Diciembre de 1809, Arras.
François permaneció estático frente a la tumba que acababa de ser cubierta, sin que le importara la nieve que le mojaba la ropa o el viento que le hería la piel del rostro y manos. Para lo único que tenía fuerzas en esos momentos era para respirar. Cuando Rosalie se acercó, apenas logró prestarle atención a su madre, sólo entendió algo relacionado con el frío. Sintiendo que todo lo que estaba observando le ocurría a otra persona, esperó que las oscuras siluetas de quienes lo habían acompañado se retiraran del cementerio. Recibió catatónico palmetazos en la espalda y apretones de mano, demostraciones de afecto que no pudo corresponder.
-Te esperaremos en casa- murmuró Jean apretándole un brazo con afecto –No permanezcas demasiado tiempo aquí, enfermarás.
Show me the meaning of being lonely
So many words for the broken heart
It's hard to see in a crimson love
So hard to breathe
Walk with me, and maybe
Nights of light so soon become
Wild and free I could feel the sun
Your every wish will be done
They tell me
El universitario asintió con la mirada perdida. Una vez que incluso el sacerdote abandonó el camposanto, se acercó lentamente al montículo de tierra y acarició la lápida que su madre había mandado a hacer, era de mármol, con el nombre de Jolie Chatelet. Lamentó haber sido tan infantil y nunca haberle preguntado su apellido, eran tantas las cosas que había hecho mal, que un oscuro remordimiento se estaba alojando en su pecho de forma peligrosa y perenne. Tampoco estaba el nombre de su hijo grabado, dado que se rehusó a que Jean, como buen hombre de ciencia y sobre todo práctico, lo sacara del vientre de su madre cuando así se lo ofreció, nunca sabría si era niño o niña y por lo mismo prefirió no nombrarlo. Cayó de rodillas en el suelo y enterró los dedos en el barro. Recién en ese momento, se atrevió a llorar de forma desconsolada y por fin sintiendo que todo lo que estaba pasando era algo real.
El dolor lacerante en el pecho apenas lo dejaba respirar cada vez que pensaba en lo ocurrido. Jean había confirmado sus sospechas, Jolie no había muerto asfixiada por la cuerda de la cual estaba suspendida. Las marcas en su delicado cuello indicaban que la asfixia había sido ocasionada por manos. Fuertes y grandes manos que la habían asesinado cuando estaba sola y desprotegida. Tan solo imaginar la desesperación de su mujer le desgarraba el alma, impidiéndole incluso cerrar los ojos, pues cada vez que lo hacía, no podía evitar imaginarla luchando y suplicando por su vida. Estaba seguro de que ella había luchado primero y al verse imposibilitada de lograrlo, no tenía dudas de que imploró misericordia, porque así era ella, luchadora mas no orgullosa, la vida de su hijo estaba primero que todo.
Show me the meaning of being lonely
Is this the feeling I need to walk with?
Tell me why I can't be there where you are
There's something missing in my heart
Life goes on as it never ends
Eyes of stone observe the trends
They never say forever gaze upon me
Sollozando recordó como cortó la cuerda de la que colgaba y trató de revivirla por más de una hora, conocía el procedimiento porque Jean le había mencionado, en una de sus pocas conversaciones a solas, como había revivido a la pequeña Zephine. Cuando las frágiles costillas de Jolie crujieron bajo el peso de sus manos, recién se detuvo. A pesar de estar su cuerpo aún tibio, ella no volvió a sus brazos ni abrió los ojos. Luego de arroparla como si durmiera, corrió en busca de la policía, quienes, obviamente al ver la escena, dictaminaron que fue un suicidio y le recomendaron sepultarla pronto para que no se descompusiera el cadáver. Sí, esas fueron las frías palabras usadas. Rememoró vívidamente las miradas de lástima que le propinaron, nadie lo tomó demasiado en cuenta, de hecho, le hablaron como si fuera sólo un chiquillo. Fue en ese momento en que decidió llevar a Jolie a su hogar, esos habían sido los planes que juntos trazaron y los iba a cumplir. La dejaría descansar en la tierra que lo vio crecer y en donde ella había aceptado vivir, un lugar en el que sabía siempre alguien pondría una flor en su tumba aun sin haberla conocido.
Al llegar a Arras en la carreta que alquiló, y con el cadáver bastante bien conservado gracias al frío invernal, Rosalie se había desmayado debido a la impresión y tristeza. Mientras Jean atendía a su esposa, él había llevado el cuerpo de Jolie a la consulta del médico. Esperó sentado en la penumbra de la habitación y con los ojos desmesuradamente abiertos, pues sentía que si los cerraba, ella iba a desaparecer para siempre. Y antes de que eso ocurriera, necesitaba que alguien le dijera que no estaba loco, que alguien le confirmara que ella no se había matado. Cuando Jean entró a la consulta, todo sucedió de forma vertiginosa. Rosalie ya repuesta, le pidió a uno de los empleados de la imprenta le avisara a Alain lo ocurrido, en cuestión de horas el socio de su madre se había ocupado de comprar un lugar en el cementerio y los padres de Isabelle organizaron el funeral. Hizo nota mental de agradecer la ayuda en algún momento, sí, lo haría cuando tuviera cabeza para eso.
Le dolía tanto el pecho, dolía como si estuvieran arrancándole la piel a jirones. Sin poder sacar de su cabeza la imagen de los pies que se balanceaban de forma oscilante frente a sus ojos, se limpió la nariz con el dorso de la mano. Sus hombros se sacudieron con los sollozos que le laceraban el alma. Permaneció de rodillas en el suelo hasta que dejó de sentir las piernas y la noche cayó. La nieve se hizo más espesa y el viento inclemente.
Guilty roads to an endless love (endless love)
There's no control
Are you with me now?
Your every wish will be done
They tell me
Show me the meaning of being lonely
Is this the feeling I need to walk with?
(Tell me why) tell me why I can't be there where you are
There's something missing in my heart
Alain saboreó la copa de vino que tenía en las manos sin despegar la vista de la ventana de la casa de Rosalie. Como era costumbre, los cercanos, que a esas alturas de la vida ya eran familia, se apersonaron en la casa de los deudos para entregar sus condolencias y recordar a quien había partido de este mundo, situación particularmente difícil en esta ocasión, pues además del impresor, sólo Oscar había visto a Jolie, y en una ocasión no muy grata de recordar. De todas formas, como siempre lo hacían desde que el destino los había unido, todos actuaron como un pequeño regimiento, una unidad afianzada en el cariño y la lealtad. Al caer el manto nocturno y ver que François no aparecía, André se ofreció a ir por él al cementerio, después de todo, y a pesar de las diferencias del último tiempo, lo seguía queriendo como si de un hijo se tratara. Rápidamente Alain dejó la copa que aún sostenía en una mesita cercana y pidió ser él quien buscara al joven universitario.
Después de pasar por su casa para besar la frente de su hija, que a esa hora ya dormía pacíficamente bajo el atento cuidado de Gabrielle, el impresor tomó un par de botellas de vino de la alacena y entró a la oficina que tenía en su casa. Se acercó al escritorio y del primer cajón sacó un pequeño ramillete de flores silvestres, secas pero pulcramente conservadas, arreglo que todas las semanas encargaba a una mujer en el mercado, lo puso en su bolsillo y abrigándose con una gruesa capa enfiló hacia el cementerio.
-¿Segunda visita en menos de una semana? Mis viejos huesos son afortunados…- saludó el rondín del osario.
-Para calentar el cuerpo- Alain le entregó una de las botellas que llevaba bajo la capa –Procura no beberla de golpe, porque si alguna tumba aparece abierta, tus viejos huesos volverán a quedarse sin trabajo- bromeó el impresor haciendo una clara referencia a los saqueos que ocurrían en época de guerra, donde la necesidad tenía cara de hereje y las tumbas de las personalidades más destacadas eran saqueadas en busca de ropajes o joyas.
El vigilia, un hombre mayor de escaso cabello, flaco como espíritu y de nariz colorada, sonrió mientras hacía una graciosa reverencia al visitante que poco a poco, se había convertido en una cara conocida y amigable, pues el alto y simpático hombre visitaba, al menos una vez a la semana, el cementerio apenas caía la noche. Observando como la ancha espalda se perdía entre las tumbas, destapó con los dientes la botella y bebiendo un largo sorbo se arrebujó en un rincón de la garita que lo guarecía del frío y la nieve.
There's nowhere to run
I have no place to go
Surrender my heart, body, and soul
How can it be?
You're asking me
To feel the things you never show
You are missing in my heart
Tell me why I can't be there where you are
El ex teniente Soissons caminó con paso firme hasta llegar a una lápida que estaba en un rincón, afirmándose en uno de los topes el delicado enrejado que la protegía, apoyó una rodilla en el suelo y comenzó a retirar las flores secas o basura arrastradas por el viento.
-No ha pasado nada malo con Claudine, no te asustes bonita- murmuró sentándose en el borde de una tumba que estaba junto a la de Anne –Me gustaría tanto que la vieras…- suspiró de forma pesada y larga –Le están saliendo los dientes y no para de sonreír para que yo los vea, es una pequeña sinvergüenza- sonrió con tristeza –Tiene tu misma sonrisa, incluso tus hoyuelos en las mejillas los heredó… y las pecas de tu nariz también, si mal no recuerdo, le ganas únicamente por diez- entrelazó sus manos para evitar que temblaran, y no precisamente por el frío –Sí, ya sé… estoy viejo y repetitivo- continuó hablando –Pero… es que es tan bonita… es tan bonita como tú- respiró profundo tratando de deshacer el nudo que se le hacía en la garganta, sacudió la cabeza para despejarse –Ah, casi lo olvido… no me vas a creer y seguramente me dirías que estoy exagerando… o que me falla la vista- estiró una mano y acarició el nombre de la lápida mientras sonreía –La barbilla de nuestra niña, tiene la misma marca que la mía, suerte que sólo se parece a mí en eso… aunque Gabrielle dice que su temperamento es más parecido al mío que al tuyo- respiró profundo una vez más mientras se secaba con el dorso de una mano las lágrimas que se habían agolpado en sus negras pestañas –Te extraño tanto…- murmuró con la voz quebrada –Sí, ya sé, bonita… no te gusta verme triste- se esforzó en sonreír y carraspeó para recuperar la firmeza de su voz –Cuando pase el invierno, nuestra niña ya estará caminando, la traeré a visitarte, te lo prometo- llevándose una mano a los labios depositó un beso en sus dedos y luego los apoyó en la lápida –Esta visita es más corta preciosa mía, pero mira… igual te traje las flores que tanto te gustaban- colocó el ramito sobre el suelo -Ya sé que están secas… pero la intención es la que vale, con esta endemoniada nieve ni un cardo encuentro- bromeó. Respirando profundo nuevamente, apoyó las manos en sus rodillas y se puso de pie –En unos días vendré nuevamente, te lo prometo- acarició la superficie de la losa. Cerró los ojos durante unos minutos y se concentró en volver a ser el hombre firme que había salido de la casa de Rosalie. Irguiendo la espalda, comenzó a caminar rumbo a la tumba de Jolie.
La imagen de François de rodillas en el suelo lo estremeció. Se vio reflejado en el muchacho que se confundía con las efigies que decoraban algunas tumbas debido a su inmovilidad.
-Se te van a congelar hasta los sitios en los que nunca te ha pegado el sol- dijo con voz firme a fin de anunciarse y no asustarlo mientras se acercaba. Sacó la botella que aun guardaba bajo su capa y la destapó, dio un largo trago mientras se sentaba en el borde de una tumba colindante –La mejor hora para venir es esta…- extendió la botella, al ver que François no atinaba a mirarlo, lo golpeó con ella en un hombro –Recíbela y bebe un poco, no servirás de nada enfermo- cuando el joven la recibió, volvió a hablar –Como te decía, la mejor hora es esta… no hay mujeres llorando ni borrachos molestando, si quieres te puedo pasar a buscar la próxima vez que venga y luego vamos a alguna taberna.
-Debo volver a París y encontrar a quien la mató- murmuró François.
-Tus estudios…
-Mis estudios serán la vía- levantó la cabeza y bebió un trago –Es un fiscal… estoy seguro de que fue él… ella le tenía terror- volteó a mirar a su interlocutor.
