Hola a tods!, mi vida es una montaña rusa últimamente. No tengo mucho ánimo para escribir pero no quería dejar este fanfic tanto tiempo abandonado, así que aquí tenéis nuevo capi.
Muchas gracias por todas vuestras reviews ^^ y por seguir ahí, esperando la continuación de mi historia.
Capítulo 37. La princesa prometida
La rubia no podía entender a qué venía la absurda sonrisa que Blaise mostraba en el rostro. Habían quedado en un bar bastante discreto para hablar de los asuntos que tenían en común.
―Estarás contenta… la relación del príncipe y Granger está herida de muerte ―afirmó el moreno sonriendo.
―¿Tan herida de muerte que Ron le ha pedido matrimonio?
―¿Cómo? ―Su sonrisa se esfumó de repente. Resultaba obvio que no estaba al corriente de las últimas novedades.
―¿No lees los periódicos Blaise?, ¡anoche Ron se arrodilló delante de todo el mundo para pedirle a Granger que fuera su mujer! ―chilló sin paciencia.
―No tenía ni idea… pero entonces ¿para qué me has llamado Lavender?
―Para que me digas cómo narices puedo acercarme a él y recuperarlo ―dijo con hastío.
―Puede que sea noble pero ya te dije que no soy su amigo, no conozco todos sus movimientos. ―Lavender comenzó a acariciarle el dorso de la mano que tenía sobre la mesa de manera juguetona.
―Y para que me entretengas mientras no lo consigo… ―Esta vez empleó un tono ciertamente sensual.
―¿Me estás diciendo lo que creo? ―preguntó incrédulo.
―No tientes más a la suerte Blaise, y acércate.
Sus bocas se unieron en un beso hambriento, más de placer carnal rápido que de otra cosa.
―¿Y esto? ―logró decir Blaise cuando se separaron para tomar aire.
―Me he cansado de comportarme como una monja esperando a Ron. Sé que no puedo mostrarme en público divirtiéndome como hacía antes pero… ¿quién va a saber que me veo a escondidas contigo?
El moreno sonrió de medio lado. Finalmente había logrado su objetivo con ella, meterla en su cama. Le daba igual si al final lograba convertirse en princesa de Gales junto al inútil pelirrojo, o si se moría de la rabia viendo a otra mujer en su lugar, lo único que deseaba Blaise Zabini de Lavender Brown era disfrutar de su cuerpo y aquella noche lo haría. Confiaba en sus atractivos pero no esperaba conseguirlo tan pronto y todo se debía a la impaciencia de la rubia. Lavender estaba acostumbrada a estar con hombres, a sentirse deseada, a ser piropeada… y desde que intentaba acercarse a Ron había tenido que renunciar forzosamente a una parte importante de sí misma. Estaba harta de esperar, de dejar de ser ella misma, así que tenía la solución delante de sus ojos. No es que Blaise fuera santo de su devoción, no se fiaba de él ni de sus motivaciones, pero era un hombre guapo y sexy, y la deseaba, eso era todo lo que ella necesitaba de él.
Ron esperaba apoyado contra la pared, junto a la escalera. La esperaba para desayunar juntos. A los pocos minutos apareció, con unos vaqueros, una sencilla camiseta rosada y el pelo recogido en una graciosa coleta.
―Buenos días, princesa… ―Le ofreció su brazo y la mejor de sus sonrisas.
―Ron… ―musitó encantada con aquel saludo― Buenos días.
Se cogió a su brazo y se puso de puntillas para obsequiarlo con un tierno beso mañanero. Se encaminaron hacia el comedor.
―Todavía tenemos que hablar con tus padres… ―empezó el príncipe.
―Es verdad, a mis padres les gustaría hablar con nosotros… sobre todo a papá.
―Ya, no le caigo muy bien ―bromeó Ron. Ella sonrió.
―He pensado invitarles el sábado a palacio ―anunció.
―¿El sábado?, ¿el día de la ceremonia "Trooping the colour"?
―Claro, así podrían asomarse con nosotros desde el balcón de Buckingham.
