¡Hola a todos! ¿Qué tal todo? Aquí vuelvo, algo retrasada pero lo más pronto que he podido teniendo en cuenta que estoy entre trabajos y exámenes y agobios y, sí, esta semana también entre enfermedades. No os asustéis, es sólo una infección en el estómago que me ha tenido esta semana en cama, así que por eso he tenido tiempo de acabar el capítulo (y aburrirme también, por cierto :S).

En fin, ¿habéis visto ya HP7? ¡No veo el momento de que llegue julio! ¡Quiero la segunda parte ya, aunque se acabe ya todo! Pero no puede acabarse, me niego... aún espero que JK recapacite y nos regale un libro de Lily&James :P Pero la película está bien, ¿verdad? A mi me parece una de las menores adaptadas! :D es cierto que tiene algunos momentos típicos de Yates en contra del Harry&Ginny... Si ignora más esa relación acabaría pensando que Harry es gay tal y como dicen muchos fics... Sólo una escena e insípida hasta decir basta (sin incluir la gran aparición de George, claro jajaja). Pero bueno, también reconozco que entre Bonnie y Daniel no hay precisamente química... Aún así que se saque momentos Harry&Hermione me pone de los nervios... el bailecito tenía su gracia para que él quisiese animarla a ella, pero seguía sin tener mucho sentido... Bueno, muero por ver el beso entre Ron&Hermione, porque Rupert y Emma sí que tiene química. Por cierto, ¿quién está de acuerdo conmigo en que el mejor de la peli es Ron? Hasta cuando estaba en un segundo plano no podía apartar los ojos de él jajajaja

En fin, voy a ir al grano que sino me termináis de matar, y con razón :S Contesto reviews anónimos y vamos para allá!

Sole: ¡Hola guapa! Espero que en todo este tiempo hayas podido dormir, en vez de quedarte en vela pensando en James (aunque es una buena excusa para estar en vela jejeje). Me alegro que te gustase la exageración de James por el cumpleaños de Lily, yo disfruté mucho escribiéndole. ¡Es tan cabezota nuestro chico! Jeje En fin... La forma en que Kate se ha enterado es horrible, desde luego la peor, pero es que esos dos se lo buscaron... Puede que no pueda denominarse a sí misma cornuda, pero lo de exagerar yo creo que puede hacerlo tantas veces quiera porque ella es la única víctima ahí... De todas formas un poco cornuda sí que es, recuerda lo ocurrido en la habitación de James (cada vez que pienso que se la profanaron al pobre...). Yo también odio a Alecto Carrow, pero lo cierto es que no es un sentimiento nuevo... ¿No les creías capaces de hacer eso? Teniendo en cuenta lo que son capaces de hacer en el futuro... sí, Remus se siente culpable y siempre ha sido miserable, pero recuerda que el Remus del futuro es mucho más miserable que este... Muchas cosas deberán pasar en su vida para que su carácter se oscurezca más, ¿no? En cuanto a los de Hogsmeade, hoy tendrás tu respuesta a casi todas tus preguntas... Confío que la espera se te haya hecho corta! Muaks!

Roxanne Potter: ¡Hola guapa! Sí, ya sé que quieres patear a Adam por el descuido... Pero piensa que él las escondió en casa de su hermano pensando que allí estarían a salvo. Era como guardarle en el lugar en que James también estaba protegido... Además que no pensaría que se les ocurriera cortarle la mano... En cuanto a la pregunta de si encontrarán la caja... Tú lee! ;) Elizabeth sólo se considera culpable! Interceptaron la carta antes de que la llegara a ella, así que ella no tiene culpa de nada más que de seguir en contacto con su amigo ;) Bueno, Sirius&Grace pintan muy bien juntos pero, como tú dices, pobre Kate y encima que viniera a enterarse de una forma tan pública... Rachel es para tenerla lástima, desde luego :S No me imagino cómo reaccionaría yo si me pasara... Veo que has pensado mucho en quien irá o no a Hogsmeade... bueno, en este capítulo nos encargaremos de eso... ¿Regulus podrá hacerlo?:O Sé que ninguna de vosotras puede imaginarse a nadie del grupo muerto, pero me temo que así será, muy inesperado. Y no sólo una muerte, recuérdalo y no me odies :( Espero que te guste el capítulo que viene! Espero tu reacción, un besazo!

Bueno, ya os dejo con el capítulo! Recordad que todo pertenece a JK menos los personajes originales! Un besazo!

"JURO SOLEMNEMENTE QUE MIS INTENCIONES NO SON BUENAS"

OO-oOo-OO

Capítulo 35: Cuando el mundo se oscurece...

Estaba preparado para ello desde que había hablado con Elizabeth Duncker el día anterior, y el hecho de que buscaran tantos días sin resultados sólo evidenciaban las escasas posibilidades que tenían de encontrar a Adam Potter con vida. Pero eso no evitó que a Albus Dumbledore se le formara un nudo en la garganta y en el estómago al ver su mutilado cadáver.

Siempre había apreciado y admirado el valor de todos los miembros de la Orden del Fénix, desde los que aún estaban junto a él hasta los que ya habían perecido, y había sentido con mucha intensidad la muerte de Tomás, Cora y Andrea (incluso la de Ethan antes de saber que él era el culpable y el traidor); pero había varios hombres y mujeres por los que siempre tendría una debilidad especial. Adam Potter estaba entre ellos, igual que Dorcas Meadows y su difunto marido, y Elizabeth Duncker. A muchos de ellos les había conocido desde muy jóvenes y les había visto crecer, pero con ese grupo de muchachos había compartido la experiencia de ser su profesor, el jefe de su casa, su mentor… Habían sido lo más parecido a unos hijos para él. Y ahora había perdido a otro más por una misión que él le había encomendado.

Habían necesitado la ayuda del Ministerio de Magia Alemán, quienes habían mandado a algunos de sus mejores aurores a recibir el mensaje de Alastor Moody, jefe de aurores inglés. Y estos habían encontrado finalmente unas fábricas muggles abandonadas que parecían tener restos de magia. En su interior, en el sótano, encontraron un cadáver cuyos principales rasgos coincidían con el desaparecido. Al ir el anciano director a identificarlo, pudo confirmar que, pese a las múltiples lesiones que le habían desfigurado, el cuerpo pertenecía a su subordinado.

- ¿No es extraño? –murmuró Moody cerca de él, dando vueltas en torno al cuerpo, observándole con ojo crítico de auror. Dumbledore deseó poseer esa sangre fría frente a tamaña carnicería, pero por evidentes razones nunca pudo seguir esa carrera-.

- ¿Extraño? ¿Qué aparezca muerto? Me parece lo más lógico después de tantos días –contestó mirando alrededor, evitando observar el cadáver demasiado y al mismo tiempo vigilando a todos los presentes que estudiaban el lugar-.

- No. Me refiero a tanto ensañamiento. Menos con Andrea, nos habían presentado cadáveres golpeados y maltratados (incluido el del muggle que pusieron en lugar del traidor). Pero una vez realizados los exámenes a los cadáveres, era evidente que era más una carta de presentación que una verdadera carnicería, y la mayor parte lo hicieron post - morten. Aquí no es así, se han cebado con él realmente, y ha sufrido mucho antes de morir. Puedo ver a simple vista incontables heridas producidas por los cruciatus, tiene prácticamente todos los huesos rotos, y mira qué forma tan extraña tiene este agujero en…

- Alastor –le interrumpió Dumbledore con el ceño fruncido-. A no ser que sea absolutamente necesario, por favor, ahórrate los detalles.

- Cierto, perdona, es la costumbre del trabajo. Pero sí tengo que comentarte esto. Fíjate, mira su mano derecha.

- ¿Qué ocurre con ella? –preguntó el director al tiempo que se agachaba al lado de su colega, observando el cadáver por encima-.

- Que no está. Se la han cortado y se la han llevado. ¿Por qué?

Dumbledore observó el muñón sangrante fijamente, antes de quitarse las gafas y tallarse los ojos con cansancio, y suspiró hondo.

- No lo sé. No tiene sentido. Nada de esto lo tiene –musitó con voz débil-. A los demás les mataron in situ o en el lugar donde guardaban el objeto, pero a él le han traído aquí sólo para torturarle y matarle…

- Y también están las letras que había impresas en los brazos de Tomás y Andrea, esas direcciones. Aquí hay miles de heridas, pero nada de letras ni números…

- Eso significa que no han usado la poción reveladora, o que si lo han hecho, no ha dado resultados –comentó el profesor viendo un rayo de esperanza-.

- Y que si es así, no han encontrado aún lo que tú dices que están buscando. Potter consiguió despistarles, por lo visto.

Esa certeza que parecía cada vez más posible (pues explicaría también el por qué del furioso ensañamiento), provocó una oleada de esperanza en el anciano. Eso significaba que Voldemort aún no tenía las cuatro cajas, que aún no era demasiado tarde. Claro que también planteaba otra cuestión: ¿Qué había hecho Adam con la caja restante?

OO—OO

En Hogsmeade, ignorante de la suerte de su tío, de los oscuros planes que se cernían sobre él y sobre lo expuesto que se encontraba, James disfrutaba de la compañía de su novia. Aunque había que admitir que Lily no era la mejor compañía esa tarde, pues la pelirroja estaba enfurruñada y sombría desde que habían dejado a sus amigos en Hogwarts. Ningún intento de James por distraerla había conseguido quitar su ceño fruncido hasta el momento.

Suspirando, el muchacho se dirigió a la mesa donde que esperaba la chica, cargando dos cervezas de mantequilla. Como siempre, habían recurrido al agradable ambiente de Las Tres Escobas para pasar esa fría tarde. Lily, apoyada sobre una mano con expresión enfadada, le agradeció con una mueca al tiempo que tomaba su cerveza con la otra mano.

- Lily, cambia esa cara. No puedes controlarlo todo –la dijo rompiendo el silencio, antes de tomar un gran sorbo-.

- Ya lo sé... –murmuró la pelirroja-. ¡Pero no será porque no les avisé! Le dije a Sirius que se mantuviera alejado de Grace, le dije a Grace que hablara con Kate, les avisé a ambos de que no iban a poder ocultarlo durante mucho tiempo. ¿Y alguno me hizo caso? ¡No! Y aquí tienes la solución. Todo el mundo chismoseando, Kate enterada de la peor manera y ellos dos sintiéndose fatal, evidentemente...

Resopló y tomó varios sorbos de cerveza para poder serenarse. James sonrió levemente, y la acarició el pelo con suavidad.

- ¿Sabes qué es lo peor? –continuó Lily con la mirada perdida-. Que he sido muy desagradable con Grace, y odio discutir con ella... La culpa es de Sirius –finalizó con el ceño fruncido-.

- Sabía que acabaríamos así... –murmuró James rodando los ojos-.

Su novia hizo como si no le hubiera oído, pues no quería discutir con él por ese tema. Sabía que James siempre se pondría de lado de Sirius, y le parecía preciosa la lealtad que ambos tenían; pero no estaría de más que de vez en cuando alguno de ellos intentara hacer entrar en razón al otro.

Intentando cambiar de tema, James acercó su silla a la de ella y le pasó un brazo por el hombro, acercando su cara a su cuello para aspirar su aroma.

- Aún no te he felicitado por San Valentín, Lily...

A la pelirroja estuvo apunto de escapársele una sonrisa al sentir las cosquillas en su cuello, pero se contuvo y le empujó un poco para seguir hablando.

- Kate debe estar pasándolo fatal... Debería haberme quedado y haber ido a buscarla.

- Gis y Rachel están en el colegio –le susurró James continuando con su labor de plantar varios besos en su cuello y su mejilla-. Y Padfood y Grace merecen su oportunidad de disculparse, ¿no te parece?

- ¿Crees que se atreverán a enfrentarse a ella ahora, cuando no lo han hecho antes? –preguntó ella sin colaborar en la seducción, pero inclinando el cuello para permitirle el acceso-.

- Bueno, no están en Hogsmeade, así que... –James dejó la frase sin terminar, pues besar suavemente el lóbulo de su chica le pareció más importante. Se apartó, y volvió a acercarse dándole un beso en la nariz, y la miró a los ojos-. Pero, ¿sabes que creo?

- ¿Qué?

La dio un pequeño pico en los labios y sonrió genuinamente.

- Que estamos en un lugar demasiado público para como quiero continuar la tarde...

Y Lily esa vez no pudo evitar sonreír, alejando de su mente los problemas de los demás.

OO—OO

Gisele había subido al castillo al poco de acabar el partido, realmente poco interesada en la fiesta que se había montado por la victoria. Estaba más pendiente de Rachel, que todavía no se había animado a hablar sobre quien la había atacado el día anterior y, pese a que Mary Gibbon lo negaba, ella desconfiaba especialmente del grupo de las serpientes. Estaba casi segura de que los hermanos Carrow estaban involucrados, pues lo que le habían hecho a su mejor amiga era algo que solía hacerles gracia a ellos. Ni siquiera todos los slytherins eran tan sádicos, pues, por ejemplo, Gis no podía imaginar que Snape encontrara divertido algo tan repugnante. Era una sucia serpiente sí, pero con más estilo.

En ese momento se encontraba en su habitación recogiendo varios álbumes de fotos con los que esperaba animar a Rachel, quien se había quedado en compañía de Remus. Habían hecho planes para ese día, y se sentía extraña al pensar que fuera a ver a un hombre lobo, aunque este estuviera domesticado e inofensivo.

Ya había reunido tres álbumes cuando la puerta se abrió de golpe, azotándose contra la pared, y Kate la atravesó como un torbellino hasta su cama. Cerró el dosel, y la escuchó suspirar. Las alarmas de Gisele se encendieron al percatarse de que sólo una vez la había visto de esa forma, y había sido hacía bien poco, cuando Sirius la dejó. Frunció el ceño y se dirigió a la cama de su cama, intentando abrir las cobijas, pero fue imposible. Kate las había cerrado con magia.

- ¡Kate, soy Gis, ábreme!

- No Gis, no quiero hablar con nadie ahora. Vete –insistió la voz de Kate desde dentro-.

Estaba casi segura que había llorado, su voz la delataba. Por eso siguió intentando hablar con ella, dispuesta a saber lo que había ocurrido, pero su amiga hizo oídos sordos y no la abrió aunque ella lo intentó varias veces.

- Vamos Kate, sal y cuéntame qué ha pasado. ¿Ha sido Sirius? ¿Qué ha hecho esta vez?

Le pareció escuchar un sonido desde el interior de la cama, pero como las otras veces, su amiga no respondió. En ese momento Grace llegó a la habitación, y se quedó un segundo mirando la puerta estampada contra la pared, y después a Gisele.

- ¿Has visto a Kate?

Contenta de tener una ayuda con su amiga, Gis señaló las cobijas cerradas con impotencia y abrió la boca para contestarla. Pero antes de que pudiera pronunciar una palabra, las cortinas se abrieron de golpe y Kate saltó hacia fuera con una agilidad desconocida en ella.

- ¡Tú! ¿Todavía tienes la poca decencia de venir a buscarme? ¿No me has humillado bastante?

Dio varias zancadas hacia Grace, quien la miraba con una disculpa tatuada en la cara, tan enardecida que parecía capaz de pegarla. Pero no lo hizo. Simplemente se puso a escasos centímetros de ella, mirándola a los ojos con furia. Gisele las miró a las dos con la boca abierta, sin entender ese enfrentamiento.

- He venido a pedirte disculpas y a explicártelo –dijo Grace con voz segura, aunque con un tono más bajo de lo habitual. No evitó su mirada, pero era evidente que había decidido mostrarse humilde-.

Kate se apartó de ella, llevándose una mano a la cabeza y dejando escapar una risa irónica al tiempo que daba una vuelta sobre sí misma.

- ¿Explicarme? ¿El qué? ¿Qué te has comportado como la zorra que en el fondo sabía que eras? ¿Qué mientras fingías ser mi amiga, has hecho todo lo posible hasta que me has robado el novio?

- ¡¿Qué? –exclamó Gis dando un paso adelante con expresión más que sorprendida-.

Grace hizo una mueca. No esperaba tener público cuando hablara con Kate, y mucho menos que este fuera Gis. Ahora tendría que lidiar con dos en vez de con una.

- Kate no ha sido como tú piensas...

- ¿Te has liado con Sirius? –preguntó Gis sin acabar de creérselo-.

Grace la pidió silencio con una mano mientras volvía a dirigirse a la otra chica. Esta la miraba con un odio que casi la hizo retroceder, a pesar de que ya se lo esperaba.

- Siempre me he sentido por debajo de ti, lo sabías. Todas las virtudes que te ponía todo el mundo sólo servían para que yo me diera cuenta de que al ser tan distinta a ti, no tenía nada bueno –la echó en cara Kate-.

- ¡¿Acaso yo tengo la culpa de que seas la persona más insegura del mundo? –saltó Grace sin poder evitarlo-.

Kate levantó una mano con furia para mandarla callar, y Grace lo hizo. No quería dejar escapar su genio, sabía que Kate tenía derecho a echarla en cara lo que quisiera y ella debía aguantarse si quería que la comprendiera y la perdonara.

- ¿Acaso te lo eché en cara alguna vez? –prosiguió Kate como si no la hubiera interrumpido-. ¡Sabes que sólo me importaba una cosa, sólo una! No me importaba realmente que nadie más se fijase en mí, que fuera invisible para todos, si él estaba conmigo. ¿Ni siquiera eso me pudiste dejar? ¡Has estado con un montón de tíos de la escuela! ¿Por qué no te quedaste con alguno de ellos? ¿Por qué con el único que me importaba?

Ella misma se iba enfadando más y más a medida que hablaba, de forma que, inconscientemente, avanzó varios pasos en pos suya con una agresividad tan grande que Gisele se vio obligada a intervenir pensando que podría volverse violenta por primera vez en su vida. Aunque esto fuera posible, Grace no retrocedió.

- ¡No hemos podido evitarlo, Kate! ¡Es algo que ha pasado sin que nosotros quisiéramos! –intentó hablar-.

- ¡Pues la imagen que he visto no parecía asquearos a ninguno de los dos! ¡Lleváis en esto mucho tiempo, seguramente hasta meses! ¡Y fingiste indignarte cuando me dejó, cuando en el fondo estabas deseando que lo hiciera! –Gis seguía sujetándola a pesar de la diferencia de altura. Nunca había visto a Kate tan fuera de sí, lo que la descolocó tanto que por un momento ignoró el tema que estaban tratando-.

- ¡Eso es mentira! ¡Por supuesto que me indigné! ¡Yo le dije que no te dejara, que siguiera contigo y que no te hiciera daño! Pero ya no te quería Kate, ¿qué querías que hiciera? Ninguno de los dos ha podido evitar volver a sentir todo esto.

En ese momento Kate se puso tan blanca como el mármol, abrió la boca levemente pero la volvió a cerrar sin hablar, y la miró con expresión asombrada. Grace al principio no entendió su reacción, pero cuando la chica se zafó del agarre de Gis y se encerró en el baño, se dio cuenta de lo que había dicho.

Mierda... No quería contarle sobre su relación anterior, aquello era mucho más complicado. Era mucho mejor que Kate creyera que se habían ido enamorando poco a poco, a que supiera que ya estuvieron juntos antes. Eso la haría sentirse un segundo plato, alguien que Sirius había escogido para sustituirla en su afecto. Y Grace sabía sobradamente que aquello era falso.

Dio un paso hacia la puerta del baño, dispuesta a seguir intentándolo, pero se encontró con la mirada furiosa de Gisele, quien por supuesto salió en defensa de su amiga.

- ¿Qué es todo este culebrón? –exigió saber la latina-. Y antes de que lo digas, sí hace sufrir a Kate, me incumbe a mi.

Grace suspiró, pero la contestó.

- ¿Qué quieres que te diga? Nos hemos enamorado...

- ¿De Sirius? –preguntó Gis como si la idea fuese incongruente. Grace asintió con la cabeza-. ¿Y cuánto hace que dura esto?

- No hemos estado juntos mientras él aún seguía con Kate, si es eso a lo que te refieres –dijo Grace-. Pero sabía por qué la había dejado, y eso hizo que me enfadara con él. Pero lo hablamos y...

- ¿Y habéis estado antes juntos? –cuestionó de nuevo la latina-.

- Sí –contestó la rubia algo incómoda por su brusquedad-. Bastante antes de que empezara a salir con Kate, y no creo que quisiese estar con ella por despecho. De hecho, durante mucho tiempo estaba convencida de que me había olvidado. Con ella parecía estar tan bien...

Miró a Gis con una disculpa en la cara, intentando también redimirse a sus ojos, pero esta parecía muy dura, y la devolvió una mirada feroz.

- Dime la verdad –exigió-. ¿Has tenido algo con él mientras aún estaba con Kate?

A Grace la hubiera gustado contestar que no, pero los dos encuentros que tuvo con él, el primero más inconsciente que el segundo, la taladraban la memoria forzándola a decir la verdad. Cerró los ojos y asintió pesadamente con la cabeza. Escuchó a Gis suspirar con fuerza.

- ¿Sabes? Debería dejar que Kate te arrancara los ojos–la dijo con una voz tan dura que parecía impropia de ella, y que jamás había utilizado con ninguna de sus amigas-. Pero, ¿cómo te vas a mirar al espejo en el futuro?

Fue un golpe bajo, y a Grace le dolió más que cualquier daño físico, pero es que Gisele sabía muy bien donde daba. La miró con asco varios segundos, mientras Grace sentía que las piernas la fallaban.

- Por favor Gis. Sólo quiero hablar con ella y explicárselo. ¿No te ha pasado nunca que te has enganchado tanto con un chico que nada, ni siquiera tu propia conciencia, puede conseguir que te alejes de él?

Fue un comentario hecho a la desesperada, pero por lo visto funcionó porque algo cambió en la mirada de Gisele. Se notaba más consternada que enfadada, y la miró varias veces dubitativa, y después suspiró. Alzó la mano apretada en un puño y llamó a la puerta del baño.

- Kate, soy yo. Déjame entrar, por favor.

Al contrario que las veces anteriores, Kate la dejó pasar, abriendo la puerta. Ambas escucharon el pestillo, y Gis se volvió hacia Grace antes de entrar.

- La convenceré para que hable contigo, pero si haces algún comentario fuera de lugar, seré yo quien te destroce esa bonita cara. No te mereces ninguna oportunidad, así que agradécemelo.

OO—OO

- Rach, por favor, no empieces de nuevo…

Remus estaba de nuevo discutiendo con su novia el mismo tema con el que llevaban dos días. Ella pretendía esconderse y no quería que le vieran la cara, cosa comprensible cuando aún se podían leer fácilmente las palabras que la habían tatuado. Pero para él era excesivo que ella metiera la cabeza bajo la almohada y pretendiera echarlo de la habitación. No podía consentir que se recluyera de esa manera.

- Vamos, Gis vuelve ahora y podemos hacer lo que tú quieras.

- ¿Por qué no simplemente vosotros dos os vais? –preguntó Rachel con voz apagada aún debajo de la almohada-.