En esos momentos, Alain se estremeció de pies a cabeza, pues de la dulce, idealista e incluso inocente mirada de François, ya no quedaba rastro. Frente a él estaba un hombre de mirada fría, dura y por sobre todo, amarga. Inclusive sus rasgos faciales habían cambiado, un agrio rictus estaba instalado en sus facciones.
-Gracias por no haber comentado a nadie como la conocí- continuó hablando el universitario –Mañana me marcho- se puso de pie.
-François, por amor a tu madre no hagas ninguna tontería- apuntó Alain con la voz firme –Ella apenas se repuso de la muerte de Bernard, no le provoques más dolor…- se revolvió el cabello –Ni siquiera sabes mantener una espada en alto… tampoco disparar y estás pensando en venganzas- estiró la mano pidiendo la botella, necesitaba un trago pues la conversación estaba tomando un curso que nunca esperó –Hemos hecho todo lo posible por mantenerte fuera de las filas y tú te quieres meter en la boca del lobo… si haces una estupidez, acabarás en prisión… todos los reclusos terminan en primera línea, da lo mismo si robaron un mendrugo de pan o mataron a alguien- intentó hacerlo reaccionar.
-Gracias por el vino- dijo François por toda respuesta e hizo un gesto con la cabeza, dio media vuelta, mas se detuvo al dar el primer paso -¿Puedo hacerte dos preguntas personales?- pidió sin voltear a mirar a Alain.
-Dime.
-Madame Claudette… ¿Cuál es su punto débil?
-François… no te metas en la guarida de una víbora si no quieres salir mordido.
-Dímelo, si no lo haces, igual lo averiguaré.
-Ella aprecia mucho a sus muchachas, no creo que esté involucrada…- el joven volteó, la feroz determinación en su mirada lo hizo hablar –Cuando la conocí, había huido del Palais-Royale*... Ahí ganaba mucho dinero, más del que ganaba en el tugurio en el que nos conocimos… un día, la encontré llorando y borracha como una cuba… me dijo que se había descuidado con quien no debía, con alguien muy poderoso, que huyó para sobrevivir ella y su hija.
-¿Tiene una hija?
-Ya no, la ocultó del padre en un orfanato… pero cuando la fue a buscar, encontró una lápida.
El joven volteó nuevamente para marcharse.
-No me hiciste la segunda pregunta- Alain trató de detenerlo.
François se detuvo y dejó caer los hombros. -¿Cómo lo haces?- preguntó después de un par de minutos con la vista pegada en el piso -¿Qué haces con todo lo que se queda aquí?- se pegó en el pecho.
-Sobrevives- murmuró Alain –Aprendes a vivir con el dolor y la soledad, te costará incluso respirar, dormir o comer… a veces sentirás que no vale la pena seguir… pero a la larga, siempre vale la pena vivir.
-Eso es porque te quedó algo de ella…- volteó parcialmente a mirarlo –A mí no me quedó nada- terminó de hablar y se alejó.
Show me the meaning of being lonely
Is this the feeling I need to walk with?
(Tell me why) tell me why I can't be there where you are (where you are)
There's something missing in my heart
Alain observó por un rato la botella que aún permanecía en sus manos, soltó un largo y sentido suspiro. Bebió un trago y se limpió la boca con el dorso de la mano al tiempo que sacudía la cabeza, pues si bien no estaba de acuerdo con lo que pensaba hacer François, no interferiría de ninguna manera. Ya no era un chiquillo, y sinceramente, él habría hecho lo mismo.
-o-
André sirvió dos copas y se acercó con ellas al sofá en donde Oscar permanecía sentada frente al fuego. La mujer recibió el brebaje e hizo un amague de sonrisa en agradecimiento al gesto de su marido.
-¿Crees que debamos contarle lo ocurrido a Isabelle?- preguntó antes de beber de su copa y sentarse a su lado.
Oscar negó con la cabeza y bebió fijando su mirada en el fuego que iluminaba la habitación junto a un par de candiles instalados a lo lejos –Si François lo cree necesario, él le dirá- dijo de forma taciturna –Pobre muchacha…- musitó –Parecía ser una buena joven… creo que tenía la edad de nuestra hija- bebió nuevamente.
-Hoy es su cumpleaños- murmuró André, Oscar asintió –¿Quieres que vayamos por ella?- preguntó acariciándole un mechón de cabello –Si tienes la más mínima duda de su seguridad, o si tan solo la extrañas, podemos viajar de inmediato- dejó la copa en una mesita lateral y abrazó los hombros de su esposa, haciendo que esta se recostara sobre su pecho –Sé que Fersen la está cuidando como si fuéramos nosotros…
-Estaba pensando en que es el primer cumpleaños que pasa lejos de mí- murmuró ella vaciando la copa que tenía en sus manos, la dejó sobre la alfombra.
-Así es- la besó en la cabeza mientras la abrazaba –Si sientes nostalgia podemos ir a ver a Augustin, está mucho más cerca…
-Estaré bien…- Oscar se irguió para quedar sentada nuevamente –Sentir nostalgia tampoco es tan terrible…- se esforzó en sonreír y cambió el tema de conversación -¿Habremos hecho bien en dejar que Phillipe se quedara y no regresara al ejercito?- preguntó refiriéndose al joven militar que encontraron en el camino.
-Si nadie lo buscó, es porque lo dieron por muerto, además, es un joven aparentemente honesto y trabajador… y Gilbert lo vigila constantemente- contestó –Gracias a él me puedo levantar un poco más tarde y pasar más tiempo contigo- sonrió y acarició la mejilla de su esposa, cuando esta cerró los ojos, se inclinó y la besó con suavidad en los labios –No todos los hombres están hechos para la milicia, quizás lo salvamos de una muerte segura en batalla- continuó hablando –Ya ves que tiene más pinta de granjero que de militar.
-Tienes razón- dijo Oscar con una sonrisa –Últimamente casi siempre la tienes- rascó con delicadeza la mandíbula de André, haciendo que la barba de un par de días sonara bajo su tacto.
-Me gusta tu nostalgia… te hace más, perceptiva- bromeó el criador de caballos.
-Ven, vamos a celebrar el cumpleaños de nuestra hija- Oscar se levantó del sofá y extendió una mano a modo de invitación –Déjame demostrarte que tan perceptiva puedo ser- bromeó guiñando un ojo.
André sonrió y se puso de pie de un salto, haciendo gala, como siempre, de su vitalidad y energía. Tomando a su mujer de la mano, caminó hasta las velas que estaban encendidas en algunos muebles y las apagó de un soplido. Cuando una sola faltaba, cerró los ojos y deseó fervorosamente que Isabelle hubiera pasado un día maravilloso, sopló y la apagó.
-¿Crees qué…?
-Los guantes le deben haber encantado, conoces sus gustos a la perfección- Oscar contestó sin necesidad de que él completara la pregunta –Es tan parecida a ti- lo observó sonriendo en la oscuridad –Ya verás que en su próxima carta nos contará de lo feliz que estuvo.
-Tienes razón… quien lo diría… nos hemos convertido en un par de genios que tenemos razón en todo- bromeó acercándose a Oscar. La tomó de la cintura, la besó profundo y lento, guiándola hasta la salida del salón sin despegarse de ella.
-o-
Después de haber anulado el arrendamiento de la casa que compartiría con Jolie, François se despidió de su madre y se devolvió a París, en la misma carreta que llegó. Pese a que su familia le pidió de todas formas posibles se quedara un tiempo con ellos, se rehúso sin dar mayores explicaciones. Guió a los caballos de forma lenta y constante. Solo deteniéndose cada vez percibía cansancio en los animales.
Ya en la ciudad, primero fue por sus cosas a la humilde habitación en la cual había vivido las últimas semanas. El frío y el olor a humedad lo golpearon apenas abrió la puerta. Con las manos temblando comenzó a ordenar sus pertenencias. Al abrir uno de los cajones, un diminuto abrigo tejido a mano llegó a sus manos, llevándoselo a la nariz en un vano intento de captar algún aroma de Jolie, lloró las ultimas lágrimas que se permitiría. Lo guardó junto a sus ropas y libros. Con la maleta en la mano, cerró la habitación y buscó a la casera para renunciar a todo lo que quedaba, ya que después de cumplir con sus planes no necesitaría nada y llevarse cosas de Jolie le dolía demasiado.
Luego de instalarse nuevamente en el internado y rehuyendo las discretas preguntas de Quentin, anuló su solicitud de exámenes libres y se inscribió en incluso más clases. Terminados los trámites, detuvo un carruaje y se dirigió al burdel donde todo había empezado. Lo primero que confirmó sus sospechas, fue verlo cerrado en un horario en que era costumbre estuviera funcionando a tope. Sin detenerse en la puerta principal, caminó directamente hasta la entrada trasera, lugar que conocía de memoria. A medida que caminaba por el estrecho pasillo, creyó escuchar la risa de Jolie rebotando en cada uno de los rincones, incluso podría haber jurado percibir su dulce aroma. Evitó pasar frente a las habitaciones que Jolie había ocupado, la más modesta en el primer piso y la más amplia en la planta superior. Simplemente caminó hasta la que sabía era la alcoba de madame Claudette, abrió sin golpear.
La joven mucama que estaba tratando de darle un plato de sopa a la borracha regenta, se asustó al verlo de pie en el umbral de la puerta.
-Déjame solo con ella- dijo con la voz cargada de odio y los puños apretados.
-Pero…
-Vete, muchacha del demonio, es mi hora- farfulló Claudette.
La madura mujer tenía el maquillaje corrido, el cabello enredado y descuidado. Vestía nada más que una camisa de dormir y bata. Su rostro lucía pálido y ojeroso, y estaba prácticamente tirada sobre un montón de botellas. Apenas la muchacha salió de la habitación, François cerró la puerta con un golpe seco y se acercó a ella. La tomó de los hombros con fuerza y la sacudió.
-¡¿Por qué?!- preguntó lleno de ira y dolor -¡¿Por qué no dejaste que tuviera la vida que siempre mereció?!
-Yo no quería- Claudette comenzó a llorar de forma histérica –Nunca pensé…- dijo entre desesperados hipidos –Yo quería ayudarla… era como mi hija…- una bofetada la hizo callar. Llevándose la mano a la mejilla continuó –Yo la quería tanto…
-¡Mientes!- François la zamarreó mientras, a duras penas, aguantaba las ganas de golpearla una vez más –Me la quitaste… me la quitaste a ella y a mi hijo- la zarandeó con violencia -¡Mi hijo!- gritó a centímetros del ajado rostro.
-Le dije que el niño era de él- dijo la mujer entre desgarradores sollozos –Le pedí dinero para que ella desapareciera, te juro que ese dinero iba a ser para ella… quería entregárselo para que comenzara de nuevo- se tiró al piso y se aferró a los pies del universitario –Yo no sabía… nunca lo sospeché… yo no quería.
-¡Los mataron por tu culpa!- gritó al tiempo que movía los pies hasta soltarse, la tomó de un brazo y con brusquedad la levantó arrojándola a la cama desecha –Dime su nombre.
-¡Muchacho iluso!- gritó comenzando a reír de manera histérica –También te matará… ¡ellos ganan, ellos siempre ganan!- calló cuando el universitario la tomó del cuello y la zarandeó.
-Ese no es tu problema- gruñó François –Dímelo-. La soltó cuando la mujer balbuceó el nombre que esperaba oír. Dio media vuelta y caminó hasta la puerta.
-Espera…- Claudette lo detuvo –Ayúdame a acabar con esto, no puedo con mi consciencia…
François arrancó la cuerda que afirmaba una de las pesadas cortinas y la arrojó a la cama –Ahí tienes una salida- dijo antes de abrir la puerta y salir de ahí para nunca más volver.
De inmediato comenzó a indagar sobre el malnacido que le había arrebatado lo que más amaba. Sumido en el ostracismo, diseñó varios planes y estrategias para llegar a él, cosa que siendo sinceros, no sería nada fácil, pues era una persona muy poderosa en la ciudad. Lleno de frustración recordó las palabras de Alain; no serviría de nada acercarse si apenas sabía mantener en alto una espada y con suerte era capaz de darle un balazo a un ciervo a un par de metros de distancia. Dejando la vista vagar por la ventana de la biblioteca en donde se encontraba realizando los trabajos extras, notó la silueta de un alto chiquillo de cabellos rubios como el sol y ojos verdes como las esmeraldas que cruzaba el patio del liceo y al parecer venía de la sala de deportes, en solitario, como casi siempre estaba. Él era su solución. Guardó los libros y salió en busca del muchacho.
