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Sherlock Holmes:

Sinfonía

XXXVII

Escoria


Opening: Gypsy de Lady Gaga


Dedicado con mucho cariño a Marpesa Fane-Li y Saya de la Rosa,

que siempre me inspiran a seguir escribiendo…


I

De modo que el profesor James Moriarty sigue vivo.

Se mueve en las zonas bajas —de una forma literal—, aun insistiendo en armar un plan que destroce al mundo; más concretamente a Sherlock Holmes.

Pero de eso bien hubiera podido encargarse Balthazar Leprince-Ringuet. Ése hombre era todo un maniaco, pensó Moriarty. Ni si quiera tiene sentido de la planeación; se lanza a la batalla sin considerar todas sus variables.

Y sin embargo había sido meticuloso. Su búsqueda por John Watson lo había llevado a hacer un plan que le había llevado toda la vida, persiguiéndolo, cazándolo. Hasta que el doctor se fue a la guerra y entonces Balthazar vio desmoronarse todo. "¿Y si John Watson no regresaba?", había sido su principal temor; e incluso le había quitado el sueño en más de una ocasión.

Pero el doctor sobrevivió.

Se escapó de las garras de la muerte, esa criatura formidable e invencible le perdonó la vida al doctor y le permitió regresar a Londres.

Pobre Balthy.

Pobre.

Pobre, pobre Balthy, había pensado Moriarty cuando se enteró de que John Watson había encontrado un lugar para vivir al lado de Sherlock Holmes. Eso le llevaría a Balthazar un poco más de tiempo. Siguió a ambos a cuantos casos le fue posible; planeó otros, la mayoría de ellos pequeños casos que Holmes dejó inconclusos, o a los que no les dio la menos importancia.

Si hubiera sabido que Balthazar lo estaba probando.

"Destrozar al doctor", había sido la frase principal de Balthazar; eso dijo cuando acudió a James para pedir asesoramiento, para pedirle que le recomendara un par de secuaces, fieles, fuertes, incansables y dispuestos a morir.

"Llévate diez", había dicho James. "Llévate a Moran".

—No, él es completamente tuyo —respondió Balthazar, y se dio la vuelta.

—Oh, Balthazar —exclamó James, y el otro detuvo su andar.

—¿Sí? —preguntó, mirándolo por encima del hombro.

—¿Por qué alguien como tú necesita mi ayuda?

Y Balthazar sonrió.

—Ese detective anda detrás de ti.

—Lo sé.

—Mi doctor se va a casar y por fin lo abandonó.

—¿Y?

—Me gustaría que te deshicieras del detective.

James sonrió.

—Lo respeto demasiado como para matarlo de forma descuidada.

—Tu respeto por él podría ser tu perdición.

—Lo sé. Pero no importa.

—Dime, James, ¿acaso sientes por él lo que yo por el doctor?

James sonrió. La carcajada inicial produjo un eco casi interminable en el cuarto oscuro, la oficina de Moriarty en la Universidad de Cambridge.

Era poco más de media noche

—¿Una obsesión tonta?

—Eso.

—No, por supuesto que no. Mientras no se meta conmigo no tengo por qué cazarlo.

—Bueno, cuando venga por ti, deshazte de él.

—Tendré que ir sobre el doctor también, y lo sabes.

Esa amenaza hizo reaccionar a Balthazar. Se dio media vuelta para ver de frente a James, y lo miró con indiferencia.

—Lo lamentarás si lo haces.

—¿Es una amenaza? —preguntó James, burlón.

—Por supuesto.


II

"Estoy en la cima del mundo", pensó Balthazar. Y luego lo dijo en voz alta.

—Es lo que todos los malos piensan antes de ser derrocados —respondió Gebrard.

Estaban en la terraza.

—¿En dónde está? —preguntó entonces Gebrard.

—¿Cuál?

—"Quién"

—Oh. En el sótano. A veces grita.

—¿Por qué?

—Me grita a mí que el doctor nunca será mío y entonces él habrá ganado.

—Ah. Ju, ju, ju —la risita de Gebrard era demasiado tétrica—. ¿Qué le prometiste? ¿Qué es lo que va a ganar?

— Su libertad, claro.

—¿Liberarás a James Moriarty de tus calabozos?

