El mundo y los personajes de Digimon no me pertenecen. Esta historia nació para fines de entretenimiento y no busco lucrar con ella.
Personajes:
Taiyo Yagami. Hijo de Taichi y Ayane. Nueve años
Saori Ishida. Hija de Sora y Yamato. Nueve años.
Yoshiro Ishida. Hijo de Sora y Yamato. Cinco años.
Yuko Izumi.Hija de Koushiro y Tomoyo. Nueve años.
Kevin Ryouta Washington. Hijo de Mimi y Michael. Nueve años.
Kazuma y Makoto Kido. Gemelos de Jou y Mariko. Once años.
Daiki Motomiya. Hijo de Daisuke y Mitsuko. Doce años.
Reiko Ichijouji. Hija de Miyako y Ken. Trece años.
Ozamu Ichijouji. Hijo de Miyako y Ken. Diez años.
Yusei Ichijouji. Hijo de Miyako y Ken. Ocho meses.
Hoshi Hida. Hija de Iori y Ume. Once años.
Koichi y Tsubasa Takaishi. Mellizos de Hikari y Takeru. Doce años.
DIGIMON ADVENTURE
~ ALFA & OMEGA ~
Parte I
De revelaciones, verdades y decisiones
7 de agosto de 2027
Estaba irritado, sí, pero se encontraba especialmente incómodo.
Los médicos habían sido muy críticos con sus acciones —eso de levantarse a ayudar a los heridos de la guerra sin recuperarse del ataque no había sido aprobado por el galeno que lo cuidaba— pero, aun así, se mostraron igualmente indiferentes cuando le comunicaron las cosas.
Su médico, aquel al que Takeru había ido a buscar, le explicó todo con lujo de detalles. Y se sentía impotente mientras contemplaba ese molesto objeto que estaba presente ahora en su dormitorio.
Que iba a ser difícil, que iba a acostumbrarse, que no era nada de otro mundo, que era mejor que haber perdido una pierna.
Sí. Pero también era una lesión. Una lesión que lo iba a acompañar indefinidamente.
Porque la herida había sido más grave de lo pensado, porque no lo habían curado bien, porque algo en la operación no estuvo bien hecho.
Las muletas lo fulminaban desde un extremo de la habitación. Y, a su lado, lo que parecía ser un acompañante permanente.
No serán necesarias las muletas, señor Ishida. Progresivamente, volverá a caminar mejor… Sin embargo, necesitará apoyo mientras su pierna esté lesionada.
En ese punto, entraba en la ecuación una variable inesperada, jamás pensada.
Porque una cosa sería utilizarlo de forma temporal. Y otra muy distinta, estar atado a ello de manera perpetua.
¿Y si nunca volvía a caminar sin utilizar un bastón? ¿Qué iba a hacer con eso?
Suspiró.
—¿Takeru se llevó a los niños? —alcanzó a preguntarle a Sora, para no pensar en las últimas noticias dadas por el médico.
—Sí, así es —replicó ella y le acarició el brazo, percibiendo su tensión—. Koichi y Tsubasa se quedaran a cargo. Tomoyo prometió que pasaría a ver a los niños en una hora y que se encargaría de ellos si no llegábamos a tiempo. Espero que no se preocupen por nosotros
—Saori es muy lista. Lo notará enseguida pero no dejará que Yoshi se preocupe. Y no creo que mis sobrinos se queden tranquilos sabiendo que sus padres los dejan con niños a su cuidado… Mi ahijado no tiene el cerebro de su padre y seguro también pensará que algo anda mal… ¿Por qué se tienen que parecer tanto a nosotros y tan inteligentes además?
La diseñadora se sonrió— No es para tanto. Además, es muy temprano aun. Con suerte, los niños no notaran nuestra ausencia porque volveremos antes de que despierten.
—Espero que eso ocurra.
Sora le regaló otra sonrisa— ¿Cómo te sientes?
El astronauta giró el rostro, concentrándose en una de las paredes blancas de su habitación. Con todo, seguía sintiéndose renuente a hablar de algo cuando se preocupaba, se inquietaba… O lo hacía sentir vulnerable.
El problema es que nadie conocía mejor aquello que Sora.
—No lo sé. No es fácil que te digan que no podrás volver a caminar con normalidad después de que te aseguraron que no habría secuelas.
Yamato contempló el bastón como si fuese su enemigo. Súbitamente, desconfiaba de ese artefacto.
—Sí. Lo es… —aseguró ella — Pero no estarás solo. Nosotros estaremos contigo.
La miró, con intenciones de agradecerle, de recriminarle, de reprocharle… Todo a la vez.
—Gracias —dijo finalmente — En este momento… No…
—Pero te servirá más adelante. Yamato, tienes que salir adelante… ¿Sabes? Todos te necesitamos…
—Al menos, ahora ya no tengo excusa —susurró él. Las palabras el parecieron amargas y tristes, pero al mismo tiempo esperanzadas — Podré hacerme cargo del puesto que me ofrecieron en la JAXA… Como supervisor, en tierra.
Los ojos rubíes brillaron involuntariamente y desvió la mirada intencionalmente cuando se encontró con los orbes azules.
Ella tendía a apoyarlo en su trabajo pero no iba a negar que siempre deseó tener a su marido consigo en todos esos años.
Los viajes al espacio significaban cosas duras: tiempos separados. Cumpleaños, reuniones familiares, encuentros entre amigos, celebraciones, sin verse, sin noticias continuas, sin poder contarse las preocupaciones.
Tiempo perdido en la vida de los niños, dijo una voz dentro de Sora.
La diseñadora la silenció abruptamente, porque su intención no era reprochar a su esposo por aquel sueño que le llenó la vida. Pero él mismo lo había dicho…
Se quedaría en tierra.
Sin embargo, se dio cuenta que apoyaría a Yamato con cualquier sueño que tuviese, sin importar más que el brillo de sus ojos azules cuando lograse encontrar lo que buscaba.
—Si tienes que hacerlo, hazlo. Ya sabes que… no estás solo en esto.
Yamato le apretó la mano — No te sientas mal —dijo—, porque ese ataque no fue tu culpa. Y nada de lo sucedido lo es… Tarde o temprano, iba a dejar las misiones espaciales. Tú lo sabes.