―Pero Ron ―No daba crédito a la propuesta del pelirrojo―, mis padres no forman parte de la familia real, tú y yo todavía no estamos casados… no creo que sea prudente, tal vez no les guste a los reyes.
―¿Qué dices?, si mi madre está encantada con la idea.
―¿En serio?
―Además, soy el príncipe heredero y he decidido invitarlos, nadie se atreverá a replicarme. ―Alzó el mentón y una ceja en un gesto de exagerada dignidad y Hermione se echó a reír.
―De acuerdo, si lo dice su alteza real, acataré el mandato.
Ron la abrazó de la cintura y la elevó en el aire mientras ambos seguían riendo. Dos doncellas pasaron a su lado conteniendo unas risitas y un mayordomo apenas podía ocultar su sonrisa al verlos entrar en el comedor. A nadie le había pasado por alto la felicidad que se respiraba alrededor de la joven pareja.
Aquel mediodía, el palacio de Saint James tenía más invitados que de costumbre. Ginevra había informado a su hermano del regreso a Londres de su primo el príncipe Bill, hermano mayor de los príncipes gemelos. Éste había pasado la mañana en Buckingham para saludar a sus tíos y ver a sus primos. Cuando le contaron que Ron vivía desde hacía un tiempo en Clarence House con su novia, Bill organizó una comida en su casa para conocerla. Y dado que le iba el protocolo casi tan poco como a su primo, no dudó en invitar a Tonks y Fleur, tampoco puso objeciones cuando Ron le dijo que su novia llevaría a una amiga.
Katie Bell se reunió con Ron y Hermione en la puerta de su residencia y los tres juntos, seguidos de Sirius y Remus, cruzaron los jardines para acceder al palacio de Saint James. La morena quería ver a George, aunque éste le había dejado claro que por el momento sólo eran amigos. Pensaba que con el tiempo, esa amistad podría llegar a ser algo más y mientras tanto quería estar lo más cerca posible de él, para que la tuviera presente y la considerase como mujer.
El servicio les hizo pasar al hermoso vestíbulo. Ron se adelantó al ver acercarse a sus primos juntos a sus amigas, y se fundió en un enérgico abrazo con Bill, mientras los gemelos les tomaban el pelo a ambos. Después abrazó a Tonks efusivamente, tenía tanto que agradecerle.
―Los gemelos tienen a quien parecerse… Dios mío, William es guapísimo ―exclamó Katie.
―Sí… nunca vi un hombre tan guapo… ―balbuceaba Hermione todavía impresionada― Es como una estatua griega que ha cobrado vida…
William Arthur Weasley tenía un rostro apolíneo, de rasgos y proporciones perfectas, como si lo hubiera cincelado el mejor de los escultores griegos. No por nada lo apodaban "el príncipe perfecto". Pero si su enorme atractivo era famoso, todavía lo eran más sus gustos modernos, su estética rock y sus costumbres sencillas. Junto a Ginevra, era el miembro joven de la familia real más querido y admirado.
―Y mira qué estilo tiene con esa ropa y el piercing de la oreja, si es que está para hacerle un favor detrás de otro…
―¡Katie, ¿tú no estabas loca por George?
―Claro, pero… ¡oye!, ¿y tú qué?, ¿dónde quedó Ron?
La castaña le dio un pequeño codazo en las costillas. Los primos se acercaban a ellas.
―Mis hermanos son un poco más altos, pero yo soy más guapo, las cosas como son… me llamo William, pero preferiría que me llamarais Bill. Es un placer conocerlas señoritas… ―Les ofreció la mano y ambas le cedieron las suyas para que las besase con caballerosidad. Los gemelos se reían a sus espaldas, mientras Ron rodaba los ojos. ¿Por qué todas las mujeres ponían cara de bobas cuando Bill estaba cerca?
―El placer es nuestro ―se apresuró a contestar Katie. El pelirrojo le sonrió y después miró a la castaña.
―Y tú eres la famosa Hermione Granger ¿verdad?
