Closer:
"La sumisa es la guardiana de las llaves de los sótanos donde habitan los deseos más oscuros de sus Amos"
Closer 37: Visita Inesperada P.1
"Día uno sin ti: Te echo tanto de menos que en mi reloj aun es ayer"
—Parece que tienes... siglos sin cocinar. Creí haberte enseñado — se regodeaba papá a mi alrededor mientras yo picaba los ingredientes de la ensalada, bufé y demostré mi madurez sacándole la lengua.
— ¿Tu Charlie Swan? Lo único que sabes hacer es... comerte todo. Igual que... — desviamos los ojos hacia Jake que se partía de concentración picando para la salsa del pavo. Me reí.
—Sólo... he perdido la práctica—dije enfocando mis ojos para no cortarme.
—Déjala Charlie, ella ya no cocina—defendió mi madre mientras mi padre la veía frunciendo el ceño.
—Si... a veces lo olvido—murmuró, él a veces se mostraba reacio ante la seriedad de mi relación personal. Y con a veces me refiero a todas las veces que él tema surgía a partir del momento en que él lo supo.
—Bueno, a veces cocino. Los fines de semana, a veces, la Señora Carmen tiene el día libre, entonces yo me encargo de cocinar para nosotros. — me defiendo, sabiendo que últimamente son muchas las veces en que la Señora Carmen no se encuentra en casa a petición de mi Señor, pero tampoco entonces cocino, porque todas esas últimas veces me he encontrado en situaciones donde no se me permite el movimiento, es decir, tampoco puedo cocinar. Así que me doy cuenta que estoy mintiendo.
—Creo que Edward te tiene muy mal acostumbrada — habló Jake — Cuando yo tenga una chica, ella debe saber cocinarme. Si ella no me cocina tan bueno como mamá, entonces yo no voy a tomarla en serio.
— ¡Vaya!... tienes una excelente filosofía de vida Jacob — le digo.
—Es lo que le he enseñado, me haces sentir orgulloso Jake — intervino mi padre limpiando una falsa lagrima de su rostro, sonriendo. Todos estábamos en la cocina, terminando los preparativos para la comida de navidad.
—Bien ¡Terminé! — anuncié con orgullo mirando el enorme tazón que había llenado con legumbres y hortalizas.
—Felicidades cariño — apremió mi madre, como siempre, como con cada pequeño logro nuestro. Miré la hora sobre los estantes de la cocina y me disculpé, caminando fuera de la cocina fui hacia el cuarto de baño más cercano para lavar mis manos. Lo hice rápido, con la ansiedad por escucharle bullendo por mi cuerpo.
Caminé hacia las afueras de la casa, ahí en medio de los arbustos de mi madre que alguna vez me parecieron un bonito refugio para pensar, lejos de los ideales de mi propia familia, hoy me resultaban el lugar perfecto para hablar con él. No buscaba un lugar apartado sólo por la tranquilidad de hablar sin ser escuchada, aunque esa era una razón de peso trascendental, sino porque entre más apartada estuviese de todos, más cercano lo percibía, como si simplemente él estuviese ahí, frente a mí.
Nuestra conversación se mantuvo en un elemento superficial, en cada una de ellas desde que hice mi viaje, había esperado con ansias cumplir cualquier cosa que él deseara, incluso estaría mintiendo si no deseé en los tres días anteriores que él me pidiese que diera la vuelta y regresara a casa, pero eso no había ocurrido. Y aunque nuestras llamadas finalizaban de manera tranquila, me quedaba un deje de decepción.
…
"Día dos sin ti: No salgo de la cama, aún estás conmigo, tan guapa, aunque sea en mis pesadillas"
Me he levantado con el propósito cadencioso de hacer de mi día algo más que deambular. Aceptar la última semana del año, como una semana de vacaciones, ha sido quizá, un error.
¿Días libres?
Han perdido el sentido, si al levantarme, no está ella.
Si al caminar e ir a la que sigue siendo su habitación, porque es ella, huele, sabe y tiene todas sus memorias, no está ella.
Si sigo caminando y no está de rodillas esperándome en la sala, junto al mueble, dispuesta para cenar, o ser la cena, ella no está.
Tampoco en la lúgubre mazmorra, que sin ella pierde sentido.
Ni en la cocina, tampoco en cualquier parte. Ni su voz suplicante, ni sus ojos rebeldes. Hay un silencio que se explaya por la casa, un servicio que en individual resulta agobiante. Los ladridos de Tomás han perdido fuerza, y su compañía a mi lado al saludarnos por las mañanas, lleva consigo la clara consigna de su ausencia en ambas existencias.
Aceptar mi dependencia a su pequeña figura, ha sido tan fuerte como la tortura de su aceptación. Pero ha sido tan satisfactorio como su mirada por las mañanas luego de aquellos tiempos de silencio. Iluminada, clara, sincera… encantadora.
Salgo de la cama, que es un lugar que nunca pensé fuese a ser tan vacío. Mi cama, siempre un etéreo lugar de descanso, un sitio para mi relajación, mía, solamente. Por ello había concluido, como tantas cosas que me llevaban al mismo camino, que yo ya no era sólo lo que veía frente al espejo, ahora era ella, como una extensión, la razón por la que mi cama había dejado de ser sólo mía, para ser de ambos. Y por esa misma razón no hay motivos para permanecer en ella por las mañanas más tiempo del necesario.
Extrañarla es ir al baño y recordarla sobre las baldosas del lavamanos, rememorarla con ojos risueños y esos gestos que caracterizan sus facciones. Extrañarla es volver al cuarto y no verla extendida entre las sabanas, con su piel lustrosa a veces marcada, medio cubierta, medio desnuda. Una exhibicionista natural que no tenía recato ni vergüenza, gracias a lo que había hecho de ella. Extrañarla es caminar por la casa con el vacío de saber que ella no se encuentra en ninguna parte, ni regresara en algún momento. Es ver pasar el día sin esperar la sorpresa de sus acciones o sus impulsos revitalizantes. Extrañarla es… comer solo, dormir solo, y ver en solitario la perspectiva de mi vida de un modo en que no sabía cómo podía perder sentido si ella no está.
Es, en mejores palabras, esperar con ansias su llamada diaria, para sentir deslizándose por mis oídos su voz suave, el ulular de su respiración, el temblor en el fondo de sus palabras. Era un poco de agua, un poco de pan, en medio de una crisis de sed y hambre.