—Nunca deseé que algo así adelantara tus planes… —afirmó ella
—Lo sé, Sora. No te culpes por ello…
Un sonido les llamó la atención a los esposos Ishida.
Gabumon se enderezó en su sitio, bostezando, y sus ojos se cruzaron con los de su compañero humano. Saludó a ambos, aun pareciendo somnoliento y luego, parpadeó al notar dos notables ausencias.
—¿Y los niños? —dudó el digimon
—En casa de Takeru —explicó Sora, sonriente.
Gabumon y Biyomon solían preocuparse tanto por sus niños casi tanto como ella y Yamato. Parecían ser sus padres digitales.
Igual que Tsunomon y Yokomon eran los hijos virtuales del matrimonio Ishida.
—¿Por qué no se han llevado a los pequeños? —inquirió Gabumon, contemplando a sus acompañantes — Jamás se separan de ellos…
Jamás se separan de ellos. Y así era. Algo tan común, tan dado por hecho, tan real e indiscutible.
Destrozado.
Sora se mordió el labio e intercambió una mirada con Yamato.
Gabumon se aferró al digihuevo de Biyomon y sus ojos parecieron captar algo en el silencio que inundó la habitación, porque se cristalizaron.
—¿Yamato…? ¿Qué es lo que sucede? —inquirió el digimon de la amistad de la primera generación, con voz queda.
—Los digimon deben regresar al digimundo —comentó Sora, muy bajito.
Por eso Takeru se había llevado a los niños en respetuoso silencio. Por eso iba a su casa, también, a buscar a los que allí estaban. Porque iban a separarlos a todos… Y era mejor hacerlo en silencio…
O tal vez no, pero una despedida que sería olvidada no resultaba prometedor.
Se sentía invisible en ese momento, cuando Gabumon contempló con dolor a Yamato. Deseó que el compañero de su esposo no la hubiese escuchado pero estuvo segura de que lo hizo.
Ishida tuvo que reprimir el dolor que le atenazó el pecho ante la mirada del más fiel de sus amigos, el más comprensivo de sus oyentes y el más convincente de los que argumentaban en su contra.
Gabumon, su eterno compañero. Su primer gran amigo.
Las lágrimas se agolparon en sus ojos cuando no supo que decir y los brazos de su compañero lo apresaron inesperadamente.
Tal vez aun nada había ocurrido, pero Ishida sintió que aquello era inevitable.
— Saori tenía esto —susurró Sora, rompiendo el silencio con voz queda y abrazando el digihuevo de Biyomon con cariño infinito — Tal vez quieras usarlo…
Yamato extendió su mano y recibió la vieja armónica que solía usar para hacer dormir a su hija cuando era pequeña. Mucho antes había sido el instrumento que compartió con Gabumon porque para ambos tenía un significado especial.
Los ojos brillantes de Gabumon que comprendían todo como si la explicación no fuese necesaria, lo fulminaron mientras le pedía que le tocase su melodía…
Y las notas llegaron.
Suaves, profundos sonidos que colmaron la habitación, y a los presentes con aquellos sentimientos que nublaban al corazón.
Le dio algunas indicaciones a Momoe antes de avanzar hacia donde lo requerían.
De alguna improvisada manera, su cuñada se había llevado a Yusei y Ozamu en la madrugada cuando Ken logró que ellos quisiesen una cama. En ese momento, los pequeños estaban con el esposo de la hermana de Miyako mientras que ella recogía a la joven que había quedado atrás en la noche.
Reiko, más terca que una mula, se había negado a salir del dormitorio que ocupaba su madre en la clínica.
Pero dormía.
Su esposa lo contemplaba con atención inaudita en sus ojos dorados y él se mordía el labio mientras trataba de lograr que los brazos de su primogénita liberaran a Poromon.
Hawkmon, Minomon, Leafmon y el mismísimo Wormmon lo contemplaban con fijeza.
Si la situación hubiese sido otra, se dio cuenta el policía, probablemente se hubiesen reído de sus intentos de ser silencioso.
No obstante, la tensión cortaba cualquier deje de humor que pudiese existir en ese momento. La despedida se acercaba… Aunque ellos aun no sabían si era inminente o no…
Él y Miyako habían deseado, esperado y anhelado que no…
Y, aun así, una parte de él estaba segura que la causa ya estaba perdida. No pierdas la esperanza, había cantado Miyako, pero el brillo de sus ojos eran lágrimas resignadas.
¿Qué haría con todo aquello que le recorría el cuerpo? Emociones diversas, llenas de angustia, alegría y nostalgia… Todas esas sensaciones que le nublaban los sentidos, los avasallaban y lo corrompían.
Cuando Poromon estuvo libre de los brazos de Reiko, Ken vio que la niña entreabría los ojos y protestaba. Sin embargo, la queja se redujo a nada y volvió a perderse inmediatamente en el mundo de los sueños…
—Está muy cansada —comentó Miyako, enternecida y preocupada
—No ha sido fácil para ellos —afirmó Ken, dándole una sonrisa pequeña — Pero nuestros hijos son fuertes… Y ya verás que todo estará mejor.
La antigua elegida del amor y la pureza asintió quedamente — Espero que todo salga bien, Ken.
Él también lo deseaba.
Pero sabía que comentar algo haría que Miyako insistiese en ir. Él no podía llevarla, aunque su corazón prácticamente se lo exigiera. Él tenía que pensar en la salud de su esposa, que apenas estaba recuperándose.
Sí, no debía olvidar nunca lo cerca que había estado de perderla, de perderlo todo…
Debía entender que aquello era casi una segunda oportunidad. Tercera, para él.
—Sí —afirmó Momoe, sonriendo también — Les deseo suerte a todos. No te preocupes por los niños y Miyako, yo la cuidaré. Mi hermano vendrá por aquí luego… Quizás mis padres.
—Gracias, Momoe. Espero que no te hagan enfadar —susurró él
—No lo harán —aseveró su cuñada, riendo— Miyako es quien siempre pierde el control…
Ken desvió los ojos nuevamente cuando su mirada se topó con la Wormmon. Se sentía incapaz de mirar a su compañero sin saber exactamente el porqué. De alguna forma que le parecía ridícula, temía encontrar en los ojos de Wormmon —aquellos que lo contemplaban con amor y sinceridad— lo que no deseaba ver de sí mismo.