―Sí ―contestó con timidez.
―En verdad te admiro, porque cazar a mi primo es digno de alabanza ―bromeó―, ya lo daba por un caso perdido. ―Sus hermanos se rieron y Ron trató de golpearlo sin éxito. Todos los presentes se divirtieron con los comentarios que siguieron.
A pesar de su aspecto rebelde, Bill Weasley era un chico muy sensato y racional, y jamás había protagonizado ningún escándalo más allá del día que se agujereó la oreja izquierda para lucir un piercing. Siempre ponía a la familia y el deber por delante de los placeres, otra de las razones por las que el pueblo inglés le tenía gran afecto.
Estaba viviendo en Nueva York, como un chico anónimo, no le gustaba alardear ni aprovecharse de su apellido. Pero después de un tiempo, había sentido que era el momento de volver a su país y a su ciudad.
Como sus hermanos, Bill amaba viajar, y había pasado casi toda su vida lejos de Londres. Este hobby lo habían heredado de sus padres, unos viajeros empedernidos, cuya afición les costó la vida cinco años atrás. David Weasley y su esposa fallecieron en un accidente de avioneta, cuando se negaron a quedarse en tierra una noche tormentosa. Desde entonces, sus tres hijos procuraban viajar todo lo posible, porque pasar mucho tiempo en Saint James los entristecía. Bill decidió marcharse a vivir a Europa y más tarde a Estados Unidos, donde permaneció los últimos tres años. Pero, como se dice, la tierra donde se nace siempre tira de uno, y el pelirrojo había experimentado añoranza por volver a su casa y estar cerca de su familia.
El grupo de amigos disfrutó de una animada comida, y después salieron al jardín para escuchar las anécdotas que Bill tenía que contar. Fred y George siempre lo habían admirado, para ellos era un ejemplo a seguir. También Tonks y Katie atendían al príncipe con atención. Fleur se sentó en uno de los bancos, a cierta distancia, pero sin dejar de observar a Bill. Hermione advirtió cierta tristeza en su mirada celeste y se acercó a ella.
―¿Estás bien Fleur? ―preguntó la castaña con comprensión.
―Sí… es sólo que… ese idiota de pelo gojo… ―Miró hacia donde estaban Bill, Ron y los gemelos.
―¿Cuál de todos? ―replicó la castaña logrando una sonrisa de la rubia.
―Bill puede seg muy modegno con la gopa y los complementos, pego… en el fondo es un chico bastante tgadicional… él queguía fogmalizag nuestga gelación, pego yo ega demasiado joven, tenía tu edad, diecinueve años, y queguía veg mundo, conoceg a mucha gente, también más chicos…
Fleur le contó a Hermione que a la muerte de sus padres, Bill recapacitó sobre las cosas realmente importantes para él y quiso formalizar su relación con la rubia. Estaba enamorado y quería llegar a casarse con ella algún día. Pero la francesa se veía demasiado joven para comprometerse y acabaron separándose. Con el tiempo, Fleur comprendió que se había equivocado. Había conocido a varios hombres, unos mejores que otros, peor ninguno le había hcho sentir lo que Bill, y eso era algo que sólo su amiga Tonks sabía. Sin embargo, reencontrarse con Bill después de tanto tiempo y acabar haciendo el amor con él otra vez, había removido y avivado sus sentimientos por el pelirrojo, y que él pareciera no darle importancia a esa noche compartida le dolía demasiado.
―Pegdona, no queguía soltagte el gollo, pego… necesitaba soltaglo ―confesó la rubia.
―No te preocupes ―La abrazó por los hombros y Fleur agradeció el gesto esbozando una ligera sonrisa―. ¿Entonces para él no ha significado nada?
―Me dijo que égamos dos adultos que habían deseado pasag la noche juntos y que no había nada de malo en eso. Fue como si quisiega justificag lo que sucedió entge nosotgos paga evitag que yo me hiciega ideas equivocadas. Así que yo le di la gazón y no ahondé en el tema.
―Vaya, lo siento mucho.
