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SAN LORENZO.
Al mismo tiempo.
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Thea lo sintió en sus entrañas y lo confirmó con el aullido del viento, las nubes de un segundo a otro se cerraron, la temperatura descendió y una suave llovizna inició.
Habiendo dispuesto todo lo pertinente a la persecución y captura de los rebeldes, indicó a la madre de su "destino" que la acompañara a su templo.
El de la muerte, estaba casi tan abandonado como el de la vida. Para alejar a los curiosos, extranjeros y conquistadores, dejaban que la naturaleza se hiciera con todo. No obstante, había entradas secretas para introducirte a las cámaras donde aún se levantaban altares y veneraba figurillas elaboradas con tierra, hueso, cabello y arcilla.
Ahí, tenía la otra mitad de la efigie que le obsequió a Arnold y si estaba en lo cierto. Si fue tan osado como para pretender que podría ganarle en su juego, esa pequeña pieza estaría destruida.
Sonrío. Humedeció sus labios y pensó en la oscuridad de los dos.
Eso fue lo que les arrebató, en su primera visita a San Lorenzo. Cuando se besaban de manera hambrienta recordando todas las vidas, alegrías y desdichas. A él, le quitó muy poco, era demasiado noble de corazón y sus cuidadores se esmeraron en que no padeciera dolor.
En cuanto a ella. Se fascinó y engolosinó como si su tragedia fuera una enorme y madura fresa.
—¡Ah, la maldición que con tanto rencor les ofrendó!
Seguía funcionando de manera perfecta, debido a la naturaleza tan malditamente "humana" de los dos.
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De aquel primer encuentro, dejó que maduraran tanto las inseguridades de ella como los deseos reprimidos de él.
Fantasías carnales, placeres culposos y los pecados que como niño de buena cuna jamás se atrevería a orquestar. (A no ser claro, que alguien le diera un poco de ayuda).
Lo motivó a partir de la segunda vez que se vieron. A los catorce años de edad y con la presunción "de ser el uno del otro" Su presentación incluyó cantos, bailes y una ardiente hoguera que sensibilizó sus sentidos y humedeció su carne. Podía ver en la luz de sus ojos el deseo e interés reflejo.
La quería, se sentía atraído por ella y sin embargo, existía esa otra.
Nunca le robó más que caricias, miradas y roces. Sus labios, aunque se buscaron con interés jamás se probaron. Sus padres siempre se encontraban cerca o en su defecto, esos intrusos de Aitor y Antha.
Como fuera, al momento de despedirse le entregó la efigie y en su interior ocultó los pensamientos que tenía de ella. Su plan consistía en manipularlo, meterse en sus sueños, rasgar la superficie de su anhelante alma y llegar hasta el centro de ese corazón que bombeaba únicamente por su verdadero amor.
No funcionó.
Porque él jamás tocó la figurilla hasta que su destino se fragmentó.
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Nunca imaginó que sería Helga quien la buscaría a ella. Y se postraría a sus pies con el cuerpo roto, el corazón punzante y alma delirante. Le tomó un par de segundos introducirse en su mente y conocer la historia completa.
Se entregó (fiel a su espíritu y vidas) sin reserva alguna a aquel bruto que pretendía hacerse con su fruto. No por resignación, mucho menos vanidad, sino en pos de proteger a los que tenía por queridos.
—¿No resultaba irónico?
Porque lo mismo hizo siendo una niña pero no lo recordaba ya que esos eventos ella se los arrebató. Si lo hubiera hecho, si tuviera memoria, se habría dado cuenta de que no valía la pena todo ese esfuerzo.
"Nadie le agradeció, nadie la vanaglorió y por supuesto, nadie la lloró"
Como la bondadosa Diosa que era, se apiadó de su alma y caminó hacia ella susurrando al oído lo mismo que había repetido por eones. Que siguiera de frente y entrara en la hoguera.
"No más dolor, no más sufrimiento, no más sueños de niña enamorada"
El problema con eso fue, que la muy maldita recién había cumplido su sueño de ser correspondida por su mas grande amor y en vez de alejarse y arder en el fuego eterno, buscó su calor, sintió su presencia y regresó a él.
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No murió, pero ella tampoco desesperó.
Había visto la oscuridad de su alma y lo frágil de su ser. Estaba a nada de caer, sólo tenía que seguir alimentando esos miedos.
Lo hizo.
Una semana después, liberando las sombras ocultas al interior de la efigie.
La lluvia se desató imperiosa y letal tanto en Hillwood como en su hogar y aunque "elegida y destino" la enfrentaron, amenazaron, expulsaron de sus cuerpos y yacieron juntos (echándoselo en cara, por supuesto) ella consiguió sembrar una semilla de oscuridad en su interior.
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Inseguridad, corazón vacío, cuerpo marchito.
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A pesar de estar siendo amada, Helga no se sentía, ni creía ser merecedora a toda esa atención. Tenía demasiados referentes que hablaban de lo contrario. Una madre y hermana que después de entregarse fueron dejadas o peor aún, reemplazadas. Una "conocida" que durante muchos años fue la merecedora de su total atención.
Lila Sawyer.
Así es, la conocía. Hace ocho años se aprendió bien su nombre. Cabellos de fuego, pecas de ensueño y una vez más.
—¡Era tan divertido todo esto!
Arnold la perseguía como la abeja a la miel pues se aferraba al recuerdo de su adorada "Elisa Day" la pobre ramera que asesinó a las orillas de un lago y refiriendo el momento, diría que contemplaron juntos un ultimo amanecer.
Sucedió igual que en aquella ocasión.
Al inicio de todo "esto" cuando los vio prometerse lo eterno y bajó de los cielos a maldecirlos y asesinarlos.
Él protegió a Helga, cuyo nombre real era "Helena" aferrándola entre sus brazos y la insignificante mujer se aferró con uñas y dientes a su pecho.
Mortal, asquerosa, sucia e insignificante mortal.
No duraría demasiado. El viento que soplaba en este momento le decía que "algo" habían hecho.
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¿Recuperar sus recuerdos?
¿Liberar la oscuridad que les arrebató?
—¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡Tontos! ¡Patéticos!
La de él, sólo haría que se apretujara con cualquier otra, pero la de ella. Haría que lo destruyera.
Era el mejor final para esta historia.
La mujer amada, aquella por la que él entregó su divinidad. Arrancando el corazón de su pecho y dándoselo como ofrenda a su adorada madre.
La muerte.
Que volvería a gobernar y sumir el mundo en oscuridad.
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Llegaron al templo.
