Capítulo 37: Siempre
Tener nuevamente constancia de un cuerpo físico le resultó a Tonks más doloroso de lo que recordaba. Sin embargo, cuando abrió los ojos aún pudo advertir que conservaba aquella sonrisa que le había dedicado a su primo favorito al despedirse de él y de esa manera sintió renovadas sus fuerzas. En cierto modo, esa sensación permaneció con ella de vuelta en el mundo que recordaba.
Allí al contrario que hacía unos segundos la habitación que descubrió estaba peor iluminada dentro de unas paredes blancas e impersonales. Además la joven pudo constatar sin dificultad ese olor tan característico que emana cualquier hospital ya sea muggle o mágico.
Cuando de nuevo pensó en las consecuencias que habían traído sus actos se alarmó.
No tenía ni idea, inconsciente como había estado, de sí Voldemort se había hecho con la profecia, o si Harry Potter se encontraba bien al igual que cualquier otro miembro de la Orden. Al fin y al cabo, ella había sido la causante de aquella batalla amén de otras tantas cosas de las que prefería no pensar...
En un acto reflejo miró sus manos...
No estaba esposada, y eso era una buena señal.
Al hacerlo se dio cuenta que había un medimago al parecer muy ocupado apuntando algo en su libreta. Estaba tan concentrado en aquella actividad que ni siquiera se dio cuenta del desvelo de su paciente.
La metamorfomaga todavía tuvo que carraspear para hacerse notar a pesar del dolor que sentía en todo su cuerpo.
El medimago se asustó tanto que por poco no tiró al suelo todos sus apuntes.
-¡Por Merlín!- exclamó mientras sacaba su varita e inspeccionaba con ella sus pupilas-. Jamás había visto algo parecido después de tantas semanas sin apenas reaccionar. Tiene usted mucha suerte de seguir entre nosotros señorita Tonks.
-¿Semanas…?- consiguió preguntar con incredulidad-. Pero si sólo han sido unos minutos.
-Dos semanas y tres días en concreto.
La sorpresa se reflejó visiblemente en su rostro.
-No puede ser. Tengo que irme inmediatamente de aquí- determinó haciendo ademán de abandonar la cama.
-Oh, por favor, acaba de despertarse. Aún no tiene ni la mayoría de los huesos soldados. Ha tenido un traumatismo muy fuerte y me temo que la recuperación será larga.
En ese momento la joven desearía haberle gritado que le quitara todas las sondas y marcharse de allí cuanto antes en busca de respuestas, pero algo dentro de ella se lo impedía. Y ese algo no era otra cosa que el miedo.
Cuando el sanador terminó de examinarla y cerró la puerta tras de sí se sintió más triste y sola que nunca.
Había sido mortífaga durante meses llevando una doble vida oculta que tras la batalla en el Departamento de Misterios había salido por fin a la luz. Desde el principio había imaginado que ese día llegaría y que todas las personas a las que había llegado a querer como a una familia la odiarían.
Pero una vez más se equivocaba…
La puerta volvió a abrirse para dejar paso esta vez a Andromeda y Ted Tonks. Su madre corrió directa hacia sus brazos con visibles lágrimas en los ojos mientras su padre se acercaba cautelosamente con el rostro muy pálido, pero con una creciente sonrisa en los labios.
-¡Mi niña! ¡Mi pequeña Nymphadora! Sabía que no podías irte sin que me perdonaras por las cosas horribles que te dije…
La metamorfomaga se abrazó con mayor fuerza a su madre sin poder contener la emoción al tiempo que Ted cogía de la mano a su hija mientras le daba un beso en la frente.
-No te preocupes por eso ahora, mamá.
-¡Oh, claro que me preocupo!- inquirió mirándola con gesto alarmado-. Fui muy injusta contigo y sobre todo con Remus Lupin… Él te trajo en brazos desde el Ministerio y se peleó con medio San Mungo cuando ningún medimago hubiera dado nada por tu recuperación… Se me partía el corazón verle a tu lado esperando que despertaras.
Al oír su nombre algo dentro de ella se desbocó.
-Remus…, ¿él está bien? ¿Está a salvo?
Sus padres asintieron y la joven pudo finalmente respirar aliviada.
-Dumbledore nos lo contó todo…- continuó Ted-. Ojala no hubieras tenido que pasar por todo eso tu sola.
Pero justo cuando acabó la frase el mismísimo profesor de Hogwarts hizo su entrada en la estancia como si de repente hubiera oído pronunciar su nombre.
-Lamento mucho interrumpir tan conmovedor encuentro.
El anciano sonrió como disculpándose a pesar de que su rostro parecía soportar el peso de innumerables preocupaciones. No obstante, y aunque todos intuían cuáles eran ninguno sabía a ciencia cierta lo que pasaba por la mente de Albus Dumbledore.
