36. Nueva York

Al llegar a mi casa, aparqué el coche en su sitio y entramos Jake y yo juntos a casa. Subimos las escaleras y entramos en mi habitación. Hicimos revisión de los documentos y de la ropa, además de los detalles importantes, como el neceser o el dinero.

Jacob cogió la maleta y, como un modelo de pasarela, se pasó la mano por el hombro, dejando la maleta colgada por detrás. Yo me encargué de los abrigos, ya que en pleno centro de Nueva York, Jake no podía lucir su pecho ni ir con manga corta.

Cuando salimos de casa, mi familia nos esperaba fuera.

—Bueno, que os vaya bien el viaje. –nos dijo mi madre, abrazándonos.

—Buen viaje. –se despidió Marc con un abrazo.

—Que lo pases bien. –me deseó David, dándome también un abrazo.

—Que te vaya bien. –dijo Manel, besándome la mejilla.

—Hala, disfruta del viaje y de la compañía, que es excelente. –me dijo mi padre.

Capté la indirecta.

—¿En serio? –pregunté, antes de nada.

—Sí. Estoy de acuerdo con la relación.

Lo abracé con ganas y fuerza, dándole las gracias en un susurro que quedó entre los dos.

—Adiós. –me despedí cuando acabé de despedirme de todos.

A Jake le faltaba mi padre.

—Chico, me alegra que seas tú. Eres buen chaval. –le dijo, palmeándole con familiaridad la mejilla.

—Gracias, de verdad. –le agradeció Jacob, palmeándole el hombro a mi padre.

Era fantástica la escena.

Al acabar, Jake se acercó a mí y me entrelazó su mano con la mía.

—Vamos. –dijo.

—Vamos. –repetí.

Nos despedimos con la mano mientras nos dirigíamos a mi coche. Él tomó la tripulación del barco. Se sentó en el asiento del conductor, y yo en el del copiloto. Jake arrancó, directo al aeropuerto.

Llegamos enseguida con su rapidez en lo que a coches se refiere. Aparcamos bajo un techo de ésos de parking. Salimos y nos dirigimos a la puerta correcta. Facturamos la maleta como equipaje de mano y pasamos el detector de metales. Él seguía llevando la maleta y yo los abrigos. Nos sentamos al lado de la puerta correspondiente.

¿De verdad no nos habíamos olvidado nada? ¿Seguro que no había motivos para cancelar el viaje? No sé…

Tenía una sensación extraña, como si no debiéramos subirnos al avión, y no era por la añoranza que sentía a cancelar los viajes. Había algo…

—¿Alba? ¿Qué ocurre? –preguntó Jake, preocupado.

—¿Qué? ¡Oh! Nada, sólo… pienso. –le expliqué, sonriéndole.

—¿En qué? –preguntó, devolviéndome la sonrisa.

—En cancelar el viaje.

—¿Echas de menos echar a perder el dinero de los billetes, o qué?

—No. Sólo que… tengo una sensación extraña. Como si… pasara algo, si cogemos el avión. No sé… es un sentimiento raro… Pero no hagas caso, seguro que se pasa.

—¿Segura? Son modificables…

—No, de verdad. Quiero hacerlo.

—Está bien. –susurró, recogiendo mi pelo detrás de la oreja.

—Acaba de llegar el avión con destino: Nueva York. –anunció la azafata por el altavoz, pasado un rato.

Los pasajeros de este avión pueden comenzar a embarcar.

Gracias por su atención y les deseamos un feliz vuelo.

Miré a Jacob, ligeramente nerviosa por –por fin– subir a un avión en el aeropuerto de Seattle.

Él me puso una mano en la espalda y me siguió hacia la fila de pasajeros. Yo llevaba los billetes, así que yo iba primera. Le enseñé los billetes a la azafata y ella los revisó deseándonos luego un feliz vuelo.

A ver, ¿cómo puede ser un vuelo feliz? Era ridículo… Debería decir "esperemos que sea de su comodidad" o algo por el estilo…

La azafata me devolvió los billetes y nosotros pasamos por el túnel que llevaba al avión. De nuevo, el piloto y una azafata nos esperaban en la entrada. Nos saludaron cordialmente y nos dejaron paso. Me fijé en los asientos por primera vez para saber por dónde buscar, y me quedé sorprendida.

—¿En primera clase? –le pregunté, girándome hacia él. —¿Cuánto te ha costado?

