planeó? ¿Se habrá rendido? ¿Será feliz?

Oh cielos, claro que no era feliz. Su amor era tan grande como para renunciar a todo y yo le había fallado, la persona por la cual había sido capaz de dejar todo, le había fallado. Oh Edward… quizá termines odiándome y quizá eso sea lo mejor para continuar con tu vida y con tus sueños. Quizá algún día volvamos a vernos y nos veremos como esos protagonistas de un amor, que un día, pareció insuperable… pero tú ya me habrás superado.

Podía pensar en eso, podía pensar en él superándome, dar vuelta la hoja y hacer borrón y cuenta nueva, pero definitivamente mi corazón no podía concebir su odio… eso era algo que no iba a soportar.

Me sobresalté al escuchar el ladrido de mi cachorro y me odié internamente por haberlo olvidado, deslicé mis dedos sobre mis mejillas para sacar las lágrimas y me levanté de la cama para acercarme a él.

—Ya bebe… estaremos bien, lo estaremos Papi —susurré sacándolo del porta mascotas.

Los días sucesivos a mi llegada fueron días de descubrimiento, de muchas lágrimas, verdades, confesiones y más lágrimas. Papá pidió su licencia vacacional para estar conmigo y ayudarme a adaptarme a este nuevo lugar, fue muy paciente conmigo y sincero. Su historia con mamá era algo que yo conocía solo a través de ella, esa era un tema que nunca antes habíamos tocado en nuestros encuentros en Skype, conscientes de que hablaríamos largo y tendido sobre ello una vez que nos encontráramos.

Y lo hicimos…

—De ella me atrajo lo desinhibida y vivaz, el amor por el arte y su manera de enfrentar la vida —sonrió mirando el horizonte, ambos sentados en una de las terrazas que tenía la casa tomando una especie de té marroquí —un día apareció en el museo y hablamos, como si nos conociéramos de toda la vida, ella me contó sobre su trabajo, estaba en Marruecos haciendo algunas fotos para un Magazine de su país, me habló de su amor por los viajes, sobre su amor por la fotografía, me contó sobre Estados Unidos y yo le conté sobre Marruecos —sonrió con su mirada ausente— quedamos en tomar un café luego de que saliera de mi trabajo y ella terminara de hacer el suyo. El café se extendió a una cena y la cena… bueno… ya sabes —hizo una mueca resoplando y luego sonrió —y estuvimos juntos hasta que ella tuvo que volver a su país, dos semanas después.

— ¿Nunca… te dieron ganas de irte con ella? —metí en mi boca un bocadillo de frutas secas confitadas que estaban deliciosas, creo que había encontrado mi golosina favorita —sé que… no había amor… pero ¿alguna vez consideraste seguirla?

Él sonrió con nostalgia —Sé que ella dijo que no había amor, quizá no por su parte… pero yo le tenía un inmenso cariño, que si ella llegaba a quedarse un poco más, seguramente se hubiese transformado en amor… pero conocía su espíritu, sabía sobre sus sueños y deseos, ella misma me había hablado de ellos y yo… no podía atarla a mí, porque siempre que hablaba de ellos no había un compañero en sus planes.

Miré mis manos sobre mi regazo y las presioné entre sí para retener el temblor.

— ¿Y no fuiste tras ella?

—No —murmuró negando con la cabeza —y me había convencido que había hecho bien, a lo largo de los años me convencí que ella estaba en la cima de sus sueños, viajando por el mundo, siendo una exitosa fotógrafa y libre, como el ave que era… hasta que… una tarde, hace once años, recibí la llamada de una niña diciendo ser mi hija.

— ¿Y… qué pensaste entonces? —susurré con las mejillas bañadas en lágrimas.

—Que había sido el idiota más grande del mundo… que haberla dejado ir había sido el error más grande de mi vida… eso pensé —su voz estrangulada me hizo voltear, él luchaba por retener las lágrimas, me miró y sonrió —me perdí todo… todo… verte crecer, me perdí todo…

—Papá.

Y más lágrimas fueron vertidas, más palabras dichas y muchos perdones y ausencias reparadas.

-.-

Te odio Bella… te odio, ¿cómo pudiste hacer esto? Solo… escapaste sin más…

No eres nadie, nadie… una frívola chica que pensé que me amaba y que a la primera dificultad sale huyendo…

¿Quién eres? Porque para mí no eres nadie…

Solo, olvídate de mí, como yo ya me olvidé de ti…

Respiré como si hubiese estado sumergida debajo del agua con alguien sujetándome de los pies, y un segundo antes de respirar agua, los soltó y rompí en la superficie buscando desesperadamente aire. Mis oídos se cargaron con mi respiración jadeante, mis pulmones se llenaron de aire y mis ojos llenos de lágrimas buscaban una referencia que me dijeran que seguía estando en esa cruda realidad en la que me encontraba antes de caer dormida.

