Una vez en la celda, Yukiko manda a los animales a que avisen al doctor Kokoro, tal y como le indicó el médico que, por favor, hiciese cuando Souta volviese a la celda especial. Mientras tanto, el pelirrojo no abre la boca. Se sienta en medio de la sala, con los ojos cerrados o mirando al suelo o al techo, pensativo. No está muy seguro sobre cómo decirle algo así a la morena, quien tampoco sabe muy bien a qué clase de explicación se puede estar enfrentando.

El moreno de los ojos verdes no tarda en llegar, tan aprisa como ha logrado. Cuando las miradas de todos se cruzan, el portador de la bata blanca no se puede ver más incómodo.

—Ya estás aquí, Souta….

—Sí. Aunque lo que a mí me preocupa realmente, más que el haber acabado allí, es el porqué acabé allí.

—¿Tiene algo que ver con Kazami, verdad? ¿Qué es, Souta? ¿Qué pasó en su celda, qué te hizo?—interroga, con expresión de enfado.

—…¿De verdad quieres saberlo? No sé cómo te puede sentar…

—Pero ¿Qué dices? ¡Claro que quiero saberlo!

Por su mirada, el doctor Kokoro intuye perfectamente que no se trata de un asunto nimio, sino de algo importante y grave, bastante grave al parecer. Duda que el motivo de sus nervios y su actitud encolerizada hacia el repostero hayan sido fruto de algún ataque físico o similar. Ha sido algo psíquico. Psíquicamente dañino.

—Si solo tuviese esa estúpida carta…

—¿Carta? ¿Qué carta? Hm… Pero ahora que hablas de cartas… Yo sí que tengo algo que decir sobre una carta, Souta.

—¿De una carta? Dudo que nos refiramos a la misma… ...Espera un momento, ¿Una carta? ...Si has podido leerla, tiene que estar escrita en braille… Hey, no estarás hablando de...—deduce Souta, pensativo.

—Esa misma. La carta del señor Houinbou.—declara, seria.—Me la encontré cuando estaba haciendo tu cama.

—...Si me vas a decir por qué no te la dejé leer tan pronto como supe de su existencia, deberías saber que fue el propio señor Houinbou el que no quiso que la leyeras prematuramente, para que no te afectase después de una operación tan delicada, sabes.

—No… No, pues claro que no es eso… Con lo considerado que fue, no podría enfadarme por eso. Es solo que… Me ha hecho pensar en el asunto. En que nunca he sabido quién quiso mi muerte, y todo eso. Iba a pensar a ver si recordaba algo basándome en la descripción que dio el señor Houinbou, pero luego pasó lo que pasó y no pude…

—El maestro Houinbou nos dijo que era un hombre, de entre 45 y 50, si no recuerdo mal. Pero también dijo que lo más probable es que no os conociéseis mucho, así que el que le recuerdes es improbable. Y que dio el nombre del padre de Manosuke.

—¿Q…? ¿Qué? ¿El nombre de quién?—se sorprende la morena, tapándose la boca.

El doctor Kokoro, entonces, se da cuenta de que no hablaron del asunto con Yukiko,y la ponen al día sobre Paul Holic, alias Isaku Hyoudou, sobre el asunto de Jade Erz y su amiga Manya Sladkiy. Ni siquiera el médico, que buscó la información, está al tanto de lo que de verdad esconde todo ese tema. —Esos nombres… Son las diseñadoras de las que nos habló la señorita guardia. Qué coincidencia, ¿No?

—No lo creo. Como el señor Houinbou dijo una vez, "Rara ocasión hay que creer en las coincidencias."—asegura Souta, con la faz sombría.

—¿A qué te refieres, Souta?

El pelirrojo no contesta, porque está pensando en cómo exponer el tema de todo lo que sabe al respecto, en una situación así. Muy incómodo. Y sobre todo, muy duro.

