Capítulo 36: Sólo marcas en la piel
Él no era lo que yo necesitaba ni lo que yo buscaba.
No era el momento, ni el lugar, ni el espacio en el universo.
No era en absoluto adecuado, ni correcto, ni perfecto.
Pero era.
A mi pesar, y contra mi juicio.
Él era, y eso parecía suficiente.
Tal vez podría haber fingido indiferencia, jugar a ignorarlo, pretender que no estaba allí.
Pero, al final, lo cierto es que jamás podría haberlo hecho.
Había algo, en el fondo, que de alguna manera hizo que fuera diferente.
En él había un misterio.
Un misterio que necesitaba, que me urgía… descifrar.
…..
No me sorprendí cuando el sábado siguiente, apenas pasado el mediodía, Esme me llamó desde la planta baja y, al asomarme por la escalera, la encontré a ella. Estaba parada junto a la puerta de entrada, con una sonrisa suave en el rostro, el cabello alborotado en una cola en la parte alta de su cabeza, vestida con un pantalón deportivo gastado y una campera verde, sosteniendo en su hombro la raída mochila roja que yo sabía estaba cargada de manzanas y libros.
No le dije una palabra ni articulé un gesto. Simplemente dí media vuelta y corrí escaleras arriba.
Sabía que ella estaría esperándome al pie de la escalera cuando bajara, unos minutos después, con mi libro en las manos.
Ella no me decepcionó.
Salimos por la puerta trasera que daba al jardín, no sin antes dedicarle un saludo y una sonrisa a Esme, que nos observó divertida desde la mesada de la cocina en donde ensayaba la cena con demasiada antelación.
Nos adentramos en el bosque en silencio. Ella delante, y yo siguiéndola a una distancia prudencial. Esta vez el trayecto me pareció más sencillo, como si me hubiera habituado a sus desniveles y complejidades.
Nunca volteó a mirarme. Imaginé que sabía que iría detrás de ella, porque al fin y al cabo esa había sido desde el principio la dinámica de nuestra extraña relación. Al final, yo siempre acababa eligiéndola.
Mientras caminábamos, identifiqué sin demasiado esfuerzo el ulular firme y grave del bosque, como si viniera del fondo de un pozo interminable, que acompañaba rítmicamente nuestros pasos. Me era tan perceptible ahora como la sensación suave y despareja de mis pies al caminar sobre la hierba, las hojas y las ramas. Era extraño pensar que alguna vez había sido sordo a su murmullo.
Continuamos caminando hasta que la luz del sol comenzó a filtrarse entre las ramas, delatando la inminencia de nuestro destino.
Ella se detuvo en aquel momento, y giró para mirarme. Sus ojos casi se sorprendieron de verme, y por un instante lo único que desee fue poder estar en su cabeza para conocer el contenido de sus pensamientos.
Y entonces sonrió.
Y el sol se hizo paso a través de las nubes perennes de Forks para iluminar incandescente desde su espalda.
Y la brisa se alzó alrededor de su figura, arremolinando su cabello chocolate.
Y fue como si algo cálido me hubiera golpeado en la cabeza, extendiéndose por mi cuerpo como lo haría un virus letal, haciendo vibrar las puntas de los dedos de mis pies y manos.
Era lo más bello que había visto en mi vida. Y aún cuando no hubiera conocido suficiente belleza en mi vida, no pude más que reconocerla.
Menos de un segundo después, el momento se evaporó.
El sol se ocultó, la brisa se acalló y ella me dejó atrás, volteando para caminar hacia el claro. Yo me quedé paralizado, sumido en mis pensamientos, preguntándome si había sido tan sólo un desliz de mi imaginación o si realmente había tenido la única visión de belleza real de mi existencia.
Al final, resignado a no encontrar respuestas, seguí sus pasos y me interné en el claro.
Pasamos la tarde leyendo en silencio, disfrutando de los raros instantes en que el sol se permitía el lujo de atravesar las nubes y regalarnos una tibieza de temprana primavera.