-Oh, no se preocupe- repuso rápidamente Andromeda-. Volveremos más tarde- añadió guiñándole un ojo a su hija.
Por el contrario, el señor Tonks no parecía estar muy complacido con la llegada del director, no obstante, el matrimonio se apresuró en abandonar la habitación para dejarles a solas ya que suponían que habían de tratar asuntos de gran importancia.
Tonks no sabía realmente que decirle al mago que había regido en secreto su destino. No se sentía del todo enfadada con él, pero tampoco alegre.
-En primer lugar me gustaría pedirte disculpas, Tonks- comenzó mientras se sentaba en una silla cercana trabajosamente. Después de una pausa, continuó-: Cuando viniste a mi despacho hace unos meses sólo pensé en la seguridad de nuestra causa, al igual que cuando descubrí que Voldemort te había reclutado. Lamento decirte que alguien ya me informó anteriormente de tu situación. Pensé que si hacía la vista gorda podía averiguar que deseaba él de ti… y no me importó nada más.
-Él pudo haber matado a mis padres, a Remus… A todas las personas que quiero…
-En la guerra muere gente continuamente. Tú lo sabes. Lo importante es acabar con Voldemort, Tonks. En este mundo debe reinar el bien.
La joven metamorfomaga soltó una carcajada irónica ante aquellas palabras.
-¿Está diciendo que para hallar el bien debemos actuar mal?- inquirió cada vez más enfadada-. El fin no justifica los medios, profesor. Usted no es un ser providencial que todo lo ve y todo lo sabe.
-Indudablemente, no…, pero ante los recientes acontecimientos por fin me he dado cuenta de mi error. He intentado por mucho tiempo jugar a ser dios, y en ese juego no se puede ganar sin perder.
-Que usted lo sienta ahora no devolverá a la vida a Sirius, ni a Regulus, ni a tantos otros que se dejaron manipular por sus mentiras aderezadas de falsas esperanzas.
-Estás enfadada, y lo comprendo- alegó Dumbledore de forma cansada. Lentamente, se fue levantando del asiento-. Sólo espero que algún día puedas perdonar a este viejo anciano y ponerte en mi lugar.
-No creo que eso pase hasta dentro de mucho tiempo, si es que ocurre.
No podía mirarle a los ojos sabiendo todo lo que acababa de confesarle. La joven se sentía como si acabara de descubrir que su mayor héroe era en realidad un farsante y nada podía aliviar la naturaleza de ese hecho en su corazón.
Justo cuando Dumbledore se disponía a salir, Tonks le interrumpió sin poder contenerse y apuntarse un tanto a su favor:
-Por cierto, creo que debería saber que su plan no era tan perfecto- alegó desde la cama-. Su querido Severus Snape es realmente un mortífago; siempre lo ha sido y siempre lo será.
-Te equivocas- sonrió aunque sin una pizca de suficiencia en los labios-. El profesor Snape fue quien me ha estado informando de todo en todo momento. No niego que sus métodos para ocultarse entre asesinos no sean cuestionables, pero de no haber sido por eso… tú destino habría sido muy distinto ahora.
Al principio se negó a creerle.
Una persona que la había torturado tanto, y no sólo a nivel físico, que fuera de los suyos desde el principio le producía un gran sentimiento de vergüenza y no de alivio como sin duda pensó Dumbledore al decírselo.
Había esperado insensatamente que Dumbledore le daría unas respuestas que apaciguaran su interior de una vez por todas, pero no había hecho más que abrir unas heridas que había creído ya sanadas mientras se preguntaba, una y otra vez, qué hacía en la Orden del Fénix si su líder y su mano derecha tenían una ética muy similar a la del Primer Ministro o a la del propio Señor Oscuro.
-Intenta descansar- continuó haciendo un intento frustradamente paternal de despedida. No obstante, al abrir la puerta ambos escucharon una gran cantidad de voces en el pasillo que hacían imposible su deseo-. Siempre y cuando tus visitas te lo permitan.
Y entonces, al ver a los Weasley, y a unos magullados Kingsley y Ojoloco, junto a Hestia Jones, Emmelie Vance y tantos otros miembros de la organización con una enorme tarta de celebración que habían hecho para ella; se dio cuenta que si luchaba por la Orden era por aquella gente que como ella querían hacer del mundo un lugar mejor sin perder la rectitud en ningún momento.
Únicamente echaba en falta a una persona en particular.
No obstante, por suerte, Tonks sabía desde hacía tiempo que con Remus Lupin las cosas eran más complicadas que con el resto de las personas.
El silencio invadía cada rincón del nº 12 de Grimmauld Place. En aquella soledad la casa parecía guardar luto por el último del linaje de magos que la habían habitado durante generaciones.