—Por cierto, Souta, ahora que sacamos el tema… Antes de que ocurriera toda la paranoia de hoy, de lo de ese hombre y todo eso, estuve buscando sobre Manya Sladkiy, como acordamos ayer. Estaba esperando a la noche para decírtelo, pero ahora que Yukiko ya está al corriente, no hará falta.

—A lo mejor podemos localizar al hombre que trató de matarme.—plantea Yukiko, mostrando un poco su esperanza.

Esperanza que pronto se ve truncada por la intervención de Souta. Aunque se supone que su respuesta apagaría la esperanza para bien, zanjando el asunto, poco de paz espera a raíz de ella.

—No hará falta. ...Porque yo ya sé quién fue, Yukiko. Sé quién quiso matarte esa noche.—anuncia Souta, serio.

Sobra decir que semejante aportación no deja indiferente a nadie.

—...Souta, ¿Qué me estás diciendo? ¿Lo… Lo sabes?

El domador deja ir un asenso con su cabeza, dejando ver al mismo tiempo una seriedad impertérrita.

—Souta, ¿No me irás a decir que ese es el motivo por el cuál…? Por el cuál estabas… Así.—pregunta el doctor, ojiplático.

—Algo así, doctor Kokoro. Pero no es solo eso. Hay más. Mucho más.

—...Souta... —le llama la morena, preocupándose de sopetón.

Interrumpiendo la seriedad del asunto, se oye un maullido resonar por el ambiente. Eso logra sacar a todos del trance silencioso en el que se habían sumido, todo para comprobar que un gato negro al que conocen bastante bien ha vuelto a colarse en la celda.

—Caxap… ¿Tú otra vez? Bueno, no me sorprende… A ver quién pasa tanto tiempo al lado de eso…

—Anda, hola... Caxap, hola...—le saluda la morena, solemne, acariciándole el pelaje con suavidad.

Aunque todavía un poco, Kuro y Tasuke no se muestran igual de hostiles con el felino igual que la primera vez que se cruzaron el uno con el otro. Yukiko desconoce la causa, pero Souta puede deducir que es a raíz de lo acaecido en la celda de Kazami. Todos se van familiarizando con todos. Y Souta sabe eso mejor que nadie.

—¿Para qué habrá venido aquí?—se pregunta Yukiko, acariciándole. Fuera de la celda, se oyen unos pasos acercándose, señal de que alguien más aparte del gato tiene ganas de interrumpir una conversación tan "superflua". Por suerte para Souta, quien ha implantado en su rostro una más que justificada cara de circunstancias, no se trata de la última persona a la que le gustaría ver en un momento así.

—¡Buenos díiias!—canturrea una alegre voz femenina.

Se trata de la famosa guardia simpática que tanta polémica ha llegado a causar a todo el mundo. Tan alta de moral como de costumbre, empuja un carro gris pasillo abajo, con una sonrisa radiante cual niño en una tienda de golosinas, evidentemente cualquiera excepto Souta.

—Oh, es usted, señorita guardia.—la saluda el doctor Kokoro, usando sus reservas de educación y compostura pese al asunto del que están tertuliando.

—¡Dichosos mis ojitos, es el médico apuesto!—se contonea, cerrando los ojos con fuerza.—Menuda sorpresa encontrarle aquí, doctor Kokoro. Pensaba que estaría en la enfermería, salvando alguna vida, y… ¡Aaaah!—sueña despierta.

La cara de circunstancias del pelirrojo se contagia pronto a los demás.

—¡Anda! Y también estás tú aquí, gatita traviesa. Pensaba que te habrías vuelto a la celda de tu amo, ¡Y te encuentro aquí, haciendo amigos! ¿No es una minina adorable?

—¿Minina, en femenino? Señorita guardia, Caxap es macho. ¿...No?—observa la morena, fijando sus ojos en el gato cerca de ella.

—¿Un gato macho? No, no, estoy casi casi convencida de que es hembra. Yo estaba cuando distribuyeron a las mascotas a principios de año… Y la vi entonces, ¡Es una gata!

—¿En serio? Vaya… Y nosotros tratándola como 'él'.—se sorprende Yukiko, captando su atención en la gata.

