Capítulo 37: Clases de esgrima y peleas.

Luego del almuerzo Anië fue por Silmendil y las dagas con el fin de que Legolas le ayudara a practicar con ellas para poder estar bien preparada para cuando llegara el momento de la batalla final. Legolas hizo lo mismo y fue por sus cosas a su habitación, con todo ya listo ambos se dirigieron a un bosque cercano a la posada, ubicado a unos dos o tres kilómetros y a más o menos media hora de viaje a pie.

Durante el camino hablaron poco y nada pues los dos parecían aún estar disgustados o incómodos por lo sucedido la noche anterior. Al llegar al bosque caminaron mas o menos por diez o quince minutos hasta llegar a una especie de claro que resultaba perfecto para realizar las prácticas de lucha y defensa con la espada y las dagas.

-¿Lista?-, preguntó él.

-¡Por supuesto!-, respondió ella.

-¡Entonces ponte en guardia que comenzaremos practicando con las espadas!-.

-¡Bien!-, afirmó ella con tono soberbio.

-¡Veremos como te las arreglas!-, dijo el elfo con algo de ironía y una leve sonrisa en su rostro.

Ambos desenvainaron sus espadas y comenzaron las prácticas, ella al principio lo hacía con algo de dificultad pues le costaba mantener firme la espada ante cada estocada que Legolas le lanzaba y cada estocada en respuesta de parte suya era como una caricia para la espada del elfo.

-Veo que te cuesta un poco-, le dijo él.

-No, para nada, sólo es que estoy dándote un poco de ventaja-, respondió ella algo altiva.

-¿Un poco de ventaja?-, respondió Legolas dejando escapar una carcarjada.

-Sí, ¡no quería humillarte desde el principio!-.

-¡Conque esas tenemos, muy bien ¡puedes ahorrarte el favor y comencemos en serio con la práctica entonces!-, dijo él lanzándole una estocada tan fuerte que la sentó sobre el césped.

-¡Ufffffffffffff!-, bufó ella intentando ponerse rápidamente de pie.

-¿Te ayudo?-, preguntó burlonamente.

-¡No gracias!- respondió lanzándole una mirada amenazadora.

-¡Cómo quieras!-, soltó el elfo mientras se cruzaba de brazos esperando ella se pusiera de pie.

-Bien, ¡ponte en guardia ojitos azules!-, dijo ella con sarcasmo y le lanzó una fuerte estocada.

-¡Así está mejor!-, dijo él alcanzando a detener el golpe con su espada y notando la mejoría en la técnica de su amada.

-¿Qué pensabas, que era una debilucha?-, le dijo ella alcanzando a detener la estocada que ahora su elfo de ojitos azules le había lanzado.

Ambos estaban frente a frente con sus rostros muy cerca y las espadas cruzadas en medio casi sacando chispas entre sí. Ella sentía que las piernas le temblaban ante aquella mirada, él se moría de las ganas de abrazarla y preguntarle qué le sucedía.

-An, ¿recuerdas que me prometiste hablaríamos de lo sucedido anoche verdad, le preguntó él muy dulcemente.

-Sí-, dijo bajando su espada y lanzando un suspiro de tristeza pero sin dejar de verlo a los ojos.

-¿Qué te sucede?- preguntó acercándosele mientras envainaba la espada.

-Como ya habrás notado Esteban no regreso anoche, y no lo hará por un tiempo, temo por los niños ya que lo extrañarán mucho y por la actitud que él pueda llegar a tomar al respecto. Es un hombre sensato pero en una situación así no sé como puede llegar a reaccionar y si llegara a sacarme a los niños, yo...-, alcanzó a decir y rompió en llanto.

Él se acercó a Anië y la abrazó mientras ella dejaba caer a Silmendil a sus pies y correspondía a ese abrazo.

-¿Qué puedo hacer para aliviarte esta pena?-, le preguntó al mismo tiempo que le levantaba el rostro tomándola del mentón con su dedo pulgar.

-Nada, sólo abrázame fuerte-, dijo ella entre sollozos.

-Eso no hace falta que me lo pidas-, respondió y volvió abrazarla tan fuerte y dulcemente como pudo.

Así permanecieron por unos minutos, ella con la cara hundida en el pecho de su amado mientras se ahogaba en llanto, él acariciándole la cabellera tratando de consolarla y sin dejar de abrazarla. Los minutos siguieron pasando y ella refugiada en aquellos brazos comenzó a sentirse mejor, con menos tristeza en su corazón, y dejó de sollozar.

-¿Un poco mejor?-, susurró él a su oído sin dejar de abrazarla.

-Sí-, respondió ella abrazándolo más fuerte.

-¡Tranquila, verás que todo saldrá bien, y si Esteban es tan sensato como dices no hará nada que te perjudique a ti o a los niños-, afirmó con ternura mientras levantaba el rostro de su amada con el dedo pulgar en su mentón.