Se paró frente al hijo de Oscar y André, cortándole el paso.
-Quítate de mi camino- farfulló Augustin.
-Necesito de tu ayuda… por favor- dijo dispuesto a suplicar. El adolescente se detuvo, volteó a mirarlo con el ceño fruncido y los ojos llenos de preguntas. –Mi padre ayudó al tuyo en innumerables ocasiones, te pido hagas lo mismo conmigo- el hermano de Isabelle enarcó una ceja como respuesta –Necesito que me enseñes a disparar y a pelear… es lo último que te pediré en la vida- finalizó François.
-¿Y por qué habría de hacer eso?- preguntó altanero –Tú mismo dices que no soy más que un chiquillo…
-Un chiquillo que me dio una buena tunda y que no tiene amigos en este lugar, te sobra tiempo y es la oportunidad perfecta para golpearme si así lo quieres.
-Lo pensaré- contestó Augustin antes de dar media vuelta y continuar nuevamente su camino.
Enero de 1810, Suecia.
El invierno continuó su inclemente avance en el nórdico país, llenando los caminos de nieve y haciendo que toda vida social disminuyera al mínimo. Situación por la cual Isabelle se dedicó con más ahínco a terminar sus proyectos, siempre secundada por Birgitta, que parecía su sombra y por Oliver, quien la visitaba cada vez que sus obligaciones se lo permitían.
Un día, semanas después de que Charles se marchó, el conde Von Dalin llegó justo antes de la hora de la cena en compañía de Adolf. Ambos jóvenes fueron bien recibidos y atendidos como si de familia se tratara, pues Sofía no podía evitar ver en ellos a su adorado sobrino. Por difícil que parezca, nadie de los Von Fersen sintió animadversión por Adolf, ya que todos conocían el buen y generoso carácter del ahora inseparable de Oliver, el apuesto hombre era diametralmente diferente a su fallecida hermana. Después de la cena, y mientras Fersen compartía una copa con el mejor amigo de su hijo, Adolf se acercó a Isabelle, que estaba sentada frente a la chimenea y con un libro en sus manos.
-Fue idea de Oliver- le dijo al tiempo que extendía un sobre -Toma, es para ti- Isabelle lo miró sin entender, ya que la misiva estaba a nombre de quien se la estaba entregando -Ábrela- insistió el militar.
La joven rasgó el sobre, no sin antes ver que el remitente era de alguien que no conocía. En cuanto desdobló la esquela, sintió que su corazón bailaba de alegría y que sus ojos se llenaban de lágrimas, reconoció de inmediato la firme, pulcra y masculina letra de Charles.
-Estamos seguros de que mi tío intervendrá toda la correspondencia que tenga el nombre de Charles, pero no la que venga a nombre mío, y justo hay un camarada en la misma ubicación- explicó Adolf.
-Gracias…- murmuró Isabelle con la garganta apretada y afirmando la esquela contra su pecho.
-Cualquier carta que le quieras enviar, házmela llegar con Oliver.
-Es muy generoso de tu parte- Isabelle tomó una mano de su nuevo amigo y sonrió.
Gracias a esa insospechada alianza, ella y Charles lograron comunicarse sin temor a ser descubiertos. Cartas llenas de añoranzas, sueños y promesas pasaban por las manos de Oliver y Adolf, aunque además, y vale decir que para guardar las apariencias, también se escribían por conducto normal, esas misivas, el mismo Fersen se encargaba de enviarlas y recibirlas; sin sospechar jamás que eran una burda tapadera para las que realmente importaban y que encendían los sueños de los amantes separados.
No veo la hora
De colgar mi saco en tu ropero
No veo la hora
De cantarte hasta dormir
No veo la hora
De arrullar todos tus sueños
Y des fe, pensando en ti
No veo la hora
De contarte algún secreto
No veo la hora
De explicarte quien soy yo
Y recuperar los momentos
Que perdimos en el camino
Solos tú y yo
Así pasó el invierno, con Charles haciendo guardia en plena frontera norte. Luchando día a día por no ceder ante lo agreste del paraje, situación que era capaz de desmotivar a cualquier persona, pues el gélido clima los obligaba a mantenerse en constante movimiento para no congelarse en vida. Además, vale decir que todo ese esfuerzo no iba de la mano con las escuálidas raciones de alimento ni con la escasez de ropa de abrigo. Cosa que Sofía se empeñaba en evitar, pues la siempre práctica y decidida condesa era capaz de mover cielo, mar y tierra, o sobornar al mismísimo diablo, con tal de que nadie de su familia sufriera algún tipo de precariedad. Es por ello que gracias a las encomiendas enviadas semanalmente desde su hogar, Charles logró obtener algunos productos de primera necesidad y otros que eran prácticamente un lujo, como el licor y la ropa de lana. Cosas que, sumadas a su natural simpatía y liderazgo, le valieron una posición privilegiada entre sus compañeros, haciéndole más llevadero su cuasi destierro. Aunque lo realmente complicado eran las noches, ya que apenas lograba dormir pensando en todo lo que estaba a kilómetros de distancia, todo lo que añoraba, ansiaba y necesitaba. Su familia, la de sangre y la elegida.
Cada noche recordaba los besos compartidos y las ardorosas caricias, arrepintiéndose por no haber cedido a sus impulsos la última vez que estuvo con Isabelle. Ansiando retroceder el tiempo, se prometió a sí mismo nunca más desperdiciar una oportunidad de demostrarle su amor, pues lo aterraba siquiera pensar en la posibilidad de no volver a verla. Si bien era cierto que Suecia ya no estaba en guerra, también era de conocimiento público que en cualquier momento entrarían a la coalición contra Francia y por consiguiente, él terminaría en batalla. De esa forma, torturado por la distancia y las ansias, Charles se limitó a sobrevivir día a día, lleno de añoranzas e ilusiones que rogaba poder cumplir.
Tengo tanto para darte
Un beso en libertad
Una abrazo por la noche
Un cuento que te haga soñar
Si la vida nos juntó a los dos para crecer
Amor contigo, yo quiero aprender
Por ti puedo ser
Una tarde en tu piel
Una vida en tus ojos de miel
Por ti vuelvo a ser
Amor y fe
No veo la hora de, volverte a ver
Cuando por fin marzo hizo su arribo, Isabelle pudo salir de su enclaustramiento. Con los caminos despejados, lo primero que hizo fue pedirle a su adorado pappa que la acompañara a la ciudad para enviar correspondencia a su familia en Arras. Y no porque durante los meses pasados no lo hubiera hecho, sino porque poner una carta por sí misma en la oficina postal, le hacía sentirse un poco más independiente y cercana a quienes tanto extrañaba.
Mientras padre e hija caminaban tomados del brazo por las encopetadas calles del sector más elegante de la ciudad, Fersen guió el paseo hasta un edificio que Isabelle nunca había visitado. De pie en el umbral, la joven apenas pudo contener las ganas de saltar de alegría, era una imprenta.
-¿Cómo lo supiste?- preguntó emocionada, pues de su libro solo Charles estaba al tanto.
-No soy tan despistado como todos piensan- contestó Fersen guiñando un ojo –Vamos, te presentaré a un conocido, ya hablé con él y recibirá tu trabajo… también están pagadas todas las copias que desees imprimir.
-Pero, pappa…- lo miró emocionada –Es decir, te lo agradezco… pero tengo dinero ahorrado para ello, es mi proyecto y me gustaría pagarlo de mi bolsillo.
Fersen entrecerró los párpados y asintió, sabía que no sacaba nada con tratar de convencerla de lo contrario, era como querer desviar un río de su cauce.
Después de esa visita, a las pocas semanas estuvo listo el primer tiraje del "Hierbas y mujeres, una mejor salud". Con ese nombre Isabelle bautizó la pequeña serie de recetas de infusiones y consejos básicos acerca de salud, anticoncepción e higiene. Avanzado el mes de abril, pidió ayuda una vez más a su entrañable amigo Von Dalin, quien sin dudar acudió a su llamado, aunque no entendió muy bien porque debía ir vestido de paisano y no de militar. Cuando la vio ataviada con un modesto vestido y una simple canastilla, entendió todo. Isabelle quería mezclarse con la gente y no asustar marcando una diferencia social. Birgitta, quien ya habíamos dicho se convirtió en su sombra, también los acompañó vestida exactamente igual que su querida señorita.
Las primeras semanas en el mercado fueron un fracaso. Nadie tomó en cuenta a la joven que se esforzaba en acercarse a las tiendas atendidas por mujeres para ofrecer su escrito. Sin dejar que eso la amedrentara, Isabelle perseveró. Incluso Birgitta se armó de valor y comenzó a ofrecer los librillos que su señorita con tanto ahínco había hecho, llegando algunas tardes a sentarse en el centro de una plazoleta del mercadillo a leer en voz alta, porque sí, gracias a Freja, el ama de llaves, la jovencita sabía leer desde que llegó al palacete Von Fersen siendo apenas una chiquilla de diez años. Una tarde de mayo, día en que Isabelle recibió a los pies de su falda un escupitajo acompañado de una palabrota por estar repartiendo material "inmoral", Oliver saltó de su puesto de vigilancia listo para partirle la cara al patán que la había ofendido.
-No hagas nada- musitó Isabelle –Es porque no me conocen, hay que darles tiempo.
-Hemos mendigado atención por semanas- gruñó Oliver –Yo, un conde y tú, heredera de una fortuna en Suecia e hija de una comandante del ejército que de una sola mirada haría que estos mequetrefes se mearan en los pantalones.
-Y Birgitta, una muchacha común, como lo soy yo- Isabelle trató de calmarlo –Y como también lo eres tú, antes que conde o teniente, eres mi amigo, una persona noble y bondadosa- sonrió –Ya verás que todo va a resultar, mi padre me enseñó a ser perseverante en el trabajo, a tener paciencia y a esperar con humildad.
-André parece un santo- bufó Oliver.
-No creo que lo sea, pero sí es alguien con muchas virtudes- contestó sonriendo –Mira- apuntó a donde estaba Birgitta -Parece que tiene una persona interesada, vamos.
Cuando se acercaron a la tiendita en la que Birgitta estaba entusiasmada hablando de las bondades del compendio que tenía entre sus manos, Oliver reconoció de inmediato a Alina, pues durante todos esos meses no había podido sacar de su cabeza la imagen de la jovencita que lloraba aferrada al cuerpo de su madre. Detuvo el avance de Isabelle y susurró.
-Ella es la jovencita que vivía con el asesino de Agnetha.
Isabelle palideció, se había esforzado tanto en no pensar en ese episodio, que casi lo había olvidado, más aun cuando el caso se cerró como un asalto frustrado y sólo quedó pendiente la búsqueda del prófugo. Dejando de oír a Oliver, se acercó hasta llegar junto a Birgitta. La vio inclinada y haciéndole morisquetas a un bebé que estaba en una canastita. Aguantó la respiración cuando vio el negro cabello del infante y sus ojos aceitunados. Era la viva imagen de su padre.
-Milady- Birgitta se enderezó –Ya entregué una copia de su compendio- dijo orgullosa y con las mejillas coloradas –Alina se mostró muy interesada en él, aunque no sabe leer muy bien, está decidida a mejorar.
Antes de que Isabelle pudiera decir algo, la joven madre se acercó al conde e hizo una sumisa reverencia al tiempo que murmuraba suaves palabras de agradecimiento, pues gracias al dinero que él le había entregado, no tuvo necesidad de trabajar en los últimos meses de su embarazo. Además, con el sobrante, había logrado rentar una tiendita y comprar materia prima para cambiar el rumbo de su negocio. Dado que ya no podía vender carbón, ahora revendía quesos de variadas especies, huevos y fiambres. El conde Von Dalin bajó la vista avergonzado, ya que el dinero que le entregó, para él no significó nada, era una suma que acostumbraba gastar en cualquier taberna y en un tiempo muy corto por lo demás, en cambio para ella, había significado todo. Conmovido con el tesón de la muchacha, se escuchó a si mismo ofreciéndole ser proveedor oficial de su casa, y no sólo eso, también le ofreció un préstamo para que pudiera surtirse de mejor manera y comenzar así la ampliación de su negocio.