—Hay que estar muy tuerto para cometer ese error. Oh, espera...—se mofa Souta, haciendo un falso gesto de sorpresa que desmiente su sarcasmo.

Primero, el gato era supuestamente un chico, pero ahora, resulta ser una chica. Sea lo que sea, su dueño ha pasado del animal olímpicamente. Eso a Souta le suena de algo...

—Bueno, a lo que venía, que cuando quiero, divago como la mejor.—se excusa, inocentona.—Os traigo la comida. También a los animales, pero ya que la gatita está aquí, también os dejo la suya, ¿De acuerdo? Y… La suya también, apuesto doctor. Ji, ji…

—Se lo agradezco, señorita.—pronuncia el de los ojos verdes, con su sobria educación.

La susodicha se da por aludida, poniéndose más roja que un tomate de un modo algo exagerado. Acto seguido, logrando calmarse un poco, cumple con su trabajo y reparte la comida, como toca: comida de animal para Kuro, Tasuke y la gata, y pescado y patatas para los demás. Acto seguido, con uno de sus saludos exageradamente animados, la guardia se despide de todos y se marcha, silbando una canción.

Todos empiezan a comer, aunque no tienen previsto dejar a medias la conversación por el mero hecho de que sea la hora del almuerzo. Yukiko pone expresión atenta, señal de que Souta tiene captada toda su atención. Sin embargo, la de Souta se ha repartido un poco, pues no le quita de encima la vista al plato de la morena, suspicaz.

—¿Qué es esto?

Tocándolo con el dedo, y por el aspecto y olor que despide, el pelirrojo llega a la conclusión de que es otra vez ese maldito pringue beige más dulce que el azúcar.

—...No me puedo creer que esté intentando usar un truco tan obvio.—bufa Souta, con desprecio.

—¿Cómo dices, Souta?—inquiere el médico, quien esperaba una intervención referente al asunto que les tiene en vilo.

—Yukiko, ni se te ocurra probar eso. Tu diabetes no lo aguantaría.

—¿Dulce? Pero si ya saben que yo…

—Sí, cierta cosa lo sabe… Pero lo ha hecho precisamente por eso.

Sin demasiados miramientos, Souta coge con los dedos a modo de pinza la especie de bollo, procurando tener el mínimo contacto físico con eso, y lo lanza hacia un lado, asqueado. Ha caído cerca de la felina, que gruñe pero después observa ese dulce, resultándole, obviamente, familiar.

—Necesitará algo menos evidente para hacerte daño.

—¿Hacerme daño? Souta, no entiendo nada, ¿De qué estás hablando?

Antes de que la pregunta pueda ser contestada, y antes de que la morena pueda probar el pescado, ella nota cómo algo le sube por la ía la mirada, y ve a la gata Caxap subiéndose a su falda y atrapando de su plato el pescado entero, llevándoselo para sí.

—Hey, Caxap… Bueno… Sí, tú, gatita, eso es mío. Tú ya tienes tu comida ahí, devuélvemelo.

Kuro ha empezado a gruñir a la gata de nuevo, al notar que está haciendo de las suyas, pero a la felina no le puede importar menos. Con total indiferencia por lo que pase a su alrededor, altiva, se pone a escrutar el suculento pescado con las uñas.

—Pero bueno, mi almuerzo… ¡Oye!

Intentando llamar la atención, Yukiko alarga la mano para llamar la atención de la gata Caxap, motivo por el cual recibe un fuerte arañazo de su parte.

—¡Será…! ¡M-me ha arañado!—protesta, frotándose la muñeca, con una mueca.

Ni los incrementados de volumen gruñidos y ladridos de Kuro, que ahora se suman a algunos chillidos de Tasuke, intimidan a la gata lo más mínimo, quién olisquea el pescado y lo hace trizas con sus uñas y dientes.

—¿Te encuentras bien, Yukiko?—pregunta el doctor Kokoro, algo escéptico.

—S-sí, pero ¡Me ha arañado la muy…!—bufa, algo molesta.