-Por los Valar espero que así sea-, afirmó ella perdiéndose en aquella profunda y dulce mirada color azul.

-Verás que sí. Respecto a lo de anoche... a decir pero ella lo interrumpió.

-Lo de anoche mejor olvidarlo, ambos estamos bajo mucha presión y eso nos tiene algo o bastante nerviosos, ¡dísculpame!-, dijo ella mientras que sus ojos comenzaban a llenarse nuevamente de lágrimas.

-¡Por favor no, no puedo verte llorar meleth nîn-, dijo él sujetándole el rostro con sus manos a cada lado.

En ese instante ambos sintieron un escalofrío que les recorría los cuerpos, sus rostros estaban tan cerca que cada uno respiraba el aliento del otro, ella temblaba y no podía evitar perderse en aquella mirada, él parecía estar hechizado por aquellos ojos color almendra que lo observaban con ternura. Sus rostros se acercaban más a cada segundo, la respiración se les entrecortaba y entonces sucedió lo inevitable, sus labios se fundieron en un apasionado beso que los hizo estremecer, y en ese instante un halo plateado rodeó sus cuerpos.

Mientras tanto, en la oficina Esteban estaba por recibir una visita más que inesperada y que lo llenaría de angustia con lo que iba a contarle. Dante, aprendiz y discípulo de Saruman, había ido con toda la intención de perjudicar a Anië y generar discordia entre los esposos, aún ignorando que éste estaba actualmente alojado en un hotel cercano a su trabajo en vez de estar viviendo en la posada.

-¡Pase!-, dijo Esteban luego de que alguien golpeara a la puerta de su oficina.

-¡Buenas tardes mi querido yerno, ¿cómo estás?-.

-¡Bien, ¿usted, ¡qué raro verlo por aquí!-, le dijo con un dejo de desconfianza.

-Sí, puede ser, sucede que tuve que venir aquí cerca para hacer una diligencia para el Alcalde de la ciudad y ya que tenía tu oficina aquí a unos pasos decidí pasar para saludarte y preguntarte como están mis nietos. Tu sabes que desde la última discusión con Abi a causa de mi conflicto con mi ex esposa no los he vuelto a ver y prefiero no ir por la posada ni llamar para evitarnos a todos un mal momento-.

-Verá mi querido suegro, los niños gracias a Dios están muy bien y su hija también, muchas gracias por su preocupación-, expresó Esteban mirando aún con desconfianza a Dante.

-¡Cómo para no estarlo luego de ver el bellísimo anillo de flores en cristales lilas que luce en su mano y que supongo le habrás regalado con motivo de vuestro último aniversario de casados!-, exclamó Dante sarcásticamente sabiendo que con aquella información estaba clavando un puñal en el corazón del pobre Esteban..

-¿Perdón, ¿de qué anillo hablas?-, preguntó ahora Esteban algo malhumorado.

-¡Oh, ¡disculpa mi indiscreción, es que la última vez que la crucé, pese a que nuestro encuentro fue tan fugaz, no pude evitar que la belleza y delicadeza de aquel anillo me llamara la atención, y me dije: ¡qué excelente gusto tiene mi yerno!. Pensé que tu se lo habrías regalado, eso es todo-, dijo el discípulo de Saruman sonriendo levemente con satisfacción.

-Pues debe habérselo comprado ella, porque hace rato no le regalo un anillo y menos así-, dijo ahora el aún esposo de Anië con un dejo de ira que trataba de ocultar a Dante.

-¡Disculpa, ya se me ha hecho tarde –dijo ahora Dante observando el reloj de su muñeca-, ya sabiendo que todos están bien me voy contento y en paz, hasta pronto mi querido yerno-, terminó diciendo mientras se acercaba a la puerta de la oficina.

Dante salió de aquel lugar con la plena satisfacción de haber sembrado la semilla de la discordia, esa información que Saruman tenía sobre aquel anillo les había servido para generar el suficiente rencor hacia Anië en el corazón de Esteban, que ahora se dejaba caer abatido en su silla, tras el escritorio.

Permaneció sentado por unos minutos, con la mente en blanco tratando de hilar lo que Dante acababa de decirle, pero sintiendo un puñal clavándose en su corazón cayó en la cuenta de que era más que obvio que aquel anillo, si realmente existía y no era una patraña inventada por aquel malvado hombre, se lo habría regalado aquel elfo que se estaba llevando de su lado a su esposa. Con gran rabia en su corazón se puso de pie y avisó a su jefe que se iría a su casa a disfrutar de los últimos minutos junto a su familia antes de su traslado a las oficinas del sur, tomó sus cosas y salió rumbo a la posada.