Pero en medio de aquella necesidad todo era placentero, es placentero ser un dependiente de su presencia, porque su presencia es constructiva, alimenta y retribuye. Y creo que nunca tendré las palabras completas para describirla, en su acción hacia mí.
Me visto para un día más, afuera hace frio, no llueve ni cae algo del cielo, pero el viento es fuerte y la nevada de la noche ha dejado los caminos casi impasables. Voy afuera en búsqueda de algo que hacer, aunque algo es lo más pobre que puedo elegir. En mi camino de ir y venir por pasillos que no llevan a ninguna parte, me topo con mi opción, la única.
Mis manos le tocan, desnudándole, se mueven sin parar por sus curvas sintiendo bajo el tacto de mis dedos la superficie lisa sin ninguna imperfección. Le sujeto contra mí sintiendo la presión suave contra mi pecho. Mi mirada se desliza rápidamente hacia afuera, el paisaje nebuloso y cetrino de un día frio. Dejo de mirar el exterior para verla a ella, evocarla.
Es tal el poder de la mente que casi la siento a mi lado, sus manos envolviendo mi pierna, su cuerpo postrado en el suelo a mi lado.
Deslizo mi mano en enérgico movimiento, creando un sonido que le da vida al momento. Envuelvo mis oídos en el ritmo que produce el instrumento en mis manos. Mientras el calor de su cuerpo en mis recuerdos me envuelve y provoca que la música mejore. Desnuda, con ese collar suyo que tan bien le resalta, con su cabello recogido en un moño que deja mechones sueltos para enmarcar su rostro, con toda su piel descubierta, erizada y con anhelos de ser tocada. Pero sólo siendo tocada por lo que mi mano produce en la distancia, el movimiento es rítmico, el ulular de la música es abrumador. Como su recuerdo, como ella.
Fue mi decisión dejarla ir.
Fue su elección ver a sus padres.
Está en mí volverla.
¿No sería egoísta?
Estoy siendo desinteresado. Debería tener algo de paz por ese simple acto.
…
"Día tres sin ti: No llamas y todo, las canciones mi cama la pena mi pecho tu nombre mi nombre con el tuyo tus fotos mis trozos nuestros restos, comunica"
Es absurdo. Sonrío a mis padres mientras Jake me envuelve en sus brazos, como antes. Como si nada, como si los años no hubiesen pasado y todos seamos ahora personas distintas. Los regalos, el árbol y las sonrisas son todas las cosas típicas de una mañana de navidad.
Jake y yo parecemos el par de niños que un día fuimos, en pijama, ¡estoy usando un pijama! Y sé que sus ojos brillan con la misma intensidad que entonces viendo los obsequios bajo el árbol. Mamá y papá están juntos, siempre juntos, con sus manos juntas y sonriendo, como si todo estuviese bien. Entonces sé que para ellos todo lo está.
Hay chocolate caliente en cada una de nuestras tazas, la mía que sostengo en mis manos, las de ellos que reposan en una mesa circular de madera tallada, que está junto al gran sofá.
—Vamos hija, eres la chica de la casa. ¡Se la primera! – dice mi papá enérgico, lo observo y miro de nuevo al árbol, los brazos de Jake sueltan su agarre para empujarme hacia allí. Tal vez si estuviese en casa no habríamos tenido ninguna mañana de navidad como ésta, tal vez nada de chocolate caliente, ni tampoco un árbol con regalos, pero… él. ¿Estaba malo en querer cambiar las situaciones? ¿Estaba yo siendo egoísta? Lo más probable es que si, al ver las sonrisas de mis padres hacerse más grandes, confirmo que efectivamente estoy siendo egoísta. Complacerlos a ellos también debería estar entre las cosas importantes que yo debo considerar, ¿no?
Para cuando terminamos de abrir todo tengo, un gorro para el frio de color azul, un abrigo nuevo tejido y blanco, un par de pendientes y… sorprendentemente, una corbata para él. Sonreí un poco más al abrir éste, ignorando con éxito los nervios por darle algo proveniente de mis padres. ¿Y si no lo quería?
Jake tenía un forro nuevo para su moto nueva, guantes especiales, un relicario con una dedicatoria, medias y dulces… si, definitivamente Jake les sigue dando a mis padres la alegría de tener un pequeño en casa, aunque éste de pequeño ya no tiene nada.
Mis padres también tienen su cuota de regalos, por supuesto. Jake y yo nos encargamos de ello en los días previos. Así que ambos sonreían enseñándose el uno al otro sus cosas nuevas.
Con esa perspectiva de comienzo de un nuevo día nos fuimos alistando, ultimando detalles para una gran comida, donde estaban invitados unos amigos de Jake.
Desde que abrí los ojos por la mañana estaba pensando en nuestra llamada, en la llamada que haría unas horas después. Le hablaría de mis regalos y los de todos, le diría que tenía algo para él, aparte del regalo que guardaba en casa, en mi habitación, no en la de ambos, sino en la roja.
¿Le diría feliz navidad? Probablemente al final, antes de colgar, para no escuchar respuesta e irme con la ilusión de que él sonríe luego de que mis palabras salen. Esa es la mejor manera de hacerlo, creo.
— ¿Lista? – esa es la voz de Jake, sacándome de mis ensoñaciones. Saldríamos a comprar algunas cosas para el almuerzo, como el postre que nadie había pensado en cocinar. Y un par de gaseosas que nadie se había percatado en comprar.
— ¿Iremos andando? — pregunté, afuera no llovía pero hacia suficiente frio para no querer ir andando, a menos si, como yo, no te quieres abrigar demasiado.
—Por supuesto — dijo él asomando su cabeza por la puerta— ¿Ya olvidaste la tienda de la otra cuadra? Podemos ir andando, ¿quieres que te lleve en moto? —preguntó con emoción, negué de inmediato, en moto era lo mismo o peor que andando.
—Está bien, solo dame un minuto para ponerme algo mejor — dije señalando mi camiseta sencilla.
—Vale — se retiró para dejarme terminar.
A nuestro paso hacia la tienda eran muchas las personas que salían con sus sonrisas cálidas a desear feliz navidad, niños corrían por los patios de sus casas estrenando sus regalos, juguetes, ropa, entre otros. Conocidos me saludaban con el entusiasmo propio de volver a ver a alguien después de mucho tiempo, algunos con tal familiaridad que me hacían dudar de mi memoria. Mantuve el celular en mi mano, chequeando la pantalla cada tanto tiempo, pero nunca apareció nada. Yo debía llamarlo, esa era la condición.
