Disclaimer: Los personajes de Inuyasha no me pertenecen, son exclusivos de Rumiko Takahashi. Esta historia está libre de fin de lucro.
Nota: Episodio editado.
Acciones ajenas
Los dos albinos se encontraban encerrados en la oficina, ambos mirando hacia la gran vista que el ventanal les regalaba. Los edificios continuos eran más pequeños y el tumulto de gente que transitaban las calles de Tokio, andaban cómo hormigas arrieras. Japón jamás cambiaría en ese aspecto, y los dos hombres lo sabían.
—¿Esta mejor ahora?
—Más tranquila.
—¿Qué piensas hacer?
—¿En serio quiere saberlo? —Dijo con una sonrisa burlona.
—Supongo que lo mejor es no involucrarme —suspiró desganado—. Después de todo, es tu responsabilidad arreglar todo esto.
Sesshōmaru lo vio por el rabillo del ojo, por las palabras que su padre pronunció con soltura. Si eso lo hubiera escuchado hace un año atrás, seguro se hubiera burlado de él y le hubiera desmentido tal cosa. Pero ahora…
—Pero aun así se entrometerá —Sesshōmaru conocía muy bien a su padre. Prácticamente, era cómo verse a sí mismo—. Está demasiado apegada a ella, para dejar que alguien la toque.
—Podría decirse que sí —una pequeña sonrisa se hizo presente el hombre mayor—. Estoy enamorado de Rin, es la hija que siempre desee tener. Aparte —ladeó la cabeza, dejado caer su pesada coleta sobre el hombro izquierdo—, van a existir momentos en que no podrás cubrirlo todo, hijo.
»Magatsuhi al igual que su padre, no son personas que se pueda tomar a la ligera y lo sabes. Encontrará el momento indicado para perpetrar y llegar a Rin. Y tú no puedes estar en dos lados al mismo tiempo, por muy hábil y todo poderoso que te sientas —mencionó lo último con burla amarga—. Te concentras en eliminarlo de tu camino o proteges a Rin a sol y sombra —se quedó en silenció por unos segundos—. Te recomiendo que te centres en Magatsuhi. Rin estará bien, es una chica fuerte y no está sola.
—Hmm…
Sesshōmaru sintió un poco de la culpa que cargaba su padre sobre de sí. No estaba seguro si fue porque lo que sucedió con Rin, o por lo que había pasado tiempo atrás con Irasue. Se sentía repetir la historia, aunque esta distaba mucho en los sentimientos de cada uno.
—¿Qué hizo cuándo Sayaka atentó contra mi madre? —No puedo evitar el cuestionarlo.
Inutaishō viró a verlo con la sorpresa dibujada en los ojos dorados, pero fue algo de cuestión de segundos. Su padre volvió a su misma actitud serena, perdiendo su mirada en la vista en el cielo nublado.
—Aplastarlo cómo el insecto que fue —una sonrisa llena de orgullo y cinismo se hizo presente en Inutaishō. Una que sólo le llegó a ver en cuestiones de negocios—. Los hombres como Sayaka, Magatsuhi, Matsuda, Onigumo y Naraku, sólo gozan de dos fortalezas: La primera es su inteligencia y la segunda, es que son delincuentes de alta alcurnia. De ahí, las debilidades se desbordan por montones. Abusar de la mínima cantidad de cualidades, los hace una presa fácil —calló por unos instantes y se cruzó de brazos. Continuó—. Ellos han conseguido la mayoría de las cosas que poseen, con intimidación, chantajes y violencia. No saben lo que es explotar todos tus recursos para alcanzar la cima.
»Robarle socios, hacerlo quedar cómo un perdedor ante el círculo empresarial; hacer que su empresa tambaleara, por los constantes arrebatos de ganancias. Y todo eso de la manera más limpia. Hice que su mente se nublara y actuara estúpidamente —alzó los hombros—. Aunque tengo que agradecer que tu madre ayudo mucho. Irasue nunca ha sido una mujer que se deje mancillar por nada y nadie. Menos si se trata de un hombre.
—Prácticamente lo llevó a la ruina.
—Así hubiera sido, pero obtuvo la ayuda de Onigumo, Matsuda y Ryukotsusei —la risa áspera de Inutaishō, rompió con la seriedad del momento—. Tal vez logres lo que yo no —se giró y colocó la mano sobre su hombro—. Bien dice tu madre, eres mucho mejor que nosotros.