Tal y como vaticinó, la figurilla de arcilla estaba en pedazos. Su risa se elevó por los aires, haciendo un eco estruendoso al interior del recinto. Stella Shortman no entendía nada y ni falta hacía que lo hiciera, tan solo le aseguró que todo avanzaba de acuerdo a su plan.
—¿Qué plan? —preguntó la mujer de ciencia y ella hizo una pausa para mirarla de arriba a abajo como si fuera una idiota.
—Todo esto, yo lo visualice al momento de pactar con "la Sombra" él me dijo qué hacer, cómo actuar para dividirlos y estoy segura de que esto simboliza que ya no son uno.
—¡¿Qué les hiciste?! ¿A caso tú...tú? —la botánica, digna esposa de aquel que (hasta antes de ella) reconocieron como líder, se le arrojó encima dispuesta a herirla.
Craso error. Sus súbditos, que se ocultaban en las sombras rápidamente la apresaron. Se debatió cómo loca exigiendo respuestas. —¿Los lastimó? ¿Se atrevió a herirlos?— ella se acercó a su rostro, sinuosa y sensual como una Diosa.
—Tu piensas en heridas físicas pero obviamente, eso es imposible para mi desde aquí. El daño que les he causado es mas bien emocional. ¡No te sorprendas tanto! ellos me ayudaron demasiado.
Mi "destino" es descendiente del Dios de la vida. El fuego, la luz, el día. La pasión en toda su expresión o como quieras referirlo. Mi punto es, que llegada esta edad solo piensa con su entrepierna y es fácil para mí torturar a la otra. No tiene confianza en sí misma, ¿Sabes? La "elegida" no es más que una hija no deseada, una amiga abandonada y una novia engañada.
—¡MIENTES! ¡Arnold, jamás...! —mas risas escaparon a sus cuerdas vocales. Si tan solo supiera cuantas veces la había engañado en sus vidas pasadas e inclusive en esta. Besando a todas esas chicas bonitas, conformándose con ella y atemorizándose al contacto de sus tímidos labios porque sus almas se reconocían y llamaban con tal ansia que lo abrumaba.
¡JAJAJAJAJA! ¡Era tan divertido! Que honestamente se moría de ganas por ver cómo se mataban.
Una semana.
Ese era el plazo que pactaron. No tenía idea de cómo lo harían pero sabía que llegarían. No sólo ellos sino los que vivían en sus tierras. Sus sirvientes se encargarían de ellos. Se llenarían con su carne y su sangre. En cuanto a ella, comenzaría a afilar su lanza y preparar los venenos. Escucharon bien, Stella Shortman no estaba a su lado por casualidad, la manipularía y convencería de preparar un veneno para acabar con sus cuerpos.
No lo usaría de manera inmediata, sólo era una precaución por si lo anterior no salía como esperaba.
—Llévenla a mi tienda, no he terminado con ella. —ordenó a sus vasallos y obedecieron. La mujer se retorció, grito y pataleó otro poco. La silenciaron con un golpe certero sobre la sien.
Pobre mujer, era una auténtica desgracia sin su esposo e hijo.
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HILLWOOD.
Seis días después.
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Rhonda Wellington Lloyd se empeñó en ofrecer su fiesta. No la quería únicamente para ella sino que era su forma (y de todos) de reconciliarse con Helga, cumpliría dieciocho años este domingo y en lugar de estar en la playa como imaginó su "exnovio" o en Narnia como prometieron sus "amigovios" estaría en la Selva enfrentando a sabrá Dios, qué clase de loca.
Envío la invitación electrónica por el chat grupal. Varios se emocionaron e inmediatamente contestaron. Estaban cansados, molidos hasta la médula y es que el padre de Arnold se había tomado demasiado enserio su encomienda.
Los entrenamientos, eran una versión mucho menos cruel de "La isla" El historiador, se empeñó en que aprendieran a reconocer el terreno (para que no cayeran en trampas o se perdieran) preparar armas con ramas, piedras afiladas y lianas, cazar su comida, desollarla, limpiarla, identificación de plantas medicinales o de cuevas que ofrecieran cobijo y coartada…etc, etc.
Ella, se sintió como Katniss Everdeen al disparar certeramente su primera flecha, Nadine llegó a representar a la princesa Mérida con su rubio cabello suelto ondeando con el viento e inclusive Sheena trenzó su larga melena y preparó sus ropas a la usanza de Daenerys Targaryen. Patty Smith era mucho mas salvaje que eso. Una guerrera nata, la versión fatal de Artemis de Banna-Mighdall (Guerrera Amazona en DC-Cómics) y Harold quedaría perfecto como Bizarro pero se salía del tema.
Phoebe Heyerdahl, abandonada por su mejor y casi única amiga había ensombrecido su gesto y tomado su preparación como el camino certero hacia la redención. Mulán se quedaba corta con su manejo de la espada y más de una vez se quedaron boquiabiertos cuando la veían danzar con esa pieza de madera como si fuera una extensión de sus manos. Gerald, no se alejaba demasiado de su pequeña ensoñación, aunque era notorio que algo se había "descompuesto" entre los dos.
Antes de irse, hubo sincronía entre Helga y Gerald. Se entendían en un lenguaje que ninguno entendía pues desde siempre habían sido agua y aceite. Se toleraban porque la querían a ella y esa era la parte que suponía, la mantenía inquieta.
Siempre supo leer en el corazón de los dos. Que desarrollaran una línea de comunicación independiente a ella, debía estar matándola por no decir que decepcionándola.
¿Quién era ahora? ¿Y qué clase de doctora sería, si no podía encajar con el perfil de mujer correcta, noble, dulce y tierna?
Heyerdahl no tenía la respuesta, pero si la encontraba ella estaba segura de que con mucho gusto se la compartiría a él.
Arnold Shortman, otro pobre diablo que había ensombrecido su gesto aunque por lo menos ya no tenía el labio roto.
Leyeron bien, más tardó en decir la madrugada del sábado pasado que besó a Lila Sawyer que en lo que Lorenzo cerraba el puño de la mano diestra y le rompía la boca.
—¡Eres un grandísimo idiota Shortman! —gritó tras derribarlo al suelo. —Y alucinas si crees que alguna vez la volverás a ver. Todos ustedes de hecho. Escuché poco pero fue suficiente, la abandonaron. Fin de la historia. —luego de declarar como el imponente hombre de negocios que algún día sería, le dirigió una mirada menos severa a ella. En esa le decía que aún la quería, pero obviamente "la dejaría" No era terminar-terminar. Sino un tiempo fuera como la misma Amazona refirió.
Estaban en la banca, debían esperar su turno para volver a batear.
