...
XXXVI
HARRY
"I Never meant to break your heart, now I won't let this plane go down...
I never meant to make you cry, I'll do what it takes to make this fly…"
El mundo súbitamente desapareció a mí alrededor. Como un derrumbe.
Cuando levanté mis ojos y la vi… Dios, la vi. Fue como si de repente algo en mí despertara, como un incendio que devora todas las esperanzas a su paso. Descubrí a la chica que estaba en mis brazos y la solté como si me quemara. ¿Qué mierda estaba haciendo?, ¿cómo había dejado que eso pasara? ¿Quién era ella?
Temblé. Estaba aterrado. No podía estar sucediendo aquello.
Los ojos de Ginny se apagaron y se volvieron oscuros. Se giró y echó a correr.
¡No! ¡No podía haber hecho semejante estupidez! Trastabillé con algunas mesas, no estaba ebrio, pero tal vez había bebido más de lo necesario. Sacudí la cabeza y comencé a correr chocando con todo lo que se cruzaba en mi camino mientras intentaba mantener la atención en la estela rojiza que dejaba su cabello al correr por entre las personas. Chocó con una promotora y le hizo botar los vasos que llevaba en una bandeja. Ni siquiera se detuvo para disculparse. Yo tampoco a ayudarla.
¡No, no, no!
Grité su nombre, lo más fuerte que me dieron las cuerdas vocales en aquel lugar lleno de ruido. Sentía el pecho frío. La desesperación. Apenas podía respirar. Tenía un nudo en la garganta, el miedo se había apoderado de mí.
Cuando divisé la puerta ella aceleró el paso, pero logré hacerme de fuerzas para estirar un brazo y agarrar su muñeca.
Se volteó hacia mí, pero no había más que oscuridad en sus ojos.
—Ginny…—susurré. Fue más una súplica. Sentí que algo iba a explotar dentro de mí, estaba aterrado, no soportaba la forma en la que me veía, sus rostro no reflejaba más que dolor… y odio.
Apenas lo vi venir. Sus ojos destellaron, sus fosas nasales se expandieron y de repente un ardor intenso cruzó mi mejilla. Me quedé con la cara ladeada mientras el golpe ponía en orden mis ideas.
—Suéltame —pidió con suavidad. Solté su mano sin querer hacerlo realmente.
Las imágenes de lo vivido las últimas horas me hicieron cuestionar por qué mierda había hecho aquella estupidez de besar a la primera chica que se me cruzó en el camino. ¿Qué mierda ocurría conmigo? No podía haberle hecho eso a ella… no a ella.
Sentí a Seamus a mi lado.
—Intenté detenerla, pero…
—¡GINNY! —grité desesperado. Corrí tras ella saliendo del letargo en el que me había hundido.
Eso no estaba pasando, no era real.
Vi como empujaba a un grupo de mujeres que iban a subirse a un taxi y ella ocupaba aquel espacio. Golpeó el asiento del conductor con desesperación. El vehículo se puso en marcha y yo corrí tras él. Mis manos alcanzaron a golpear el vidrio, agarré con los dedos la manija de la puerta, pero el taxi había emprendido su marcha a toda velocidad desapareciendo calle abajo.
Me detuve a casi una cuadra del bar, me llevé las manos a la cabeza respirando agitado. La brisa fresca de la noche aclaró mis pensamientos.
—No, no, no…—gemí. Escuché pasos a mi espalda.
—¡Harry! —exclamó Seamus. Pero no me giré. Mis ojos miraban el horizonte donde el taxi había desaparecido—. Harry, ¿estás…?
—No…—jadeé—. No, no lo estoy…—me voté hacia él. Sus ojos me analizaron con miedo. ¿Qué cara tenía?
—Intenté impedirlo, te vi con esa chica y sabía que no era buena idea que Ginny te encontrara…
Mis manos pasaron de la cabeza a la cara, me refregué las mejillas intentando darles calor.
—¿Y por qué no me detuviste? —espeté incrédulo—. ¿Por qué no evitaste que me acercara a esa chica?
—¿Eres imbécil? —gruñó el otro—. ¡No tengo por qué controlar tu comportamiento! Bebiste de más, hablabas de mandar todo a la mierda y sentirte libre. Te lanzaste a la primera mujer que te movió las tetas, esto es culpa tuya, no busques responsables donde no los hay.
Temblé. Mi respiración era errática. Mis manos temblaban. Sentí unas horribles ganas de llorar sin entender a fondo de dónde venía aquel dolor.
Y grité.
Grité a la calle, grité al viento, a la gente, a Seamus.
Seamus. A quién le llegó un golpe en el pecho porque no tenía ningún cojín al que moler a palos.
—¿Por qué no me detuviste? ¿Por qué no me advertiste? ¿Por qué…?
Recibió cada golpe con paciencia. Ninguno era tan fuerte como para hacerle daño. Mis brazos cedieron a la frustración y al cansancio.
—Ginny…—gemí golpeándolo una vez más.
—Ven, te llevaré a mi casa —Se quejó agarrándome por el brazo y colocándolo sobre sus hombros.
El mareo y el vértigo colapsaron el poco equilibrio que podía sostenerme en pie. Me incliné hacia adelante y Seamus me metió la cabeza a un cubo de basura para que vomitara.
Patético.
¿Qué había hecho?
Sintiendo la frente helada recordé. Recordé cómo funcionaban mis emociones y cómo, gracias al control que tenía sobre ellas, había mandado a la mierda en un segundo lo mejor que me había sucedido los últimos meses.
…
Fue la noche que Ginny había sido atacada y salimos que todo comenzó a cambiar.
Estaba tan abrumado con su actitud y aquella fuerza deslumbrante, que, cuando se presentó ante mí con aquel vestido y las heridas levemente expuestas bajo el maquillaje, la boca se me había secado. Y aquel autocontrol que contenía mis emociones perdió la batalla, liberándolas por un instante.
Fue en ese preciso momento cuando me di cuenta que no solo la deseaba, también la quería.
Y aquello me aterró hasta el punto que el único modo de contener esa sensación fue compartir lo menos posible con ella. Necesitaba imponer una distancia.
Una distancia que me crispaba los nervios, me alteraba, me hacía comportar como un idiota. Todo por ir contra la corriente. Una corriente que inevitablemente siempre terminaba llevandome hacia ella.
Cuando ella y Luna se fueron a bailar me quedé con Neville solo en la barra. Bebí un poco de la cerveza que tenía en la mano. Me apoyé contra el mesón mientras observaba a la multitud en la pista de baile.