Sesshōmaru desvió su mirada de su padre y volvió su vista al enfrente, para no darle importancia a sus palabras, que a pesar de todo, le habían ayudado demasiado. Tenía mucho que pensar antes de actuar.
—¿Interrumpo?
Ambos hombres dirigieron su atención a la entrada, en donde se encontraba Rin, quien estaba dando cierre a la puerta detrás de ella. Ambos hombres se quedaron en el mismo sitio. Siendo la mujer la que avanzara hacia el interior de la oficina.
—Hola —se dirigió específicamente a Inutaishō.
—Hola, Rin —Inutaishō le cogió de la barbilla y se acercó a ella, depositándole un beso en la frente. Rin sonrió dulcemente por el gesto—. Que linda te ves cuando sonríes.
—Gracias —contestó, mientras sus mejillas se pintaban de carmín.
—De nada —el hombre mayor le sonrió y acarició la mejilla—. Supongo que quieres platicar con tu… —Le miró de soslayo—…futuro marido.
—Sí —asintió apenada.
—Bueno, entonces les dejo conversar —le dio otro beso en la frente, se apartó y lo vio—. Hijo.
Sin más que decir, su padre partió de la oficina dejándolo sólo con la pequeña mujer, la cual se veía un poco mejor que hace unos días. Sus parpados ya no se veían inflamados, ni rojizos. Y sus labios estaban recuperando su suavidad.
—¿Fuiste a lo de las universidades? —Preguntó, mientras dio camino hacia su escritorio.
—Sí —ella le siguió con la mirada—. Aplicaré examen en la Universidad de Tokio.
—Supongo que no será complicado para ti —se sentó en la silla y la miró—. Después de todo, ya cursaste ahí.
—Sí.
—No te ves contenta.
—No lo estoy.
Sesshōmaru entrecerró los ojos por la simple y amarga respuesta que le dio. Quería mostrar su molestia, por el comportamiento que la mujer estaba tomando, pero no podía hacerlo. Rin tardaría para volver a ser la misma, o al menos, lo más parecido que se pudiera. Así que optó por no darle importancia y se centró en el trabajo que tenía pendiente.
—¿Qué tal le ha ido con Kaoru?
—Bien.
—¿Cumple sus expectativas?
—Es eficiente —fue cortante. No quería entablar una conversación sobre la nueva secretaria.
—Lo siento —se disculpó—. No quise ser grosera.
Sesshōmaru alzó la vista al tenerla al costado, recargando sus manos sobre el escritorio.
Rin tenía su larga cabellera desordenada y sujetada con una coleta floja; de maquillaje sólo tenía un poco de rímel en sus largas pestañas y sus labios sólo portaban brillo. Iba con ropa casual, una playera negra a medio fajar de The Ramones, que alguna vez fue suya, por eso le quedaba tan grande; una chamarra negra de piel, jeans ajustados y unos botines negros. Pero detuvo su mirada en la mano izquierda de la mujer, en donde el dedo anular cargaba el anillo de compromiso.
Rin no había dejado de usar el anillo desde que se lo dio, sólo se lo quitaba para bañarse y dormir. De ahí, siempre cargaba con él, parecía ser que se había acostumbrado al peso y lo llamativo de la joya.
—No estoy molesto —le miró directamente a los ojos—. No tienes que disculparte por todo.
—No quiero que este enojado conmigo —musitó.
—No lo estoy.
—¿Soy una carga para usted? —Cuestionó con seriedad.
—No —la afrontó con severidad—. Deja de cuestionar tonterías, Rin.
—¿Tonterías? —Torció la boca—. No lo son para mí. Estoy empezando a dudar de todo lo que me rodea, incluso del motivo por el cual está conmigo.
—¿Es decir? —Se cruzó de brazos y clavó su mirada en ella. Esperaba no perder la paciencia.
—La Perla…
—¿Crees que estoy contigo por la perla? —Su ceñó ya estaba fruncido—. Sabes lo fácil que pude hacerme de ella, incluso dándote la escusa más estúpida. No te engañes a ti misma y no pongas cómo pretexto algo tan insulso cómo eso.
—¿Y por qué no le interesa? —Indagó, pero no por curiosidad. Quería ponerlo a prueba—. ¿Qué le hace diferente a los demás?