—Bueno… Volviendo al tema principal, la actitud de ese gato, o gata, lo que sea, no me sorprende demasiado… Teniendo en cuenta de estar con quién viene.—asegura Souta, mortalmente serio.

—¿Con quién, y volviendo "al tema principal"?—inquiere la morena, prestando de nuevo atención.

Otra vez, un ruido interrumpe el meollo del asunto. Una especie de tos.Y de nuevo, su emisor también parece el gato.

—¿Hum?—se sorprenden a conjunto.

Hasta Kuro y Tasuke han cedido en sus protestas en forma de gritos animales para quedarse mirando a la felina, que está tosiendo hasta que escupe lo que tiene forma de pedacito de pescado.

—¿Eso ha sido el karma?—pregunta Yukiko, encogiéndose de hombros.

—Más bien el querer comer demasiado pescado de golpe, me parece a mí.—opina el médico moreno.

Souta hace semblante de estar aparentemente en desacuerdo con sus compañeros. Se acerca a Caxap, y echa un vistazo al pescado que ha escupido. Entre los restos de sardina, encuentra algo que no parece tal cosa, con una forma peculiar. Lo toma con los dedos con sumo cuidado y le echa un vistazo. A tamaño humano, es algo que pasaría desapercibido, pero no con un gato. Algo con forma de pastilla. Y no sabe por qué, pero Souta opina que eso puede ser cualquier cosa excepto un fármaco beneficioso.

—¿...Qué diablos…?

—¿Qué pasa, Souta? ¿Se te ha comido la lengua la gata?—ríe Yukiko, deseosa de quitarle hierro al asunto.

Cuando el pelirrojo abandona su pose agachada para levantarse y darse la vuelta, Yukiko comprende al instante que la situación no presenta lugar para bromas. El semblante ojiplático y boquiabierto de Souta son una buena prueba.

—...Doctor Kokoro, ¿Sabría decirme qué es esto?

Extrañado, el médico acepta la pequeña cápsula que le tiende Souta, con la mirada ensombrecida. No sabe exactamente lo que es, pero tiene sus sospechas. Colocándose bien las gafas, Chusei Kokoro agudiza sus ojos verdes para examinar la pastilla, con ojo crítico. Como no es motivo de sorpresa, finalmente logra reconocerla.

—¿Una pastilla?

—...No. No, ni de lejos esto es una pastilla.—narra el médico, algo incómodo.—¿Souta, de dónde has sacado esto? ¡Esto no es apto para el consumo humano! Bueno, ni humano, ni animal ni nada. Esta cosa no es un medicamento, es algo muy peligroso. En el interior de la pequeña cápsula, hay unos polvos tóxicos que, mezclados con agua, producen una mezcla muy corrosiva que actúa de desengrasante para quitar grasa difícil de encimeras o cosas así. Se usa porque no daña las superficies, pero llevarse una gota de esto al cuerpo es malísimo.

—¿Y cómo ha llegado tal cosa aquí?—inquiere Yukiko, encogiéndose de hombros mientras escucha.

—Bueno...Al ser un producto tan peculiar, su uso debe de estar regulado por un experto, así que estas cápsulas me llegan a mí, que soy médico. Se usan en la cocina especialmente, y cada vez que alguien lo necesita, tengo que ir a preparar la mezcla rigurosamente, y solo puedo hacerlo yo. Por lo tanto, nadie excepto yo debería tener estas cápsulas…

—...Estaba en el pescado. El pescado que se suponía que iba a comerse Yukiko. Si no fuese porque Caxap se lo ha quitado y se ha dado cuenta al ser algo muy grande para ella, Yukiko se lo habría tragado. Y supongo que hubiera muerto.—sentencia Souta, con una furiosa mueca profundamente implantada en su cara.

—¡¿Qué?! ¡¿Estaba en el pescado?! ¡E-entonces…! ¡Por poco me lo trago!—exclama la morena, tocando su cuello en un acto inconsciente.