…
"Día cuatro sin ti: Me abandonaste a las tres. El reloj lleva cuatro días marcando las tres y cinco"
Nunca he tenido una mañana de navidad que no sea en casa de mis padres, inclusive aquellos días en que coincidían con un fin de semana. Un fin de semana que era la oportunidad de ellas para ser parte de mi vida. Pero entonces, yo no concedía mis fines de semana para alguna de ellas, porque siempre, sin importar el que, mi familia estaba primera. ¿Ha sido eso lo que he intentado enseñarle? ¿Qué su familia está primero? Involuntariamente, un gruñido se retuerce en mi pecho, porque nada debe estar primero.
Hago el mismo camino de diario, yendo al baño, me veo en el espejo. No hay deseos de remover la barba de mi rostro que cada día crece más. Tan abundante y en contra de mi cabello que Rose se ha encargado de dejar corto de nuevo. Por estos días.
Me baño y me visto, con la consciencia de ser el día de navidad. Tomo los obsequios, los que ella ha dejado, los que hemos comprado ambos y los míos, para mis padres, para Rose y en especial para Chloe, por supuesto, ella tenía una gran debilidad por mi pequeña sobrina. Antes de ir al auto voy por Tomás, no puedo dejarlo solo en casa, así que lo subo en la parte de atrás del auto apelando a su buen comportamiento y marcho a casa de mis padres.
El viaje es rápido, no tengo cuidado aunque debería debido al clima, acelero un poco cuando menos debo, freno cuando ya no es necesario. En mi defensa, sólo estoy tomando un poco de diversión imprudente de la mañana de navidad. Tomás ladra, y por momentos parece compartir el espíritu conmigo.
Pronto estoy en casa de mis padres. Rose y Chloe, no sé si en compañía de Emmet aunque supongo que sí, deben estar en casa como cada año. Es promesa obligatoria a mis padres. Así que hago mi entrada cuando ellos aún están durmiendo, mi madre ya está despierta por supuesto. Ella es tan madrugadora en cada día de su vida como si no existiera el término, día de fiesta, para ella. Así que me recibe con sus brazos abiertos y esa cálida sonrisa.
—Buen día, madre — saludo dando un paso dentro.
—Feliz navidad, cariño — su saludo no me sorprende ni me retrae pues me lo espero, la dejo abrazar y la sostengo a mi lado con Tomás haciéndose notar entre nosotros.
—Feliz navidad, madre — le devolví dejando un beso en su frente. Me sonrió e invitó a seguir adelante.
—Vamos, aprovecha y mete todo eso junto a los demás bajo el árbol. Chloe duerme tan profundamente aún — suspiró con ahínco. Ella estaba deseosa de que Chloe hiciera su aparición en la sala. Al colocar los obsequios bajo el árbol podía asegurar que, mucho más de la mitad, son para ella.
— ¿Quieres tomar algo? ¿Has desayunado? — negué mientras caminaba para dejar a Tomás en el patio de atrás. No había desayunado, no lo haría en una casa vacía sin su compañía. Le había dado gran parte de la semana libre a Carmen, a Michael solo ayer. — Entonces ven y come algo conmigo, si nos dedicamos a esperar a que todos se levanten voy a tener problemas de humor hambriento — le sonreí y asentí yendo a su lado. Nos sentamos en la barra y comimos un poco. Y me di cuenta de algo. ¡Cuánto he cambiado en los últimos meses!
— ¿Dónde está papá? – pregunté al pasar los minutos y extrañarme de no verle por ahí.
—Él salió temprano a hacer compras de último minuto, ya sabes que siempre hay algo que se olvida — dijo, asentí bebiendo de mi taza de café. — ¿Y Bella? ¿Cómo está ella? — preguntó mi madre evaluándome con la mirada.
— Bien. Envía saludos desde casa de sus padres—dije simplemente. Me dio otra mirada de las suyas pero no dijo nada más, permitiendo que el resto del desayuno pasara de forma tranquila.
Pronto desfilo ante nosotros una desaliñada Rosalie, de quien no pude evitar reírme cuando la vi, de pie, con sus ojos a medio abrir y su cabello generalmente perfecto, ahora desarreglado con mechones apuntando en todas las direcciones posibles.
— Feliz navidad Rosalie — dije, sólo para tomarle el pelo. Ella gruño, y camino hacia el baño, parecía que habíamos cambiado de papeles esta mañana. El siguiente en pasar fue Emmet, exclamando que no se perdería de la visión de su hija abriendo los regalos. Pronto se nos unió Carlisle, mi padre, llegando con dos paquetes de bolsas con víveres, y otro paquete de regalos. Bufé ante eso, realmente ya habían suficientes.
Sin embargo Chloe seguía durmiendo, me asomé en varias ocasiones para verificarla profundamente dormida.
Todos esperábamos por ella, sumidos entre la paciencia y la impaciencia por verla en su elemento, rodeada de regalos. Todo… hasta que escuchamos un grito proveniente del cuarto donde se encontraba. Un grito llamando a Rose que corrió de inmediato donde ella.
Volvió pronto con Chloe en brazos, le sonreí a mi pequeña sobrina que aún conservaba su rostro soñoliento, refregando sus ojos y recostándose en el cuerpo de su madre, quería tomarla conmigo. Pero no era mi momento así que me puse de pie junto a todos para ir hacia la sala.
— ¿No estas emocionada? — bramaba Emmet junto a Rose, intentando animar a Chloe que seguía luchando contra el sueño. Unas cuantas veces bostezaba, claro, ella aun no miraba hacia el árbol.
—Chloe. Cariño… ¿Recuerdas que día es hoy? — se acercó mi mamá a preguntarle, extendió sus brazos a los que Chloe acudió de inmediato, recostándose en su cuello como si ella estuviese ofreciéndole una cuna para dormir.
—Abuelita — murmuró, me senté en uno de los brazos del sofá sonriendo y esperando. —Quiero dormir— murmuró de nuevo. Todos la escuchamos.
—Pero cariño. Hoy es navidad— le explicó mamá. Chloe se detuvo por un momento y se alzó observando a su abuela.
— ¿Ya? — ella le sonrió con todo el ánimo del mundo.