Ella permaneció toda la tarde boca abajo, tendida de panza en la hierba, con su nariz hundida entre las páginas de su libro mientras yo hurgaba en el mío. A mitad de la tarde me pasó distraídamente una manzana, sin desconcentrarse jamás, que yo acepté también sin siquiera mirarla, con los ojos fijos en la lectura que sostenía entre las manos.
El silencio era absoluto y la calma inmaculada. Era como estar solos en el universo, como si toda la humanidad se hubiera extinguido, excepto por nosotros dos. Y aunque perturbador, ese pensamiento me resultó extrañamente agradable.
Al final de la tarde, cuando el sol comenzó a menguar y el fresco nos amenazó, ella se giró en la hierba hasta sentarse, dejó lo que estaba leyendo a su lado y extrajo un libro colorido de su mochila.
Esa tarde me leyó "Cenicienta".
La historia me era familiar, aún cuando nadie me la hubiera contado. Chica sufrida conoce príncipe maravilloso que la rescata, y bla bla bla. Todas esas cosas fantásticas que sólo suceden en los cuentos. En la vida real, nadie viene a rescatar a los que sufrimos. O al menos, nadie vino a rescatarme a mi cuando lo necesité.
Sin embargo, la dejé continuar hasta el final y la escuché con sincera atención. Ni siquiera el desprecio que sentía por la historia hizo mella en la fascinación que me producía el hecho de que ella siguiera leyendo para mi.
En sus labios, "Cenicienta" no se parecía a la que yo había leído, aunque las palabras las palabras, los hechos y personajes fueran los mismos.
Ella le otorgaba a todo lo que leía ese algo especial que hacía que las historias se llenaran de magia y que a uno le diera placer escuchar.
Me leyó muchos cuentos durante esas semanas.
Me leyó durante los días escolares, cuando dejaba a Alice en compañía de Jasper y la buscaba por los recovecos de la escuela hasta encontrar el lugar seleccionado en que estaría esperándome con sus manzanas y sus historias.
Y también los sábados, junto al arroyo, en el claro en lo profundo del bosque, mientras los días se sucedían y el sol se rebelaba cada vez con mayor frecuencia contra el frío, anunciando la llegada inminente de la primavera.
Ella me leyó historias que yo conocía, que todo el mundo conoce. Historias plagadas de personajes entrañables y de moralejas cargadas de sabiduría. Cuentos que en mi ajada infancia había encontrado ridículos, pero que en su voz se llenaban de esa magia por la que habían sido denominados "de hadas".
Ella los leyó para mi, y yo los escuché con la misma pasión que un niño pequeño.
Ella los leyó para mi, día tras día, con la paciencia, la dedicación y el empeño de una madre.
Ella los leyó para mi de esa manera en que se supone que los cuentos deben ser contados: con la voz plagada de amor y el corazón lleno de magia.
No podría precisar en qué momento dejé de luchar contra ella.
Pero si recuerdo el momento en que comprendí que había dejado de hacerlo.
Fue un sábado por la tarde, cuando ella llegó a visitarme, y no pude evitar sonreírle tímidamente desde las escaleras.
Si ella lo notó, jamás dijo una palabra. Nada cambió en su actitud ni en la dinámica de nuestra silenciosa relación. Nuestros momentos siguieron siendo tranquilos y pacíficos, así como yo los prefería.
A lo largo de las semanas, varías veces me descubrí a mi mismo sonriéndole.
O riéndome mientras me leía un cuento.
O agradeciéndole en voz alta cuando me convidaba una manzana.
Y aún así, ella continuó actuando como siempre.
Excepto cuando me leía una de sus historias, rara vez hablaba. Pero con más y más frecuencia comenzó a realizar breves y concisos monólogos sobre los más extraños temas.
En una ocasión, me habló de los sueños y las pesadillas. No sobre los contenidos de los suyos, sino sobre su creencia de que son partes de nosotros mismos que nos negamos a reconocer, pero que no podemos censurar mientras dormimos.