—Hm… Dado que el organismo es un 70% agua, y la mezcla se consigue añadiendo agua a esos polvos… Así es, supongo que la corrosión te hubiese dañado los órganos internos. ¿Pero quién haría algo así... ? Ha de ser alguien que conozca sus propiedades… Y salvo yo, la gente que debería conocerlo es…

—...La gente de la cocina. ¿No es cierto?—pronuncia el domador, remarcando cada palabra con furia, especialmente 'cocina'.

—¿De la cocina? ¡...Ah! S-Souta, ¿N-no estarás pensando en quien creo que estás pensando, no?—titubea la morena, incrédula.

Chusei Kokoro deduce que así es, que los tres tienen a un mismo sospechoso en mente, pero esa situación se le proyecta confusa en el cerebro.

—P-pero Souta… Esas cápsulas no las puede coger cualquiera… Aunque él trabaje en la cocina, no debería tenerla aun así.Yo voy personalmente a preparar la solución, por lo que solo yo manipulo las cápsulas. ¿Cuándo podría haberla cogido?—cuenta el médico, mirando a Souta con los ojos muy abiertos.

—¡Ah! Si estamos pensando en la misma persona, tengo una idea de cómo, doctor Kokoro. ¿Recuerda que antes me dijo que ese hombre fue a verle? ¿No me dijo que fue a que le curase un chichón que se hizo por tropezar? ¿Y si fue entonces…?—propone Yukiko, no sin sorprenderse de sus propias palabras al imaginar la situación.

Touché. La hipótesis de Yukiko, junto con la situación que plantea Souta, encaja. El de la bata blanca se tapa la boca con los dedos, suspirando de incredulidad. El pelirrojo termina de cuadrar su hipótesis, y con gesto de asco, hace que sí con la cabeza.

—S-Souta… Y-yo… P-puede ser, yo… Yo m-me fui un momento… A buscar una gasa. P-pudo ser entonces cuando… P-pero cómo iba a saber yo que...—tartamudea el moreno.

Con la mirada completamente perdida, Souta empieza a andar por la celda, aparentemente sin consciencia. Pero sí, está consciente. Ha de estarlo para darle un buen golpe a la pared con el puño.

—¡Mierda! ¡Mierda, mierda! ¡Ese hijo de puta…! ¡Ha estado a esto de…! ¡Hijo de puta!—grita, furioso.

—¡Souta!—chilla Yukiko, corriendo hacia él.—¡Souta, tranquilo! ¡Tranquilo!

—¡Le mato…! ¡Es que le mato!—espeta, para nada calmado.—¡Como ese hijo de puta te hubiera hecho algo…! ¡Ha intentado matarte otra vez!—exclama Souta, maldiciendo a los cuatro vientos.

La morena iba a decirle de nuevo en que respirase hondo para que decreciera su ira, pero esta vez algo más le llama la atención vorazmente, por lo que ella también pasa a abrir los ojos como platos, estupefacta.

—Souta… ¿Has dicho…"otra vez"?

La pregunta atrae también la atención de Souta, que deja de frustrar su enfado en la pared y se incorpore, serio.

—...Así es, Yukiko. Cuando te dije que sabía quién encargó tu muerte, lo dije en serio. Fue él, Yukiko. Fue Yutaka Kazami quien le pidió al señor Houinbou, mediante engaños, que acabase contigo.

La noticia sienta a la morena como una jarra de agua fría, que le provoca un denso silencio y una mirada entre atenta y perdida. No sabe muy bien cómo asimilar algo tan violento para ella. Souta le está diciendo que el mismo que ha intentado acabar con ella mediante la cápsula es la misma persona que la que quiso su muerte cuando tenía 6 años. Y esa persona no es otra que Yutaka Kazami… El padre biológico de Souta.

—Y eso no es todo, Yukiko. El tropezón que te hizo ese corte en la mano, el dulce que te subió tan peligrosamente el azúcar, y la paliza que te dejó medio muerta… Fue todo cosa suya también. Todo este tiempo… Ha estado tratando de librarse de ti.