―Gacias, pego ega de espegag… no iba a seguig enamogado de mí después de cinco años.
Hermione dedicó varias miradas al grupo, y notó que Bill las miraba de cuando en cuando con sus hermosos ojos verdes. También Tonks las miraba a ellas y a su amigo de infancia. ¿Seguro que para el pelirrojo no había significado nada la noche con Fleur?
―¿Iréis a la ceremonia del sábado? ―preguntó Katie a los gemelos.
―Pues supongo que sí ―replicó George. Pero fue Fred quien dijo lo que la morena deseaba escuchar.
―¿Por qué no te vienes tú también?
―¿En serio? ―dijo mirando a George.
―Claro que puedes venir, aunque no podrás asomarte al balcón.
―Ya lo suponía, es lo lógico, pero no me importa.
―Yo me quedaré contigo ese rato, tampoco me ilusiona excesivamente asomarme. Podríamos ver la exhibición aérea desde una ventana.
―Gracias Fred. ―Sonrió pero sin muchas ganas. Agradecía profundamente el detalle del pelirrojo, pero habría preferido que fuese su hermano el que lo tuviera. Fred lo sabía.
―¿Sabes que tengo un traje exactamente igual al que llevan los miembros de la guardia real en el desfile militar? ―dijo repentinamente Fred.
―¿De verdad?, ¿con el gorro y todo? ―preguntó emocionada.
―Sí, y me lo pondré el sábado para que lo veas. ―Katie por fin sonrió feliz.
―Siempre me han hecho mucha gracia esos trajes ―exclamó divertida. Fred sonrió, satisfecho de haberla animado. Odiaba verla triste.
Ron y Hermione acudieron a Buckingham por la tarde, tenían que atender la recepción de periodistas para anunciar oficialmente su compromiso. Snape los condujo hasta la puerta de la estancia donde los esperaban. El príncipe miró a su novia.
―¿Estás preparada?, ahora esto sí que va en serio.
―Estoy muerta de miedo. ―Él le apretó la mano con afecto y ella respiró hondo.
―Lo harás muy bien, siempre lo haces. ―Compartieron una última sonrisa y finalmente, la puerta se abrió ante ellos.
Los fotógrafos empezaron a disparar sus cámaras y algunos periodistas lanzaron preguntas al aire. Snape pidió tranquilidad y organizó el turno de preguntas. Hermione mostraba el anillo que Ron le había regalado a los pies de la escalinata del Royal Albert Hall, y se cogía del brazo de su príncipe, mientras él le dedicaba miradas cargadas de ternura. Todos los asistentes fueron testigos de la complicidad que existía entre ellos.
El miércoles por la mañana, todas las portadas de periódicos y revistas mostraban las mismas fotos. Unos felices Ron y Hermione anunciando al mundo su compromiso. A nadie que viera aquellas imágenes se le ocurriría pensar que aquella relación empezó como algo impuesto. Una farsa que se había convertido en el romance del año. La mitad de las adolescentes del mundo entero deseaban ser ella, y la miraban con ojos soñadores, como si Hermione hubiese logrado lo que ellas anhelaban desde que tuvieron conciencia de sus propias vidas. Su romance falso se había convertido en un nuevo cuento de hadas con el que soñar y especular, como antaño había pasado con los padres de Ron o la actriz plebeya Grace Kelly y el príncipe de Mónaco. Pero lo que el público ignoraba era que el trato entre Ron y Hermione había hecho nacer unos sentimientos auténticos, volviendo realidad el cuento de hadas.
Al fin Neville se había decidido, y Luna y sus consejos habían tenido mucho que ver. Esa noche de miércoles se atrevería a entrar en aquel club de jazz, y trataría de hablar con Pansy fuera como fuera. Respiró honde varias veces y encontró el valor para cruzar la puerta, pero no estaba preparado para lo que se iba a encontrar allí dentro.