- Porque no pienso dejar que me eches de esa forma.

Remus sonreía con paciencia mientras intentaba convencerla, y esa última frase consiguió que la muchacha sacara un ojo para mirarle. Después pareció pensarlo mejor, pues volvió a cubrirse la cabeza.

- Te juro que se te ha borrado mucho –la mintió-. Y en pocos días se curará del todo. Pero déjame verte. Echo de menos tu cara.

- Esto no es mi cara, es una pizarra –protestó testaruda-.

Remus estuvo a punto de soltar una carcajada, pero se contuvo pues sabía que Rachel no había pretendido ser graciosa. De hecho tampoco era una chica de sentido del humor muy acentuado, por lo que la mayor parte de los comentarios cómicos los decía sin percatarse de que lo eran, y mucho menos pretendiéndolo.

- Nunca volveré a tener la cara bien. Ya oíste a Pomfrey.

- Dijo que te lo curaría –la recordó-.

- No, eso fue después. Su primera reacción fue cuando dijo que no sabría si podría quitarlo todo. Y si me quedo con esa palabra en la cara no quiero volver a salir a la calle nunca más.

Remus suspiró, sin saber qué decir exactamente pues comprendía perfectamente el dolor y el miedo de su novia.

- Rachel, mírame –la pidió con voz más seria. Tanto, que tras dudarlo unos segundos, ella quitó la almohada de encima de su cabeza. Él ni siquiera desvió la mirada hacia las horribles heridas que aún estaban algo abiertas. La miró directamente a sus grandes ojos castaños-. Esa palabra nunca va a estar ni siquiera cerca de ti, porque no tiene nada que ver contigo. Los impuros son aquellos que te hicieron esto, que están corrompidos y no tienen alma. Así que no quiero que te acomplejes porque todo el mundo sabe que si la pureza se reencarnara en persona, te elegiría a ti para contenerla en tu interior.

Hasta él mismo captó lo profundo de lo que había dicho, pero le encantó en ese momento tener su vena filosófica, pues algo diferente brilló en los ojos de Rachel. Era otro sentimiento, pero también eran lágrimas que volvían de nuevo a emerger. Rachel estrechó su cuello entre sus brazos y enterró su cara en su hombro, soltando un fuerte sollozo. Aunque seguía triste, al menos ya no se escondía de él.

Tras varios minutos consolándola, la palmeó la espalda y preguntó:

- ¿Sigues queriendo que me vaya? Puedo pasar la luna llena solo en la Casa de los Gritos si quieres…

La respuesta de Rachel fue apretar más su abrazo.

OO—OO

Tras dos horas intentando ponerse en contacto con Charlus Potter y no tener resultado, Dumbledore decidió ir hasta la mansión donde residía la familia. Aunque le hubiera gustado postergar el momento un día más, sabía que alguien de esa posición descubriría pronto lo que había pasado con su hermano, y prefería que fuera por él. Sin embargo estaba incómodo; temía un enfrentamiento parecido al que había tenido con Alec Stone unos días atrás. Al fin y al cabo, Charlus tampoco estaba cómodo con que Adam fuera integrante de la Orden del Fénix, se lo había dejado claro cuando este había sido herido.

Suspiró mientras cerraba la puerta del cuartel, y se puso el sombrero mientras iba bajando por las escaleras. Tenía planeado aparecerse en la frontera de la finca de los Potter, y llamar directamente a la puerta de la mansión. De hecho, había muy pocas posibilidades de entrar en esta si no era con invitación. La seguridad se extendía únicamente a los habitantes de la casa.

Ya iba caminando por la calle, buscando un rincón para desaparecerse cuando Alastor Moody llegó hasta él con expresión urgente.

- Tenemos que hablar –le dijo con prisa-.

- ¿No puede esperar? Voy en dirección a la mansión Potter a informarles de que hemos encontrado a Adam.

La respuesta del auror fue sombría.

- Te acompaño. Lo que tengo que comentarte está relacionado con ellos, y quiero asegurarme de que no hay problemas allí.

Dumbledore tuvo la tentación de detenerse a interrogar a su amigo, ahora que este había captado su atención. Sin embargo, siendo consciente de que este tenía prisa y que por ello el tema debía ser urgente, se dirigió a uno de los callejones y ambos se aparecieron en aquella finca de Hertfordshire.

La gran casa coronaba una colina de un extenso terreno, y las luces anaranjada de la tarde que iba apagándose la hacían parecer triste y desierta. De hecho, parecía estarlo a juzgar por la ausencia de iluminación y movimiento que se percibía en los alrededores. Esto no habría sido de extrañar dado el mal tiempo, pero que la chimenea no estuviera prendida y las luces encendidas sí que era extraño.

- Bien, cuéntame, ¿qué ocurre? –preguntó el anciano con urgencia-.

Moody observó toda la mansión una vez más con el ceño fruncido, antes de volverse hacia su colega con rostro preocupado.

- He estado investigando con mis chicos y algunos aurores alemanes. Y uno de estos me ha sugerido una explicación del por qué le han podido cortar la mano a Potter, que puede resultar lógica y alarmante al mismo tiempo.

- ¿Cuál es?

- Que quieran utilizarla para burlar alguna seguridad. No se me había ocurrido, pero tiene mucha lógica, pues muchos de nuestros artefactos de seguridad requieren huellas dactilares.

- Pero si quisieran entrar en su cámara de Gringotts, por ejemplo como hicieron con Tomás y Cora, le precisarían vivo. Los duendes no dejan entrar a nadie en una cámara que no sea su legítimo dueño, por lo que poco les serviría cortarle una mano –argumentó Dumbledore. Después se detuvo pensativo-. A no ser que... poción multijugos...

La idea era lógica, pero Moody ya estaba negando con la cabeza.

- He comprobado Gringotts. Todo está en orden, nadie ha intentado acceder. Y, de todas formas, tienen orden de que si alguien aparece en nombre de Adam Potter deben llamar al Departamento de Aurores, por lo que yo no me preocuparía de ello. De hecho, mis sospechas caen hacia otro lado.

Y Dumbledore sintió que se le cerraba un nudo en el estómago al compartir dichas sospechas. Se volvió a mirar la oscura mansión, mientras Moody se dirigía hacia un lateral de la gran valla de hierro que cerraba las murallas. Parecía que no hubiera nadie en casa, desde luego.

- Mira, ¿lo ves? Un identificador de huellas –indicó Moody señalándole un extraño aparato prácticamente oculto a la vista. El auror había tenido que buscar mucho para dar con él-. Será mejor que llamemos a la casa. Si están allí sería bueno advertirles y encontrarles un refugio hasta que restablezcan la seguridad.

Y así lo hicieron pero, como había ocurrido con los demás intentos de Dumbledore, no obtuvieron ningún tipo de respuesta. La casa no sólo parecía desierta, sino que verdaderamente lo estaba.

- ¿Es posible que hayan salido de viaje? –inquirió Moody pensativo-. A primera vista no parece que haya habido ningún tipo de irrupción indeseada.

- No lo creo –contestó el anciano-. No son personas que se prodiguen en vida social, y la anciana señora Potter ya es muy mayor para viajar.

- Quizá un viaje más permanente... –pensó el auror en voz alta-. Adam había salido del país, quizá pensó en advertirle a su hermano que era un objetivo y la familia decidió tomar medidas. En ese caso sería lógico que no lo supieras, Albus. Preferirían hacerlo con discreción y, por lo tanto, ya no sería necesaria nuestra advertencia.

El director negó con la cabeza mientras fruncía el ceño. Todo aquello le sonaba muy raro.

- Sería lógico, Alastor. Pero dudo que haya ocurrido algo así. Su hijo, o mejor dicho, sus dos hijos aún están en Hogwarts, y conociendo a Charlus y a Dorea sé que no se irían del país sin ellos –suspiró-. No, me temo que hayan podido adelantársenos... ¿Puedes conseguir una orden para acceder a la casa hoy mismo?

- Incluso en unos minutos si es necesario.

- Bien, hazlo. Todo esto me da muy mala espina...

OO—OO

La chica bajó del solitario carruaje que la había llevado a Hogsmeade, y miró a su alrededor preocupada. Había sido un presentimiento de último momento lo que la había llevado al pueblo, y aunque su promesa y su instinto le empujaban a volver hacia Hogwarts, se adentró en el centro del pueblo mirando a su alrededor, buscándole.

Estaba preocupada, ¿cómo no iba a estarlo? Su amigo se había comportado de una forma tan extraña, parecía afligido e inseguro. Sólo una vez le había visto casi tan alterado como ese día, y en aquel momento había sabido controlar mejor sus emociones y engañarla. Por eso supo que estaba metido en un problema gordo, y ella quería estar allí para ayudarle aunque él no quisiera, sin contar con su propia curiosidad que siempre la invadía.

Al fin y al cabo, él era una de las personas que más le importaba y consideraba que ya había recibido demasiados problemas en su vida. Le apreciaba, quizá más incluso de lo que creía, y por ello quería ayudarle. Llevaba un tiempo con esa naturaleza de emociones dentro de sí, aunque no se hubiera detenido a analizarlas.

Por eso Sadie decidió que no saldría de Hogsmeade hasta que hubiera localizado a Regulus, y adivinara qué le alteraba tanto.

OO—OO

Hogwarts se había quedado prácticamente desierto después que la mayoría de los carruajes hubieran partido hacia Hogsmeade. Sólo quedaba una última tanda que partiría en pocos minutos, y en la que irían los amigos de Nicole. Esta estaba consciente, y estaba terminando de ser curada por madame Pomfrey, pero debería pasar un par de días en la enfermería. Sus amigos, al verla bien, decidieron pasar la tarde en Hogsmeade tal y como tenían planeado en un principio.

Sólo Jeff se quedó a su lado, aunque la muchacha pronto decidió que su novio no era la mejor compañía ese día. Mientras Pomfrey la acababa de recomponer los huesos de la pierna rota, ella miraba a Jeff de reojo, pero él parecía decidido a no mirarla. Estaba sentado muy tieso en la silla, observando con demasiado interés las cortinas que separaban su cama de la vecina, y con los labios fruncidos. Estaba enfadado, era evidente, pero ella seguía sin explicarse qué podía haber ocurrido.

- Bien señorita, esto ya está –dijo madame Pomfrey incorporándose y dando un último toque con su varita a su pierna, haciendo que aparecieran una escayola que la inmovilizó-. Tómate esto para el dolor, y hazte a la idea de que estarás dos días aquí, así que no empieces a quejarte.

Lo cierto es que no había sido una buena paciente en navidades, cuando había tenido que pasar una semana en la enfermería por su gripe. Nicole no era de esas personas que sabía estarse quieta en un mismo lugar durante mucho tiempo. Pomfrey le dio una poción para el dolor, y se marchó en dirección a su despacho, aunque antes de perderse de vista se volvió hacia ella con el ceño fruncido.

- Y no vuelvas a hacer la barbaridad que has cometido hoy. Cuando me lo contaron creí que se me saldría el corazón por la boca.

La muchacha contuvo la expresión mientras la enfermera la miró regañándola, pero cuando esta estuvo lo bastante lejos soltó una risita divertida. Después decidió que era tiempo de saber qué demonios le pasaba a Jeff, y se acomodó como pudo sobre la camilla.

- ¿Y a ti qué te pasa? –le preguntó mirando su expresión adusta y sus labios fruncidos-.

Jeff ni siquiera se movió, como si no la hubiera oído.

- Jeff –le llamó, esperando despertarle de su ensoñación. Sin embargo él seguía imperturbable-. ¡Jeff!

Nada, que el chico no quería hablarle. Por lo tanto, era evidente que su enfado era con ella. El motivo ya se escapaba más a su entender.

- ¿Estás enfadado? –le preguntó sabiendo la respuesta-. ¿Qué ha pasado? ¿Has discutido con alguien?

Jeff sí que se movió, aunque fue más bien para cambiar el peso de su cuerpo de un pie a otro. La que se estaba empezando a enfadar era ella. Como no la hiciera caso pronto, acabaría estampándole la escayola en la cabeza sin importarle si se hacía daño en la pierna o no. ¡Menuda era ella!

- ¡Oye! ¿Quieres contarme qué te pasa?

Su tono llamó la atención de Jeff que no pudo seguir haciendo oídos sordos. Sin embargo, la miró como si hubiera perdido un tornillo. Y ella sabía que el golpe se lo había dado en la pierna, no en la cabeza.

- ¿Que qué me pasa? –preguntó Jeff-. ¿Me estás preguntando qué me pasa? ¿No te lo sospechas ni un poquito?

- Pues no –espetó Nicole-. Y como no me lo digas pronto me voy a enfadar yo de verdad, porque es un incordio tenerte al lado con esa cara de besugo y sin hablar, para el colmo.

- ¡Piensa un poco! –exclamó él sin levantar la voz-. ¡Te has tirado de la escoba, en caída libre, desde diez metros de altura! ¿Tienes idea del susto que nos has dado a todos? ¡Se me puso el corazón en un puño! ¡Podrías haberte matado!

- Qué exagerado –respondió ella rodando los ojos ahora que sabía los absurdos motivos de su enfado-. Romperme la pierna sí –dijo golpeándose levemente la extremidad rota-. Pero matarme no. Además, si no lo hubiera hecho, nos habrían atrapado la snitch. James me ha enseñado mucho y mi escoba es buena, pero esa maldita Hufflepuff sabe lo que se hace y me estaba empezando a adelantar en el sprint.

- ¡A tomar por saco el quidditch! ¿Ni siquiera te das cuenta de lo que podía haber pasado?

Nicole resopló.

- De acuerdo, podía haberme roto las dos piernas –concedió sin darle demasiada importancia-.

Le llegó el turno a Jeff de resoplar, y volvió a adquirir su antigua postura pasiva. Nicole frunció el ceño al ver su reacción.

- ¿Así que vas a dejar de hablarme?

- Sí. Hasta que no se te meta en la cabeza lo peligrosa que ha sido tu forma de actuar, no pienso volver a hablarte.

- Bien. Pues no lo hagas –exclamó Nicole orgullosa-.

Sin embargo, como ella no podía moverse de la cama y él no quería marcharse de su lado, ambos se quedaron allí, el uno junto al otro, con los brazos cruzados y sus ceños fruncidos dirigidos cada uno hacia una parte distinta de la habitación. Sin duda, sería una tarde bastante aburrida para ambos.

OO—OO

En ese mismo momento, James y Lily caminaban abrazados por las calles de Hogsmeade que estaban comenzando a llenarse de estudiantes. Hacía pocos minutos que había empezado a nevar, y eso había hecho bajar considerablemente la temperatura. El vaho salía de sus bocas cada vez que respiraban, dando muestra de que se estaban acercando peligrosamente a los cero grados. Por eso no pensaban permanecer mucho tiempo en la calle.

- ¿Crees que tengo estilo, Lils? –preguntó James de nuevo creando vaho con su boca-. Creo que debería empezar a fumar...

Lily se rió, sujetándose más fuerte a su brazo cuando un escalofrío le recorrió la espalda.

- Yo creo que con el humo del cigarrillo se te empañarían las gafas –se burló divertida-.

James la miró haciéndose el ofendido, y al observarla durante dos segundos, se echó a reír.

- Pues tu nariz tiene ahora el mismo color que tu pelo. ¿Cómo decías que se llamaba ese ciervo con la nariz roja?

- ¡Es un reno! –le contestó ella frunciendo el ceño por su risa-. Déjalo, los magos no entendéis la Navidad.

- ¡Claro que la entendemos, señorita muggle! –se burló James-. Sólo porque no tenemos un abuelo vestido de rojo que nos da los regalos, no significa que no entendamos la Navidad. Es una época para pasar frío, comer dulces y, sobre todo, gastar galeones.

Lily se echó a reír dando el tema por zanjado, y observó el letrero del local al que se dirigían. Después miró a su novio con lo que intentó ser una mirada indiferente.

- No tienes que regalarme nada.

- ¡Claro que sí! Gasté todas mis ideas en tu cumpleaños, así que si quieres una pluma, te la compro yo. Tú me has regalado algo y yo no.

- No te ha gustado –le dijo amargamente-.

- ¡Claro que me ha gustado! –mintió James. Una agenda para apuntar todos sus calendarios de clases, rondas de prefectos y entrenamientos de quidditch no era lo que él habría elegido para San Valentín, pero tampoco tenía por qué decírselo a ella-. Es muy práctico. Venga, vamos.

Contenta de, al menos, haber tenido su momento remolón para que James no la creyera materialista, Lily le agarró de la mano y tiró de él dentro de la tienda 'La Casa de las Plumas'. La pelirroja no tardó mucho en empezar a mirar los distintos objetos de diferentes formas y colores, con emoción. Le encantaba coleccionar plumas; era una de las cosas que más le habían gustado siempre del mundo mágico. En el mundo muggle aquello se remontaba a tiempos muy pasados, pero los magos seguían conservándolas, aún viviendo en esa parte del pasado. Le parecía una idea romántica.

James la seguía por las estanterías, mirándola divertido, hasta que algo atrajo su atención. Había bastantes personas en la calle desafiando al frío, pero la mayoría corría de un lado para otro tratando de espantarlo. Sólo una figura no lo hacía, pues caminaba lentamente, observando mucho los escaparates. Seguramente más de lo que le interesaba.

-James, ¿me escuchas? –le estaba hablando Lily-.

- ¿Si? –el muchacho intentó prestarle atención a su novia como si no hubiera visto a Sirius. No quería que ambos se pusieran a discutir de nuevo, su mejor amigo había estado verdaderamente cerca de ser muy desagradable con Lily hacía un rato-.

- ¿Qué mirabas?

Claro que no contaba con la curiosidad innata de su pelirroja. Dejó apoyada la pluma que pensaba enseñarle y se acercó al cristal para poder ver qué había atraído la atención de su chico, y su expresión cambió cuando vio a Sirius moverse con parsimonia por la plaza.

- Lily, por favor, déjalo. Antes ha estado a punto de armarse una buena y...

Ella levantó una mano sin dejar continuar al pobre James que veía que acabaría encontrándose en medio de una pelea épica. Su problema era que tanto Lily como Sirius eran dos personas muy burras, y cuando se les metía algo entre ceja y ceja...

- No soy idiota, ya sé que la expresión que puso antes no pronosticaba nada nuevo –suspiró y le miró con cara de niña buena-. Bien, tienes dos opciones: Una es dejarle que se pasee él solito durante toda la tarde y se congele el trasero, y otra que le invites a estar con nosotros para que al menos esté entretenido ya que, supongo, Grace ha tenido más narices de enfrentarse a Kate que él.

James la miró con los ojos entrecerrados, intentando averiguar su reacción si verdaderamente se decidía a ir a buscar a su mejor amigo.

- ¿Me prometes que te morderás la lengua y no comentarás nada más? –la preguntó. La pelirroja resopló y él insistió-. ¿Lily?

- Está bien... Me callaré mi opinión para más adelante –respondió rodando los ojos-.

Al menos se ganó una bonita sonrisa de James y un pequeño beso antes de que el merodeador saltara a la calle para interceptar a su amigo. Ella suspiró, viendo cómo el chico le pasaba la mano por el hombro y le sobresaltaba, y cómo ambos compartían un pequeño abrazo. Desde luego ella no sería capaz de hacer enfadar a dos amigos así por su opinión con el tema de Grace y Sirius. James se pondría de su parte si Sirius dejaba escapar ese genio diabólico que pocas veces dejaba salir, y sería injusto que discutieran por ella. Volvió a suspirar, y en apenas unos segundos se encontró a sí misma apretándose la bufanda al cuello y cruzando la calle para unirse a los dos muchachos.

James la recibió con una sonrisa y Sirius con una mirada cautelosa, aún con la sombra del mal humor que había estado a punto de inundarle una hora antes. Algo que Lily tenía claro era que Sirius tenía una parte oscura que contenía casi todo el tiempo; tal vez le vendría de familia.

- ¿Cómo estás Sirius? –le preguntó con voz tranquila dejando claro que no pensaba volver a meterse en el tema-.

Pronto él la sonrió, aunque no con la misma intensidad de siempre. Evidentemente, lo sucedido le había afectado al menos un poco.

- Bien... Le decía a Prongs que Grace me pidió que la dejara hablar a ella sola con Kate hoy. Por eso estoy aquí...

Lily sólo asintió, guardándose su opinión, que era variada. De reojo vio la mirada cautelosa de James y tuvo ganas de rodar los ojos. ¿De verdad se creía que iba a gritar a su amigo delante de todo Hogsmeade? Ya habían montado bastante espectáculo por ese día, y era consciente de que la gente les miraba. Corrección: Miraban a Sirius. Suspiró, y miró al chico con una sonrisa amable.

- Estábamos en la tienda eligiendo mi regalo de San Valentín, y después James insistía en que fuéramos a Cabeza de Puerco a tomar algo –añadió como si la idea no tuviera ni pies ni cabeza-. ¿Por qué no nos acompañas?

James sonrió más ampliamente, y Sirius pareció dudar antes de aceptar la invitación. Los tres entraron a la tienda de nuevo, pero el chico parecía que no era capaz de controlar su humor ni en momentos bajos, porque preguntó como que no quiere la cosa:

- Que pase el día de San Valentín con vosotros no nos convierte en una especie de trío, ¿verdad?

Lily, que estaba mirando una estantería de espaldas a ellos, reprimió una risa mientras James dejaba escapar una gran carcajada.

OO—OO

Los últimos carruajes habían salido de Hogwarts hacia Hogsmeade, llevando en uno de ellos a tres personas inesperadas. Iban acompañadas de otros dos niños más pequeños, por lo que la discusión se había postergado para más tarde. Gisele estaba encantada de que hubieran cesado los gritos, pues tanto alboroto le había levantado dolor de cabeza. A su lado, Kate estaba realmente enfadada, y enfrente de ellas Grace estaba inusualmente silenciosa y seria.

- Te dije que no quería ir a Hogsmeade –le susurró Kate a Gis fulminándola con la mirada-. Todo el mundo sabe ya lo que ha pasado, y me miraran con una cara que... ¡no pienso dejar que me tengan lástima!

- Y yo no pienso dejar que sigas destruyendo cosas mías –le contestó su amiga en el mismo tono devolviéndole la mirada-. No estoy acostumbrada a hacer de mediadora, pero pensé que tú en concreto te contendrías un poco. ¡Mi cama ha explotado, Kate! ¡Y casi quemas a mi gato!

Ambas guardaron unos segundos de silencio cuando la subida de tono de la latina llamó la atención de Grace y los otros dos ocupantes. Después, Kate suspiró y retomó la palabra.

- Ya te dije que lo siento. Pretendía darle a ella.

- ¿Qué pensabas hacer, matarla? –ironizó la latina-. Y no, no hace falta que lo repitas. Ya sé lo que te ha hecho, y te recuerdo que estoy de tu lado. Pero si Grace quiere que la escuches antes de matarla, al menos me encargaré de que lo hagáis en un lugar donde no podáis seguir destruyendo cosas mías.