—Eso no importa. Pero lo he hecho por… mis cuarenta grados de temperatura, ¿sabes? Allí, todos comprimidos, pues…

—Hay aire acondicionado.

—Ya…

—¿Te acabo de destrozar la excusa que habías ensayado para esta pregunta?

—Sí, sinceramente.

Yo sonreí, al igual que él, y encontramos fácilmente nuestros asientos.

Cuando todos los pasajeros estuvimos en el avión, las/os azafatas/os hicieron su discurso de: "hay cuatro puertas de emergencia, dos delante y dos detrás…" O algo por el estilo. Medidas de seguridad y todo el rollo. El avión se puso en marcha, y ascendimos al aire, por fin. Durante el proceso, sentí alivio y felicidad por haber cogido un avión que no se había cancelado. Estuve todo el viaje cogiendo la mano de Jake, sin importarme su temperatura. No voy a negar que mi pobre mano estaba ardiendo, pero no me importaba. Miraba por la ventana, maravillada de las formas y la textura que parecían tener las nubes.

Al llegar a la ciudad de los rascacielos, un taxi nos recogió en el aeropuerto y nos llevó a nuestro hotel.

—Pero… ¿tú desde cuándo llevabas ahorrando? –pregunté, incrédula ante lo que veían mis ojos. —¡Esto es de cinco estrellas, Jake!

—No, sólo de cuatro.

—¿Sólo? Estás loco de remate.

—Anda, vamos. –dijo, cogiéndome de la mano y entrando en aquel pedazo de hotel. El "Sheraton New York Hotel and Towers" era nuestro hotelazo de dos días.

—Increíble… —susurré, entrando en aquel hotel.

—Hola. Tengo reserva.

—Sí, señor. ¿A qué nombre?

—Jacob Parker.

Detuve mi curiosa observación del hotel para mirarlo a él.

—Parker es mi apellido. –susurré.

—Lo sé. Pero soy tuyo, así que… Me considero Jacob de Parker.

Le sonreí y le abracé.

—Aquí tiene. Habitación 1706, en el último piso. Esperamos que disfruten de su visita y que la habitación sea de su comodidad y gusto. –nos dijo el asistente, haciendo una pequeña reverencia con la cabeza y entregándonos una tarjeta, que sería la llave de la habitación.

—Vamos. –dijo Jake, señalando un lado del pasillo.

Siguiendo la dirección que me había dicho, llegamos al ascensor.

—¿Cincuenta pisos? ¿Y vamos al último? –pregunté, sorprendida.

—Sí. Ya verás a la habitación que vamos. –dijo con una sonrisa.

—¿A la suite presidencial, o algo por el estilo? –bromeé.

—Algo así.

—¿QUÉ? Te mato, Jacob Black.

Él se limitó a reír.

—En serio… ¿Ahorraste para este viaje? ¿Pensabas hacerlo algún día?

—Sí, la verdad. Pero ahorrar se convirtió en una costumbre, así que no sé el motivo de por qué ahorraba tanto dinero.

—Guau.

—Sí.

Llegamos al último piso, y Jake me dirigió a través del pasillo hasta llegar a nuestra habitación.

—Abre tú. –me ofreció, tendiéndome la llave.

Cambié los abrigos de brazo y cogí la llave con la mano izquierda. La encajé y ésta se abrió con un ligero click. Al abrir, me di cuenta de por qué era "algo así".

—¡Oh, Dios mío! ¡Has reservado la suite matrimonial! –dije, verdaderamente flipando.

Dejé los abrigos en una silla que había allí.

—Qué guapada de habitación. –comentó él, dejando la maleta al lado del armario empotrado.

Había un pequeño salón, con una televisión de plasma, a los pies de las escalerillas que llevaban a la cama. Al lado de ésta, había una puerta a la derecha, que debía ser el lavabo. En la entrada, había dos armarios empotrados, uno a cada lado del pasillito. Al lado izquierdo de la habitación, había una puerta que daba al balcón.

—Sabes lo que te toca, ¿verdad? –le dije a Jake, girándome hacia él.

—¿La muerte? –intuyó él, sonriendo con inocencia.

—Exactamente. –corrí hacia la cama y cogí la almohada, para volver con Jacob y empezar a pegarle con el cojín.

—¡Ya, para! ¡No lo volveré a hacer! ¡Lo prometo! –suplicó, riendo.