La comparación estaba de más, cuando sabía que ese «demás» implicaba a Naraku y Magatsuhi. Pero esa mujer lo había hecho con toda la intención. No sabía que pretendía con sacarlo de sus casillas, pero lo estaba logrando y no respondería por los daños.
—Perlas, diamantes, oro —habló con ecuanimidad—, son cosas materiales que no me atraen de ninguna manera. No me dan garantía de nada, el ser rico o poderoso, es algo que ya lo tengo bien fijo en mi mente. Una joya no me hace mucho más valioso e importante ante nadie.
»No me interesa tú perla. Así que puedes estar tranquila, no pretendo quitártela de ninguna manera.
Vio cómo el cuerpo femenino se puso rígido y esos labios se apretaron con fuerza, con cada palabra que le fue escupiendo con acidez. Algo que le incomodo, pero tampoco iba a retractarse. Ella lo provocó, cuando no había motivo para hacerlo.
—Supongo que tiene razón —pronunció arrastrando las palabras—. No necesita de una perla para demostrar el poder que ejerce. Usted no es ningún hombre ordinario, nunca lo ha sido.
—¿A dónde quieres llegar con todo esto?
—No lo sé —alzó los hombros—. Tal vez…no quiero volver a ser engañada. Temo que usted pueda hacerme lo mismo. En estos momentos no confío ni en mi sobra —suspiró—. Será mejor que me retire, no quiero molestarlo más. Que pase buen día —se acercó y le dio un beso en la mejilla—. Nos vemos en la noche.
Sin más que decir, la pelinegra dio paso seguro hasta las afueras de la oficina, dejándolo solo, con la mirada perdida en las puertas cerradas. Rin no volteó a verlo ni por equivocación.
Sesshōmaru no sabía cuánto tiempo duraría esa actitud en su mujer, pero esperaba que no fuera demasiado. Temía. No se creía capaz de aguantar demasiado esa actitud pausada e irritante de Rin. Él trataba de comprenderla y justificar su entado, pero si las cosas seguían por ese camino, no habría ni un momento de paz.
Apretó con fuerza el puente de su nariz, aun no era ni medio día y ya tenía jaqueca, y con ganas de matar al primer incauto que se le atravesara en su camino. Sin olvidar que no dejaba de pensar una y otra vez en los planes que incluían a Magatsuhi. Ese tipo se las pagaría, no sabía la bestia que se había echado encima. Lo aplastaría cómo el insecto que era.
~O~
Hakudōshi miraba todo el lugar con detenimiento, estaba lleno de soberbia y excentricidad innecesaria. Los hombres como Magatsuhi y Naraku, les gustaban alardear de lo que se ganaban por la mala. Unos pusilánimes y cretinos seres que se hacían llamar hombres.
—Pero si es el primito de Naraku. ¡Qué gran novedad!
Viró para encarar al albino de mirada escarlata, que tenía esa asquerosa sonrisa tatuada en el fantasmagórico rostro. Un tipo que le daría escalofríos a cualquiera, menos a hombres como él. Hakudōshi sabía nadar entre el mar de porquería. No por algo soportó durante mucho tiempo al fracasado de Naraku.
—Ese tipo no es nada mío —le hizo saber—. Así que no vuelvas a decir semejante estupidez.
—¿Desde cuándo los niños se volvieron tan altaneros?
—Desde que los adultos se comportaron cómo unos estúpidos —dijo con una sonrisa cargada de cinismo—. Pero no hablemos de la pútrida sociedad y entremos en negocios.
—¿Negocios? —Soltó una carcajada forzada—. ¿Y qué negocios podría entablar yo, con un niño cómo tú?
—El negocio de acabar con el impertinente de Sesshōmaru Takashima.
Los ojos rojizos se mostraron turbado por la sorpresa, sin duda no se había esperado que su asunto surgiera alrededor del mayor de los hijos de Inutaishō Takashima.
—¿Y tú qué relación tienes con Sesshōmaru? —Tomó asiento en una de las sillas tapizadas de verde—. Por favor, coge asiento —le pidió, señalándole el asiento frente a él.
Hakudōshi se sentó sin reparo alguno, sin apartar su intensa mirada violeta de los ojos escarlatas. El albino sabía de antemano, que enfrentarse a tipos cómo Magatsuhi, nunca debías flaquear en tu manera de expresarte y mucho menos bajar la mirada. Aun recordaba las buenas lecciones que le dio su padre en vida.
—Sesshōmaru tiene algo…no —Rió divertido—, a alguien que quiero para mí.