- No volveré a sacar la varita –le prometió su amiga entre dientes-.

- Ya lo sé. Pero para asegurarme, no te la devolveré hasta que volvamos al colegio –le prometió, pues ya se la había requisado después de que el hechizo que iba hacia Grace diera diana en su cama y esta volara por los aires. El gato de Gisele, que dormía sobre esta, saltó ágilmente justo a tiempo para evitar chamuscarse-. Si esa rubia se pasa de lista ya la hechizaré yo. Recuerda que somos dos contra una.

- Sí, pero tú recuerda que ella es una zorra que sabe manipular muy bien a la gente.

Kate dijo esta última frase en voz alta asegurándose de que Grace la oía. La rubia apartó la vista del camino y la fulminó con la mirada, abriendo la boca para responder, seguramente con alguna palabra hiriente pues, aunque había intentado aclarar las cosas, su paciencia tenía un límite. Y la de Grace no era grande. Sin embargo, Gis volvió a hablar antes.

- Dejad la discusión hasta que nos hayamos separado de los niños; no hay por qué dejarles traumatizados.

De hecho los dos niños las miraban más curiosos que atemorizados, pero al recordar que tenían público, tanto Grace como Kate se callaron. Gisele suspiró.

- Bien. Así podremos retrasar esto hasta que tenga en mis manos mi primer whisky de fuego legal, y quizá con un poco de alcohol esto se haga más llevadero...

Kate bufó y Grace directamente apartó la vista de las dos amigas, aguantándose las ganas de rodar los ojos. Miró por la ventanilla y empezó a ver los primeros tejados de las casas de Hogsmeade. Estupendo. Ella quería hablar con Kate en privado, y aquello acabaría convirtiéndose en un espectáculo público por culpa de Gisele. Esperaba, al menos, no coincidir con Sirius cuando corriera la sangre.

OO—OO

En la biblioteca, Peter estaba cada vez más convencido de que ahí había gato encerrado. El hecho de que fuera más lento para algunas cosas no le convertía en un retrasado, y él sabía perfectamente que ya habían buscado información en esos libros, y casi podía recitarla de memoria de tanto que los habían consultado. Además, el hecho de que Mulciber y Snape no estuviesen allí, aunque relajaba el ambiente, le hacía ver que aquello no era normal ni lógico. Luego estaba Mary. Su rostro estaba tranquilo e imperturbable como siempre, con su expresión tan Slytherin que le hacía preguntarse por qué se llevaba bien con ella. Sin embargo, no estaba en absoluto pendiente de los libros que supuestamente consultaba, sino que miraba a un lado u otro de la biblioteca y a la puerta de entrada con insistencia.

Por no añadir que, paradójicamente, los que podía reconocer que se habían quedado en Hogwarts y estaban allí, él sabía que eran amigos de Mary. ¿Qué la pasaba a esa chica? ¿Organizaba una reunión con sus amigos y les aguaba sus planes de pasar el día en Hogsmeade? Porque eso había hecho con él. Tenía pensada una divertida visita a Zonko, tras la cual pararía en Las Tres Escobas para ponerse junto a un grupo de chicas y poner cara de merodeador abandonado. Así le invitarían a tomar algo con ellas y de paso intentarían sonsacarle cosas de James y Sirius. Era un truco algo cutre si lo comparaba a los de sus amigos (los cuales tenían mejores resultados, evidentemente), pero era su mejor baza, y alguna chica ya había caído en ella.

Sin embargo, en esa biblioteca, enterrado en libros viejos y haciendo una tarea que sabía que ya estaba hecha, no estaba cumpliendo sus expectativas de un sábado por la tarde.

- Mary, no sé qué bicho te ha picado, pero todo esto lo tenemos. Y yo quiero ir a Hogsmeade –dijo frunciendo el ceño-.

Su amiga le prestó entonces toda su atención, mirándole como si estuviera loco y le acercó otro libro.

- Te dije que se traspapelaron hojas. Mira aquí.

Peter suspiró, sin saber si creerse esa estupidez. Si eso había ocurrido, ¿dónde estaban Mulciber y Snape? Pero no lo preguntó en voz alta, pues sabía que Mary le ignoraría como había hecho las tres veces anteriores que se lo había preguntado.

- Mira, son las cuatro. Tenemos toda la tarde. ¿Por qué no vamos a tomar una cerveza de mantequilla y en una hora volvemos aquí y terminamos el trabajo? Yo te invito.

Mary, que había vuelto a mirar a otra mesa donde se encontraban más amigos suyos, ignoró esa invitación y arrastró hacia él un pesado libro que debía medir cerca de un metro de longitud.

- Aquí creo que no miramos bien. Dale una ojeada al capítulo 23.

Peter resopló, dándose por vencido. Era un rehén esa tarde, y cuanto antes lo asumiera mejor. Lanzándole a su amiga una mala mirada, abrió el pesado libro, el cual expulsó una buena cantidad de polvo que le hizo toser, e hizo lo que ella le pedía.

Mary seguía más pendiente de sus amigos que de la excusa para retener a Peter. Había conseguido convencer a una buena parte de ellos de que no fuera a Hogsmeade, aunque había tenido que emplearse a fondo. Con nadie más tenía la excusa que tenía con Peter, y mucho menos eran tan ingenuos como él. Algunos habían sospechado, pero no por nada ella tenía la astucia de Slytherin. Al fin y al cabo, ¿de qué podían acusarla? ¿De oír una conversación a medias y asustarse por lo que podría ocurrir? No sabía qué iba a pasar, pero por lo que había oído de sus compañeros sería algo gordo.

Miró la hora, dándose cuenta de que Peter tenía razón y eran las cuatro en punto. Se preguntó si esa distracción, significara lo que significara, ya había comenzado por las calles de Hogsmeade.

OO—OO

Eran, efectivamente, las cuatro en punto de la tarde cuando un grupo de alumnos de tercer curso, que recién comenzaban a averiguar los secretos de Hogsmeade, doblaron una esquina esperando encontrar una tienda o bar que no hubieran visto en su anterior visita. La calle a la que dieron estaba desierta, sólo daba a la parte de atrás de algunos comercios y la lluvia que había caído por la mañana caía en riadas por las cuestas que bajaban del bosque.

- Aquí no hay nada, vamos a Las Tres Escobas –se quejó uno de los niños mientras su hermana melliza miraba las lindes del bosque, apreciando la belleza del invierno en la naturaleza-.

- ¿Por qué crees que no se podrá entrar allí? –preguntó la niña anhelante, encontrando el lugar más hermoso por estar prohibido-.

- ¿Yo qué sé? Vámonos…

El resto del grupo ya había dado media vuelta, volviendo a internarse en el bullicio que atravesaba el pueblo a pesar del mal tiempo, y el niño se dispuso a seguirles cuando escuchó un sonido ahogado que había emitido su hermana. Cansado de sus distracciones se dio media vuelta para hacerla regresar, cuando vio lo que ella había observado, y su sangre se heló.

En lo alto de la colina que separaba el bosque del pueblo habían comenzado a aparecer varias personas, cada vez más, hasta convertirse en decenas. Llevaban capas oscuras y máscaras blancas que ocultaban sus rostros y su pelo. Ellos nunca habían visto a ninguno en persona, pero habían leído el periódico suficiente para reconocer a un mortífago cuando lo tenían delante. Y tenían a decenas de ellos, tal vez un centenar, observando con una horrible calma el pueblo que se extendía bajo sus pies.

No les habían visto, pero si se quedaban allí pronto lo harían. Y los niños sólo querían poner tierra por medio de ellos y esos asesinos. Él cogió la mano de su hermana con urgencia y tiró de ella hasta que ambos echaron a correr al interior del pueblo.

- ¡Vámonos al colegio! –exclamó la niña con los ojos dilatados de miedo-.

- Sí, pero tenemos que avisar a la gente de que están aquí. No puede pasar lo mismo que en Londres.

Aunque ninguno de ellos estuvo en ese ataque y nadie de su familia o amigos se había visto afectado por él, lo ocurrido en el Callejón Diagon hacía poco más de un mes aún encogía el corazón de todos los magos del bien. Con la necesidad de darse prisa por avisar y desaparecer de aquel lugar, el niño se dirigió hacia el primer adulto que vio, sin soltar ni por un momento la mano de su hermana.

- ¡Señor, señor! –gritó hasta que le tuvo cerca y pudo ver que era el dueño de una de las tiendas de material escolar que habían visitado ya. El hombre portaba un pesada caja y le miró entre confundido y molesto por hacerle perder el tiempo-. ¡Hay mortífagos en el pueblo!

Se ganó la atención del hombre, pero no la esperada pues este compuso una molesta mueca y le regañó:

- No se bromean con esas cosas, muchacho. Bastantes desgracias ocurren todos los días para que vosotros inventéis chistes.

- ¡Pero están aquí! Los hemos visto en el bosque, eran muchos y parecía que iban a venir hacia aquí.

- Llevaban capas negras y máscaras blancas –añadió su hermana como si la descripción ayudara a que los creyera-.

El hombro frunció el ceño y abrió la boca para contestarlos, cuando un rayo salió de la nada e hizo explotar un puesto ambulante con comida caliente que había colocado fuera del salón de Madame Tudipié. Hubo algunos gritos de sorpresa, pero la mayoría de la gente miró en varias direcciones confundidos, sin saber de dónde había salido el rayo.

El hombre al que el niño intentaba convencer dio unos pasos hacia delante intentando ver mejor, y los hermanos dieron varios pasos hacia atrás deseando poder llegar a tiempo a los carruajes. Habían perdido de vista al resto de sus amigos.

De repente se rebeló el caos. Decenas de mortífagos irrumpieron en el centro del pueblo, gritando consignas de guerra y enarbolando sus varitas con furia. Las primeras víctimas cayeron víctimas de la sorpresa, y los demás comenzaron a gritar aterrorizados y a correr a todas partes, llevándose a los más pequeños por delante sin darse cuenta. Todos querían alejarse de las varitas de esos asesinos.

Los mortífagos más jóvenes, aquellos que nunca habían participado en una batalla, se quedaron de pie observando a sus compañeros, sin saber cómo y con quién empezar, y sintiendo que las máscaras les pesaban demasiado, algo igual que la responsabilidad que llevarían sobre sus hombros a partir de ese día. Regulus miró una vez en derredor, descubriendo que todo era muy distinto y menos noble y valeroso de como lo había imaginado al principio. Observó a su prima Bellatrix, fría y calculadora, perpetrando su primer asesinato de la tarde. Su indiferencia hacia aquel acto le dejó pasmado, pues aunque defendía que unas pocas muertes por el bien mayor eran lícitas, sabía que si debía perpetrar una no sería con gusto propio. Pero Bellatrix sí parecía disfrutar.

Como él, Snape miraba todo el espectáculo con un asqueo que iba creciendo por momentos. Aquello no era una batalla, era una masacre. No había aurores en ningún momento, todas las víctimas eran civiles. ¿Dónde quedaban las nobles luchas por los derechos de los magos? Matar a comerciantes y niños no le parecía en absoluto útil para la causa. Aunque sí sentía una especial impaciencia porque apareciera Potter por allí, por ser él el primero en verle. Quería tener un trozo de venganza antes de que los demás le pusieran las manos encima.

- ¡¿Qué hacéis ahí parados? –gritó uno de los mortífagos a su paso, cuya voz Severus no reconoció-. ¡Atacad! ¡Vamos, atacad!

Sólo entonces Severus se dio cuenta de que se había quedado detenido e inmóvil en medio de la calle. Pero no era el único, porque cerca de él otra figura joven observaba alucinada su alrededor. Sin duda, ninguno estaba preparado para participar en algo así todavía.

Los pequeños hermanos que habían visto en primer lugar a los mortífagos encontraron una forma de escapar de aquel lugar, y era colándose por medio de toda la batalla. Era arriesgado, pero aún eran tan bajitos que podían pasar desapercibidos. Al pasar junto a dos figuras inmóviles, el niño apretó la mano de su hermana temiendo que les cerraran el paso y les atacaran, pero no lo hicieron. Daba igual, los dos niños no pensaban soltarse por nada del mundo, ni cuando hubieran llegado por fin a Hogwarts.

OO—OO

La zona donde se detenían los carruajes estaba algo alejada del centro del pueblo, que se estaba empezando a convertir en una batalla campal de la que los habitantes y visitantes se daban cuenta poco a poco. Los primeros estudiantes en saber lo que ocurría ya se dirigían hacia el lugar, buscando escapar en uno de los carros de vuelta a la seguridad del castillo. Ninguno esperaba que los mortífagos atacaran nunca tan cerca de Hogwarts.

De lejos, aún sin haber llegado al lugar, el último carruaje que había partido de Hogwarts aún avanzaba con tranquilidad y ajeno a todo. Sus ocupantes eran estudiantes de último curso, los ravenclaw que más se jugaban ese año y que habían decidido tener una pequeña sesión de estudio antes de ir al pueblo a des-fatigarse. Con ellos iba Derek, a quien sus amigos habían obligado a acompañarlos tras la decepción del rechazo de Kate. Al menos podía consolarse con recordar ese beso efímero, y saber que vendrían más, pues tardara lo que tardara ella en recuperarse, él esperaría. Los chicos aún estaban muy lejos del bullicio para percatarse de nada, pero aún en la distancia vieron que algo no iba bien.

Un gran grupo de estudiantes de todas las edades se pegaban por intentar entrar a la vez en dos carruajes que había aparcados, y algunos que ya les veían llegar también corrían hacia ellos como si intentaran abordarles.

- Pero, ¿qué ocurre? –preguntó Leslie McCarthy con el ceño fruncido mientras veían a los asustados estudiantes acercarse-.

- ¿Tanto habrán subido el precio de la cerveza de mantequilla que todos huyen del pueblo? –sugirió Jack Hamilton en un intento de humor, mientras sacaba medio cuerpo fuera del carruaje para observar mejor-.

Todos se habían puesto en pie y se asomaban por las ventanillas intentando esclarecer qué podía ocurrir. Sus compañeros parecían realmente asustados, y no sólo había niños pequeños allí sino alumnos de su curso. Apoyada en los hombros de su amiga Pearl, Marian Stevens se puso de puntillas y dirigió su mirada más adelante, hacia el centro del pueblo, aunque a esa distancia tan sólo se vieran los tejados de las casas. En ese momento una explosión retumbó a lo lejos y ella vio destellos de diferentes luces, indicando que no se había tratado de ningún accidente y había magia involucrada.

- ¡Merlín! ¿Qué es eso?

- ¿Qué es qué? -cuestionó Dave Hurley intentando mantener la calma-.

- Yo también lo he visto –añadió Derek, que por algo era el más alto-. Hay alguien en el pueblo que...

- ¡Mirad! –le interrumpió Marian con un grito mientras señalaba uno de los tejados-.

Un enmascarado se había encaramado en una de las casas y lanzaba hechizos desde ella a todo el que corría por la calle. Era imposible confundirlos.

- Mortífagos... –dijo Jack con voz ahogada. A todos les recorrió un escalofrío de miedo y, junto a este, Derek sintió una ira que no había sentido desde hacía tres años, cuando murieron sus padres. Su amigo le empujó sacándole de sus pensamientos, mientras intentaba llegar a la parte delantera del carruaje-. ¿Cómo se da la vuelta al carruaje? ¡Tenemos que volver al colegio! –gritó Jack cayendo presa del pánico-.

Sus tres amigas no parecían estar mucho mejor, y Derek agradeció a la ira por conseguir que la sangre le siguiera recorriendo el cuerpo y no hubiera caído en shock como ellos. Sin embargo, tampoco fue capaz de dejar de mirar. El único que puso un poco de cordura a la situación fue Dave.

- ¡No! ¡Saltemos! ¡Mejor que dejemos el carruaje para los más pequeños! ¡Podemos volver a pie al castillo!

Jack estuvo a punto de recordarle al cabezota de su amigo que no creía que los que intentaban abordar los carruajes se detuvieran a pensar en los más pequeños, pero la prisa le recomendó callarse y, tras ayudar a Pearl a saltar del carruaje, lo hizo él mismo. Dave ayudó a Leslie y Marian, y después agarró del brazo a Derek para obligarle a saltar con él. Este no había parado de mirar al mortífago que seguía en el tejado.

Quería ir a Hogsmeade, quería enfrentarse a ellos, a todos. Porque si mataba a varios mortífagos cabía la posibilidad de que uno de ellos fuera el asesino de sus padres, aquel que nunca habían detenido ni se habían esforzado en exceso en encontrar. Sin darse cuenta sus pies le estaban dirigiendo hacia el pueblo, mezclándose con aquellos que pretendían abordar el carruaje. No les prestaba atención tampoco.

- ¿Adónde vas? –gritó Dave deteniéndole con un brazo y colocándose delante de él para impedirle avanzar-.

Derek salió de su ensoñación y enfocó la mirada en quien era su mejor amigo, viendo la preocupación en su rostro. Segundos después también vio la comprensión, por lo que pensó que Dave le dejaría seguir. Pero no lo hizo, sino que volvió a detenerle.

- Hay que volver a Hogwarts. Tenemos que avisar al profesor Flitwich, a McGonagall. A Dumbledore. Derek, tenemos que decirles lo que está pasando. Puede estar muriendo gente allí abajo. Sea quien sea hoy no le encontrarás.

El tono de Dave era calmado y maduro, como siempre. Desde que entró en la etapa rebelde tras quedarse huérfano, él había sido su conciencia, y ese día de nuevo volvía a serlo. Y por supuesto tenía razón. Debían avisar, dar la voz de alarma y asegurarse que la gente adecuada fuera a ayudar. Como ravenclaw que era debía usar la cabeza por encima de los instintos (Merlín, no era un maldito descerebrado gryffindor), y debía ser consciente que aún no estaba en condiciones de enfrentarse a nadie sin ser fácilmente vencido. Era pronto para la venganza.

Asintiendo gravemente con la cabeza y enterrando de nuevo esa ira hasta un momento más propicio, siguió a Dave corriendo hacia el castillo. Sus amigos ya estaban alejándose, junto a los que no habían alcanzado los carruajes. Poco podían imaginar que Hogwarts tampoco sería seguro ese día.

OO—OO

Poco antes de que sus compañeros decidieran dar la voz de alarma, en una parte de Hogsmeade aún no se habían percatado del peligro que les rodeaba. Aún en la Casa de las Plumas Lily, James y Sirius habían limado asperezas y, de hecho, estaban pasando una tarde muy agradable. La pelirroja estaba descubriendo que, si dejaba de lado su obsesión por ser responsable, seria y madura a todas horas, podía pasárselo muy bien con su novio y el mejor amigo de este. Eran dos gamberros y daba gusto verlos juntos. Además, estaban demostrándola que sabían ser más caballeros de lo que creía, lo que la dejó doblemente encantada.

Ya con su regalo de San Valentín comprado y apretado contra su pecho, les dejó tomar rumbo hacia donde quisieran, que fue, evidentemente, Cabeza de Puerco. Sin embargo, no habían salido de la tienda cuando escucharon los primeros gritos.

Provenían de unas calles más abajo, y fueron inmediatamente seguidos por varios ruidos de explosiones, y más gritos de nuevo. A su alrededor, los demás estaban tan quietos y expectantes como ellos, hasta que varias personas llegaron gritando de esa parte del pueblo.

- ¡Mortífagos! –gritaba una mujer de mediana edad que corría levantándose las faldas por la rodilla-. ¡Nos atacan! ¡Nos atacan!

Fue increíble lo que ocasionó esa información: La gente comenzó a gritar, a correr despavoridos sin rumbo, a intentar entrar en los establecimientos que, por otro lado, los propietarios intentaban cerrar para ocultarse en la seguridad de su interior... Lily se hubiera quedado detenida en medio de la calle observando como el horror volvía a invadir a las personas, igual que había ocurrido en el Caldero Chorreante en navidades, si James no hubiera tirado de ella hacia una esquina.

- ¡¿Qué coño hacen mortífagos aquí? –gritó Sirius para hacerse oír, mientras intentaban esquivar a la asustada multitud que los empujaba hacia todas partes-.

- ¡No lo sé, pero tenemos que salir de aquí cuanto antes! –exclamó James abrazando a Lily por miedo a que la separaran de él-. ¡No creo que se detengan porque vean estudiantes de Hogwarts!

- Seguro que la loca de mi prima está aquí –murmuró Sirius para sí mismo mientras se pegaban contra una pared, intentando decidir por donde salir más rápido del lugar-.

- ¡Estudiantes! –gritó Lily de pronto con los ojos desorbitados-.

Les miró a uno y a otro con insistencia, pero ellos miraban hacia la calle con impaciencia.

- ¿Dónde? –preguntó su novio-.

- ¡No! ¡Digo que tenemos que ayudarles! ¡Hay niños pequeños aquí, tenemos que sacarles! Tú y yo somos responsables de todo, ¿recuerdas?

- Pelirroja, ¿cómo pretendes ayudar a tanta gente en medio de este caos? –preguntó Sirius exasperado-.

Pero las palabras y la mirada de determinación de Lily removieron algo en la mente de James. Aunque su primer instinto era ponerla a salvo por delante de quien fuera, sabía que ella tenía razón. Ambos eran premios anuales, y era un cargo que no sólo conllevaba una vistosa placa. Las palabras que Dumbledore le había dicho hacía poco resonaron en su memoria: "Te escogí como Premio Anual porque eres inteligente, tienes personalidad, y sabes dirigir a las masas. Necesito tener al frente del alumnado a alguien que cuando haya una emergencia sea al que sigan ciegamente".

Mayor emergencia que esa no habría en Hogwarts en mucho tiempo, estaba seguro. No podía fallar la confianza que el director había puesto en ambos, simplemente desapareciendo y poniéndose a salvo. Además, su propia conciencia le decía que no volvería a dormir en condiciones si dejaba a niños de trece años a merced de unos asesinos. Tenía que hacer algo, aunque fuese inútil.

- ¿Qué podemos hacer? –se preguntó a sí mismo en voz alta mordiéndose el labio inferior-.

Hay que guiarlos a la salida del pueblo, con esta locura puede que muchos estén escondidos –dijo Lily-.

- ¿Y no sería mejor que continuaran escondidos? –intervino Sirius con un bufido-. ¿Consideráis inteligente hacerles cruzar medio pueblo, o que nos van a dejar salir tan fácilmente?

- Sirius tiene razón, seguro que han cortado las salidas –exclamó James para hacerse oír por encima de los gritos-. Tenemos que hacer que vuelvan al castillo, pero ¿cómo lo conseguimos sin exponerlos?

Hubo unos segundos de silencio en que los tres se retorcían la mente y sus nervios se alteraban al escuchar la batalla acercarse. Lily les miraba a ambos intermitentemente.

- Vosotros sois los que os escapáis a Hogsmeade siempre que queréis. ¿No se os ocurre ningún lugar donde podamos meterlos?

Aquello encendió una bombilla en Sirius.