Una realidad sin él.

— ¿Bella? —me senté rápidamente ante la mención de mi nombre y mi mirada cayó en el hombre de ropas blancas y holgadas que me miraban con cierta timidez desde el umbral de mi habitación. —Lo siento… te oí balbucear.

—Fue un sueño… solo… un mal sueño. Lo siento si te desperté.

Él sonrió —No, estaba haciendo el desayuno… ¿vienes?

Sonreí después de un momento mientras él salía de mi campo de visión, tenía hambre… incrédulamente tenía ganas de comer lo que sea que olía tan bien. Dios… estúpida pesadilla. Refregué mis ojos cansados y aún hinchados.

Me paré estirándome y caminé hasta el baño de mi habitación y luego de cepillarme los dientes, peinarme y acomodar mis ropas, caminé fuera de mi dormitorio siguiendo el olor… ¿qué era? Mi estómago sonó y mi lengua se volvió pesada, tenía sed, mucha… singularmente este calor me estaba agotando cuando creí que me iba a gustar, era un calor seco y árido en comparación con el calor de la Florida.

—Siéntate —miré las hermosas sillas de hierro forjado y tapizadas con hermosa tela de arabescos y elegí el lugar, que suponía que había hecho mío desde mi llegada. Una mano morena por el sol, colocó un plato delante de mis ojos y casi gemí… —Mmm… Gracias.

Él sonrió y se sentó a mi lado mirándome como si lo necesitara para creer que yo estaba allí, algo que me sucedía a mí también y de igual medida — ¿Te lo dije? Eres muy hermosa.

Rodé los ojos —Miles de veces en realidad —sonreí— aunque escucha esto, mamá dice que salí entera a ti… así que te estas adulando a ti mismo —él rio.

—Eres mi hija ¿qué puedo decir? —murmuró antes de cortar una porción de cordero y llevársela a la boca, luego de unos segundos él trago y volvió a mirarme con esos hermosos ojos verdes de un exótico tono oscuro, reminiscencias de un par de ojos verdes que dejé atrás llegaron a mi mente como ráfagas, tragué el nudo en mi garganta —te extrañé mucho… toda mi vida.

—Yo también papá… y por favor, no volvamos a llorar, no creo que me queden lágrimas —reí tratando de aligerar el ambiente.

Ataqué el cordero con ganas, muchas ganas, dios… nunca había comido una carne tan sabrosa y especiada, se había convertido en mi nuevo plato favorito además de las confituras.

¡Confituras!

—Quiero aprender a hacer las confituras papá, quiero aprender a cocinar comida marroquí para ti… ¿cuándo me dejarás? —mordisqueé mi trozo de carne.

—Cuando tú quieras hija, podemos ir al mercado esta tarde y comprar los ingredientes apropiados, cocinaremos a la noche algo con cush – cush, te gustará, mi madre me enseñó a cocinar ricos guisados con cordero y cush- cush.

—Pues quiero aprender.

—Mmm —mi padre alzó sus ojos de su plato y me miró con suspicacia — ¿acaso hay alguien más para quien quieres aprender a cocinar?

Pensé en Edward y la cantidad de veces que lo había alimentado, tantísimas veces, inmediatamente después pasábamos a actividades más placenteras, comer para nosotros estaba sobrevalorado, sonreí con nostalgia, pensé en la cantidad de veces que él se había alimentado de mí.

"Te quiero comer entera mi amor… entera" "Así bebé, derrama todo ese juego en mí"… "Oh por dios… qué bien sabes"

Me removí incomoda y avergonzada sobre la silla ¿qué me pasaba?, cielos santo… pensar en sexo frente a mi padre era como una especie de pecado mortal.

—Ese hombre que te acompañó en el aeropuerto quizá… ¿cómo se llamaba? Creo que nunca me dijiste… deberías invitarlo solo para agradecerle eso.

Una sonrisa instantánea reposó en mis labios al pensar en Sebastián. ¿Dónde estaría?

—No sé dónde está Sebastián papá, nunca más lo vi, no quedamos en vernos y no tengo ni siquiera su número de teléfono —entonces recordé que él se quedaría al menos un par de semanas más por razones de negocios —ciertamente tendría mucho que agradecerle.

Papá siguió comiendo concentrado en su comida.

Esa tarde salimos de casa, mi padre con su túnica color hueso y yo con mi Hiyab, una especie de manto o velo que tapaba mi cabeza, que siempre debía ir cubierta en público, una camisa para tapar mis brazos y un pantalón largo de fina gasa fresca, respetando así las antiguas y exigentes costumbres musulmanas.