—¿No crees que es demasiado?—preguntó el "hombre de la selva" a quien hiciera referencia de manera mental. Ella se encogió de hombros y regresó la atención a su teléfono celular.
Continuaban en los linderos del bosque y aunque pudo invitarlos de manera personal, prefirió ser discreta y usar el chat. Sabía que no estaban para fiestas, pero se lo merecían. Sangraron, sudaron y se esforzaron como si fueran a competir para la división olímpica y claramente no lo harían.
Volverían al lugar que marcó sus vidas y si aquella encomienda se convertía en un viaje sin retorno quería conservar al menos un par de buenos recuerdos. Tener ocasión y pretexto para apretujarse y besarse con su amor.
Extrañaba a Lorenzo como Shortman anhelaba a Helga, Phoebe a Gerald y es que los últimos dos podrían estar en el mismo lugar pero no se encontraban unidos.
El moreno de cuerpo delgado y extremadamente atlético practicaba boxeo con nada más que un pantalón corto y no sabían si lo hacía para impresionar a su chica pero en serio que estaba de muy buen mirar. Stinky, se había peleado con Sheena por atraparla "mirando" la castaña negó los cargos, pero hasta Harold le hizo una advertencia a Patty.
—¡¿Qué?! Estoy viendo la carne, no comprando al marrano…—se defendió su novia cruzando los brazos a la altura del pecho. Berman roló los ojos y se limitó a tomarla de la cintura y llevarla a otro lado.
Eugene se derretía como un trozo de mantequilla sobre un par de frondosos hotcakes al verlo golpear, pero si no hacía comentario alguno se debía a que también echaba en falta a su amiga. Helga era la única con quien compartía ese lado de su vida y aunque Arnold había intentando cumplir sus deberes de "padre" el pelirrojo le mostró la dentadura completa y siseó para repelerlo como una serpiente.
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—¡Hey! Tranquilo…—comentó el cabezón dándole su espacio.
—Puedo perdonarte muchas cosas Arnold —espetó aireado. —Aún eres el chico apuesto y bonachón del vecindario, pero no disculparé jamás el que jugaras con Helga.
—Es que no sucedió así…—se defendió.
—¡PUES NO ME IMPORTA! —gritó y se apartó para recolectar plantas medicinales junto a Nadine.
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De aquella vez en el tejado de Sunset Arms, ni uno solo había intentado conocer su versión de los hechos. Básicamente porque les bastaba con la que se habían inventado y los recuerdos aterradores que tenían de San Lorenzo.
Ver a la oscuridad apoderándose de su exterior. Ser una con la pobre niña que dejaron a su suerte porque se sentía demasiado sola, rota y resentida con el mundo, fue demasiado para su corazón. Sobre todo ahora que sabían que lo único que quería era gritar "que ya no podía más" pero ninguno de ellos lo supo interpretar hasta que fue demasiado tarde. Le dieron la espalda, la dejaron perderse y era así como regresaba. Con una mirada mucho más oscura de lo que correspondía a su edad, sombras que mancillaban esas manos que escribían poesía, ennegrecían los labios con que recitaba cantos y ensuciaban sus cabellos para denotar que quien quisiera amarla o estrecharla innegablemente se tendría que infamar.
Ya no era pura, ni en su corazón, cuerpo o alma.
Era el producto de todo el daño externo, de incontables vidas según las leyendas que en el transcurso de la semana les compartieron Arnold y Gerald. Su amiga, danzaba con sombras desde hacía eones pero hasta ahora, se rendía a ellas. Querían remediarlo, hacerle saber que no la volverían a dejar y como no se les ocurría nada con qué negociar, ella se aferró a la fiesta.
—Demasiado poco en todo caso. —respondió a su interlocutor mirándolo a los ojos con decisión. El mismo par de ojos que creía reconocer de la tierna infancia aunque el color le pareció un poco distinto. ¿A caso él también se había dejado poseer por la oscuridad? Su cambio de actitud, lo atribuyeron al rompimiento con su novia pero ahora que lo tenía de frente se daba cuenta de otras cosas como los irises oscurecidos, la piel mas bronceada y esa incipiente barba de varios días sin afeitar. ¿Eran consecuencias de esa "sombra" a la que según los Shortman no debían enfrentar, ni intentar aplacar y que si veían, sólo debían hacer como en la Orden del Fénix e invocar su Espectro Patronus?
—¿En verdad, harás de esto un concurso de popularidad?—insistió el popularmente llamado "hombre de la selva" (o maldito idiota) y ella resopló a disgusto haciendo que se moviera el flequillo de su cabello.
—Por favor, hace años que dejé de competir por un lugar en la cadena evolutiva. Soy la Reina de la Escuela Preparatoria al igual que años atrás lo fui de la P.S.118. La fiesta es para Helga, pero también para nosotros.
—¿Perdón…?—se ofendió. —¿Qué te hace suponer que merecemos algo nosotros?—No nos metas en el mismo costal. —pensó Wellington de manera interna. Si había alguien, al que no le darían ni carbón esta navidad ese era él. Pero no le dijo nada. Su padre ya se había encargado de hacerlo sudar la gota gorda sometiéndolo a un entrenamiento que muchos calificarían de salvaje y otros más de "castigo divino" Lo evaluó con la mirada, de arriba a abajo porque ciertamente, él también estaba de muy buen ver. Un cuerpo no tan trabajado, ni alto como el de Gerald, pero sus músculos se marcaban en el vientre bajo, glúteos y piernas. Bendito fuera el futbol soccer y que la enlistaran para la próxima gira de animadoras en esa categoría. El bueno para nada, se abrumó por su excesiva valoración cerrando los botones de su camisa a cuadros hasta casi cortarse la respiración y ella, roló los ojos porque alucinaba si creía que en algún momento de sus vidas ella podría tomarlo en serio.
—Según tus reglas. —prosiguió. —Si la oscuridad invade la sensibilidad de nuestra adorada alma, debemos remitirnos al recuerdo más sagrado que poseamos. Bueno, ¿En que más van a pensar toda esta bola de palurdos si llevan seis días sin hacer otra cosa mas que entrenar y prepararse para su abrupto final?
—Oh...
—Si, alcornoque. Oh…—Arnold frunció el ceño y ella consideró que quizás se estaba pasando con las ofensas, pero a falta del Terror Pataki, muchos estaban desesperados por ocupar su lugar. ¿Quién lo diría? Que les haría tanta falta para llenar el vacío que había en su interior. Giró sobre la gruesa suela de sus botas tipo cazador y les dijo a todos que los esperaba esa misma noche en su casa.