En otra oportunidad, mirando al claro cielo, descubrió una nube en forma de caramelo, y se explayó durante largo rato sobre el ejercicio fútil pero relajante de perder el tiempo buscando parecidos a las nubes.
Incluso me confesó, una tarde de sábado, que creía en la existencia de vida más allá de la tierra, simplemente porque el universo era demasiado vasto y demasiado complejo como para estar habitado únicamente por criaturas tan limitadas como los seres humanos.
Me dijo también que prefería el final del verano de entre todas las estaciones del año, porque el calor es aún potente, pero jamás abrazador. Que adoraba la lluvia de invierno con un buen libro y la lluvia de verano por el aroma de calor húmedo que elevaba en el aire. Que prefería el río y la piedra con sus desniveles al monótono horizonte del mar y la arena.
Y siempre que ella comenzaba uno de sus particulares monólogos, a mi me daba la impresión de que todo lo que contaba lo hacía de ese modo en que uno escribe en su diario íntimo o como habla consigo mismo en voz alta y soledad. Es decir, con total soltura y completa naturalidad, sin temores ni prejuicios, como si realmente nadie pudiera escucharla más que su propia conciencia.
Era como ver un velo alzarse de a poco y descubrir milímetro por milímetro la extensión de su persona oculta detrás.
Una tarde de sábado, en nuestro claro, ella me leyó "La Sirenita".
Yo odiaba ese cuento, no sólo porque los personajes de la Sirenita y el Príncipe me resultaran antipáticos, sino porque el final era devastadoramente triste. ¿Quién puede pensar que algún niño disfrutará de saber que la heroína de la historia no se queda con el príncipe azul? No importaba que fuera lo justo o que tuviera una enseñanza, yo sencillamente la detestaba.
Pero no le dije nada, por supuesto. No quería arriesgarme a ofenderla y privarme por ello de las lecturas. Había rápidamente desarrollado una fascinación bordeando lo obsesivo por el acto sencillo de que me leyera un cuento, así como por el tono hipnótico de su voz al leer.
Cuando concluyó, ella cerró el libro sobre su regazo y se quedó observando la portada. La publicación estaba decorada con brillantes colores y purpurinas resplandecientes, de la forma en que es esperable para un libro infantil para niñas.
Sin embargo, el vibrar de sus ojos me dijo que no eran los destellos del cuento lo que miraba, sino algo al interior de su mente. Algo lejano y profundo, que no tenía nada que ver ni con la realidad en que vivíamos ni con el libro en sus manos.
De repente, levantó la mirada hacia el frente, sonrió de costado y depositó el libro en el suelo, junto a su mochila.
"Amo el agua" murmuró, y sus pupilas se clavaron en el hilo cristalino del arroyo que corría a corta distancia de nosotros.
Sin mediar otra palabra, se levantó de su lugar y se acercó al arroyito. Se puso en cuclillas y hundió las manos en la traslúcida superficie.
"Fría, pero no tanto como podría estarlo" manifestó. "Los días pasados han sido inusualmente calurosos y soleados para la primavera de Forks".
Acto seguido, se sentó en la hierba y comenzó a desanudar sus zapatillas.
"Cuando uno mira agua como esta" continuó, sin mirarme, señalando el arroyo, "se puede comprender porqué la Biblia católica habla de agua que purifica"
Arrojó los calcetines a un lado, junto con su calzado, y comenzó a juguetear en el arroyito helado con las puntas de sus pies.
"Es un principio físico tan sencillo entender como corre el agua, pero a la vez es casi mágico verla deslizarse entre piedras y arenilla como si estuviera hecha de humo. Es fácil imaginar que puede llevárselo todo si tiene la suficiente fuerza, limpiando el pasado y purificando el alma a su paso"
Sacó los pies del agua y se giró a mirarme un segundo.
"De verdad se siente bien" susurró. "Deberías probarla"
En respuesta a su invitación, me levanté de mi lugar y me acerqué al arroyo. Ella me observó mientras me acomodaba nuevamente sobre la hierba, siempre respetando la distancia prudencial entre su cuerpo y el mío.