En sus brazos, dejó que los tres digimon de sus hijos descansaran. Pidió a Hawkmon que lo acompañase y fue silente testigo de la despedida que tuvo Miyako con su compañero.
Sin dudas, aquel abrazo fue un golpe duro para su querida esposa… Vio como ella se resistía a llorar y le regalaba una sonrisa de confianza. Esa sonrisa que sólo ella podía regalarles, esa sonrisa que brillaba eternamente…
Y él se sentía tan impotente.
—Sí Rei despierta —dijo lo suficientemente alto —, díganle que llevé a los digimon a su mundo para reponer energías.
Miyako lo miró con infinita tristeza.
Sus ojos reflejaban la angustia que la consumía por saberse incapaz de ayudar, por saberse atada a una cama, por saberse…
—Te enviaré mensajes cada diez minutos —volvió a decir Ken, para cambiar esa mirada
Momoe quiso reír ante la exageración de su cuñado, pero se mantuvo alejada, como si no perteneciera a la escena.
—Gracias —replicó la mujer que estaba en la camilla — Me siento realmente mal por no poder moverme… e ir a ver a Gennai para decirle todo lo que se merece…
Esbozó una media sonrisa ante la indignación que rodeaba a Miyako. Se veía a leguas su posición respecto al tema que estaban sumergidos. Ella pensaba que Gennai tenía muchas más cosas ocultas y que no les diría la verdad. Eso le irritaba mucho. Sumándose a que no podía ir a la reunión, que estaba nerviosa y que no sabía que sucedería luego…
—¿Has cambiado de opinión? —dudó el policía, para asegurarse.
Los ojos de ella lo atravesaron como lanzas doradas y firmes.
Ken leyó la respuesta en ellos, pero esperó pacientemente su confirmación verbal.
Cualquier cosa en una expresión facial podía malinterpretarse.
—¿Lo has hecho tú? —cuestionó Miyako
—No —reafirmó
Pensó que no era necesario decir todos los porqués de aquella cuestión, otra vez.
—Esa es mi respuesta. Tú sabes que… Siempre he sido la primera en quejarme de las peleas… Sabes que las detesto.
"Pero quiero a los digimon en nuestras vidas" Esas eran las palabras que Miyako no decía, que se perdieron en el aire, esfumándose y desvaneciéndose en la inmensidad. Asintió, a manera de consentimiento. Él también deseaba eso. O algo parecido, al menos…
Se acercó a Miyako y le acarició los largos cabellos antes de depositar un suave beso en sus labios, a modo de despedida.
—Volveré pronto —indicó
Esperaba traer buenas noticias a su familia. En realidad, lo deseaba más que esperarlo. Y lo negaba más que fantasearlo. Parecía inminente, parecía resuelto…
Con cuidado extremo, se retiró de la habitación.
Veemon y Chibimon apenas habían hablado.
Durante todo ese tiempo, Daisuke sintió el silencio como una especie de condena… Una condena por algo que no podía evitar. Su mejor amigo y compañero digital lo miraba con evidente tristeza, como si sospechara algo... O, mejor dicho, como si estuviese enterado de cada uno de sus pensamientos negativos.
Motomiya dudó, pero no preguntó.
A veces, más veces de las que uno piensa, hacer una pregunta conduce a la desagradable respuesta que esperas que no llegué. Daisuke pensó que era raro que aplicase aquel viejo verso que sonaba muy sabio en ese momento.
No hagas preguntas de las que no quieres saber la respuesta.
Veemon fue quien convenció al pequeño Chibimon de no ir con Daiki y Mitsuko a la casa de la familia. Fue quien, con una sonrisa forzada, le dijo que era mejor así. Fue quien, finalmente, clavó sus ojos rojizos en Daisuke, como instándole a decir: "Sí, es lo mejor"
Mitsuko lo había mirado, con inquietud, antes de marcharse del hospital con destino a su hogar pero le había sonreído para darle ánimos, para asegurarle que ella confiaba en él y en cualquier decisión que tomase.
Y seguía siendo tan difícil a pesar de todo…
Se dejó caer sobre uno de los asientos que poblaban los pasillos, las salas donde esperaban a los pacientes, y hundió su rostro en sus manos.
Comenzaba a detestar los hospitales.
—¿Daisuke?
No quería ver quien era, pero supo de inmediato de quien se trataba.
No era Veemon quien rompía el monótono silencio.
Trató de sonreírle a su hermana mayor cuando la encaró pero ella lo sorprendió con una expresión inusualmente seria. Se sentó justo a su lado y tomó una de sus manos cuando él las apartó de su rostro.
Los ojos cobrizos de Jun parecían buscar algo en su semblante.
—¿Qué es lo que va mal? —dudó ella— ¿Mitsuko y el bebé están bien, cierto? ¿Daiki?
—Los tres están bien de salud —afirmó él, conmovido.
Pensar en su hijo nonato le dio una punzada inesperada de alivio en medio de toda esa incertidumbre.
A veces pensaba que el peor de todos los sentimientos no era el odio, sino la incertidumbre, la duda…
La espera era más insoportable.
—¿Entonces? —insistió Jun al ver el semblante de su hermano
—Hoy… Será hoy cuando se cierre la puerta al digimundo —comentó él
Jun sabía al respecto. Shuu estaba enterado de todo y como buen esposo que era, le había hablado de la situación en la noche. Había buscado, en su imaginario personal, una especie de solución mágica que pudiese ser aplicada…
Pero cualquier cosa que hubiese podido idear se murió en sus labios cuando escuchó el tono acongojado del eterno y optimista Daisuke.
Si algo lo tenía en aquel estado de angustia, no podía ser nada bueno… Y eso que él jamás había sido especialmente propenso a dejarse arrastrar por la inquietud, el dolor.