Sirius Black había abandonado finalmente el hogar de sus padres para jamás regresar; algo que sin duda esperaba con alborozo, aunque jamás de la forma en que lo hizo.
Para Remus Lupin que le conocía desde su niñez, la pérdida de su único mejor amigo le producía una pena indescriptible…
Mientras paseaba sin rumbo por la mansión esa tristeza se iba clavando más hondo en su corazón. Acababa de abandonar el dormitorio de su amigo llevando consigo una foto de sus tiempos como estudiantes; allí en el salón, en el mismo polvoriento sofá en donde le había visto por última vez no pudo evitar echarle una ojeada a aquellos jóvenes soñadores que le sonreían alegres desde el pasado.
En los últimos días, Remus no había tenido tiempo de asimilar las consecuencias de la pérdida de Sirius pues todos sus pensamientos iban dirigidos a la joven metamorfomaga que agonizaba en una cama de hospital entre la vida y la muerte.
Cuando finalmente abrió los ojos un rayo de esperanza iluminó su interior, pero aunque deseaba más que nadie estar a su lado en esos momentos, sabía con pesar que no podía.
Ella ya había sufrido bastante por su causa, y aunque quisiera no podía hacerla feliz, ya que él mismo dudaba seriamente de volver a sentir esa sensación después de la batalla en el Ministerio.
Ya ni siquiera le quedaban lágrimas que derramar al mirar nuevamente la fotografía de sus amigos perdidos. Primero perdió a James y Lily… Cuando se enteró de su cruel asesinato Remus estaba fuera del país espiando a los de su especie… Jamás pudo perdonarse no haber estado a su lado y recordaba el funeral como la experiencia más triste de su vida.
En la abadía de Godric's Hollow habían colocado los dos ataúdes cubiertos de lirios frente al altar. Pero él, a pesar de la evidencia, tenía la esperanza de que no fueran sus amigos, que únicamente fueran cajas vacías sin sentido en aquel lugar. Eso era lo único que pensaba mientras avanzaba entre los concurridos asientos, pero luego les vio; parecían dormidos, sin embargo sus pechos no se movía por la respiración y su tacto era frío como el hielo.
Cuando hicieron bajar sus cuerpos hacia el lugar del que nadie regresaba, cada palada de tierra que se iba acumulando sobre la madera, le susurraba la verdad que debía regir su desdichada vida a partir de ese momento porque desde ese instante Remus Lupin no era más que un perro sin familia; un lobo solitario.
Ese día también enterró a Peter en una cajita con la única parte de él que habían logrado rescatar y con todos los méritos que el Ministerio le concedió de forma póstuma. Fue él quien abrazó y lloró junto a la señora Pettigrew que agarraba desesperadamente el envoltorio con lo único que quedaba de su único hijo.
Para Remus aún después de saber que ese no había sido su verdadero final, el joven Colagusano, el alegre muchacho que les acompañaba y participaba con ansias en todas sus bromas, murió de forma irreparable como James y Lily al igual que Sirius...
Le odiaba tanto en esos momentos por creer que les había traicionado que para el licántropo era como si estuviera tan muerto como el resto de los Merodeadores, pero catorce años después, le había tenido que decir de nuevo adiós, justo cuando le había recuperado, y está vez de manera definitiva.
Casi prefería que su cuerpo hubiera desaparecido así no tendría que pasar por todo aquello de nuevo, y de todas formas, un cuerpo no era más que un cascaron vacío. Sirius sin su eterna sonrisa en los labios, no era él.
Ahora era incapaz de sentir algo bueno donde sólo había dolor.
Al dejar la fotografía a un lado, percibió una presencia más en la casa. Su olor llegaba a él como si la tuviera enfrente, y de repente ese mismo corazón antaño ausente se desbocó…
-Sabía que me encontrarías- dijo poniéndose de pie mientras se giraba hacia ella-: Siempre logras encontrarme.
Era como un sueño tenerla de nuevo allí, con sus pelo rosa chicle atado a una coleta, sus ojos oscuros y profundos, su camiseta favorita y esos desgastados jeans. Él por el contrario siempre que se veía frente al espejo se encontraba con un hombre más viejo y cansado cada día.
-No era difícil averiguar dónde estarías- respondió con una tímida sonrisa en los labios.
La joven no pudo evitar sentir la frialdad del lugar sin el calor de su antiguo propietario. Según la señora Weasley la casa había sido heredada por Harry Potter y aún estaban a la espera de ver si podían seguir usándola como Cuartel General ahora que Kreacher se había revelado como espía del lugar. Mientras tanto el licántropo se pasaba las horas allí recordando un feliz pasado que jamás volvería para él…
-Se hace raro no ver a Sirius por aquí- continuó con voz ausente mirando la estancia. Después volvió a mirarle-. Pero eso es un pensamiento desalentador. Él siempre estará con nosotros, aquí.