Las calles céntricas eran caóticas en pleno horario pico, la mayor actividad en Rabat se concentraba en los mercados, mezquitas y los edificios gubernamentales. Y fue a ese lugar donde mi padre me llevó. En sus palabras un "Zoco".

Las calles adoquinadas estaban repletas de niños y hombres en bicicleta, mujeres con las compras en sus manos o sostenidas en precario equilibrio sobre sus cabezas mientras de la mano llevaban niños, los gritos de regateo se podían escuchar a distancia y los olores penetrantes a condimentos y especias me hacían picar la nariz. Los puestos eran variados, desde mujeres que vendían hermosas alfombras y lámparas a hombres que mostraban a los transeúntes algún tipo de calzado nuevo hecho de cuero de vaca y oveja.

Pulseras de plata y baños de oro, sahumerios y sándalos, velas perfumadas, extrañas yerbas afrodisíacas y curativas, aceites esenciales, mantas y Hiyabs para las mujeres, en distintos tamaños y con diferentes diseños, fui tentada a comprarme uno en colores purpura y blanco.

Cuando llegamos al puesto de las verduras mi padre y el vendedor se fueron metiendo en la puja por el precio de los vegetales. Zanahorias, berenjenas, tomates y cebollas… harinas, especias de diferentes colores apiladas en perfectos conos puntiagudos que parecían caerse en cualquier momento hasta con una leve brisa, recipientes de cerámica y barro, grasa de cerdo para cocinar, ¡frutas secas!

Me alejé de papá y me fui un par de puestos más allá, atraída por las nueces, avellanas, castañas de Cajú, pasas uva y almendras. Compré medio kilo de azúcar y miel y trescientos gramos de cada fruta, también compré ciruelas secas y damascos en almíbar, estaba segura que prepararía algún rico postre con todo eso, ¡dios!... hasta se me hacía agua la boca. ¿Qué diablos? Era como si un gusano alojándose en mi estómago pidiera comida, comida y más comida.

Reí tontamente.

— ¿Cuánto es?... —murmuré en un precario francés, palabras básicas que le había pedido a mi padre que le enseñara. El hombre me entregó la bolsa llena de esas suculentas cosas y gritó haciéndose oír entre el gentío — ¡doce dirham! ¡Doce dirham!

Cuando me dispuse a buscar las monedas en mi bolso algo a mi derecha llamó mi atención. Una mujer, que con un niño colgado de sus vestidos largos y amplios, señalaba a otro hombre que la atendía en el mismo puesto de frutas, las mismas cosas que yo había comprado. Almendras, castañas, uvas pasas y hasta nueces, una sonrisa ansiosa y feliz hacía que su rostro se iluminara, quizá fue eso lo que llamó mi atención, o quizá lo que llamó mi atención fue la enorme panza de embrazada que portaba delante de ella con algo de dificultad.

Me quedé mirándola, ella no prestaba atención al niño pequeño colgado de sus faldas, ella pedía miel y azúcar y como si el destino se empeñara en decirme algo, ella pedía con la ansiedad grabada en su rostro, ciruelas secas y damascos almibarados… cielos, hasta mordió uno con deleite. ¿Acaso ese gesto suyo hizo que se me llenara la boca de agua?

Y entonces fruncí el ceño.

¿Esa misma cara de ansiedad tenía yo al momento de comprar esas cosas? ¿Esas ganas repentinas de comer solo confituras? Cuando nunca antes llamaron mi atención las frutas secas.

Tragué saliva y sentí una capa de sudor empapando mi frente.

Pequeñas cosas cayeron en mi mente como pedazos de rompecabezas, repugnancia al café cuando antes lo amaba, vómitos matutinos hacía un par de semanas… ¿a qué los había atribuido? Ah… a la situación caótica con Edward y los Vulturis. Relamí mis labios mirando sin ver a mí alrededor…

"¿Acaso esta musarella esta fea?... sabe horrible, está en mal estado"… "Bella, no tiene nada de malo"

Las palabras de Leydi resonaban en mi cabeza junto a todo ese torbellino de detalles que había pasado por alto.

Tanto llorar, un estallido de emociones, lágrimas, tristeza… cambios de humor. Y más ansiedad por comer comidas que nunca había probado.

Mi periodo…

Jadeante llevé mi mano frente a mí y traté de contar los días… ¿cuándo fue la última vez?... oh cielos… ni siquiera recordaba mi última vez. ¿Cómo había podido pasar por alto su ausencia? El caos, el caos a mi alrededor, mi vida cayéndose a pedazos. El olvido de la toma de mi pastilla alguna que otra vez.