—¿Te agarró fuerte, eh?
Solo moví los ojos. Lo miré un segundo y luego volví la vista al frente volviendo a beber.
—¿De qué hablas?
—No seas imbécil, sabes a qué me refiero —me golpeó con el codo—. Ginny.
—¿Qué pasa con ella?
Me miró como si tuviera un cuerno.
—¿Estás jodiendo, no? —la miró de reojo—. No me tragué nunca ese cuento de novios ficticio que contaste en mi cumpleaños —explicó. Me removí incómodo—. Y luego vas y le dices lo mismo a su padre. Así que… ¿Cuánto de cierto hay en eso? Nunca te conocí una novia además de la innombrable.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Miré a los pies de los bailarines y fruncí el ceño.
—No somos novios, Neville —la palabra me picó la lengua. Bebí otro sorbo.
—Pero…—cantó.
Dejó la palabra en el aire. Elevé los ojos justo en el instante que algunas personas se dispersaban y descubría a Ginny bailando con Luna y Blaise en medio de la pista.
Era tan irreal. ¡Había sido atacada! Y Estaba ahí, bailando como si nada hubiese sucedido. Riendo de las imbecilidades de Blaise, girando junto a Luna. Pero mis ojos solo podían seguir sus movimientos.
—Pero nada —zanjé desviando los ojos para otro lado. Neville resopló a mi lado.
—Estás jugando con fuego mi amigo —murmuró mirando hacia el frente—. No soy idiota, y tú tampoco. Si sientes algo por ella deberías arriesgarte, nada te va a hacer más daño de lo que te hizo Cho —pausó y frunció el ceño. Sus ojos se entornaron bajo las cejas—. Pero ella sí puede salir muy dañada. Y es de las buenas, Harry. Es una mujer que vale la pena. Cuando encuentras a la indicada todo parece encajar de repente, así me sucedió con Luna. Y Ginny… Ginny y Michael nunca tuvieron esa chispa… pero ustedes…—No despegué la boca de la botella, aunque no bebí un sorbo. Intenté que las palabras de Neville se filtraran y que no llegaran hasta mi cerebro para encontrarles razón. Emitió una risa—. Ustedes vibran. Nunca te había visto hacer tanto por una mujer. La alojaste en tu casa, y no solo eso… ¿Acaso fuiste consciente de cómo te veías en el hospital? Casi parecía que acababan de anunciar su muerte. Estabas blanco, histérico. Cuando la abrazaste te volvió el color a la cara.
—Neville…—advertí.
—Solo digo lo que he observado.
—Nadie te pidió que lo hicieras —sentí que la sangre subía por mi garganta hasta agolparse en mi cabeza. Mis mejillas estaban calientes. Dejé la botella en la mesa y me pude de pie—. Iré a bailar.
La risa socarrona de Neville no desapareció de mi cabeza en toda la noche. Intenté distraerme bailando y funcionó. Al menos cuando estuve en la pista con Ginny era tal su entusiasmo que me pareció contagioso. Incluso me hizo reír.
No podía dejar de preguntarme —porque sencillamente era inevitable pensarlo—, pero… ¿cómo lo hacía? ¿Qué existía dentro de ella para hacerla deslumbrar a pesar de las adversidades?
Cuando Neville tuvo la ocurrencia de ir a Paris, acepté. Pero fue solo porque jamás había visto tanto brillo en los ojos de Ginny. Yo había visitado Francia varias veces y no me entusiasmaba la idea de ir nuevamente, pero en vista de las circunstancias… cuando acepté ya era demasiado tarde para arrepentirme.
Iría con Ginny a una de las ciudades más románticas del mundo…
¿Podía estar más jodido?
…
Las dos semanas siguientes puse en práctica mi juego de distancia. Robert estuvo comentando durante mucho tiempo que quería hacer una ampliación en el bar y justo yo en esos momentos estaba a la mitad de la organización de un gran evento que se haría en el Branniganns a mediados de Septiembre.
Así que me ofrecí cual idiota a realizar la contaduría de la ampliación a la vez que organizaba el evento para Johnnie Walker.
Mientras más trabajo tuviera, mejor era para no pensar.
Fue gracias a esa cantidad de trabajo que las pocas horas que podía compartir con ella me las pasaba durmiendo, y las que compartíamos, si se daba la posibilidad, intentaba ser lo más monosílabo posible.
Sabía que le intrigaba saber la razón de mi conducta, pero con todo lo que le había sucedido esperaba que asumiera que intentaba darle espacio y no que quería alejarme de ella.
En base a ese silencio descubrí que tal vez no era buena idea para mis propósitos, ya que mientras más distancia imponía, más me obligaba a poner atención a su comportamiento. La vi trabajar arduamente en los últimos detalles del vestido de Hermione y pasaba horas encerrada en el estudio del departamento terminando el suyo. Todos los días sagradamente se aplicaba las pomadas que el médico le había dado para sus heridas, que, poco a poco, iban desapareciendo.
Habían pasado cuatro días cuando ella decidió volver a su casa. En el intertanto me había puesto de acuerdo con mis padres para revisar el tema del hijo de puta de Michael. Papá había conseguido al mejor abogado de la familia y Sirius había enviado flores a la casa. Mamá ni siquiera había podido hablar con Ginny porque cada vez que me llamaba, lloraba por ella.
Así que simplemente los mantuve al día con los avances de su mejoría. Papá movió los cables y en menos de dos semanas Michael fue condenado.
No hacía falta más investigación siendo que la cantidad de testigos que había ese día eran muchísimos. Otra razón para colocarle a Dean un altar. Había sido lo suficientemente inteligente como para llevar a Ginny a una zona iluminada repleta de restaurantes justo después del ataque. Para cuando llegó la policía todos habían visto ya la cara del sicópata.
Ni siquiera el dinero ni el prestigio de los Corner había servido para salvar a su hijo de la prisión.
Lo que me recordaba el día que Ginny había ido a atestiguar junto a su padre y hermanos, encontrándose con el mío.
Temblé al memorar como mi padre y Arthur Weasley se habían saludado ese día. La sola expresión de gratitud del hombre bastaba para que papá se sintiese pagado por todo lo que había hecho por su hija.
Luego fuimos a almorzar. Y el temblor seguía. Ambos hombres se habían llevado de maravilla, parecían amigos de toda la vida. Y yo con suerte intercambiaba algunas palabras con Ginny.
Pero tenía que mantenerme al margen. Tenía que hacerlo.