Yukiko no da crédito a lo que está oyendo. Cree lo que Souta le está diciendo, porque no tendría motivo para mentirle y porque confía en él, y se da cuenta de que hasta hace poco, estuvo hablando con su agresor. Eso explica el porqué estaba tan escondido en la escena: realmente sí la estaba controlando. Ese repostero del que Souta le ha hablado con tanto desprecio estaba intentando matarla a la mínima oportunidad que tenía. Lo que le falta por saber…

—No es posible...—musita el doctor Kokoro, boquiabierto.

—Me he enterado hoy mismo…. Cuando he entrado en su celda. El jirón del vestido blanco que Yukiko llevaba la noche que conoció al señor Houinbou… Ese jirón tan famoso, desaparecido tanto tiempo, con la etiqueta de la J y la E cosida… Estaba en su celda. Él fue quien te lo arrancó entonces… Y luego se lo dejó oler a Kuro para que siguiese tu rastro y pasases a mejor vida.

—¿K-Kazami….? ¿Me…? ¿Me arrancó el jirón del vestido? Eso… Eso explicaría por qué… Por qué tuve todas esas visiones tan extrañas.—explica, sujetándose la cabeza, no menos atónita que antes.

—¿Visiones?

—¿Y cómo ha llegado tal cosa aquí?—inquiere Yukiko, encogiéndose de hombros mientras escucha.

—Bueno...Al ser un producto tan peculiar, su uso debe de estar regulado por un experto, así que estas cápsulas me llegan a mí, que soy médico. Se usan en la cocina especialmente, y cada vez que alguien lo necesita, tengo que ir a preparar la mezcla rigurosamente, y solo puedo hacerlo yo. Por lo tanto, nadie excepto yo debería tener estas cápsulas…

—...Estaba en el pescado. El pescado que se suponía que iba a comerse Yukiko. Si no fuese porque Caxap se lo ha quitado y se ha dado cuenta al ser algo muy grande para ella, Yukiko se lo habría tragado. Y supongo que hubiera muerto.—sentencia Souta, con una furiosa mueca profundamente implantada en su cara.

—¡¿Qué?! ¡¿Estaba en el pescado?! ¡E-entonces…! ¡Por poco me lo trago!—exclama la morena, tocando su cuello en un acto inconsciente.

—Hm… Dado que el organismo es un 70% agua, y la mezcla se consigue añadiendo agua a esos polvos… Así es, supongo que la corrosión te hubiese dañado los órganos internos. ¿Pero quién haría algo así... ? Ha de ser alguien que conozca sus propiedades… Y salvo yo, la gente que debería conocerlo es…

—...La gente de la cocina. ¿No es cierto?—pronuncia el domador, remarcando cada palabra con furia, especialmente 'cocina'.

—¿De la cocina? ¡...Ah! S-Souta, ¿N-no estarás pensando en quien creo que estás pensando, no?—titubea la morena, incrédula.

Chusei Kokoro deduce que así es, que los tres tienen a un mismo sospechoso en mente, pero esa situación se le proyecta confusa en el cerebro.

—P-pero Souta… Esas cápsulas no las puede coger cualquiera… Aunque él trabaje en la cocina, no debería tenerla aun así.Yo voy personalmente a preparar la solución, por lo que solo yo manipulo las cápsulas. ¿Cuándo podría haberla cogido?—cuenta el médico, mirando a Souta con los ojos muy abiertos.

—¡Ah! Si estamos pensando en la misma persona, tengo una idea de cómo, doctor Kokoro. ¿Recuerda que antes me dijo que ese hombre fue a verle? ¿No me dijo que fue a que le curase un chichón que se hizo por tropezar? ¿Y si fue entonces…?—propone Yukiko, no sin sorprenderse de sus propias palabras al imaginar la situación.

Touché. La hipótesis de Yukiko, junto con la situación que plantea Souta, encaja. El de la bata blanca se tapa la boca con los dedos, suspirando de incredulidad. El pelirrojo termina de cuadrar su hipótesis, y con gesto de asco, hace que sí con la cabeza.