"No puedes sumergir tus pies con las zapatillas puestas" me remarcó.
Tarde un momento en analizar si podía o no revelar mis pies, no sólo por temor a tener alguna señal de mi historia visible en la piel, sino porque sentía que, de alguna manera, era como desnudarme ante ella.
Al final, el peso de su mirada sobre la mía fue más fuerte e hice lo que se esperaba de mi. Me quité las zapatillas y los calcetines, y hundí mis pies en el arroyo.
El agua era casi helada, pero inesperadamente agradable, casi placentera.
Ella volvió la vista al frente, se reclinó sobre sus brazos, y se quedó mirando el cielo, moviendo los pies distraídamente en el agua.
Al cabo de un rato, pareció inquietarse.
"No es suficiente" dijo y no comprendí a qué se refería hasta que se paró y comenzó a arremangar sus pantalones.
"Es tan agradable que al menos quisiera mojarme hasta la rodilla" me explicó, y siguió manipulando el dobladillo de sus pantalones deportivos.
Observé confundido mientras doblaba la pierna izquierda de su pantalón hasta la mitad de su muslo, y dejaba al descubierto una enorme porción de su pálida piel.
Lo hizo todo con una naturalidad sorprendente, como si estuviera completamente cómoda con el ejercicio de desnudar sus piernas. Y probablemente así fuera, porque no había nada en su actitud que denotara que tuviera alguna intención diferente a realmente hundirse hasta las rodillas en el agua.
Sin embargo, yo quedé completamente paralizado, casi al borde de un ataque de pánico. Desde mis fatídicos días con Victoria que no veía una porción semejante de piel femenina al desnudo. Y los recuerdos que se sucedieron entonces en mi mente fueron muchos y desagradables, ligados a aromas y sonidos que no se relacionaban en absoluto al silencio inmaculado y el olor fresco del bosque en primavera.
De repente mi visión se tornó neblinosa, como eclipsada por un velo oscuro, y me pareció que el aire se hacía denso y pesado, que me costaba respirar, que la luz se marchitaba y un hedor a humedad de encierro se me colaba por las fosas nasales.
No quería dejar que esos recuerdos me alcanzaran ahí, en ese santuario de paz y tranquilidad que era el claro. No deseaba que mis momentos con Bella se vieran empañados por esas vivencias del pasado. No quería mancillar nuestros encuentros con dolores que no se relacionaban en absoluto con nosotros dos.
Hice un esfuerzo por respirar profundamente, por evadirme, pero me pareció una tarea titánica y casi imposible. Sentía la garganta seca, el pecho ardiente y los ojos vidriosos. Me pareció que todo empezaba a girar a mi alrededor. Una indescriptible frialdad comenzó a correrme por las venas a medida que el pánico se iba haciendo con mis nervios y mis sentidos.
Sabía que era cuestión de minutos, quizá de segundos, para que mi mente se embotara por completo y reaccionara violentamente, a la defensiva, aunque no quisiera. Simplemente no lo podía controlar.
Pero entonces la vi.
Y lo que fuera que estuviera por apoderarse de mi cordura se disipó con la misma simpleza que una onda sobre el agua.
Bella estaba ahora subiendo el pantalón para dejar al descubierto su pierna derecha, y sobre la inmaculada blancura de su piel, desde su tobillo hasta el muslo, se vislumbraba una enorme e irregular cicatriz.
Clavé los ojos en su herida como un adicto lo haría frente a una dosis de su tóxico favorito. Era como hipnotizante.
Era una cicatriz extensa, perpetua, sin particiones, que se extendía desde poco más arriba de su tobillo y continuaba hasta el borde de su pantalón arremangado, ocultándome su límite superior.
Estaba descolorida como si tuviera historia, pero aún lo suficientemente rosada como para no ser antigua. Y tenía los contornos algo hinchados, como si la cicatrización no hubiera bastado para ocultarla.
Era igual a la pequeña cicatriz en mi boca.