A pesar del ambiente familiar que se respiraba entre ambas familias, tenía que alejarme de ella.
…
Cuando nos fuimos a Paris la pared que había elevado entre los dos no era estable. Al más mínimo error volvía a ser el mismo de siempre con ella. Así que me valí de mi lado sarcástico para hacerle notar que no me interesaba en lo más mínimo ese viaje.
Pero no funcionó.
Había algo en su entusiasmo que me hacía sentir un imbécil. Estaba provocando que aquel viaje que ella hacía por primera vez en su vida fuera un desastre, todo por mi culpa.
Decidí bajar un poco la muralla y que las cosas fluyeran. Éramos amigos. Era mi amiga. Podía funcionar como tal durante tres días sin cometer una estupidez.
Mala idea.
Esa intimidad que teníamos de chistes sin pronunciar, bromas internas y actitudes sardónicas, solo hacían que la confianza entre ambos se incrementara más de lo que hubiera querido.
Me alejé de ella cuando iniciamos el recorrido por la ciudad. Tenía que admitirlo, Francia era verdaderamente bella. Pero nunca lo admitiría en voz alta.
Fue en una de esas excursiones que a Neville se le ocurrió la brillante idea de recorrer lugares puntuales en metro subterraneo. Pero el idiota se metió en una línea que en lugar de subir bajaba cada vez más. Así que nos perdimos. Terminamos por encontrar una salida en una zona donde el andén estaba oscuro, la publicidad rajada y las escaleras mecánicas no funcionaban.
En ese momento la pared cayó al suelo. Ver a Ginny con aquella expresión asustada sin atreverse a poner un pie en la superficie me preocupó. Sus ojos miraban las murallas ante ella como si fueran las fauces de un lobo.
La llamé varias veces, pero solo a la cuarta pronunciación de su nombre se giró hacia mí saliendo a la superficie mirando hacia el cielo, buscando algo en los balcones sobre nuestras cabezas.
Cuando me pidió la cámara se la entregué sin preguntar. Miré hacia el foco de su atención: un gato durmiendo sobre unas macetas viejas.
En aquel segundo creí que se había vuelto loca, que algo la había trastocado. Mostró la fotografía del gato con una sonrisa.
Las dudas no se disiparon con aquel gesto.
Salimos del callejón mientras ella observaba las paredes como si esperase que apareciera algo de ellas dispuesta a atacarla, preparándose para enfrentarse a ello. Pero rápidamente salimos de ahí hasta aparecer mágicamente, al cabo de un par de cuadras, en otro callejón que nos dejó en pleno Barrio Latino.
Luna y Neville decidieron separarse en algún momento para ir a hacer no sé qué cosa. Sabía que Neville había tramado algo, lo presentía por su torpeza y nerviosismo.
No me agradó la idea de quedarme solo con Ginny, pero tenía que hallar una forma de que aquel viaje no se volviera romántico. Así que la traté casi como un amigo. O al menos, lo intenté.
En algún momento pasamos frente a una chocolatería y vi aquellos dulces que mamá solía cocinar cuando era niño. "Delicias de Pistacho".
Quedé hipnotizado frente a la vitrina y odié a los imbéciles franceses por el precio que le habían colocado a una pequeña barra de chocolate.
Decidí pasar mis frustraciones caminando. Aunque sabía que no estaba enojado precisamente por el precio de los dulces.
Era todo. Paris. Ginny. Yo.
Me mantuve en silencio sacando fotografías de cosas que había visto mil veces. No era que me jactara de mi experiencia en viajes, pero había corrido la suerte de que mis padres tenían dinero suficiente para viajar por diferentes rincones de Europa e incluso a África cuando era niño.
Conocía casi todo el continente Europeo y países como Egipto y Sudáfrica.
Paris era solo una ciudad más en medio de un mar de lugares que aún faltaban por descubrir.
Como Hong Kong.
Mantuve la atención en diferentes locaciones mientras disparaba la cámara a un objeto que no tenía ningún atractivo más que pertenecer a la ciudad en la que estaba. Hong Kong seguía en mi mente desde que papá me había pedido ir.
Tenía que darle una respuesta, de lo contrario podría perder una gran oportunidad laboral. Una oportunidad que se veía absolutamente tentadora. Pero como siempre, el miedo de perder mi libertad por poner los pies en la tierra me aterraba.
Observaba a Ginny entusiasmada y ensimismada con cada rincón de la ciudad. Había olvidado lo que era ver todo con aquella ilusión. Era como una niña. Todo era nuevo y maravilloso.
Y yo lo arruinaba.
En los planes a Hong Kong ella podía o no podía estar. Solo de pensarlo entraba en pánico. Un trabajo al otro lado del mundo y una mujer. Eso era lo que papá quería para mí. Si no concretaba algo con Ginny iba a perder la oportunidad de viajar, y si me iba a Hong Kong… podía perderla a ella.
A no ser que hiciera las dos cosas juntas.
Un escalofrío me recorrió de solo pensarlo y por un segundo me odié por eso. ¿Tanto miedo tenía de perder la libertad de la vida que llevaba que era capaz de perder cosas más importantes por mantenerla?
Miré hacia el horizonte donde se alzaba el Arco del Triunfo. Ginny caminaba a mi lado observando cada edificio, faro de luz, basurero y ornamentación que se cruzaba en su camino. Recordé lo que había sucedido en el callejón y tuve que preguntar. Necesitaba hacerlo.
—Ginny —la llamé con cuidado. Me miró de costado—. ¿Qué ocurrió en el callejón?
Se detuvo como si se hubiese topado con una pared. Respiró lentamente y se colocó un mechón de pelo tras la oreja.
—Recordé el ataque de Michael.
Me estremecí. Lo sabía.
—Pero… ¿estás bien? —Pregunté. Soné más preocupado de lo que quería, pero no podía controlar el miedo que se había apoderado de mi pecho.
—Sí —admitió con calma. Suspiró profundamente y sonrió con dulzura—. No quiero vivir con miedo. El callejón me recordó lo que sucedió, pero aquello puede suceder en cualquier lado. No quiero tenerle miedo a la gente y a los lugares. No puedo encerrarme por miedo a ser atacada de nuevo —rió con amargura—. Me atacó un ex. Podría esperar eso de cualquiera, pero no. Fue un ex. Un hombre al que quise mucho —Crispé los puños inconscientemente. ¿Cómo alguien que quiere puede hacer tal daño? Aquella idea hizo de inmediato que replanteara mi propia actitud. Una corriente fría subió por mis piernas—. Tuve una hermana que dio su vida por mí, de manera inconsciente, claro, pero no quiero malgastar esa oportunidad por tener miedo. Si la vida conlleva riesgos entonces ¡quiero arriesgarme! Ese callejón me recordó lo que Michael hizo, pero voy a enfrentarme a miles de callejones a lo largo de mi vida y no quiero huir más.
