William de Andrew mantuvo la compostura al tiempo que estudiaba con atención a su abuelo. Una extraña calma, difícil de catalogar, lo invadía de pies a cabeza, confiriéndole ese aspecto sereno que siempre iba unido a su nombre y que, según contaban algunos, el mismo rey solía envidiar en ocasiones

¿Cuál era la intención de Sigfrid? ¿Porqué se empeñaba en llevar la conversación hacia Candy una y otra vez? Porque ahora sí estaba seguro de que no se trataba sólo de la cruz.

─Nunca pensé que vería el día en que os mostrárais preocupado por una simple joya, Sigfrid de Nyir ─repuso con tranquilidad no excenta de fatiga─, especialmente cuando ambos sabemos de sobra que no hay ningún objeto sobre este basto mundo que tenga el poder de torcer los designios divinos. Os aseguro que nunca he olvidado quién soy y para qué estoy aquí y también os digo, que es aventurado e inútil de vuestra parte mortificarse por un porvenir que no os corresponde a vos construir y que todavía está muy lejano en el tiempo.

─¡Medid vuestras palabras, insolente! ─advirtió Sigfrid con severidad, observando a su nieto con una mezcla de ira e impaciencia─. ¿Tan pronto os habéis olvidado de que existen lazos que vuestra soberbia no puede romper? ¡Es una osadía que os atreváis a decir que vuestro porvenir es algo que no deba interesarme! Os recuerdo que soy vuestro abuelo, el padre de vuestra madre y, en tanto Verdandi no resuelva cortar el hilo de mi vida, contáis conmigo; tanto si es vuestro deseo, como si no.

─¡Bien sabéis que no me refiero a eso! ─replicó William, aún conservando la serenidad─. Vuestros deseos siempre han sido honrados y siempre he otorgado la consideración debida a vuestras peticiones. Hasta ahora no creo haber fallado a ninguna promesa que os halla hecho y...

─Os advertí ─continuó diciendo Sigfrid como si no lo hubiera escuchado─, cuando deposité ese tesoro familiar en vuestras manos, lo que se esperaba de vos ¿Y dónde lo encuentro durante el último viaje? ¡En manos de una huérfana! ¡Una desconocida que ni siquiera llega a la categoría de sierva y de cuya condición todos os olvidáis muy convenientemente cuando os place!

─Sé perfectamente quién es Candy ─replicó sir William con seriedad. Comprendía la inquietud de Sigfrid, por supuesto, y lo último que había deseado era ofenderlo; sin embargo, lo que no comprendía era esa insistencia en remarcar el origen incierto de Candy─. Y lo que no entiendo es porqué os mostráis tan disgustado por el uso que le dí a vuestra cruz; sobre todo cuando habéis sido vos mismo quien me habéis enseñado a juzgar a las personas por lo que llevan en el corazón ─dijo, plenamente consciente de que se arriesgaba a provocar la ira de su abuelo con esas palabras. Aún estaba confundido y lo único que tenía claro en ese momento era que por ningún motivo iba a dar marcha a atrás en su decisión. No podía lastimar a Candy pidiéndole que le devolviera la cruz, si eso era lo que Sigfrid pretendía ¡Faltaba más!

─Podéis estar seguro que no se trata de la joya, milord ─replicó Sigfrid con voz agria, concediendo eso al menos─. Es vuestra decisión la que me preocupa y con razón. Me parece una insensatez y una osadía que os hayáis olvidado de todo cuanto traté de enseñaros y hayáis empeñado vuestro porvenir en un juramento que no podéis cumplir. Vuestro Dios también podría deciros mucho respecto a la manera en que estáis edificando vuestra vida, tomando en cuenta lo mucho que os ha bendecido. Pensad en ello y en vuestro honor vuelto cenizas, cada vez que miréis a la mujer cuya vida habéis salvado no una, sino tres veces y sabed que no podéis jugar a vuestro antojo con los designios superiores y las almas inocentes.