Me quedé mirándola fascinado, tanto por la sorpresa de ver esa marca como por la sensación ajena que provocaba ver esa laceración en la inmaculada palidez de su piel.
Me tomó un momento darme cuenta que ella me observaba fijamente, notando la intensidad de mi mirada, esperando que volviera de mi encanto y recordara que esa cicatriz iba atada a su persona.
Sus ojos pacientes se encontraron finalmente con los míos, y sentí que me hervían las mejillas de la vergüenza de haberla estado inspeccionando de ese modo.
"Lo siento" murmuré, y bajé los ojos a mi regazo.
Ella no respondió. Dio media vuelta y se internó en el arroyo, dejando que el agua le acariciara las piernas con delicadeza. Me pareció que sumergida su cicatriz parecía más virulenta, como si hubiera sido magnificada por una lupa.
"No lo sientas" susurró, al cabo de un momento. "Comprendo que te llame la atención. Es sólo lógico"
No respondí. No supe como hacerlo.
Ella no dijo nada más. Se quedó donde estaba, parada en medio del arroyo, de espaldas a mi, mirando el cielo más allá.
"De todos modos es descortés" me atreví al fin. "No es educado".
Ella rió, y el sonido se hizo eco en los árboles hasta envolverme.
"No importa" continuó. "No siento vergüenza de mi cicatriz"
Se volteó para buscarme con sus ojos, y había una intensidad en el fondo de sus pupilas que era apabullante.
"Ya no" agregó.
Sostuve su mirada porque no podría haber escapado de la trampa de sus ojos aún cuando lo hubiera deseado. Había un fuego en ellos que era casi abrasador.
"¿Quieres saber por qué?" preguntó.
Como un desquiciado, asentí con la cabeza.
"Porque hace mucho tiempo comprendí que hay mucho más en mi que una cicatriz en mi pierna" explicó. "¿Lo comprendes?"
No respondí. No pestañeé. Ni siquiera estoy seguro de haber respirado.
"Son sólo marcas en la piel, Edward. ¿No lo ves?" continuó. Se había girado para mirarme, pero sus piernas seguían sumergidas en el agua y me pareció que la cicatriz se veía ahora más pálida, casi desdibujada.
"Son sólo marcas en la piel" repitió, con un susurro, y se volvió para observar nuevamente el contorno de los árboles en donde el sol comenzaba extinguirse en una explosión de amarillos y naranjas.
Pensé que ya no agregaría nada más.
Pero al cabo de un momento me pareció escuchar su voz en un murmullo.
"No hay marcas que puedan definirte como ser humano"
Quizás fuera sólo mi imaginación.
…
Es mucho más complicado de lo que esperaba ser una mamá de un bebé pequeño y, además, trabajar. No me deja tiempo para ser la escritora que quisiera ser. Y me da mucha impotencia no poder dedicarle más momentos a esta historia (y a las otras) que tengo tan claramente delineadas en mi mente. Ojalá encontrara más instantes en que dotarlas de las palabras que merecen.
Pero es lo que soy hoy. Primero mamá y después escritora. Espero sepan ser pacientes. No quiero defraudarlos, ni mucho menos defraudar esta historia.
Les gustará saber que, ahora que puedo experimentarlo en carne propia, he vuelto a leer los capítulos de Esme y me resulta mucho más intenso todo lo que entonces escribí. No me equivoqué en describir la profundidad de su amor y su lealtad. No hay nada que una madre no daría por sus hijos. Es bueno saber que pude darle a ese amor palabras que le hacen justicia.
Los dejo ahora y espero que no sea por tanto tiempo. Ojalá les haya gustado el capítulo. Abre muchos interrogantes, pero espero que les dé también una renovada emoción en la historia.
Gracias de antemano por los comentarios que quieran dejarme, y gracias por lo que me hicieron. Me gustaría poder responderlos a todos, pero prefiero dedicar mi tiempo libre a escribir más!
Los quiero y nuevamente gracias por estar del otro lado!