- ¡El pasadizo de Honeyduckes! –exclamó mirando a James, a quien se le pusieron los ojos brillantes al comprender el plan-. ¡Si conseguimos hacerles llegar hasta allí pueden ir por el túnel! Sería mucho más seguro, y ese lugar tiene suficiente tamaño de largo para albergar a tanta gente. Habrá que prescindir del secreto merodeador... –añadió haciendo una mueca-.

Sin embargo, James no prestó atención a lo último y ya estaba formando un plan de emergencia.

- Tendríamos que hablar con el dueño para que dejara entrar a tanta gente y, claro, intentar reunir a todos los que podamos. Hay que agruparlos.

- Yo iré al Salón de Madame Tudipié e iré replegando a la gente hacia Huneyduckes –se adelantó Lily evitando hacer preguntas sobre dicho pasadizo, por no perder el tiempo-.

James fue a protestar, negándose a que se separaran cuando Sirius añadió:

- Yo iré hacia Las Tres Escobas, puede que muchos se hayan escondido allí. Prongs, tú vigila el centro del pueblo y habla con el viejo. A los que encuentres mándales directos, no nos esperes.

- ¿Estáis seguros de que es buena idea de que nos separemos? –cuestionó James viendo muchas grietas a ese plan-.

- ¡Es la única forma, James! –respondió impaciente su novia, viendo los mortífagos avanzando y esperando que nos les vieran-. ¡En medio hora nos veremos en Honeyduckes!

Y la pelirroja salió corriendo sin esperarles, dirección a ese saloncito al que había pensado llevarla en algún momento. Verla correr era como observar una gata en carrera, femenina, discreta y rápida. Sirius le dio una fuerte palmada en la espalda para sacarle de su momentánea ensoñación.

- ¡Cuídate! –y con ese consejo su mejor amigo también salió corriendo, esta vez en dirección contraria-.

James inspiró hondo, sacó su varita del bolsillo trasero de sus pantalones, y se enfrentó a la batalla también, esperando llegar a Honeyduckes antes de que el viejo dueño hubiera cerrado por el miedo.

Sirius pasó de largo a varios enmascarados que estaban demasiado pendientes de sus víctimas para verle a él. La gente gritaba, intentaba esconderse, corría sin dirección fija, y observó a varios pueblerinos llorando, agazapados contra una pared. Era una imagen lamentable, pero no podía distraerse y debía centrarse en los alumnos de Hogwarts, aún más indefensos que ellos. A su paso, varias personas cayeron al suelo por traspiés o ataques, pero volvían a ponerse en pie para correr, en ocasiones sólo para volver a caer. Uno de ellos no volvió a levantarse y, de hecho, ni siquiera se movía. Negándose a imaginar el por qué de esa situación, se obligó a seguir corriendo hacia Las Tres Escobas. Viendo todo aquel caos, agradecía el espectáculo que había protagonizado esa mañana, pues eso había hecho que Grace y Kate se mantuvieran en el castillo. Daba gracias a que ellas no estuvieran ese día en Hogsmeade.

OO—OO

Pero sí que estaban; y de hecho se hallaban junto con Gisele y otra veintena de alumnos escondidas en Las Tres Escobas, justo a donde él se dirigía. Rosmerta había cerrado las puertas con encantamientos, y uno de los naturales del pueblo que se encontraba tomando algo le ayudó a proteger los escaparates de las ventanas para que no se viera a través de ellos el interior.

Tras haberse puesto en contacto con el Ministerio, la rubia propietaria del local llevaba más de diez minutos arrodillada frente a la chimenea, intentando contactar con alguien de Hogwarts. Sin embargo, parecía que la Red Flu había dejado de funcionar. El que hubieran cometido el ataque a una hora tan temprana de la tarde hizo que ningún profesor estuviera en la cantina aprovechando la excursión.

Como todos los demás, siguiendo las instrucciones de Rosmerta, Grace, Gis y Kate se hallaban agazapadas bajo una mesa, apretadas las unas contras las otras para protegerse de cualquier tipo de explosión. Sus discusiones habían quedado atrás, y ante el inminente peligro que estaban sufriendo, ya ni recordaban el motivo de su enfado. Kate y Gis estaban abrazadas la una a la otra, pero, inconscientemente, ambas tenían fuertemente atrapada una mano de Grace cada una, como si no quisiesen que nada les separara.

Grace miraba alrededor, creyendo estar viviendo un dejavu al recordar una situación muy parecida que había vivido con Lily. El local estaba prácticamente lleno de estudiantes, algunos de los más pequeños, otros de los mayores, y de las cuatro casas. Todos tenían en común el miedo que les inundaba el cuerpo en ese momento. Cerca de ellas, en otra mesa, vio a Sarah, Josh y sus amigos, con su misma mirada inquieta mientras se susurraban cosas. En ese momento no pudo evitar preocuparse por Sirius, Lily, James... todos los que estaban en el exterior a merced de aquellos asesinos. ¿Estarían bien? ¿Habrían tenido tiempo de escapar?

De pronto un ruido inmenso se escuchó por toda la calle, y segundos después uno de los escaparates explotaba arrancando gritos desesperados de los más cercanos. Habían conseguido entrar en el establecimiento, eran mortífagos.

Grace apretó con fuerza las manos que sostenían las de Gis y Kate, y notó cómo estas le devolvían el gesto. Dos enmascarados se dispusieron a entrar en el bar con las varitas en alto, gritando consignas de guerras, cuando fueron catapultados por un poderoso hechizo. Instantes después, varios magos uniformados con capas verdes oscuro, aunque no con las caras cubiertas, atravesaron la calle corriendo y comenzaron a enfrentarse a todo el que pretendía irrumpir en el establecimiento.

- Aurores... –dijo Gisele con un suspiro de alivio, y esa palabra se repitió como un eco a lo largo de todo el local, inundando a los presentes de una mayor tranquilidad-.

Uno de estos aurores entró por la ventana, observó a su alrededor, y frunció el ceño. Era un hombre maduro, con prominentes entradas a ambos lados de su frente y un poblado bigote que se movía arriba y abajo en su lenta respiración.

- ¿Puede trasladar a los estudiantes a Hogwarts a través de la Red Flu? –preguntó a Rosmerta teniendo un ojo en la chimenea y otro en la batalla que se libraba fuera-.

- Hace rato que no funciona –respondió ella titubeante-. Sólo me dio tiempo a hacer la llamada de socorro, después nada... Es como si la hubieran...

- Bloqueado –terminó por ella el auror. Inspiró hondo y frunció aún más el ceño-. ¡Escuchadme todos! –dijo alzando la voz para hacerse oír-. Seguid mis instrucciones al pie de la letra, y no os pasará nada. Tenemos que sacaros de aquí y los métodos más rápidos y seguros están bloqueados. De momento permaneced a cubierto y en silencio hasta que os lo diga. Iré a buscar refuerzos.

Salió corriendo hacia el exterior, desapareciendo con tanta facilidad como había llegado. El silencio inundó el lugar, como si nadie se atreviera a contradecirle por miedo a que les lloviera una maldición imperdonable. La joven Rosmerta se volvió a ocultar tras la barra del bar, sosteniendo con una mano temblorosa su varita y rezando por no tener que usarla, pues no se sentía capaz de pronunciar ningún hechizo coherente.

Apenas un par de minutos después, en que los aurores ya habían bloqueado dos avances hacia el bar, el hombro volvió acompañado por un pequeño grupo que eran más jóvenes. En vez de su túnica verde oscura, la de los muchachos (que no debían ser mucho mayores que ellas), era naranja fosforito, y tenían un extraño dibujo en un bolsillo del pecho que no se distinguía a distancia. Los chicos y chicas les miraban a todos claramente nerviosos, pero también con una expresión determinante en el rostro. Kate y Grace sintieron como Gis se escapaba de su agarre al reconocer a uno de ellos.

- ¡Tony! –gritó echándose encima de él-.

Anthony apenas fue capaz de sostenerla y mantenerse en pie, pues el sobresalto y posterior alivio al verla a salvo le hizo quedarse momentáneamente sin aire. Sólo la expresión ceñuda de su superior le hizo mantenerse firme, y no ponerse a preguntarla atropelladamente su estado.

- Escuchadme –ordenó de nuevo el hombre mirando a los jóvenes con superioridad-. Han cortado todos los medios habituales para escapar rápidamente. No se puede aparecerse ni desaparecerse en el pueblo, como ya habréis notado, y tampoco funciona la Red Flu. Sólo se mantiene el hechizo de hacer trasladores, pues no saben revertirlo. Así que necesito que actuéis con rapidez, y coordinéis a los grupos que vayan desapareciendo. Debéis mandarlos justo frente a las murallas del castillo, la zona es segura.

Apenas terminó de pronunciar la frase cuando los jóvenes se pusieron manos a la obra, dirigiéndose hacia cualquier objeto que pudieran convertir en traslador y escogiendo a grupos y aleccionándoles sobre cómo debían sostenerlos. Empezaron por los más pequeños.

Anthony abrazó a Gis, quien no le había soltado todo el tiempo que duró el discurso.

- ¿Estás bien? –la preguntó separándola de él para inspeccionarla-.

Ella sólo pudo asentir con la cabeza antes de intentar tragar (tenía la garganta seca) y decirle:

- No esperaba encontrarte aquí.

- En el departamento no daban abasto y mandaron a buscarnos a la escuela. Es nuestra primera misión en activo –acercó más su cara a ella, y susurró-. He avisado a mi padre, tranquila. La Orden no tardará en llegar.

Con un suspiro de alivio Gis asintió de nuevo con la cabeza. A su alrededor ya habían desaparecido varios grupos, bajo la rápida eficiencia de los futuros aurores. Anthony se dio cuenta de que estaba perdiendo el tiempo y miró alrededor.

- ¿Has venido con algún amigo?

Gis se giró para mirar hacia Kate y Grace, quienes aún estaban agazapadas bajo la mesa mirándoles. No hizo falta que dijera más, pues él las reconoció y fue hacia ellas llevándola de la mano.

- Bien chicas, no tengáis miedo. No va a pasar nada –dijo con voz tranquilizadora, al tiempo que convertía la bufanda de Kate en un traslador que adquirió un brillo azulado-. Cuando aparezcáis a las puertas del colegio, habrá un par de aurores esperándoos. Seguid sus instrucciones y seguro que no tardarán en abriros. Nos está costando mucho contactar con el colegio, Dumbledore debe estar fuera...

Y si Dumbledore no estaba en Hogwarts se encargaba de ampliar la seguridad para que nadie pudiera acceder. Sin embargo, era irónico que eso convirtiera a los alumnos en más vulnerables en esa ocasión. Tony las tendió la bufanda a las tres, que la tomaron sin pérdida de tiempo.

- ¿Preparadas? A la de tres. Uno...

Pero no llegó a pronunciar el dos antes de que una explosión mucho más fuerte que cualquiera de las anteriores hicieron volar lo que quedaba de ventana, y la onda expansiva hiciera volar a alguno de los más cercanos. Gis, que estaba de espaldas a la ventana, también se vio levantada y catapultada por encima de la mesa, llevándose consigo la bufanda. Antes de que pudiera tener tiempo de reaccionar o soltarla, el brillo azulado del traslador la envolvió también a ella y desaparecieron los dos.

Tony no pudo evitar suspirar de alivio al saberla a salvo, pero cuando miró a las otras dos chicas que le miraban como si él fuera el único que pudiera hacer algo por ellas, el alivio se esfumó.

- ¡Dame tu guante, rápido! –le gritó a Grace dándose prisa en hacer el traslador para ponerlas a salvo a ellas también-.

Pero los mortífagos ya habían penetrado en el lugar, y los aurores no podían encargarse de la seguridad de unos y dejar desprotegidos a otros. La batalla comenzó dentro del local y, viendo cómo una de sus compañeras se veía rápidamente reducida por dos mortífagos, él sólo atinó a volver a pasarle el guante a Grace esperando que alguna de las dos tuviera suficiente sangre fría para poder hacer un traslador. En menos de dos segundos la había quitado a la chica la carga de un mortífago, y luchaban cada uno contra otro.

Grace y Kate se miraron la una a la otra completamente asustadas, al ver como el horror les rodeaba. Gis se había marchado, llevándose con ella su único modo de escapar, y los aurores estaban demasiado ocupados intentando mantener a raya a los mortífagos. Sin embargo, los pocos que se habían quedado agazapados en el fondo del local intentando apartarse del peligro, estaban atrapados y eran golpeados por algunas maldiciones perdidas. Cuando uno de sus compañeros cayó tras ser golpeado por un rayo mortal verde, Grace supo que tenían que salir de allí si querían tener alguna oportunidad.

- Vamos –exclamó tirando de la mano de Kate-. ¡Vamos!

La morena la siguió, mirando a su alrededor algo aturdida, y cuando estuvieron en la calle gritó:

- ¿A dónde vamos? ¡Todo está igual! ¡El pueblo entero es un caos!

Allá donde mirara, los mortífagos destruían, atacaban y sembraban el terror. Había cuerpos en el suelo, casas ardiendo, todo estaba destruido y todo el mundo gritaba. Antes de que la cabeza les empezara a dar vueltas sin sentido ante semejante escenificación, las dos se apretaron contra una pared, intentando hacerse invisibles.

- Intentemos salir por la estación de tren. No está lejos, vamos –exclamó Grace viendo como Sarah y Josh se perdían en la colina que bajaba hacia ese lugar, aprovechando un hueco entre dos batallas. Ellas también tenían que ser rápidas-.

En el momento en que echaron a correr, un tejado se desprendió encima de la estructura de una casa, llevándose consigo tabiques, pilares y paredes. Unos gritos se escucharon en el interior mientras la madera y las piedras caían. Después sólo hubo silencio. Aturdidas, ninguna de las dos prestó atención por donde iban, y tropezaron con algo en el suelo que las hizo caer.

Era otro cuerpo. Uno enmascarado, un mortífago. Grace pegó un pequeño grito, temiendo que se levantara y cargara contra ellas, pero Kate la puso la mano en la boca para impedir que llamara la atención hacia ellas.

- Está muerto –susurró en su oído observando el cuerpo de pequeña estatura que no tenía ningún signo de vida-.

Suspiró de alivio, pero Grace fue más evidente. Decidiendo tomar las riendas de la situación hasta que estuvieran fuera del pueblo, Kate se levantó y tiró de ella para que también lo hiciera. Sólo unos metros más, y saldrían de la zona de batalla...

Grace se dejó arrastrar, pero su mirada continuó en el cuerpo que había tendido en la calle. Era un mortífago muy extraño. Sus manos eran demasiado suaves y finas para ser de un hombre, por lo que evidenciaba que se trataba de una mujer, cosa que no abundaba en el ejército de Voldemort. Y su tamaño pequeño... seguro que puesta en pie no sería más alta que ella, ni muchísimo menos. ¿Quién podría ser?

- Kate... –susurró dispuesta a compartir ese extraño pensamiento con ella-.

Pero no se había dado cuenta hasta ese momento de que Kate se había detenido. De repente notó que estaba más tensa, que temblaba violentamente y que su respiración era acelerada. En una décima de segundo su mirada se dirigió hacia la misma dirección que la de Kate, y sintió que el terror la invadía también a ella. Pues eso es lo que provocaba la persona que estaba delante de ambas, mirándolas fijamente como si fuesen un regalo de Navidad listas para desenvolver. Las dos temblaron a la vez, y no era para menos...

OO—OO

La estancia estaba completamente a oscuras, sólo tenuemente iluminada por la luz de la luna que ya comenzaba a despuntar. Ese día el anochecer había llegado pronto, y más en esa parte tan oriental del país. Las paredes y el suelo de piedra, colocadas unas sobre otras de mala manera, apenas acogían un poco de calor; y las grietas dejaban entrar el frío invernal que era más crudo en esa parte de Inglaterra.

Había tres personas encerradas en ese lugar. Una, desmadejada y con los miembros colocados de forma anormal, no se había movido de la posición en la que la habían dejado en el suelo. De hecho, que lo hiciera sería un milagro, dado que había recibido directamente el poder de una maldición asesina. Otra segunda persona estaba encogida en una esquina a la otra punta de la pequeña habitación; medio dormida y realmente agotada tras haberse pasado las últimas veinticuatro horas llorando sin parar. El último ocupante de la estancia era un hombre que navegaba irregularmente entre la consciencia y la inconsciencia. Apenas había conseguido mantener los ojos abiertos unos segundos cada vez que despertaba, antes de caer de nuevo víctima de algún tipo de poción del sueño.

Pero en ese momento, cuando llevaban casi un día encerrados, Charlus Potter por fin conseguía recuperar fuerzas y apartar la somnolencia de su cuerpo. Estaba aún cansado y se sentía completamente adolorido, pero su mente comenzaba a despejarse, recordando por fin la urgencia que le había inundado instantes antes de ser derribado. Intentó mirar alrededor, pero la poca luz le hacía imposible ver nada más que sombras y más sombras. Sin embargo, el silencio reinante en el lugar le asustó.

- ¿Dorea? –llamó a su esposa con voz pastosa, temiéndose no encontrarla allí-.

Al oírle, un suspiro mezclado con un sollozo se escapó de la boca de Dorea Potter, quien derramó un par de lágrimas más. Charlus, aliviado, inclinó la cabeza en dirección a donde había escuchado el sonido, pero apenas pudo arrastrarse un par de metros antes de emitir un gruñido de dolor. Tenía herida una pierna.

- ¿Qué pasa? –preguntó su mujer acercándose a él con pasos tambaleantes, y buscándole, tanteando con las manos en la oscuridad-. ¿Estás bien?

Cuando le tocó, se dejó caer en el suelo junto a él, y abrazó su cabeza, volviendo a llenarse de angustia. Había rezado porque la dieran a ella el mismo brebaje que le habían dado a Charlus y que le había mantenido inconsciente. De esa forma habría podido huir de sus pensamientos y temores. En veinticuatro horas no había dejado de pensar en James, en lo que podría ocurrirle a su hijo estando ellos encerrados.

- ¿Cuánto tiempo ha pasado? –preguntó él de nuevo, incorporándose hasta quedar sentado-.

Dorea le sostuvo hasta que pudo apoyar la espalda contra una pared, y habló con voz ahogada.

- Es sábado. Hace poco que ha anochecido...

Un día entero, puede que incluso unas horas más. La angustia también recorrió el cuerpo de Charlus, que intentó ver la expresión de la cara de su esposa, aunque no lo consiguió. Él también temía que hubiera podido ocurrirle algo a su único hijo estando ellos allí. Sin embargo, sus años de duelista y su fría determinación de líder que su madre siempre dijo que tenía (contuvo su mente antes de detenerse a pensar en lo que le había ocurrido a ella hacía pocas horas), consiguió que no se dejara llevar por el miedo. Ese que ya había invadido a Dorea.

- ¿Y si han dado con él? –preguntó la mujer con voz ahogada, de nuevo llorando-.

- No –la respondió ignorando la mala sensación que tenía en la boca del estómago-. No, no podrán entrar en Hogwarts tan rápido. De hecho es imposible. Pero debemos salir de aquí antes de darles tiempo a preparar un plan. Debemos ir a buscar a James, y avisar a Dumbledore. Si no malinterpreté la conversación que hubo delante nuestro, Adam no ha sido el único asesinado y ellos buscan algo peligroso.

También se decidió a ignorar el destino de su hermano hasta que estuvieran a salvo, y con James con ellos, para poder llorarle a él y a su madre en paz. Escuchó en la oscuridad a Dorea inspirar hondo y aguantarse las lágrimas. Era una mujer fuerte, pero ya estaba mayor y su instinto maternal la daba una debilidad que no había poseído en su juventud. Ambos la tenían ahora. Habían tardado tantos años en ser padres, que cuando James nació lo consideraron poco menos que un milagro. Podían aceptar con resignación cualquier pérdida, pero si algo le pasaba a él ambos morirían de dolor.

- Dorea, escúchame. Tenemos que salir de aquí –repitió con urgencia-.

- Es imposible. Nos han quitado las varitas, todo el lugar está protegido con encantamientos, hay alguien que pasa de cuando en cuando para asegurarse de que todo esté en orden... No hay posibilidad...

Charlus la sostuvo con fuerza de los hombros cuando sintió que iba a volver a ponerse a llorar.

- Ahora no es momento de venirse abajo. ¿Recuerdas cuando competía en los duelos? ¿Recuerdas a mi entrenador?

Dorea asintió, rememorando momentáneamente sus tiempos jóvenes, cuando aún no se habían casado y ella le acompañaba de punta a punta del país en esos concursos de duelo que él casi siempre ganaba. A veces llevaba a Adam, que aún era un niño, con ella, y junto al anciano entrenador observaban los duelos magistrales que llevaba a cabo el que hoy era su marido.

- Él siempre me decía que debía aprovecharme siempre de las ventajas de mis oponentes, pues podrían convertirse en mis propias ventajas; y jamás dar una situación por perdida. Seguro que hay algo de lo que podemos aprovecharnos...

Dorea derramó un par de silenciosas lágrimas y negó con la cabeza, pero recordó que él no podía verla, así que se limitó a inspirar hondo. El silencio que siguió a esas declaraciones fue eterno para ella. Sabía que Charlus estaba dándole vueltas a sus opciones porque de vez en cuando le oía suspirar o moverse. Finalmente, cuando pensó que había pasado una eternidad, él volvió a hablar.

- Hazme un favor, y grita con todas tus fuerzas.

- ¿Qué? –acertó a preguntar con confusión-.

- Que grites. Como si te estuvieras volviendo loca, como si no pudieras parar. No dejes de gritar hasta que yo te lo diga.

Dorea no entendía nada.

- Sinceramente, Charlus, no sé en qué puede ayudarnos. Y además, no creo tener voz... Me siento tan...

- Piensa en James –la apresuró su marido-. Tenemos que ayudarle, no podemos fallarle. Grita.

Y fue la sola idea de que le pudiera pasar algo a su hijo le que le dio fuerzas para gritar como nunca había gritado en su vida. Al fin y al cabo, en su juventud había sido toda una Black bien educada y elegante, y después había pasado a ser la respetable esposa de un hombre serio. Jamás había gritado de esa forma. Pero jamás se había sentido tan desesperada.

No había pasado un minuto cuando se escucharon ruidos al otro lado de la puerta de la estancia, y Charlus se movió con una rapidez asombrante dado su estado. Se colocó lejos de ella hasta llegar a la pared opuesta, y tentó con las manos hasta alcanzar la puerta. Se quedó detrás de esta.

- ¡Silencio! –gritó una voz rasposa al otro lado-. ¡Cállate, maldita!

Pero como Charlus no había hecho ninguna señal, Dorea siguió gritando, casi deseando que James pudiera oírla y ponerse a salvo, si es que se encontraba en peligro. Segundos después se oyeron varias maldiciones y gruñidos, y la puerta se abrió de golpe.