Alina aceptó emocionada y agradecida, ya que a pesar de haber sufrido terriblemente gracias a la maldad del general Adlersparre y de Jerome, su espíritu no decayó. Sabía que aún existía gente buena y las palabras del apuesto hombre que se empeñaba en ser su salvador, así se lo demostraban. Exultante por la nueva oportunidad que la vida le estaba dando, se acercó a la canastita que acogía a su pequeño niño y lo tomó en brazos para celebrar. Notó que Isabelle no dejaba de mirarlo, sin dudarlo se lo entregó para que lo sostuviera un rato, pues si esa hermosa señorita era amiga de su benefactor, seguramente era tan buena como él.
Observando los inocentes ojos del bebé, que escuchó se llamaba Alec, Isabelle sintió lástima por Jerome, su maldad lo había alejado de esa hermosa criatura y de una noble e inteligente mujer.
Después de esa tarde, las cosas fueron mucho más fáciles, gracias a Alina, la gente comenzó a confiar en Isabelle. Con la bondad y generosidad típica de la gente más desposeída, dejaron de cuestionar las intenciones de la excéntrica joven de cabello negro que insistía en que las mujeres podían controlar cuantos hijos traían al mundo.
Durante los meses siguientes, Fersen le regaló a Isabelle dos ediciones más de su librillo, pues se enteró, gracias a Sofía, claro está, que ella había gastado todos sus ahorros en una nueva edición que se agotó como el pan caliente. Aunque, en honor a la verdad, casi se cayó de la silla cuando se animó a leer lo que contenía el trabajo. "Si tu madre supiera que te apoyé sin siquiera leer lo que estabas haciendo, me aspa por despistado" le había dicho a su adorada hija. La joven se limitó a sonreír antes de darle un beso en la mejilla y correr a su habitación. Esa misma tarde, Oliver le había entregado una nueva carta de Charles y ansiaba leerla a solas.
Sentada frente a su escritorio terminó de leer la misiva y cerró los ojos, esforzándose en evocar cada rasgo del hombre que adoraba con locura, y al cual extrañaba cada segundo del día. Cuando abrió los párpados, los posó en el jardín principal que estaba llenándose de flores gracias a la primavera. Junio estaba comenzando y Charles llevaba lejos de ella poco más de seis meses, medio año en el cual se había esforzado en mantenerse ocupada para no enloquecer de añoranza.
Una tarde en que llegó del mercado antes de lo previsto, debido a que se le habían acabado las hierbas que había repartido entre las mujeres que ahora se le acercaban sin miedo, quiso aprovechar el tiempo y pidió a Birgitta que le preparan el cuarto de baño. Se sumergió en la tina para aplacar el calor y cambió el humilde vestido que usaba en esas salidas, por un fino atuendo de seda y organza. Pronto cenarían y quería estar lista temprano para compartir más tiempo con Fersen, ya que durante la última semana el conde casi no había salido de la casa real. Apenas terminó de alistarse, su doncella interrumpió en su habitación y anunció que algo terrible le había ocurrido a Aura, razón por la cual el señor Nilsson la esperaba junto a uno de los caballerangos en la última caballeriza del costado norte.
Corrió lo más rápido que pudo en la dirección indicada, cuando se detuvo, su corazón latía como el de un cervatillo asustado. Respiró profundo tratando de calmarse mientras se acercaba a la caballeriza que formaba parte de las cuadras que guarecían a los animales de los carruajes. Observando la lóbrega estructura, frunció en entrecejo y se arrepintió de haberle hecho caso a Birgitta así sin más, pues si lo pensaba bien, era muy poco probable que el señor Nilsson hubiera destinado a Aura a ese lugar y era casi imposible que además necesitaran de su presencia para verificar algo de la salud de su potranca. Se secó las palmas humedecidas en la falda del vestido al tiempo que luchaba con un repentino sentimiento de inseguridad. Cuando un puñado de ramitas crujió bajo la suela de su escarpín de seda, se detuvo bruscamente, algo no andaba bien. Un montón de palillos secos colocados justo en el umbral del pabellón, obviamente era una trampa, un aviso que haría el ruido suficiente para alertar a quien fuera que estuviera dentro, esperándola. Pegó la espalda a la primera pared que encontró.
"Jerome", fue el primer nombre que cruzó por su mente "No, Birgitta no me haría esto" se convenció de inmediato, mas su mente continuó "¿Y si ese infeliz la amenazó?", se preguntó al tiempo que se llevaba la diestra a la boca en un intento de disminuir el posible ruido de su respiración. Recorrió con la mirada la pared en donde aún estaba apoyada. Sus ojos se clavaron en una fusta, respirando profundo hizo un rápido movimiento y sacó la vara de su apoyo. Agarrándola con las dos manos y con los sentidos alerta, dio un paso hacia el interior de la cuadra.
-¿Aura?- preguntó esforzándose al máximo en que su voz sonara tranquila -Señor Nilsson… me dijeron que necesitaba verme- continuó hablando para que sus pasos no la delataran. Si era Jerome quien le estaba tendiendo una trampa, no le haría las cosas fáciles, estaba cansada de vivir aterrorizada. "¡¿Qué estoy haciendo?!" se detuvo en seco, estaba siendo irresponsable y temeraria, pensó en su madre, ella nunca haría algo así sin tener al menos un arma en la mano. Cuando estaba a punto de dar media vuelta y salir de ahí como alma que lleva el diablo, un fuerte brazo la tomó de la cintura, levantándola del suelo mientras una mano le tapaba la boca para que no gritara. En segundos reconoció el aroma de quien la apresaba, soltando la fusta se calmó y esperó a que la dejaran nuevamente en el suelo. Apenas sus pies tocaron tierra, dio media vuelta y se lanzó a los brazos que sabía la recibirían sin dudar.
Charles la estrechó contra su pecho al tiempo que sus bocas se unieron, ansiosas, urgidas y demandantes. No fueron necesarias palabras ni saludos. Comenzaron a moverse sin dejar de besarse, buscando refugio en uno de los rincones del establo. Cuando una pared chocó con la espalda de Isabelle, esta aprovechó el soporte que le daba y se empinó hasta que sus caderas rozaron las del militar. Dando un gruñido, el teniente deslizó las manos, que hasta en ese momento recorrían la espalda y cintura de la joven, hasta los glúteos que se sentían perfectamente bajo la fina tela del vestido, los apretó, acercándola más a su cuerpo e iniciando un vaivén primitivo, necesitado. Isabelle por su parte, comenzó a tironearle la camisa de forma frenética hasta que la sacó de sus pantalones, metió las manos bajo la tela y se abrazó a la espalda desnuda. Recorrió con las uñas los músculos que se tensaban bajo su tacto. Tembló de pies a cabeza cuando la boca de Charles dejó sus labios y comenzó a deslizarse a lo largo de su cuello, el simple contacto de dientes y lengua contra su piel, hizo que ella perdiera todo el sentido de decoro y precaución, llevaba tantos meses añorándolo que no estaba dispuesta a esperar más. Dejando de acariciar la espalda que tenía toda su atención, deslizó una mano hasta el pantalón y la enterró bajo la tela, recorriendo con la punta de los dedos la erección que apenas era contenida por la ropa. Se sintió poderosa al sentir que el vigoroso cuerpo del hombre que amaba temblaba bajo su tacto, pese a que no tenía la misma experiencia que él, dejó que su instinto la guiara y comenzó a acariciarlo con seguridad, arrancando gemidos de la garganta de quien en esos momentos luchaba con los lazos de su vestido. Cuando sintió que su escote cedía a los tirones que Charles le daba a la tela, abrió los ojos y observó la boca de él apropiándose de uno de sus senos, dejó de acariciarlo y se aferró a los amplios hombros de su amante, pues temió caer al suelo debido a todo lo que estaba sintiendo. Las piernas apenas lograban mantenerla en pie.
Perdiendo la cuenta del tiempo transcurrido, en algún momento se miraron a los ojos, con las pupilas dilatadas, labios inflamados y alteradas respiraciones. Ambos temblando de anticipación y deseo contenido por meses, estremeciéndose por el amor que les brotaba por cada poro de la piel. Isabelle asintió a una pregunta que nunca fue dicha, pero que estaba implícita en la ardorosa mirada de Charles. En ese instante, él se quitó la camisa por la cabeza y pegó su pecho a los suaves senos que tenía al frente. Inclinándose un poco, remangó el vestido de la joven y recorrió con la punta de los dedos las medias de seda que cubrían las extremidades con las que llevaba meses fantaseando. Cuando la tela se acabó, se encontró con la tersa piel. Continúo el recorrido hasta que sus dedos se perdieron entre las piernas de ella. Sonrió lobuno al percibirla lista y dispuesta, húmeda y caliente. Ella respondió desatándole los pantalones y liberándolo. En segundos le levantó una pierna que afianzó a su cadera al tiempo que ella se afirmaba la pollera para que no estorbara. Isabelle ahogó un grito de placer cuando lo sintió entrar en ella, con decisión y de una sola estocada. Abrió la boca y respiró profundo, percibiéndolo grande y contundente, llenándola por completo, sintiendo que la colmaba hasta la misma matriz.
Ambos jadearon y se quedaron quietos unos instantes, esperando que sus cuerpos se acoplaran. Cuando Isabelle movió levemente las caderas, invitándolo a continuar, Charles perdió todo el autocontrol que a duras penas mantenía. Comenzó una serie de movimientos lentos y profundos, vaivenes que arrancaban intensos suspiros y roncos jadeos de ambos. Se besaron hambrientos y desesperados, conectados de todas las formas posibles, miradas llenas de pasión y bocas deseosas saciarse del otro, manos anhelantes de roces y la piel ardiendo. Él se inclinó nuevamente y la alzó por completo del suelo, dejándola entera sobre su cuerpo, ciñéndose más a ella intensificó el vaivén. Isabelle enterró las uñas en los hombros de los cuales continuaba afirmada y tensó los muslos, tal cual lo hacía cuando montaba. Charles sintió que tocaba el cielo con las manos y aceleró los envites, aferrando el delgado cuerpo que sostenía con un brazo y enterrando los dedos de la otra mano en la cabellera de la joven, la besó con fervor, tratando de acallar con su boca los jadeos de ambos. Delirante de gozo, percibió como el interior de su amada lo abrazaba al tiempo que ella se estremecía y gemía sin control debido al placer. Aceleró aún más el ritmo mientras la apretaba contra su pecho, extasiado. Cuando sintió que ya no podía ser más dichoso, recurrió al último resquicio de cordura que le quedaba y se separó justo a tiempo para no derramarse en ella.
Permanecieron apoyados en unos fardos de forraje, abrazados y en silencio, jadeantes y temblorosos.
No veo la hora de, correr bajo la lluvia
No veo la hora de, pintar tu desnudez
Sentarme a leerte un verso
Que nos una, y que descubra
Otra razón para creer
-Bienvenido…- murmuró Isabelle brindándole la sonrisa más feliz del mundo y deslizándose hasta quedar de pie nuevamente, la falda de su vestido cayó sobre sus piernas y las rodillas se le doblaron en seguida. Charles la afirmó con una mano mientras con la otra se arreglaba los pantalones, tomándola en brazos, se recostó con ella sobre un montón de heno.
-Descansa… lo necesitamos- musitó el militar, acomodándola sobre su pecho para que las briznas no le lastimaran la delicada piel. Ambos se concentraron en recuperar el ritmo de la respiración y las fuerzas.
Ella asintió y cerró los ojos, refugiándose en quien la cobijaba. Después de unos minutos, comenzó a despabilarse cuando percibió suaves tirones en su vestido, abrió pesadamente los párpados. Charles estaba tratando de acomodarle el escote desgarrado. Sonrió y se apretó más a él.
-Si no te cubro, no saldremos de aquí- la besó en el cuello –Pronto será la hora de cenar y debemos cambiarnos... o Fersen me colgará del asta que hay en la cornisa más alta.
-¿Por qué no me avisaste que llegarías?- preguntó Isabelle acomodándose sobre el amplio pecho y mirándolo a los ojos. Le parecía una ilusión tenerlo al frente y estar entre sus brazos, estaba tan emocionada que sintió que los ojos se le aguaban y el corazón le temblaba de felicidad.
-Quería sorprenderte… Birgitta me ayudó- le acarició una mejilla, deslizó los dedos hasta el suave cabello –Tu peinado también se estropeó- murmuró, levantó un poco la cabeza y la besó en la punta de la nariz -A todo esto… ¿Qué pensabas hacer con la fusta?- preguntó con una sonrisa.