—Nada de beber en exceso. —señaló el antropólogo levantando la voz y le dijeron que sí porque todos estaban al tanto de eso. Su vuelo salía a las cinco de la mañana del día siguiente y llegaba a destino cerca de las diez. Tenían toda la intención del mundo de aprovechar la luz del día para recuperar a su madre y largarse de ahí. También tenían ganas de ver a los otros y esta invitación, era más bien un intento desesperado por hacer que salieran de su escondite.
No se habían conectado (ni por error) una sola vez. Sabía de Lorenzo por su madre, la buena señora Lewis le mandaba mensajes de texto diciendo que se encontraban bien, pero que aún no terminaban el "proyecto" en que estaban trabajando. Resopló, envolviéndose con ambos brazos. Extrañando su presencia, la cadencia de su voz y la dulzura de sus labios. No guardaba demasiadas esperanzas de verlo pero tenía que intentarlo.
Miles sugirió antes de partir que esa noche la pasaran con sus familias. Ya sabían todo lo que necesitaban saber y además, era preciso que meditaran y decidieran si en verdad era "esto" lo que querían hacer. El secuestro de su esposa, no era una broma. La existencia de personas que los querrían lastimar tampoco. Luego de lo dicho se desprendió de la camisa de manta blanca que hasta ahora había estado ocupando y les mostró cicatrices a lo largo de buena parte de su torso. Tras atemorizar a los chicos (y hacer suspirar a algunas de las chicas con su exquisita anatomía) explicó, que todas eran producto de sus casi diez años en San Lorenzo.
Si no tenían fe. Si no querían estar verdaderamente ahí, no tenían por qué ir. Ni él o su hijo les reprocharían por hacerlo. Ya habían ayudado suficiente llegando hasta ahí.
Asintieron, algunos con convicción ardiendo en el carmín de sus ojos, otros con titubeo y desde ya comenzaban a levantarse las apuestas sobre los que llegarían al aeropuerto a las 4:00am y quienes no.
Guardó el celular dentro de su bolso, al hacerlo lo sintió vibrar y pulsó la pantalla para leer una contestación.
"Ahí estaré"
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Algunas horas después.
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Arnold y su padre volvían a casa en la vieja camioneta de Phil, luego de haber dejado en su domicilio a todos se cernía un incómodo silencio entre los dos.
No habían "conversado" de lo sucedido porque ni Miles, entendía ¿Cómo es que era tan bruto como para besar a otra teniendo a una chica tan asombrosa como Helga? la joven de cabellos dorados le recordaba mucho a su madre y esposa. Tenía la locura, alegría, fuerza y vitalidad de Gertrude, además de la inteligencia, nobleza y belleza que lo hicieron caer rendido a los pies de Stella.
Definitivamente, eso de nacer "muerto" le afectó en el cerebro y aquello de ser educado por sus abuelos, le afectó en el sentido común porque si vas a engañar a alguien, lo ultimo que deberías hacer es correr a decírselo en su cara. Presionó el volante con ambas manos y es que no se le ocurría una buena forma de iniciar la conversa como no fuera empezar a llamarlo:
"Pequeño y querido pedazo de…"
—Deja de mirarme así. —acotó el menor interrumpiendo su línea de pensamiento. Él carraspeó regresando su mirada a la autopista y comentando que no lo estaba mirando de ninguna manera en particular.
—Me estás destruyendo con la mente desde que dejamos a Eugene y nos quedamos a solas los dos.
—No intentaba destruirte, solo quisiera entender ¿En qué estabas pensando cuando…?
—¡En nada! ¿Si? ¡Fue un impulso! Lila me ha gustado casi toda mi vida y de pronto ella estaba delante de mi diciendo que también le gusto, pero que nunca hizo nada porque respetaba mis sentimientos por Helga.
—¿¡Ehhhhh!? —pisó el freno en seco y el vehículo derrapó hasta casi impactar contra la barrera de contención.
—¿¡Te volviste loco, papá!? —gritó enfurecido, agradeciendo que siempre usaba el cinturón de seguridad. El antropólogo, por el contrario se dio un feo golpe contra el volante e intentaba recuperar la respiración presionando sus costillas con ambas manos.
En el aire quedó el humor del neumático quemado al igual que sobre la acera se dibujaron marcas y en las miradas de los curiosos que salieron de sus negocios o se asomaron por la ventana a ver qué era lo que pasaba, el temor. Miles, acostumbrado a ser la comidilla de Hillwood desde el día en que decepcionó a sus padres diciendo que jamás en la vida se terminaría los guisantes, continuó su drama personal aunque no sin antes hacerles una seña con el dedo de en medio a todos los que observaban.
—¡Eso fue también fue un impulso, Arnold! Y pudo matarnos, pero claro. Tiene justificación porque te he querido toda mi vida y de pronto estás aquí diciendo más estupideces de las que puedo soportar.
—¿¡Qué!?—el menor en serio creía que su progenitor estaba loco.
—¿Cuántas veces te le caíste de cabeza a tus abuelos?
—¡Ninguna! Y no intento disculparme por mis actos porque sólo fue un beso.
—Que destruyó tu relación con la que dijiste era la mujer de tu vida.
—¡Lo es! —gritó. Su padre reanudó la marcha a la velocidad correcta y por la vía más larga a Sunset Arms.
—Si esa chica respetó los sentimientos entre los dos ¿Por qué tu no?
—Porque alguien tuvo la genial idea de borrarnos la memoria y como la misma Helga dijera. Hasta hace tres semanas, yo no tenía idea de lo mucho que la quería en mi corazón. Escucha, papá. No dudo de mis sentimientos por Helga, sin embargo siempre quise besar a Lila y lo hice porque de no hacerlo, Anthea podría usar eso en nuestra contra. Intenté explicarle que no significó nada, la besé y me arrepentí de inmediato al caer en la cuenta de todo el daño que eso podría ocasionarle. Helga es lo más valioso e importante que tengo en la vida.
—Si es así, sugiero que pienses en algo para recuperarla.
—Lo haré…
—Y supongo que eso significa que irás a la fiesta.
—Dudo que asista.
—¿Por qué? Lloyd dijo que sería con motivo de su cumpleaños. ¿Cómo podría perdérsela?
—Tal vez, porque jamás hemos celebrado uno solo de sus cumpleaños. Siempre cae en las vacaciones de primavera y cuando niños, asumimos que sus padres la llevaban a algún sitio fuera de Hillwood ya que no la veíamos salir en la semana completa. Ahora creo que en realidad, simplemente se encerraba en su cuarto y pretendía ser feliz…
—Oh…
—Phoebe solía llevarle un obsequio el primer día que volvíamos a clases y cuando Gerald averiguó que se trataba de su cumpleaños, me convenció de gastarle una broma.
