Disclaimer: Harry Potter y sus personajes son propiedad de J. K. Rowling. Ésta historia está escrita sin ánimo de lucro.
Advertencias: Este fanfic será Slash con Lemon. Es decir, contendrá relaciones, algunas explícitas, entre chicos. Más adelante Mpreg. También habrá parejas hetero, muerte de algún personaje y mucha angustia. Si alguna de éstas situaciones no te es grata, no lo leas. Sólo aviso.
Nota: He tenido que modificar algunos detalles del pasado, carácter y edades de algunos personajes, así como características y funcionamiento de algunos hechizos y objetos mágicos, para poder adaptarlos a mi historia. Espero no incomodarles.
Que la disfruten.
K. Kinomoto.
Quiero agradecer a Devi y a Sumset, por sus reviews.
Y a todas aquéllas personas que leen esta historia, muchas gracias.
XXVI
Sólo tú para sostenerme.
Primera Parte.
Las hojas secas crujían bajo los pasos vacilantes de Harry, mientras caminaba guiado por su bastón, por el largo camino que el sol de la tarde pintaba de un tenue color dorado al reflejarse en la crujiente hojarasca. Ron, que caminaba a su lado, podía observar cómo el suave viento hacía girar las hojas en círculos alrededor de ellos antes de devolverlas al suelo.
-No necesitas acompañarme hasta el Castillo. Puedo regresar yo solo.
-Nada de eso, compañero. Aún es temprano –Ron envolvió los hombros de Harry y suspiró, triste al pensar que los verdes ojos de su amigo no fueran capaces de apreciar la belleza del paisaje otoñal que los rodeaba.
Harry aumentó la velocidad de su marcha al sentir el abrazo de Ron, y se dejó guiar de regreso hacia el Castillo. Faltaba sólo una hora antes de que comenzara el turno del pelirrojo en el restaurante y Harry no quería que por su culpa se le hiciera tarde. Pero eso a Ron no le importaba. Y aunque podía haber ocupado ésa tarde libre para recuperar sus horas de sueño, el pelirrojo prefería la compañía de su mejor amigo a quien ya no podía visitar con tanta frecuencia.
-¿Qué harás ahora que el Ministerio te autorizó la ayuda para Hermione? –el bastón negro que le servía de apoyo chocó contra las escalinatas de la entrada y el moreno comenzó a contar los escalones, como contaba todos los pasos que daba para no equivocar el camino-. ¿Seguirás trabajando en el restaurante?
-Así es. Aunque ahora sólo voy a pagar la mitad de los gastos, necesitaré seguir trabajando –Harry pudo detectar un tono de alivio en la voz de su amigo cuando éste prosiguió-. Pero ya me siento más tranquilo porque no estaré tan presionado. Calculo que con lo que gane podré enfrentar solo los gastos y quedará algo para mí.
-Me alegra escucharte hablar así –Ron sonrió con ligereza y aunque Harry no lo vio, pudo sentir que el corazón de su amigo estaba más alegre-. Sé que cuando Hermione se recupere, apreciará todo lo que estás haciendo por ella.
-Me conformo con que se recupere, Harry. La doctora Sayers dice que no ha dejado de leer sus diarios –el rostro de Ron se ensombreció por un breve instante-. Dice que no logra asimilar sus propios recuerdos. Que es como si... todo lo que escribió en el diario no le hubiera pasado a ella. Pero prometió averiguar el motivo y encontrar una solución. ¿Y tú? ¿Cómo va el profesor Snape con lo del veneno? ¿Ha encontrado el modo de ayudarte?
-Está haciendo todo lo posible –Harry dejó que su bastón lo guiara por los pasillos. Ambos decidieron ignorar los murmullos de los estudiantes que encontraban a su paso en su camino hacia las mazmorras-. Pero no lo puedo presionar, ¿Sabes? Tiene bastante trabajo con las clases de Pociones y con lidiar todos los días con los estudiantes de su Casa.
-Entiendo...
-Si yo pudiera... –Harry no terminó la frase, y su amigo pudo advertir que su rostro se entristecía-. Se suponía que este año sería auxiliar en la materia de Duelo. Y Remus es quien carga con ella junto con las clases de Defensa. Y además es jefe de la Casa.
-No creo que a Remus le moleste cumplir con todas ésas funciones –lo trató de consolar su amigo. Harry pronunció la contraseña de los aposentos que compartía con su pareja. Ron se sentó junto a él en el sofá de la sala, frente a la chimenea encendida.
-Tampoco puedo hacer nada para ayudar a Severus con su investigación –prosiguió el moreno, y el pelirrojo sintió su corazón encogerse cuando la voz de su amigo se quebró en un murmullo-. Él cree... que no me doy cuenta que pasa las noches en vela. Pero lo he sentido cuando me abraza antes de caer rendido... y una o dos horas más tarde se levanta para comenzar el día.
Ron no supo qué decir. Sólo pudo observar cómo Harry cubría sus ojos con sus manos y suspiraba. Fue un gesto que sólo duró un segundo antes de que el moreno volviera a sonreír, sorprendiendo a su amigo con su actitud. Harry cambió la conversación y Ron sólo suspiró al verlo haciendo un enorme esfuerzo por ocultar su pesar.
Pero a él ya no podía engañarlo. Era más que obvio que su mejor amigo trataba de aparentar una tranquilidad que no sentía. Lo estrechó con cariño, tratando de confortarlo. Harry respiró con fuerza y su cuerpo tembló por un momento entre los brazos de su mejor amigo, antes de volverse a él sin alejar su sonrisa de su rostro.
-Harry... si quieres hablar de esto...
-Llegarás tarde al trabajo si no te das prisa –Ron asintió en silencio y soltó el abrazo para dirigirse a la chimenea-. Iré a verlos... quiero decir... iré a visitarlos el fin de semana.
-Le diré a mamá que prepare algo especial –Harry volvió a sonreír en agradecimiento y escuchó cuando su amigo tomó los polvos de la chimenea antes de desaparecer hacia la Madriguera.
Y aunque no lo pudo ver, Ron casi pudo adivinar que junto con él, la sonrisa de Harry había desaparecido también.
oooooooOooooooo
Sentada en un cómodo sofá frente al ventanal de su oficina en el Área de Psiquiatría, la doctora Sayers se hallaba rodeada de una gran cantidad de libros y pergaminos. Concentrada, repasaba los escritos una y otra vez, tratando de encontrar la respuesta al porqué Hermione no era capaz de asimilar sus propios recuerdos.
Ella tenía más que claro que lo que le ocurría a su paciente tenía que ver con las emociones positivas que el Dementor absorbiera durante aquél beso. Y aunque las drogas psicoactivas le estaban ayudando a controlar la depresión que eso le originaba, era obvio que no estaban logrando que la memorias escritas en su diario tuvieran influencia sobre ella.
Eso sólo significaba una cosa: Que a pesar del tratamiento, Hermione no había logrado recuperar sus emociones positivas.
-Pero... ¿Por qué? –se preguntó la doctora, al tiempo que cerraba el grueso libro que sostenía y echaba la cabeza para atrás, cansada. Dos firmes manos se posaron sobre sus hombros, obsequiándole un suave masaje que la relajó. Ella sonrió y cerró los ojos cuando respondió al saludo amable de su esposo-. Hola... no te oí entrar.
-Pude darme cuenta –Michael Sayers tomó el libro que ella acababa de dejar y se sentó a su lado, repasando algunas páginas mientras ella recargaba su cabeza sobre su hombro, observándolo.