Balthazar dio un golpecito a su hermano.

—Por supuesto que no —rio—. Tú lo harás. —Y luego extravió su mirada hacia las lejanas colinas que el sol ya comenzaba a iluminar—… si ese detectivucho me gana.

Gebrard miró a su hermano con rudeza.

—¿Qué planes tienes para él?

—Convencerlo de que si se queda conmigo una noche no volaré una calle entera.

—Ah. ¿Y no la volarás?

—Ja, ya me conoces. Baker Street arderá en el momento en el que Sherlock Holmes salga hacia Estados Unidos.

Y Baker Street ardió la tarde en que Sherlock se fue.

—Eres un lunático hermanito.

—Gen de familia, ¿no?


III

¿A quién le importa la oscuridad?, se dijo John Watson. ¿A quién le importa volver a la realidad cuando está tan enferma?

Recordó a Susa la Vieja Susa porque Gebrard lo arrastró, tal como ella lo había hecho cuando lo mordieron las cabezas pardas, y lo sacó del muelle.

—Sherlock —dijo John con dificultad. Estaba recobrando la conciencia.

—Allá —dijo Gebrard, y señaló hacia donde estaba el muelle y el almacén. Todo ardía y pronto comenzó a desmoronarse y a caer en pedazos al océano. Pronto no quedó nada.

Y John lloró, porque sabía que el detective no tenía oportunidad de salvarse: estaba demasiado herido como para nadar, esquivar las vigas, levantarlas, soportar la respiración y quitar lo que fuera que se atravesara a su paso.

Y Gebrard sonrió.

—No llore, usted es demasiado hermoso para eso —dijo, y se colocó en cuclillas al lado de John—. Además fue una broma, su detective está por allá —dijo, y John siguió la dirección de su dedo apresuradamente.

A unos metros de distancia, recostado en una zona seca, estaba Sherlock.

Y de no ser por la sangre seca que tenía por todo el cuerpo, casi se veía como si durmiera apaciblemente.

Y John volvió a llorar.

—¡Pero mírese, doctor! —exclamó Gebrard—, ¿qué fue lo que le hizo mi hermano? Está casi desnudo.

Se quitó la gabardina y se la puso a John.

—Comienza a hacer frío, será mejor que se abrigue. Además, pienso que debe guardar lo que le reste de virginidad para la promesa que me hizo, ¿recuerda? Que la siguiente persona a la que más lo amara.

Y sin saber por qué John respondió.

—Lo hice —dijo.

—¡Oh! —exclamó de pronto Gebrard, y abrió mucho los ojos, como alguien entusiasmado por saber los detalles. Entonces acercó un poco el rostro al de John—. ¿Y qué tal fue? —preguntó sonriendo.

—¿Qué?

—El beso, ¿cómo fue? ¿Qué tal lo tomó el señor Holmes?

—¿Por qué…?

—¿Por qué pienso que se lo dio a Holmes? —Y Gebrard hizo un gesto como de "Bah", agitando la palma de la mano—. No sea tonto, doctor. Todo mundo sabe lo que ustedes sienten el uno por el otro. Al parecer sólo ustedes se debaten en una serie de estupideces que no los dejan estar juntos. ¡Matrimonio! Por todos los santos. ¿En qué momento pensaría que eso fue buena idea?

John abrió mucho los ojos; estaban vidriosos. No recordaba los motivos que lo llevaron a casarse. Amaba a Mary, o eso creía. Quizás se empeñó demasiado, quizás se encaprichó con la única intención de sentirse más hombre.

—Lo lamento.

—No se disculpe.

John no sabía por qué se había disculpado. Y entonces recordó a Mary siendo golpeada.

—¿Mi esposa?

—La señora Watson no merecía seguir sufriendo, doctor.

—Lo sé.

Esta vez John sintió un dolor más grande; uno que no le permitió derramar ni una sola lágrima.

—La dejé caer al agua. No tenía caso. Yo sólo le puedo ayudar con su detective, y usted y la señora Irene apenas y podrán caminar hasta la ciudad más cercana.

—Gracias. —Y de nuevo se le ocurrió una pregunta—. ¿Por qué…?

—¿Por qué lo estoy ayudando? —Una vez más, Gebrard se había anticipado.