—Sí. Y creo que te has portado muy bien este año, mira — la giró para que observara la cantidad de regalos debajo del árbol. Todos vimos cómo sus ojos se iban abriendo de a poco, dejando atrás todo resquicio de sueño, su pequeña boca formo una gran "O" y sus manitas se alzaron en el aire.
— ¿¡Míos!? — preguntó entre la sorpresa y la alegría.
— ¿Por qué no vas y lo averiguas? — dijo mi madre y la dejó en el suelo para que ella misma lo hiciera, caminó con sus suaves pasos seguros hacia los regalos y se sentó en el suelo tomando una caja hacia ella.
Todos esperamos expectantes, frunció el ceño.
— ¡Mami! — llamó, como protestando.
— ¿Qué ocurre cariño? — preguntó Rose aprensiva al notar la angustia de Chloe.
—No sé leer— dijo mirándola a ella y de nuevo al paquete.
—Hey Chloe— dije llamando su atención, está me miro de inmediato. — ¿Recuerdas que te estaba enseñando? Cuando estaba ayudándote con tus tareas—sugerí.
— ¿Me ayudas de nuevo tío Ed? —preguntó con su rostro acongojado y esperanzado a la vez.
—Por supuesto— dije levantándome para ir a su lado. Me acuclille justo junto a su posición. —Veamos, ¿recuerdas las letras? — le pregunté.
—Hmm— llevó una mano a su cabeza —Unas— dijo alzando su mano, mostrando tres de sus dedos.
—Bueno, veamos ¿Con que letra empieza tu nombre? — pregunté expectante.
Ella pensó un minuto o quizá dos, no lo sé porque el paso del tiempo se hace invisible cuando estoy entretenido con sus gestos.
— ¡Con la C! — pronunció al mismo tiempo que sonreía ampliamente por su logro.
—Eso es. Lo que tenemos que hacer — dije —Es buscar los regalos que en la tarjeta tengan una C. ¿Te parece ésta una C? — tomé un paquete al azar para enseñarlo. Ella asintió con energía y me levanté satisfecho de haberla ayudado.
— ¡Si es! ¡Si es! Gracias Tío Ed — dijo ella pero rápidamente procedió a ignorarme para avocarse a sus regalos, tirando de las ataduras y los envoltorios. Todos me sonrieron provocando que una expresión desinteresada cubriera mis facciones, me hice de nuevo en el brazo del sofá y tomé mi celular para capturar una fotografía de Chloe.
Tomé más de una, abriendo cada regalo. Sus impresiones viajaban en diferentes tonos de sorpresa y felicidad.
Un triciclo color rosa y con cesta, muñecas, todas las cosas que necesitaba para atender a sus muñecas, una pizarra para anotar, ropa, accesorios para su cabello, más juguetes. Había un sin número de regalos de los cuales todos estuvimos orgullosos de haber comprado al observar la alegría que emanaba.
Isabella le compro, entre otras cosas, ropa y accesorios para su cabello y además había comprado un pequeño relicario, o más bien dos ya que uno me había dado cuenta ella conservó, donde guardaba la foto que Rose había hecho de las dos en forma diminuta en él. Chloe ya lo tenía colgado en su cuello mientras preguntaba por su Bella.
El resto de la mañana vimos a Chloe en su triciclo rosa intentando darle paseos a Tomás en la canasta. ¡Pobre chico! Sin embargo a él parecía gustarle aquello, así que no hice ningún movimiento por impedirlo.
— ¿Un trago? — se acercó Emmet por mi espalda, palmeando y ofreciéndome un vaso de vidrio lleno de algún licor. Dudé.
— ¿No vas a tomar un trago con tu padre en navidad, Edward? — Por el otro lado se acercó mi padre — Relájate un poco, estas con tu familia ¿no? –—su pregunta me hizo recular por un instante. Si, estaba con mi familia, pero sabía perfectamente que el cuadro no estaba completo. Tomé el vaso que se me ofrecía.
—De acuerdo— mantuve la voz serena, aunque tuve que apretar la mano desocupada en un puño para no llamarla en ese momento.
…
"Día cinco sin ti: Tu ausencia aplastando mis entrañas, pareciera que han pasado por mi alma noventa años"
Con cada minuto del día, me fui alejando más de todos. ¿Intencional? No lo creo. Lo he estado intentando todo el tiempo, a cada hora, con cada minuto que el reloj corría. Pero yo sólo no me sentía completa entre ellos, algo me faltaba. Y sabía que era ese algo.
No había podido llamarlo, primero fueron las compras, luego fue el almuerzo y los invitados, que de ser dos pasaron a ser muchos más. Tenía que ayudar a mamá, no tuve un respiro. Y ahora después de que ha pasado casi todo el día y no he hecho la única cosa que él me ha pedido hacer desde que vine hasta acá, no soy capaz de llamarlo. Tengo miedo.
Y sin embargo no hay cosa que deseé más que escuchar su voz.
En el reloj de pared de la sala de mis padres, las manecillas indican que ya son las ocho.
A un lado, mis padres sonríen mientras hablan con algunas personas, vecinos, amigos suyos del trabajo. Ambos tienen en sus manos copas de licor, del cual también llevo una en mi mano pero que he bebido muy poco. Otras personas están un poco más allá, platican, ríen y mueven sus pies al ritmo de la música que sale desde el estéreo. Completamente al otro lado y casi fuera de la casa se encuentra Jake con algunos de sus amigos. Ellos son más estrepitosos y su presencia es más notoria, sin embargo se mantienen todos juntos y a un lado como el grupo que evidentemente son.
— ¿Hay algún problema?—la voz de mi padre me hace dar un brinco en mi lugar, hace tan sólo un momento lo he visto conversar con sus compañeros y no me di cuenta en qué momento se acercó lo suficiente para estar a mi lado.
— Todo bien—le sonreí, diciéndole una pequeña mentira. Por supuesto, él no necesita saber nada más.
—No puedes mentirle a tu padre—dice, como si fuese conocedor de todas aquellas cosas que pasan por mi mente —Sabes, tienes una arruga adorable entre las cejas, y tus ojos repasan todo pero no se quedan en nada. Puedes tener años viviendo lejos, puedes pasar muchos años viviendo lejos, pero te conozco tanto como conozco esta mano—dice alzando su mano a los ojos de ambos —Y sé que no estas feliz. ¿Puedo hacer algo para mejorar tu noche?— observo su rostro y la esperanza de ser él quien pueda ayudarme, sin embargo no hay nada que él pueda hacer para mejorarlo. No es el hombre. Doy un largo suspiro.