A sus cincuenta y tres años, Michael Sayers era Psicólogo y profesor en el centro médico de la Universidad de Stanford. Ella lo había conocido dieciocho años atrás, en una reunión de especialistas en Psicológica. Para entonces él ya tenía cierto renombre en el Mundo Muggle, mientras que ella apenas comenzaba a hacerse de un nombre en el Mundo Mágico.
Sólo habían necesitado cruzar una cuantas palabras para darse cuenta que estaban hechos el uno para el otro. Ambos amaban sus respectivas carreras y eran ambiciosos, poseían la fortaleza para mantenerse firme en sus ideas, pero eran capaces de aceptar cuando el otro tenía la razón. A ella no le había importado que él fuera Muggle, y para Michael, conocer la complejidad del Mundo Mágico había resultado toda una aventura, de la cual disfrutaba mucho en compañía de su esposa.
-¿Aún no has logrado encontrar la solución al problema de tu paciente? –ella suspiró al tiempo que negaba en silencio. Dejó el hombro de su esposo y se puso de pie para observar la tarde a través del enorme ventanal-. ¿Qué grado de avance lleva en su tratamiento ?
-Aún estamos en la primera fase –fue la respuesta de la doctora-. No quiero aventurarme a enfrentarla a las personas a las que conocía antes del beso, hasta que ella se sienta lista.
-¿Y si nunca llegara a ser así? –ella se giró para encontrarse con los ojos cafés de su esposo. Las canas ya eran visibles sobre sus cabellos castaños y ella los acomodó sobre su sien, escuchándole con atención-. ¿Y si cuando ella termine de leer sus diarios, decide que no tiene caso alguno recuperar su vida si no logró asimilar lo escrito en ellos?
-¿Crees... que le estamos dando a los diarios una importancia que no merecen?
-Lo que pienso es que no deberías permitir que los diarios condicionen la conducta de tu paciente. Ella no debe basar su expectativa de vida en ellos, sino en su propia capacidad natural de recuperación.
La doctora guardó silencio, meditando en las palabras de su esposo. Era verdad que desde que le entregara a Hermione sus diarios, ella se había enfrascado de lleno en ellos hasta el punto de olvidar que su recuperación no debía basarse en los recuerdos perdidos, sino en algo mucho más importante: La recuperación de su misma vida.
-Por un lado tienes razón... –reconoció la medimaga-. Pero por otro lado, no veo nada de malo que Hermione quiera conocer su pasado. Como una parte importante de la terapia, es necesario que mediante sus diarios pueda reconocer con más facilidad a las personas que forman parte de él.
-Estoy de acuerdo contigo en ése aspecto –Michael tomó la mano de su esposa para conducirla de regreso al sofá-. Y estoy seguro que encontrarás el modo de hacer que los diarios ayuden a tu paciente, de una mejor manera en que lo han hecho hasta ahora. –Depositó un suave beso en su labios antes de dirigirse a la puerta-. Te veré para cenar. Los muchachos quieren prepararte algo especial.
La doctora Sayers sonrió desde su lugar junto a sus libros, antes de ver a su esposo partir hacia el carruaje que lo esperaba para llevarlo a casa. Aunque ella contaba con Red Flú él se negaba a utilizarla, pues no le agradaba la idea de tener contacto con el fuego, sin importar de qué color fuera.
Permaneció en su oficina una hora más, antes de tomar una decisión. Se dirigió a la habitación de Hermione y la joven la recibió con una tímida sonrisa.
-¿Cómo vas con tus diarios? –la medimaga tomó asiento en la orilla de la cama, mientras observaba a Hermione abriendo uno de ellos en sus primeras páginas.
-Acabo de comenzar con el quinto –le respondió la joven, sentándose en la cama junto a ella-. Es de cuando cumplí diez años –la doctora Sayers observó a su paciente durante un instante. Hermione parecía haberse olvidado de su presencia, pues siguió con la lectura del pequeño libro hasta que un carraspeo de la doctora llamó de nuevo su atención-. Lo siento... es que no puedo esperar a leerlo.
-Te comprendo muy bien –la doctora pareció meditarlo un momento antes de continuar-. He estado pensando... que sería conveniente que comenzáramos la segunda fase de tu tratamiento lo más pronto posible.
Hermione frunció el ceño, sorprendida ante la decisión de su medimaga. Movió la cabeza de un lado a otro, temerosa.
-No me siento... lista... aún –la doctora Sayers se acercó a ella y tomó el diario que la joven sostenía. Hermione sintió la pérdida casi de forma física. Ése gesto no pasó por alto para la doctora, lo que la ayudó en su decisión de insistirle.
-Tengo entendido que ingresaste al Colegio de Hogwarts a los once años –su paciente asintió con un gesto muy serio-. Lo que significa que éste es el último diario antes de conocer a las personas con las que conviviste desde entonces... –la muchacha volvió asentir, cada vez más intrigada-. Bien... ¿Qué te parecería si al llegar a la lectura de tus diarios a partir de los once años, al mismo tiempo trataras de convivir con ésas personas?
-¿Me está proponiendo... que vuelva a ver a las personas que conocía antes del beso?
-Sé que recuerdas a la mayoría –la muchacha guardó silencio ante la última afirmación de su doctora, dando a entender con ello que no se sentía preparada para enfrentarse a ésas personas y a todos los malos recuerdos sobre ellas. Recuerdos que aún la atormentaban, muchas veces-. Sé el sentimiento que guardas alrededor de ellos, pero ten en cuenta que si alternas tus memorias escritas en tus diarios, irás conociendo los aspectos positivos de ésas personas. Y así te será mucho más fácil volver a conocerlos.
-¿Y si no quiero volver a conocerlos?
-Estarías en todo tu derecho, Hermione –sentenció la doctora, devolviéndole el diario y mirándola con profunda seriedad-. Incluso, podría decirse que te encuentras lista para salir de aquí e iniciar una nueva vida lejos de ésas personas.
-Pero... yo no tengo a nadie –el miedo fue palpable en el rostro de Hermione-. No conozco a nadie fuera de este lugar.
-¿Estás segura de eso?
Hermione miró con fijeza a los azules ojos de la doctora Sayers. Apretó contra su pecho el diario, como solía hacer cuando necesitaba sentirse segura, protegida. Y así se sentía en ése lugar. Pero tenía que aceptar que no podría vivir por siempre ahí. Algún día tendría que marcharse, y la sola idea de salir y no tener a su lado a nadie a quien pudiera importarle, la asustaba mucho más que la idea de tener que volver a ver a las personas cuyos recuerdos no le eran del todo gratos.
-Ése diario te habla de grandes amigos, personas que te aman y que esperan por ti –la doctora se acercó a ella y tomó su barbilla para hacerla mirarla a los ojos-. Piensa en lo mucho que podrías ganar si lo intentas... no tienes idea de a cuánta gente le importas.
Hermione bajó la mirada hacia el libro que sostenía. Ella sabía de una persona a la que le importaba. La persona que estaba pagando su tratamiento en ése lugar. Aquélla que llegaba a visitarla varias veces a la semana, aunque ella no la viera. La persona que se había tomado la molestia de llevarle esos diarios y con ellos le había devuelto la esperanza.
Volteó a ver a la doctora, que permanecía sentada a su lado esperando una respuesta.
-Trataré de leer este diario lo más rápido posible –decidió al fin. La doctora Sayers asintió en silencio, celebrando por dentro la decisión de su paciente-. Y cuando comience con el siguiente... estaré lista para volver a ver a ésas personas.