Esa era su gran fortaleza y mayor debilidad, pensó Jun, la fuerza de no rendirse, a pesar de todo. Eso era lo que lo impulsaba, ese valor que nacía en su corazón e invadía todas sus acciones…
Sin embargo, ella comprendió instintivamente, ahora tenía ante sí una situación que implicaba rendirse, abandonar, desistir…
Algo demasiado ajeno a Daisuke como para que él pudiese evitar fácilmente el embrujo que causaba la angustia en momentos tan vulnerables.
Le acarició la espalda, intentando reconfortarlo.
Siempre, desde que eran niños, ellos solían entenderse muy bien. Con su carácter y todo, siempre se supieron cómplices del otro en los peores momentos. Enemigos, en los mejores tiempos. Su relación nunca fue ideal pero… ¿Cuántos hermanos se llevaban excelentemente en la adolescencia, en la infancia o en toda la vida siquiera?
Siempre y cuando uno de ellos no se llamase Hikari, las peleas eran de lo más común en una familia, pensó la hermana de Daisuke divertida.
Aunque recordaba las peleas memorables —las verdaderas, no aquellas que resultaban ser pequeños desacuerdos—de los Yagami.
Eran cosas dignas de recordar.
Ella y Daisuke nunca habían sido especialmente dados a mostrar afecto. A grandes muestras de afecto, en realidad. Sin embargo, no era difícil verlos juntos, reuniéndose o divirtiéndose en la compañía del otro.
Y Jun sabía que su hermano siempre era un apoyo excepcional en los malos momentos, aunque no lo notara especialmente.
—A veces me pregunto porque todas estas cosas nos suceden a nosotros —murmuró Daisuke, quebrando el mutismo.
—Porque son los elegidos —dijo ella, con firmeza. Él hizo un sonido de protesta — No importa que tanto puedan oponerse a ello, ustedes fueron elegidos para hacer de todo esto, algo mejor.
Daisuke Motomiya quiso sonreír, pero no lo logró — A veces me pregunto si eso es así, Jun…
Las palabras de Mitsuko seguían girando en su cabeza.
Poco a poco, encajándose en un entramado rompecabezas que no lo dejaba distraerse.
Su aclamado destino, ser el líder de un grupo de niños, parecía ser sólo un juego. Se sentía como una pieza del ajedrez, como un peón… El digimundo, los que los elegían eran quienes movían las piezas…
Lo único que podía decir era que ellos mismos pensaban que eran los que elegían los movimientos a realizar. Ellos se imaginaban dueños de su futuro.
Sin embargo, tenía otras cosas en común con los peones.
Las piezas de ajedrez, totalmente inanimadas, no sabían que pertenecían a un famoso juego de mesa. Ellos tampoco tenían idea de que bando formaban o porque hacían lo que hacían. Sus movimientos también eran dirigidos…
Y los de los niños.
Era realmente cruel. Tan cierto como que él no sabía exactamente que iba a suceder después de todo… No sabía que creer, que pensar.
—Estoy bien. No te preocupes… No será necesario que me patees fuera o algo —indicó él, con una sonrisa.
No valía la pena molestar a su hermana.
—Daisuke… —susurró Jun
—Sólo necesito tiempo para acostumbrarme a la idea —informó su hermano—… Supongo que es difícil para ti, también…
Jun se mordió el labio, sin saber que responder y queriendo guardar en su interior todos los reproches que punzaban por salir de su garganta. No quería enfadarse, no quería protestar, no quería…
Pero pensaba en Renamon y entendía el sentimiento de desazón de su hermano.
Lo comprendía, y dolía.
—No te preocupes por eso —dijo ella, restándole importancia. Se sorprendió de lo falsa que sonó su propia voz
Escuchó pasos y ladeó la cabeza, alegre de tener que apartar la mirada. Daisuke tenía facilidad para contemplar las cosas intensamente.
Ken Ichijouji estaba cerrando la puerta de la habitación de Miyako.
Llevaba consigo a Wormmon, a Leafmon, Minomon, Poromon y Hawkmon. Si aquello no era indicación de que algo andaba mal, la respuesta se hallaba en su expresión.
Apenada, agotada, devastada…
Jun sintió las punzadas en sus ojos ante lo inminente que era todo aquello.
Definitivamente, parecía que las rutas de escape, las soluciones milagrosas se habían esfumado…
—Daisuke… —susurró, finalmente—. Por favor, dile a Renamon que la quiero mucho… Necesito que lo sepa
Sólo tuvo un pequeño y silencioso asentimiento. Pero fue suficiente.
—Cuídalo mucho, Michael —pidió Mimi.
Tuvo que retenerse para no decir por favor. No tendría caso, aunque esas dos palabras permanecieron en su mente, intentando liberarse de la prisión de su boca. Supo que Michael Washington lo había comprendido, por la mirada en sus ojos cristalinos. Por extraño que resultase, por superficial que pareciese, pensó que no soportaría ver algo de Michael en Kevin. Se parecían bastante, sí, pero no en aspecto físico. Y la aliviaba…
Satoe Tachikawa decía que el pequeño era idéntico a Mimi.
Dejar a Kevin después de apenas haberlo recuperado le parecía incluso absurdo. Pero tenía que hacerlo, aunque no lo deseara, aunque le doliese el corazón por ver la expresión intranquila de su pequeño, aunque siquiera su abrazo había logrado vencer esas tormentosas pesadillas.
Debía hallar una solución para Kevin. Y pronto.
Sus ojos miel se perdieron en el recuerdo ante la triste expresión de Palmon cuando avanzó silenciosamente hacia la salida de la habitación. Le recordó su lejana despedida, tan infantil como triste, tan dolorosa como llena de melancolía…
Era algo que había esperado no volver a repetir. Era algo que había asentado sus bases al indiscutible odio que sentía por las despedidas.
Se mordió el labio mientras se alistaba. Llenó su bolso de cosas innecesarias, divagando sobre conversaciones imaginarias con Michael —que la miraba sin decir nada— y suspiró con tristeza cuando vio que su hijo se removía incómodo en la cama.
Como le dolía dejarlo.
Podría utilizar la puerta digital de su computadora pero todos había acordado mediante los D—terminales que lo mejor era afrontar aquello, todos juntos.
Estuvo de acuerdo, y deseando que nada despertase a Kevin, tenía la intención de dejar que su ex esposo cuidase de su hijo en su ausencia… Si su príncipe despertaba y ella no estaba…
Mejor no pensar en eso.
