—Yo soy Corn.

Kyoko se le queda mirando y ladea la cabeza con confusión.

—¿Cómo que Corn? —pregunta ella.

—Tu Corn… —responde él con suavidad.

En los ojos de Kyoko baila el horror, la ira, el dolor y la vergüenza en un turbulento remolino de emociones, y sus labios se aprietan en una fina línea. Hasta que, con un suspiro, agita la otra mano (la que no tiene Ren en la suya) y suelta una breve carcajada, seca y triste.

—Ah, es una broma tuya, Ren-san…

—Kyoko…

—No se parecen taaaanto… —continúa ella sin querer creer que pueda ser verdad.

Él suspira y se pasa la mano por el cabello. ¿Por qué tiene que doler tanto?

—¿Y qué dices de las medidas antropométricas? Tú misma dijiste que son idénticas…

—Hum —musita ella, examinándolo con ojo crítico, y estira el brazo libre hacia el rostro de Ren, sacando cuartas y palmos, midiéndolo una vez más—, ¿coincidencia?

Pero entonces, él vuelve a suspirar, besa suavemente su mano y la deja libre, que se siente huérfana de su calor, para sacar un botito del bolsillo de su americana que pone sobre la mesa.

Y allí, en la salita del Darumaya, mientras el televisor emite imágenes mudas del noviazgo del año, Tsuruga Ren se lleva los dedos a los ojos. Primero uno, luego el otro, con Kyoko de testigo, los ojos castaños se descubren verdes.

Siempre fueron verdes.

Kyoko quiso gritar.