-Golpearte en el trasero- contestó ella riendo -Pensé que era una trampa- dijo en seguida y lo besó en los labios –Aunque pensándolo bien, sí que mereces un azote, pusiste ramitas para saber cuándo cruzaba el umbral y me diste un susto de muerte… pensé lo peor.
-Muy bien, me gusta que estés alerta… sabía que te darías cuenta, sólo te estaba probando- Charles guiñó un ojo y dejó caer la cabeza en el heno –Dios… nuestra primera vez fue en un establo- se revolvió el cabello –Perdona… debí haber sido más prudente…- la miró con las pupilas dilatadas –Pero cuando te vi, no pude pensar en nada más.
-Fue perfecto…- dijo ella en un suspiro –Mejor de lo que había imaginado jamás- se enderezó un poco –Aunque no sé cómo llegaré a mi habitación…- se sentó revisándose las medias, estaban intactas. Comenzó a estirar su vestido –Esto- apuntó su escote –Está arruinado- sonrió divertida y sosteniendo los restos de encaje que colgaban de la tela –Y mejor ni hablar de mi cabello- sacudió la cabeza, haciendo que los mechones sueltos se movieran contra sus hombros –Debo parecer una mendiga en estos momentos… aunque una muy feliz.
-Estás hermosa, más hermosa que nunca- Charles se sentó y acunó el rostro de la joven entre sus manos –Eres simplemente perfecta- la besó con fuerza –Soy un bárbaro, llevo soñando con esto durante años… y no se me ocurre nada mejor que tomarte entre caballos y rasgar tu ropa- sonrió de lado y un tanto avergonzado.
-Shhhhhh- le cubrió los labios con los dedos –Esta vez fue así… ya podremos resarcirnos en una cama y sin destrozar mis vestidos- sonrió coqueta –Te permitiré desnudarme sin prisas, te lo prometo…- no pudo seguir hablando, pues su boca fue sellada con un fiero beso, un contacto que le mordió los labios y la dejó sin aire.
-Joven Charles… el conde lo está llamando, acaba de llegar y doña Sofía ya le dijo que usted había regresado- la voz de Birgitta sonó desde la entrada del establo.
-¡Enseguida!- gritó Charles mientras Isabelle se cubría el rostro en un ridículo intento de pasar desapercibida –Espérame aquí, le pediré te traiga otro vestido - susurró poniéndose de pie. Miró en todas direcciones hasta que dio con su camisa, la levantó del suelo y la sacudió –Siempre puedo decir que me caí de un caballo- bromeó al ver la sucia prenda y besó los labios de la joven que permanecía agazapada en un rincón.
Isabelle se quitó las horquillas y comenzó a alisarse el cabello con las manos mientras esperaba, al poco rato regresó Charles con un vestido similar al que usaba en las manos.
-Me dijo que era el más parecido…- dijo a modo de justificación. La joven asintió y se puso de pie.
-Ayúdame a soltar los lazos- le dio la espalda –O rómpelos, ya da lo mismo- bromeó. Charles apretó la mandíbula y comenzó con la tarea encomendada. Cuando su vestido cayó al piso notó que el militar no se movía –¿Tuviste problemas?... ¿Por qué estás tan callado?- preguntó volteando a mirarlo.
-No usas corsé…- dijo con la voz entrecortada.
-A menos que vaya a un evento social, no, no lo uso- dijo ella vestida solo con la combinación de lino, una tela tan fina que era casi transparente.
-Dios…- Charles dejó caer el vestido nuevo al piso y se abalanzó sobre la joven. La besó mientras la apretaba contra su cuerpo. Acunó los redondos y pequeños glúteos entre sus manos y gruñó –Me vas a volver loco…
-Amor mío, basta…- susurró arrebolada –Te están esperando.
-Sí, sí…- la soltó sintiendo que el cuerpo le dolía. De inmediato recogió el vestido del suelo y se lo pasó por la cabeza –Date vuelta- comenzó a anudar los lazos –Si preguntan, estábamos dado un paseo, logré escabullirme sin que Fersen me viera…
Isabelle asintió. Apenas estuvo lista, hizo un bulto con el vestido arruinado y lo escondió en un rincón, se arregló el cabello con las manos por última vez y salió del establo enfilándose hasta el patio principal y concentrándose en respirar profundo para que su rostro no reflejara todo lo que acaba de pasar, todo lo que aún sentía. A mitad de camino, Charles se unió a ella.
Tengo tanto para darte
Un beso en libertad
Una abrazo por la noche
Un cuento que te haga soñar
Si la vida nos juntó a los dos para crecer
Amor contigo, yo quiero aprender
Por ti puedo ser
Una tarde en tu piel
Una vida en tus ojos de miel
Por ti vuelvo a ser
Amor y fe
-Espera…- lo tomó de un brazo –Hay algo que pensaba decirte apenas te viera y no quiero esperar más- volteó para quedar frente a él -Durante estos meses, he pensado mucho- Charles sonrió y ella con él -No me molestes- susurró con ternura -Déjame hablar, es importante… yo… no sólo te quiero... ya que desde que te conozco lo he hecho…- lo miró nerviosa -También me gustas... me gustas mucho... me gusta la textura de la piel que puedo mirar y tocar con libertad aun cuando todos nos ven, la piel de tus mejillas… de tus manos- suspiró mientras tocaba cada punto nombrado. Se detuvo y entrelazó sus manos a las de él -Me gusta cuando hacemos esto- movió las manos entrelazadas -Porque cuando estamos así, tengo la certeza de que no quiero estar en ningún otro lugar- levantó la vista y sonrió con timidez -Me gusta el sabor de tu boca, me gusta la suavidad y tibieza de tus labios… me gusta enredar los dedos en tu cabello, me gusta perderme en el color de tus ojos- suspiró con las mejillas encendidas -Me gusta tocar los puntos firmes de tu cuerpo mientras imagino la textura y el color de la piel en esos lugares que el sol no baña, imagino si hay lunares que no conozco o si tu piel es suave como la sueño- bajó la vista y nuevamente miró en silencio sus manos aún entrelazadas, respiró profundo y habló nuevamente. -Me gusta cuando me abrazas, porque sé que nunca me dejarás caer, me gusta cuando te acaricio y un gemido escapa de tu boca sin que puedas evitarlo, me gusta cuando siento tus dedos en mi nuca, en mi cintura o en mi espalda... me gusta cuando besas mi cuello justo atrás de mi oído y siento que si continúas podría desmayarme de gusto- sonrió al ver que los ojos azul grisáceo de Charles la miraban emocionados -Como ves, no sólo te quiero... si no que también me gustas... pero además te amo, y antes de que me preguntes como lo sé... lo sé porque además de todo lo que te describí, siento que no puedo vivir lejos de ti, siento que quiero tener tus hijos algún día, hijos que tengan tus ojos, tú valor y tu inteligencia, hijos que crezcan viendo el amor que nos tenemos...- sonrió con los ojos anegados -Siempre ansié vivir un amor como el de mis padres y contigo sé que lo tengo- su mentón tembló al ver que Charles sonreía con los ojos húmedos, soltó una de sus manos y acarició su fuerte mandíbula -Sé que me conoces, sabes de mi temperamento idealista e inconformista y también sé que en estos momentos, te estás preguntando si estoy segura de amarte en tan poco tiempo... quizás tú tenías consciencia de lo que sentías por mí desde antes, pero eso no significa que yo te quiera menos, un amor más joven no es un amor más débil, también te he amado desde hace mucho... simplemente no lo quería admitir- suspiró –Háblame por favor… he desnudado hasta mis más profundos sentires y deseos… dime si tiene alguna lógica para ti todo lo que te he dicho.
Charles aclaró su garganta antes de hablar, temió que la voz le fallara debido a la emoción que apretaba su pecho. Finalmente sacó la voz -Has descrito lo mismo que siento por ti- sonrió y sin detenerse a pensar en qué lugar estaban, se inclinó y rozó los labios de Isabelle en un suave beso.
-También me gusta como tienes mil formas diferentes de besarme- susurró Isabelle mientras sonreía -Pero más me gusta que yo no tenga vergüenza de decirte todo esto...- sonrío nuevamente -Ambos hemos querido a otras personas de distintas maneras- rozó con la punta de sus dedos los labios del hombre que estaba frente a ella -Pero nunca he querido a nadie como te quiero a ti... nos conocemos, sabemos que estamos llenos de virtudes y defectos... y que nuestros defectos son terribles- ambos rieron -Pero aun así nos amamos… y lo hacemos no porque tenemos razones para hacerlo, sino que nos amamos a pesar de que podríamos tener mil razones para no estar juntos.
-Cásate conmigo- dijo él con la voz ronca -Prometo que te haré la mujer más feliz del mundo, me esforzaré cada día por ser el hombre que mereces y te amaré cada segundo con completa devoción... aceptame y haz de mí el hombre más feliz de la tierra.
-Claro que sí- rió Isabelle mientras algunas lágrimas de felicidad escapaban de sus ojos -Me casaré contigo- el tibio viento de primavera despeinó su cabello, Charles levantó la mano y lo ordenó a un lado de su cuello mientras se inclinaba para besarla en el punto que ella había descrito, la escuchó suspirar extasiada -Te deseo tanto que siento que la sangre que corre por mis venas hierve- susurró entre suspiros mientras clavaba sus ojos en los de ella.
-Charles, Isabelle- Sofía abrió la puerta y los llamó – ¡Por Dios! ¿Cómo se les ocurre hacer eso a vista y paciencia de todos sin antes hablar con Axel?- sonrió con los ojos llenos de lágrimas de emoción –Entren antes de que alguien más los vea- hizo un gesto con la mano apurándolos.
-Tía…- comenzó a hablar Isabelle.
-No digas nada querida mía… sólo déjame ayudarte a escoger tu vestido de novia- guiñó un ojo a la desconcertada joven –Ve a arreglarte el cabello antes que tu padre te vea, está como león enjaulado esperando encontrarse con Charles, ha ansiado saludarlo desde que supo que había regresado.
Isabelle asintió, cuando estaban todos a punto de entrar, el ruido de unos furiosos cascos golpeando la gravilla los distrajo. Un solitario jinete bajó de un salto antes de que el caballo se detuviera y corrió hasta donde estaba Sofía. Presentándose como un lacayo de Fabián, entregó un mensaje con mano temblorosa e instruyó le fuera entregado de inmediato al conde Von Fersen. Charles tomó la misiva y, siguiendo el acuerdo pactado con su padre meses atrás acerca de hacerse cargo de su familia, caminó con paso rápido hasta el estudio. Luego de que ambos se fundieran en afectuoso abrazo, le entregó el mensaje recién recibido. Apenas Fersen terminó de leer, dejó caer el papel sobre el escritorio y se sentó tras la mesa mientras su hijo recogía la esquela y comenzaba a leerla.
Fabián les informaba que ese mismo día, 18 de junio de 1810, mientras pasaba revista a las tropas de la provincia de Skane, el heredero a la corona tuvo un ataque de apoplejía, cayó del caballo y se mató. Dado que el príncipe era la piedra angular sobre la cual habían depositado sus esperanzas, Adlersparre y los demás generales, su inesperada muerte tuvo el mismo efecto que se obtiene al arrojar un fósforo en una habitación llena de gas explosivo, ya estaban corriendo rumores en la corte de que el deceso había sido causado por un envenenamiento, atentado organizado por la facción gustaviana. Para descartar, o confirmar, el atentado, el cadáver había sido trasladado y en esos momentos el médico real, junto a los doctores de Lund, estaban practicando la autopsia correspondiente.
-Nos culparán…- murmuró Charles, dejó la carta sobre el escritorio y sirvió un par de copas. Le entregó una a su padre –Debemos huir, hoy mismo.
-¿Y darles la razón?- preguntó el gran mariscal con la mirada oscura –Es nuestro nombre… es tu nombre, es el nombre que llevaran tus herederos… esto ya no se trata sólo de mí - bebió el contenido de la copa –Estos rumores infundados son obra de Adlersparre, estoy seguro.
-¡¿Hasta cuándo nos va a pesar Agnetha?!- Charles golpeó la mesa furioso -¡¿Es que ni estando muerta nos va a dejar en paz?!