Cuando Esteban llegó a la posada notó que nadie estaba o al menos casi nadie pues allí reinaba un gran silencio, entonces con el mayor sigilo se dirigió hacia la que era la habitación que compartía con su esposa, entró, tomó una maleta y comenzó a guardar su ropa y sus afectos personales a fin de agilizar su partida. Mientras juntaba y guardaba sus cosas decidió investigar si lo que le había dicho Dante era verdad o no y comenzó a registrar en cada uno de los alhajeros que la elfa tenía sobre la cómoda pero en ninguno de ellos encontró el mencionado anillo, sólo quedaba por revisar el pequeño cofre que estaba en el centro sobre la cómoda y cuya llave estaba en uno de los alhajeros, tomó la llave y abrió aquel cofre.

Gran tristeza sintió su corazón cuando entre todas las joyas, los anillos, y colgantes encontró al anillo descripto por Dante, en ese instante sintió como un puñal clavándosele en el pecho y desgarrándole el corazón, cerró el puño con el anillo en su mano, lo estrechó bien fuerte y lo guardó nuevamente en el cofre. Con tanto revuelo que hizo registrando las pertenencias de quien hasta ahora era su esposa alertó a Cleo que sabía o creía que estaba sola hasta que oyó los misteriosos ruidos que venían de la habitación de su amiga y que por una de esas casualidades no estaba en la posada porque se había ido a practicar con Legolas, ahora si no era Anië quien estaba en la habitación y ninguno de los otros residentes de la posada estaban pues Nano y Gimli se habían ido a hacer la ronda de vigilancia para chequear que los alrededores estuvieran en orden, Gandalf y Elrond habían salido por unas hierbas medicinales y los niños estaban con su abuela Elisa, entonces quién estaba generando esos ruidos allí o qué.

Totalmente decidida a enfrentar a lo o a quien estuviera allí Cleo fue por una cuchilla a la cocina, tomó la más grande y filosa que encontró y regresó hacia la habitación de su amiga lo más rápido que pudo, entró de sopetón y casi le zampa una cuchillada a Esteban.

-¿Pero te has vuelto totalmente loca?-, preguntó Esteban logrando esquivar la tan certera estocada de la amiga de su esposa.

-Disculpa Esteban, es que pensé que había un ladrón, por qué no me avisaste que estabas aquí, ¡casi me matas del susto!-, le replicó Cleo.

-¡No pensé que tenía que avisar si estaba o no en mi propia casa!-, enfatizó Esteban muy molesto.

-No mal interpretes lo que voy a decirte pero anoche no viviste dormir y...-, no pudo seguir pues la interrumpió.

-¿Y obvio tu amiga te contó todo lo que pasó y no esperabas verme aquí al menos por unos días verdad, ¡pues aquí estoy, y A..., Abi, Anië, ¡como quieras llamarla, ¿dónde está?-.

-Eeeeeeeeh, ¡salió!-, respondió Cleo nerviosa.

-¿Se puede saber a dónde?-.

-Mmmmm, no me dijo-, respondió ahora con la voz temblorosa.

-Advierto por tu nerviosismo que no se fue sola, ¿no es cierto, ¡está con él!- dijo totalmente furioso.

Cleo no supo que decir y bajó su mirada, no quería delatar a su amiga pero ya era tarde y aunque no lo hubiera dicho con sus propias palabras Esteban ya había descubierto que Anië había salido con Legolas.

-Bien, ¡no hace falta me digas nada Cleo!. ¿Los niños?-.

-Están en lo de Elisa-.

-Por favor, ¿podrías irlos a buscar, es que finalmente me trasladaron al sur donde debo ir a cubrir un puesto vacante, a la otra oficina y quisiera despedirme de mis hijos antes de partir-.

-¡Por supuesto, ¿también podrías ir tu por ellos, si quieres?-.

-Gracias, pero tengo que terminar de recoger mis cosas y cuanto antes lo haga mejor, pues más rápido podré partir-.

-¡Muy bien, voy por ellos y regreso enseguida-.

-Gracias, de nuevo-, dijo Esteban saliendo de aquella habitación con las maletas en sus manos para irse hacia la habitación que era de Tasha mientras Cleo sin decir palabra alguna se fue de inmediato a buscar a los niños a lo de Elisa.

Luego de aquel beso que colmó de felicidad sus corazones Anië y Legolas caminaron hacia el tronco de uno de los árboles de aquel claro del bosque y se sentaron junto a él, recostando sus espaldas sobre aquella corteza gris. El elfo pasó su brazo por sobre los hombros de su amada y la abrazó, ella recostó su cabeza sobre el pecho de él y se quedó escuchando la melodía del latir de su corazón; se permanecieron así por un rato, cómo si todo lo malo del mundo dejara de existir aunque sea por un instante y como si pudieran convertir aquel momento juntos en un momento eterno.