John asintió para confirmarle que esa era la pregunta que quería hacer.

—No esté tan seguro de que lo que hago es ayudarlo, quizás estoy buscando algún beneficio personal.

Y dicho eso John se puso lentamente de pie. Irene estaba atrás también de pie, lista para caminar.

—¿Todo bien? —preguntó ella.

John no supo si eso era una broma.

—¿Y tú?

Señaló la pierna de ella.

—Duele un poco pero no hay bala. La vendé, espero que baste.

John observó la presión en el vendaje.

—Bastará.

—Qué bien.


IV

Helaba.

Los recuerdos asaltaron a Holmes como sueños. La nieve caía lentamente, apenas mecida por el viento; las nubes bogaban tan lentamente que uno podía tomarse el tiempo de observarlas al entrar a comer y volver a encontrarlas sin haber cambiado su forma al salir.

Sherlock Holmes caminaba solo. Abrigado con sólo una gabardina de color oscura y una bufanda de franjas rojas. Se acomodaba el sombrero con mucha frecuencia, ya que los copos de nieve detenían su caer sobre él, y Holmes necesitaba quitarle el exceso.

Había salido de Baker Street tan solo media hora antes.

—¿Adónde va? —preguntó la señora Hudson, con su natural tono disgustado.

—Por ahí, Nani, ¿qué ocurre?

—Debo admitir que me alegra que por fin salga… —la mujer parecía realmente contenta—. Dígame, ¿se trata de algún "misterio"?

Puso especial énfasis en la última palabra.

Sherlock la miró meditabundo, preguntándose por qué tenía tanto interés la mujer en que volviera a resolver crímenes.

Aquello había sido un mes antes.

—Nada de eso, Nani, no tengo interés en resolver ningún caso.

—¡Oh, por el amor de Dios! Londres lo necesita. Ya deje de lamentar la ausencia del doctor Watson. Si en verdad lo quiere de vuelta, ¿por qué no lo visita? ¿Por qué no le pide volver a las andadas en casos nuevos?

La mujer era terca pero tenía buenas intenciones.

—Después de todo este tiempo no tiene caso que le dé la respuesta de siempre; al parecer no la toma en cuenta.

Y dicho eso abrió la puerta y salió a la calle.

La respuesta que había dado siempre era "porque yo estoy muerto para él."

—¡Se engaña, ¿sabe?! Él está consciente de que usted está vivo —respondió la señora Hudson, gritando desde las escaleras en la puerta de principal. Sherlock se detuvo—. Sólo tiene que decirle que usted lo necesita y entonces él lo acompañará a resolver casos.

Sherlock levantó una mano para despedirse.

—Él eligió a su mujer; que se quede con ella.

—No puede odiarlo por casarse.

—Sí, sí puedo.

—No debería.

—Quizás lamento que haya buscado la felicidad en otro lado.

—Lo que él quiere es una familia.

Y ante esas palabras Sherlock no pudo sino darse la vuelta.

—Yo era su familia —le gritó a la señora Hudson—. Y a él no le importó. Y él era toda la familia que yo tengo y que necesito, pero tampoco le importó. ¿Por qué no podía ser feliz aquí? ¿Qué me faltó? ¿Qué le hice para alejarlo?

La señora Hudson lo miró, primero sorprendida y después con seriedad.

—Se suicidó, eso hizo.

Sherlock gruñó.

—Eso lo hice después de que decidiera irse.

—Pero él lo visitaba; él volvería. Y ahora, cuando los periódicos hablaron de su regreso, usted no fue a verlo. Él debe estar resentido porque no lo buscó, porque lo dejó así, como si nada.

—Necesitaba cortar contacto con él. Es lo que él quería, ¿no?

—¡Por supuesto que no, señor Holmes! —Y después hizo un ademán como para contenerse a hablar más, pero no lo logró:— Usted era quien necesitaba cortar el contacto.

»¿Tan doloroso era verlo feliz?

Sherlock arrugó la cara.

—Sí, lo era.

—¿Y por qué no lo dijo?

—¿Con qué objeto? Yo sólo soy el hombre que resuelve crímenes, no creo lazos, nadie se interesa emocionalmente en mí…

—Sabe que no es cierto. Usted es importante para el doctor Watson.