— No te preocupes papi— me alzo en la punta de mis pies y beso su mejilla —Voy a salir a hacer una llamada— le indicó porque yo soy la única que puede hacer algo para dejar de comportarme de esta manera, sé que a mis papas les afecta. Así que me dirijo a hacer lo que debo. Él me observa, sé que se queda observándome todo el rato mientras me muevo por la sala, y paso junto a Jake y sus amigos, algunos sonríen, otros me miran mucho, no hago caso a nadie.
Marco su número, ese que no debo buscar porque mis dedos se mueven en automático rememorándolo exactamente, sin equivocación.
—Hey—saluda desde el otro lado de la línea. Su tono desenvuelto me hace fruncir el ceño, suena… extraño.
—Señor—a pesar de la extrañeza respondo con el alivio propio de estar escuchando su voz. — ¿Cómo está? —pregunto cordial, intentando entablar una conversación.
—Digamos bien— dice él, y calla.
— ¿Está donde sus padres? —sigo preguntando.
— ¿Dónde más? —responde él con otra pregunta. Algo en su tono hace que se forme una bola incomoda en mi estómago.
— ¿Qué ocurre? — pregunto, porque tengo que hacerlo.
— ¿Por qué no estás aquí? — su pregunta me toma desprevenida, provocando que parpadeé varias veces y me apeé hacia un lado en mi sitio.
—E…es-toy donde mis padres—respondo tontamente.
—Tú deberías estar aquí, conmigo—dice él, mi corazón cambia su ritmo a uno más acelerado. ¿Qué está ocurriendo? Su tono… la respuesta está en la forma en que está hablándome, demasiado corrido, nada medido, y algo enredado. ¿Qué ocurre?
—Señor… —llamo, el silencio me distrae en mis pensamientos y no consigo entender que quiere decirme.
—No— dice él.
— ¿No, qué? — devuelvo.
—Edward, yo Edward— dice y a pesar de la repentina tensión en la llamada quiero reírme.
— ¿Está en casa de sus padres? — pregunto de nuevo.
—Si… —deja la frase inconclusa—pero voy a irme a casa pronto. Tengo algunos regalos para ti, aunque no sé si los mereces — se quedó murmurando como si estuviese hablando consigo mismo.
— ¿Puede pasarme a Rosalie? — rezo para que me haga caso, es extraño escucharlo hablar en ese tono.
—No quiero— dice y quiero reírme, por favor.
—Por favor —pido con voz suave, la voz típica que usaría para pedirle algo si no supiera que no está en sus perfectos sentidos.
—De acuerdo—accede y sonrió.
Escucho movimiento y ruido, voces que se confunden en la distancia, algo de música y su grito llamando a Rose me hace reír de este lado.
— ¡Alo! — la voz de Rosalie afortunadamente suena bien, típica de ella, cuerda y autoritaria.
—Rosalie, que bueno escucharte. ¡Feliz navidad! — exclamo con cordialidad.
—Lo mismo para ti Bella, ¿Cómo estás, en qué puedo ayudarte? — devuelve el saludo.
—Bien gracias. Hey… er… tu hermano, ¿él está bebiendo? —pregunto; aunque ya se la respuesta, aunque es la primera vez que lo escucho así, aunque precisamente por ser la primera vez es que me he dado cuenta.
—Lo ha estado haciendo junto a mi padre y Emmet, deberías verlos Bella, en especial Edward— doy un respingo.
— ¿Qué esta él haciendo? — pregunto con nerviosismo.
—Nada, él se aleja de todos y observa su teléfono como un niño en solitario. Él está extrañándote. Por eso digo que deberías verlo, si le hablo me habla de que no estas, que deberías estar aquí. —dice riendo, me sonrojo aunque no sé cómo sentirme, lo único que siento es halago y vergüenza.
—Rose, no lo dejes ir a casa en su estado— pido.
—Sabes que no me estas pidiendo algo fácil ¿verdad? ¿Sabes lo difícil que es Edward?
—Lo sé, pero, por favor. Sabes que él no bebe, nunca al menos desde que lo conozco, y no quiero que conduzca en ese estado. Por favor, pásamelo, intentare convencerlo. Salúdame a todos, y dale un beso de mi parte a Chloe — le digo.
—De acuerdo, ya te lo paso. Chloe y todos te extrañan. Gracias por los obsequios Bella, esperamos verte pronto — sonrió y aguardo mientras otro silencio se produce tras su despedida.
El silencio no me agrada, porque desconozco de su rostro y sus acciones. ¿Por qué ha bebido cuando nunca lo hace? Siempre he supuesto que las bebidas alcohólicas no son de su agrado. Supongo también que ha sido el ambiente familiar. Pero, ahora que está lejos, y no sé qué es de él, no me agrada la sensación que se instala en mi estómago.
Si fuese de alguna manera posible, en este momento estaría tomando las llaves del auto y conduciendo a casa de sus padres, eso por supuesto si estuviese en la ciudad de Chicago y no en Seattle a… tantos, demasiados, kilómetros de distancia. Así que sólo espero, mientras los cambios se detectan en mi oído. Como los ruidos que van desapareciendo en la distancia, justo como si él estuviese alejándose de todos. Incluso puedo imaginarlo, vistiendo un traje negro que se ajusta en las partes exactas de su cuerpo, dejando entrever lo bien formado que se encuentra, una camisa blanca bajo la chaqueta, sin corbata, y con algunos botones sueltos. Pulcro, impecable pero siempre resaltando en todo su aura de poder y magnetismo que tan bien ejerce alrededor. En mi mente el recibía el teléfono de las manos de su hermana y, suponiendo que estaban todos reunidos en el patio trasero, él caminaría hacia el interior de la casa, alejándose de todos. Yendo donde pudiese hablar de forma más cómoda y quizá, expresarse a mí de la forma en que en realidad lo estaba deseando. O quizá, yo quería simplemente eso.
Pero lo siguiente que escuché fue el sonido de su respiración y nada más. Un sonido que fue capaz de viajar por el auricular y entrar en mi mente, viajando hacia abajo, por mi pecho, como una corriente suave que va calmando la ansiedad de mi cuerpo, esa ansiedad producida por toda esa distancia que ahora mismo impiden que esté a su lado.