─Habláis tan aventuradamente, que yo también os desconozco, Sigfrid de Nyir ─afirmó William con voz sombría─. Recordad que estáis ante un hombre de honor, un caballero del rey que ha empeñado la vida al servicio de los demás y que pone el mayor de los cuidados cuando de obedecer y honrar a Dios por sobre todas las cosas se trata. Os suplico que no me ofendáis con palabras insensatas, ni juzguéis a la ligera mis motivos. Puedo comprender que estéis disgustado; pero lo que no tengo claro es a qué juramento os referís y tampoco entiendo vuestras palabras en lo tocante a Candy, porque vos conocéis de sobra la historia que me une a ella y tampoco podéis acusarme de no haber obrado alguna vez con rectitud en lo que a ella respecta.

─¡Sois un necio por no ver lo que vuestro Dios desea de vos! ¡Y sois más necio aún por no haber comprendido todavía lo que las Nornas están haciendo con vuestro hilo! ─gruñó Sigfrid, de mal talante.

─Mi Dios ha sido claro, Sigfrid, aunque seais vos quien se resiste a reconocerlo ─replicó William, ignorando la última pregunta y recordando la revelación que lo había golpeado esa mañana, en aquella fogata, junto a Candy─. Si no comprendéis a lo que me refiero, pensad en las palabras de vuestra querida esposa y no os atreváis a negar la verdad que hay en ellas; porque vos sabéis perfectamente que han sido esas aguas, a las que vosotros tanto reverenciáis y a las que nuestra familia debe su fortuna, las mismas que condujeron a Candy a mi lado hace ya muchas lunas ─concluyó, con tono desafiante y mirada gélida.

─¡Sois un insensato! ─protestó Sigfrid, mirando a su nieto con furia maldisimulada─. Lo he dicho antes a Brigitt y os lo repito a vos: vuestro sitio y el de esa doncella...

─Mi lugar ha sido determinado ya, Sigfrid ─replicó William, con firmeza inusitada; se sentía extraño, como si alguien estuviese susurrándole al oído cada palabra que pronunciaba, aunque bien sabía que no era eso, sino que todo cuanto decía le salía del alma─. ¿Es que todavía no lo comprendéis? ─preguntó ahora, con un dejo de desesperación─. Desde el momento en que empuñé una espada por primera vez dije adiós a St. Andrews y a la vida apacible que ese lugar representaba. Lo más seguro es que nunca pueda regresar a casa y deba acostumbrarme al hecho de que mi destino es ser solamente eso: una espada que sirve a un Dios y a un rey que no tienen nada qué ver con los mares y el orgullo guerrero, para vuestra desgracia... y la mía ─concluyó con voz y ánimo sombríos.

─¡No me vengáis ahora con excusas vanas! Ni culpéis a ese destino que, vos mismo habéis admitido, es vuestra responsabilidad construir ─advirtió Sigfrid con voz enérgica─. Sois un necio si pensáis que podéis tejer y destejer a vuestro antojo el hilo que las Nornas os han otorgado. Decidme, muchacho ¿En verdad os habéis esforzado tal y como os ordena vuestro Dios? ¿No será que últimamente andáis haciéndole al tonto? Pensad en lo que de verdad importa y en las cuentas que deberéis entregar al final de vuestro recorrido. Habéis nacido para una vida de triunfos y habéis trabajado muy duro, durante mucho tiempo, para forjaros un nombre que inspirase respeto en este reino. No lo perdáis por vuestros actos irreflexivos.

─¡Ningún acto mío es irreflexivo! ─estalló William, perdiendo el control─. Siempre he luchado por hacer lo mejor para todos y por mantener limpio el nombre de Andrew y eso el reino entero lo sabe. No pretendáis asustarme con amenazas absurdas basadas en vuestros propios temores. No hay motivo para vuestra preocupación y tampoco para vuestro enfado ¿De qué me estáis acusando ahora, Sigfrid? ¡Porque todavía no os comprendo!

─¡No doy crédito a vuestra ingenuidad! Sois un necio que cree que puede engañar a todos cuando en realidad es a vos mismo a quien os estáis mintiendo. Decidme, León escocés ─Sigfrid remarcó el apodo con ironía─ ¿Qué noticias os imagináis que viajarán con el viento desde este bosque?