Sobre el escenario, iluminado discretamente, estaba la morena cantando, ataviada con un bonito y elegante vestido tan negro como sus cabellos. Neville, maravillado, tropezó tres veces hasta lograr sentarse en una mesa libre, le costaba apartar los ojos de aquella mujer. Si Pansy era hermosa, su voz no lo era menos, ¿cómo una chica con tantas cualidades podía dejarse destruir por alguien como Draco Malfoy?, se le revolvían las entrañas. Cuando la canción terminó siguieron los aplausos y ella anunció que iba a cantar la última de la noche.
En cuanto empezó a escuchar la letra, Neville supo a quien iba dedicaba. Ya el título, "strange love", daba pistas al respecto. Qué rabia sentía, a pesar de lo mucho que la hacía sufrir, Pansy seguía queriendo a ese rubio miserable.
Mientras pronunciaba aquellas palabras, acompasadas con la melodía, la morena paseaba su mirada sobre el público sin mucho interés. Realmente no se fijaba en nada ni en nadie, cuando cantaba, simplemente se evadía de todo, era su forma de olvidar. En aquel local nadie conocía a la aristócrata Pansy Parkinson, ni siquiera sabían que su familia tenía dinero, porque incluso se desplazaba en metro. Se sentía anónima y, sobre todo, libre del influjo de Malfoy. Sin embargo, aquella noche algo la trajo de vuelta a su realidad, un hombre joven de entre los asistentes.
"No puede ser ―maldecía internamente―, ¿qué demonios haces aquí Neville?".
La gente aplaudía al término de la canción. Pansy agradeció inclinando la cabeza y bajó del escenario, tratando de despistar al castaño. Pero él fue más rápido y logró alcanzarla antes de que pudiera entrar a la zona de vestuarios.
―¡Pansy!
—¡Nev… Longbottom!, ¿qué coño haces aquí? "Dios, eres la última persona a la que quería ver, sobre todo después de todo lo que te conté estando borracha." ―preguntó indignada y también avergonzada.
—Eh… yo… te vi entrar aquí…
—¿Me estabas siguiendo? —Su voz sonó irritada.
—No, no… bueno… técnicamente sí, pero yo… —confesó torpemente Neville.
—Deja de dar rodeos y dime qué hacías siguiéndome. —Exigió con autoridad.
—Yo… quería… provocar un encuentro aparentemente casual contigo.
—¿Cómo?, ¿un encuentro casual?
—Quería volver a verte Pansy… y sabía que pidiéndotelo nunca me dejarías.
—Longbottom… ya te lo dije bien claro, no quiero que nos veamos más, salvo las ocasiones en que no se pueda evitar, no quiero quedar contigo a solas.
—Pero Pansy…
—No me gusta perder el tiempo con bobos como tú.
La morena se volvió sobre sus tacones, y empezó a caminar lejos de él, escociéndole todavía la boca por haber dicho esas palabras tan crueles. Pero Neville la hizo detener sus pasos.
—Cantas muy bien… la última canción era para él ¿verdad?, para Malfoy.
—Sólo es una canción… —contestó, sin darse la vuelta.
—Claro… ¿sabes?, tienes una voz preciosa, como toda tú.
—¡Neville basta! —Se volvió hacia él.
—¿Ya no soy Longbottom?
—No sé lo que pretendes pero déjalo ya… no quiero verte más por aquí.
—Una amiga me dijo que mostrase más firmeza para tratar con las chicas… ―dijo pensando en Luna― Y veo que contigo es así en especial, parece que te gusta que te traten casi como a una cualquiera.
Pansy abofeteó con dolor la mejilla de Neville. Pero el castaño, lejos de molestarse, agradeció su gesto.
—Por fin muestras algún sentimiento, ya pensaba que eras tan fría como decían todos.
—¿Quieres hacerme sentir aún peor?, porque lo estás consiguiendo ―exclamó con voz temblorosa.
—No Pansy, lo que quiero es que reacciones… ¡maldita sea, él sólo te hace sufrir!, ¿por qué no lo dejas de una vez?, no te estoy pidiendo que te cases conmigo, sino que hagas algo por ti misma.