Y acercándose a él le tocó con su mano el corazón.
Tan cerca y tan lejos a la vez, pensó el licántropo desesperanzado.
Remus se alegraba de esos gestos y la promesa de felicidad que desprendían, pero no podía cometer ese error de nuevo. Separándose de ella, le dio la espalda mientras volvía a recoger el retrato de sus amigos perdidos.
-Lo sé…, pero eso ahora no me consuela, Dora.
La alegría de encontrarse de nuevo con Remus en ese momento fue sustituido por una profunda pena. Tanto que no pudo evitar que su cabello cambiara de color al castaño más apagado…
-Lo siento tanto, Remus. Debes odiarme- alegó bajando la mirada-. Yo maté a Sirius.
-¿De qué hablas?- preguntó sorprendido.
Ella sabía que su primo estaba en un lugar mejor, pero como siempre, cuando alguien muere la pena es para los que se quedan. Se sentía terriblemente culpable porque el destino le hubiera arrebatado al hombre que más quería en el mundo a su único amigo. Eso no era justo.
-… Le espíe en su propia casa, me transformé en él sabiendo que si Harry me creía él se expondría en el Ministerio y…, fui yo quien luché con Bellatrix antes de que le lanzara la maldición a Sirius-. La voz se le quebraba por cada frase que decía-. Si tan solo la hubiera detenido por unos segundos más en lugar de que ella me hiriera, Sirius seguiría con nosotros.
Remus dejó a un lado su actitud herida, siendo por fin consciente del daño que le hacía con ella, y caminó hasta situarse a escasos centímetros de la joven para levantar su barbilla a tiempo de ver sus preciosos ojos tornándose cada vez más vidriosos.
-Jamás te he culpado a ti ni por un instante- susurró con voz calmada-… Las cosas suceden por algún motivo; nadie puede cambiar el pasado. Eso fue lo último que Sirius me dijo, y tenía mucha razón. No vale la pena que te sigas culpando. Tú no tienes la culpa.
La joven asintió limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano.
Que Remus no la odiara había sido su desvelo durante todos esos meses y especialmente en los últimos días porque sabía que le amaba tanto que no podría soportar que él la despreciara.
-… Vine por ti, Remus, y no me iré sin ti.
El licántropo sabía que no se refería solo al hecho de que hubiese venido hasta Grimmauld Place a buscarle. Ya no dudaba de que ella le amaba hasta el punto de regresar de la muerte para estar a su lado. Se lo había demostrado en las oscuras mazmorras del Señor Tenebroso al igual que en ese preciso instante.
-Dora…- pronunció con dificultad-. Yo siempre seré un hombre lobo. Eso nadie podrá cambiarlo. Siempre estarás en peligro conmigo de una forma u otra-. A cada palabra sentía que la joven se derrumbaba cada vez más, pero se obligó a continuar-: Dora, te quiero muchísimo, pero ahora que eres libre no puedo encerrarte de nuevo en una cárcel de miedo y dudas… Debo encontrar a los de mi especie y acabar de una vez por todas con la misión que empecé hace tiempo.
Las circunstancias se habían tornado, ahora era Remus quien debía protegerla en su juego de espías. El licántropo besó su frente una última vez con gran emoción y se dirigió hacia la puerta sin mirar atrás, pero de nuevo ella le interrumpió en su huida:
-… Estaré aquí cuando regreses. No soy tan fácil de convencer, Remus J. Lupin- dijo mientras se obligaba a sonreír a pesar del creciente dolor que sentía por su partida-. Yo nunca me rendiré.
"Y no quiero que lo hagas, Dora" pensó aun sin atreverse a decírselo en voz alta, pero sin dejar de ocultar su sonrisa ya incluso antes de abandonar la antigua mansión de los Black.
N/A: Y después de tantísimo tiempo Falsas Apariencias llega a su fin. Tengo que decir que he llorado y he reído a partes iguales con este fic de principio a fin, por eso ahora me siento un poco nostálgica a la hora de decirle a adiós, pero con la satisfacción de haber dado lo mejor de mí en esta historia. Creo que el mejor lector es el propio autor, y en eso personalmente, me ha encantado.
Necesitaba continuar esta historia desde hacía mucho tiempo y haber encontrado la motivación para divertirme nuevamente escribiendo como antes se lo debo de nuevo a esta página y a todos a los que me habéis apoyado para que continuara. Espero que vosotros también hayáis disfrutado en este viaje tanto como yo. No olvidéis vuestros comentarios. ¡Muchísimas gracias a todos!
Cuídense y sean felices:
Sisa Lupin