Se distrajo con su reflejo durante un segundo, pero deseó alejarse de ese ambiente lo más pronto posible. No era agradable ese silencio y después de aquella noche en vela, sentía que ya no había nada que conversar con Michael.
—Mimi —dijo él—… No te olvides de decirle a…
Asintió, sin dejarlo terminar. Sabía a que se refería, a quien tenía que hablarle, a quien iba a decirle que Michael no podría verlo más. Su compañero digital.
Supuso, durante un segundo, que todo aquello era injusto. Había miles de niños elegidos, miles de personas que encontraron a sus compañeros virtuales… Y la mayoría los había perdido sin explicación, sin motivo.
Entendió, súbitamente, al ver la expresión de Michael, porque Taichi había recibido tantos reclamos, porque las personas no estaban tranquilas…
—No lo olvidaré —susurró, como despedida — Nos vemos, Michael.
Se sintió inexplicablemente madura. Hasta tuvo ganas de reír… Tiempo atrás había sido incapaz de ser tan firme en lo que a su ex esposo respectaba. No entendía que había cambiado en ella, o cómo, pero efectivamente no era la misma. Se preguntó si su hijo tenía algo que ver… O sus amigos.
O aquella nueva etapa en su vida…
¿Por qué no todo?
Acomodó su bolso y abrazó a Tanemon mientras se dirigía hacia el ascensor, seguida por Palmon. Su compañera, decaída como pocas veces la había visto, la acompañaba con la cabeza gacha, con pasos desganos y aspecto vulnerable.
Por eso odiaba las despedidas. Nunca traían nada bueno… Tuvo la esperanza, de repente, de que algo maravilloso sucediese, que los problemas se resolviesen mágicamente y que Palmon le regalase esa armonía que era incapaz de hallar cuando su amiga desapareciera del mundo real.
Pero, al menos, estará a salvo.
Ella se regañó así misma por sus pensamientos. Sabían que los dos mundos debían separarse, que los digimon serían encerrados en el mundo digital y ellos, los humanos, no volverían a saber de eso…
Por otra parte, y en esencia, estaban los niños. Su hijo y sus sobrinos. Los pequeños a los que había visto crecer. Los hijos de los niños que crecieron con ella. Era algo sumamente delicado y que no entendía porqué.
No saber algo no es tan malo como saberlo, tener conocimiento de ello, pensó, porque aquellas personas ignorantes vivirían con ilusiones, con fantasías.
Si supiesen, probablemente, se encontrasen angustiados por saber una solución.
¿Por qué ellos tenían que elegir entre dos opciones tan crueles y frías?
¿Por qué eran los elegidos? ¿Era por ser ellos… Por ser los elegidos que tenían que cargar con tanto peso? Tal vez. Seguramente… Pero se veía, se sentía tan injusto.
Las puertas plateadas se cerraron cuando ella entró en el pequeño cubículo y las paredes de metal le mostraron su figura. La imagen de Palmon también se proyectaba en la superficie espejada y Mimi sintió pena cuando pudo ver la expresión de su compañera a través de ese improvisado reflejo.
Sintió que las lágrimas le llenaban los ojos y sintió un cálido apretón en su mano cuando esquivó la imagen que le mostraba aquel falso espejo.
—Estoy aquí —dijo Palmon, como consuelo.
Quiso sonreír pero no pudo.
Sus palabras de apoyo siempre habían sido las mismas. Y Mimi las sintió enormemente pesadas, resonando en el silencio de su mente.
Estamos juntas… Y todo estará bien, porque estamos juntas…
Eso no iba a ser así nunca más.
—¿Están dormidos aun? —quiso saber Takeru, cuando cerró la puerta de su hogar.
Hikari asintió silenciosamente, antes de entrelazar sus dedos con los de su esposo. Patamon y Gatomon caminaban delante de ellos, en respetuoso mutismo, como si aquella marcha les resultase habitual.
Eran Nyaramon, Tokomon y Koromon los que hacían todo tipo de preguntas. Había sido difícil explicarles lo que estaba por suceder, pero Gatomon lo había intentado, con dulzura cuando los adultos no los habían observado.
La compañera digital de Hikari suspiró cuando escuchó una queja de Tokomon. El compañero de Tsubasa aseguraba que le hubiese encantado despedirse del rubio elegido de la luz. Lo comprendía, pero era sabido por todos que sí Tsubasa, Koichi o Taiyo despertaban, darían una alerta ante la despedida.
Sus padres no tenían otra elección
Sin embargo, también entendía ese deseo por parte de los pequeños. A ella le habría parecido horriblemente injusto que le arrebatasen a su compañera sin despedida alguna. Le habría dolido, lo habría odiado… Todo a la vez.
Taichi los guió hacia su auto en silencio. Por su expresión, la felina dedujo que el embajador se encontraba pensando sobre lo que estaba a punto de suceder.
Cuando todos los elegidos arribasen a la casa de Koushiro, iban a ser dirigidos a casa de Gennai y, entonces, podrían hablar libremente de los temas no tratados el día anterior, en presencia de los niños.
Gatomon no podía evitar pensar que subestimaban a los pequeños elegidos de esa generación. Realmente, creía que sus compañeros estaban siendo injustos con aquellos que habían salvado tres mundos, con sus propios hijos…
Pero esas decisiones no les correspondían. Y no debería juzgar. Ella tenía que cargar con sus propios errores a cuestas, que no eran pocos y debía dejar de pensar simplemente en los demás.
No obstante, era difícil.
—Lo siento mucho, Gatomon —dijo Hikari.
—No te preocupes —replicó —. Entiendo que es lo correcto
—Eso creo.
Forzó una sonrisa — Siempre tienes que hacer lo que crees que es correcto
Takeru y Patamon las contemplaban desde su posición. Ambos parecían atentos a esa periférica conversación que compartían y Gatomon se preguntó si quería agregar algo a sus palabras.
—Vamos a echarlos de menos —dijo Patamon
No se escuchaba resignado. Eso era algo que sorprendía a todos, pero no por nada era el digimon de la esperanza.