—No, por favor dime que no lo hiciste.
—Sí, el único obsequio que le he hecho en la vida fue llenarle la cara con pastel de banana y convertirla en la burla de la clase completa. —Miles silbó a lo alto como harían Jamie'O y Gerald, apuró la marcha ahora que estaban mucho más cerca de casa.
—Bueno, algo que definitivamente no puedes negar, es tienes talento natural para meter la pata con la mujer que amas.
—Gracias…—respondió frustrado porque las burlas de su padre no lo ayudaban en nada.
Hablando de obsequios, jamás le compró uno o consiguió llevarla a la playa. Phoebs le compró ese maldito celular además de la lencería con que lo hizo alucinar, su padre y hermana le obsequiaron el fabuloso vestido y la tableta electrónica. Miriam contribuyó firmando el permiso para que viviera en su casa y él…
¿Qué le podía ofrecer él?
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Llegaron a destino y subió las escaleras de manera automática hasta encerrarse en su recámara. Sus abuelos lo repudiaban como a Satanás y es que comenzaba a creer que querían más a Helga que a él.
Se tiró de cara a la almohada deseando ahogarse con la sábana, pero en lugar de eso encontró el diminuto MP3 rosado de Helga, lo presionó en el interior de su mano, conocía todas las pistas, todos los estados de ánimo, todo lo que había gritado, cantado y susurrado.
Lo escuchó todo, menos a ella.
Tres semanas eran apenas un decir, porque la primera la pasaron escondiéndose de Jake, besándose en secreto por los pasillos de la escuela, intentando aceptar y consumar sus sentimientos. La segunda, con ella en el hospital aterrorizada por las pesadillas y él fantaseando con todas las formas en que la podría amar. Tuvieron un fin de semana para los dos, en secretismo con completa entrega e intimidad.
Se hicieron el amor, supieron quienes eran. Almas demasiado grandes para sus cuerpos mortales.
Error.
Amantes destinados a jamás conservarse. Y como si la maldición a que se decían sujetos moviera los hilos de su cadenciosa alma, él besó a la pelirroja y fastidió su destino.
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Gritó contra la almohada y tiró de sus cabellos porque en verdad, era un idiota. El más idiota de todos y no sabía como recuperarla. Lo supo hace ocho años en San Lorenzo, simplemente la besó. Haciendo que con ello se desatara todo lo que bullía entre los dos.
Ahora no le permitiría un beso.
Era poco probable que volviera a tener uno de esos.
Cerró los puños deseoso de acabar con todo, pero iba en contra de su naturaleza, lo que era. ¿Y quién era ella? Su Geraldine, alma gemela, la mujer que desde siempre había querido conservar. Tranquilizó sus demonios internos colocando los audífonos en sus oídos, aparentemente en su exabrupto encendió el aparato y reprodujo un archivo de audio que ni sabía que existía.
Parecía en vivo.
Eran "Poesía Permanente" discutiendo cual podría ser su estilo musical.
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—¡Decídanlo ustedes! —escuchó decir a Helga. —A mi solo me saldrá algo al estilo del Teatro de la Tragedia.
—¿Quienes?—preguntaron todos y la rubia bufó a sabiendas de que no sabrían lo que refería.
—No importa. El punto es, que he estado teniendo el mismo sueño últimamente, pensaba que podría inspirar una novela, pero luego de escuchar esa sonata de piano que escribiste a la memoria de tu madre, Alan. Creo que quedaría mejor como canción.
—¿Lo dices en serio?—inquirió Redmond y él sintió una punzada de celos porque claro. El maldito inglés a parte de fotografía y francés tenía que saber tocar más de un instrumento.
—Cuando estés listo te lo muestro, muñeco. —el castaño debió volar de su posición a donde fuera que estuviera el piano ya que la rubia y sus amigos se burlaron a mandíbula suelta. Luego del pequeño interludio que incluyó una sugerencia de Brainy a Lorenzo para que tomara cierto instrumento de cuerda se escucharon las notas de piano elevándose con encanto.
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Ven, sal de la lluvia dices,
pero nunca te apartas.
Y estoy atrapada, estoy atrapada, estoy atrapada.
Hay una distancia aquí.
Nadie salvo tú, la lluvia y la daga,
que tambalea en mi mano.
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¡Mira bien! comentas a gritos.
No está lloviendo, entonces debo ser yo.
Me pides que suelte la daga y me acerque a ti.
¡Cierra la distancia! eso es lo que dices,
¿Pero como voy a correr?
Si mi corazón, mis huesos, mi alma.
Todo te lo he entregado a ti.
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Tu mirada se aparta, el llanto me embarga
y mi corazón duele.
Mi corazón, mi corazón, mi corazón.
Tú dejaste que se secara en mi interior.
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¡Ven a mis brazos!
¡Vuelve a intentarlo!
Es lo que ahora estás gritando.
Y yo corro.
Yo corro, yo corro, yo corro.
Sabiendo que cuando llegue, estarás muerto.
Hay una distancia entre tú y yo.
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Vuelvo con mi daga y mis lágrimas en las manos.
¡Mira las sombras! Están descendiendo,
dispuestas a disolvernos junto con el crepúsculo.
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En mi mente se repite siempre el mismo escenario.
¿Cómo pensé que lograríamos cambiarlo?
Después de todos estos años que me dejaste en la oscuridad.
La daga por fin se siente firme, las sombras caen sobre mi,
alejando mis sentimientos de tan ignorante mundo.
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Todos los hermosos momentos,
tan deliberadamente despreciados.
Todos estos años que me dejaste en la soledad.
El sombrío y empapado manto surge a través de mí,
corre entre mis dedos, tiñéndolos de rojo,
deslizando la daga pero ya no estás para arrebatarla.
Hay una distancia entre tú y yo.
Hay una distancia aquí.
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La voz de Helga se apaga, junto con las notas del piano y el violín que Lorenzo y Alan tocaban de manera excepcional. Su voz, tan trágica y melodiosa. Los sentimientos tan crudos y verdaderos. Eran ellos, una vez más se trataba de ellos y de cómo Helga, siempre se encontraba corriendo.
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Su corazón, sus huesos, su alma. Todo se lo había entregado ya.
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La imaginó corriendo descalza por las calles de Hillwood siendo apenas una niña. Deambulando por los callejones de Paris, sin decidir si saltar del puente o no. Atravesando los pasillos de la Escuela Preparatoria con sus Converse rosados para escapar de lo que sentía por él y esconderse de Cabot.