Otra vez aquella fortaleza. De repente me sentí increíblemente orgulloso de tenerla ahí, conmigo. Que todos nos vieran. Que me vieran con ella.
La mire directamente a los ojos intentando buscar alguna brecha que dejara expuestos todos sus miedos y debilidades. Pero no encontré ninguna. Tensé mi brazo, quería abrazarla. Quería que todos supieran que esa mujer fascinante estaba conmigo.
¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué me negaba ante lo obvio?
Reí ante mis propias ideas y sacudí la cabeza. Me estaba comportando como un imbécil. Así que liberé mis emociones por ese día y la abracé. Crucé mi brazo sobre sus hombros, pero no como un amigo. Sentirla apoyada bajo mi pecho mientras caminábamos y pasaba su brazo por mi espalda fue una de las sensaciones más confortables que había sentido en mucho tiempo.
Ni siquiera lo pensé cuando solté lo que mi boca pugnaba por decir:
—Eres increíble —susurré. Me mordí la lengua casi al instante. No quise mirarla, no quería ver su expresión, fuese cual fuese.
El corazón me latía desbocado. Tanto, que el pecho me dolía.
Pero era un buen dolor.
…
El atardecer fue mi ruina.
Sabía que Paris sería mi ruina.
Cuando se encendieron las luces de la torre supe que había dado el primer paso que me costaría la determinación por mantener la distancia con Ginny.
Se veía tan deslumbrada con lo que estaba viendo que no pude evitar sacarle una fotografía. Me miró sorprendida y yo simplemente sonreí. Observé la imagen que expulsó la cámara y mi estómago dio un vuelco. Su sonrisa, sus ojos brillantes, la mano que sujetaba el mechón de cabello para que no se le metiera en los ojos con el viento…
Era perfecta…
El primer encantamiento murió cuando escuchamos gritos. Cuando miré hacia abajo me arrepentí de haber subido la torre.
El muy cabrón, Neville, tenía todo fríamente calculado. La hora, el atardecer, los ratos a solas. Quiso hacer algo espectacular y sabía que a Luna jamás se le olvidaría aquel día: cuando su novio le pidió matrimonio en la misma Torre Eiffel.
Cuando lo vi arrodillarse se me desencajó la mandíbula. No podía ser… ¿realmente mi mejor amigo se acababa de comprometer? ¿Pero qué mierda estaba pensando?
Recordé cuando me dijo que Luna era la mujer indicada y las palabras de mi padre retumbaron en mi cerebro cuando me habló de Ginny: "Ella es LA mujer".
Con su grito me despertó del shock momentáneo. Ginny estaba encaramada casi al borde del balcón alzando los brazos hacia ellos, gritando como si estuviera en pleno concierto, muchas personas se unieron a ella.
Agarró mi brazo y me pidió sacar fotografías. Su entusiasmo me contagió. De repente me descubrí, tal como ella, gritándoles a los novios.
Nos miramos cuando la gente ocultó a Neville y a Luna de nosotros. Las luces brillaban en su pelo, en sus ojos, en sus pecas.
Se veía hermosa…
No pensé en nada cuando poco a poco comencé a acercarme. Entonces las luces se apagaron. Me alejé rápidamente al darme cuenta de lo que estaba a punto de cometer. El brillo que ella tenía en los ojos se apagó junto con las luces. El segundo encantamiento se había terminado.
Pude notar su decepción y me sentí fatal. La última vez que la había besado fue sin pensar el mismo día que descubrió todo sobre su hermana, desde entonces no la había vuelto a tocar. Todo por ese plan del alejamiento.
No obstante mis dedos picaban, lo mismo sucedía con el frío que se había colado en mi pecho al verla tan de cerca y no tener las agallas para enfrentarme a lo que estaba sintiendo al verla así. Inhalé el aire frío que rodeaba la torre y pasé un brazo por sus hombros. La giré y nos tomé una fotografía con Paris iluminado de fondo.
Fue otra imagen que guardé en mi bolsillo. Ambas ardían bajo mi chaqueta.
…
La separación fue lo que terminó por colapsar mis murallas. Al tratar de imponer la distancia había olvidado que éramos dos personas independientes. Por supuesto que ella podía hacer lo que quisiera. No tenía por qué seguir mis pasos, así como yo los de ella.
Así que yo terminé por irme al hotel y ella a pasear sola por la ciudad.
No negaré que entré en pánico por un segundo. Sabía que ella quería confrontar el mundo y dejar el miedo del ataque atrás, pero eso no incluía las emociones ajenas y yo ya estaba jodido de los nervios para cuando dieron las diez de la noche y aún no regresaba.
Me arrojé sobre la cama a ver una película. El teléfono descansaba a mi lado. No la iba a llamar. No la iba a llamar.
Por un rato me concentré en la película que estaba viendo. Pero había sido la peor elección de todas: "Taken".
Aquella donde Liam Neeson tiene que buscar a su hija secuestrada en Paris.
Cambié los canales hasta llegar a uno donde estaban dando los Simpons en francés —terrible elección—, y comencé a moverme por canales de cocina, noticieros y carreras de autos.
Finalmente encontré una comedia.
Pero para cuando miré la hora —aunque no quería averiguarlo—, ya era casi media noche… y Ginny aún no regresaba.
Me enfoqué en la película. Respiraba agitado, no dejé de moverme de un lado a otro, estaba inquieto.
Nada le iba a suceder. Ella sabía defenderse…
Aunque no con Michael. Recordó mi cabeza.
No lo toleré más y marqué su teléfono, pero éste salía fuera del área.
—¿Qué? ¡No, no!
Marqué de nuevo, contestó el mismo buzón de mensajes.
Me temblaban las manos. Tuve que auto convencerme de que todo estaba bien. Todo estaba bien. Ginny podría haberse distraído, ido a algún museo nocturno. Ella siempre andaba sola de noche, tenía buen sentido de la orientación.
Me obligué a pensar que lo de Michael había sido una fatalidad del momento.
Ella estaba bien.
Tenía que estar bien…
Cuando el reloj marcó casi la una de la mañana decidí salir por ella, o al menos, avisarle a Nevlle y a Luna —estuvieran en la situación que estuvieran por la celebración de su compromiso—, que Ginny no contestaba.