―¿Te está molestando este tipo? ―interrumpió un hombre maduro de aspecto robusto. Pansy lo miró y después observó a Neville, con ese gesto sorprendentemente intenso en su rostro.
―No… es un… conocido ―El tipo se alejó de ellos―. ¿Y qué más te da lo que me pase a mí? ―musitó.
—Aunque todos piensan que eres feliz yo sé que sufres y… no me gusta verte sufrir.
—¿Por qué?, ¿por qué no te gusta verme sufrir, Neville?
—Porque me importas, desde la noche que te conocí.
Pansy se sintió conmocionada, no podía apartar sus ojos azules de los verdosos de él, Aquellas palabras habían sonado tan hermosas, tan románticas, tan… imposibles de escuchar de los labios de Draco. Pero no podía permitirse que la ablandara regalándole el oído, aunque en el fondo supiera que el castaño no mentía. Así que buscó en su interior ese lado de harpía que tan mala fama le había dado e hizo uso de él.
—Pues no debería importante… tú a mí me das exactamente igual Longbottom.
—Cada vez que intentas poner distancia entre nosotros me llamas por mi apellido… y yo creo que sólo son intentos de huída.
—Te equivocas, es la realidad, si no quieres aceptarla es tu problema. Y ahora déjame tranquila que quiero cambiarme y marcharme a casa.
—Supongo que te negarás si me ofrezco a llevarte en mi coche.
—Supones muy bien. Adiós.
Pansy se alejó de él a pasos ligeros, pero Neville no se había rendido todavía. Cuando ella salió del local, ya cambiada, él estaba todavía en la acera, la morena lo miró con desgana y aceleró su paso dejándolo atrás, pero entonces se produjo una escandalosa detención por parte de la policía, en la cera de enfrente y Pansy detuvo sus pasos un poco asustada.
—Vamos, te llevaré a casa, no es seguro que vayas sola a estas horas.
La voz de Neville la sobresaltó ligeramente, pero en cuanto su cerebro la reconoció le invadió la tranquilidad.
—Sólo porque hoy la noche no parece muy segura.
Pansy caminó junto a Neville en completo silencio. Él le abrió la puerta y le dio paso dentro de su vehículo, como la noche de la fiesta en Malfoy Manor, sólo que en esta ocasión, la morena iba sobria. Durante el trayecto, permanecía callada, salvo para indicar fríamente las calles que él debía tomar. Se limitaba a mirar por la ventanilla con melancolía.
—¿Cuánto tiempo llevas cantando allí? —Sabía que volver al tema de Draco era mala idea, y no soportaba seguir en silencio.
—Ya hace algo más de un año.
―¿Nadie sabe que lo haces?
―No, y así quiero que siga siendo… me gusta que nadie me conozca.
―Tranquila, de mi boca no saldrá.
Pansy no quería, pero Neville insistió en acompañarla hasta la misma puerta metálica de su mansión.
—Ojalá te conocieran todos como eres en realidad.
—Neville déjalo, por favor… no soy tan buena como crees. ―Su tono de voz había abandonado toda agresividad.
—Ni tan mala como pretendes hacer ver.
—No lo intentes más, déjalo así… no quiero que me salves de nada ¿entiendes?, olvídate de mí… ―rogó.
—Lo siento, pero eso no va a poder ser, soy muy cabezota y cuando me empeño en algo nadie me quita la idea… buenas noches Pansy, que descanses. —Se acercó para besarla en la mejilla y se dio la vuelta para acercarse a su coche.
—Buenas noches… Neville —musitó la morena cuando él ya no podía escucharla.
Se asomó a una ventana de la planta baja para ver arrancar el coche. En su rostro se había esbozado una pequeña sonrisa. La hacía feliz que Neville no se rindiera, que a él le importaran sus sentimientos. ¿Podría algún día llegar a sentir algo por ese chico?, hoy lo veía más posible. Pero desgraciadamente, ya no era sólo Draco lo que la ataba a los Malfoy, había colaborado con ellos, y traicionarlos sería peligroso.