-Esta vez es culpa mía- Fersen se mesó los cabellos –Es el precio de tu libertad- levantó la vista y posó su mirada en los desconcertados ojos de su hijo –Adlersparre me está cobrando el importe por saber su más oscuro secreto- bufó frustrado –Firmó tu traslado de regreso cuando le sugerí hacerlo a cambio de que sus sentimientos por Agnetha quedaran entre ambos y no fueran el próximo chisme de la corte…- sonrió de lado –Hubieras visto su cara cuando mencioné a Claudio y Agripina*.
Charles dejó caer su mandíbula impresionado, después de un par de segundos, movió la cabeza tratando de encajar todas las piezas –¿Lo amenazaste con ponerlo en evidencia?
-¿Y qué más iba a hacer?- Fersen se puso de pie –¿Dejar que murieras de frío en la frontera? ¿Permitir que alejaran a mi hijo de su casa? ¿Esperar que alguien atentara en tu contra aprovechándose de que estabas lejos?- golpeó la mesa lleno de frustración –No tengo limites cuando se trata de mi familia, ustedes son lo primero.
-Dios…- Charles se dejó caer en uno de los sofás –Ese hombre es un desquiciado, no va a parar hasta destruirnos…- vio que Fersen dejaba la copa a medio beber y hacía sonar la campanilla, rápidamente el ama de llaves apareció a los segundos.
-Freja, pida que preparen mi carruaje y mi equipaje. Permaneceré en Palacio desde hoy hasta nuevo aviso- la mujer hizo una reverencia y desapareció presurosa.
-Vas a meterte en la boca del lobo- Charles se puso de pie y se plantó frente a su padre –No lo hagas.
-Debo alejar los problemas de aquí- lo tomó de los hombros y sonrió –Me alegra mucho ver que regresaste sano y salvo- lo observó con los ojos brillantes –Aunque un poco más delgado… imagino que en las barracas la comida no es muy buena y no consumiste todo lo que Sofía envió- bromeó.
-No, no era el único con hambre- contestó Charles con seriedad y agregó –No cambies de tema, voy contigo a palacio, volveré cada noche para cuidar de tía Sofía e Isabelle, pero de día estaré a tu lado.
-No es necesario…
-No te estoy preguntando- dijo con determinación y dando la media vuelta –Iré por mi uniforme.
-¿Qué le pasó a tu camisa?- preguntó Fersen al verlo de espaldas –Está llena de tierra y paja…
-Eso es algo de lo que tengo que hablarte… ya habrá tiempo- cortó la conversación y salió rumbo a su cuarto.
De esa forma, Isabelle y Sofía vieron como padre e hijo se marchaban rumbo al palacio real, no hubo cena, conversación ni menos celebración por el retorno de Charles. La mansión se sumió en un silencio sepulcral y una tensión palpable en cada integrante.
Al otro día, la hija de Oscar y André, evitando las preguntas de Sofía acerca de su relación con Charles o su futuro matrimonio, envió un mensaje a Oliver pidiéndole la acompañara al mercado para continuar con lo que estaba haciendo desde hace meses, es decir, la distribución de hierbas y su compendio de salud para mujeres. Por cierto, ella también comenzó a tomar las infusiones que tanto recomendaba mientras rogaba porque el arrebato de pasión que había tenido con su enamorado no tuviera consecuencias, pues pese a que él no había continuado hasta el final en su interior, sabía que eso no era suficiente para evitar un embarazo. Apenas bajó a desayunar, Sofía informó que Charles no regresó pero que sí había enviado un mensaje, anunciando que esa noche llegaría con Fersen a cenar aunque tuviera que arrastrarlo. Isabelle asintió y apenas probó un par de bocadillos, sentía el estómago cerrado y la garganta apretada.
Cuando Oliver pasó a recogerla, ambos se dirigieron en silencio hasta el mercadito. Isabelle se instaló en el lugar de siempre y esperó a que las mujeres que ya la conocían se acercaran con nuevas interesadas. Con paciencia les explicó el uso de las hierbas que repartía y las instó a aprender a leer, incluso ofreciéndose a darles clases de ser necesario. Así transcurrieron horas, a mediodía rechazó la invitación de su amigo a almorzar, pues la preocupación la estaba consumiendo en vida. El teniente Von Dalin se alejó durante unos minutos, en búsqueda de una empanadilla o algún refrigerio que aplacara su voraz apetito. Mientras pagaba el importe a la mujer que lo atendía, un periódico llegó a sus manos, lo leyó y dejó caer el bocadillo que recién comenzaba a saborear.
Con la mandíbula desencajada leyó la publicación de la fábula Les Renards en el Nya Posten, en ella se acusaba abiertamente a la familia Von Fersen de haber envenenado al príncipe heredero para reponer la hegemonía gustaviana. Dobló el escrito y guardándolo en su chaqueta, corrió en busca de Isabelle. Cuando la encontró, la joven mantenía en sus manos un panfleto del Club de Opinión. Notó que temblaba y sus ojos refulgían de ira.
-¡Son infamias!- gritó Isabelle al jovencito que le entregó el folleto, arrugó el papel y lo lanzó al piso –¡Todo esto es una infamia!- tomó al muchacho de las solapas de la chaqueta –¡Entrégamelos todos!- lo zamarreó –¡Los quemaré…! ¡Vergüenza debiera darte estar esparciendo calumnias!
Oliver alcanzó a reaccionar y cubrió a Isabelle con su cuerpo justo cuando una hortaliza era lanzada en su dirección. La abrazó con fuerza y comenzó a arrastrarla fuera del lugar mientras una lluvia de proyectiles caía sobre ellos.
-Vámonos- murmuró en el oído de la joven que no dejaba de patalear –Isabelle, debemos huir o nos lapidarán.
-Están difamando a un buen hombre… ¡Están difamando a mi familia!- gritó colérica.
-Lo sé… querida, lo sé- la tomó de la cintura y obligó a que montara su caballo –Pero no es el momento de rebatir, Charles me cortara la cabeza si permito que algo te ocurra- calló cuando más verduras rebotaron en su espalda.
-¡Malditos aristócratas!
-¡Fuera de aquí!
-¡Asesinos!
-¡Traidores!
Oliver montó y, tomando las riendas del caballo de Isabelle para obligarla a seguirlo, escapó a todo galope del mercado mientras la gente los comenzaba a perseguir armados de palos y piedras. Al llegar al palacete Von Fersen, Sofía los estaba esperando hecha un mar de lágrimas. Entre sollozos les comunicó que el mismo monarca había solicitado que el gran mariscal se declarara prisionero y solicitara un juicio para salvar su reputación ante una acusación tan atroz. De inmediato la joven preparó una infusión calmante para su tía mientras Oliver bebía oporto con manos temblorosas. Todo se estaba derrumbando.
Mientras tanto en el palacio real, Fersen permanecía sentado en su despacho privado, con los codos apoyados contra la superficie de su escritorio y la frente sobre sus manos entrelazadas.
-Charles, detente por favor- dijo, pues a pesar de no estar mirándolo, podía oír sus pasos caminando de un lado a otro.
-No puedes asistir al cortejo fúnebre- sentenció el aludido dejando de caminar.
-Soy el riksmarskalk, es mi deber- contestó Fersen con una escalofriante calma, la calma de un hombre cuya conciencia es pura y a quien no perturba el miedo -No puedo evitar que Adlersparre y su séquito de revolucionarios me tomen por el líder de la alta aristocracia- resopló -Creen que con mi muerte toda la clase noble desaparecerá y los seguidores de la dinastía de Gustavo IV se evaporarán. Por las tabernas de Estocolmo se reparten panfletos anónimos que me acusan de aspirar al trono. El propio rey parece satisfecho con que mi orgullo reciba una lección… ¡Una lección!- señaló ofuscado -No necesito ser demasiado brillante para darme cuenta de que la historia política de nuestra familia es la excusa perfecta para que Adlersparre siembre veneno en mi contra.
-Si no puedo hacerte cambiar de opinión, te acompañaré- masculló Charles dejándose caer en la silla frente al escritorio de su padre –Esto es una pesadilla…
-No quiero seguir hablando de lo mismo- dijo Fersen exhalando con fuerza –Hay algo más de lo que quiero conversar, esperaba que tú tocaras el tema… pero entiendo que quizás no quieres incordiarme en estos momentos- levantó la frente de donde la tenía apoyada y lo miró de frente –Ayer te vi besar a Isabelle.
Charles tragó fuerte mientras pensaba a toda velocidad como justificarse, cuando vio que los ojos de su padre no estaban furiosos, se tranquilizó un poco y enderezó la espalda. Se aclaró la garganta antes de hablar.
-Quiero que me acompañes a pedir su mano.
-Su mano… si no fueras mi hijo estaría en estos momentos saltando sobre ti, porque vi en qué condiciones estaba tu camisa... y no me vengas con alguna tonta justificación, que no hace mucho hice cosas que ni te imaginarías- lo miró serio -Pero no quiero que se casen para resarcir un desliz, Isabelle también es mi hija y quiero que sea feliz- alzó una ceja y lo observó casi sin pestañear.
-Ella es todo para mí- apoyó la espalda contra el respaldo de la silla y colocó las manos en los apoyabrazos -Ella es mi más loco e impulsivo amor y además es la mujer que me anima a ser todo lo que nunca he sido, por ella quiero ser mejor y esforzarme en hacerla feliz... y ella- sacudió la cabeza mientras sonreía de lado –También me maneja a su antojo.
Fersen asintió entendiendo lo que su hijo le decía, estaba resumiendo los sentimientos que él mismo le había contado haber sentido por dos mujeres diferentes. -¿Sabe quién eres?- preguntó -Te aconsejo no ocultarle nada, porque los Jarjayes no perdonan las mentiras ni las omisiones.
-Sí, ella sabe desde hace mucho tiempo mi real origen...
-A pesar de que me tranquiliza lo que dices, no me refiero a eso- suspiró cansado -Cuéntale todo, todo lo que has hecho antes de ella...- percibió que Charles iba a rebatir, levantó una mano y lo hizo callar -Sé por qué te lo digo, si ella coincide con alguna mujer que te conoce de forma más íntima y tú no le advertiste… tendrás problemas, serios problemas- el teniente asintió –Mis hijos casándose entre ellos- suspiró –Y yo burlándome de Claudio y Agripina…- ambos hombres rieron –Sírvenos una copa para celebrar, porque necesito alcohol para pensar en cómo abordar a André para que acepte el enlace, con esfuerzo me tolera… y ahora estaremos emparentados para siempre- se peinó el cabello con las manos –¿Isabelle te aceptó?
-Sí, recién ayer…
-Sofía estará dichosa, siempre ha soñado con organizar una boda- recibió la copa que Charles le entregaba y brindó –Estoy orgulloso de ti, uno de mis más grandes sueños es verte feliz y tranquilo, siendo un hombre de familia- el teniente asintió emocionado y se limitó a beber junto a su padre.
Al anochecer, ambos decidieron volver a casa, cenaron en familia y organizaron como actuarían al día siguiente. Como era de esperar, Fersen ya estaba al tanto de las calumnias publicadas, mas eso no lo alteró, estaba con la consciencia tranquila y confiado. Se esforzó en transmitir ese sentir a Sofía e Isabelle y, para tranquilizarlas, aceptó que ellas también lo acompañaran en el cortejo que debía presidir. Esa noche, nadie durmió. Cuando estaba a punto de amanecer, Charles se deslizó a la habitación de Isabelle y se metió entre las sábanas.
-Hola…- susurró ella abrazándolo –¿Has podido dormir?–. Él negó –Yo tampoco- se irguió un poco para mirarlo en la penumbra –Charles, tengo mucho miedo…- admitió.
-Todo saldrá bien- contestó él abrazándola con fuerza y sin querer admitir que el mismo sentimiento también lo estaba matando.
Permanecieron en silencio y aferrados uno al otro, hasta que Isabelle cayó en un profundo sueño.
-o-
Cubriéndose con una mano los ojos en un vano intento de que los cálidos y fulgurantes rayos del sol de la mañana no la despertaran, Isabelle arrugó la nariz ante la imposibilidad de continuar durmiendo, pese al refugio de sus dedos, la claridad continuaba molestándola. Se maldijo por no haber corrido las gruesas cortinas la noche anterior, de haberlo hecho podría haber disfrutado un poco más del agradable sueño matutino, ese sueño pesado, tibio y cómodo, que hace que el cuerpo realmente descanse. Mientras meditaba si levantarse de inmediato o enterrar el rostro bajo una almohada, un fugaz pensamiento llenó su mente.