¡Dios, jamás me había preocupado tanto por alguien!
Sentía la espalda fría, el pecho sudoroso.
Estaba aterrado.
—Ella está bien, ella está bien…—me convencí.
Estaba a punto de salir cuando la cerradura sonó "bip". Corrí y abrí la puerta antes que Ginny pudiera siquiera tomar el pomo.
Jamás me había sentido tan aliviado. Olvidé los muros, los escudos, todo… No podía seguir engañándome. Era la única mujer que me obligaba a preocuparme por ella a pesar de todas las barreras que interpusiera entre nosotros.
Cuando ella me entregó el paquete con el chocolate todo el miedo se disipó. Estaba tan aterrado que le había gritado sin querer. Aterrado por no volver a verla…
Dejé el paquete a un lado y dejándome llevar por lo que estaba sintiendo, la besé.
Fue la noche que cambió mi vida. Un cambio que no supe controlar, que no supe manejar. Ginny confesó que me quería. Que me quería. El calor inundó mi pecho extendiéndose a mí alrededor como un halo de energía que nos envolvió a ambos.
Olvidé mi pasado, la maldición que Cho había dejado sobre mí. Me sentí pleno, feliz.
No pude evitarlo. Esa noche cometí mi primer error: Le confesé que la quería también. Porque realmente así lo sentía, porque ella era todo mi mundo en aquel preciso momento.
Y se sintió como la mejor decisión que podría haber tomado.
…
Querer es una palabra muy grande. Amar es una palabra poderosa.
Cualquiera de las dos es capaz de derrumbar muros, acabar con guerras y cambiar los planes.
Eso había sucedido conmigo. Mi futuro drásticamente había cambiado.
Estando en Paris liberé mis hormonas y mis sentimientos. Independiente de nuestra confesión, las cosas físicas que sentía por ella me hacían querer follar en cada rincón de Paris.
En el Louvre por poco nos descubren detrás de un sarcófago cuando nos pegamos a una pared y mis manos inescrupulosas recorrieron todo lo que pudieron encontrar a su paso.
Pero fue solo en Paris.
Ya de regreso a Londres el mundo real me golpeó con palos en la cabeza.
Papá me estaba pidiendo respuestas sobre lo de Hong Kong, y Robert ya había empezado a joder con el evento de la hamburguesa de Whiskey y la ampliación del Brannighans.
La distancia había vuelto, en parte sin haber sido llamada y en parte un poco impuesta por mí al ver en qué se estaba convirtiendo nuestra relación con Ginny. El terror de perder mi libertad había vuelto a apoderarse de mí.
Agradecí el trabajo asignado por Robert, aunque me estresaba y sacaba de quicio, pero había ayudado a que Ginny mantuviera distancia de mí sin tener que hacer mucho trabajo de mi parte por mantenerla alejada.
Había comprendido por sí misma que era mejor que me dejara solo. Aunque cuando nuestras miradas se cruzaban era inevitable ver un dejo de incertidumbre en sus ojos, como si se preguntara continuamente si la confesión de París seguía viva.
Como cada vez quedaba menos para esa estúpida boda, Ginny había comenzado a preguntarme sobre los preparativos. Teníamos que viajar a Gales y la verdad era que no me entusiasmaba para nada. No obstante tenía tantos problemas en mi cabeza que le pedí que postergáramos ese tema un par de días después de mi regreso de Windermere.
Aún tenía una visita reservada con mis padres.
Llegué un viernes por la mañana. Mamá como siempre me esperaba en el jardín. Por supuesto sus preguntas no fueron sobre mí esta vez, fueron sobre Ginny. Respondí lo suficiente y me uní a mi padre en su oficina al cabo de un rato. Sabía que mamá me seguiría haciendo preguntas una vez que acabara la reunión.
—¿Y? ¿Tomaste ya una decisión? —preguntó mirándome fijamente. Me recosté contra la silla.
—Aún no.
—Harry, queda un mes, tienes que tomar una decisión o tendré que enviar a alguien más. Realmente no quiero que pierdas esta oportunidad.
Apoyé mi barbilla en la mano y alcé una ceja. Tal vez no era mala idea que enviara a otro por mí.
—¿Y por qué no lo haces? —pregunté—. No creo que pueda rendir como…
—¡Ya basta! —exclamó. Alcé la cabeza sorprendido—. ¿Qué es lo que quieres? ¿Ah? Te estoy ofreciendo el mejor trabajo que cualquier persona pudiera querer. Todo pagado, alojamiento, pasajes, ¿y piensas desperdiciarlo? Vas a conocer otras costumbres y a trabajar de la mano con uno de los mejores empresarios del mundo. ¿Qué más quieres?
Me reacomode en la silla y fruncí el ceño. ¿Que, qué más quería?
—No lo sé —admití. Papá se removió incómodo—. Sé que es una gran oportunidad, pero… no sé si es para mí.
—¡Cualquier cosa que te haga vivir como un hombre y no como un crío es para ti Harry, por Dios! ¡Tienes veintinueve años! ¿Acaso piensas vivir de fiestas toda tu vida?
Fruncí aún más el ceño.
—Me gusta organizar eventos, administrar locales. El bar ha sido un gran negocio —respondí molesto—. Me ha dado suficiente dinero como para mantenerme sin problemas. Que el modo no te guste no es mi problema. Estoy haciendo lo que cualquier persona independiente hace —crucé un brazo sobre el escritorio—. Lo que a ti te molesta es que no sea como tú, que me esconda tras un escritorio, que vista un traje de dos piezas, ¡Que esté casado! —exclamé apretando el puño—. Sirius vivió de ese modo y sigue viviendo así y no veo que le reclames a tu socio por un par de borracheras al mes.
Las mejillas de papá enrojecieron y sus ojos se oscurecieron. Mantuve la vista puesta en ellos con la barbilla en alto.
—Sirius no es mi hijo, él puede hacer lo que quiera con su vida. Pero tú eres y siempre lo serás—dijo despacio—. Saber que vives la vida de un adolescente no es muestra de orgullo ni para tu madre ni para mí —agregó—. ¡No quiero verte tras un escritorio! Solo quiero que tengas responsabilidades, que pongas los pies en la tierra. ¿Te gusta organizar fiestas y administrar locales nocturnos? ¡Entonces te consigo un diplomado para que te perfecciones! Lo que no quiero es ver a mi hijo de casi treinta años vivir en el bar como si su trabajo fuera la fiesta. Quiero verte administrar el bar desde afuera, no desde adentro.