-Has tomado una gran decisión, Hermione. Cuando llegue el momento, tú me dirás a quién quieres volver a ver primero –le aseguró la medimaga. La muchacha sólo suspiró, no muy segura de ello pero albergando por dentro una extraña impaciencia que hizo que su corazón latiera muy rápido.
Y aunque no dijo nada, en su mente ya tenía una idea muy clara de quién sería la primera persona a la que estaba dispuesta a volver a ver... y a conocer.
oooooooOooooooo
Aferrándose con todas sus fuerzas a las barras paralelas, Lucius dejó que el terapeuta lo soltara y respiró profundo para calmar los temblores que lo recorrían desde la cintura hasta los pies. Al final del alfombrado camino azul que servía de guía hacia sus brazos Remus lo esperaba, ansioso. Se concentró en la sensación hormigueante de sus piernas al dar un paso a la vez... otro más... siempre aferrado a las frías barras de metal.
-Trate de concentrar sus fuerzas en las piernas, no en los brazos –le recordó el terapeuta.
-Vamos, Lucius... tú puedes hacerlo –la voz de Remus se escuchaba emocionada y preocupada a la vez. El rubio sólo suspiró, una gota de sudor resbalando por su frente-. Sólo un poco más...
Apretando los dientes, Lucius decidió confiar en la fuerza de sus piernas y disminuyó la presión de sus manos sobre las barras. Sus piernas temblaron y el medimago dio un paso adelante, los brazos extendidos hacia él. Lucius negó con la cabeza cuando sintió las manos del profesional en su cintura, tratando de sostenerlo.
-Está bien... puedo hacerlo –el hombre lo soltó al instante y Lucius volvió a concentrarse. El objetivo al final era muy tentador. Abrió los ojos, que había mantenido cerrados todo el tiempo, para encontrarse con los ojos dorados de quien ya consideraba su pareja, en casi toda regla.
Remus correspondió a su mirada, alentándole en silencio a continuar. Lucius volvió a cerrar los ojos, reflejando todo su esfuerzo en los músculos tensos de su rostro. Dio unos cuantos pasos más hasta que, exhausto, detuvo su andar para dejar que Remus lo sostuviera entre sus brazos.
-¡Muy bien, Lucius! –emocionado, Remus lo mantuvo abrazado mientras el terapeuta acercaba la silla de ruedas para que su paciente pudiera descansar-. Avanzaste tres metros más que ayer.
-Es un gran logro, señor Malfoy –el medimago le acercó una copa rebosante de agua fresca, que el hombre bebió entre jadeos-. Si continúa a este ritmo, para los primeros meses del año próximo ya habrá dejado ésta silla.
-Voy a... recuperarme... más pronto... –Remus sonrió ante la determinación del rubio, y el terapeuta movió la cabeza en señal afirmativa.
Como terapeuta profesional, él había analizado el proceso de rehabilitación de sus pacientes. Él sabía mejor que nadie que aunque la fortaleza física era primordial para una pronta mejoría, también la motivación era igual de importante. Se recuperaban con mayor rapidez aquellos que de verdad lo deseaban y que además, contaban con el apoyo incondicional de las personas que amaban.
Y viendo la gran capacidad física del señor Malfoy, aunada a la presencia constante de su hijo y de su amigo en todas sus sesiones, no dudaba en las palabras que el rubio acababa de pronunciar. Su paciente terminó de beber de la copa para volverse a él.
-Si descanso lo suficiente durante el resto del día, ¿Podré intentarlo más tarde?
Remus y él se miraron, sorprendidos. El terapeuta negó con la cabeza, mientras convocaba una silla para sentarse a su lado.
-No es recomendable forzar al cuerpo hasta el extremo, señor Malfoy –Remus se agachó junto a la silla de su pareja, pendiente de las palabras del doctor-. Si realiza dos sesiones en un solo día, al día siguiente estará tan cansado que ni siquiera podrá moverse.
-En estos días no me he sentido tan cansado como otras veces –fue la respuesta de Lucius. El medimago pareció meditarlo durante un momento.
-Podemos aumentar media hora al tiempo de cada sesión. Y media hora más cada semana dependiendo de su respuesta –resolvió al fin. Lucius pareció satisfecho con su decisión-. Pero seamos prudentes. Si en el transcurso de la primera semana no resiste el ritmo de trabajo volveremos al ritmo anterior, ¿De acuerdo?
Cuando el medimago se marchó, Remus ayudó a su pareja a cambiar la bata por sus finas túnicas, y condujo la silla de ruedas de regreso hacia sus aposentos. Recorrían los pasillos en un silencio cómplice, agradable. Remus aún seguía sin poder creer en la fuerza y determinación que Lucius había mostrado durante los últimos meses. Y el poder ver que su recuperación era cada vez más cercana con cada día que pasaba, lo llenaba de una gran alegría.
El dolor casi había dejado de ser una molestia, y sólo aparecía de vez en cuando, para recordarle al rubio que no debía excederse demasiado durante las sesiones. De no ser por Draco, Remus y el mismo terapeuta que se encargaban de que no sobrepasara sus propios límites, el dolor seguiría siendo constante, pues el hombre no se permitía ni un solo momento de descanso. Enfrentaba sus sesiones como si de sus mismos negocios se tratasen.
Se detuvieron cuando llegaron frente a las habitaciones de Lucius. Entraron y Remus esperó a que su pareja tomara una ducha rápida y se cambiara antes de volver con él a la sala. Remus contuvo un suspiro cuando el rubio apareció frente a él, su cuerpo cubierto por una cómoda bata de seda color gris perla, entreabierta a la altura del varonil pecho. Conteniendo las ganas de abrir la bata por completo, dio espacio al rubio para que se acomodara en el sillón, a su lado.
Ya era costumbre que cada mañana desde el arribo del otoño, el fuego permaneciera encendido. Como en todas las chimeneas que ardían en todo el Castillo, bastante frío a ésas alturas del año. Lucius rodeó sus hombros y el licántropo suspiró absorbiendo su fragancia, fresca aún por la reciente ducha. Suspirando, descansó su cabeza sobre el fuerte hombro, sintiendo la suavidad de la fina bata contra su rostro.
-¿No te preocupa que Draco pueda encontrarnos así? –le preguntó con un susurro que vibró en la oreja del rubio, estremeciéndole sin querer.
-Fue a Hogsmeade a surtir el laboratorio de Severus. No regresará hasta después del almuerzo –Lucius estrechó el abrazo en que tenía preso al profesor-. Y aunque así fuera, no veo problema alguno en que se entere. Creo que ya va siento tiempo, ¿No lo crees?
Remus no respondió. Él no veía problema alguno en que Draco lo supiera, pero no sabía si el muchacho estaría listo para ver a su padre con otra persona. Eran pocos los meses transcurridos desde que perdiera a su madre, y aunque Lucius no lo aparentaba, él sabía que aún extrañaba a su difunta esposa. La prueba era que sus momentos de intimidad entre ellos no habían llegado más allá de las comunes muestras de afecto.
No le disgustaba el trato casi platónico de su pareja, pues eso le había ayudado a entender aspectos de Lucius, detalles importantes que durante su relación de juventud jamás se preocupó por conocer. Comprendía, además, que Lucius no estuviera listo aún. Ni siquiera él sabía si era conveniente profundizar hasta ése punto en una relación cuyos sentimientos aún no se definían del todo. Ya no era un jovencito. Ya no le interesaban las relaciones pasajeras. Él ya no quería jugar.