Por último, la visualizó abriéndose paso a través de pesadillas, mirando la hoguera y el fuego, decidiendo si valía la pena entregarse o luchar por su amor.
Hizo lo segundo.
Ella continuaba luchando, a pesar de que en su primera noche juntos, dijo haber llegado a su límite.
Él agotó sus reservas, la llevó al punto de quiebre y ahora era su turno de correr.
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Se levantó de la cama, cambió de ropas y salió por el ventanal en el techo. No quería provocar mas injurias de sus abuelos o comentarios burlescos de su padre. Tenía que encontrarla y se hacía buena idea de donde hallarla.
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CASA DE LA FAMILIA WHELLINGTON LLOYD
22:45 hrs.
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La fiesta se había convertido en un hervidero de baile, desfogue y alcohol, las parejas se deshacían a besos en cualquier rincón disponible y los que no tenían acompañante ocupaban su tiempo en compartir historias de San Lorenzo. El cómo escaparon, cómo pelearon, huyeron o se escondieron. Era casi la media noche cuando descartaron la presencia de ambos rubios. Lorenzo, Alan y Brainy habían llegado solos hacía bastante rato, dijeron que la Amazona se encontraba bien, pero que aún no los quería ver. Nada personal, solo efecto dramático. Si la conocieran de algo sabrían lo mucho que le encantaba darse a desear.
—¿Ella, dándose a desear? ¡Por favor…!—criticó Gerald, bastante enfadado pues esperaba pactar esa noche una especie de trato. Los tres mosqueteros, club de fans o "el esposo, amante y novio" de Helga G. Pataki (como los llamaba Rhonda) ni se inmutaron. Tenían planeado ponerse como auténticas cubas. Las hermanas Moore se encontraban fuera de Hillwood visitarían a sus padres ese fin de semana y partieron desde temprano. En cuanto a su majestad Lloyd, seguía manteniendo su distancia con el pelinegro.
Sí, lo quería, deseaba y extrañaba. Lo invitó específicamente esa noche para acabar entre sábanas húmedas o bebiendo licor del ombligo del otro, pero en cuanto lo vio, sintió la culpa atravesando su pecho como una afilada daga.
Él, aprendió a conocer, querer y respetar a Helga. No a la niña furiosa, sino la adolescente que colgó los guantes y que hasta hace poco se había alejado de todos.
Lo creyeron obvio, sus intereses particulares nunca fueron tan afines, jamás se sintieron cercanos a ella. Siempre iba por su cuenta, como el fuego, imparable, destructivo y también resplandeciente.
Se sentía fatal por ser la causante principal de todo este mal, pero más tardó en pensarlo que en lo Phoebe Heyerdahl aclaraba su garganta y afilaba su voz.
—¿No lo sabes, Gerald? ¿Creí que la conocías bastante bien?
—¡Oye! No te enfades conmigo si sabes que congenio con esa loca en lo referente a estrategia, amor.
—¿Amor…?—repitió la asiática y aquí todos se hicieron a un lado. (No para conceder intimidad sino para fingir que lo hacían y escuchar algunas sillas, mesas y sillones por detrás)
—Si, eres mi amor. Yo lo sé, tú lo sabes. El maldito pueblo entero está al tanto de eso y para que conste. Eres tú, la que se ha estado apartando de mi.
—¡Porque Helga y tú…!—reprochó con titubeo. —Patty y Nadine hundieron sus dedos en un bote de palomitas bañadas en salsa valentina. Los chicos rolaron los ojos, porque no estaban en sus casas viendo "esposas desesperadas" estaban en una condenada fiesta y no se irían de ahí hasta drenar la última gota de alcohol.
Redmond decidió ocuparse de eso ultimo, había aprendido de la guerrera Amazona a preparar variedad de tragos y cuando se apeó de la barra Eugene y Stinky lo abordaron.
—¿De verdad está bien?—preguntó el pelirrojo que aunque estaba con Larry se encontraba demasiado abatido para prestarle atención a la dulzura de sus labios. El multimillonario les aseguró que sí, luego de entregarles un par de tragos.
—Hicimos lo mismo que ustedes, por cierto.
—¿Entrenar hasta desmayar?—preguntó Peterson sin creerlo.
—¡Hey! Danos un poco más de crédito, no somos tan patéticos. —se defendió y aún así hubo cierta reserva por parte de los dos. Redmond carraspeó indignado y se explicó. —El padre de Brainy es comandante de todo un batallón militar. Lo obligó a prestar servicio activo en Irak tan pronto como cumplió los dieciséis años de edad. La madre de Lorenzo lo tiene por muñequito de porcelana o trapo, pero su padre no. Ya saben, la típica historia. Tenía miedo de que se volviera gay por quedarse con ella después del divorcio. Así que lo envío a clase tras clase de arte marcial. Nada de eso se quedó en su cuerpo, pero sí en su cerebro. Es un maldito maniático de los videojuegos de combate y estrategia y estarán de acuerdo en que eso, es lo que le hacía falta a nuestra Amazona. En cuanto a mi, tuve mis días de bravucón escolar.
—¿Lo dices en serio?—preguntó Eugene, sin ofenderse por la referencia a los gays.
—Oh, si. Fui un auténtico hijo de…Dios. (cambió la palabra al ultimo segundo porque su querida madre, no merecía esa clase de comparación) —En fin, lo que quería decirles es que todo lo tenemos resuelto. ¿Recuerdan la ilustración?
—¿La de HELL-GA con su escudo y lanza?—preguntó Stinky
—La misma, nene. Diseñamos su "armamento" porque no hubo manera de que nos diera "sus medidas" para confeccionar la armadura completa. —Peterson brindó a la salud de eso. Si la conocía como creía que hacía, primero acabaría muerta, a permitir que algún pelmazo conociera o tomara sus medidas. Eugene, apuró el trago a la par de los otros dos, sintió el líquido quemando su garganta, inflamando su vientre y motivando su voz.
—¿Y si están listos, por qué no vino? ¿Tanto nos odia? —insistió inseguro. Helga era la única amiga que de verdad tenía. Sí se llevaba bien con todos, pero Pataki entendía el infierno que llevaba adentro. Lo animó a "salir del clóset" ser como es: cantar, bailar, mirar los fabulosos traseros de los chicos que se desenvolvían en teatro, aunque lo que más le agradaba de la compañía masculina era el timbre de su voz. El suave barítono, la manzana de Adán, las manos más grandes y fuertes que las suyas. ¿A quién más se lo podría confesar, sin que se partiera de risa o lo comenzara a golpear?
—No está enfadada con nadie, ni siquiera con ese imbécil de Arnold Shortman.