Mis puños sonaron y apreté los labios.
—¿Por qué no puedes simplemente aceptar lo que soy? —espeté—. ¡Soy tú único hijo! ¿Tanta vergüenza tienes que el único heredero del imperio se valga de fiestas para sobrevivir? —me levanté y estiré los brazos—. ¿Sabes lo que he hecho? ¡El Brannighans va a ampliarse y soy yo el que está a cargo de la remodelación! ¿Sabes qué conseguí? ¡Un chef traído directamente del Cordon Bleu! ¡El idiota va a preparar las nuevas hamburguesas con una salsa secreta de Johnnie Walker! ¡La única en todo Londres! Tenemos más de trescientos invitados al lanzamiento —apoyé las manos en el escritorio y miré a papá fijamente—. Todos los medios van a cubrir. Estoy colocando a ese bar en el mapa. Todos van a hablar del mejor bar de Londres. Los turistas van a volverse locos, Tripadvisor ya nos dio un certificado de cinco estrellas —agregué exasperado—. Sabes perfectamente que mi trabajo ha hecho grandes cosas por ese bar y antes lo hice por ti, cuando te ayudé con las exportaciones a Brasil. Sabes que no soy un inútil. No. —Sabía lo que papá quería de mí. No era el trabajo, era lo que el trabajo traía con ello—. ¿Quieres que me case? ¿Quieres verme con alguien? Bueno, pues anda preparando a mamá, porque no pienso ponerle a nadie un estúpido anillo en el dedo y mucho menos hacerle un crío. ¡No estoy hecho para esa vida! ¡Me gusta mi libertad! ¡Y nada de eso va a cambiar!
Me descubrí respirando agitado. Las últimas palabras trajeron consigo una avalancha de imágenes sobre Ginny. Se me secó la boca. Mi padre me miró sin parpadear con una calma fantasmal.
—Si esos son tus planes, pues bien —dijo con tranquilidad levantándose de la silla. Recogió algunos papeles—. Pero te recomiendo que termines lo que sea que estés haciendo con Ginny. Esa muchacha no merece estar con un inmaduro tan desgraciado como tú —espetó con la misma calma. Tragué saliva al escuchar su nombre—. No sé qué estás haciendo con tu vida. Creí que lo de Cho Chang estaba superado después de la conversación que tuviste con ella. Lo lamento mucho por Ginny y por ti, hijo.
Se dirigió hacia la puerta. Las palmas me sudaban sobre el vidrio de la mesa.
—Con tu madre no criamos a un irresponsable —agregó en un susurro, volteándose—. Por supuesto que nos gusta que seas independiente, el bar no es un mal negocio, no mal interpretes mis palabras —sus ojos centellearon, tragué saliva—. Pero no trabajas ahí porque lo sea, trabajas ahí para seguir sintiendo que tienes veinte años. Eso es lo que nos preocupa —suspiró y abrió la puerta—. No quiero que un día te descubras con cincuenta años, solo y viviendo de fiestas interminables hasta la madrugada. Hay mil maneras de experimentar la libertad. Nadie te está pidiendo que te cases, si quieres puedes estar soltero toda tu vida, pero al menos aprende a disfrutarla con responsabilidad. Con tu madre preferiríamos mil veces que estuvieras viajando por el mundo, conociendo otras culturas, antes de saber que sigues pasando todas las semanas en la cama de una desconocida que conociste en alguna fiesta. ¿Sabes cómo se llama eso? No querer enfrentar el mundo. Y tal vez, cuando lo descubras y abras los ojos, ya sea demasiado tarde.
Salió cerrando la puerta a su espalda. La oficina se congeló. Resoplé por la nariz, mis manos habían dejado empañado el vidrio. Elevé la mirada fijándome en el jardín tenuemente iluminado con las lamparitas de mi madre. Odiaba admitirlo, pero mi padre tenía razón.
La idea de irme a Hong Kong era sumamente tentadora, realmente había algo dentro de mí que me pedía, no, me suplicaba aceptar esa oferta. Pero entonces aparecía el recuerdo del pasado. Las responsabilidades me habían llevado a enredarme con una loca que me jodió la vida, y sí, tenía terror te cometer alguna sensatez que me llevara otra vez a meter la pata. Pero siendo irresponsable las personas entendían mi comportamiento y nadie buscaba enredarse con alguien así. Habían excepciones claro, como la sicópata de Saville, pero ya hacía tanto de aquello…
Tener la vida que llevaba era una forma de protegerme. Pero las palabras de mi padre me habían calado hondo, más aún cuando mencionó a Ginny.
Ginny…
Me pasé las manos por la cara. Él tenía razón. Yo era lo peor que le podría haber sucedido a ella y me aterraba terminar haciéndole daño. Lo que me incentivó a imponer una distancia aún mayor. Si lo que teníamos se acababa, tenía que venir de ella. Porque no quería ensuciarme las manos con su sufrimiento.
…
La distancia funcionó a tal punto que el estrés del trabajo me hizo reaccionar de la peor forma cuando Ginny volvió a preguntarme sobre la boda.
Y por el mismo motivo, volví a caer. Batallaba tarde y noche con mis emociones. Imponer la muralla de hielo costaba y agotaba. Cada vez que nos mirábamos era como si un martillo gigante derrumbara parte del trabajo.
No quería caer, no podía caer…
Y así fue como cometí el peor error de mi vida.
Cuando llegué al bar esa noche bebí dos vasos de Whiskey al hilo. La energía vibró dentro de mí, la adrenalina invadió mi cerebro. La inhibición comenzó.
Me sentía liviano, libre de problemas. Eso era lo que quería sentir. Extrañaba aquella libertad, la irresponsabilidad de no deberle una mierda a nadie. No rendirle cuentas ni a mi padre, ni a mi madre, ni a mis amigos, ni a una supuesta novia.
Fue cuando la vi. Rubia, vestida con unos maravillosos pantalones apretados que acentuaban su culo y sus curvas. Llevaba una blusa escotada que dejaba a la vista un sostén con encajes. Nos miramos, me sonrió, y me perdí.
Bebí tequila demás, nunca lo supe. Pero terminé con esa mujer entre mis brazos, apoyándola contra una pared. En algún momento aspiré su perfume y comprendí de dónde venía el deseo. Era el mismo que usaba Ginny.
Las luces y el alcohol distorsionaban la imagen. De repente no era ella sino Ginny. Me descubrí sacudiendo la cabeza y parpadeando para no verla, no sentirla. A veces era la rubia desconocida, otras veces la pelirroja.