—¡Claro que no! –exclamé, dejando de pegar a Jacob. —¡Porque ya no tienes dinero, sinvergüenza! –seguí exclamando, volviendo a pegarle.

Los dos reíamos mientras le pegaba, hasta que él se cansó y cogió la almohada, aprovechando cogerme también la mano y rodearme el cuerpo con su brazo, de manera que yo quedara de espaldas a él y pegada a su cuerpo. Él colocó la mano restante en mi barriga y empezó a hacerme cosquillas. Me cambié el cojín de mano y empecé a pegarle de nuevo, hasta que él me cogió la mano libre de manera que quedamos rostro con rostro.

—¿Ahora qué, mister inteligencia? –pregunté, bromeando.

—Ahora viene lo mejor. –dijo sonriendo, besándome luego

El beso se intensificó y él se dejó caer en el suelo, cubierto por una alfombra, para que yo quedara encima de él. Dejamos de besarnos y apoyé mi barbilla en su pecho. Me fundí en sus ojos, y él en los míos.

Al cabo de un rato, fui la encargada de romper el silencio.

—¿Vemos una peli?

—¡Genial! –exclamó, levantándose del suelo y cogiéndome en brazos como si fuera un bebé.

Yo reí y enrollé mis piernas en su cadera. Él se dirigió a una mini—estantería debajo de la tele, donde había unos cuántos DVDs.

¿Seguro que esto no eran cinco estrellas?

—¿Cuál prefieres? –me preguntó, observando con entretenimiento las películas disponibles.

—Hum… —dije, imitando su gesto. —¿"Harry Potter" o "Malditos Bastardos"?

—¿Por qué siempre haces eso? –me preguntó, sonriendo con picardía.

—¿El qué? –pregunté, sin estar segura de a qué se refería.

—Cuando te toca elegir a ti, siempre propones dos, y acabo eligiendo yo.

—Pues porque si no, digo que me da igual y tú insistes, así que me salto ésa parte. –le dije, sonriendo inocentemente.

Él negó con la cabeza, sonriendo, y después, en un rápido movimiento, me besó la frente.

—Va, coge "Harry Potter".

—Cógela tú, estás más cerca.

—Tendrás morro… —se quejó, sonriendo.

Yo reí mientras él se agachaba a coger la película. Mientras él la ponía en el reproductor de DVD, yo me bajé de él y me dirigí a la cama a buscar almohadas, ya que nos gustaba ver las películas tumbados en el suelo y apoyándonos en cojines, con las palomitas entre los dos. Pero en éste momento no teníamos palomitas…

—¿Crees que nos traerían palomitas, si llamamos a recepción? –bromeé.

—Puede ser. –dijo él, sonriendo y dirigiéndose ya hacia mí. –Eso sería genial, ¿eh?

—Y tanto.

Mientras la película empezaba, aproveché para preguntar sobre el viaje.

—¿Qué iremos a ver mañana?

—No tengo ni idea. Podríamos empezar por…

—¿Central Park? –propuse.

—Vale. Y luego… Times Square.

—Todo cerquita. –dije, riendo. –Luego… World Trade Center, Brooklyn, Queens, Empire State…

—Madison Square, Broadway, la isla Ellis, la Estatua de la Libertad, el puente…

—Y ya tenemos los dos días completos. –bromeé, ante la cantidad de cosas que habíamos dicho para visitar.

Él rió conmigo y después nos pusimos a ver la película.

Al despertar, nos vestimos y empezamos a hacer el recorrido que habíamos acordado la noche anterior. Me vestí con unos tejanos largos de pitillo y una camiseta de manga corta, y me abrigué con un gorro de lana, una bufanda, unos guantes y la sudadera.

Jacob, en cambio, no iba tan abrigado; se puso el abrigo y una bufanda colgada al cuello, ni siquiera enrollada.

Cogimos mucho el metro para ir de un lugar a otro, y lo que estaba cerca lo hacíamos andando. Ése día, vimos Central Park, Times Square, Empire State, World Trade Center, la Estatua de la Libertad y el puente. Fuimos a ver el musical de "Chicago" y entramos en alguna que otra tienda de lujo, para reírnos de los precios, básicamente.

Llegamos reventados al hotel, así que, sólo con tumbarnos en la cama después de una ducha, nos dormimos enseguida.