-Llevas mucho tiempo callado, ¿Sucede algo? –Remus negó en silencio y se encogió sobre el sillón, buscando más calor del cuerpo a su lado.
Permanecían abrazados, sus miradas cruzándose de vez en cuando. Desde que ambos decidieran comenzar ésa especie de "relación", ninguno se había atrevido a hablar sobre su verdadero significado. Por su parte, Lucius estaba seguro de lo que sentía, de lo que quería. Lo amaba con todo su ser, aunque su actitud hacia él a veces fuera distante, cosa que a menudo confundía al profesor de Defensa. Pero lo comprendía. Era Lucius y no podía esperar más de alguien como él.
Por su parte, Remus ya había admitido que lo quería. Pero durante ésas últimas semanas, una certeza muy grande había despertado en su corazón. Una verdad que no podía seguir negando. Lo quería como jamás pensó que llegaría a quererlo. Si alguna vez se hubiera propuesto amarlo, tal vez no lo habría logrado. Pero sin proponérselo, había permitido que el rubio se metiera en su corazón poco a poco. Lo quería, y lo quería de verdad. Casi podía atreverse a asegurar que comenzaba a amarlo... a amarlo como alguna vez amara a Sirius.
"Como alguna vez lo amé..." Meditó el licántropo, sintiendo el calor que emanaba del hombre junto a él. Desde la noche de la última batalla, cuando Sirius le dejó claro que lo quería como a un amigo y que sólo lo vería como a un hermano, Remus se propuso ser realista y dejar de sufrir por quien jamás correspondería a sus sentimientos.
Ésa había sido la principal razón que lo motivó en su momento a aceptar de nuevo a Lucius. Pero ahora, rodeado por cálidos brazos de su compañero durante los últimos meses, sus sentimientos parecían haber dado un vuelco a su vida. Ya no era el cuerpo de Sirius el que deseaba en su cama, y sus sueños más ardientes ahora tenían a un arrogante rubio como protagonista. Y lo más interesante de todo era que la idea le gustaba. Y mucho.
-Si ahora mismo no me dices en qué piensas, tendré que sacártelo por la fuerza –Remus reaccionó a las palabras de su pareja y rió con ligereza. Eso sólo terminó por exasperar al rubio quien, a pesar de su rostro impasible, no pudo engañar al licántropo-. ¿Y bien? ¿Me dirás qué te pasa?
-Que te quiero –el rostro imperturbable de Lucius cambió a uno de genuina sorpresa. Nervioso por lo que acababa de hacer, Remus calló y acarició sus labios con la yema de sus dedos, deleitándose con la calidez que desprendían. Aunque no quería admitirlo, estaba temeroso de su respuesta. Aún así no dejó la caricia sobre los finos labios del rubio.
Lucius tomó el rostro de Remus entre sus manos, perdiendo su mirada azul en los ojos dorados que lo miraban con atención, esperando una respuesta. Sostuvo su rostro mientras respondía a su declaración con un beso apasionado, que Remus no tardó en corresponder.
-Repítemelo... –demandó contra sus labios. Al oírlo, Remus volvió a reír, sintiendo su corazón palpitar como nunca antes.
-Te quiero... –Lucius volvió a besarlo.
-Dímelo otra vez... –otro beso y Remus se separó de él, perdiéndose dentro de su mirada azul. Una mirada que le dijo mucho más de lo que quería escuchar-. Y luego... dímelo una vez más...
Pero Remus ya pudo seguir hablando, porque los labios de Lucius sellaron cualquier palabra que quisiera decir... o pensar.
oooooooOooooooo
Draco entró a la oficina de Poppy con una nueva dotación de pociones que la enfermera le había solicitado días atrás. Dejó la caja sobre el escritorio y consultó su reloj. Oliver no tardaría en comenzar su turno y el rubio se sentó sobre la orilla de la mesa para esperarlo. Mientras lo hacía, recorrió con la mirada las gavetas a través de cuyas puertas de cristal se podían apreciar las pociones de uso exclusivo de la enfermería.
Frunció el ceño, mortificado al ver que las pomadas para las quemaduras estaban por agotarse otra vez. Y hacía menos de una semana que acababa de entregar una gran dotación de ellas. Se levantó de su lugar y se acercó a las gavetas para contar los frascos. Si los cálculos no le fallaban, se estaban utilizando un promedio de tres botellas al día. Una gran cantidad, sin duda alguna.
Con tantas pociones por elaborar y trabajos por calificar, el muchacho se la pasaba encerrado en el laboratorio o en la oficina de Severus, ajeno a casi todo lo que sucedía alrededor del Castillo. De vez en cuando se daba tiempo para conversar un rato con Harry, o invitar a almorzar a Oliver y dar algún paseo con él por los alrededores. Después de eso regresaba de nuevo a su trabajo hasta que Severus volvía de sus rondas nocturnas y lo mandaba a sus aposentos.
Recordando sus conversaciones con Oliver durante sus paseos, éste le había comentado en más de una ocasión, que la cantidad de accidentes durante las clases de pociones había aumentado de forma considerable en los últimos meses. Draco lo asumió entonces como algo natural, tomando en cuenta que Severus se encontraba muy presionado dividiendo su tiempo entre su trabajo y estudiar el veneno de Nagini.
Así que no le extrañó que el hombre mostrara un carácter más irascible durante sus clases, lo que con toda certeza estaba originando tensión entre sus estudiantes, y con ello, más accidentes. Pero ahora, observando el gabinete de las pociones Draco comenzó a preocuparse. Por muy presionado que su padrino estuviera, siempre era bastante cuidadoso a la hora de evitar incidentes en su aula.
Draco dejó sus pensamientos a un lado al recordar el motivo por el cual estaba ahí. Oliver no aparecía y el rubio supuso que estaría ocupado atendiendo a algún estudiante accidentado. Salió de la oficina y siguió el camino hacia las camas que Poppy siempre tenía listas para los estudiantes. Las camas estaban tendidas y al parecer no había ningún alumno.
Su mirada gris recorrió todo el pasillo en busca del auxiliar de Poppy, sin encontrarlo. Se encogió de hombros y dio media vuelta para volver a la oficina. Lo esperaría unos minutos más y después se marcharía, pues aún tenía pendientes algunos trabajos por calificar y quería terminarlos antes de que Severus volviera de su ronda.
Pasó junto a la puerta entreabierta de la habitación que él ocupara la última vez. Alcanzó a ver una pequeña luz proveniente de la candela sobre la mesita de noche, que él recordaba a la perfección. Dudando si sería correcto entrar a una habitación que tal vez estuviera ocupada, Draco asomó la cabeza con cuidado y se sorprendió al ver la cama vacía.
Imaginando que tal vez Oliver había olvidado apagar la vela, Draco entró a la habitación y se acercó a la mesita para apagar la temblorosa llama, que se agitaba de vez en cuando por las suaves ráfagas de aire que se colaban por algún resquicio de la ventana. Acababa de hacerlo y se disponía a salir, cuando alcanzó a escuchar un ruido que parecía provenir de alguna parte de la habitación.
Intrigado, Draco convocó un Lumus y alumbró todo a su alrededor. Su sorpresa fue grande al descubrir a Oliver sentado sobre el suelo a un lado de la cama, abrazando sus rodillas. El Lumus hirió las pupilas cafés y Oliver se cubrió el rostro con los brazos, lo que hizo que el rubio bajara la guardia para sentarse junto a él.