─El viento es mi aliado cuando de noticias se trata; así que no tenéis qué temer nada en lo que respecta a eso ─replicó sir William con seguridad─. Y, si es vuestra preciada cruz lo que tanto os preocupa, desde ahora os digo que se queda donde está. Mis razones son sólo mías y no os permito cuestionarlas. Dios sabe que jamás le he pedido nada a cambio de haber empeñado mi alma en este reino. Dios sabe que no he obrado con malignidad en ningún momento, y Dios sabe que lo único que he deseado con el alma durante todos estos años es regresar a St. Andrews de donde, quizás, nunca debí haber salido.

Dejando atrás a su abuelo, un sir William de Andrew con el ánimo alterado se encaminó hasta Cansado, su caballo de reserva, que daba toda la apariencia de estar impaciente por partir, para trepar de un salto a él. El espécimen árabe, que no era ni de lejos tan impresionante como Suleiman, relinchó con satisfacción y no demoró en emprender la carrera, ante las miradas azoradas del campamento entero.

─Os aconsejo no retorcer demasiado el nudo, vuestra Majestad ─replicó Archibald a sus espaldas, con seriedad inusitada─. No han sido buenos tiempos para vuestro nieto, y el resultado podría ser justamente el contrario al que vuestra Majestad espera.

─Y yo os pido que no me toméis por tonto, Zurcidor ─pidió Sigfrid con sentimiento, aún con la mirada fija en William, que se alejaba del campamento─. William puede haber cambiado mucho, pero hay algo que en él permanece inmutable y vos sabéis muy bien qué es. Decidme ¿Es verdad lo que ese cabezota ha dicho?

─Todas y cada una de sus palabras ─repuso el Zurcidor, revelando que había escuchado la mayor parte de la conversación. En qué momento se había acercado a ellos Sigfrid no lo sabía, dado que le había visto acompañando a Candy y a Stirr mientras William y él conversaban─. No ha resultado fácil para el príncipe verse obligado a obedecer; en especial cuando su único deseo genuino, durante estos once años, ha sido regresar a casa.

─El hogar está dónde el corazón se encuentra a salvo ─dijo Sigfrid, más para sí mismo que otra cosa─. Ojalá William comprendiese que ya no es un niño; sino un hombre hecho y derecho que ha demorado más de la cuenta en sentar cabeza y definir el rumbo.

─Os advierto lo mismo que advertí hace unos meses a sir Johnson, vuestra majestad ─dijo Stirr, uniéndose a la conversación─. Los momentos felices que milord ha tenido durante estos años pueden contarse con los dedos de una mano. Será mejor para vuestra majestad si os mantenéis al margen y aguardáis; porque si decidís intervenir os vaticino que probaréis vuestra propia sangre y sabréis porqué este reino respeta tanto a vuestro nieto. William no os decepcionará; jamás lo ha hecho y eso vos lo sabéis a la perfección.

─Es fácil para vos decirlo, maese Stirr ─replicó Sigfrid con un gruñido─. Vos no sois un anciano decrépito que aguarda por conocer a los descendientes de su nieto más querido.

─Tiempo al tiempo, majestad ─dijo Stirr, sonriendo muy a pesar suyo al escuchar la palabra "descendientes"─. Lo único que se necesita es que todo caiga en su lugar.

─El lugar en el que todo caerá es el que me preocupa ─replicó Sigfrid con una mueca irónica, renuente a ceder.

─Habéis sido vos, majestad, quien se resolvió a traer a Rizos hasta aquí, así que estoy seguro de que no ignorábais las consecuencias que vuestra acción podía provocar ─observó Stirr, con sagacidad─. No os arriesguéis a provocar a William más de la cuenta y tened presente que el destino de vuestro nieto más allá de los mares todavía tiene muchos renglones en blanco. Si os atrevéis a desafiarlo y a gritarle a la cara las verdades que aún tiene que descubrir por sí mismo, bien podría resolverse a no pisar jamás un navío y hacer de la tierra su único mundo.

─¡Quién iba a decir que este reino os enseñaría retórica, Maese Stirr! ─gruñó el anciano vikingo por lo bajo, renuente a echarse atrás

─No echéis por la borda lo que tanto esfuerzo os ha costado construir, Majestad ─replicó Archibald, con gravedad─. Y, sobre todo, no os arriesguéis a ser el causante de una tragedia.