-¡Maldición!- gritó sentándose de golpe en la cama y mirando alrededor, estaba en su habitación y sola, pero lo que es peor, se había quedado dormida. Se puso de pie de un salto y tiró de la cuerda que conectaba su habitación con las campanillas de la sala de sirvientes. Mientras esperaba que Birgitta apareciera, abrió el armario y sacó rápidamente un sencillo, pero elegante, vestido de seda color azul oscuro, sin duda muy apropiado para un cortejo fúnebre.
-El baño está listo milady- dijo Birgitta en cuanto abrió la puerta.
-¿Por qué nadie me despertó?- preguntó al tiempo que corría hasta el cuarto de baño –Pappa, tengo que acompañarlo, le prometí hacerlo…
-No se preocupe- Birgitta recibió el camisón y sonrió al ver como Isabelle comenzaba a tirarse agua en la cabeza de forma brusca, como si fuera un chiquillo –El conde preguntó por usted pero doña Sofía informó que aún dormía, fue su decisión que no la despertáramos.
-¿Se fue solo?- preguntó preocupada al tiempo que salía de la bañera –No puede estar solo, las cosas están complicadas…- murmuró envolviéndose en la sábana que la doncella extendía.
-El joven Charles lo acompañó- ambos salieron apenas amaneció –La condesa la espera en el comedor, dijo que iría con usted al desfile.
Isabelle asintió y salió estilando de la habitación, reparó por un instante en como el agua que escurría de su cabello mojaba la gruesa alfombra del pasillo, ignorando el desastre que estaba dejando a su paso, regresó a su alcoba y comenzó a vestirse. Desnuda y frente al espejo de su tocador, observó las rozaduras que aún enrojecían sus senos, sus mejillas se colorearon como dos tomates maduros cuando notó que Birgitta también las había notado al pasarle la combinación de suave lino sobre la cabeza.
-El escote del vestido es alto, no se notarán- murmuró la doncella con tranquilidad, como si hablara del clima.
La joven de cabello negro asintió azorada al tiempo que recordaba el momento exacto en que la incipiente barba de Charles la había irritado en esa zona tan delicada. Con la mente abotagada de los apasionados recuerdos de dos tardes atrás, se sentó en un butaca y deslizó las medias de seda por sus esbeltas piernas, encontró una marca en la cara interna de uno de sus muslos, recordó que el cinturón del militar la había rozado insistentemente en ese lugar, nerviosa levantó la vista y respiró tranquila al ver que Birgitta no le estaba prestando atención, pues las cintas del jubón la tenían bastante entretenida. Haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad, se obligó a apartar el calor que comenzaba irradiar desde el centro de sus piernas y se concentró en aguantar la respiración mientras su doncella le ajustaba el corsé. Si no se daba prisa, no llegarían a tiempo.
Sofía e Isabelle se encontraron con el centro de la ciudad convertido en un caldero en ebullición. En ese mismo momento el gobernador militar de la ciudad recibía varios informes de la policía, advirtiéndole que en Estocolmo y en las provincias adyacentes se estaban distribuyendo folletos incendiarios que incitaban a la plebe a vengarse del "traidor Von Fersen" y por lo mismo existía probabilidad de violencia en caso que el conde Von Fersen concurriera a los servicios fúnebres. Lamentablemente, el gobernador Silfersparre, era uno de los colegas del actual rey y antiguo enemigo de Fersen. Silfersparre informó tranquilamente a los responsables de la ciudad que no había peligro y les aseguró que de todas maneras el gran mariscal contaría con la protección adecuada en caso de que asistiera al funeral.
Cuando esa misma información llegó a oídos del rey, su respuesta fue simple y llana "No estaría mal que le dieran una buena lección a ese aristócrata engreído". Comentario que se regó como pólvora en la corte y que rápidamente llegó a oídos de Fabián, quien solicitó buscaran al mejor amigo de su sobrino, pues no podía dirigirse directamente al gran mariscal sin ponerse él también en peligro, ya que gracias a la supuesta animosidad que ambos hermanos mantenían, se había salvado de ser juzgado junto a Fersen. El conde Von Dalin, que también estaba en el palacio, formando parte de la comitiva de seguridad del féretro, leyó la misiva que llegó a sus manos y corrió en busca de Charles, encontrándolo justo antes de que subiera al carruaje que presidiría el cortejo.
-Deténganse- dijo con la respiración entrecortada por la carrera –Por favor, convence a tu padre de no asistir- lo tomó de los hombros.
-Lo he intentado por días- contestó Charles con el pecho apretado y la garganta seca, volteó a mirar hacia el interior del carruaje, Fersen estaba instalado en el asiento trasero, revisando sus guantes y condecoraciones. Entró a la berlina –Por favor, vamos a casa…
Fersen sonrió y palmoteó con afecto la mejilla de su primogénito –Hoy es 20 de junio- comenzó a hablar –Eras muy pequeño para recordarlo, pero hace diecinueve años conduje el carruaje que debía sacarte a ti y a tu madre desde Tullerias… En esa oportunidad no me ocurrió nada, hoy no será diferente, tolero bien las muestras de violencia- apoyando una mano en el hombro de su hijo, lo empujó suavemente fuera del carruaje –Si te tranquiliza, vigila desde fuera… eres un condecorado dragón, ve y viste con la elegancia Von Fersen a las tropas que nos escoltarán- cerró la puerta –Enorgulléceme una vez más- golpeó con un bastón el techo del carruaje para que este se pusiera en marcha y sonrió al hombre que quedó de pie sin saber cómo reaccionar.
Siendo mediodía, el dorado carruaje guiado por seis caballos blancos y los empolvados lacayos de librea roja, comenzaba a moverse. Cuando lo siguió el carro que transportaría el féretro. Charles palideció, pues el tradicional y fastuoso carruaje real había sido cambiado por un humilde y sencillo coche cubierto de polvo, tirado por ocho caballos negros. Los guardias de corps, con sus picas invertidas, rodearon el féretro mientras cuatro generales a caballo sostenían las esquinas del paño mortuorio revestido de gasa. A todas luces, ambos carruajes contrastaban de forma escandalosa, brutal. Era observar a un triunfante conquistador arrastrando tras de sí a un enemigo vencido. Palideció cuando el general Adlersparre posicionó su caballo frente a él y se llevó la mano a la cabeza mientras sonreía malignamente.
-Inclúyeme en la escuadra de escolta- pidió con un hilo de voz a Von Dalin.
Dado que Charles nunca estuvo considerado, Adolf, cedió su corcel a petición de Oliver. De esa forma logró mezclarse en la comitiva militar, en donde los más gallardos soldados de las distintas escuadras lucían sus mejores uniformes. Más adelante, en el centro de la ciudad, instaladas en el lugar en donde la comitiva llegaría, Isabelle y Sofía esperaban el arribo de Charles y Fersen.
A medida que el desfile entraba en el centro de la ciudad, la multitud empezó a hacerse más densa y a acercarse con gesto amenazante al coche del riksmarskalk.
-¡Traidor!- gritó alguien de pronto, y ese grito fue seguido de un epíteto más siniestro -¡Asesino!
El escuadrón de caballería seguía avanzando garbosamente, desentendiéndose de los tumultos que rodeaban al dorado carruaje, a pocos pasos de distancia. Charles, testigo del peligro inminente en el que se encontraba su padre, espoleó su caballo y fue en búsqueda del comandante a cargo de la escuadra. La bilis subió violentamente por su garganta cuando reconoció a quien dirigía, era el comandante Sverker, uno de sus antiguos instructores de la academia, el mismo hombre que fue destituido de su cargo gracias a las influencias de Fersen.
-Comandante- habló con todo el aplomo que pudo reunir –La seguridad de la comitiva real está en peligro.
Sverker sonrió fatuo y dirigió la mirada hacia el carruaje principal –No veo problema alguno- lo escrutó con el ceño fruncido, deteniéndose en sus galones y condecoraciones –Teniente Von Fersen- carraspeó y ordenó –Regrese a su puesto.
-Comandante…
-¡Tiene cinco segundos para cumplir mi orden o se enfrentará a la corte militar por insubordinación!- gritó colérico Sverker.
Charles entrecerró los párpados y dirigió su vista hacia adelante, estaban llegando al lugar ceremonial. Desmontó frente al descolocado militar, que vale decir no podía creer como lo desafiaba abiertamente.
–En la corte nos veremos- dijo comenzando a abrirse paso entre los militares que continuaban cabalgando de forma lenta y tranquila.
Cuando estaba internándose en el tumulto que continuaba acercándose peligrosamente al carruaje de Fersen, escuchó que los gritos de "asesino" se multiplicaban. En el momento en que presenció la primera piedra que fue arrojada contra la berlina, gritó fuera de sí mientras empujaba a todos quienes le obstaculizaban el paso.
-¡Padre! ¡Cuidado!- continuó gritando mientras era empujado en todas direcciones -¡Papá!- en ese momento sus miradas se encontraron, Fersen alcanzó a sonreír por cómo lo había llamado antes de que un proyectil rompiera el vidrio de la ventana que estaba justo a su lado.
Con ese primer proyectil cedieron todos los diques; siguió un diluvio de piedras. Cuando el cortejo llegó a la plaza del Mercado de Granos, la plebe exasperada comenzó a arrancar trozos de pavimento para arrojarlos. En ese lugar estaba estacionado un batallón de la guardia real, hasta donde llegó Charles corriendo. Desesperado al ver que nadie movía un dedo para detener el ataque que tenía lugar a escasos metros de ellos, se encontró de frente nuevamente con Adlersparre y su socarrona sonrisa. Sin perder tiempo corrió de regreso hacia el carruaje mientras se abría paso con su espada enfundada.
-¡Padre!- gritó con la garganta desgarrada -¡Déjenlo en paz! ¡Es inocente!
Como si nada sucediera, la procesión siguió avanzando por el trayecto fijado hasta llegar a una calle, Stora Nygatann, donde pareció que la furia de las turbas había llegado a la excitación máxima. Tan atestada estaba la calle, que el carruaje no pudo seguir avanzando. Para ese entonces, Fersen sangraba profusamente debido a una herida en la cabeza y su cochero estaba inconsciente debido a los golpes. Mientras Charles luchaba para llegar junto a su padre, apareció el general Ulfsparre acompañado de seis guardias. Abriendo la puerta del carruaje sitiado, el oficial instó al riksmarskalk a descender y refugiarse en una casa que estaba exactamente frente a donde se había detenido el vehículo. Charles llegó hasta ese lugar, presentándose ante los oficiales logró entrar al edificio. Mientras trataba de contener la hemorragia de Fersen con uno de sus pañuelos, el general Ulfsparre ordenó a sus hombres proteger la entrada mientras él iba por refuerzos.
Padre e hijo buscaron refugio en lo que al parecer era un pequeño restaurante, ingresando a una habitación del segundo piso, donde recibieron ayuda de la gente que se había reunido en ese lugar para ver el cortejo. A las manos de Charles llegaron toallas y agua limpia. Comenzó a limpiar las heridas con gestos temblorosos.
-Padre…- murmuró con los ojos llenos de lágrimas –Eres un soberbio, un inconsciente- lo ayudó a ponerse de pie.
-Tranquilo, saldremos de esta… siempre lo hago- Fersen intentó bromear mientras buscaba una salida afirmado del brazo con el que Charles lo sostenía.
De pronto la habitación fue asaltada por una muchedumbre que crecía a segundos, pues había llegado a oídos de los presentes que el conde Von Fersen era el herido que habían refugiado. El traidor a la corona. Las imputaciones volvieron a retumbar, incluso se le acusó de "haber ocasionado la revolución francesa y ahora querer hacer lo mismo en Suecia". Incluso le ordenaron quitarse la cinta de la Orden del Serafín que llevaba colgada a su cuello.
-Esta cinta la colocó el rey, solo él puede quitármela- contestó Fersen cansado de ser acusado y vapuleado sin razón.
Antes de que Charles pudiera hacer algo, fue tomado de la chaqueta y arrastrado lejos de su padre. Consternado vio como le quitaban la cinta a Fersen del cuello para lanzarla a la calle.
-¡Tírenlo a él también!- gritó una añosa mujer desde la puerta de la habitación.