-¿Qué haces aquí? –Draco apagó el Lumus de su varita y lanzó un hechizo. La pequeña vela volvió a encenderse y Oliver permaneció con el rostro escondido-. Te esperaba en la oficina para entregarte unas pociones –el moreno levantó la mirada y a la tenue luz de la vela encendida, Draco pudo advertir una enorme tristeza ensombreciendo su rostro-. ¿Estás bien?
Oliver negó con la cabeza, haciendo un gran esfuerzo para que la voz no se le quebrara cuando respondió a la pregunta de Draco.
-No he ido a visitarlo... –un doloroso nudo se formó en la garganta del rubio al comprender lo que Oliver le decía-. Ya hace casi cuatro meses que se fue... y ni una sola vez he ido a dejarle flores.
Draco no supo qué responder a eso. El nudo en su garganta se hizo más grande al reconocer que él tampoco lo había hecho. Él visitaba la tumba de su madre cada semana, sin falta. Permanecía un rato con ella y después dejaba jazmines frescos sobre la fuente y se marchaba. Pero desde el sepelio de Blaise, él no había vuelto ni una sola vez para dejarle una flor.
-Pensé que si dejaba pasar un tiempo... no sería tan doloroso –Oliver calló y Draco respetó la breve pausa, dando espacio para que pudiera ordenar sus pensamientos-. Hoy quise ir... porque creí que al fin podría pararme frente a su tumba y despedirme de él como es debido... –en ése punto, Oliver abrió una mano que tenía apretada en un puño, y un polvo plateado se deslizó por sus dedos, cayendo sobre el frío piso de la habitación-. Pero no pude hacerlo... no puedo...
Draco cerró los ojos y suspiró, pensando en las palabras de Oliver. Aunque seguía molesto con Blaise, debía admitir que ése no era el motivo por el cual no había ido a visitarlo. También le dolía su ausencia y muchas veces al igual que Oliver, él se había quedado parado frente a la chimenea con los polvos Flú en la mano. Tenía miedo de perder la poca fuerza que aún le quedaba y derrumbarse frente a su tumba como alguna vez Oliver lo hiciera.
-Entiendo muy bien cómo te sientes... –el moreno levantó la mirada para poner atención a las palabras de quien ahora consideraba su amigo-. Y creo que es normal que uno sienta así porque... la ausencia de la persona que alguna vez amaste con toda tu alma... duele. Duele mucho.
Oliver asintió en silencio, dándole la razón. Secó con disimulo una lágrima que ya corría por su mejilla y Draco rodeó sus hombros para atraerlo hacia él.
-Me hubiera gustado... decirle adiós –Draco estrechó más el abrazo, y Oliver respiró el dulce aroma que emanaba de él y que siempre lograba sosegar su corazón adolorido-. Ni siquiera supe... cuáles fueron sus últimos pensamientos.
-Fueron para ti. Tú fuiste... su último pensamiento –al escucharlo, Oliver tembló entre sus brazos y dejó que las lágrimas brotaran con libertad. Draco ya no pudo seguir hablando. El solo recuerdo de aquélla terrible noche le dolía tanto que le costaba respirar.
-Lo extraño... –Oliver dejó el cálido lugar en el hombro del rubio para encontrarse con su mirada gris.
-Yo también lo extraño... –Draco desvió la mirada de sus ojos cafés para fijarla en la pequeña y temblorosa llama de la vela junto a ellos-. Yo también...
-¿Algún día dejará de doler tanto?
-Algún día... tal vez. Sólo el tiempo lo dirá –Oliver asintió en silencio, dejando que las palabras de Draco hicieran eco en su mente y en su corazón.
-Cuando ya no duela como ahora... iré a dejar flores a su tumba.
Al escucharlo, Draco volvió su mirada hacia él. Suspiró, sus palabras dichas en un suave susurro que vibró en los oídos de Oliver cuando le respondió.
-Cuando ya no duela como ahora... iré contigo.
Oliver cerró sus ojos cafés y Draco apagó la pequeña vela para volver a estrecharlo entre sus brazos. Y en medio de la oscuridad que los rodeaba, nació una silenciosa promesa de que sin importar cuán grande fuera su dolor ambos seguirían ahí, sosteniéndose el uno al otro.
oooooooOooooooo
Severus bostezó por enésima vez ésa noche y dándose por vencido, cerró el libro de Flamel. Aunque las pociones revitalizadoras le ayudaban en gran medida, ya no le era posible engañar a su cuerpo por más tiempo. Estaba exhausto. Agradeció a todos los dioses que fuera fin de semana, así aprovecharía todo el domingo para tomarse un merecido descanso.
Llevaba tres noches dedicado a la tarea de analizar el veneno de Nagini, y estaba sorprendido. Ése veneno era rico en gran cantidad de enzimas y toxinas. No le extrañaba que fuera tan poderoso. Con cuidado, guardó en un lugar seguro el único frasco que utilizaba. Había preferido no tocar los demás, que permanecían en su caja a buen resguardo en el armario. No quería arriesgarse a contaminarlos y tirar a la basura cualquier esperanza de recuperación de Harry.
Pensando en su pareja, se dio prisa en dejar su laboratorio en orden. Lo cerró con contraseña para dirigirse a la recámara, donde encontró al muchacho sumido en un profundo sueño. Se acercó a él y terminó de arroparlo, como cada noche desde que se mudara con él a sus habitaciones. Sonrió. Aún podía recordar la cara de asombro de Remus cuando el muchacho le dio la noticia de que se iría a vivir con Severus.
Y aunque al principio el licántropo no se había mostrado muy convencido de dejarlo ir, al final decidió respetar su decisión. Severus arguyó su rápida aceptación al temor del hombre de no querer correr la misma suerte que Sirius. Así que sólo se encogió de hombros y después de ayudarle con su baúl, le dijo que extrañaría su compañía.
-Pero si seguiré en el Castillo –le había dicho Harry, conteniendo las ganas de reír y abrazarlo al mismo tiempo, sintiendo la genuina preocupación de quien lo quería como a un hijo-. Y me verás tantas veces que terminaré aburriéndote.
Severus se dio una ducha rápida y se colocó el pijama antes de depositar un beso sobre la frente de su pareja. Harry se revolvió entre sueños, para después seguir durmiendo. En silencio, salió de la habitación y se encaminó a la sala, donde se sirvió una copa antes de sentarse en su sillón preferido.
A pesar de que aún tenían muchos problemas por resolver, parecía que las cosas regresaban poco a poco a su cause. Remus estaba fungiendo como Jefe de la Casa Gryffindor y era respetado por sus estudiantes. Además, se hacía cargo de la materia de Duelo, clase que la Junta Escolar decidió que continuara impartiendo debido a algunos ataques aislados de Mortífagos. Y aunque no había subdirector, Minerva se las arreglaba para cubrir ambos puestos con el apoyo del profesor de Defensa.
Nunca había dudado de su carácter fuerte y determinado, pero después de ver la forma en cómo enfrentaba su responsabilidad como Directora, el hombre concluyó que lo pensaría dos veces antes de ponerse en contra de ella. Era una mujer muy fuerte. Como fuerte había sido su determinación de hacer volver a Albus a sus habitaciones, a pesar de que Poppy no estuviera en total acuerdo con ella. Después de no recibir noticias del señor Flamel, no le había encontrado sentido a que continuara en la enfermería.
Al final, Poppy había accedido con la condición de visitarlo con frecuencia para seguir manteniendo sus músculos ejercitados por medio de un hechizo, y así evitar que su estado físico se deteriorara. Prefirió hacer sus pensamientos sobre Albus a un lado. Aunque Harry se esforzaba en hacerle entender los motivos del anciano mago, aún seguía molesto con él. Se sirvió otra copa, sintiendo su cuerpo relajarse. La última poción revitalizadora estaba dejando de surtir efecto y el sueño no tardaría en llegar.