—S-Souta… Y-yo… P-puede ser, yo… Yo m-me fui un momento… A buscar una gasa. P-pudo ser entonces cuando… P-pero cómo iba a saber yo que...—tartamudea el moreno.

Con la mirada completamente perdida, Souta empieza a andar por la celda, aparentemente sin consciencia. Pero sí, está consciente. Ha de estarlo para darle un buen golpe a la pared con el puño.

—¡Mierda! ¡Mierda, mierda! ¡Ese hijo de puta…! ¡Ha estado a esto de…! ¡Hijo de puta!—grita, furioso.

—¡Souta!—chilla Yukiko, corriendo hacia él.—¡Souta, tranquilo! ¡Tranquilo!

—¡Le mato…! ¡Es que le mato!—espeta, para nada calmado.—¡Como ese hijo de puta te hubiera hecho algo…! ¡Ha intentado matarte otra vez!—exclama Souta, maldiciendo a los cuatro vientos.

La morena iba a decirle de nuevo en que respirase hondo para que decreciera su ira, pero esta vez algo más le llama la atención vorazmente, por lo que ella también pasa a abrir los ojos como platos, estupefacta.

—Souta… ¿Has dicho…"otra vez"?

La pregunta atrae también la atención de Souta, que deja de frustrar su enfado en la pared y se incorpore, serio.

—...Así es, Yukiko. Cuando te dije que sabía quién encargó tu muerte, lo dije en serio. Fue él, Yukiko. Fue Yutaka Kazami quien le pidió al señor Houinbou, mediante engaños, que acabase contigo.

La noticia sienta a la morena como una jarra de agua fría, que le provoca un denso silencio y una mirada entre atenta y perdida. No sabe muy bien cómo asimilar algo tan violento para ella. Souta le está diciendo que el mismo que ha intentado acabar con ella mediante la cápsula es la misma persona que la que quiso su muerte cuando tenía 6 años. Y esa persona no es otra que Yutaka Kazami… El padre biológico de Souta.

—Y eso no es todo, Yukiko. El tropezón que te hizo ese corte en la mano, el dulce que te subió tan peligrosamente el azúcar, y la paliza que te dejó medio muerta… Fue todo cosa suya también. Todo este tiempo… Ha estado tratando de librarse de ti.

Yukiko no da crédito a lo que está oyendo. Cree lo que Souta le está diciendo, porque no tendría motivo para mentirle y porque confía en él, y se da cuenta de que hasta hace poco, estuvo hablando con su agresor. Eso explica el porqué estaba tan escondido en la escena: realmente sí la estaba controlando. Ese repostero del que Souta le ha hablado con tanto desprecio estaba intentando matarla a la mínima oportunidad que tenía. Lo que le falta por saber…

—No es posible...—musita el doctor Kokoro, boquiabierto.

—Me he enterado hoy mismo…. Cuando he entrado en su celda. El jirón del vestido blanco que Yukiko llevaba la noche que conoció al señor Houinbou… Ese jirón tan famoso, desaparecido tanto tiempo, con la etiqueta de la J y la E cosida… Estaba en su celda. Él fue quien te lo arrancó entonces… Y luego se lo dejó oler a Kuro para que siguiese tu rastro y pasases a mejor vida.

—¿K-Kazami….? ¿Me…? ¿Me arrancó el jirón del vestido? Eso… Eso explicaría por qué… Por qué tuve todas esas visiones tan extrañas.—explica, sujetándose la cabeza, no menos atónita que antes.

—¿Visiones?

—Cuando le vi mientras te llevaban a la celda… Tuve una especie de sensación. De repente, es como si le viese más joven. En mi cabeza, veía a un Kazami con unos cuantos años de menos, mientras yo llevaba ese vestido puesto…. Y… Eché a correr, y algo me lo impedía… Algo me sujetaba la ropa. Era eso… Fue entonces cuando… Cuando… ¡Ugh!—rememora la morena, sintiendo una cefalea intensa.