Una figura torpemente encapuchada, como si se hubiera ocultado el rostro con rapidez, penetró en la estancia, y el triángulo de luz que formó la puerta abierta reveló a Dorea agachada contra la pared, aún gritando. Las sombras envolvían a Charlus dándole una ventaja que no dudó en desaprovechar cuando el mortífago avanzó un paso hacia el interior.

Se le tiró encima con una agilidad que no tenía desde hacía treinta años, y este sólo pudo emitir un patético gruñido antes de ser silenciado con su propia capucha, que Charlus se había encargado de girar sobre su cabeza, dificultándose la visión. Ahí empezó un forcejeo en que Charlus tenía la desventaja de la edad, pero el otro tenía la de la mediocridad. Aunque hubiera pasado años sin luchar, seguía siendo mejor que uno de los mortífagos más torpes. Charlus se dio cuenta de esto, y pronto se hizo con su varita, dejándole fuera de juego.

Ahora tenía la varita y la puerta abierta. Las nulas posibilidades de escapar se habían revertido. Dorea consiguió ponerse en pie en sus temblorosas piernas, y tiró del cuerpo del mortífago hasta que quedó alejado de la luz mientras su marido cruzaba la estancia, en busca del cadáver de su madre. Sabía que ya no podía hacer nada por ella, pero no la dejaría allí. Tenía que descansar en paz junto a su marido y su hijo pequeño.

- Vamos –le dijo a su esposa tendiéndole una mano-. Si están buscando el modo de entrar en Hogwarts, tendrán a los mejores fuera. Este no era precisamente un profesional, pero no sabemos a cuantos han dejado para vigilarnos.

-Hay que encontrar a Dumbledore. Él pondrá a James a salvo –proclamó Dorea, con una devoción admirable-.

OO—OO

Derek corría tan rápido como sus amigos. Sólo Jack estaba por delante de él, aprovechando su buen estado físico y que su fuerte nunca había sido la valentía. Llegaron por la zona norte del castillo, donde aún Filch no había cerrado las puertas. Lo estaba haciendo en ese momento, y cuando varios grupos de estudiantes lo atropellaron para entrar con prisa, el conserje maldijo de varias maneras. Pero nadie le hizo caso. Atrás de él, Derek oía la discusión que estaban teniendo Dave y Leslie:

- ¡Tenemos que ir directos al despacho de Dumbledore! –gritaba la chica con voz sofocada-.

- ¿Acaso sabes cómo entrar? –replicaba Dave-. ¡Tenemos que ir a ver a Flitwick!

- ¡Iremos a por el primer profesor que veamos y listo! ¡No podemos perder tiempo! –intervino de repente Pearl adelantándose y poniéndose a la par que Derek-.

Él no pudo estar más de acuerdo con ella; y quiso la casualidad que la primera profesora que encontraron fuera McGonagall. Derek y Pearl gritaron su nombre al mismo tiempo, pero Jack ya se había tirado sobre ella, como si quisiera hacerle un placaje. La profesora perdió el equilibrio, y habría estado a punto de caer si otros dos chicos no la habrían sujetado.

En cuestión de segundos todos la habían rodeado, hablándola a la vez y mostrando caras llenas de pánico. Para el colmo, Filch también llegó quejándose de estudiantes maleducados que merecían un ejemplar castigo. La paciencia de McGonagall, que no era mucha, se acabó pronto.

- ¡De uno en uno! ¡Merlín! ¡De uno en uno! –gritó con voz autoritaria-.

Como si les hubiera señalado a cada uno de ellos con el dedo, todos volvieron a hablar tratando de explicarse, hasta que la profesora agitó la varita, callándolos a todos. Después señaló a una chica de pelo negro y rizado, y la quitó el conjuro.

- Allyson, cuéntame tú qué ocurre.

- Profesora ha pasado algo –decía la chica intentando ordenar sus ideas-. Han empezado a aparecer mortífagos en el pueblo, y a atacar a la gente.

La sorpresa fue tal que la profesora bajó su varita, quitando sin querer el hechizo y todos volvieron a hablar a la vez.

- ¡Casi todos se han quedado allí! –gritaba un chico-.

- ¡Se escondieron en los bares, pero están entrando! –decía una chica al lado de él-.

- Muchos de los más pequeños están allí –informó la chica de pelo negro-.

- Había algunos que volvían en dos carruajes, estarán llegando –intervino un niño de los más pequeños-.

La cara de McGonagall estaba completamente blanca, y tenía una mano pegada al pecho con si la fuera a dar un ataque al corazón, pero se recompuso enseguida.

- Filch, abra la puerta norte para entren los carruajes; quizá lleguen más. Tengo que llamar... –miró alrededor, fijándose en los presentes con rapidez-. ¿Estáis todos bien? Id a la enfermería de igual manera. Todos. Corred.

Algunos, como Derek, protestaron, pero una nueva orden los silenció. Antes de que pudieran alejarse mucho, y la profesora ya había emprendido una marcha rápida, el profesor Flitwick apareció corriendo con sus pequeñas piernas.

-¡Minerva! ¡Hay un gran grupo de alumnos en la puerta sur! ¡Están acompañados de aurores! Dicen que...

- Sí, ya sé lo que dicen, Filius. Abrid las puertas para que entren –contestó ella sin detenerse, haciéndole a él mantener su paso casi con pequeños saltitos-.

- Ya hemos abierto. Hemos tenido que llevar a alguno a la enfermería. Están muy asustados-respondió aceleradamente el hombre-.

Minerva suspiró, entrando en un aula vacía, seguida de su compañero.

- Y Albus fuera del colegio... –musitó antes de sacar la varita e invocar un patronus que mandó hacia el cuartel de la Orden del Fénix-.

Alguien estaría allí y daría la voz de alarma. Afortunadamente, si lo que Filius decía era verdad, ya había aurores ayudando a quienes estuvieran en Hogsmeade.

- Tenemos que ir –le dijo al jefe de Ravenclaw que asintió con la cabeza sin dudar un segundo-. Tenemos que ir la mayoría allí. Gran parte de los alumnos siguen en el pueblo. Mejor que dejemos a algunos profesores para ayudar a Poppy en caso de que haya heridos y no dejar el colegio desprotegido, pero la mayoría tenemos que ir.

- Deberían quedarse Pomona y Horace, son quienes mejor conocen algunos remedios –pensó Flitwick con rapidez-.

- Perfecto. Avisa a todos y reúnelos en la enfermería, tenemos que darnos prisa. Yo iré ahora mismo.

Sin mirar atrás el profesor Flitwick salió por la puerta, dando un sonoro portazo, y sus pasos se perdieron en pocos segundos. Desesperada e impaciente, McGonagall miró el vacío del aula esperando el patronus de confirmación. En pocos segundos, este llegó encarnado en la paloma de Marlene Mckinnon.

- Estamos en marcha, Minerva. Alice ha avisado desde Hogsmeade, los aurores están allí. Aún no localizamos a Dumbledore.

Minerva gimió ante la última frase, pero salió por la puerta con prisa. El director aparecería tarde o temprano, pero ella no podía quedarse quieta a esperar mientras los alumnos corrían peligro. Eso sí, esperaba que Albus apareciera más temprano que tarde, por el bien de todos. Con un escalofrío que la recorrió todo el cuerpo mientras se dirigía sin pausa hacia la enfermería, pensó en lo peligroso que podía volverse todo si Voldemort hacía acto de presencia.

OO—OO

En cuestión de pocos minutos la enfermería se había convertido en un caos, y la situación amenazaba con empeorar en poco tiempo. Decenas de alumnos se agolpaban en ella, la mayoría únicamente con ataques de ansiedad, pero sí que había algún herido de consideración. Mientras los profesores se reunían en una esquina para organizarse, madame Pomfrey hacía lo propio con los pacientes. Con la ayuda de la señora Pince, que había ido desde la biblioteca a ayudar, separaba a los alumnos según la gravedad que tuvieran. Hasta el momento, ninguna parecía ser muy grave, pero teniendo en cuenta sus relatos ya se preparaban para lo peor en algunos casos.

Nicole y Jeff se habían encontrado en medio de todo de repente, sobresaltándose y quedándose incrédulos antes las frases inacabadas que escuchaban. Sólo tenían claro que había ocurrido algo en la excursión, pero ¿qué? Aquello era demasiado caótico para enterarse.

- ¿Qué ha podido ocurrir? –la preguntó él sentándose en su camilla, y olvidando que estaba enfadado con ella-.

-No lo sé, pero... No hay muchas posibilidades. ¿Y si ha habido un ataque, como en Londres? –se cuestionó Nicole en voz alta y angustiada-.

Jeff desechó la posibilidad por imposible.

- No podrán entrar, el director es muy estricto en seguridad –dijo recordando lo que su madre le había dicho de Dumbledore-.

- Pero Hogsmeade no entra dentro de los límites de Hogwarts. Nadie esperaría que lo atacaran, jamás lo han hecho, pero...

- ¡Entraron dentro del bar! –exclamaba una niña de trece años en la camilla de al lado a la suya, mientras la profesora Sprout intentaba darle algo para que se calmara-. Eran encapuchados, y empezaron a mandar maldiciones a la gente. Delante nuestro apareció un auror, pero sino nos habría matado a todos...

Las expresiones de ambos cayeron al confirmarse sus sospechas. Jeff miró a Nicole, y vio que estaba tan pálida como le parecía estar él. ¿Un ataque? ¿Mortífagos? ¿En el pueblo? Y, ¿por qué él no había visto nada? Llevaba todo el año teniendo visiones de lo más absurdas, y cuando su "don" podía servir de ayuda a alguien, no aparecía... La culpabilidad se extendió en su cara, y más al ver el nerviosismo que inundaba a su novia.

- ¡Mis amigos están allí! –le gritó con los ojos desorbitados-. ¡Hay que ir, hay que ayudar...!

- Nicky cálmate o te vas a hacer daño –la suplicó él intentando que no se pusiera en pie, ni se dañara la pierna-.

Pero la chica se había puesto terriblemente nerviosa y era imposible hacerla reaccionar. Hasta tal punto fue exagerada su reacción, que madame Pomfrey se materializó a su lado en menos de un minuto.

- Señorita Ashford, por favor cálmese. ¡Por favor! –exclamaba intentando que reposara la espalda contra el colchón sin lograrlo, y debiendo rendirse a utilizar la varita-.

Con un simple hechizo la chica cayó inconsciente, y la enfermera suspiró con pena. Jeff se había puesto aún más pálido.

- Escuchó... y, sus amigos... –intentó explicarse-.

Madame Pomfrey asintió, con una mirada triste, pero no perdió más el tiempo.

-En su estado no puede moverse para dejar sitio, así que será mejor que permanezca inconsciente. Señor Williams, me temo que necesito que salga de aquí y deje espacio para quienes necesiten ser internados. Necesitamos la colaboración de todos, y lo mejor que pueden hacer los que están bien es quitarse de en medio y dejarnos trabajar.

Jeff asintió, cogiendo su mochila del suelo. Sólo perdió tiempo en preguntar:

- ¿Cuántos han vuelto?

- No llegan a cien –le contestó la enfermera por encima del hombro, mientras se dirigía a otro paciente-. Debe haber más de trescientos alumnos en el pueblo aún.

Una cifra astronómica. Daba pánico de sólo pensarlo. Además, ninguno de sus amigos, ni los de Nicole, estaban en la enfermería, por lo que seguían allí; expuestos a mortífagos que eran capaces de hacer las barbaridades que él había visto en persona. De nuevo el estómago se le encogió al pensar por qué no pudo ver nada que les avisara.

Salió de la enfermería con otras pocas personas que no estaban heridas, y vio que ya había varios grupos agolpados a las puertas, seguramente esperando noticias. ¿Quién se había quedado en Hogwarts ese día además de su hermana y él? Remus, por razones obvias, Rachel, Gisele... No lograba recordarlo bien; el accidente de Nicole le había distraído mucho como para saber qué iba a hacer cada uno. Se propuso encontrar primero a su hermana, y que ella decidiera. Era más fácil dejar las cosas en manos de Sadie.

Sin embargo, antes de que diera un paso más, alguien de la multitud lo reconoció, y le llamó.

- ¡Jeff! ¡Jeff, aquí!

Reconoció la voz enseguida. Era Peter, y le miraba con la misma palidez que él tenía en el rostro. Al principio le extrañó, pues a él le creía en Hogsmeade, hasta que recordó que la chica que hacía grupo con él en pociones le había dicho que debían quedarse. Ella también estaba allí, mirando alrededor, ajena a todo, y con expresión entre desconcertada y horrorizada. Al acercarse a Peter, este le sujetó fuerte de los hombros.

- ¿Qué ha pasado? ¡A la gente no se le entiende! Nos han echado de la biblioteca diciendo que había ocurrido algo, y ahora encontramos a todos estos, histéricos.

Sintiendo el corazón latiendo en su sien derecha, Jeff inspiró hondo y se dispuso y contarle lo que había oído, sabiendo que el chico lo tomaría peor aún. Evidentemente no se equivocaba, y Peter le miró con pánico.

- ¿Mortífagos? ¿Cómo que mortífagos? ¿En Hogsmeade? Pero, James y Sirius están...

Parecía que no sería capaz de acabar ninguna frase, y su compañero le entendió perfectamente. Él también sentía que tenía la boca seca y el cerebro vacío.

- ¿Qué podemos hacer? –preguntó Peter en voz alta, ya imaginando en pasar por uno de los pasadizos que ellos usaban constantemente. Pero ¿qué haría después? Él no sería de demasiada ayuda allí, más bien al revés-.

- Madame Pomfrey me ha dicho que lo mejor es que nos quitemos de en medio y no estorbemos –dijo Jeff buscando a su hermana con la vista, esperando que el ruido la trajera hasta allí desde donde estuviera en el castillo-. Apenas han llegado una cuarta parte de los que están allí...

Peter asintió levemente, más por inercia que porque hubiera comprendido nada. estaba dividido entre ir a buscar a Remus para contarle (aunque este sino se habría transformado ya, estaría a poco de hacerlo y no podría hacer nada), y quedarse allí, por si alguno de sus amigos volvía. Y también se angustiaba al pensar en cómo volverían. De repente, algo brilló en sus ojos.

- ¿Sabes si alguno de ellos ha sido herido? –le preguntó a Jeff-.

Y este supo que no se refería a si los había visto en la enfermería, sino a si él había tenido alguna visión. Pero, para desesperación de ambos, Jeff tuvo que negar con la cabeza.

- No lo sé, Peter. No lo sé...

OO—OO

En Hogsmeade las cosas se estaban poniendo cada vez peor. Aquellos que habían tenido la suerte de tropezar con los aurores y estos les habían podido ayudar a escapar eran una minoría. La mayoría se encontraban encerrados o atrapados en los únicos escondites que habían encontrado, y algunos con menos suerte estaban corriendo por las calles, aún buscando donde refugiarse, y tratando de pasar desapercibidos. La lucha con los aurores mantenía bastante distraídos a los mortífagos, pero de cuando en cuando caía algún civil por una maldición perdida, o porque algún siervo de Voldemort acababa con su oponente y decidía divertirse.

Entre los que se encontraban corriendo por las calles estaba Sirius, quien seguía en su empeño de llegar a Las Tres Escobas para reconducir a la gente que no estuviera a salvo hacia el pasadizo de Honeyduckes. El hecho de que era mayor peligro obligarlos a cruzar medio pueblo en plena batalla para llegar al establecimiento de golosinas, no parecía tener cabida en su caótica mente.

Tras tumbar a un mortífago, un auror al que él no pudo ver la cara echó a correr por detrás de un duelo doble, alargando los pasos en grandes zancadas, y sujetando con fuerza la varita en una posición estratégica para que no pudieran arrancársela con facilidad. Viendo la oportunidad, Sirius echó a correr a la par que él, solo que más alejado de la batalla, escudándose en la presencia del auror. Si conseguía mantener su ritmo, cualquier maldición que lanzaran en su dirección sería detenida previamente por el auror.

El hombre pegó un salto, y Sirius vio que se dejaba caer en un tejado que se había derrumbado, cruzando de una calle a otra que parecía estar mucho más desierta que la principal. Su intención era, evidentemente, apoyar la operación en esa calle para así acabar de una vez por todas con la zona, y poder centrarse todos en el centro del pueblo. Aún así, Sirius vio que podía utilizarlo para beneficio propio, al ponerse a salvo en una calle menos concurrida y llegar al bar por allí, y lo utilizó. Con menos agilidad que el auror, pegó un salto hacia el tejado, y de otro saltó pasó a la otra calle.

Su equilibrio no estaba tan trabajado como el del hombre, por lo que al caer no pudo sostenerse sobre una sola pierna y cayó al suelo, torciéndose el tobillo. Adolorido y enfadado consigo mismo, se puso de pie lo más rápido que pudo. Sin embargo, antes de poder enderezarse del todo y volver a correr, algo lo golpeó con fuerza en el costado, provocándole un intenso dolor, como si mil cuchillos se clavaran en su piel de forma salvaje. Gritó de dolor y de sorpresa, pero sobretodo de dolor. Su pie torcido no resistió, y acabó de rodillas, con una mano en el abdomen y respirando con dificultad.

Sabía qué era lo que le había golpeado. Lo había sentido en sus carnes varias veces cuando era más niño, especialmente la última vez que estuvo en Grimmauld Place. Con dificultad, pero con la prisa que le daba el miedo, levantó la vista para ver quien le había atacado. Una figura perfectamente encapuchada le devolvió la mirada de forma impersonal. Tenía la túnica negra, la máscara blanca y no había nada que le identificara. Por las manos era un hombre joven, pero eso tampoco aclaraba nada. Era alto y delgado, y la máscara hacía imposible ver su color de pelo. Sin embargo, en ese momento nada de eso le pareció primordial. ¿Realmente importaba su aspecto, si iba a matarle dentro de poco? ¿Conocer la identidad de su asesino le haría tener menos miedo?

Eran evidentes las intenciones del mortífago, en la forma fría aunque temblorosa (cosa que Sirius notó) de coger la varita, en que sentía su mirada fija en él aunque no pudiera verle los ojos... Y también era evidente que nadie llegaría a tiempo para ayudarle. Había aurores y mortífagos alrededor, pero todos estaban muy ocupados entre sí para darse cuenta de que iban a matarle. Y lo peor de todo, es que sabía que su varita se le había caído de las manos cuando aterrizó del tejado.

Antes de que pudiera pensar en tantear el suelo para buscarla, el mortífago alzó de nuevo la varita y Sirius tragó saliva, negándose a cerrarle los ojos a la muerte. Pero no fue esta la que llegó, cuando un segundo cruciatus le atravesó el pecho. Le pilló menos de sorpresa que el primero, por lo que decidió no dejarse humillar. Podía arrancarse la lengua a mordiscos, pero no le daría el gusto de gritar.

Mientras se retorcía en el suelo, el mortífago iba acercándose, como si quisiera disfrutar de su expresión de dolor. Finalmente este fue demasiado, y un gemido se escapó de sus labios apretados. Aún luchando, abrió los ojos y los centró con orgullo en la máscara blanca que le miraba inexpresiva.

Esa mirada de determinación unida al dolor, hizo mella en su adversario, quien perdió el control al oírle gemir de dolor de nuevo. Bajó la varita, deteniendo la maldición, y sintió como las lágrimas de impotencia bañaban su rostro tras la máscara. Agradecía llevarla para que su propio dolor no fuera tan evidente, para que su propio hermano no viera que él estaba asqueado de sí mismo por lo que estaba haciendo. Porque Sadie tenía razón, y Sirius era su hermano a pesar de todo. Y no podía matarle. No podía hacerlo, y menos con esos ojos tan parecidos a los suyos mirándole con arrogancia, aún en esa situación de inferioridad.

Enfadado consigo mismo por ser tan débil, por verse aún afectado por unos acontecimientos que habían ocurrido hacía más de un año y no poder superarlos, Regulus apretó con fuerza su varita, casi hasta el punto de romperla, pero no la usó. En vez de eso, se acercó más y dio un puntapié en el vientre de Sirius. Este gimió de dolor, sin ser capaz de coordinar sus movimientos, y ese gemido se ganó otra patada. Y después otra, y otra, y otra... Tantas que Regulus perdió la cuenta.

Quería castigarle. Hacerle el máximo daño posible por dejarle sólo, por cargarle a él con responsabilidades que eran de ambos, porque aunque no era capaz de matarle, tampoco soportaba que se fuera sin sufrir un poco. Se lo merecía, después de lo egoísta que había sido durante toda su vida. Se lo merecía por todo lo que había sufrido él, toda su familia, por su culpa. Su madre estaba equivocada. Matándole no borraría la traición a su familia; sólo haciéndole sufrir un poco comprendería lo que habían pasado todos. Lo que había pasado él. ¿Hermanos? Hacía mucho que Sirius no se había comportado como tal.

Las lágrimas seguían cayendo por sus mejillas, nublándole la vista y la razón, mientras seguía pateando a Sirius, quien se movía como un muñeco deshilachado. Paró un segundo al ver que se movía sólo por reflejo, pero al oírle respirar le dio otra fuerte patada de impotencia. Ahí falló.

Le había dado un segundo para recuperar un poco de perspectiva, y Sirius no necesitó más para agarrarle del tobillo y tirarle al suelo junto a él. Le faltaba el aire y le dolía el pecho horrores, pero que Merlín se lo llevara si permitía que lo mataran a golpes. Cuando le tuvo en el suelo, se echó sobre él, dispuesto a devolverle los golpes uno a uno, y ya de paso a quitarle la máscara para ver quien era el muy hijo de puta.

Ambos hermanos forcejearon el uno sobre el otro, ganando Sirius a veces por su complexión física, y Regulus otras por estar ileso. Sin embargo, el menor de ellos entró en pánico cuando la máscara se le movió un poco. ¿Y si le descubría? No iba a matarle pero, ¿le quedaría otra opción si Sirius veía su cara? Dando patadas y puñetazos sin apuntar, a veces daba al aire y a veces a su hermano, notó que algo se movía en el interior de su bolsillo y recordó el blasón de los Black.

Los dos segundos que perdió en meter la mano al bolsillo para cogerlo, los aprovechó Sirius para darle dos puñetazos en la cara, uno de los cuales le rompió la nariz, aún con la máscara en medio. Sin embargo, con el blasón en su puño, le golpeó primero en el pecho, dejándole sin respiración con el macizo material del que estaba hecho, y después en un costado de la cabeza, haciéndole caer el suelo. Se puso de pie con dificultad, apretando con fuerza su varita, y le apuntó con ella firmemente.

Sirius estaba consciente pero aturdido, y enseguida notó la sangre que resbalaba por su sien hasta su mejilla. Al ver al mortífago apuntarle con la varita, se temió lo peor por segunda vez y, por segunda vez, se equivocó. Con una voz que no era la suya, Regulus le espetó, tembloroso:

- Te perdono la vida. Vete de aquí y desaparece del pueblo antes de que otro te mate.