Finalmente me entregué a mis deseos y la imagen de ella desapareció, hasta que elevé la cabeza en un segundo de lucidez… y la vi. Concreta, real e increíblemente hermosa bajo las luces de colores.
Ginny…
…
Seamus me llevó hasta el departamento que compartía con Dean. Ambos me recostaron sobre un sofá. Era un peso muerto, no entendía nada. Mis manos ardían, tenía un corte en la palma, tal vez por haber tratado de detener el taxi.
Dean me dio un calmante y me quedé dormido. Abrí los ojos cuando el sol me golpeó en la cara. Desperté con una resaca monumental, el mundo daba vueltas, sentía nauseas. Parpadeé para hacer desaparecer una puntada en la cabeza. Hasta que recordé…
—¡Mierda! ¡La boda! —me levanté y tropecé contra una mesa pequeña, caí de bruces al suelo.
A los pocos segundos Dean y Seamus estaban a mi lado.
—Joder, Harry…—masculló Seamus bostezando. Dean me ayudó a ponerme de pie.
—Tengo que irme— jadeé—. Ginny… la boda…
—¿Realmente piensas salir en esas condiciones? —preguntó Seamus—. Al menos date una ducha.
—Ginny parte hoy —dije mirando hacia todos lados para enfocar la imagen—. Le prometí que iría con ella… yo… tengo que ir…
—Está bien, está bien —dijo Seamus con calma— pero beberás un café antes de salir, para que despiertes.
Sentí la mirada de Dean fija sobre mí. Su ceño estaba fruncido y tenía los brazos cruzaos sobre el pecho.
—No deberías ir —dijo con cuidado—. Lo que hiciste con ella es de lo más bajo —agregó. Me llevé una mano en la cabeza mientras me sentaba de regreso al sofá donde había dormido.
—No me lo recuerdes —gemí agobiado.
— De haber sabido que eras un imbécil le habría advertido —masculló—.. No le dije nada por la cara que pusiste el día que la atacaron. Pensé que la cosa iba en serio… ya veo que no.
Lo miré hacia arriba. Temblé, pero no dije nada. Porque el cabrón tenía razón.
Seamus se acercó con una taza de café cargado que me bebí en dos tragos. El amargor me causó una arcada pero la dejé pasar. Me puse de pie y corrí hacia la puerta.
—Gracias —dejé la taza sobre la mesa y corrí sin poder aguantar un segundo más los ojos acusadores de Dean sobre mí.
El departamento de Seamus quedaba suficientemente lejos como para tener que tomar dos líneas de metro y un taxi hasta llegar a la casa de Ginny.
Eran casi las diez de la mañana. Si recordaba bien lo que me había dicho, a esa hora llegaría el taxi que la pasaría a buscar para llevarla hasta la estación de tren.
En el trayecto las personas se alejaron de mí, tuve un vagón casi todo para mí solo. Luego descubrí en un espejo publicitario que mi aspecto era el digno de un vago. Hasta parecía peligroso, con los ojos encendidos, el cabello disparado, las ojeras marcadas y las mejillas rojas. Incluso mi ropa estaba ajada y sucia.
Era un desastre.
Cuando llegué al edificio de Ginny subí los escalones de tres en tres. Alcancé el tercer rellano casi asfixiado, pero pude componerme para encontrar las llaves en la chaqueta y abrir la puerta.
Me quedé quieto en el umbral. Ginny estaba en la sala con una pequeña maleta de viaje a un costado. Sobre el sofá descansaba un estuche largo… su vestido.
Tragué saliva. Cerré la puerta tras de mí.
El sol iluminaba todo el departamento con luz blanca. Se veía todo radiante, no sabía por qué no lo había notado antes.
Ella estaba de pie, mirándome. Parecía que ambos habíamos dejado de respirar. Se veía cansada, los ojos los tenía levemente hinchados. Pero lo había solucionado maquillándose magníficamente. Llevaba un vestido largo hasta el suelo que marcaba su cintura. Retorcí mis dedos. Quise abrazarla, pero mantuve la distancia.
Una de esas estúpidas canciones de la radio que escuchaba rompía el silencio.
"A drew a broken heart, right in your window pane…"
—Ginny —susurré.
—Harry —saludó ella. Había hecho tanto esfuerzo anteriormente por imponer la distancia que me aterró sentirla de su lado. Pude percibir la barrera emerger frente a nosotros y no era la mía.
—Ginny yo…
—No tienes que decir nada Harry —sonaba tranquila, la vi suspirar y esbozó una sonrisa triste—. Esto fue un error.
"Just breathe against the glass, leave me some kind of sing…"
—¿Qué cosa? —Pregunté sin querer. Ella miró hacia la ventana.
—Todo —puntualizó—. Nunca debimos dejar que las cosas se nos escaparan de las manos —respiró profundamente—. Nunca debí dejarte entrar a mi casa cuando arrancabas de Saville.
Fue como si de la pared hubiesen salido espinas.
"Just tell me is not the end of the line…"
—Ginny, necesito disculparme, no sabes cuánto lo lamento…—pedí perdón de verdad, porque no soportaba ver sus ojos sin emoción. No había ningún brillo en ellos, nada que delatara su estado de ánimo. No podía leerla.
Ella sonrió sin que el gesto alcanzara sus ojos.
"I never meant to break your heart; I won't let this plane go down"
—No lo hagas. Yo debí haberlo prevenido —dijo con calma—. Siempre serás un alma libre Harry. Jamás debí haberte dejado entrar en mi vida de la forma que lo hice. Ambos nos enredamos en algo que no tiene futuro… Tú no quieres un futuro ni conmigo, ni con nadie.
Sus palabras filtraron una indirecta entre líneas. Sentí mi corazón estrujarse.
"You gotta hold on, hold on to what you're feeling, that feeling is the best thing…"
—Lo siento mucho… pero…pero no voy a cambiar. No puedo…—jadeé. Dentro de mi cabeza la consciencia se dio cabezazos contra una pared.
Ella rió, como si le hubiese contado un chiste aburrido.
—¿Cambiar? ¿Y quién te ha pedido que cambies Harry? Nunca te pediría eso —soltó aire con suavidad, manteniendo la risa—. No. Lo que yo quiero es que madures. Que crezcas… Dios… Harry, ser como eres es tu mejor atractivo…—sus ojos se clavaron en mí, sus mejillas se sonrojaron—… Por eso me enamoré de ti.
Enamorada de mí.