—¡¿Ah, no…?!—preguntaron los dos, casi derramando el tercer vaso de licor.
—Está enfadada consigo misma. —acotó Brainy uniéndose a la conversación. —Avergonzada, de que las sombras le ganaran en su batalla.
—Pero si así es como es...—comentó Eugene, pues era de los pocos que conseguía ver a través de sus máscaras. El día y la noche convergían en su amiga. La fuerza y la debilidad, la pasión y el odio. Ella era todo eso y más, por eso la admiraba y apreciaba.
—También lo sabemos pero Helga no lo acepta. Ella es el cisne que día a día se mira en el estanque, convencido de que en realidad es un pato demasiado feo.
—Tal vez pudieron patearla un poco en la cabeza mientras se entrenaban. —comentó Rhonda en compañía de Lorenzo. El pelinegro no la juzgaba, ni detestaba. Eran niños cuando sucedió aquello y sabía perfectamente bien como era ella en esos tiempos. Lo que importaba es que quería redimirse y que estaba aquí para ayudarla.
—Te sorprenderías de la cantidad de veces que pateó nuestros traseros.—respondió Redmond ofreciendo un trago a la heredera de los Lloyd.
—¿Sólo eso…?—preguntó ansiosa, pues aún no se sentía cómoda con la idea de que ella fuera la Diosa de su diminuto Harem.
—Hmmm… Tal vez jugamos carta inglesa unas dos veces o seis. —comentó Brainy guiñándole un ojo a su novio. Lorenzo solo atinó a sonreír de oreja a oreja y decirle en voz baja que "ahora, no"
—¿C..c…te refieres a ese juego donde se pasan una carta con los labios….?—preguntó Eugene, sintiendo que el alcohol llegaba al nivel peligroso de su sistema nervioso.
—¡Si…! —concedió Redmond. —Y el premio son besos y el castigo licor…—el alma de Rhonda escapó de su cuerpo, más porque Alan decidió agregar en ese momento que tenía mucha suerte de salir con tremendo tamaño de buen besador. Los tres mosqueteros, club de fans, o el "amado, amante y amor" de Helga G. Pataki chocaron sus tragos como si fuera lo más natural, comentar que aparte de músicos, compañeros de escuela y de tragos, solían besarse al jugar.
Antes de que Stinky saliera corriendo, Eugene entrara en estado de "coma fantasioso" o Rhonda terminara en el piso totalmente desmayada, los chicos rompieron a carcajadas diciendo que Helga moriría cuando se lo contaran.
—¡AHHHHH! ¡Cómo se atreven a bromear eso! ¡NO FUE DIVERTIDO! —gritó Rhonda comenzando a correr por detrás de ellos. Stinky regresó con su novia y Eugene decidió que necesitaba unos quince minutos a solas con Larry en el baño.
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Volviendo a la pareja inicial. Es decir, Phoebs y Gerald, ya habían arreglado las cosas, tras aceptar que en realidad, ella no confió en su amistad.
—No pensé que me perdonara por soltar su mano de una manera tan desvergonzada.
—¿Y por qué lo hiciste…?—preguntó él acercándose a su cuerpo.
—¿A parte de lo obvio? Íbamos a morir y de pronto descubrí que no quería alejarme de ti…
—También lo sentí…y aunque Arnold me perdonó, mantuve en secreto los sentimientos que surgieron entre los dos. Los negué tanto que de hecho, terminé por olvidarlos.
—Era más cómodo para todos si volvían al inicio.
—Para todos, excepto nosotros. Tardamos años en formalizar nuestra relación porque en el fondo, sabíamos que si ellos no tenían su "feliz para siempre" tampoco merecíamos poseerlo.
—Apoyaste siempre su relación con Lila.
—Y tú le devolviste el relicario…
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Esta conversación ya sucedía en un lugar mas reservado.
Salieron al fresco, el patio de atrás donde estaba la alberca, con algunas sillas de playa y mesas redondas. La luz de la luna se veía a lo alto y ellos se acomodaron en una especie de sillón colgante que pendía debajo de un arco decorado con crisantemos.
—Con la esperanza de que llegara a superarlo. Estaba roto, la diminuta pieza de metal fue casi desecha por esos hombres que se empeñaban en lastimarnos y yo creí…No, me obstiné en que algo de eso volvería a su memoria.
Cuando Helga lo reparó y ajustó como el portarretratos que hoy día sigue en la esquina de su escritorio, quería que recordara que él es capaz de hacerle muchísimo daño.
—¡Arnold jamás…!
—¡Arnold siempre la está lastimando! —gritó apartándose de su lado. —No de manera consciente pero eso ya no me basta para disculparlo. Habrás notado que desde el inicio de su relación, no he sido precisamente la dama de honor. Temía que pasara esto, lo ama demasiado, como si fuera su todo y si él se va…me aterra lo que de ella vaya a quedar.
—Mi hermano, no es el que se ha ido.
—Pero sí fue el que besó otros labios.
—Piensa con la entrepierna. ¡A nadie sorprende que hiciera algo tan idiota!
—Pero es que…
—¡No la conoce, Phoebs! —gritó interrumpiéndola y saltando del sillón colgante. —Le pides demasiado a un pobre gusano que en realidad, ha pasado un par de semanas con ella. Helga levanta muros y trampas mortales alrededor de esa coraza dura que llama corazón. ¿¡Cómo querías que él supiera que un beso le es tan preciado?! —Heyerdahl se llevó las manos al rostro cubriendo sus labios y es que su novio tenía un punto.
Gerald y Helga comenzaron a conocerse y llevarse mejor desde el momento en que ellos formalizaron su relación. Con arrepentimientos y culpas, sintiéndose miserable de que su mejor amiga se sincerara con ella y le dijera que envidiaba su unión.
La traicionó al guardar silencio no solo una sino dos veces, pero en verdad creía que le estaba haciendo un favor.
Un alma tan noble como la suya, un amor tan grande como el que ofrendaba merecía ser retribuido y no solo agradecido.
Creyó que Alan sería una mejor opción, Eugene, hasta Stinky, pero ninguno de ellos lograba dibujar en ella esa sonrisa sincera de cuando Arnold chocaba contra su cuerpo de manera directa. Sus ojos se reconocían con gozo, sus almas se emocionaban en el diminuto instante que colisionaban. Y aunque lo veía y reconocía, no podía entregársela. Presionó los puños a ambos lados de su cuerpo y continuó la charla.
—Entiendo tu punto, Gerald. ¿Pero qué no se supone que después de tantas vidas…?