Dudando un segundo, Regulus se dio la vuelta y se echó a la carrera, cojeando. Temía que Bellatrix le hubiera visto dejar vivo a Sirius y que después fuera a vengarse de él por su cobardía. Pero a medida que recorría la calle, se dio cuenta de que ella no estaba con el grupo. Qué raro...

Sirius resopló de dolor, limpiándose la sangre con la manga de la túnica, y se arrastró hacia la pared de una casa, intentando pasar desapercibido. Intentó regular su respiración, pero era difícil con todo el cuerpo doliéndole tanto. Afortunadamente, vio su varita en el suelo, cerca de él, y se estiró para recogerla. Al ver una sombra acercarse, la alzó dispuesto a jugárselo todo; pero era un auror el que se había fijado en él.

- ¿Estás bien, chico? –le preguntó con urgencia arrodillándose frente a él mientras vigilaba la retaguardia-. Tienes un feo golpe en la cabeza.

Él siseó cuando el hombre le tanteó la herida con las dedos, y al mover demasiado el pecho los cruciatus recibidos se rebelaron. El auror lo notó, y enseguida supo por qué era el dolor. Maldijo en voz baja, y le ayudó a levantarse.

- ¿Puedes andar?

- Sí –respondió débilmente. Le dolió un poco el tobillo, pero era lo de menos. En cuanto le cerraran la herida de la cabeza y dejara de marearse, se sentiría mucho mejor-.

Aún sujetándole, el auror tomó un trozo de madera que había caído del tejado, y lo convirtió en un traslador.

- Te llevará a las puertas del castillo. Allí hay aurores esperando para ayudaros. ¿Podrás ir sólo?

- Sí, no hay problema...

Cuando la madera emitió ese brillo azulado que indicaba que estaba dispuesta a partir, el auror se apartó de él. Antes de desaparecer de Hogsmeade, Sirius vio como el hombre ya había iniciado otro duelo.

OO—OO

Desde el bosque se observaba casi toda la barbarie como una panorámica. Con la noche ya sobre ellos, sólo se veían los barrios adyacentes, con los negocios de Cabeza de Puerco y el Salón de Té de Madame Tudipié, pero el ruido del jaleo indicaba que aquello se había extendido por todo el pueblo. Sadie había comenzado a internarse en el bosque para buscar a Regulus donde le había visto la anterior ocasión, cuando comenzaron los gritos.

Asustada, había dado marcha atrás y se había acercado para ver qué ocurría. Al principio sólo había estudiantes y lugareños corriendo hacia ella, gritando y con cara de pánico. Segundos después, aparecieron enmascarados siguiéndoles desde el centro del pueblo; con las varitas en alto, los gritos de guerra y las risas de diversión rodeándoles. En pocos instantes varias personas se encontraban en el suelo, siendo torturadas.

Instintivamente se acercó más, atraída por esa imagen que la recordaba tanto al último día que había visto a su padre, que casi se la clavaba en el pecho. Los de Alemania iban vestidos así, con túnicas negras y máscaras blancas, y casi esperaba que dos de ellos se aparecieran en medio de todo con cuatro cadáveres para dejar allí de decoración. Casi esperaba ver aparecer a su padre y repetir la escena que inundaba sus pesadillas. Casi esperaba ver cómo volvían a llevárselo.

Perdió unos preciosos segundos envuelta en esa fantasía de su imaginación, y cuando quiso darse cuenta la batalla la había rodeado, y varias personas la empujaban intentando pasar hacia Cabeza de Puerco, para refugiarse en el bar, o bien coger el camino oeste que llevaría al colegio a través del bosque.

Al reaccionar, ella miró alrededor, dándose cuenta de repente de las cosas. Por eso estaba Regulus tan nervioso, por eso la había suplicado que no fuera... Aunque sabía en qué estaba metido, algo dentro de ella había esperado que lo estuviera en contra de su voluntad, o que a la hora de la verdad se echaría atrás. Pero él podía ser cualquiera de los enmascarados que lanzaban maldiciones por placer. Caminó lentamente, como si nada fuera con ella, buscando con la mirada algo que le distinguiera del resto. Tuvo que esquivar un cuerpo que había en el suelo, un chico que parecía ser de su edad, y cuyos ojos abiertos estaban carentes del brillo de la vida.

Otra mirada alrededor la distrajo de la búsqueda de Regulus, pues sus ojos se encontraron con una melena pelirroja que ondeaba al viento mientras su propietaria corría en dirección contraria a ella, hacia el centro del pueblo. ¿Por qué? La salida era por el otro lado.

- ¡Lily! –se escuchó gritar a sí misma-.

La pelirroja se volvió, y creyó que la había oído, pero sólo apuntó cerca de ella con la varita, y un mortífago que luchaba con una mujer se llevó la mano al hombro adolorido. La auror aprovechó para acabar con él. Cuando su amiga echó de nuevo a correr, Sadie volvió a llamarla para indicarla que se estaba equivocando de camino.

- ¡Lily! ¡Lily!

Pero esta ya había desaparecido por una esquina, sin oír sus gritos. Sadie miró alrededor pero no vio a nadie más. Ningún conocido. Puede que Regulus estuviera entre los enmascarados, puede que no la hubiera visto. ¿Se atrevería a seguir atacando, si supiera que ella le estaba viendo? Dentro de su corazón, esperaba que no.

Una cara conocida se cruzó con su mirada, y vio que Allan, su compañero de equipo, subía una cuesta acompañado de varios amigos. Todos estaban sudorosos, algunos sangraban por heridas leves, y sus rostros reflejaban el mismo pánico que se veía en todos los rostros destapados. Al verle dirigirse al bar, decidió seguirle. Si todos tomaban ese camino era porque era seguro.

Corrió, acercándose a Cabeza de Puerco, pero su mente seguía preguntándose qué haría Regulus si supiera que ella estaba allí. Y antes de que pensara con raciocinio, su lengua la traicionó.

- ¿Regulus? –preguntó en voz alta esperando que alguno de los encapuchados se volviera al escuchar su nombre-.

Uno lo hizo, pero instintivamente ella supo que no era su amigo. Era de una estatura parecida sí, quizá algo más bajito, pero desde luego era mucho más ancho y con las manos más viejas y callosas. Sin embargo, dejó a torturar a los dos niños que estaban tirados en el suelo frente a él, y se dirigió hacia ella mirándola fijamente. Sadie hubiera dado todos los galeones del mundo porque sus piernas la respondieran y pudiera salir corriendo de allí.

Pero el mortífago llegó a ella en menos de dos segundos, y no había podido moverse en ningún momento.

- Vaya, vaya –dijo una voz jadeante a través de la máscara-. ¿A que averiguo quién eres?

Había diversión en su voz, y eso lo hizo temblar, como si un escalofrío la hubiera atravesado.

- Regulus tenía razón. Hay un parecido con Bella, pero sólo es superficial. Tú tienes miedo. Lo veo en tus ojos...

¿Cómo se podía dar un toque tan morboso a una conversación sobre el miedo que ella tenía? Otro escalofrío la recorrió, aunque su mente sólo procesó que había nombrado a Regulus.

- ¿Dónde... está? –preguntó intentando que no le temblara la voz-.

No la harían nada. Él estaría allí y no lo permitiría. Sabía que Regulus no permitiría que le pasara nada, por eso había insistido tanto en que no fuera a Hogsmeade. Tenía miedo de que algo la ocurriera. En cualquier momento llegaría, y la sacaría de allí ya que ella no era capaz de moverse.

- Aquí, no –contestó el mortífago, y en su voz se distinguió una sonrisa satisfecha-.

Un segundo después Sadie se encontraba en el suelo, encogiéndose de dolor víctima de un cruciatus. Cerró los ojos con fuerza, dejó escapar un grito y una lágrima se escapó de la comisura de sus ojos. Dolía muchísimo más de lo que se habría imaginado nunca. Era insoportable.

- Tú eres la culpable, ¿verdad? –dijo el mortífago dándola una patada para que se tumbara boca arriba, y pudiera verla la cara-. Tú eres la que le ha metido al chico todas esas ideas en la cabeza, ¿cierto? Le has hecho dudar... Si no te quito de en medio, acabarás convenciéndole de que se pase al lado de Dumbledore, ¿verdad?

- ¿Q-qu-qué? –no entendía nada, aunque quizá era que el dolor aún la tenía aturdida-.

El mortífago alzó de nuevo la varita, y Sadie cerró los ojos con fuerza, preparándose para otra sesión de dolor. Pero esta vez fue peor.

- ¡Avada Kedavra!

Y no tuvo tiempo de asustarse por oír la peor maldición, pues esta la golpeó al instante, y ella dejó de sentir. Con los ojos abiertos, ya sin vida, Sadie miraba hacia un cielo que se iba acercando a su alma. Una lágrima involuntaria cayó otra vez por la comisura de su ojo derecho, pero ella ya no lo notó. Justo un segundo después había llegado un escudo protector que la mujer que había visto luchar intentó crear para ella, pero llegó tarde.

Rabastan Lestrange comenzó a enfrentarse a la mujer, cuya rabia la invadió al no haber podido llegar a tiempo. El duelo se puso difícil para el mortífago, pero este estaba feliz. Se había asegurado de que Regulus Black no volviera a cuestionarse su lugar en la guerra; ya no había nadie que le hiciera dudar de nada.

OO—OO

Era el sexto patronus que rechazaban, pero en ese momento no estaban para interrupciones. Todo estaba vuelto del revés, desde que esa tarde a Dumbledore le extrañó ver tan silenciosa y vacía la casa de los Potter. Moody había trabajado rápido con el permiso para acceder a la casa y, sin querer utilizar a sus chicos del departamento, llamaron de nuevo a los hermanos Prewett.

Entrar en la mansión Potter fue fácil tras obtener el permiso para echar abajo cualquier dispositivo de seguridad. Apenas tres cuartos de hora después de que Albus y Alastor llegaran al lugar, estaban entrando por la puerta acompañados de los gemelos pertenecientes a la Orden. La casa estaba vacía, y aparentemente, no tenía signos de lucha. Pero Moody pronto encontró motivos para preocuparse, al inspeccionar el piso superior y ver una habitación completamente destrozada, como si hubiese sufrido una explosión. Mandó a los Prewett a inspeccionar la cocina, siguiendo un viejo instinto, y junto a Dumbledore siguieron analizando las habitaciones. Algunas estaba revueltas, pero ninguna como la primera.

A los pocos minutos, Gideon les gritaba desde el piso inferior que bajaran. En la cocina, apilados dentro de unos armarios, habían encontrado una decena de elfos domésticos muertos. La cosa estaba clara: si no habían asesinado a los habitantes de la casa, al menos los habían secuestrado. Temeroso de que esa operación tuviera que ver con la última caja, Dumbledore le ordenó a Moody que se pusiera en contacto con el ministerio para comenzar su búsqueda al instante.

Sin embargo, antes de que este saliera de la casa para desaparecerse, la puerta de entrada se abrió, y los dueños entraron por ella. Bajo la sorprendida mirada de los cuatro visitantes, Dorea ayudaba a andar a su marido y, con una varita, hacía flotar el cadáver de su suegra. Al ver al anciano, ambos suspiraron.

- Te dije que sería Dumbledore –susurró Dorea visiblemente más calmada-.

Al ver que alguien había irrumpido en su casa, pasaron por alto que fueran mortífagos, pues aún no había podido notar su falta, y Charlus pensó que se trataba de aurores del ministerio mientras que Dorea apostaba a que sería el director de Hogwarts y comandante de la Orden del Fénix el primero en notar su ausencia.

- Hace muchos años que no me alegraba tanto de verle, Dumbledore –le saludó el señor Potter con un gruñido, mientras se sentaba en el suelo con la ayuda de uno de los gemelos-.

- ¡Tiene que ayudarnos! –urgió su esposa corriendo hacia el anciano y agarrándole de la túnica con desesperación-.

- Amigos míos, ¿qué os ha ocurrido? Tenéis tan mal aspecto... Y su madre, Potter, ¿cómo...? –Dumbledore no sólo estaba sorprendido, sino también preocupado. Habían aparecido por su propio pie, sí, pero ambos con muy mal aspecto-.

Pero la insistencia de Dorea le hizo ignorar de momento el cadáver de la anciana, pues esta volvió a llamar su atención.

- ¡Por favor, es urgente; van a por James!

- ¿A por quién? –intervino Moody-.

- ¡Mi hijo! Dijeron que irían a por él, que le harían daño. Adam le dio algo y ellos quieren quitárselo y...

No sabía si se estaba explicando bien, pero estaba intentando ordenar rápidamente todo lo que habían oído. Necesitaba que pusiesen a salvo a James cuanto antes.

- Por favor, Dumbledore, tiene que ayudarnos.

- Señora, ¿dónde está su hijo? –insistió Moody en su papel de auror-.

- Tranquilo Alastor, está en Hogwarts –dijo Dumbledore con tranquilidad-. James es uno de mis alumnos. Y allí dentro no le ocurrirá nada, se lo aseguro –les dijo a los padres del muchacho-.

Pero estos no estaban tranquilos en absoluto, sino que Charlus intentó levantarse y sostenerse sobre sí mismo.

- Sólo asegúrese Dumbledore. Creemos que buscarán la forma...

- ¿Han dicho que Adam le dio algo? –cayó de repente el director-.

-Sí. Una caja, hablaban de una caja –recordó Charlus forzando su mente a recordar más cosas-.

El semblante del director ya no estaba tan seguro. ¿Cómo Adam Potter había podido ser tan inconsciente como para poner la caja en manos de un muchacho? Evidentemente, esperaba que nunca llegaran hasta su sobrino, pero le había puesto en serio peligro. Tendría que volver a Hogwarts de inmediato y hablar con James ahora mismo.

Ahí fue cuando llegó otro patronus, este dirigido a Fabian, quien levantó la varita para rechazarlo tal y como habían hecho con los anteriores. Pero esta vez Moody le detuvo con un movimiento brusco.

-Déjalo. Algo urgente debe haber pasado si insisten tanto.

Cuando la neblina se aclaró, forma el aspecto de una pequeña y grácil paloma, que abrió la boca y habló con la voz enfadada de Marlene.

- ¿Se puede saber dónde narices estáis? ¡Llevamos una hora intentando contactar! ¡Han atacado Hogsmeade! Repito, han atacado Hogsmeade. ¡Esto está lleno de estudiantes, así que moved vuestros culos idénticos y venid aquí! ¡Intentad contactar con Dumbledore y con Moody, nosotros no hemos podido!

Al acabar el mensaje el patronus se desvaneció, pero antes de eso la habitación se había llenado de gritos.

- ¿Estudiantes? ¿Había salida al pueblo hoy? –preguntaba Gideon negándose a creer que fuera una causalidad que el ataque se hubiera producido ese día-.

- ¡Alice y Frank han debido intentar contactar! ¡He de irme! –exclamó Moody antes de desaparecer por la puerta-.

- ¡James está alli! ¡Usted dijo que estaría a salvo! ¡Está allí, siempre va a Hogsmeade! –los gritos de Charlus y Dorea se intercalaban haciéndose casi inteligibles-.

Blanco como la cera, Dumbledore agitó la cabeza intentando aclarar sus pensamientos, y se puso en marcha hacia la puerta mientras dirigía unas últimas palabras a los padres del muchacho.

- Iré hacia allí sin pérdida de tiempo. Pondré a James como una prioridad, yo mismo le encontraré.

Conocía al muchacho casi tan bien como los padres, y sabía que si le había pillado en medio de la batalla el chico no se habría ido de allí por las buenas. Era intrépido, demasiado para su propia seguridad si era cierto que tenía la caja. Esta claro que él era el objetivo principal ese día, y eso era demasiado peligroso. No sólo para él.

Los hermanos Prewett le pisaban los talones al director, ellos con la mente en un colectivo, pensando en todos los estudiantes que se encontraban desprotegidos, y considerando lo imposible que resultaría que todos saliesen sanos y salvos si Voldemort y sus secuaces se habían empleado a fondo.

OO—OO

Hogwarts era el lugar donde los aurores enviaban a los estudiantes para que estos estuvieran a salvo, pero poco podían suponer que en poco tiempo el lugar tampoco sería seguro. Los profesores habían partido en su mayoría hacia Hogsmeade, tratando de auxiliar a cuantos estudiantes pudieran, y la seguridad que había quedado allí era mínima. Desde luego, teniendo en cuenta el gran despliegue que los mortífagos habían hecho en el pueblo, no esperaban que hubiera quedado nadie que estuviese interesado en entrar al castillo.

Craso error. Cuatro encapuchados observaban desde la arboleda la entrada sur del castillo, apenas vigilada por dos aurores muy tensos. Además de ellos, estaba el elemento sorpresa, el que ocasionaría el caos. Con la noche ya encima y con la poción bebida muy en su contra, Greyback ya se había transformado en hombre lobo. El protagonista de las pesadillas de todos los niños estaba por entrar en un colegio que cada vez se llenaba más de ellos.

Habían esperado lo suficiente para observar las idas y venidas, y ya no podían perder más tiempo. Tenían dos torres que registrar. Con una señal de Malfoy, Greyback salió de su escondite rugiendo con fuerza y abalanzándose sobre uno de los aurores. Daba igual que sus instintos estuvieran adormecidos o no, él siempre era igual de letal. Antes de que el otro auror pudiera reaccionar, ya le había arrancado la yugular a su compañero y le miraba enseñando sus dientes ensangrentados. Sólo con la vista pendiente en las fauces del licántropo, el auror no vio las cuatro figuras que se acercaban a él.

- ¡Avada Kedavra! –gritó Malfoy, deshaciéndose del segundo auror-.

La entrada estaba desierta. Los cuatro entraron a la par que el lobo, encontrándose con un vestíbulo vacío, al que llegaba el murmullo de muchas voces desde otro pasillo. El pasillo que llevaba a la enfermería. Malfoy sonrió.

- Greyback, tienes libertad de acción en esta zona –le dijo al lobo, quien ya olfateaba el olor de los niños con repugnante deleite-. Cuando acabes aquí, puedes darte una vuelta por el resto del castillo, pero debemos salir de aquí antes de media hora.

El licántropo no esperó a saber las órdenes de los demás, pues estaba impaciente por empezar su propia fiesta. Corrió a galope, dirigiéndose hacia el sonido de las voces y hacia ese olor tan juvenil. Malfoy continuó con las instrucciones.

- Dolohov, Rookwook, a la torre Gryffindor. Está en el séptimo piso, tras un gran cuadro de una mujer y en las puertas señalan de qué curso pertenecen cada uno. Potter está en séptimo. Lo mismo, media hora. Divon, conmigo.

Cuando los otros dos hubieron tomado su camino, Lucius y Ethan comenzaron a subir con prisa las escaleras hasta el sexto piso. Antes de alejarse mucho del vestíbulo, habían comenzado los gritos desde el pasillo de la enfermería.

- Casi me dan pena los críos –comentó Ethan pensando en su pequeña sobrina. Pero eso le llevaba a pensar en su difunta hermana, por lo que vació su mente-.

Lucius no hizo caso de su comentario y siguió su camino con rapidez.

- La entrada está tras un cuadro de jugadores de pocker... –dijo pensativamente-.

- ¿Cómo lo sabes? –cuestionó Divon con curiosidad-.

Pero Malfoy sólo sonrió con burla, sin revelar sus fuentes. No tardaron en llegar al sexto piso, y se acercaron hacia la zona oeste, donde Lucius sabía que estaba el pasillo de entrada. Ethan encontró enseguida dicho cuadro, cuyos ocupantes estaban dormidos sobre la mesa, y rodeados de copas de whisky de fuego. Era evidente que se habían tomado el día libre cuando los ocupantes de la torre también lo habían hecho.

Sin dudarlo, ambos hombres apuntaron al cuadro a la vez, y gritaron con fuerza:

- ¡Bombarda!

El cuadro voló por los aires, provocando gritos en los cuadros cercanos, y un gran estruendo al afectar también a parte de la pared de piedra. Sin embargo, un hueco lo suficientemente grande para entrar una persona adulta se había abierto en la pared, dejando ver un pequeño saloncito decorado con motivos granas y dorados. Los dos ocupantes eran Gryffindor, no había lugar a dudas.

Ambos entraron sin perder tiempo, y atravesaron el salón para quedarse el pie de las escaleras que separaban dos puertas.

- Tú a la derecha, y yo a la izquierda –ordenó Malfoy dirigiéndose ya a dicha habitación-.

Entró en la habitación que obviamente pertenecía a James Potter. Las banderas de Gryffindor que inundaban la habitación, el típico desorden masculino, las decenas de fotografías de él con sus amigos y su novia, y su uniforme de quidditch tirado de mala forma sobre la cama, lo delataron.

Inmediatamente, el primer lugar en el que buscó fue el gran baúl que estaba a los pies de la cama. Había ropa mal colocada, algunos libros que no parecían haber sido muy usados, una snitch dorada y un espejo de mano. Incrédulo, el mortífago siguió mirando, pero poco más encontró a parte de ropa sucia y trozos de pergaminos usados. Frustrado, apuntó al baúl con la varita y este voló en mil pedazos. Después comenzó a buscar en las estanterías y los cajones del escritorio, pero allí casi no había nada. Sólo pudo encontrar algunos recortes de quidditch y planos para entrenamientos, nada útil.

Dando una patada a la puerta que la sacó de sus goznes, salió de la habitación con las manos tan vacías como las había encontrado. Bajó las escaleras y volvió a subirlas derecho a la otra habitación, desde donde se oía el ruido que estaba haciendo Ethan.

Era una habitación mucho más femenina, y seguramente más ordenada antes de que Divon pusiese sus manos en ella. Encima de las estanterías y las mesas había fotos mágicas, pero también muggles, de una chica pelirroja con sus padres. La reconoció, era la amiga de Severus. La sangre sucia. Así que Dumbledore había premiado a dos Gryffindor... Apenas se le veía el plumero al director.

- ¿Has encontrado algo? –le preguntó yendo al grano-.

Ethan tiró al suelo el contenido de un cajón lleno de plumas, pergaminos y tinta.

- No. Está vacía.

Con una sola mirada los mortífagos se pusieron de acuerdo para registrar la zona común, pero después de diez minutos tuvieron que aceptar que esta también estaba vacía. Habían estado tan seguros de encontrar la caja en esa torre, que su frustración no tenía límite. De una patada Ethan rompió la mesita de la salita, y Lucius se desquitó haciendo explotar uno de los sofás.

- Se nos acaba el tiempo –dijo apartándose el pelo rubio de la cara, y volviendo a colocarse la máscara-. Bajemos y esperemos que Rookwood y Dolohov la hayan encontrado.

- ¿Y si el chico la tiene encima? –preguntó Ethan, cayendo de repente en esa posibilidad-.

Malfoy se detuvo en la puerta, se giró y se quedó mirándole pensativo. No habían considerado la idea, pero tampoco era imposible.

- Entonces daremos con él como sea... –respondió con una voz peligrosa, una voz de quien había perdido toda la paciencia-.