—Nos veremos pronto, seguramente—afirmó Takeru—. Sólo tenemos que creer que así será…
Todos los presentes sabían que el asunto era mucho más complicado que eso, pero preferían creer en promesas vacías que dolorosas verdades que comenzaban a ser asfixiantes.
Se habían despedido —ella, Patamon, los pequeños— de los elegidos. Había sido una despedida unilateral y Gatomon pensó que era lo mejor que podía hacer. Tsubasa, Koichi, Taiyo… Además de Saori y Yoshiro —a quienes había llevado Takeru— merecían un verdadero descanso luego de esas aventuras tan terribles.
—¿Sora se encargaba de Gabumon y los demás? —quiso saber la educadora
—Sí, ella quería quedarse un poco con mi hermano —explicó el escritor.
—¿Quieres pasar por el cementerio?
Taichi no se movió siquiera ante la pregunta de su hermana. Al menos, no visiblemente.
Gatomon vio como su expresión variaba a medida que las palabras llegaban a su mente.
Pocas veces había visto esa expresión en él. Y jamás era algo bueno.
—Le prometí a Taiyo que iría con él —susurró el embajador—. Aunque no sé si mi hijo recuerda esa promesa después de todo esto. Seguramente Azumi y Souta estarán ahora con Ayane. Y no me gustaría incomodarlos.
—¿No crees que el papá de Ayane haya cambiado de opinión?
—No lo hizo en diez años —aseveró Taichi, sonriendo con ironía— ¿Por qué iba a hacerlo ahora?
Hikari parecía indignada, pero simplemente se cruzó de brazos.
Takeru fue quien habló— Creo que deberías decirles lo que sucedió, Taichi. Entiendo que esto no me incumbe a mí… Pero… Taiyo no necesita que el abuelo de su madre le recuerde algo que él jamás olvidará.
El diplomático apretó el volante con fuerza y asintió, distraídamente.
—La señora Mihara siempre ha sido muy amable contigo y con Taiyo —continuó Hikari por su esposo—. Creo que ella podría hablar más firmemente con su esposo… Mi sobrino no tiene la responsabilidad de nada y me parece tan injusto que ese hombre…
—El dolor lo ciega, hermanita.
El silencio reemplazó la conversación y Gatomon se percató que estaban a punto de llegar a casa de Koushiro.
No vivían muy lejos.
De hecho, todos los elegidos parecían haberse querido mantener juntos. La mayoría había compartido el mismo edificio en algún momento de su vida, quizás fueron vecinos o probablemente estaban en la misma zona residencial.
—De todas formas —susurró Taichi, antes de aparcar el vehículo frente al edificio donde vivía Koushiro—… Ese tema podemos tratarlo después.
En la lista de prioridades, supuso Gatomon, estaba aquella resolución que no podía esperar por más tiempo.
Takeru e Hikari se contemplaron con pesar antes de bajar del vehículo.
Pensaron que estaba siendo injusto no decir nada pero faltaban palabras para clarificar todo lo que estaba sucediendo. Patamon y Gatomon se veían extrañamente consternados y la educadora pensó que era mejor no preocuparlos mucho más.
—¿Crees que Taichi quiera que los niños olviden? —dudó Takeru
—No puedo culparlo... Pero sí, sí lo creo. De hecho, anoche me preguntó…
Su esposo resopló pero no dijo nada.
Parecía que llevaba el mundo a cuestas, se dijo ella tristemente, justo como se veía Makoto Kido el día anterior.
Se mordió el labio cuando el nombre del hijo de Jou sonó en sus pensamientos.
Sí elegían que los niños perdiesen los recuerdos vividos, ella jamás iba a poder hablar con Makoto de las visiones que habían compartido cuando él estuvo en el mundo de los sueños.
Ella quería ayudarlo. Ese niño había pasado por mucho y apenas tenía diez años cuando todo comenzó.
Supuso que lo comprendía, porque ella siempre se había sentido atada a la oscuridad cuando era niña. Y pensaba que eso era lo que estaba experimentando el pequeño.
Makoto les debía explicaciones pero era cierto que él también necesitaba respuestas.
Los niños las necesitaban.
Tenían que saber que nada había sido en vano. Que eso no era un castigo. Que estaban tratando de salir adelante.
—No pienses tanto —dijo Gatomon.
Hikari se sobresaltó y le dirigió la mirada a su compañera.
Los ojos azules la contemplaban con resignada preocupación. Abrió los brazos sin ser precisamente conciente de ello y recibió a su amiga digital en un abrazo casi de inmediato.
Ellas no necesitaban grandes conversaciones para entenderse.
—Te voy a echar de menos, Hikari.
La aferro con sus brazos. No quería oír palabras de despedida. No, de nuevo. No, tan pronto. Jamás... Pero era incapaz de resistirse a contestarle a ella.
—También yo.
Ume lo acompañó hasta el automóvil cuando se marchaba de su casa.
Hablaron muy poco y el tema principal fue Hoshi. Su pequeña, su orgullo, su hermosa estrella. ¿Que pensaría de él cuando despertase? No dudaba de su madurez, pero seguía siendo una niña y le iba a resultar difícil lo que fuese que ocurriese a partir de ese momento.
No pienses así, se crítico, contemplando su imagen en el espejo retrovisor, no has sido el único hombre que se ha separado en la historia del mundo.
Su madre había sido muy severa cuando él le comentó que las cosas con Ume no estaban bien. "El matrimonio es para toda la vida" había dicho cuando la palabra divorcio se deslizó en la conversación telefónica.
Iori sospechaba que a su madre no iba a gustarle nada lo sucedido pero no iba a darse el lujo de contarle todo.
Siempre había admirado a la autora de sus días —Fumiko había hecho casi todo sola desde que falleció su esposo Hiroki Hida, padre de Iori— sí bien tuvo ayuda (el abogado no pudo evitar pensar en el rostro de su querido abuelo) se encargó de todo principalmente por su cuenta. Parecía que la historia se repetía de alguna manera.
Hoshi iba a tener a sus dos padres con vida, sin embargo, y él se encargaría que ninguno de los dos fallase en su deber. No podía permitirlo. No cuando conocía de primera mano todo lo que implicaba algo tan grave como una pérdida de esa magnitud.