—No me digas que ese alguien es Rin Honjō —su risa se volvió más notoria—. ¡Oh, pero que maravilloso eres Hakudōshi! ¡Espectacular! Me resultas mucho más interesante que el idiota de Naraku.
—Qué bueno que te alegre, Magatsuhi —sonrió de lado—. Espero que eso sea suficiente para que podamos llegar a un acuerdo.
—¿Qué tienes en mente, niño? —Sus ojos mostraban impaciencia, se veía bastante retorcido ante los ojos de Hakudōshi—. ¿Qué puedes ofrecerme, para que yo te pueda darte a la dama que deseas para ti?
—Destruir el Imperio de los Takashima, desde el núcleo. No sabes lo fácil que sería meterme en sus asuntos y hacerlos colapsar.
—Entonces los rumores sobre ti son ciertos —sus dientes rechinaron entre si—. Así que eres un Hacker de temer, Hakudōshi.
—El mejor que encontrarás en todo Japón —alardeó orgulloso—. Pero carezco de los recursos.
—Así que vienes conmigo para que yo te entregue los medios. Me suena interesante y muy ingenioso —chocó sus palmas entre sí con alegoría—. Yo te doy lo que necesitas y tú me garantizas la caída de los Takashima —la idea le agradaba en demasía—. Y sólo pides cómo pago a la pequeña Rin Honjō.
—No sólo deseo a Rin, sino todo lo que alguna vez le perteneció a mi padre —apoyó sus brazos en los respaldos del asiento, siguiendo con aquella autosuficiencia que lo caracterizaba—. Desde que ese inepto de Naraku cayó ante Sesshōmaru, me enteré de que varias de las propiedades fueron puestas en tus manos cómo forma de pago de lo que te debía. Entre ellas están los terrenos que fueron de mi padre, antes de ser despojado.
»Debes entender, que si deseo a tal mujer cómo compañera, debo tener algo que ofrecerle. Tratarla cómo la reina que es, supongo…no, tú no sabes a lo que me refiero —brotó de él una risa descarada—. A ti te gustan más pequeñas y con premio entre las piernas, ¿no es así?
Magatsuhi borró toda expresión de alegría, pasando a una cargada de seriedad y con instintos asesinos. Algo que no sorprendió al más joven de los hombres, esas facetas no le hacían ni cosquillas.
—No te enojes, yo no tengo nada en contra de tus gustos sexuales. Cada uno es libre de cogerse lo que quiera —sonrió—. Yo te ofrezco la caída de los Takashima y que te hagas de todo lo que ellos poseen hasta el momento. Y tú me devuelves lo que me pertenece por derecho y me entregarás a Rin.
—Sólo hay un pequeño inconveniente, mi estimado Hakudōshi.
—¿Cuál es? —Indagó curioso.
—Que tú delicada princesa, posee algo que yo quiero.
—Oh, así que vas tras La Perla Shikon —sonrió—. La tendrás.
—¿Cómo sabes de ella? —Vio cómo la desconfianza empezó a emanar del albino hombre.
—Yo lo sé todo sobre Rin y lo que le rodea —se escuchó cómo el perfecto acosador—. Pero no te preocupes, yo no pretendo engañarte. Sé muy bien con quien meterme, y tú eres de las personas con las cuales prefiero mantener la paz. Cuando se trata de venderse al mejor bando, yo lo sé de sobra.
—Parece ser que eres un chico muy inteligente.
—No parezco, lo soy.
—Me has convencido niño, tendrás todo lo que necesitas —volvió a sonreír, esta vez complacido—. Deshazte de los Takashima y te aseguro una vida si preocupaciones y llenas de lujos, para ti y tu mujercita.
Hakudōshi se limitó a sonreír ante las palabras dichas por Magatsuhi. Era mejor no agregar o quitar nada de lo ya expuesto, sabía que su sola apariencia sería suficiente para engañar a cualquiera. Bien se lo dijo Rin, que esa cara de no romper ni un sólo plato, le abriría las puertas tanto del cielo, cómo el del infierno. Y este último le agradaba mucho más.
~O~
—Una llamada hubiera sido suficiente —se quejó la peli-plateada.
—Quería ver con mis propios ojos que estás bien —habló amablemente—. Y que tu belleza no se vio afectada.
—¡Ni Dios, podría quitarme lo hermosa que soy! No seas idiota, Inutaishō—escupió con fastidio—. Y bien, ¿cómo está la chiquilla?