OO—OO

James, como ya habían supuesto sus padres y Dumbledore, era demasiado intrépido. No había conseguido, ni bien ni mal, que el dueño de Honeyduckes abriera la puerta para que la gente se refugiara, y su intento por reunir a los alumnos más jóvenes y desamparados habían terminado solucionándolos los aurores que habían llegado al pueblo. Sin embargo, pese a que ya se lo habían gritado tres veces, no se había marchado de Hogsmeade. Lily y Sirius aún no volvían, y si no estaba seguro que ellos estaban bien, no podía irse a ningún lado.

Por lo tanto allí seguía, en las cercanías de Honeyduckes. Se había quitado de en medio de la batalla obedeciendo las órdenes de un auror que parecía dispuesto a apartarle a golpes, pero desde la retaguardia se aliviaba ayudando un poco. Un hechizo por aquí, una maldición por allá, y les iba quitando trabajo a los aurores y a algunos miembros de la Orden del Fénix que conocía de vista. Le había extrañado no ver a su tío, pero también sabía que debían estar esparcidos por todo el pueblo.

¿Por qué tardaban tanto Sirius y Lily? Ya debían haber llegado hacía mucho rato. Estaba agazapado entre dos casas vigilando todo lo que estaba a su alrededor, no fuera a encontrarse en problemas sin darse cuenta. Vio a dos mortífagos luchar contra una chica que sería poco mayor que él, y que desde luego la estaban ganando terreno. No fue difícil dejar desmayado a uno de ellos por la espalda.

Más a la izquierda, un mortífago acababa de ganar una batalla. Su oponente, un hombre a quien no veía la cara, estaba en el suelo con la pierna sufriendo varios espasmos. Al menos no estaba muerto. El mortífago miraba a su alrededor, seguramente buscando a su próxima víctima, y levantó la varita cuando pareció encontrarla. James también la levantó, y miró a quien apuntaba, provocando que su corazón diese un vuelco.

- ¡Lily! –gritó a su novia que venía hacia Honeyduckes sin percatarse de que era un objetivo-.

Hizo que un potente escudo la rodease segundos antes de que un rayo verde explotara contra este. Con el corazón en un puño, salió corriendo hacia ella, que ya se había dado cuenta de la situación y apuntaba a su agresor con la varita. Este se llevó la mano al cuello y cayó al suelo, gritando de dolor. Cuando James llegó hasta ella la tomó de la cintura, pero se encontró con un golpe y con la varita de Lily apuntando a su cara. Era muy rápida.

- ¡Soy yo!

Pero ella ya le había reconocido y había bajado la varita, tirándose a sus brazos. Le abrazó con fuerza por el cuello, y dejó escapar un sollozo de alivio.

- Es peor todavía que en Londres –dijo con voz rota-. He visto a tantos compañeros... Temí que cuando os encontrara...

Para su seguridad, James les arrastró de nuevo hacia su refugio, sin dejar de abrazarla. Cuando Lily le soltó, miró alrededor y frunció el ceño.

- ¿Dónde está Sirius?

- No ha vuelto –contestó James con un nudo en el estómago. Después la sostuvo fuerte de los hombros-. ¡Habíamos quedado mucho antes! ¿Por qué has tardado?

- ¡Estaba intentando reunir gente! ¡Es difícil, los mortífagos se han replegado enseguida! –exclamó ella con frustración-. Luego llegaron los aurores y ellos se hicieron cargo de la situación, pero tuve que escaparme para que no me obligaran a volver a Hogwarts.

- Tendrías que haberte ido –respondió James sabiendo que él había hecho lo mismo-.

Lily le sonrió levemente.

- Sin ti no me voy.

James tenía ganas de abrazarla, de besarla hasta dejarla sin aire, pero no podían despistarse de esa forma. Seguían en medio de una batalla.

- Esto se está poniendo peor. Deberíamos volver, James.

- Sirius aún no ha vuelto –contestó él con la vista fija en el lugar donde había desaparecido su mejor amigo, esperando verle volver en cualquier momento-.

- Quizá le han obligado a irse –pensó Lily considerando lo que la había ocurrido a ella-.

James se mordió el labio inferior, realmente dudoso de qué hacer. Le costaba creer que alguien pudiera obligar a Sirius a nada, a no ser que le hubiera ocurrido algo. Y había visto tantas cosas ese día, y se había imaginado otras tantas, que ¿qué le aseguraba que no le había ocurrido nada de verdad? Creía que le reventaría el pecho de preocupación.

- Vamos a buscarle –le dijo a Lily por encima del ruido de la batalla. Su novia le miró sin entender, y él añadió-. Vamos hacia la zona a la que se dirigía él, y si no le vemos por ningún lado, nos hacemos un traslador. Es como están evacuando a la gente.

Lily, que también estaba terriblemente preocupada, asintió con la cabeza, y ambos se incorporaron alerta.

- Será mejor que vayamos por la parte de atrás del pueblo. Si tenemos suerte, las fachadas de las casas nos ocultarán.

A ella le pareció una buena idea, y cogidos de las manos fueron avanzando con cuidado por detrás de las casas. Cada vez que tenían que cruzar de una a otra, se aseguraban de que nadie estaba mirando. El corazón les latía a mil por hora a ambos, notando el pulso por toda su piel. Estuvieron caminando diez minutos hasta que se encontraron con un obstáculo.

Varios mortífagos se encontraban apostados justo en esa zona, como si estuviesen puestos estratégicamente para que nadie pudiera escapar por allí. James maldijo en voz baja.

- ¿Ahora qué hacemos? –susurró Lily a su espalda-.

Él miró alrededor, sin saber qué hacer. De repente su mirada se encontró con un terreno conocido. Un terreno que no era conocido por mucha más gente, sólo por los merodeadores que paseaban mucho por la zona bajo la luna llena.

- Estamos cerca de la Casa de los Gritos –la susurró-. Si logramos entrar al bosque sin que nadie nos vea, estaremos allí en un par de minutos. Y de allí podremos ir a salvo hasta Hogwarts.

Lily apretó fuerte su mano, de acuerdo con el plan. James se mordió el labio inferior con cargo de conciencia. Eso significaba dejar sólo a Sirius. Pero no podía arriesgar tanto a Lily, y sabía que su amigo lo comprendería y podría apañárselas sin él esa vez. Así pues, cuando vio que nadie miraba, la empujó para subir corriendo hacia los terrenos del bosque y, segundos después, él la siguió.

OO—OO

Severus Snape estaba más bien aburrido. Había sido apostado, junto a Avery y Mulciber, en la parte de atrás del pueblo supuestamente para vigilar que nadie escapaba por allí. Él sabía que era para que no molestaran demasiado. Lestrange, tipo agradable.

Así pues, él no había visto prácticamente nada de batalla, sin saber que eso le beneficiaría más adelante. Si hubiera estado en las carnes de Regulus Black, hubiera dado lo que fuera por olvidar las escenas que había visto ese día.

Pero él estaba en una posición donde nada ocurría, donde no pasaba nadie y donde apenas se escuchaba el sonido de la lucha. Sabía que dentro de poco debían marchar a Hogwarts si no querían levantar sospechas, pero de momento seguía haciendo la guardia, seguro de estar perdiendo el tiempo. Hasta que percibió la sombra por el rabillo del ojo.

Alguien había pasado cerca de él, lo sabía; en dirección al bosque. Dejando atrás a sus dos compañeros, Severus avanzó en pos de la persona que había escapado, y su mirada se centró en una figura alejada de él, con el cabello completamente revuelto y de un negro azabache. La respiración se le aceleró al darse cuenta de quién era.

Se agachó a tiempo, pues James se dio la vuelta en ese momento para comprobar que no le siguieran. Ahí fue cuando comprendió que estaba solo. ¿Dónde habría dejado a Lily? Seguro que el muy cobarde la había abandonado a su suerte para salvar su preciado trasero de niño mimado. Pensar que algo podría ocurrirle a ella por la falta de cuidado de ese arrogante, hizo que le odiara más.

Con dificultad, sin tener su destreza para caminar por el bosque, le siguió. Al fin y al cabo le buscaban a él, ¿no? Le querían vivo. Pues vivo le tendrían, pero eso no significaba que no aprovecharía para cobrarse unas cuantas putadas que el muy cobarde le había hecho en compañía de sus fieles perritos. Ahora que estaba solo se las haría pagar todas juntas. Que le quisieran vivo no significa que le quisieran en perfecto estado.

La cuesta se estaba acabando, y ya se encontraban a veinte metros de la salida del pueblo, adentrándose en una zona bastante solitaria. Perfecta para lo que tenía planeado. Cuando James estaba a punto de llegar a lo alto de la cuesta y adentrarse en la llanura que había en el bosque, Severus gritó:

- ¡Potter!

James le escuchó, y todos sus instintos se dispararon. Miró a Lily, que estaba unos metros por delante de él y que miraba cuesta abajo como si esa voz significara algo para ella, algo en que no caía. Antes de volverse con su varita apretada, la susurró:

- Quédate aquí...

No es que quisiera quedarse a salvo, pero Lily sabía apreciar que sería de más utilidad permaneciendo escondida que haciéndose la heroína. Podía pillar al mortífago por sorpresa, pues este sólo parecía haber visto a James. Por qué le había conocido, no lo entendía, pero decidió dejarlo para más tarde. De momento tenía que preocuparse de que James aguantara el primer asalto solo para hacer su aparición sorpresa.

- ¿Escapando como un cobarde? –dijo el encapuchado con una voz que a James también le resultó familiar, pero que no pudo identificar debido a lo distorsionada que estaba bajo la máscara-.

Él sonrió, sin mostrar su inquietud.

- ¿Escondiendo tu cara como un cobarde? –le devolvió-.

La reacción fue instantánea.

- ¡Crucio!

Pero afortunadamente James ya lo había previsto y ya había convocado un escudo a su alrededor. Eso sólo enfureció a Snape, quien sin duda esperaba encontrárselo más desprevenido, por lo que el joven comenzó un duro ataque que James aguantó como pudo.

Por el momento los hechizos que mandaban eran bastante flojos, sólo destinados a cansar y minar a su oponente. Tan rápidamente se movía que James sólo tuvo oportunidad de responderle un par de veces que Severus esquivó con facilidad. En su escondite, Lily ya estaba preparada para aparecer. Se movió, acercándose más a la pelea y pisó una rama con el pie, rompiéndole en un chasquido.

James lo oyó y, temeroso de que su oponente también lo hubiera hecho, se volvió un segundo hacia ella. Severus sonrió y exclamó:

- ¡Expeliarmus!

La varita de James viajó hacia él a una velocidad alarmante, pero por alguna razón dio marcha atrás como si alguien la hubiera repelido. Asombrado, Severus estuvo a punto de caer bajo un hechizo de James, pero se adelantó, usando para su propia sorpresa, una maldición que había creado pensando en la persona que tenía delante, la que más odiaba del mundo.

- ¡Sectumsempra!

Si él mismo se había sorprendido por atreverse a usarla, la reacción de James no fue menor. Sin varita y aturdido por escuchar una maldición que no conocía, no se apartó a tiempo y fue alcanzado en el pecho. Cayó hacia atrás, impulsado por una fuerza invisible, y sintió un intenso dolor por todo el cuerpo.

Un segundo después, Lily había salido de su escondite y había comenzado una lucha en solitario que era digna de admirar. El rencor la había invadido al ver a James tirado en el suelo, golpeado por culpa de su lentitud en ponerle un escudo, y cargó contra el mortífago de una forma increíble. Al verla, Severus se quedó helado. Estaba allí al fin y al cabo, atacándole ferozmente por herir a alguien a quien él consideraba que tenía derecho de hacerlo. Alguien a quien ella no consentiría que nadie hiriera.

Su cabello pelirrojo brillaba con fuerza mientras ella se movía con rapidez, y sus ojos resplandecían de un sentimiento nada amable que la llevó a tomarse la venganza por su mano. Severus sólo pudo defenderse ante tan fiero ataque. Estaba realmente furiosa.

Fue una exclamación ahogada la que atrajo la atención de ambos. Lo que había comenzado como un intenso dolor se había materializado en cientos, miles de cortes que aparecieron por todo el cuerpo de James, sangrando copiosamente. El muchacho parecía asustado al ver cómo la cara se le iba llenando de sangre, y como esta escapaba por debajo de su abrigo y a través de las mangas. Sentía como si debajo de la ropa manara un río.

Intentó sentarse y desabrocharse el abrigo para ver hasta donde llegaban las heridas, pero las manos le temblaban terriblemente. Desde su lugar, Severus sonrió al ver que su maldición funcionaba perfectamente. Lily, sin embargo, estaba horrorizada. Se olvidó de que el mortífago estaba a su espalda y, tropezando y trastabillando, llegó hasta James gritando su nombre. Cuando se arrodilló a su lado, estaba prácticamente cubierto de sangre. Ella dirigió inmediatamente la varita a los cortes de su cara y exclamó:

- ¡Episkey!

Pero los cortes no sólo no se cerraban, sino que de ellos seguía manando mucha sangre. Repitió la operación varias veces, segura de haberlo hecho mal, pero el resultado fue siempre el mismo. Cuando las manos temblorosas de James lograron desabotonar su abrigo, el espectáculo fue peor todavía. Lily se quedó en shock ante lo que tenía delante.

- ¿Qué... qué?

¿Qué le habían hecho? ¿Qué tenía que hacer? Quería que se lo dijera, porque ella parecía incapaz de pensar con claridad. Ella, que había querido ser medimaga desde hacía años y se sentía capaz de afrontar cualquier situación, se desbordaba cuando el herido era él. Le había pasado la noche de luna llena hacía unos meses, pero esto era peor; mucho peor. Esto no lo conocía, no sabía qué era ni cómo se detenía. Y había tanta sangre...

Con la varita floja en su mano, Severus escuchó los sollozos de ella, el sufrimiento que reflejaban, y estos se le clavaron en el alma al ver que eran por la persona que más odiaba en el mundo. Su mayor enemigo había conseguido su sueño más preciado: El corazón de Lily. Y aunque esto ya lo suponía, tener la confirmación en una imagen tan íntima ante sus ojos, le corroía el alma. Olvidando su principal objetivo, que era entregar a James, salió corriendo intentando quitarse esos sollozos de la cabeza.

James levantó una temblorosa mano, aún sujetando la varita, y sostuvo un mechón del cabello de Lily. Las fuerzas le estaban venciendo, y ella parecía estar en shock. Tenía que hacerla reaccionar.

- Lils... Lily, avisa a alguien... Avisa, yo no puedo...

La pelirroja le miró aún en shock, intentando asimilar sus palabras. Sólo quería abrazarle y quitarle todas esas heridas. Quería que dejara de sangrar. Sin sentir las lágrimas que rodaban por sus mejillas, cogió su bufanda y trató de hacer un torniquete en uno de los cortes. Pero enseguida se dio cuenta de que sería como taponar una gota dentro de un océano.

- Vendrá alguien James, ya verás, tú tranquilo –le dijo con voz temblorosa, intentando convencerse también a sí misma-. Todo va a salir bien...

James asintió con la cabeza dirigiéndola una débil sonrisa, como intentando paliar su preocupación. Se llevó una mano a un bolsillo interior de la túnica y cogió la mano de Lily para llevarla con él.

- Toma. Ponte en contacto con mi tío en cuanto puedas...

Lily agitó la cabeza.

- Ahora eso no importa...

- Cógelo –insistió él-.

Los gritos de la batalla que habían librado los tres habían atraído la atención de algunas personas cercanas, de ambos bandos. Era de agradecer la casualidad de que un hombre bastante joven, con el pelo oscuro y los ojos pequeños, llegara el primero. No tenía emblema de auror ni ningún signo oficial, pero estaba claro que no era un mortífago. Supo que James era el único herido sin preguntar, y centró su atención en él. Sin embargo, todo aquello le desconcertó.

- ¿Qué maldición le han hecho? –preguntó a Lily bruscamente mientras ella seguía sujetando la mano de James-.

- No... no lo sé...

El hombre la miró de mala manera y levantó el jersey de color azul claro de James que estaba empapado de sangre. Tenía todo el pecho y él estómago cubiertos de heridas abiertas que manaban una gran cantidad de sangre. Lily sollozó más, y el hombre maldijo en voz baja, al ver que las heridas no cerraban hiciese lo que hiciese.

- ¡Intenta recordar qué maldición era, a ciegas no puedo hacer nada! –la gritó con urgencia, poniendo más nerviosa a Lily-.

- ¡No la conocía, jamás la he oído! ¡No sé qué maldita maldición era! Sectu... algo. ¡No lo sé!

No podía más, estaba cayendo en un llanto histérico, y más cuando sintió que la mano de James que estaba sosteniendo, perdía toda su fuerza. Le miró a la cara y vio que había perdido el conocimiento.

- ¡Alguien tiene que poder hacer algo! ¡Si usted no sabe llévelo a donde puedan! –gritó casi con la tentación de pegar al hombre. Quería que actuara rápido-.

- ¡Benjy! –gritó en ese momento una voz de mujer un poco por debajo de ellos-.

Al segundo después una chica vestida con una túnica azul oscura y con el pelo castaño y rizado recogido en un deshecho moño, llegó hasta ellos sin perder tiempo.

- ¿Qué te atrasa? ¡Están subien...! –pero había visto a James y su rostro había enmudecido-.

- ¡Marlene, no sé qué le han lanzado, no sé qué hacer! –exclamó el hombre mirando a James impotente, moviendo rápidamente la varita sobre las heridas sin obtener resultado-.

- Llévale a San Mundo, ¡rápido! Yo me encargaré de la chica.

Y Lily vio impotente como la arrancaban a un inconsciente James de los brazos y el hombre se desaparecía junto a él con un traslador. La chica, que parecía poco mayor que ella, la tomó del brazo con brusquedad.

- Ven, te enviaré al colegio –la dijo tomando un pequeño tronco del suelo y creando un traslador con él, que le tendió a Lily con urgencia-.

- Pero, James...

- Estará bien –la respondió bruscamente, alejándose un paso para dejar funcionar el traslador-. Hay pocas cosas que Benjy no sepa curar, y eso lo harán en San Mungo.

Lily estuvo a punto de tirarle el traslador a la cara y asegurarla que ella quería acompañar a su novio donde quiera que lo llevaran, pero un segundo antes de hacerlo, una luz brillante la envolvió, y al instante estaba ante las puertas de Hogwarts.

OO—OO

Kate y Grace no habían estado muy acertadas en seguir a sus compañeros hacia la estación de tren. Estos se habían equivocado terriblemente, y estaban pagando las consecuencias. Aunque no lo había parecido en primer momento sí había mortífagos apostados allí, y habían aparecido de improviso para sorprender y aterrorizar a los estudiantes.

Todo había sido un caos desde entonces. Los más afortunados consiguieron escapar, pero la mayoría se vieron atrapados, intentando correr de un lado a otro para evitar ser torturados, o directamente cayendo en las garras de los mortífagos. Algo alejados de ellas, otros dos miembros del equipo de quidditch también habían llegado allí con su grupo de amigos, e intentaban defenderse sin mucho éxito. Josh buscó a Sarah y a su amigo Johnny con la mirada. A ella no la encontró, y a él le vio tirado en el suelo, inconsciente. O al menos eso esperaba.

Sabía que algunos de sus amigos habían conseguido huir, pero él no había tenido la misma suerte. El encapuchado que tenía delante estaba, claramente, jugando con él, riéndose. Josh sabía que había podido matarle en cualquiera de los diez minutos que llevaba haciéndole saltar, correr, e intentar defenderse sin mucho éxito; pero no había podido hacer mucho al respecto. Con aguantar había tenido bastante trabajo.

De reojo vio como llegaban aurores a la zona a prestar ayuda, por fin. Habían tardado demasiado en llegar desde Las Tres Escobas hasta allí, por lo que era de suponer que había habido una gran ofensiva. Josh suspiró al verles y rezó porque llegaran pronto. Nunca se le habían dado bien los duelos, y el mortífago estaba empezando a aburrirse, por lo que desharía de él enseguida.

No se equivocaba. En pocos minutos, cuando la cantidad de aurores ya comenzaba a igualar a la de mortífagos, el encapuchado dejó de jugar, tirándole contra el suelo y se rió de una forma que le dejó helado.

- ¿Y presumes de Gryffindor, muchacho? –se burló-.

Josh bajó un momento la vista al escudo del león que llevaba en la ropa de quidditch (Sarah y él habían ido con el uniforme a Hogsmeade para celebrar la victoria), y después miró a la máscara inexpresiva. Su corazón latía a mil por hora y su respiración era errática, pero al escuchar esas palabras se llenó de orgullo. Puede que no todos los Gryffindor fueran buenos duelistas, pero todos miraban al miedo a la cara, y le enfrentaran por mucho que tuvieran.

Esa vez no le importó que su reacción provocara otra carcajada, sino que se negó a apartar la mirada de la máscara blanca. La barbilla le temblaba de miedo y estaba seguro de que si hubiera intentado hablar, tartamudearía. El mortífago levantó la varita de repente, y él se tragó el nudo que le había nacido en la garganta:

- ¡Avada Ked...!

Pero antes de terminar de pronunciar la maldición, el mortífago tensó su cuerpo y cayó inconsciente hacia delante, casi cayendo encima de él. De hecho, tuvo que recular hacia atrás para evitar que el peso muerto le aplastara, y fue entonces cuando vio a su salvadora.

Jane Green le miraba desde arriba, de pie, enarbolando su varita y con la melena al viento. Parecía la diosa de la guerra, o al menos eso pensó Josh al verla impartir justicia de esa forma. Tenía su rostro concentrado, sus ojos negros entrecerrados y su cabello rubio algo enmarañado, pero aún así su aspecto era tan increíble como siempre.

- Me parece que me debes una, imbécil –le dijo con voz brusca mientras le ayudaba a ponerse en pie-.

Él estaba algo aturdido, pero comprendió su mal trato. Nunca había sido especialmente amable con él, y ahora estaba en todo su derecho desde que él había decidido no sólo pasar de ella, sino humillarla cada vez que tenía oportunidad. Ahora comprendía que debía haber buscado una mejor forma de descargarse. Era cierto que la debía una, una muy importante.

- Green, si salimos de esta, recuérdame agradecértelo –dijo con voz algo estrangulada-.

Ella hizo una mueca.

- Yo saldré de esta, Cambell. Tú procura apañártelas sin mi.

Y se marchó. Josh la vio coger a una de sus amigas del brazo y conducirla entre los duelos hacia la salida del pueblo. Eso le recordó a Johnny. Echó a correr hacia él, pero antes de que llegara una mujer joven con el uniforme de aurora se había arrodillado junto a su mejor amigo y se desaparecía con él bajo un brillo azul, rumbo a Merlín sabía dónde.

Apretando la varita con fuerza, decidió seguir el mismo camino que había tomado Jane, a quien ya no se la veía. Sólo perdió un segundo en mirar alrededor, preguntándose donde demonios estaba Sarah, y en ese momento su mirada localizó otra cara conocida. Grace estaba no muy lejos de él, y al ver la situación en la que se encontraba el nudo volvió a su garganta. Que Merlín la ayudara...