—A-así que… ¡Eran recuerdos! ¡Recuerdos que tu amnesia borró!—se sorprende Kokoro.

—¡P-pero…! ¿Por qué…? ¿Qué pude hacer yo para que ese hombre…?

—Sí, yo pensé igual. Pero sí, tenía un motivo, bastante pesado, por cierto. Y si esto te ha parecido sorprendente, no te imaginas lo que viene ahora. E-es algo….Con todavía más efecto.—anuncia Souta, encogiéndose él de hombros, con un tráiler de la película en forma de mueca de efecto en su cara.

—¿Algo más sorprendente que esto? ¿Todavía más?

Souta dice que sí con un gesto superlativo de "sí, muchísimo más". Ni siquiera él mismo sabe muy bien cómo decirle algo así, por lo que se cubre los ojos, intentando calmarse y buscando una manera de poder contárselo.

—Verás… El motivo de todo esto… Tienes que buscarlo hace prácticamente 20 años.

—¿20 años más o menos…? Pero eso sería… ¡Aproximadamente al nacer yo!

—...Ahí quería yo llegar. Por esas fechas, fue cuando Jade Erz le mandó cierta carta,su última carta, a su amiga Manya Sladkiy. Una carta donde se explican cosas bastante… Interesantes.

—¿Una carta? No sabía nada de eso, Souta. Espera… Eso quiere decir que… ¿La has leído?—le pregunta el doctor Kokoro.

—...Sí, así es. Me la he encontrado donde nunca esperaba encontrarme algo así. Pero el caso es que me la he encontrado. Y la he leído.

—¿Jade Erz? ¿Manya Sladkiy? Esas son… Son esas diseñadoras, de las que nos habló la guardia y de las que os estuvisteis documentando el doctor y tú, ¿Verdad? No parece guardar ninguna relación, pero… Algo me dice que me equivoco.

—Sí, Yukiko. Te equivocas, ese asunto está muy relacionado. Esa carta es un punto clave, teniendo en cuenta que la encontré en la celda de Kazami. ¿Y qué hace una carta así en la celda de ese?, te preguntarás. Ahí está el asunto.

—Por cierto, Souta, si me permites un momento… La información sobre Manya Sladkiy que encontré, que se supone que debería haberte contado más tarde… Quizás esto arroje alguna luz diferente a lo que ya sepas.

El pelirrojo lo medita un instante. Puede que tenga razón, porque pese a que la misiva es fundamental a la hora de comprender lo que pasó, algunos aspectos todavía presentan alguna sombra de duda. Por lo tanto, hace un gesto de por favor al médico para que así sea, completando y complementando las informaciones existentes.

—Lo que sabíamos inicialmente de Manya Sladkiy es que era diseñadora y amiga de Jade, y que también murió. Bueno, pues como las dos primeras cosas nos han quedado bastante claras, me centré en el tercer muerte. Al igual que la de Jade Erz, fue también en extrañas circunstancias. La causa fue desangre por hemorragia en el pecho, producida por un corte profundo, probablemente de un arma blanca que, al parecer, nunca apareció. La víctima se encontró muerta en un lugar también inusual, una especie de sala de fiestas donde se llevaba a cabo un encuentro entre celebridades varias. Obviamente, la mujer era famosa en sus círculos, por lo que no faltó.

—Ya veo… Doctor Kokoro, ¿Podría asumir que consiguió usted la foto de la escena, parecida a la de Jade Erz?

—Así es, la tengo conmigo, de unos archivos policiales de casos desestimados por falta de pruebas. Complicado de acceder, como te dije, pero lo logré.

—...En ese caso, vamos a verla. Yukiko, te pido encarecidamente que prestes mucha atención. Es posible que, si ves esto, saques algo en claro.

La morena, aunque boquiabierta aún, asiente con la cabeza, dispuesta aunque algo nerviosa por lo que pueda ser, mientras que el doctor, por su parte, no deja de asombrarse por Souta. El pelirrojo parece estar al tanto de la situación, saber bastante más de lo que los demás saben. De hecho, así es.