—Dentro de lo que cabe —recargó su codo en el brazo del asiento, apoyando su mejilla sobre su puño y sin apartar la mirada del monitor—. Esta arisca, va a ser difícil que encuentre la calma de nuevo. Está enfadada con todo.
—Obvio —afirmó desganada—. Pobre de mi hijo, va a tener que aguantar tanta amargura. Si muy apenas se aguanta a sí mismo —vociferó con tristeza.
—Me preocupa que todo esto, eche hacia atrás el avance que habían tenido en su relación —dejó escapar un pesado suspiro—. Ambos están a la defensiva y, Sesshōmaru no es una persona que se le dé el entender y consolar a alguien.
—Ni se te ocurra echarme la culpa, que yo hice lo que pude—sacó su abanico y empezó a echarse aire—. La culpa es tuya, por hacerme un hijo defectuoso. Los genes del padre siempre son los malos.
Inutaishō no puedo evitar sonreír por el comentario de su exmujer. Irasue no había cambiado ni una pizca. Seguía siendo tan sarcástica, orgullosa y soberbia, cómo ninguna otra mujer que había conocido en su vida. Alguna vez entró en la encrucijada de si la amaba o la odiaba. Siempre fue una dama complicada de tratar.
—¿Y qué harás al respecto? Dudo mucho que vayas a dejar a nuestro hijo sin ayuda, ¿o sí? —Alzó la ceja inquisitivamente.
—Con lo que se refiere a los planes que tiene, no intervendré —fue sincero—. Él está avanzando a su manera y no planeo estorbarle, pero…
—¿Qué?
—A veces se le olvida que es humano y se comporta como si de un Dios se tratara.
—También es tu culpa —lo apuntó con el abanico—. Tu familia siempre muy excéntrica en ese aspecto.
—Irasue…
—¡No! —Lo calló—. Sólo retrocede treinta años atrás y verás que tu hijo es el reflejo de ti en esos aspectos. Actúan sin pensar las cosas. Sí, muy genios y meticulosos, pero son la arrogancia con piernas. No tienen respeto por nada, bueno…al menos a ti te cambiaron en ese aspecto. ¡Bendita sea Santa Izayoi! —Exclamó alzando la mirada, cómo si en verdad la estuviera venerando.
—Deja tu dramatismo para después —chistó molesto.
—¿Qué piensas hacer? —Volvió a su estoica actitud, tan idéntica a la de Sesshōmaru.
—Quitarle del camino a los distractores —su voz mostró la seriedad sobre el tema—. No dejaré que nadie le impida avanzar, no importa que sea o quien sea.
—¿Incluida la chiquilla? —Preguntó con una sonrisa burlona—. Tengo entendido que esa niña, es cómo la luz de tus ojos.
—¿Por qué mencionas a Rin?
—Porque la niña siempre será el mayor distractor para nuestro cachorro, Inutaishō—resopló frustrada—. Sólo piensa un poco, quieres. La mocosa es un detonante incierto, no sabemos cuánto tardará en asimilar lo ocurrido y acepte lo que es. Por lo tanto, sus emociones perjudicaran a Sesshōmaru. Ya sea directa o indirectamente.
»Rin Honjō, es quien mantiene el humor del Demonio. Si ella es feliz, él estará tranquilo, pero ¿y si no lo está? Parece que nadie se da cuenta la influencia que tiene Rin sobre Sesshōmaru.
Inutaishō centró toda su atención en las palabras de la ingeniosa mujer. Irasue siempre estaba al tanto de los detalles, nunca se le escapaba nada. Por eso la gente solía tenerle cierto pavor, porque nunca fallaba y daba con cosas que nadie piensa, al creerlas insulsas e insignificantes.
—¿Quieres que los separemos? —Preguntó con molestia, mientras fruncía su entrecejo.
—¡Por supuesto que no! —Colocó su mano sobre el pecho—. Me insultas con sólo decirlo —empezó a exagerar su actuación—. Lo que sugiero es que esos dos se den un espacio. Es decir, mantener a la chiquilla lejos, mientras todo este problema se resuelve. ¿Entiendes?
—Sesshōmaru no aceptará.
—¿Y quién ha dicho que le vamos a pedir permiso? —Rodó los ojos—. Tendrá que aceptarlo por las buenas o por las malas.