OO—OO

El lobo emitió un gruñido de advertencia cuando el pequeño ruidito que había sido molesto durante un rato iba acercándose, convirtiéndose en un pequeño estruendo. Los oídos de licántropo eran muy sensibles, capaces de percibir sonidos hasta en un kilómetro en la distancia. Pero el sonido se iba acercando, cada vez más.

Rachel estaba con la cara bajo la almohada, igual que seguía desde el día anterior. Las marcas en la piel aún eran demasiado visibles, y su cara estaba completamente magullada y de un color parecido al vino rosado. Era el efecto de las pociones que se había echado, pero que aún no solucionaban del todo su problema. Se había negado a decir quienes eran las que la habían atacado, pues sabía que contarlo no solucionaría el desastre de su cara. Además, no quería provocar más enfrentamientos sin necesidad.

Cuando el gruñido se hizo más largo y persistente, por fin se animó a quitarse la almohada de la cara. Allí estaba Remus, ya convertido pero completamente manso. Era muy extraño estar delante de él en forma humana y sintiéndose tan a salvo. Con esa poción parecía más un perro domesticado que un hombre lobo. Allí estaba él, con una figura enorme, más grande que la de un lobo normal; con su pelaje de tono madera y la cola de penacho levantada en señal de alerta. Estaba de pie sobre las cuatro patas, mirando la puerta fijamente, y con la boca apretada y abierta para enseñar los colmillos. Era una imagen que habría aterrorizado a cualquiera que no estuviera familiarizado con él.

- ¿Qué ocurre, Remus? –preguntó ella en un susurro-.

Con un bufido mezclado con otro gruñido, el lobo se giró hacia ella y la miró con unos ojos dorados que reflejaban inteligencia. Al menos los ojos seguían siendo los mismos, Remus Lupin seguía allí dentro. La miró a los ojos, y dirigió una mirada a la puerta, incapaz de hablar con palabras.

Olvidando su depresión por primera vez en dos días, Rachel se incorporó de la cama y frunció el ceño. Ella también había oído algo. ¿Alguien gritaba? ¿Se había caído algo? Algo muy pesado pues había retumbado por toda esa zona del castillo. La chica se mordió el labio con curiosidad, y miró a Remus que seguía atento a la puerta, como si pudiera ver a través de ella y enterarse de qué estaba ocurriendo en el castillo.

- ¿No está todo el mundo en Hogsmeade? ¿Tú crees que serán travesuras de los más pequeños que se han quedado?

Remus sólo la miró un segundo, con la frustración escrita en su rostro por no poder hablar con ella con normalidad.

De repente, otro golpe se escuchó, seguido de un nuevo grito. Remus bufó de nuevo, claramente inquieto. Rachel se hartó de la situación.

- Voy a ver qué ocurre –dijo dando un paso hacia delante, y deteniéndose ella misma cuando su imagen se reflejó en un espejo al fondo de la habitación-.

Se miró un segundo compungida, pero después inspiró hondo. Cogió su varita de la mesilla y se apuntó a sí misma. De inmediato sus piernas se estiraron, su pecho se amplió y sus caderas se redondearon; notó su cabello acortarse y alisarse y sintió cómo su cara cambiaba, dejando su piel lisa y tersa como había estado la de su aspecto original hasta el día anterior. Había vuelto a convertirse en Jessi McKann.

Si iba a salir fuera de la habitación, no quería que nadie se quedara mirando sus marcas con la curiosidad plasmada en sus rostros, por lo que decidió tomar su aspecto físico alternativo. Al menos así no llamaría la atención de nadie, a no ser que recordaran el episodio que había tenido con Sadie un par de meses antes.

Cuando se aproximó a la puerta, Remus se dio la vuelta y la empujó con la cabeza hacia el interior de la habitación.

- ¿Qué haces? Sólo voy a echar un vistazo.

Pero Remus volvía a mirar a la puerta gruñendo muy bajito, como si fuese más para sí mismo que de advertencia. Rachel supo que se estaba comportando de forma muy extraña, pero lo cierto es que seguían llegando ruidos hacia allí que la llamaban poderosamente la atención.

- Ahora vengo –dijo antes de que Remus volviera a impedirla salir-. ¿Qué te pasa? ¿Tienes miedo de que me vuelvan a hacer algo? Voy disfrazada, ¿no lo ves? Nadie podrá reconocerme.

Pese a que Remus puso todo su empeño, ella acabó llegando a la puerta y abriéndola. Al fin y al cabo, no quería usar la fuerza lobuna contra ella ni arriesgarse a jalonar su ropa pudiendo morderla sin querer. Al verla deslizarse por la puerta hacia el exterior, decidió arriesgarse a ser visto por alguien, y la siguió. Al fin y al cabo, había olido perfectamente el motivo de tantos ruidos y gritos. Y le aterrorizaba.

Por su parte, Greyback había llegado a esa zona siguiendo un extraño olor que le resultaba familiar. Pese a que sus instintos estaban dormidos por la poción, el malvado licántropo había disfrutado enormemente de una buena caza de niños. Tres en total, aunque no estaba seguro de que el último hubiera muerto...

Sabía que debería estar saliendo del colegio, Malfoy había sido claro con el tiempo. Le importaba un pimiento lo que dijera ese o cualquier otro mago, pero también había entrado un grupo de aurores dispuestos a cazarlo. Podía morderlos, pero también cabía la posibilidad de que pudieran atraparle. Sin embargo, ese olor le había atraído a esa zona desierta del castillo. Era tan extraño, tan familiar... que supo lo que era cuando aún estaba muy lejos: un semejante, otro licántropo.

Sin saber cómo uno de los suyos (y más sin su consentimiento), había entrado en Hogwarts, decidió dirigirse hacia la zona para echar un vistazo antes de marcharse. Aquel lugar era distinto a lo que había visto de Hogwarts, allí no había la actividad de los cuadros y mucho menos de personas. Era una zona bastante descuidada y polvorienta, con oscuros pasillos y trastos tirados en cualquier parte. Pese a la apariencia de desierto, el olor a licántropo se hacía cada vez más fuerte allí.

Fue en ese momento cuando la vio, justo al otro lado del pasillo, mientras caminaba con sigilo mirando alrededor y enarbolando la varita. Aspiró el aroma de la chica, y le pareció delicioso para tomar como postre del día. El olor del semejante se había evaporado de su mente al ver a su víctima.

Era morena, llevaba el pelo cubriéndole la cara, y tenía la piel tersa y muy blanca. Casi pudo saborear la sangre que latía con fuerza en la aorta, a la altura del cuello. Era un verdadero festín. Se acercó sigilosamente a ella, sin perderla de vista ni por un segundo, y ella por fin giró la cara.

No tardó en reconocer su rostro. Nunca olvidaba la cara de cuantos licántropos pasaban a convivir en su refugio. Era esa chica joven, la que había llegado de la nada y como tal había desaparecido poco antes de que apareciese en escena ese intruso al que enseñó a no meterse en tierra de lobos. Ahora comprendía todo... Una licántropa que en plena luna llena conservaba su aspecto humano, ¿qué irónico, no?

Al saberse engañado por una cría la furia creció de golpe en su interior, y no necesito de sus instintos dormidos para saltar sobre sus patas traseras y lanzarse sobre ella aún desde el otro lado del pasillo. Fue tarde cuando escuchó el furioso rugido. Al fin y al cabo, el que ella ni fuera una licántropa no significaba que allí no hubiese uno, como bien había olido.

Ese extraño cargó contra él con una furia parecida a la suya, quizá mayor, y lo apartó de su presa que lanzó un grito de sorpresa. Sin embargo Greyback no era el protagonista de las pesadillas infantiles por nada. Con un fiero movimiento mordió en el cuello a su oponente y aprovechó el aullido de dolor de este para reaccionar rápido. La chica apenas había echado a correr alejándose de ellos cuando volvió a saltar sobre ella, y en esa ocasión tuvo la oportunidad de clavarle los dientes en el cuello, esperaba que en la yugular, antes de que apareciera de nuevo el joven licántropo.

El grito de dolor de Rachel se escuchó por todo el castillo, al igual que el rugido de furia de ambos licántropos que comenzaron una lucha animal, agresiva, irracional. Remus jamás había sentido un odio tan grande, ni siquiera cuando supo lo que ese maldito hijo de puta había hecho con su vida. Era odio hacia ese ser, y odio hacia sí mismo. Sabía que había otro allí y no había podido retener a Rachel dentro de la habitación y, peor aún, no había sido suficientemente rápido. Cuando saltó sobre él y lo apartó a tiempo casi sintió el triunfo en sus manos a la vez que la oía correr de vuelta a su refugio. Sin embargo, aunque era muy bueno en duelos de magos, jamás había peleado en forma animal; sólo había jugado alguna vez con Sirius. La mordida que le dio en el cuello le tomó por sorpresa por el gran dolor que supuso para él, pero más le dolió ver a ese ser sobre Rachel, clavando los dientes en su cuello.

¿La iba a perder de esa forma? Al quitarle a ese monstruo de encima la había oído gritar de nuevo, al parecer porque los dientes clavados en su cuello le habían rasgado la piel al moverse. Supo que aunque el final no fuera tan drástico, todo iría mal de todas formas. El mal estaba hecho, y el saber eso le rasgaba el alma con un dolor tan profundo que no supo controlarlo.

Dio igual la poción matalobos. Dio igual los instintos dormidos. Dio igual que fuera un principiante en lucha de licántropos. En ese momentos se dejó llevar por la furia que le invadía, su deseo de matar al responsable de todo lo malo en su vida. Por una vez el lobo fue más poderoso que el mago de forma voluntaria.

La pelea que se desarrolló en los siguientes minutos no fue épica, pero sí desgarradora. Remus no salió ileso de ella, pero sí vencedor. Él luchaba por un motivo, por una venganza, o por varias en realidad. Y su oponente sólo luchaba por el ansia de la batalla. Las ansias dan energía, los motivos otorgan la victoria.

Finalmente Greyback usó su poca racionalidad para escapar de allí antes de que el joven licántropo acabara con él. Ya averiguaría más sobre él, en otro momento y en otro lugar. Al fin y al cabo, el sabor de la sangre se lo llevaba consigo. Cojeando, con el lomo y las patas llenas de mordidas y y el hocico lleno de sangre, de su víctima y de sí mismo, desapareció rumbo a la salida del castillo.

Remus no perdió un segundo cuando este desapareció. Llegó hasta donde Rachel se encontraba tirada bocabajo, con las manos temblorosas en el cuello intentando parar la hemorragia. Al menos seguía con vida, pero el charco de sangre que se extendía a su alrededor no daba muchas esperanzas. Torpemente, con el hocico apartó el pelo de su rostro para mirar unos ojos verdes que no eran los suyos, pero que sí tenían su brillo. Rachel le devolvió la mirada, con el miedo gravado en ella.

- Remus... –susurró extendiendo una mano llena de sangre hacia él-.

Sin importarle esto, él se acercó dejando que le acariciara, y al segundo siguiente notó que ella perdía fuerzas y la mano caía laxa contra el suelo. Sus ojos se habían cerrado. Con el corazón latiéndole a mil por hora percibió que el de ella aún latía muy débilmente.

Él nunca le había pedido nada a la luna, nunca. Pero esa vez el aullido de dolor que escapó de su garganta suplicaba por algo más de lo que el satélite podía ofrecerle. Un aullido desgarrador, un aullido de agonía, potente, grandioso, atrapante. Y el corazón de ella seguía latiendo, aunque cada vez más lentamente...

OO—OO

- Vaya, vaya, vaya... Mira con quien me vengo a encontrar en este encantador pueblecito...

Esas palabras ya habían sido pronunciadas hace rato, pero la ironía y la burla impresas en ellas aún seguían presentes en la mente de quien que había tenido la desgracia de encontrarse frente a frente con quien, probablemente, sería la seguidora más sanguinaria de Voldemort. Eran dos chicas.

Una de ellas, que ya la había conocido mucho en persona para su desgracia, sintió un escalofrío cuando Bellatrix la recorrió con la mirada de arriba abajo. Ella también reconoció casi al instante a Grace Sandler. Con Kate Hagman la costó más. A esta no la había conocido nunca en persona, y aunque Sirius había sido cuidadoso de hablar de ella en casa, no se podía decir lo mismo de Regulus, que comentó indignado, y con mil detalles, cómo era la impura novia de su hermano.

- Me suena tu cara, niña –dijo arrastrando las palabras, mientras observaba las finos rasgos de Kate-.

Los ojos azules de esta estaban completamente abiertos y apenas podía dejar de mirarla, temiendo su ira en cualquier momento si la provocaba lo más mínimo. Todo el mundo sabía que estaba loca, que ella no sólo era seguidora de Voldemort, sino su más leal y desequilibrada sierva. Por ello, ni siquiera se molestaba en cubrirse el rostro. Bellatrix había preferido convertirse en prófuga que llevar una doble vida negando al Señor Oscuro.

La mortífaga la analizó con calma, apuntándolas levemente con la varita, consciente de que ninguna de las dos se atrevería a moverse. Después miró a Grace, cuya inquieta mirada vagaba entre ella y la chica. Entonces recordó que Regulus también había mencionado que la noviecita de su primo también estaba en el grupo de amigas de la traidora. Morena, pelo corto, tez blanca, ojos azules, estatura alta y flaca. Era ella. Al saberlo al fin, una sonrisa cínica atravesó su rostro.

- Así que tú eres la inmunda mestiza que cree que puede meter un pie en la familia Black a través del renegado traidor, ¿no? –dijo tan lentamente que cada sílaba se clavó en el pecho de Kate como un puñal-.

Grace exhaló una exclamación ahogada al darse cuenta de lo que había supuesto Bellatrix. Tuvo la tentación de rogarle a Kate que saliera corriendo, que algo haría ella para distraerla. Esa loca querría castigarla por ser la novia de Sirius, además de mestiza, cuando era falso...

- ¡No, verás...! –su intento de replicar enmudeció cuando sintió que algo la tapaba la boca, una mordaza invisible que también la mantenía fija en el suelo-.

- Espera tu turno, Sandler. Tengo un par de recaditos que mandarle a tu padre a través de ti. Pero antes...

Se volvió hacia Kate, que no había podido pronunciar palabra desde que la había visto cortarlas el paso. La sonrisa que la mortífaga compuso la dio tanto o más miedo que su simple presencia. Siempre le había tenido pánico al leer su nombre en los periódicos y ver las cosas que había hecho; pero más aún desde que Sirius la contó cuan peor era en la intimidad.

- ¿Tú eres uno de los motivos por los que el pequeño Sirius ha olvidado la sangre que corre por sus venas? –la preguntó con voz fingidamente melosa, rodeándola, formando un círculo a su alrededor, analizándola-. Tranquila, no te echaré la culpa de que haya salido así... él siempre estuvo podrido. Pero debes reconocer que las compañías no ayudan, ¿no querida?

Su forma de moverse, actuar o hablar hacían parecer que estaban solas en ese amplio camino que salía de Hogsmeade hasta la estación de tren, pero decenas de personas les rodeaban. Muchos estudiantes que se habían visto atrapados como ellas, y también bastantes mortífagos que jugaban con ellos como querían. ¿Dónde estaban los aurores? Apenas unas calles más abajo, aquello estaba lleno de ellos, pero no aparecían por ningún lado en ese momento. Y Kate nunca había tenido tanto miedo...

- Supongo que mi querido primito se pondría muy triste si te pasará algo, ¿no querida? –dijo Bellatrix con voz melosa-.

Kate quería gritarle que ella y toda su apestosa familia podían irse al carajo, que ella no era la novia de Sirius y que, desde luego, él no se vería afectado si la pasaba algo; que él nunca había sentido nada por ella, que nunca le había importado... Pero su garganta estaba seca y no podía hacer nada más que temblar. Miró de reojo a Grace y vio cómo parecía una estatua de caliza, con únicamente los ojos moviéndose, dando muestra de que era un ser vivo. Los ojos de Grace eran muy expresivos y enseguida supo el mensaje que quería transmitirle: que dijera que era ella la novia de Sirius y que no tenía nada que ver con él. Así esperaba que la dejara en paz. Pero Kate estaba segura de que, aunque hubiera podido hablar, nunca la habría tirado a los lobos a Grace revelando su relación. ¿Qué clase de persona sería si intentara salvar su culo a costa del de una compañera, de una amiga?

Ojos azules y marrones se cruzaron y compartieron la misma angustia mientras Bellatrix volvía a posicionarse de frente y sonreía con crueldad.

- ¡Avada Kedavra!

Kate se volvió de golpe al oír esa maldición, pero sólo vio venir el rayo verde un segundo antes de que la golpeara en toda la cara. Los ojos de Grace siguieron con horror su caída, como si fuera a cámara lenta. El cuerpo parecía una marioneta que había perdido todos sus hilos, su pelo apenas ondeó un poco al golpear su cabeza contra el suelo, y sus preciosos ojos azules quedaron abiertos y cristalinos, apuntando al cielo.

Sintió que un grito crecía en su interior, y no se dio cuenta de que verdaderamente lo estaba emitiendo hasta que se vio de rodillas junto a ella, ya libre del hechizo, con las manos agarrando sus brazos y agitando su cuerpo pidiéndole, suplicándole que reaccionara.

- ¡NO! Kate, espera, espera, ¡Kate! –gritó viendo que sus ojos estaban abiertos e inmóviles, sin rastro de vida-.

Las lágrimas cayeron copiosas por sus mejillas, y el llanto era tan fuerte que le desgarraba la garganta. Pero sólo era capaz de pensar que aquello no estaba pasando, que aquella era una terrible pesadilla producto de su mala conciencia por ocultarle lo suyo con Sirius, y que en cualquier momento despertaría sobresaltada en su cama.

- Por favor, Kate... –murmuró pegando su frente a la de la chica, mojándole la inexpresiva cara con sus propias lágrimas-. Por favor, no me hagas esto...

- Observaría esta imagen toda la vida, Sandler, en serio. Pero me temo que tengo mejores cosas que hacer y aún tengo que ocuparme de ti –replicó Bellatrix con voz aburrida mientras jugaba con su varita-.

Grace sintió la ira inundar su cuerpo y sobrepasar a la desesperación que había sentido al ver caer a Kate. Esa mujer, esa loca, esa maldita hija de puta la había matado y aún tenía la desvergüenza de burlarse de todo con su cuerpo presente. Apretó su varita, la que no recordaba tener en la mano, y se levantó de un salto dispuesta a enfrentársela y vengar a Kate.

Un segundo después estaba tirada a su lado retorciéndose de dolor, víctima de un cruciatus silencioso.

- ¡¿Pretendías enfrentarte a mi, sucia traidora? –escupió la mujer, dejando a parte su fingido tono meloso-. ¡¿Crees que puedes conmigo, que tienes derecho a compararte a mi? Al fin y al cabo no era más lista que tu padre. ¿Quién iba a decir que todo un Slytherin como él, con una familia tan ancestral como la mía, caería tan bajo como para proteger muggles? Supimos que dio dinero para echar adelante esa ley de igualdad... ¿Quieres que te diga cuál será mi respuesta a eso?

Y Grace volvió a sentir el dolor de mil cuchillos atravesando su piel. Su garganta, aún adolorida por su desgarrador llanto, estaba resintiéndose producto de los gritos que emitía, presa del dolor.

Había pasado un rato desde entonces, y la tortura había empeorado cada vez más. Bellatrix no parecía tener prisa. Tras deshacerse de su primera víctima, estaba disfrutando con hacer flaquear a la segunda muy poco a poco.

Grace tenía todo el cuello lleno de cortes, cada cual había supuesto un pequeño calvario. No podía decir que hubiera alguna parte de su cuerpo que hubiera quedado libre del cruciatus, al que ya casi comenzaba a acostumbrarse. Estaba tumbada en el suelo junto a Kate, observando su rostro inexpresivo con unos ojos que iban perdiendo cada vez más brillo. Le temblaba todo el cuerpo y se había quedado sin voz de tanto gritar. No podía más, quería que todo acabase pronto. Ojalá su final hubiera sido tan rápido como el de Kate...

- Las personas como tus padres y tú deshonráis la magia. Siempre rodeados de impuros y sangres sucias, mezclándoos con ellos y manchando vuestras familias incluyéndolos. Vosotros sois los peores culpables de que los magos no estemos donde debemos: ¡en lo más alto, gobernando sobre los demás! No hay nada más odioso que un mago que no reconoce sus derechos y se los niega a sus semejantes...

Y otra descarga. Parecía como si estuviera pagando con ella toda su frustración con el mundo que no iba como ella creía que debía. Pero Grace sabía que sólo con el odio que procesaba a su padre y su voluntaria salida de su entorno social y sus ideales, tenía bastante para castigarla.

- ¿Sabes que intenté matar a tu padre hace un par de meses? –la dijo con un gruñido mientras la pateaba las piernas para que quedase boca arriba y pudiera mirarla a la cara-. Pero el muy cobarde está muy bien protegido. Apenas salió de allí con un par de heridas superficiales. Tengo que reconocer que me enfadó muchísimo, pero esto es mucho mejor... Voy a darle mi personal dedicación a Christopher Sandler para que lo piense mejor antes de revelarse contra nosotros...

Grace frunció los labios y cerró con fuerza los ojos, esperando de nuevo el cruciatus. Pero este no llegó. Abrió los ojos, y los apartó de Kate para mirar hacia arriba. Bellatrix la observaba con una amplia sonrisa en los labios, la apuntó de nuevo con la varita y la vio pronunciar lentamente, con deleite:

- Avada Kedavra...

OO-oOo-OO

Soy plenamente consciente de que en este momento me odiáis... Sólo espero que vuestra curiosidad por el final os lleve a no abandonarme al menos hasta entonces... Sé que consideráis innecesarias y muy cruel por mi parte las muertes de Sadie y Kate (además del futuro incierto de Rachel, Grace y Jeff –recordar que Greyback fue al pasillo de la enfermería donde él estaba con Peter-), pero os prometo que todo guarda sentido con el futuro de la historia para que encaje con la de JK... De verdad que lo siento, a mi me ha dolido más que a nadie, pues eran mis personajes y podían tener un futuro mucho mejor: Sadie podía haberse aclarado sus sentimientos con Regulus y llegar a algo, aunque fuera corto, y Kate tenía a Derek esperándola... Con el tiempo le habría correspondido, eso seguro. Pero tenía pensadas sus muertes desde el comienzo (claro que entonces no las había tomado este cariño...). Lo que les ocurra a Rachel, Grace y Jeff también guarda sentido con el futuro, pero no me odiéis, por favor =(

En fin... lo dejo aquí hasta el siguiente donde contaré cómo acaba todo esto del ataque y seguiremos buscando a James... Se le han llevado a San Mungo, pero no olvidéis que le siguen buscando. Espero que estéis todos por ahí cuando actualice de nuevo. ¡Un besazo!

"TRAVESURA REALIZADA".

Eva.