—Estás muy callado, Iori —indicó Armadillomon— ¿en que piensas?
El pequeño Upamon también lo miraba con curiosidad. Ambos estaban ubicados en el asiento de copiloto y Iori podía verlos acomodarse. En otro momento le parecería gracioso.
El abogado se detuvo ante la luz sola, agradeciendo el poco tránsito y contemplando los destrozos que lo cercaban. Esa parte de la ciudad no estaba en tan mal estado.
Su mirada verde se detuvo en su amigo un momento antes de volver a avanzar.
—En que hacer con mi vida, Armadillomon
La tristeza se reflejó en la expresión del ser digital. No podía ver a Iori tan afligido. Desde niño... Jamás
Pero Armadillomon había estado esperando esas palabras.
—Iori, has enfrentado muchas cosas en tu vida. Y siempre has salido hacia adelante... ¿Sabes por que? —sin esperar respuesta, el digimon continuó, súbitamente inspirado— Porque tú luchar por lo que crees que es correcto, porque nunca te rindes aunque otros intenten convencerte. Superarás esto, también.
Fue más el sentimiento que las palabras de aliento las que conmovieron al abogado. Con una ligera torpeza, causada por no poder apartar la mirada de la carretera, Iori posó su mano sobre la cabeza de Armadillomon, agradeciendo en silencio toda esa ferviente confianza que destilaba para él.
—Gracias —dijo simplemente
Y eso era lo bueno de Iori. Cuando decía algo, no lo decía por decir. Sus palabras nacían de sus reflexiones. Y por eso sonaban tan verdaderas, tan sentidas. Él no decía cualquier cosa. Él creía en el poder de las palabras. Ese poder para cambiar al mundo...
—Sólo quiero que seas feliz, Iori.
—Te prometo que lo intentaré
Considerando todo lo que había vivido últimamente, el digimon aceptó esa respuesta sin queja alguna. De hecho, le alivió oírlo tan seguro.
—¿Que has decidido? —quiso saber Armadillomon— Para cuando la puerta se cierre...
—Creo que Hoshi merece recordar lo que ha vivido. Además... El sueño de mi padre...
Armadillomon se sorprendió porque había creído que su compañero decidiría todo lo contrario. Parecía que no iba a dejar de sorprenderse con el abogado, que tenía sus propios trucos para engañarlo.
Se preguntó sí Iori vería todo aquello como una especie de juicio.
Eso parecía.
Gennai era el juez, los adultos el jurado y los niños, los que esperaban escuchar la condena, los acusados de un crimen que no existía. El conocer el digimundo sería de algún modo, la libertad y el secreto, una especie de cárcel.
Tal vez Iori veía algo parecido y asumía una posición complicada. El de defensa de los acusados.
¿Cuántos estarían a favor y cuántos en contra? Muy pronto todos lo sabrían. Y habría que esperar sus consecuencias.
Tomoyo se movió apresuradamente cuando se dio cuenta que se había quedado dormida.
Sus ojos perseguían las manecillas del reloj mientras preparaba el desayuno para su esposo porque no pensaba dejar ir a Koushiro sin comer nada. Habían conversado hasta quedarse dormidos —ninguno había abandonado la habitación de Yuko— y sólo una oportuna alarma los había llevado a la realidad. Tomoyo sonrió.
Koushiro jamás dejaría de ser precavido.
El pelirrojo la contempló con una pizca de diversión en su mirada cuando llegó a la cocina. Pese a que realizaba muchas cosas a la vez, su esposa mantenía un perfecto equilibrio. O uno casi perfecto, a excepción de pequeños y graciosos tropiezos.
Bebió el café que ella le ofreció sin protestar y sonrió. —Gracias
Tomoyo suspiró y se quedó quieta al ver la tranquilidad que él emanaba.
—¿Estoy exagerando, verdad?
—No tienes que preocuparte. Mis amigos no vienen a desayunar... —comentó, sin intensiones de ahondar en el tema otra vez —¿Para que te llamó Hikari?
Tomoyo pareció agradecerle la distracción. Koushiro pensó que extrañaba su sonrisa sincera más que nunca.
—Quería que cuide a los niños. Iré a dar una vuelta cuando sea un poco más tarde. No quiero despertar a Yuko tan pronto y no voy a dejarla sola.
—Está bien para mí —aseguró él—. Tengo que revisar la computadora. Creo que muchas cosas se solucionaron pero quiero estar seguro.
—Enciende las noticias, por favor —rogó ella—. Quiero ver que ha pasado. Aun no puedo creer que todo haya acabado…
Koushiro la miró, confundido. Algo en su mente reaccionó de forma involuntaria al escuchar esas sencillas palabras.
Sus ojos se habían quedado fijos en el techo de la estancia y su mente se trasladó hacia un recuerdo que lo molestaba. ¿Todo había terminado, verdad? ¿Por qué sentía que faltaba algo muy importante?
Tenía que asegurarse, antes de marcharse al digimundo a platicar con Gennai, que sus amigos estuviesen enterados de todo. O lo que él sabía, al menos.
Siempre había sido el más cercano a Gennai. El más cercano de todos los elegidos, pero no necesariamente eso implicaba que su mentor le contase todo. A veces pensaba que el mismo Gennai disfrutaba poniéndolo a prueba, desafiando sus límites para ver hasta donde era capaz de llegar.
Así funcionaba, ¿no? En un grupo tan heterogéneo, cada uno cumplía un rol específico. Y por eso funcionaban a la perfección. Tenía muchas preguntas que hacer, meditó, cómo la función de los homeostasis, el porqué la batalla de luz y la oscuridad, el porqué de que los niños hayan tenido emblemas derivados. Todo. Y sobre Makoto. Sí, el pequeño hijo de Jou no merecía ser sometido a ningún interrogatorio —nadie merecía revivir el infierno que había vivido a menos que sea a modo de ayuda— pero Gennai debía ofrecerles respuestas.
Él se encargaría de eso.
— ¿Papá? —dudó la voz de Yuko, sorprendiendo al matrimonio— ¿Qué hora es?
Sus ojos viajaron hacia Tomoyo y ella se movió velozmente hacia su hija, rodeándola entre sus brazos. Yuko simplemente sonrió cuando la autora de sus días la cargó, meciéndola cariñosamente.