Otra cosa que no dejaba de preocuparle era la tristeza de Harry. Aunque el muchacho trataba de disimularlo, era más que evidente que su ceguera le hacía sentir impotente. No podía ser auxiliar de Remus en las clases de Duelo, ni podía ayudarle a él con su investigación sobre el veneno de Nagini. No podía visitar a Hermione en San Mungo, pues no tenía caso alguno si no podía verla ni hablarle. Ni siquiera podía platicar con Ron tan seguido, pues el pelirrojo había aceptado un turno extra en el restaurante donde trabajaba.
Draco se la pasaba en el laboratorio o calificando trabajos, y apenas tenía tiempo para cruzar unas cuantas palabras con él. Ya no visitaban juntos el lago, pues el Castillo estaba lleno de estudiantes en el día, y las noches después del toque de queda eran muy frías. Desde el primer día de clases, se negó a presentarse en el Gran Comedor y comían en sus aposentos, cosa que al profesor no le disgustaba en absoluto. Prefería la tranquilidad de sus habitaciones en compañía de Harry, que el bullicio insoportable de sus estudiantes y las conversaciones aburridas de sus compañeros.
Tratando de ayudarle a distraerse, le había enseñado un hechizo para "escuchar" los libros que él quisiera con sólo pasar la punta de su varita sobre cualquier texto. Harry se lo agradeció con el alma, pues eso ayudó a que sus horas no fueran tan tediosas. Aún así, el joven extrañaba merodear por los pasillos del Colegio. Los Weasley lo visitaban de vez en cuando y los fines de semana pasaba casi todo el día con ellos, lo que le daba tiempo a Severus de enfocarse en su trabajo sin distracciones de ninguna clase.
Severus se revolvió en el sillón, preocupado. Él sabía que el estado anímico de su pareja no se debía sólo a su ceguera. Aunque no lo aparentara, era más que obvio que el muchacho pensaba en Sirius. El hombre no había dado señales de vida desde que desapareciera dos meses atrás, cosa que también preocupaba a Remus. Ni siquiera Arthur en el Ministerio había logrado dar con él, pues el animago parecía haber renunciado a usar su magia.
Harry se negaba a hablar de su padrino, lo que demostraba que seguía molesto con él. Pese a la reacia actitud de parte del muchacho con respecto a todo lo relacionado con Sirius, Severus sabía que lo extrañaba. Sabía que Harry seguía queriéndolo y que al pensar en él podía sentir lo que el animago sentía. Por el bienestar de su pareja, esperaba que el animago estuviera bien, donde quiera que se encontrara.
Dejó la copa vacía a un lado y se puso de pie para encaminarse a la habitación. Le dejaría un mensaje a Harry para que no lo despertara temprano, y luego caería rendido sobre el colchón, abrazándolo. Pero todos sus planes se vinieron abajo cuando al entrar, vio a Harry buscándolo a tientas, su rostro ansioso y humedecido por el llanto.
-¿Estás bien? –Harry negó con la cabeza y Severus se acercó a él mientras el muchacho conjuraba su bastón, antes de dirigirse a la chimenea para tomar un puñado de polvos y llamar a Remus.
-¿Qué sucede, Harry? –se escuchó la voz adormilada del profesor de Defensa.
-Es Sirius... creo que algo le ha pasado –una larga pausa siguió a sus palabras. Remus se preparó para traspasar el nicho.
-¿Estás seguro, Harry? –el muchacho se volvió hacia donde provenía la voz de su pareja, las lágrimas recorriendo sus mejillas.
-Lo estoy sintiendo, Severus... sé que algo malo le ha ocurrido –la preocupación cruzó el rostro de Remus, quien acababa de llegar por la Red, y Severus sintió que algo dentro de él se alteraba al escuchar la voz desesperada de su pareja-. Por favor... ayúdenme a encontrar a mi padrino.
oooooooOooooooo
Para los únicos dos meseros que atendían el modesto bar del "Oso" Huxley, ya era costumbre que cerca de la media noche, un hombre hiciera su arribo al pequeño local. Sin saludar a nadie, se sentaba frente a la barra y pedía una botella de wiskey, ajeno a las miradas curiosas de los demás visitantes que pocas veces veían a un hombre con cabellos largos y despeinados, y cubierto por una extraña capa gris que ocultaba casi por completo lo que pudiera llevar debajo.
Cada noche, las sospechas de los clientes asiduos sobre el extraño visitante nocturno eran cada vez más audaces. Algunos decían que por la extraña capa que vestía, podía ser un fantasma de algún Castillo, muerto siglos atrás. Otros decían que debajo de la capa estaba desnudo, y que después de pagar su consumo, se dirigía a las vías cercanas a la estación del tren para abrirse la capa y asustar a las madres solteras, que a ésas horas volvían a sus casas después de trabajar en las fábricas cercanas.
En cualquier otra circunstancia, ésas teorías habrían pasado por simples conjeturas sin valor, de no ser porque el sitio donde el pequeño bar se hallaba era el área Este del Londres Muggle. En una zona pobre y deprimente, donde la humilde clase obrera convivía contra su voluntad con pandilleros y drogadictos, en una aparente armonía que era controlada por un sector del gobierno que no deseaba que ésa parte oculta de Londres fuera conocida por sus turistas.
Pero al hombre sentado en la barra no le importaba lo que la gente pensara de él. No buscaba agradarle a nadie, y mucho menos le interesaba hacer amistades. Todos sabían que no habría problemas mientras lo dejaran beber en solitaria paz. No aceptaba tragos gratis ni los ofrecía, y el único con el que cruzaba una que otra palabra cordial era el dueño del lugar, que también atendía la barra. El señor Huxley para sus dos empleados, y el "Oso" Huxley, para los demás.
-¿Le sirvo lo de siempre, señor...? –el hombre asintió y el "Oso" Huxley suspiró en resignación cuando su pregunta volvió a quedar sin respuesta. Parecía que el hombre no quería que nadie supiera quién era. Abrió una botella de wiskey y dejó el vaso a un lado, que llenó hasta el tope antes de ver cómo el líquido ámbar desaparecía con rapidez al ser bebido por su puntual cliente-. La noche es larga. ¿Quiere que le consiga compañía?
Sirius negó con la cabeza antes de llenar su vaso y beber de un solo trago. Ése bar no era el único que había en la zona. La calle estaba llena de bares que además, ofrecían diversión extra. Si él había elegido ése pequeño refugio, era por la sencilla razón de que no ofrecía lo mismo que los demás. Era un lugar en donde podía beber tranquilo sin que nadie lo molestara.
El animago bebía una copa tras otra con rapidez inusual, que hizo que el ceño del señor Huxley se frunciera en preocupación. Sólo en dos ocasiones anteriores lo había visto beber de ésa manera, y las dos habían sido noches de Luna Llena. Lo recordaba a la perfección, porque en ésas dos noches él mismo se había visto obligado a acompañarlo a su casa, pues el hombre no podía dar un paso de tanto que había bebido.
No era costumbre suya la de servir de guardaespaldas a todos sus clientes, pero su aguda intuición le decía que ése extraño hombre no era cualquier persona. A fuerza de verlo siempre sentado frente a él en la barra, el "Oso" Huxley había descubierto cierto aire de aristocracia en sus facciones y en su forma de comportarse. Bebía de su copa con elegancia y lo más importante: Su cartera siempre estaba repleta de billetes.