—Helga no es ninguna de esas chicas. Puede que él conociera a la que inspiró sus poemas, novelas, canciones, pero ya no es ninguna de ellas. ¡Nuestra chica es la hija furiosa de Robert y Miriam Pataki! padres desobligados que sin parpadear se marcharon de su lado. Hermana de Olga, quien lo único que hace por ella es desesperarla y llamarla bebé, mejor amiga tuya, enemiga pública mía.
Ejemplo a seguir de todas las niñas que se sintieron Amazonas cuando aprendieron a enarbolar una espada y lanzar una flecha. Helga es una mujer tan complicada que después de tantos años, ni tú, ni yo la hemos llegado a conocer.
—Y sin embargo lo haces…—comentó con reproche. Gerald se aproximó de nuevo tomando una de sus manos en el interior de las suyas. No es que de pronto fuera a surgir "algo" entre los dos. La sola idea le provocaba escalofríos y daba arcadas. Lo suyo con Pataki tenía que ver con "estrategia" enfrentar a los chicos malos.
Como cuando jugaban béisbol en el campo Gerald y los dos eran Capitán.
Sabían levantar una buena defensa, preparar la ofensiva. Pensaban como policías…y al llegar esta resolución una nueva idea fue la que lo embargó.
—Escucha, amor. Lo único que creo saber es cual será su estrategia. Darle lo que quiere a la muerte. Hacerle creer a esa cosa y a nosotros que terminó con Arnold, para que se deje de juegos y libere a su madre. —Phoebs dejó escapar el aire de sus pulmones porque ciertamente eso sonaba a algo que haría su amiga.
—¿Crees que funcionará?
—Depende de su capacidad para llegarlo a lastimar.
—¿Cómo dices…? —se acomodó de nuevo en el sillón y él recupero el lugar a su lado.
—Creo, que un vínculo tan fuerte como el suyo requiere de algo extraordinario para romperse. Aunque finjan esa cosa lo notará, así que si va en serio. Lo tiene que fulminar.
—¡Helga sería incapaz…! —Gerald cortó su discurso mirándola a los ojos de lo más sincero.
—Dejó que Cabot casi la asesinara con tal de ganar. ¿Crees que escatimará en daños para la pelea final?
—No…
—Recogerá lo que quede de él, así sean cenizas. Y supongo que entonces, estarás contenta.
—¿Perdón…? —ella no le deseaba daño a ninguno de los dos. Simplemente quería equidad, que se amaran, entregaran y sufrieran por igual.
—Todo el daño que le ha causado, Pataki va a cobrárselo. Esas sombras, no son por nada.
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HILLWOOD.
Filo de la media noche o también.
La hora de las brujas.
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—Me encontraste, Arnold.
—¿Te sorprende?
—No creí que pudieras.
—Y sin embargo estamos aquí...
—En el lugar donde nos conocimos.
—No queda mucho de este edificio.
—El viejo vecindario. Gran parte de Hillwood año con año se está perdiendo. Quien quiera que sea el nuevo Alcalde terminará vendiendo.
—Lo dices como si debiera importarme.
—A mi sí. Todo lo que fui, todo lo que conozco, añoro y atesoro se encuentra aquí.
—¿En derruidas paredes? —se acercó a la rubia. Ambos se encontraban en el lugar donde cursaron el jardín de infancia. El edificio llevaba como siete años de total abandono, paredes enmohecidas, descarapeladas y a punto de caerse. Su salón, se veía tan diminuto e insignificante ahora, las mesas donde jugaron, las sillas donde se sentaron…
—¿A caso no extrañarás nada de esto?—preguntó contrariada y quizás algo enfadada.
—No suelo aferrarme a objetos materiales. Me educaron bajo la creencia de que llegada cierta edad, abandonaría mi hogar.
—¿Entonces hice bien en dejarte?—le dio la espalda y él la aferró por detrás. La abrazó, estrechó, sintió su calor y fuerza, se regodeó con su aroma y casi alucinó ante el tacto satinado de sus cabellos. Helga no renegó, ni se resistió, por el contrario pudo sentir como vaciaba los pulmones y mordía sus labios para no dejar escapar alguna especie de maldición.
—No me aferro a objetos materiales porque todo lo que conozco, añoro y atesoro se encuentra en ti…—soltó el aliento a la altura de su cuello y podría jurar que la sintió temblar, presionó un poco más el agarre contra su cintura, cálida, nívea, etérea…moriría si no la volviera a tocar.
—Arnold…—su voz sonó entrecortada, él sabía que teniéndola así le dificultaba pensar.
—Déjame terminar.—la interrumpió porque efectivamente, no quería que formulara ninguna oración coherente.
—Terminado es como estás. ¡No puede haber más! —gritó, huyendo a su contacto pero sin hacer el más mínimo intento por apartarlo.
—¿Lo haces para ganar…?—preguntó, concediéndole unos centímetros de intimidad y por supuesto, haciéndola enfadar.
—¡Y para hacerte pagar! —lo empujó con fuerza. Hasta entonces se dio cuenta de que había ganado algo de masa muscular, sus ojos brillaban como antaño con ilusión bélica, su ceño aparecía fruncido imitando la vieja uniceja y el puño izquierdo perfectamente cerrado y amenazando con destrozarlo.
Él la adoró así, tal y como era. Sin apariencias, máscaras o reservas. Esa oscuridad, siempre había sido parte de su ser. La rubia lo evaluó a la vez y algo de eso debió hacerlo digno de merecer, puesto que sonrió de medio lado y él devolvió el gesto ligeramente confiado. Prosigió.
—Escuché tu canción…—Helga lo miró con desconcierto y él fue un poco más específico al respecto. —Hay una distancia aquí…
—Tt…tú…—el color desapareció de su rostro y segundos después sus mejillas se colorearon. Le encantó y por ello insistió.
—Estoy dispuesto a pagar por todos estos años que te dejé en soledad…—se acercó a su cuerpo y ella retrocedió hasta darse con la pared.
—No sabes lo que dices...—cerró los ojos, levantó el rostro intentando escapar a su roce, aún sin insinuarlo o mencionarlo, ambos deseaban probar sus labios, el sudor frío corriendo por detrás de su cuello se lo decía, las palpitaciones de su corazón, la neblina en sus ojos.
—Sí lo sé…—como la abeja a la miel, el mosquito a la lámpara de luz o el grandísimo idiota que era, cerró la distancia, acariciando sus cabellos, pómulos, llegando a la barbilla para levantar su rostro y beber de su boca.
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Continuará...
N/A: Lamento la demora señorita Cobradora, mi jefe me trae látigo en mano, pero aún así espero que haya sido de su agrado.