—¿Y Rin? Ella tampoco querrá alejarse de él. Si confía en alguien, es solamente en nuestro hijo.
—Es ahí cuando debes usar a tu enamorada eterna —sonrió divertida—. Ella será el medio para que eso suceda.
—Rin está enfadada con Midoriko, dudo mucho que acepte…
—Para eso existe tú —lo interrumpió—. La mocosa no sólo confía en idiota de nuestro hijo, sino también en ti. Aprovecha esas ventajas y hazla razonar. Que perdone a su tía, de ahí, todo se irá por el curso que todos deseamos.
»Desconozco lo que ese infeliz le haya dicho a la mocosa, pero si estoy segura de algo —tomó una actitud fuera de sí. Irasue Kaiser estaba fuera de bromas—. El objetivo de ese sujeto es hacer que esa relación se fracture. Y ya empezó, porque esa niña no le ha dicho la verdad a Sesshōmaru.
—Desconfianza —pronunció Inutaishō, más para sí mismo que para Irasue.
—Si no hay confianza, todo se pierde.
Inutaishō ya había pensado en eso, incluso le había propuesto a Sesshōmaru, en hacerse cargo de la seguridad de Rin. Pero ahora que lo pensaba, el «protegerla» no ayudaría mucho. Mientras ellos estén en contacto, las cosas podían irse para abajo. Rin estaba muy sensible y, Sesshōmaru, sin duda su hijo estaba que desprendía rabia.
~O~
Rin estaba sentada en el pequeño sofá negro, con sus pies arriba, apoyando su barbilla sobre sus rodillas, mientras que veía con atención la perla que sostenía con sus dedos. No le encontraba lo interesante. Tal vez su tamaño y su peculiar color era llamativo, hasta cierto punto. Pero de ahí, le parecía una perla cualquiera. Quizás lo veía así, porque esas cosas nunca le habían gustado.
No tenía idea de lo que haría, de lo que realizaría con esa perla que ahora apretaba con fuerza en su mano. Deseando aplicar la fuerza suficiente para desmoronarla y que todo ese martirio se acabara. Tirarla a la basura no había sido tan mala idea, pero, Hitomiko no lo hizo, la dejó para que fuera encontrada por ella. No, se suponía que para su madre, ella había nacido muerta, incluso que había sido un varón.
Cerró los ojos con calma, queriendo evitar que las lágrimas se hicieran presentes. Ya estaba cansada de llorar. Ya no valía la pena el desgastarse por algo que ya había ocurrido, aunque la irá que tenía en su interior no disminuía, estaba latente y cada vez más fuerte.
Abrió los ojos de golpe al escuchar el ladrido de Yako, que estaba frente al ascensor y moviendo su cola con entusiasmo. Eso significaba que Sesshōmaru, no tardaría en hacerse presente. No entendía cómo el canino llegaba a sentirlo, incluso antes de que éste montara el cubículo decorado de madera.
Se levantó y se encamino hacia la habitación para guardar la perla. No quería tener ninguna discusión por la joya, cómo había ocurrido en la mañana. Sabía que le debía una disculpa a Sesshōmaru. Pero no sabía cómo decirle, cuando él le dijo que dejara de disculparse por cualquier cosa.
Entró al closet y encendió la luz, se encaminó hacia uno de los pequeños cajones en donde se encontraban las corbatas de Sesshōmaru. Cogió una pequeña caja de madera y la echo ahí. Cerró el cajón, apagó la luz y regresó de nuevo hacia la planta baja. No tenía caso evitarlo. Tal vez, y él también se encontraba tranquilo.
Bajando los escalones se lo encontró quitándose la corbata y el saco, mientras el perro estaba ya acostado en su cama, mordiendo lo que parecía ser una mordaza, lo más seguro, que fue cortesía de Sesshōmaru.
—Espero no hayas hecho de cenar —habló sin mirarla.
—No, estaba esperando a que volviera.
—Compre la cena, está en la barra —caminó hacia el escritorio, en donde dejó el maletín.
Rin terminó de bajar las escaleras y tomó rumbo hacia la cocina, en donde estaba dos bolsas. Sacó primero los contenedores donde estaba la comida. No pudo evitar el morderse los labios, le había comprado su hamburguesa favorita. Se asomó en la otra bolsa rosa, era bastante bonita. Y se dio cuenta que en su interior había un pequeño pastel.