Y pudo comprobar sus sospechas, cuando aquéllas dos iluminadas noches él mismo tuvo que abrir con la llave el departamento de su cliente más asiduo y generoso. Un hermoso penthouse amueblado con el más fino gusto, en uno de los edificios más antiguos y bellos en el Oeste de Londres.
-No lo entiendo, señor –le había preguntado, intrigado cuando en un gesto de generosidad le quitó la fina capa y los zapatos de marca italiana, para ayudarlo a llegar hasta su cama-. ¿Por qué atraviesa toda la ciudad para beber en mi bar, viviendo en una zona tan elegante como ésta?
-Porque es pequeño... y acogedor –le había respondido su cliente. Antes de quedarse dormido agregó-: Y nadie me buscaría en un lugar como ése.
Después de eso, el señor Huxley ya no volvió a hacer más preguntas a su cliente. Sus razones privadas tendría para preferir su cantina a los lujosos centros nocturnos de la zona donde vivía, y él sería el último en cuestionarlo y quejarse. Cuando su cliente se quedó dormido, sólo se aseguró que la chimenea desprendiera el calor suficiente y se retiró del departamento sin tocar nada.
El comienzo de una pelea en el fondo del local hizo que el cantinero regresara de sus recuerdos. Desviando su atención de Sirius, dejó su puesto detrás de la barra y segundos después, los dos alborotadores eran lanzados hacia la calle por el enorme moreno de casi dos metros de estatura. Eso calmó los ánimos y los demás clientes siguieron bebiendo en relativa calma, sin deseos de probar en persona el porqué del apodo del dueño de ése lugar.
El "Oso" Huxley se sacudió las manos y alisó el delantal sobre su sencilla camisa caqui. Regresó a su sitio frente a Sirius y vio con sorpresa que el hombre ya se había bebido toda la botella.
-Sírvame otra –Huxley abrió otra botella y volvió a llenar el vaso. Iba a retirarla cuando el hombre lo detuvo-. Déjela.
Huxley sólo movió la cabeza en desaprobación, y luego se encogió de hombros. Era su negocio y no iba a contradecir los deseos de su cliente. Dejó la botella junto a Sirius y se dedicó a atender a los demás clientes que ya comenzaban a llenar el pequeño bar a ésas horas de la noche. Una hora después regresó su atención al hombre de la extraña capa, sólo para ver que ya se había terminado la segunda botella.
Al ver la botella vacía, Sirius suspiró con resignación y rebuscó en el bolsillo de su capa hasta encontrar su cartera. Tomó unos cuantos billetes que le extendió al cantinero sin contarlos siquiera. El hombre contó el dinero y guardó lo que le correspondía para después devolverle el resto.
-Creo que es... hora de... marcharme... –Sirius intentó levantarse de su asiento, pero tuvo que sostenerse de la barra para no caer-. Uff... creo que... bebí demasiado...
-No me diga... espere aquí. Voy a ver si alguien puede acompañarlo hasta su casa.
El hombretón recorrió su pequeño local con la mirada y negó con la cabeza. Era fin de semana y sus dos empleados apenas se daban abasto atendiendo a la clientela, y los alborotadores seguían afuera. No quería dejar su local solo y arriesgarse a que esos dos bebedores le rompieran las pocas cosas que tenía, en venganza por haberlos lanzado hacia la calle.
Estaba a punto de resignarse a dejarlo marcharse solo, pero su rostro se iluminó cuando vio entrar a un joven que él conocía. El muchacho se dirigió a la barra para saludar al dueño. Tenía alrededor de dieciséis años y era alto y delgado. Sus negros cabellos caían alborotados sobre su frente ocultando sus ojos cafés. El muchacho sabía que el señor Huxley necesitaba ayuda en su bar los fines de semana, y siempre llegaba con la intención de ofrecerle su ayuda como mesero. Una ayuda que el "Oso" Huxley nunca despreciaba.
-¿Vienes a ganarte un dinero? –el muchacho asintió con una sonrisa esperanzada, haciendo que su pequeña nariz recta se respingara. Residía en ésa zona y pasaba por empleos transitorios para poder ayudar a su madre y asistir a la escuela los fines de semana-. Está bien. Pero no servirás en las mesas. Acompañarás al señor hasta su departamento.
El muchacho fijó entonces su atención en Sirius, que lo miraba confundido. Le sonrió con timidez al tiempo que asentía en silencio a las órdenes del señor Huxley.
-Dejas al señor a salvo en su casa, y después vuelves acá. No olvides el camino de regreso, eres muy olvidadizo –le indicó con voz enérgica-. Y no quiero enterarme que has tomado algo que no te pertenezca.
-Sí, señor –respondió el muchacho, obediente. Sólo una vez había tenido problemas con el señor Huxley, y con eso había sido suficiente-. ¿Me dejará trabajar ésta noche aquí?
-Sólo si haces bien lo que te he pedido –el joven volvió a asentir y momentos después Sirius salía del bar, sostenido de un brazo por el muchacho.
-No necesitas... sostenerme –rechazó el animago, deshaciéndose del agarre del joven junto a él-. Puedo... caminar... yo solo...
Enfilaron hacia su destino siguiendo el camino marcado por las vías del tren. Esquivando piedras y vigas abandonadas a los costados, Sirius trataba de mantener el precario equilibrio para no caer. De vez en cuando, el muchacho se apresuraba a sostenerlo para evitar que se rompiera la cara contra el frío hierro de los rieles, cuya lisa superficie reflejaba el constante transitar de los trenes que arribaban a la estación.
-Me llamo Erick –el delgado muchacho sólo escuchó un gruñido como respuesta y se resignó a caminar en silencio. La estación del tren estaba a cuatro cuadras y miró al cielo.
Era Luna Nueva, y en noches cerradas como ésa no le gustaba caminar por ahí. A menos de diez metros a la derecha, podían verse pequeñas casas hechas de madera y lámina, apenas visibles en medio de la oscuridad por pequeños focos en sus ventanas que le daban una apariencia ambarina al poco espacio que iluminaban. A la izquierda, un tramo de vías abandonado décadas atrás por el servicio de transporte, y cuyos vagones servían de hogar a los más desamparados, se perdía a lo lejos en el horizonte.
Dos hileras de vagones de carga, una junto a la otra, taponaban la vía hasta la estación. Erick guió a Sirius en medio de ellas y apresuró el paso por instinto. Sabía muy bien que caminar entre vagones significaba un gran riesgo, pues muchos de ellos eran utilizados para dar refugio a viciosos, ladrones y toda clase de gente con la que ningún chico quiere toparse en una noche tan oscura como ésa, ni ninguna otra noche. Volteó sobre su hombro y tuvo que volver sobre la marcha para apresurar a Sirius, que caminaba con lentitud y oscilación desesperantes.
-Será mejor que vayamos más rápido. Éste lugar es peligroso de noche, señor.
-No... deberías preo... cuparte... mucho... –respondió Sirius entre hipidos-. Tengo... mi... varita...
Pero el muchacho no estaba poniendo atención. Sus ojos cafés paseaban nerviosos de un lado a otro. Sirius tarareó una melodía en voz baja y se detuvo por un momento para buscar algo debajo de la capa, y Erick siguió su camino solo. Pero al sentir que Sirius ya no iba a su lado detuvo su andar y volvió su mirada, sólo para ver cuando una sombra emergía de un vagón a un costado, para lanzarse sobre el hombre que el señor Huxley había dejado a su cargo.