La tarde comenzaba a irse y el sol corría a esconderse en el horizonte, entonces ambos decidieron que era mejor regresar pues con los orcos o trasgos dando vueltas quién sabía por dónde, no era seguro andar cuando la luz del sol ya se había ido. Juntos entonces emprendieron el camino de regreso a la posada.

Al llegar fueron directamente a la cocina, Anië puso agua en la pava para hacer un poco de té pues ya habían llegado los tiempos en que los días son más cortos y más frescos y una buena taza de té caliente no venía nada mal después de haber estado buen rato afuera. Mientras ella preparaba las tazas de té, Legolas pudo notar que su amada tenía algunas llagas en su mano derecha debido a la práctica de esgrima.

-¿Me permites?-, dijo tomándole la mano en la que tenía las llagas.

-¡Auch!-.

-¿Duele verdad?-.

-¿Me preguntas en serio o es una broma?-, dijo ella burlonamente.

-¡Perdón, no quise que pareciera una burla pero creo que está mejor de lo que parece-.

-Duele un poco, pero solo son unas llagas que imagino se irán pronto, o por lo menos dejarán de salir con el avance de las prácticas-, expresó ella alzando sus cejas.

-Pues sí, con el tiempo, cuando tu mano se acostumbre a manejar la espada irán dejando de salirte estas horribles y dolorosas llagas-, dijo mientras continuaba sosteniéndole la mano con la palma hacia arriba.

Lo que menos se esperaban los enamorados es que de pronto irrumpiera en la cocina un furioso Esteban que al ver al elfo tomándole la mano a la que aún era su esposa, le propinara una trompada en el mentón que casi lo tumba al suelo.

-¡Maldito ladrón de esposas!-, le gritó Esteban a Legolas al mismo tiempo que le daba la trompada.

-¿Estás perdiendo la lucidez?-, le preguntó el elfo al mismo tiempo que lograba esquivar una nueva trompada que Esteban le había lanzado, mientras Anië en un intento desesperado por evitar que la cosa pasara a mayores se puso en medio de ambos.

-Cretino, desgraciado-, le espetó Esteban furioso.

-¡Ya basta, ¡no voy a tolerar que me insultes!-, le increpó Legolas tratando de no perder la paciencia y la compostura.

-¡Me importa muy poco lo que toleres o no!-, retrucó Esteban ya totalmente fuera de sí y empujando a un lado a Anië con el fin de golpear nuevamente a quién sentía le estaba robando el amor de su esposa.

Antes de que Esteban lograra darle una nueva trompada al elfo, éste logró darle un pequeño empujón hacia atrás tratando de alejarlo de sí para poder intentar hacerlo entrar en razones.

-¡Ladrón, ¡eso es lo que eres!-, volvió a gritarle Esteban.

-¿Cómo te atreves a llamarme ladrón, tú quién te crees, te estaría robando si por lo que me acusas hubiera sido realmente tuyo, pero al realidad es que su corazón y su amor nunca fueron tuyos-, dijo ya muy molesto Legolas y con algo de arrogancia.

Ambos estaban frente a frente, casi por agarrarse a golpes cuando Anië volvió a ponerse en medio para pedirles que ya dejaran de pelear.

-¡Por favor, ¡ya basta, deténganse ambos antes de que todo pueda terminar mal-, les gritó a los dos, pero ellos seguían discutiendo, Esteban totalmente desencajado y Legolas tratando de conservar la poca calma que le quedaba ante los insultos que el otro le lanzaba.

En medio de tanto griterío llegaron justo Nano y Gimli que regresaban de hacer su ronda y que al ver que estaban ambos por agarrarse a golpes los separaron lo más que pudieron logrando impedir que uno de los puñetazos lanzados por Esteban hacia el elfo golpeara a Anië.

-¿Pero han perdido por completo la razón?-, preguntó Gimli mientras sujetaba por detrás a Legolas mientras Nano hacia lo mismo con Esteban.

-¡Ya deténganse!-, ordenó con un dejo de severidad Nano.

-¿Cómo pretendes que me detenga cuando este vil ladrón me está robando una de las cosas que para mí más valor tiene en este mundo?-, dijo tratando de zafarse Esteban.

-¡Yo no soy ningún ladrón, ya te lo he dicho!-, volvió retrucar el elfo.

-Bueno, ¡ya bastaaaaaaaaaaaaaaaaaaa, ¡no soporto más todo esto!-, afirmó la elfa mientras rompía en un desconsolado llanto y se dejaba caer de rodillas al suelo con ambas manos tapando su rostro.

Legolas y Esteban, aún sujetos por Gimli y Nano respectivamente, se miraron fijamente a los ojos y al observar que Anië estaba llorando totalmente angustiada y arrodillada en el suelo detuvieron la pelea.