Mi garganta se cerró y volteé sobre mis talones para buscar a mi padre, cuando lo vi me fui hacia él dejando mi compra atrás y toqué su hombro, cuando volteó me miró con preocupación,

—Necesito… —carraspeé, mi garganta se sentía oprimida —necesito una farmacia —no podía mirarlo a los ojos.

—Si… hay una por aquí cerca ¿qué te sucede? —él comenzó a caminar con algunas bolsas en sus manos y yo no pude responder, me limité a caminar a su lado con piernas temblorosas.

Oh cielos…

Para cuando llegamos a la farmacia volteé hacia él y le pedí que me esperara allí afuera —cosas de chicas… ya sabes —traté de sonreír, él me devolvió la sonrisa cautelosamente.

Me apresuré a ir sobre los anaqueles de la pequeña farmacia, encontré el sector de artículos femeninos, a juzgar por el estallido de cajas rosas y me lancé en la búsqueda de lo que dictaría mi destino.

Eran muchos y escritos en árabe, aunque tenían un pequeño texto en inglés, suficiente como para determinar de qué artículo se trataba. Cogí uno con manos temblorosas y tomé una respiración profunda, ¿Uno sería suficiente? Decidí ser precavida y llevar dos para evitar un falso negativo…

Traté de hacer memoria, ¿Hacía ya dos años era? ¿Que Leydi se había realizado una prueba de estas, asustada hasta las lágrimas encerradas ambas en el baño de su casa? casi podía sentir en mi mejilla su suspiro de alivio al ver una sola raya azul.

Pagué las dos pruebas y compré una cajita de tampones para justificar mi presencia en ese lugar si mi padre llegaba a preguntar, ridículamente irónico. Cuando salí, él estaba a un lado de la puerta esperándome, sonreí alzándome de hombros y le pedí si podíamos ir a casa, él comprendió y nos encaminamos hacia allí.

Decir que estaba tan nerviosa como nunca en mi vida, era decir poco. El día que lo llamé cuando tenía diez años de edad y le di la noticia de que era posiblemente su hija, bueno… los nervios de ese día no se comparaban con este que dictaría mi rumbo para toda mi vida.

¿Y si resultaba ser positivo? ¿Si estaba embarazada? ¿Si dentro de media hora o menos confirmaba la terrible sospecha de que iba a ser madre? ¿Qué haría?

Oh mierda…

No hacía una semana que estaba allí, no hacía ni una semana que había dejado al amor de mi vida para que siguiera el rumbo de su vida que él había postergado por mí, que estaba resuelto a dejar por mí… y aquí estaba yo, con un test de embarazo en mis manos temblorosas a punto de saber.

Saber…

En el baño de la casa de mi padre, allí en Rabat, Marruecos, abrí la caja que contenía el test y vertí un par de gotas de mi orina en él, siguiendo las instrucciones paso a paso, palabra por palabra. Repasando una y otra vez las veces que había hecho el amor con Edward, piel con piel, él dentro mío sin barreras, como a él le gustaba… y las veces que quizá olvidé tomar la pastilla. Y, a pesar de querer regañarme y tildarme de tremenda estúpida por mi irresponsabilidad, una sonrisa asomaba en mi rostro al pensar que él y yo juntos, habíamos hecho algo… algo inconmensurablemente importante, una vida.

Entre lágrimas y una sonrisa ansiosa, me paré del lugar donde había ido a parar en mi espera, sentada con mis rodillas juntas contra una pared, me encaminé hasta la mesa donde mi padre guardaba las toallas, tomé el test y con dedos temblorosos lo puse ante mis ojos.

El aire que contenía mis pulmones, abandonó mi cuerpo con una rápida ráfaga. Tragué saliva y sonreí a pesar de que mi cuerpo se sacudía en sollozos. Edward y yo habíamos creado un hijo juntos.

—Oh dios… —susurré anhelando sentir sus manos en mis hombros, en mi cintura, en mi vientre… en ese momento lo extrañé tanto que parecía morir —oh dios…

Esto lo cambiaba todo.

Todo…


Hola preciosuras... aquí toda magullada por un resfrio les dejo el capi. Sin mayores palabras que pedir que me cuenten a ver qué les pareció?... Solo una palabra

Sebastian

jajaja aahhh amo al nuevo personaje...

¿Quieren conocerlo? Pues a mi perfil corriendo niñas!

Las dejo para que opinen y me den sus palabras, tardé... si, otra vez, pero ya saben que soy como Terminator... "Hasta la vista baby" y todo eso.

Uno beso enorme a mi beta hermosa, Bella Flower ;) TE AMO y muchas gracias a todas las nenas de papi que siguen conmigo, en especial a mi Betza hermosa, muakkk bebe, eres un apoyo fundamental.

Hasta la vista!

LU