Erick se quedó parado en el mismo sitio sin saber qué hacer. Cuando al fin reaccionó, tomó un puñado de filosas piedras para lanzarlas contra el hombre que los atacaba. Mientras lo hacía, otra sombra salió del vagón detrás de el, sorprendiéndole con un golpe que lo dejó aturdido. A unos cuantos metros de distancia Sirius era golpeado y despojado de sus pertenencias.
El animago observó con impotencia cómo el muchacho era arrastrado y forzado a entrar a un vagón, un segundo antes de que un fuerte golpe en la cabeza le nublara la conciencia.
oooooooOooooooo
Severus esperó en la entrada del Callejón Knockturn, al grupo de Aurores que Arthur acababa de enviar. A pesar de que sólo habían transcurrido unos cuantos minutos desde la alerta de Harry, el hombre ya había recorrido los alrededores sin encontrar nada. Hacía demasiado frío y abrazó la negra capa en torno a su cuerpo, su aliento convirtiéndose en niebla cuando preguntó al primer Auror que llegó hasta él.
-¿Sólo son cinco? ¿Dónde están los demás?
-Hay más grupos buscando en diferentes lugares –respondió el Auror, notando con claridad el tono de enfado del hombre de negro-. Pero podría estar en cualquier parte, hasta en el Mundo Muggle. Será muy difícil dar con él en éstas circunstancias.
Muy a su pesar, el profesor tuvo que admitir que el estratega tenía razón. Arthur se había quedado en el Ministerio, pendiente de cualquier uso de magia por parte de Sirius para así poder rastrearla y dar con él. Pero si el necio de Black se negaba a utilizar su varita, encontrarlo sería tarea casi imposible. Se despidió del Auror, quien se marchó con sus hombres para continuar con la búsqueda.
Se apresuró a volver al Caldero Chorreante. Remus, Arthur y él habían quedado de encontrarse ahí. Se sentó en la mesa más alejada del local y Tom le sirvió una copa de wiskey de fuego, que trató de beber despacio para hacer más ligera la espera por el licántropo.
No pasó mucho tiempo antes de que Remus apareciera por la chimenea del local. Sin tomarse la molestia de sacudir el polvo de sus túnicas se apresuró a alcanzar al profesor de pociones, cuya bebida aún llevaba por la mitad.
-¿Encontraste algo? –Severus negó con la cabeza y pudo ver el gesto desesperado del licántropo cuando prosiguió-. En Grimmauld Place no estaba. También logré dar con su departamento en París, pero nada –negó con la cabeza-. Es como si se lo hubiera tragado la tierra.
-Es obvio que Black no quiere que lo encontremos –Severus dio otro sorbo a su bebida, y Remus suspiró con frustración ante el gesto tan impasible de su colega-. De ser así, ya hubiera hecho uso de su magia.
-No pareces estar muy preocupado del hecho de que no podemos encontrarlo –el tono de reproche y enfado fue claro para Severus, cuya imperturbable expresión no cambió-. ¿No será que en el fondo quisieras que nunca volviera? Sólo así evitarías que siguiera interponiéndose en tu relación con Harry.
-No digas tonterías, Lupin. Aunque Black tratara de intervenir no podría hacer nada ésta vez. Pero admito que si estoy aquí a estas horas de la madrugada después de varias noches sin dormir, es sólo por Harry. Nada más.
Remus guardó silencio, observando al profesor de Pociones mientras éste continuaba bebiendo de su copa. No lo culpaba por su actitud, pues no podía ser otra después de todo lo que Sirius le hiciera. Ya el hecho de estar en ése lugar a ésas horas buscándolo, aunque sólo fuera por Harry era algo que le agradecía. Aún así, lo asaltaba la pregunta que alguna vez le hiciera a su amigo, y pensó que el hombre frente a él podría darle la respuesta.
-¿Qué fue lo que le hiciste para que te odie tanto? –Severus no respondió en el momento. Terminó su bebida y se puso de pie para dirigirse a la barra. Depositó algunas monedas sobre el mostrador y Tom le facilitó el recipiente con los polvos Flú, del cual tomó un puñado antes de dirigirse a la chimenea. Se volvió al licántropo que parado junto a ella, esperaba su respuesta-. De verdad quisiera saberlo.
-Yo también quisiera saberlo, Lupin –le dijo antes de desaparecer por la chimenea hacia sus habitaciones en Hogwarts.
Ya en sus aposentos, la pregunta de Remus duró en su mente el tiempo que tardó en entrar a su recámara. Harry se encontraba en un rincón de la habitación, frente a la chimenea. Sostenía entre sus manos temblorosas la taza de chocolate caliente que él mismo le diera. No pudo evitar sentir un gran pesar al ver el rostro ilusionado de su pareja volverse hacia él cuando lo escuchó entrar.
-Nada, Harry. Lo siento –el muchacho suspiró y dejó que Severus se sentara junto a él para envolverlo entre sus brazos. Al instante, el frío que aún sentía se desvaneció con el calor del cuerpo más joven-. Ya hay muchos Aurores buscándolo, y Lupin y Weasley están al pendiente de cualquier pista que los pueda llevar a él. Estoy seguro que no tardarán en hallarlo.
-Siento mucho haberte hecho salir a éstas horas –se disculpó su pareja-. Sé que no tienes obligación alguna para con él. Ni siquiera... lo merece.
-No digas eso, Harry –el profesor estrechó el abrazo y retiró de sus manos la taza, ya vacía-. Sabes que no me mueve ningún afecto hacia él, pero también sabes que no estaré tranquilo hasta encontrarlo porque sé que lo quieres. Lo que acabas de decir no lo has sentido de verdad.
-No puedo evitarlo, Severus –el profesor pudo advertir la preocupación y el enfado mezclados en la voz de su pareja-. No soportaría que algo malo le pasara... pero por otro lado... aún sigo muy molesto con él por todo lo que nos hizo.
-Es comprensible –Severus guió a su pareja hacia la cama, donde después de arroparlo se recostó junto a él para volver a abrazarlo-. Pero ya no tiene caso hablar de eso, Harry. Ahora estamos juntos y él no podrá hacer nada para separarnos.
-Cuando supo de lo nuestro aquella noche junto al lago... estaba dispuesto a matarte –Severus asintió en silencio y un escalofrío lo recorrió al recordar al enorme perro negro a punto de desgarrarle el cuello-. ¿Por qué te odia tanto?
-¿Sabes? Ésa misma pregunta me acaba de hacer Lupin –Severus hizo una breve pausa, escarbando su pasado en busca de algún episodio en donde él pudiera haber provocado ése odio de Sirius hacia su persona. Segundos después se dio por vencido-. No lo sé, Harry. Te juro que... no lo sé.
Un largo momento de silencio siguió a las palabras de Severus. El sueño comenzó a vencerlo y antes de permitirlo decidió beber otra poción revitalizadora. Esperaba que lo mantuviera despierto hasta recibir noticias de Remus. Agradeció que Harry no le preguntara qué había hecho y en cambio, lo encontró dormido en el mismo lugar donde acababa de dejarlo.
-Al menos alguien podrá dormir bien ésta noche... –murmuró, satisfecho de que la poción tranquilizante que él mismo pusiera en la taza hiciera efecto. Avivó el fuego de la chimenea y se dirigió a la sala, donde esperaría noticias sobre la búsqueda de Sirius.
Continuará...
Próximo capítulo: Sólo tú para sostenerme. Segunda Parte.
Notas:
Muchas gracias a todos por sus reviews y por seguir leyendo esta historia.
Besitos.
Rebeca (K. Kinomoto)