―La viuda negra regresa a la ciudad ―leyó Sirius Black desde una silla de la cocina de Clarence House. En sus manos sostenía un ejemplar del "Gossip News" del jueves. Su portada estaba dedicada a un personaje tan mediático como los mismos príncipes de Inglaterra, Bellatrix Lestrange, la duquesa de Devonshire.
―Entonces la diversión está asegurada ―ironizó Remus Lupin―. Nunca entenderé lo que mueve a esa mujer a hacer las cosas que hace.
―¿A qué cosas te refieres exactamente?, ¿a lo de acostarse con chicos que casi podrían ser sus hijos?, ¿a dar la nota en algunas fiestas a las que asiste?, ¿o a liarse con hombres casados? ―puntualizó el moreno.
―A todas ellas, no comparto su libertinaje… pero hace lo que le apetece en cada momento, y le importa poco lo que piensen los demás… en cierto modo la envidio, nosotros no tenemos esa libertad. ―Remus hablaba pensando en Tonks y en cómo tenían que esconderse para que los padres de ella no los descubriesen, pues jamás consentirían ver a su hija con un pobretón como él. Su amigo miró por la ventana y cambió el curso de la conversación.
―Pues por eso precisamente, esa mujer me fascina ―admitió Sirius.
―No hablas en serio… si es una perdida.
―Pero hermosa y rica amigo mío ―bromeó el moreno.
―No tienes remedio. ―Ambos rieron.
―¿Cree que su presencia en Londres ocasionará nuevos escándalos?
―Lo espero, siempre hemos vendido mucho gracias a nuestra querida duquesa ―dijo Rita Skeeter a su fiel fotógrafo con una sonrisa maliciosa.
No era ella la única que celebraba su regreso. Los dueños de todos los tabloides se frotaban las manos, esperando el próximo escándalo protagonizado por la hermosa y alocada mujer.
Bellatrix Lestrange, duquesa de Devonshire gracias a su matrimonio con el difunto Rodolphus Lestrange, tenía cuarenta años y una inmoralidad y belleza legendarias. Llevaba una vida disoluta a ojos del sector conservador de la sociedad británica, pero a ella le daban igual las críticas y juicios a que la sometían.
Bellatrix pertenecía a una familia de la baja aristocracia, los Black, y siempre envidió la suerte de su hermana mayor, Narcissa, casada con Lucius Malfoy, duque de Wellington. Se casó muy joven con el maduro duque de Devonshire, ansiando ascender en la escala social, pero al poco de la boda su marido falleció en extrañas circunstancias, dejándole a ella su vasta fortuna. Debido a este turbio suceso, las malas lenguas la apodaron "la viuda negra", pero la familia del duque nunca pudo probar que Bellatrix estuviera implicada en su muerte. Una vez convertida en viuda, se dedicó a disfrutar de su posición privilegiada y su riqueza.
Allá donde iba se ganaba simpatizantes y enemigos por igual. Nunca dejaba indiferente a nadie. Quienes mejor la conocían, la definían como una mujer caprichosa, ambiciosa, impaciente, exigente, intolerante… y muy seductora, además de un poco demente, una verdadera bomba de relojería que muchos deseaban correr el riesgo de probar. Sin embargo, su propia familia renegaba de ella.
―¿Qué coño hace Bellatrix en Londres? ―cuestionó un malhumorado Lucius.
―No lo sé. No me dijo que iba a regresar.
―Pensaba que se quedaría una buena temporada en París, pero se cansa de todo muy pronto.
―Lucius, no olvides que a pesar de todo es mi hermana ―lo reprendió su esposa.
―Lo sé Narcissa, pero sólo nos causa vergüenzas y bochornos, ¿o acaso no es así?
―Pero es mi hermana y no me gusta que la desprecies ―Se acercó hasta su marido y se abrazó a su espalda―, además, tú siempre dices que de todo se puede sacar alguna ventaja. Puede que Bella nos sirva de ayuda algún día.
Narcissa Malfoy no era todavía consciente de lo que aquellas palabras desencadenarían en el futuro.
CONTINUARÁ…