─La paciencia no es mi fuerte, Zurcidor ─replicó Sigfrid, revelando parte de sus preocupaciones─. Temo por William, y por su destino: un hombre no puede pasarse la vida entera ignorando la voz de su alma.

─El ánimo del príncipe no es el mejor y este último año ha comenzado a depender de las noticias que recibimos de St. Andrews ─informó Archibald en tono confidencial, obteniendo de Sigfrid una mirada de sorpresa─. Vos sabéis perfectamente lo arriesgado que resulta provocar a un hombre cuando su espíritu no está en paz. Perdón que os hable así, Majestad, pero traer a Rizos hasta aquí ha sido como tensar el arco y apuntar a la espesura del bosque: nunca podréis saber con precisión a quién herirá la flecha que saldrá de él.

─Habláis como una niñera, Zurcidor ─replicó Sigfrid, evidentemente molesto─. Y os recuerdo que espero mucho más de William que quejas lanzadas al cielo. Ningún hombre que lleve mi sangre ha nacido para ser víctima de los designios de otros ─advirtió─, y ya va siendo hora de que vuestro príncipe tome de este mundo lo que le corresponde por derecho.

Con esas palabras por despedida. Sigfrid partió a reunirse con sus hombres, dejando atrás a los gemelos, quienes permanecieron en silencio por largo rato, observándole marchar.

─Parece que esa charla lo ha enredado todo ─dijo Stirr, con preocupación─. Espero que no decida confrontar a William de nuevo o cualquier cosa podría pasar. Derrington no se tranquilizará hasta que lleguemos a Ashenbert; en especial con todo lo que pasó ayer.

─Su majestad no es ningún idiota, Stirr ─fue la respuesta de Archibald─. No sé todavía cuál es su plan; pero sólo tenéis qué mirar los ropajes que luce Rizos para estar seguro de cuán alta estima le guarda. A pesar de todo cuanto pueda decir respecto a su origen, Sigfrid la quiere mucho y eso no va a cambiar.

─Pensáis que la ha traído aquí para...─lo que Stirr iba a decir fue cortado de tajo por las palabras de su hermano.

─Lo único que pienso ─declaró Archibald con firmeza─, es que Sigfrid busca provocar a lord Ashenbert deliberadamente; aunque todavía no sé con qué fin.

─¿A dónde ha ido? ─preguntó Stirr a su hermano, refiriéndose a William. Archibald se limitó a encogerse de hombros con indiferencia, lo cual hizo que Sitrr lo mirase furioso, desaprobando silenciosamente su actitud.

─Robert está tras él, si eso es lo que os preocupa ─replicó el Zurcidor, divertido al constatar que había logrado enfadar a su hermano─. Príncipe, marqués, conde o heredero, sigue siendo un idiota en lo que a su seguridad corresponde, y no volverá a tomarme desprevenido ─concluyó, categórico.

─¿Cómo habéis...? ─lo que Stirr iba a preguntar quedó en el aire, proque su hermano replicó:

─¿Acaso pensábais que iba a permitir que nos pegara otro susto después de todo lo que pasamos ayer? ─inquirió Archibald, mirando a su hermano como si hubiera perdido el juicio.

─Parecéis la niñera que sir Johnson os acusa siempre de ser; de hecho, os estáis convirtiendo en una réplica mucho peor de él ─declaró Stirr con severidad─. Milord no es ningún mozo sin juicio, y me parece ofensivo que lo tratéis como a un escudero.

─Soy el Zurcidor ─fue la categórica respuesta de Archibald, quien no se mostró ni tantito culpable por las disposiciones tomadas respecto a su amo─. Soy mayor que él, y soy el directo responsable de mantenerle la cabeza sobre los hombros. West Pass siempre ha sido territorio amigable para nuestra gente; pero el día de ayer las cosas fueron distintas: no quiero otra sorpresa como la que lo mantuvo en cama durante tantos días. De Robert depende el resto y te aseguro que pondrá el cuidado necesario para evitar ser descubierto: él también desea conservar la cabeza en su lugar.

─Tened cuidado de no provocar a milord más de lo necesario, o también probaréis el filo de su espada ─advirtió Stirr, con semblante serio, dando por terminada la conversación.

Era hora de partir.