—Si-siento no haber llamado antes. Yo, he estado todo el día ayudando a mi mamá, de un lado para otro y… sólo, no he tenido un momento para mí misma—dije, excusándome, cuando su silencio fue demasiado para mi tolerancia.
— ¿No tuviste un tiempo para ti… o un tiempo para mí? —sus palabras fueron peor que mi propia reprimenda.
—Lo siento—murmuré verdaderamente apenada.
—Está bien—dijo para mi sorpresa.
— ¿Está todo bien? —pregunté sintiéndome nuevamente confusa, toda la llamada lo era. Éste no parecía él para nada.
—Isabella… —escuchar mi nombre en sus labios nunca había instalado tal inquietud en mi cuerpo, quizá era por el sonido torturado de su voz, o esas ganas que me producían querer verlo ahora, justo ahora. —Todo está bien. ¿Estas disfrutando en casa de tus padres? —preguntó, y me planteé verdaderamente como responder su pregunta. Y con él, la única respuesta era la sinceridad.
—No tanto como creí que podría hacerlo— me expliqué, esperando que él me entendiera sin necesidad de entrar en detalles explícitos.
—Bien, entonces todo está bien. Feliz navidad pequeña, hablamos luego— y tranco la comunicación dejándome con el corazón en la boca y muchas ganas de decir tantas cosas.
Entre ellas, que no vuelva a casa conduciendo, que permanezca toda la noche en casa de sus padres porque estoy preocupada por su seguridad, pero aquí estoy, con el celular pegado a mi oreja en silencio y con mi corazón atronando duramente.
— ¡Mierda! —exclamo exasperada. Y sé que lo he dicho lo suficientemente duro para que algunas de las personas que están cerca de la puerta me miren con esas expresiones desdeñosas en sus rostros.
…
"Día seis sin ti: Mi madre me ha besado las ojeras y he salido del ataúd que es mi cama sin ti, dejando al lado de la almohada una nota de resurrección"
Me levanté con la sensación de estar caminando en una casa desértica. Afuera, había más sol que en los días de verano, como si aquello fuese una señal más de que algo había ocurrido durante la noche, dejando todo terriblemente pacífico y en silencio. Mientras salía de mi habitación, que nada tenía con el pronombre posesivo de mía, esperaba escuchar los ruidos típicos de una mañana. El tintineo de los cubiertos, el agua saliendo del grifo de la cocina mientras mi madre cocinaba, o el murmullo de voces que intentaban apaciguarse entre las paredes.
Sin embargo, mientras caminaba con pasos medidos y cautelosos, todo el ruido que se filtraba era él de los pajarillos que se reunían en los arbustos del jardín. Ni siquiera ruido de autos, todo era... desértico. ¿Estaba soñando?
No es que éste fuese un sitio tremendamente ruidoso, pero era extraña la calma que se vislumbraba. Salí del pasillo hacia la sala, todo estaba como se suponía debía quedar después de la noche de navidad. Vasos por aquí y por allá, todas las cosas fuera de su lugar. Era un desastre, pero gracias a la calma y la soledad, era un desastre hermoso.
Me giré hacia la derecha para tomar la entrada a la cocina, quería ver más de esos ventanales de mi madre que daban hacía el jardín, sentir en mi cuerpo el filtro de entrada de los rayos de sol, que si bien no eran sorprendentes eran gratamente bienvenidos hoy. La cocina más del mismo desastre, éste no tan hermoso. Los platos sucios rebosan el mesón, así como restos de comida. Entiendo que no se puede ser anfitrión y servicio al mismo tiempo, pero espero que para el próximo año consideren ser invitados de otra casa y no anfitriones de un desastre.
Dejo vagar mis ojos, para que se alejen de las montañas de platos y se distraigan en los colores exteriores. El verde jardín, las flores de mi madre, esas que brillaban en tantos colores gracias al rocío y el sol que ahora les golpeaba, que te hacían pensar en paisajes encantados de mañanas únicas. Maravillada me serví un vaso de agua, dispuesta con ánimos renovados a ayudar un poco mientras, me supongo, todos siguen durmiendo.
Empiezo con las montañas de platos, tirando los desechos en el bote del aseo, que afortunadamente no son demasiados. Hago el proceso de mojado, fregado, enjuagado y secado, enfocando mi mente en ello y no permitiéndole pensar en nada más que esa actividad superflua.
Recuerdo y siento en el paladar el deseo de una taza de café, así que paro un momento en mi actividad para activar el funcionamiento de la cafetera que tan bien se me ha dado manejar por muchos años, vierto en ella las cantidades de agua y café que necesito, y la dejo hacer mientras continúo en lo mío.
Pronto, y antes de que la alarma de la cafetera suene, previamente anunciada por el olor del café recién colado, estoy limpiando el mesón ya libre de cualquier cosa que no sea el jarrón que mi madre ha dispuesto en el centro con piedrecillas de colores.
Me doy por satisfecha con la cocina y me sirvo mi primera taza de café, tomando el bote del azúcar para darle el gusto que me agrada. Aunque sigo extrañando un café de máquina, pero esto es lo mejor que puedo conseguir ahora. Mientras bebo el primer sorbo en mi mente se filtra el pensamiento de mi celular, un nuevo día, y él... mi Amo. Quiero llamarlo, pero la manera extraña y aguda en que fue la llamada de la noche anterior me hace retrasarlo, no querer hacerlo, al menos no por ahora, me digo, quizá mintiéndome a mí misma.
Vuelvo a llenar mi taza pero la llevo conmigo a la sala. Recojo todo lo que no debe ir ahí, y si en la cocina, tiro los restos de papel, lata y vasos plásticos a otra bolsa de aseo. Sacudo los cojines del sofá, los asientos. Mojo un paño y repaso aquellas cosas que han sido manchadas con ver tú a saber que sustancias. No es como un desorden monumental pero mi mente, que trata de enfocarse en cada pequeño detalle, no deja pasar ni una mancha de polvo, es como una obsesión por no pensar en lo que debería o hacerlo dado el caso.
Hago varios viajes a la cocina en el proceso de limpieza, pues vasos y copas han sido dejados por ahí, así que pronto he llenado de nuevo el tanque del lavabo de la cocina y sé que debo volver a mi tarea de los cuatro pasos. También voy varias veces a sacar más café para mí, tanto que pronto debo echar algo más de agua y café molido para hacer más.