Sesshōmaru estaba firmando la paz, con los aperitivos que a ella más le gustaba. Eso significaba que ya no debía tocar el tema, ni mucho menos pedirle una disculpa.
—¿Qué va a querer de tomar? —Le cuestionó al adentrarse a la cocina—. Hay cerveza —le hizo saber.
—Lo que tú vayas a beber.
Rin viró al escuchar la voz más cerca, y, ahí estaba, sentado frente a la barra, mientras se sujetaba el cabello con una liga. Se le veía algo cansado, incluso unas ligeras ojeras se hicieron presentes, haciendo que los ojos dorados resaltaran un poco más. Y la culpa la envolvió.
Sacó las dos botellas de cerveza y las colocó en la barra, para ir por el destapador. Al tenerlo entre sus manos se disponía a quitarle las tapas a las botellas de cerveza, pero, Sesshōmaru le quitó el artefacto de las manos.
—Siéntate —le pidió, mientras empezaba su labor.
Rin asintió y se sentó al costado derecho del albino, sin siquiera mirarlo a la cara. No sabía cómo enfrentarlo. Sabía que su novio no quería tocar el tema, pero no podía evitarlo. Había sido muy grosera, a tal grado, que incluso lo comparó con aquellos sujetos y dudo de él. Osciló contra la única persona que había velado por ella, desde que todo eso se había desatado.
—Sesshōmaru…
—No encontré del pastel que te gusta —no le permitió continuar—. Lo compre de fresa, espero y te guste.
—Me gustará —lo miró, pero él no—. Sessh…
—Olvídalo.
—Pero… —Calló al tener la mirada ambarina sobre de ella.
—Simplemente olvídalo —habló lo más amable que pudo—. Comamos, que tengo hambre.
—Sí.
Así transcurrió la cena, en un silencio impuesto, pero bastante agradable. No percibió ni un dejo de molestia por parte del albino. Incluso le pareció curioso el verlo comer con ganas, cuando no era adepto a la comida chatarra.
Rin miró su hamburguesa, de la cual sólo había ingerido la mitad, para dejar espacio para el pastel. Así que se atrevió a hacerlo, tal vez y funcionaba.
—¿La quiere? Es que quiero darme espacio para el pastel.
Sesshōmaru la miró de reojo, al momento en que se limpiaba la boca. Y pudo ver la duda en él. Ya que cuando solía suceder algo así, Rin guardaba su hamburguesa para al día siguiente.
—¿O prefiere que la tire? —Cuestionó con cierta desaprobación. Esperaba que le dijera que la tirara—. Sería lamentable tirarla. Aparte, ver que mi novio come menos que yo —pronunció con más soltura—. Eso sería una vergüenza para todos los hombres, que una…
—Deja de hablar, que me en jaquecas —la calló y cogió la hamburguesa.
La risa de su mujer inundo por completo el lugar, haciendo que la mirara fijamente. Desde que había regresado a Japón, no la había escuchado reír, y el oírla ahora, le hacía sentirse relajado. Fuera la risa o una simple sonrisa, lograba que él se calmara y encontrara un poco de paz, entre tanto ajetreo. Sabía que no podía pedirle mucho, pero eso era algo y esperaba que durara, al menos hasta que llegara el otro día.
Después de ahí, Rin agarró un poco más de confianza y le comenzó a platicar lo que hizo en el día. Cómo echarle un vistazo a la guía de estudio para el examen, que había salido con Yako y lo llevó a recorrer unos parques retirados de la ciudad. Incluso se había entretenido viendo los vestidos de novia en una tienda, pero que no había entrado por que llevaba al perro con ella.
—¿Quieres comprar el vestido aquí? —Se animó a cuestionarla.
Rin se quedó con el tenedor a medio camino hacia su boca, para prestarle atención. Parecía que había despertado su curiosidad.
—Quiere decir, ¿qué puedo encargarlo del extranjero? —Aquellos opacos ojos, brillaron repentinamente.
—Mi madre quiere regalarte el vestido de novia —le comentó—. Así que podrías ir tu misma a escogerlo.
—¿Ir a Berlín? —Sus ojos cada vez se abría más.
—No necesariamente a Berlín —dio un trago a su cerveza y continúo—. Conociendo a mi madre, tal vez te lleve a París o New York.
—¿París? —Parpadeó tantas veces, que le perdió la cuenta—. Nunca pensé que podría viajar al extranjero. Con lo que ganaba, muy apenas y me alcanzaba para ir a Okinawa o Kyoto.