Ginny estaba enamorada de mí.
Una ola de calor intensa se coló por todo mi cuerpo. Quise sonreír sin saber por qué. Fue como si por un segundo un golpe de felicidad me invadiera, pero volví a barrer con esa emoción cuando comprendí lo que significaba.
—Ginny…—Susurré su nombre con suavidad, ella levantó una mano en el aire, deteniéndome.
—No quiero que me compadezcas —dijo con más fuerza—. No quiero tu pena. Ambos fuimos idiotas y yo en parte acepto la culpa por haber dejado que mis emociones llegarán tan lejos. Pero ya fue, pasó —suspiró y miró el estuche con el vestido, como si en él estuvieran las palabras que quisiera decir—. Por eso me iré a Milán. Me alejaré de todo y comenzaré mi vida desde cero… y tú… tú deberías irte a Hong Kong, Harry. Es la mejor oportunidad que podría darte la vida para que madures. Necesitas crecer. Necesitas pasar un tiempo solo.
Sus palabras dejaron de hacerme sentido cuando dijo "Milán". El corazón me latió desbocado.
—Espera… ¿te irás a Milán? ¿Cuándo? ¿Por qué? —gemí casi con desesperación.
Sonrió con tristeza.
—No te lo dije porque no iba a ir —confesó—. Pensaba darte una sorpresa e irme contigo a Hong Kong, pero en vista de las circunstancias…—suspiró. Sin darme cuenta comencé a respirar agitado—. Conseguí una oferta de trabajo para diseñar con los mejores diseñadores Italianos del mundo. La revista Bazar me patrocinará. Mis vestidos estarán en la semana de moda de Paris —su voz se distorsionó, sus mejillas se tiñeron emocionada, sus ojos se cristalizaron—. Me convertiré en una diseñadora mundial.
Solté aire por la boca. Procesé cada una de sus palabras filtrando lo más importante: Ella se iría a Milán, se convertiría en una diseñadora de talla mundial, pero antes de eso iba a arriesgar aquella oportunidad por mí. Quería irse a Hong Kong… conmigo. Para estar conmigo.
Me ardieron los ojos y sorbí la nariz. El sol era demasiado brillante.
Se acercó hasta mí con cuidado. Sentía la presión en mi pecho, un dolor que jamás había sentido trepó hasta mi garganta.
—Quiero que te vayas de mi casa —dijo finalmente con suavidad—. Cuando regrese no quiero verte aquí, quiero… —suspiró profundamente, aguantando las ganas de llorar que se hacía presente en el tiritar de sus ojos—. Quiero que tomemos distancia —los cerró un segundo. Tragué saliva—. Quiero salvar la amistad que queda entre nosotros y eso solo puede resultar si nos alejamos. No nos hará bien vernos. A mí no me hará bien verte. De hecho, no sé si nos volveremos a ver. Arreglé todo hace un rato para partir a Milán lo antes posible. Así que tienes todo el fin de semana para desalojar. Deja la llave bajo la alfombra.
Mi garganta tiritaba, dolía, como si un puño de hierro me estuviera estrangulando. Tenía tantas cosas que decir y nada salía por mi boca. Era un cobarde… un pendejo… un inmaduro… un irresponsable.
Mi consciencia se recuperó de la caída y comenzó a gritar y a recordarme todo lo que mi padre me había dicho. Las uñas se me incrustaron en la palma de la mano. El ardor recorrió la palma derecha, donde tenía el corte.
—Vas a ser una diseñadora extraordinaria —fue lo único que supe decir. Todas las demás palabras se atascaron en mi garganta. El corazón me dio patadas en el pecho.
Ella apretó los labios y asintió. Sabía que esperaba que le dijera algo, pero no tenía el valor… no podía. Quería, pero mi cuerpo no reaccionaba.
Justo en ese instante el sonido de su teléfono rompió el silencio y la tensión entre nosotros. Ella miró la pantalla.
—Es el taxi... —susurró. Elevó sus ojos hasta mí. Finalmente vi unas lágrimas silenciosas surcar su mejilla. Tuve la tentación de elevar la mano y secarlas, pero ni siquiera eso pude hacer. Movió la cabeza—. Bien… me tengo que ir.
Asentí y ella dio dos pasos alejándose de mí hasta la puerta. Solo entonces uno de mis brazos reaccionó. La agarré por el codo con cuidado.
—Ginny yo…
Ahí quedaron de nuevo atascadas las palabras. Ella me miró intensamente, esperando. ¿Quería detenerla? Pero ni eso pude hacer.
—Si no tienes nada mejor que ofrecerme… déjame ir —suplicó. Aquellas últimas palabras terminaron por matar algo dentro de mí. Las ganas de llorar ardieron en mi pecho.
La solté. Ella hizo una mueca liberando más lágrimas y se fue cerrando la puerta a su espalda.
Solo quedamos yo y esa estúpida canción…
"Just tell me it's not the end of the line…"
Entonces el mundo colapsó. Ginny se había ido. Iría sola a una boda a la que yo le había prometido acompañar, y a su regreso, se iría a vivir fuera del país. Lejos de todos. Lejos de mí.
Y tal vez nunca más volvería a verla.
Caí de rodillas al suelo y me llevé las manos a la cabeza. Solté un grito estrangulado y comencé a llorar.
—¿Qué mierda hice …? ¿Qué fue lo que hice? —y lloré. Lloré liberando las emociones que por tantos años había mantenido encerradas dentro de mí.
NOTAS
Harry es un imbécil, sí.
Pueden seguir con los ataques hacia él.
Hay gente tan inmadura que necesita de un buen remesón para darse cuenta de lo que están perdiendo.
No es malo disfrutar de las fiestas, sentirse joven. Pero si lo haces para evadir las responsabilidades, estamos mal.
Pero esto no acaba aquí. Harry tendrá que aprender por las malas. Y solo hay una persona que puede hacerlo entrar en razón: Su madre.
En cuanto a Ginny, bueno, las mujeres tenemos una fuerza de voluntad inquebrantable, y ella no es la excepción.
¿Les gustó como se comportó con él? Nada de escándalos ni de exigir explicaciones, simplemente aceptó que con él no hay futuro.
A no ser que madure…
¿Pero qué debe pasar en la vida de alguien como él para poner los pies en la tierra?
Lo sabrán en el siguiente capítulo.
Gracias por leer y por comentar en Facebook.
¡Adoro hablar con ustedes!
Ya hacia el final tengo algunas sorpresas preparadas.
¡Nos leemos!
Kate.-