Todo parece mejor ahora, el sol que he dejado filtrar a través de las cortinas abiertas en la sala, da un resplandor nuevo que es un excelente complemento del brillo y el olor de la limpieza. Cuando finalmente termino las dos áreas que me he dispuesto a arreglar, sonrío por mi trabajo. Me sirvo una nueva taza de café y voy al jardín.
Si bien el sol resplandece alto, una brisa helada eriza todo mi cuerpo al estar en el exterior, sin embargo no es desagradable, es más bien como el saludo de la mañana y le doy una respuesta sonriendo, dejando que mi cabello se agite y mi rostro sea lavado de esa manera.
Camino un poco yendo hacia la parte lateral de la casa, afortunadamente nada está fuera de su lugar aquí, así que me limito a sentarme en una acera de caminerías cruzando mis tobillos. Aun visto pijama pero es lo impensablemente discreta (pantalón y camiseta de pijama) para permitirme estar aquí afuera sin temor a que alguien pase y me vea. Sé que el tiempo está corriendo mientras estoy aquí, pero no me apuro por su paso, no hay nada que pueda hacer a su paso, aunque dentro de mí se siente como si estuviese exactamente a la espera de algo. No sé qué es.
—Así que, aquí es donde está mi pequeña hada de la limpieza—Sonrío manteniendo los ojos cerrados, como los tenía antes de saber que ella se acercaba.
—Buenos días mami— saludo desde mi posición, abro los ojos con lentitud — ¿Has descansado? — pregunto girando para verla. Su cabello recogido en un moño poco elegante deja caer mechones de su cabello claro por todas partes, me sonríe y la veo sentarse a mi lado, ella ya lleva una taza de café en sus manos.
—Si cariño, he descansado ¿y tú?— asiento, creo que también lo he hecho. —Gracias— murmura, me encojo de hombros — ¿A qué hora te has levantado para tener todo tan reluciente?
—No muy temprano, sólo lo suficiente— giro para mirarla, ella estaba mirando al frente pero pronto volvió hacia mi sus ojos que pasaron del súbito estado risueño de la mañana a la preocupación y el escaneo detallado.
— ¿Cómo estás? — pregunta, no como esa casual pregunta cortes que todo el mundo hace, sino como la pregunta de una madre que está viendo a través de lo que sea que ellas ven.
—Estoy bien— respondo, desviando mis ojos y tomando el último sorbo de mi taza de café, la dejo a un lado. Aun sin mirarla.
—Podrías no mentirme ¿sabes?, no hemos hablado sobre esto desde que llegaste. Pero me gustaría hacerlo— me remuevo incomoda en mi lugar. ¿Hay que hacerlo?
—No sé de qué quieres hablar... — murmuro más para mí misma, aunque lo suficientemente fuerte para que ella me escuche, me echo hacia atrás dejando que mi espalda se recueste a la pared de la casa, levanto mis piernas flexionándolas para cerrar mis brazos entorno a mis rodillas.
—Hmm— ella hace ese mohín de aprensión que no es agradable, pero que me hace sonreír. Sé que no puedo mentirle a mi madre, nunca lo he hecho, pero ella siempre ha sabido respetar mi forma silenciosa de andar entre ellos. —Entonces, he querido saber desde que llegaste. ¿Por qué has venido?— su pregunta es directa, sin reproches, sin embargo el simple contenido de la misma me hace abrir mis ojos con desborde y mirarla con incredulidad. Frunzo el ceño porque ni yo misma comprendo su pregunta. Titubeo, sin embargo cuando respondo mi voz sale firme.
—Es lo que he hecho todos los años desde que estoy fuera, viajar en las fiestas de diciembre para estar con ustedes. Ustedes son mi familia ¿No? — en mi voz, se filtra el tono ofendido.
—Hey— ella toma mi brazo dando una suave palmada sobre mi hombro, sonríe como si nada pasara, probablemente sea así —Tranquila cariño, no estamos discutiendo ¿recuerdas? estamos hablando— asiento aunque sigo precavida. —Sé que eso es lo que has hecho estos años, y créeme que estoy feliz de tenerte aquí pero, ambas sabemos que este año no es como los anteriores, y que nosotros ya no somos lo único más importante en tu vida, ¿no es así?— ante esto último, mi corazón se acelera en latidos que intento controlar. —Mira, la vez pasada que estuviste aquí de visita, me dijiste una cosa que no creí por completo pero que acepte por lo poco que llevabas conociendo a Edward, me dijiste que no estabas enamorada de él. Pero ahora— la miré —Cundo me has dicho que volvieron hace más de un mes, he sabido perfectamente que él no es cualquier persona en tu vida, lo supe cuando fui a visitarte, lo he sabido por el tono en tus llamadas y lo he confirmado desde que llegaste. Miras el reloj para la hora en que vas a llamarle, miras tu celular constantemente cuando no le has llamado, y después que lo haces, después que has hablado con él, tus ojos toman el brillo de la vida. Un brillo que ayer no has tenido, que no has tenido cuando llegaste de viaje y que definitivamente no tienes ahora. Entonces vuelvo a preguntar ¿Por qué has venido?— no sé qué responder a todas sus palabras, mi corazón tiene movimientos erráticos en mi pecho que en parte agradezco pues me producen una distracción oportuna, sin embargo mi madre sigue ahí, aguardando con paciencia porque diga algo.
—No lo sé— digo —Yo de verdad quería venir— la miro —Él... cuando lo hablamos hace unos días, él dejo que yo decidiera y yo he decidido venir pensando que era lo correcto— termino en tono bajo.
— ¿Y ya no crees que haya sido lo correcto? — Tomo una gran bocanada de aire —No voy a ofenderme por lo que respondas.
Entonces niego.
—No, ya no lo creo— lo digo avergonzada.
—Oh cariño— ella tira de mí envolviéndome en sus brazos, la calidez y el olor de mi mamá se filtra hasta envolverme en un sopor de tranquilidad que ralentiza el comportamiento errático de mi cuerpo, en sus brazos, todo parece bien. —Aunque siento mucho que te sientas así ahora, porque lo único que quiero es que estés feliz. Una parte de mi está radiante de felicidad, me alegra mucho de que estés viviendo esos sentimientos maravillosos— eso me hace sonreír y querer reír en voz alta, al menos un poco, por todo. Aunque mis pensamientos ya no son irónicos respecto a nuestra relación y a la opinión ajena, de cierta forma, todo ha ido calzando en mi mente. — ¿Por qué no llamas a ese muchacho para que estés un poco mejor? — dice a modo de pregunta. Lo pienso y tuerzo el gesto pero no puedo evitar sentirme impulsada a hacerlo, algo sobre alguien más diciéndome que lo haga lo hace más correcto para mí.