El albino la observó detenidamente, estaba estática, mirando hacia enfrente, cómo si en la pared de la cocina estuvieran proyectando imágenes de la famosa ciudad francesa o incluso más. De esa manera lucia linda e inocente, cómo solía ser la mayor parte del tiempo.
—¿Te gustaría conocer Europa?
—¿Eh? —Volvió a verlo interesada.
—Podría ser nuestro viaje de bodas —le hizo saber—, sí así lo quieres.
—En serio podría… —Se mordió el labio inferior—. ¿Pero usted quiere ir allá?
—Lo que importa eres tú, no yo.
—Pero…
—Rin, yo ya conozco muchas partes, así que da igual.
Rin bajó la mirada hacia el postre que estaba a medio comer, como si de este encontrara las palabras que deseaba mencionar. Pero eso no le molestaba, realmente prefería verla así, que tener que enfrentarse con antipática Rin, que estuvo en su oficina por la mañana.
—¿Me deja pensarlo? —Musitó avergonzada.
—Tienes el tiempo a tu favor.
—Ya sé —rió torpemente—. Aun ni damos fecha y ya estamos hablando del viaje de bodas —cogió el utensilio y se llevó el trozo de pastel a la boca.
»Si no hubiera nada que lo atara a Japón, y yo le dijera que nos fuéramos lejos de aquí, a otro país. ¿Lo haría?
Los ojos marrones estaban expectantes, esperando ansiosamente la respuesta que le daría aquella extraña pregunta. Si no hubiera empresa, ni familia, ni nada que lo relacionara con Japón, por supuesto que él estaría cómodamente en Berlín o quizás en New York. Y si ella estaba a su lado…
—Sí.
Su mujer se quedó impávida, cómo si le costara reaccionar a la simple respuesta que le dio. Lo más seguro, es que esperaba alguna negativa de su parte. Y a nadie le extrañaría, porque jamás cedía ante los deseos de los demás. Pero a esa mujer, con esa mirada y esa sonrisa, no podía negarle absolutamente nada.
—Es lindo saber eso —comentó apenada—. Soy la mujer más afortunada del mundo, sabe.
Rin extendió sus brazos hacia él, acogiéndola al instante, evitando que por la acostumbrada torpeza de la mujer, cayera al suelo. La sostuvo firmemente, y sintió la pausada respiración chocar en su cuello, en donde ella tenía oculto el rostro.
—Lo amo —murmulló entre risillas—, lo amo mucho. Soy suya —le cogió del rostro con ambas manos y los dos se miraron fijamente—. Y usted es mío —aseguró con seriedad—. Eso ningún hombre, ni la misma muerte podrá cambiarlo.
Sesshōmaru atrajo a la mujer a su cuerpo, rodeándola con sus brazos, apoyando su barbilla sobre el femenino hombro. Por algún motivo, aquellas últimas palabras le llenaron de incertidumbre. Rin no era afecta hablar de esa manera tan fatídica. Empezaba a creer que eso tenía que ver con Magatsuhi.
¡Hola a todos!
Aquí estoy, cumpliendo con el capítulo del lunecito. Que espero que se la estén pasando rico, sobre todo los que tuvieron puente y no tuvieron que ir a la escuela o al trabajo. Suertudotas.
Cómo siempre, espero que el capítulo de hoy sea de su agrado. Que me digan que tal les pareció y que esperan que suceda más adelante...porque andamos acercándonos a la recta final.
De nuevo, les doy las gracias por seguir leyendo este fic, tanto a la gente que la ha agregado y dado en favoritos, cómo aquellos que andan checando FF para ver si he actualizado. A los que dejan su sensualon review, muchas gracias. Es el mejor pago para mí, y lo saben.
Eh...quería abordar un tema...que ya lo he leído en varios comentarios, pero creo que tal vez lo haga cuando finalice el fic. Ya que tengo dudas, más bien, me gustaría leer sus dudas o cuestiones al respecto. Pero bueno, eso será al final y si ustedes quieren. Sería como un cuestionario o algo así. Me gustaría aclarar todas sus irresoluciones, que he leído de ustedes, pero bueno. Ya hablaremos de eso después.
Por el momento me despido, pasen una bonita semana, y nos estamos leyendo el viernes...o sino el sábado. Depende de que tan rápido tenga el capítulo. Los quiero y se me cuidan mucho.
¡Bye!