-¡No!- gritó cuando vio que el conde era levantado en andas hasta ser sacado del lugar. Golpeó a quienes lo retenían y siguió a la muchedumbre. Agarró una silla y golpeó con ella a quien se le cruzaba por delante. Nada le importaba más que llegar a donde Fersen era trasladado. En plena calle, un batallón continuaba observando todo.
-¡Desenfunden!- gritó a sus camaradas -¡Maldición! ¡Lo van a asesinar!
Sverker notó que a su espalda Oliver levantaba su rifle. –¡Ni se te ocurra Von Dalin o lo acompañarás cuando sea fusilado! ¡No ocasionaremos daño a gente inocente!- sonrió -¡Éstas buenas personas se dispersarán de inmediato y dejarán al gran mariscal a salvo!- gritó.
Esas palabras, lejos de apaciguar los ánimos, los avivaron.
-Conde Von Fersen, creo que lo más prudente es dejarse arrestar y responder por sus crímenes ante el tribunal. En la prisión del ayuntamiento estará a salvo- sugirió Sverker.
Fersen asintió. Mientras era bajado por la turba que continuaba teniéndolo en andas, buscó con la mirada a Charles, lo vio golpeado igual que él –Tranquilo, hijo… todo estará bien- susurró. Por fin de pie, no alcanzó a dar un paso cuando alguien le dio un tirón, cayó al suelo. Un grupo de hombres lo arrastró por las piernas mientras la turba se lanzaba sobre él.
-¡Deténganse! ¡Déjenlo! ¡Por favor déjenlo!- suplicó Charles -¡Es inocente! ¡Padre!- sus gritos fueron aplacados por los vítores de quienes se abalanzaron sobre el riksmarskalk. Empujó con todas sus fuerzas a quienes lo separaban de Fersen, luchó con garras y dientes, cayó al piso cuando un empujón lo desestabilizó. Consternado vio que los adoquines estaban teñidos de sangre. Se arrastró entre los pies de quienes lo rodeaban, estirando un brazo tomó la mano de Fersen y se aferró a ella. Cogiendo impulso se acercó un poco más, justo en el momento en que un enorme hombre saltó sobre el pecho de su padre. -¡No!- gritó en medio de un sollozo -Papá…- en ese instante percibió que Fersen levanta la vista y la dirigía a alguien que estaba a sus espaldas.
-Sálvalo...- murmuró el conde entre la sangre que brotaba de su boca –Sácalo de aquí- dirigió la vista una vez más a su hijo y sonrió mientras trataba de grabar en su mente los rasgos del joven que insistía en permanecer a su lado, aguantando golpes y escupitajos con tal de no abandonarlo –Te pareces tanto a ella…- murmuró antes de que su pecho fuera nuevamente aplastado por el hombre que una vez más saltó sobre él. En esos momentos su mirada volvió a Oliver, sonrió al ver como el rubio militar que ayudaba a su hijo se transformaba en Oscar, vestida con su guerrera roja y su fiera pero bondadosa mirada posándose sobre él, un poco más atrás, María Antonieta le sonrió con dulzura y extendió una mano, esperándolo. Exhaló por última vez al tiempo que su mirada se apagaba para siempre.
Charles quiso gritar, mas nada salió de su garganta. Oliver, recurriendo a todas sus fuerzas y haciendo acopio de toda la valentía necesaria, tironeó de su amigo, arrastrándolo en un intento de alejarlo de la muchedumbre que ahora centraba su atención en él -Seremos los siguientes- murmuró aguantando con estoicismo los golpes que también comenzó a recibir.
-¡Muerte a todos los Von Fersen!
En ese momento Charles reaccionó, levantándose del piso y haciendo a un lado el dolor que apenas lo dejaba moverse, soportó empujones y buscó con la mirada el lugar en el que los nobles esperarían el cortejo fúnebre, dándose cuenta de que prácticamente estaban frente a ellos. Vio a una multitud lanzándose contra un costado, de inmediato identificó a Sofía abrazada de Isabelle en el centro del tumulto. Corrió en esa dirección.
Continuará…
Ainsssss…. ToT… Si sé! Créanme que también fue muy difícil para mí llegar a esta parte de la historia. Leí muchos libros y traté de documentarme de la mejor forma posible, debía hacerse con respeto y altura de miras. Independiente de la parte correspondiente a la ficción, les comento que todo lo relativo a maniobras políticas e historia es totalmente veraz. Por eso no entiendo muy bien por qué en el animé simplificaron la muerte de uno de los supuestos protagonistas a niveles casi absurdos… pero, en fin, ya fue y no hay nada que hacer. No espero les haya gustado (Aunque seguramente a más de alguna si le gustó que Fersen muriera XD, y eso también está bien) pero sí espero haber cumplido con las expectativas.
Ahora lo de siempre…
(*) la referencia al Palais-Royal que hace Alain cuando relata la historia que él conoce de Claudette, es un pequeño guiño-CrossOver al fic Giros del Destino y a la mención que EmilSinlcair77 hizo de Claudette, ya saben, para más información, vayan a ese fic ;). Lo de Claudio y Agripina también me lo comentó Emil en un review… imposible desperdiciar eso, al final les dejo una breve reseña de a qué se refiere.
La música… a ver quiénes adivinaron la primera canción? Es una de mis favoritas! Cuéntenme si dan con ella. La segunda, es una que Zulma o Jaze me recomendó hace meses y que pertenece a Noel Schajris, ves que no me olvidé? Jejejejejejee.
Como siempre mis queridas lectoras, gracias por leer y por dejarme comentarios. Me encanta saber lo que piensan y que les provoca lo que escribo. Mil gracias a Eödriel por su "oreja" y a mi súper beta Krimhild! Son tremendas chicas!
A la amiga que quiere compartirme un dibujo, por favor hazlo! En los reviews te dejé mi dirección de email (o puedes enviármelo por MP a la casilla de la página de fcbck Only D).
Para esta historia hay un muy lindo fanart de Fersen hecho por EmilSinlcair77 (Así la encuentran en pinterest), si gustan verlo, es la imagen que promociona este capítulo.
Espero que el domingo todas las que son madres lo pasen muy bien y también puedan celebrar a sus mamitas. Además… recemos porque la celebración no se empañe con el 5to capítulo de GOT… Se nos acerca el final! Qué haremos?!... Gordo Martin insensible que mata a los personajes sin tener consideración con los seguidores…. XD! (Cualquier semejanza con lo aquí acontecido es mera coincidencia _)
Un enorme abrazo a cada una, nos estamos leyendo.
Julia Agripina (más conocida como Agripina la Menor, para distinguirla de su madre o Agripina), fue la hija mayor de Germánico y Agripina la Mayor, bisnieta por tanto de Marco Antonio y Octavia la Menor. Fue además hermana de Calígula, esposa y sobrina de Claudio y madre de Nerón.
Primer matrimonio y nacimiento de su hijo: En el año 28, con tan solo 13 años, se casó por primera vez con el cónsul romano Cneo Domicio Enobarbo, quien afirmó de su futuro hijo: «De la unión de Agripina y yo sólo puede salir un monstruo.» De esta unión nació nueve años más tarde Lucio Domicio Enobarbo, conocido como Nerón. En enero del año 40, con 25 años de edad y 12 de matrimonio, Agripina enviudó por primera vez.
En la corte de Calígula: Cuando su hermano Calígula se convirtió en emperador, ella y sus dos hermanas empezaron a gozar de ciertos privilegios que tan solo podía tener la familia imperial. Aún estando casada con Enobarbo, Agripina mantuvo relaciones sexuales con su hermano, al igual que hacían sus hermanas, y se prostituyó con miembros de la corte, como sus hermanas Julia Drusila y Julia Livila, que también estaban casadas. Los privilegios de los que disfrutaba Agripina empezaron a desaparecer tras la muerte de la hermana preferida de Calígula, Drusila. Tras este acontecimiento, el emperador empezó a sufrir una enfermedad mental que provocó que Agripina perdiera el favor de su hermano.
Conspiración y exilio: Ambiciosa como su madre, Agripina quería continuar con esos privilegios que ahora su hermano no le ofrecía. Por ello junto a su amante Tigelino, Léntulo Getúlico, su hermana pequeña Livila y el amante de ambas y cuñado viudo Marco Emilio Lépido planearon derrocar a Calígula. Al descubrir el complot, el emperador ordenó la muerte de Lépido y Getúlico, y el exilio, previo juicio, de sus dos hermanas y Tigelino. Separada de su hijo, el cual se quedó en Roma al cuidado de su tía paterna, Agripina inició su exilio con la humillación pública de transportar las cenizas de uno de sus amantes. Fue así como puso rumbo a la isla de Pandataria.
Retorno a Roma: El asesinato de Calígula y el nombramiento como emperador de su tío Claudio, comportó la vuelta a Roma de Agripina y su hermana. Tras reencontrarse con su hijo, Agripina se casó con Cayo Salustio Pasieno Crispo, su antiguo cuñado y cónsul entre 27 y 44. Cuando este murió, antes de 47, se rumoreó que había sido envenenado. Una vez más, Agripina consiguió tener, poco a poco, una relación cada vez más íntima con su tío, el emperador. Claudio, tras descubrir que su esposa Mesalina, madre de sus hijos Británico y Octavia, le era infiel, decidió ejecutarla y casarse con su sobrina, a pesar de que el matrimonio de tíos y sobrinas era ilegal e incestuoso según la ley romana, problema resuelto mediante un acuerdo especial del Senado.
En la corte de Claudio: Con 34 años, en 49, contrajo matrimonio por tercera y última vez con su tío, el emperador Claudio. Además, aconsejó a su hijo que se casara con su nueva hermanastra, Octavia. Una vez obtenido el título de emperatriz y Augusta, la primera después de Livia, y de haber obtenido honores y privilegios extraordinarios, Agripina convenció a su marido para que adoptara como heredero a Nerón, hijo de ella, dándole prioridad sobre Británico el hijo biológico de él. Una vez conseguido su propósito, se dijo que había ordenado que envenenaran a su marido con un plato de setas donde mezclaron comestibles con venenosas, aunque no hay prueba histórica de ello.
En la corte de su hijo Nerón: Cuando a los 16 años Nerón fue nombrado emperador, Agripina utilizó a su hijo, con el que se dice que mantenía relaciones sexuales, para gobernar Roma. Suetonio explica que Nerón soportaba cada vez menos a su madre, amenazándola con abdicar y exiliarse a Rodas. Ella le dio motivos, aproximándose a su hijastro Británico. Tras el asesinato de éste durante un banquete, su influencia disminuyó notablemente y fue invitada a abandonar el palacio imperial. También cuenta Suetonio, en Vidas de los doce césares, que Nerón asesinó al supuesto amante de su madre, Aulo Plaucio, pues sospechaba que Agripina pensaba sustituirle como emperador con aquel joven. Cuentan que antes de que acabara con su vida, Nerón obligó al supuesto amante a hacerle una felación y que, seguidamente a esto, dijo: "Que venga ahora mi madre y bese a mi sucesor".
La llegada de Popea Sabina a la corte imperial como pareja de su hijo fue el final de Agripina. Popea no tardó en darse cuenta de que su futura suegra influía sobre su hijo para satisfacer sus necesidades. Sabiendo que no era bien recibida por ella, Popea convenció a Nerón para que matara a su madre. En primer lugar intentó envenenarla varias veces. Después ideó derribar su habitación mientras ella estuviera durmiendo dentro, pero descubrió el plan y se enfureció con su hijo. Aprovechando la mala relación existente entre él y su madre, Nerón la invitó a un barco para reconciliarse. Ella, que aceptó, no imaginaba que la intención de su hijo era hundirlo con ella dentro. De nuevo, Agripina descubrió los planes y huyó a nado. Desesperado, el emperador acusó a su madre de ser miembro de una conjuración ficticia y fue ejecutada, aunque los detalles de este crimen tan meditado no están claros. Su muerte cumplió una profecía de unos astrólogos caldeos que, cuando Agripina les preguntó si su hijo sería rey, le dijeron: «Será rey, pero matará a su madre». Después de escuchar estas palabras, ella contestó: «Occidat, dum imperet!» («¡Que me mate con tal de que reine!»). El asesinato de Agripina estuvo siempre presente en la mente de su hijo, quien dijo ver su espíritu y también a las furias agitando látigos vengadores y antorchas encendidas.
