CastillosdeArena…
Capítulo XXXVII
Deudas con el destino
Carlisle estaba serio, sus ojos dejaban de manifiesto su preocupación, era demasiado evidente.
—¿Qué pasó? —le pregunté ansioso.
—Hijo…
—¡Carlisle dime de una vez por todas! Sino, deja de bloquearme tu mente —me sentía algo desesperado.
—Está bien —suspiró— Bella está embarazada.
—¿Qué? ¿Estás seguro? —pregunté incrédulo.
—Sí, de todos modos debería hacerse un examen.
—Pero, son demasiados vómitos ¿No crees? —lo increpé.
—Mmmm, sí, pero a veces son normales. Debes decírselo luego. Ahora, es muy extraño que ella no se haya dado cuenta de que no le llegaba su regla —dijo dudoso.
—Pero, creo que las ha tenido —continué.
—Bueno, hijo, hay mujeres que igualmente tienen su período, esto no es un impedimento.
Me toqué la cabeza y Carlisle notó de inmediato mi preocupación.
—Hijo, y hay otra cosa…
—¿Qué? —dije angustiado.
—Ese niño, bueno, tú no sabes si puedes procrear… es muy poco probable —sus ojos de miel traspasaron los míos.
—¿Alguna posibilidad? —dije como última esperanza.
—Muy, pero muy pocas, la única manera de saberlo con certeza es un examen de ADN, cuando el niño o niña, nazca.
Mi padre acarició mi brazo con cariño y luego me dio un empujoncito en la espalda. Carlisle salió y yo debía decirle la verdad a Bella. Sentía mi corazón abstracto totalmente compungido, y una ola de amargura se apoderó de mis sentimientos y lo peor, de mi esperanza. Busqué las palabras adecuadas y entré a la sala.
—Bella, mi vida —acaricié su cabello alborotado.
—¿Qué te dijo Carlisle? —su tono de voz era de preocupación.
—Mi amor —posé mis labios sobre los suyos, tibios y húmedos.
Ahora la miré con detención y por supuesto ¿Cómo no me di cuenta antes? Su rostro estaba más redondo y tenía unas leves ojeras, oscuras, que le daban un aspecto de sufrimiento y cansancio. Además, la parte baja de su vientre estaba algo más abultada este último tiempo.
—Mi amor, este último tiempo —no sabía cómo decirlo, ella se daría cuenta de inmediato— ¿Has tenido tus reglas normales?
—¿Por qué me dices eso? —se le pusieron los ojos como platos.
—Bella, estás embarazada —lo solté de una vez.
—¿Quéeee? —dijo espantada.
—Sí, lo que escuchas mi amor, pero debes hacerte un examen para tener certeza. De todos modos, Carlisle nunca se equivoca —le dije entre contento y desilusionado.
—No puede ser… ¡Oh, no! ¿Qué voy a hacer ahora? —comenzó a llorar sin consuelo, mientras yo intentaba hablarle.
—Amor, Bella, no estás sola, yo estoy contigo —le dije para tranquilizarla, pero al parecer no surtió efecto alguno.
—¡Mis papás me van a matar! ¿Cómo, cómo le voy a explicar esto Edward? —lloraba desconsolada, sentada en el bergier con las manos en la cabeza.
—No, mi amor… —acariciaba su pelo, intentando consolarla.
—Y mi beca ¡La beca de la universidad! ¡Todos mis sueños se fueron al tacho de la basura! —decía entre sollozos.
—Bella ¡Escúchame! Yo estoy aquí —tomé sus manos pequeñas, suaves y tibias.
Ella me miró, tenía los ojos rojos e hinchados de tanto llorar.
—Edward esto no es justo para ti… —me dijo con infinita tristeza en su rostro.
—¿Por qué para mí? —no le entendía, aunque creo que no quería entenderle.
—Edward, yo…, bueno…, no sé como decirlo —exclamó con lágrimas en los ojos.
—Sólo dilo mi vida —sabía perfectamente a qué se refería.
—Yo, bueno, esta guagua podría no ser tuya —dio un suspiro de sufrimiento— lo siento tanto —me pedía perdón con la mirada.
Guardé silencio unos segundos y luego continué.
—De hecho, sé que es lo más probable —agregué con pena, pero continué— de todos modos, no importa, yo te amo, y ese niño sea o no mío, igual lo será para mí.
—Es que… Edward, no entiendes…
¿Cuánto hubiese querido leerle la mente en ese minuto? Aunque me imaginaba a qué se refería y tuve que hacerle la pregunta que me destrozaría el corazón, de ser cierta.
—Bella ¿Aún lo amas? Te ruego, mi amor, que me digas la verdad…
Noté que tragó saliva, y quedó atónita.
—Ya elegí estar contigo Edward, también te amo… —contestó con dificultad.
—También —remarqué lo que acaba de decir, ese era un gran detalle.
—Sí —fue sincera.
Me senté al lado de ella y la abracé, sentí que mi pecho explotaría ante tantas emociones juntas. Miré esos bellos ojos marrones y le hablé desde mi alma compartida.
—Bella, mi vida ¿Sabes que te adoro, te amo y llevo casi dos siglos esperando por ti cierto? —ni yo creía lo que iba a decir.
Ella asintió, como cuando los niños dicen que sí. Yo sólo estaba hipnotizado ante esa mujer que había amado hasta las entrañas.
—Pero, mi amor —acaricié su rostro, pero ella parecía impávida ante lo que venía— no quiero tenerte prisionera, si tú amas a otro, no tengo más opción que aceptarlo —dije con una presión en mi garganta.
—Edward…
Interrumpí sus excusas y le sonreí, aprovechando de mirar esos bellos ojos de chocolate, los últimos minutos que fueran míos.
—Te he oído llorar, y sé que no es por mí —sonreí con pena— la almohada no es capaz de ahogar las lágrimas del alma… —acaricié su piel tibia y suave, que tantas veces había sido mía.
—Edward ¡Perdóname! Yo no quise nunca que esto fuese así —me suplicaba con la mirada.
—Mi vida —sentía una presión fuerte en el pecho.
Ella me miraba con sus ojitos tristes, entonces la abracé fuerte, fuerte, como queriéndome fundir en su piel, inspiré en su cabello marrón que olía a flores frescas y besé su frente. Ella levantó su vista hacia la mía y entre lágrimas sofocadas me habló.
—¿Me perdonarás algún día? —murmulló con profundos sollozos.
—No tengo de qué perdonarte, además, era el destino… lo que correspondía —toqué su cabello, mientras aún la mantenía abrazada.
—No lo creo…
—Quizás en otra vida —sonreí, porque sentí que el alma se me hacía añicos.
Ella respondió con alivio en sus ojos.
—Quizás, quien sabe, después de todo, en esta vida saldamos nuestros karmas —me besó la mejilla con dulzura.
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