—Lo haré— le digo sonriendo y saliendo de sus brazos, me pongo de pie tomando mi taza de café —Gracias mami— me inclino y beso su mejilla —Voy a buscar mi celular— Ella asiente y yo la dejo.
...
Paso la siguiente hora mirando mi celular, sentada en la cama, sin apartar la mirada, viendo los cinco intentos de llamada que hecho, todos enviados directo al buzón. ¿Por qué?
Lucho contra el temblor súbito de mi labio inferior, contra ese absurdo sentimiento que me agobia y que repudio totalmente, no quiero sentirme así, es sólo una llamada. Quizá él sólo está durmiendo demasiado, aunque nunca lo hace. Nunca lo ha hecho.
Abrumada por ese sentimiento negativo que tan bien me recuerda a tiempos de antaño. Olvido mi celular sobre la cama y tomo las cosas necesarias para ir a por una ducha. Eso me ayuda a despejar mi mente, o más que despejar o menos que ello, según se vea, lo olvido por todo el tiempo en que refregó y enjuago mi cuerpo y mi cabello con metódica lentitud.
Me visto, me peino (cosa que no acostumbro demasiado) y polvoreo mi rostro sin muchos ánimos, pero lo suficiente para que todos ignoren las suaves marcas de ojeras bajo mis ojos.
— ¡Jake! —grito saliendo de mi habitación. — ¡Jacob! — grito de nuevo apareciendo en la sala, ahí está mi padre tirado en el sofá con gesto cansado. — ¡Oh! ¡Hola papá! Buenos días — le digo sonriendo y acercándome a él, tomo sus piernas para empujarlo y me siento en la orilla del sofá. Me sonríe aunque arruga su frente, parece que algo no va muy bien en él — ¿Dolor de cabeza, hombre de fiesta? — pregunto jugando.
Gruñe y me rio de su expresión.
—Ríete, sólo porque no has querido beber en absoluto. Ya te vería yo— niego sonriendo —Pero está bien, hada de la limpieza, tu lúcete en todos tus sentidos y grita por la casa mientras éste viejo se retuerce — dice.
—Eres un quejicas— le digo de vuelta, inclinándome cerca de él para molestarle — ¿Dónde está mi hermano?— pregunto.
—Él debe estar imposiblemente dormido o totalmente devastado en otro dolor de cabeza en su habitación, la última vez que le vi estaba medio muerto— abro la boca con algo de asombro fingido pero la cierro para reírme y ponerme de pie en un sólo movimiento.
—De acuerdo, iré a ayudarlo— digo.
—Déjalo tranquilo, Isabella Swan— intenta regañarme pero sólo termino riendo.
—En serio papá, ¿sabes cuantas veces estoy aquí para molestar a Jake después de una juerga? ¡Nunca! así que recordemos viejos tiempos— solté guiñándole un ojo y corriendo a la habitación de Jake, me supuse que mi madre estaba en la cocina, debido a sus risas provenientes de aquel lugar y el inconfundible olor de caldo para resacas.
Bajo un poco mi trote en el pasillo, pues me he colocado zapatos de tacón y estos resuenan en el piso, se supone que debe salir todo bien en mi entrada a su habitación. Abro la puerta de un golpe y veo a Jake medio muerto en la cama, la cobija medio cubriéndolo, su boca abierta.
— ¡Jake!— grito con fuerza escuchando y riendo cuando gime audiblemente, de esa forma en que todos en la casa saben que lo he hecho. Camino a su lado — ¡Jake!— esta vez no grito pero si hablo fuerte, me subo en la cama sobre su espalda. — ¡Vamos Jake! ¡Despierta!— lo sujeto por los hombros para sacudirlo y escuchar sus rezongonas protestas que sólo me hacen reír. — ¡Jacooob!— llamo de nuevo sabiendo que ya está un poco más despierto pero puedo mover sus músculos tal como si no lo estuviera, podía sentir la tibieza de su cuerpo y el cálido olor de mi hermano. Súbitamente, a pesar de cómo me sentía los últimos días, este momento me parecía tan corriente, tan... nosotros, que no había pensamientos negativos. Me sentía bien con mi hermano. Era como si de repente, habiendo admitido que no era lo mejor estar aquí pero sabiendo que lo hecho, hecho está, podía al menos disfrutar de mi familia.
— ¿Qué quieres?— su voz sonó patosa y amortiguada por la sabana que se arremolinaba en su boca.
—Jake— me incliné más sobre él para abrazarlo —Mi pequeño hermanito Jake— quería picarle un poco más.
—Isabella — gruñó y le pegué.
—No gruñas— demandé. —Vamos Jake tienes que despertar— tiré de su cabello suavemente — ¿No quieres despertar?— pregunté bajando mi rostro a su lado para que, si por algo y eso sabía que sucedería, abría los ojos, me viera. Puse uno de esos gestos típicos que usas para convencer de algo a alguien. Él me miro, sus ojos soñolientos y ojerosos. Le sonreí. —Aceptare que me lleves en tu moto— le dije para animarle, sabía que lo que estaba haciendo no debería ser nada agradable. Pero siempre me había gustado molestarlo, cuando tenía resaca, cuando estaba enfermo, cuando simplemente quería descansar. Había sido una de esas cosas favoritas por hacer de hermanos.
—Pero déjame dormir un poquito más— pidió y empecé a negar antes que terminara de pronunciar su oración completa.
—No Jake— besé su mejilla — ¡Levántate ahora!— volví a su espalda. — ¡Quiero salir!— me moví, lo empuje y tire de él.
¡Hola!
Si lo han leído, se habrán dado cuenta que utilicé, en negrita-cursiva y comillas, fragmentos de los que algunos conocemos "Mis días sin ti, de Baluarte, de Elvira Sastre. Si no pues ¡Ya lo saben!
En fin, es un capitulo dividido en dos por obligación, no me di cuenta de mi propio exceso. Nos vemos a la vuelta ;)