—¡Al parecer no tanto! ¡No soy tan importante como Mary Mors… Watson! ¡Mary Watson!

—No hable de esa forma de la señora. Si la odia hágalo en secre…

—¡Y cómo puedo odiar a la persona que hace feliz a John! —Sherlock se dio media vuelta—. No podría. Jamás podría hacerlo —dijo, en un tono más suave.

»A mí nadie me necesita.

Entonces escuchó los pasos; calculó su velocidad, calculó la reacción, la nieve crujiendo bajo los pies de la señora Hudson, y supo lo que vendría, pero no hizo nada para detenerlo. Volteó y en ese momento la señora Hudson le plantó una cachetada en la cara.

—¡¿Cómo se atreve a decir eso?! ¡Londres lo necesita!

Sherlock la miró, confundido.

Bajó el rostro.

—Entiendo su dolor, señor, pero tiene que entender que no puede andar por ahí como si todo se hubiera acabado.

—Lo sé.

—Entonces.

—Déjeme hacerlo a mi modo. Por favor. Si soy tan útil. Si de verdad sirvo para algo, déjeme tomarme mi tiempo para salir de esto.

Los gestos de la señora Hudson se ablandaron.

—Váyase —dijo—, adonde quiera que fuera a ir.

Y Sherlock lo hizo.

Así que ahora caminaba por una de las calles más largas de Londres. Estaba oscura y solitaria. Y sólo muy rara vez encontraba a alguien más.

Lo que la señora Hudson no sabía, y por supuesto nadie más, era que Sherlock salía a caminar para resolver crímenes; los más difíciles que encontraba en el periódico, los que sabía que ellos no serían capaces de resolver.

Por supuesto que aquella era su mayor distracción en cuanto a olvidarse de John.

A veces, en una persecución o al hacer un plan, volteaba hacia el lado para buscar a John y pedirle que hiciera algo. Pero el doctor no estaba.


V

Cuando despertó lo primero que sintió fue que alguien vendaba su pierna.

Sólo tenía la ropa interior puesta, estaba en un cuarto pequeño y apenas iluminado, y John se encargaba de eso.

—¿Siempre te has visto tan terrible? —le preguntó a modo de broma a John.

Éste sonrió, y después se abalanzó sobre Sherlock y le dio un abrazo.

—Espinas, ganchos, sables, balas, estacas, golpes… Dios santo, y aun así todos se niegan a que me retire —exclamó Sherlock. También abrazó a John—. Lamento no haber sido de mayor ayuda.

—No, yo lamento haber dudado de ti.

—No es tu culpa. Es mía.

—No, claro que no.

—Sí. Perdón por todo el daño que te causé.

—¿Daño? ¡Sherlock, tú me ayudaste! Tú me salvaste.

Sherlock sonrió.

—No, Johnny, tú me salvaste.

El doctor lo tomó por la cara y miró fijamente a los ojos de su amigo.

—Un empate, ¿de acuerdo?

Sherlock suspiró.

—De acuerdo —dijo.

Entonces John, aún sosteniendolo por el rostro, acercó sus labios a los de Sherlock, y se besaron. El detective había visto venir eso. No había hecho nada para impedirlo. Lo notó en la mirada de su amigo, en la forma en la que lo tocó, en la manera en que lo miró a los ojos. Y no hizo nada. Disfrutó de los húmedos labios de John, de su bigote, que le causó un ligero cosquilleó. Y devolvió el beso, apasionadamente, y necesitó decirle a John lo que sentía.

Entonces apartó la cara de John.

—No —dijo Sherlock.

John lo miró sumamente confundido.

—¿Por qué? ¿Qué pasa?

Y Sherlock apretó el puño. No sabía cómo decirlo. No podía besarlo. No después de no haber podido ayudar a Mary, no después de que John lo escogiera por sobre ella, ni después de haber asesinado a Susa.

Se sentía tan repugnante. Como una persona vil, que no valía.

Sherlock Holmes se sentía como la peor escoria del planeta.


Ending: Touch de Daft Punk


Hola.

Aquí les traigo el siguiente capítulo.

Que no es el final.

El final será el siguiente.

Espero que les guste.

¡Saludos a todos!