—Es muy temprano, mi vida —explicó la mujer, marcando un beso sobre su frente —Vamos a dormir. Papá tiene que trabajar…
Koushiro la vio sonreír más abiertamente y cerrar los ojos, muy poco dispuesta a discutir.
—No quiero quedarme sola —fue lo último que dijo la pelirroja.
Y el antiguo elegido del conocimiento se estremeció ante el tono acongojado de su pequeña.
Casi les había rogado a sus hermanos que se quedasen con Makoto y con Kazuma.
Shin aceptó con gusto y comentó que sus sobrinos jamás eran una carga para él. Shuu y su esposa Jun —a quién había visto apenas unos momentos— le prometieron que todo estaría bien.
Mariko… Su querida Mariko le deseó suerte y le pidió que se cuidase.
Acarreando los tres digihuevos consigo, el médico fue el primero en llegar al punto de reunión.
Koushiro lo había recibido con una sonrisa silenciosa, con la amabilidad tan característica. Le explicó que los demás no tardarían en llegar y su esposa, Tomoyo, le sirvió café cuando se sentó en el sofá. Los escuchó comentar algo sobre la pequeña Yuko pero apenas prestó atención a la conversación entre los esposos.
No era de su incumbencia, después de todo. Y tenía demasiadas cosas en sus pensamientos.
Jou Kido no podía dejar de pensar en las vueltas que daba la vida, en las sorpresas que se le presentaban, en todo lo que le importaba, en lo que jamás debió interesarle.
Parecía que su mente necesitaba tiempo para reflexionar, cosa que no era extraña porque —a decir verdad— se había permitido pensar en lo ocurrido a grandes rasgos sin pensar específicamente en los detalles, en el contexto…
Su hijo menor vivo. Y sano.
Aquello simplemente era para enloquecer.
Su mente aun tenía vívidas las imágenes que rondaban la muerte de Makoto, esos momentos de angustia y desolación. ¿Cómo borrarlas tan fácilmente si estaban grabadas a fuego en su corazón?
Mariko no lo sabía pero, tarde o temprano, iba a tener que enterarse.
Y saber que Mako, su Mako estaba vivo, conllevaba hablar sobre lo que había sucedido en ese tiempo que lo creyeron muerto.
Jou pensaba que hablar de ellos era ser cruel, pero Makoto había insistido que era liberarse. Y habían conversado.
Supuso que su hijo había omitido detalles por la forma en que sus manos se retorcían o la forma en la que evitaba sus ojos.
Pero no había tenido corazón para reprocharle nada.
Kazuma tampoco parecía ser el mismo. Sus acciones silenciosas se lo indicaban. Y Jou no podía dejar de pensar que su hijo había madurado muchísimo más en esos días de ausencia que en dos años de silencio doloroso.
¿Lo convertía eso en un mal padre?
—Aquí vienen Taichi, Hikari y Takeru—aseveró Tentomon desde la ventana —con Gatomon y los demás.
Jou pensó que su voz se escuchaba distinta. Y luego imaginó que estaba enloqueciendo.
Sonrió con tristeza, sin dejar de contemplar la pared que estaba frente a él. Gomamon habría reído.
—Buenos días, Jou —saludó Hikari— ¿Cómo estás?
Él sonrió, pero se vio incapaz de responder "bien".
—Intento entender algunas cosas —comentó—. Aun hay mucho sobre Makoto que no logro comprender
—Siento no poder ayudarte con mis sueños… No recuerdo mucho. Y sólo…
—No te culpes, Hikari. No es culpa tuya… Incluso, si los recordabas, era improbable que me dijeses sobre ellos. Después de todo, para nosotros Makoto estaba muerto.
Cada vez que decía esas palabras, una punzada le golpeaba el corazón. ¿Le quedaba alguna duda? Era pésimo padre.
—Tú tampoco te culpes —aseguró el escritor, sentándose junto a su esposa—. Deberías escuchar tus propios consejos de tanto en tanto.
—El que predica, no aplica —declaró el médico
—Jou…
—Estoy bien… —se sintió intimidado ante las miradas firmes de los presentes— Lo estaré.
— ¿Por qué tardará tanto Iori? —inquirió Koushiro a la nada— Me dijo que estaría aquí pronto.
Taichi ladeó el rostro cuando vio que los digimon recién llegados se sumaban a una secreta reunión en una de las esquinas de la habitación. Enarcó una ceja y miró a Koushiro. Casi comunicándose en silencio, el científico se encogió de hombros. Aunque sí, la escena generaba una ligera sospecha.
—Sora venía con Ken y Daisuke —avisó Takeru—. Pero no sé nada de Mimi
Jou se palmeó la frente— Le dije que iría a buscarla. Tengo que…
—Yo iré —discutió Taichi
—No será necesario —comentó Tomoyo, cuando sonó el timbre—. Creo que es ella.
Efectivamente, Mimi Tachikawa se presentó con una sonrisa triste en la puerta de los Izumi. Palmon y Tanemon iban con ella. Le dio una mirada de advertencia a Jou pero luego saludó a todos con tranquilidad.
—Menos mal que Jou pasó por mí —bromeó—. Hubiese tardado el doble en venir caminando…
El médico se ruborizó ante la sonrisa de ella.
—Lo olvidé.
—Sólo faltan Daisuke, Ken y Sora —contó el antiguo elegido del conocimiento.
—¿Yamato y Miyako siguen sin poder salir del hospital? —dudó Taichi.
—Mi hermano quería salir pero lo convencimos. Sora votará por él… Y Ken por Miyako.
—Hubiese sido bueno que vinieran —intervino Tachikawa—. Pero su salud es importante, tienen que recuperarse primero.
—Muchachos —llamó la atención Koushiro —Hay algo que no les hemos dicho.
La mayoría contempló a Izumi antes de que él pudiese seguir hablando.
—Mejor espera a que lleguen los demás, Kou —decidió Taichi
—Daisuke siempre es impuntual —se quejó Mimi—. Cuando trabajaba conmigo en Estados Unidos era igual.
—Las personas nunca cambian en esencia, princesa —se burló Yagami.
Mimi se rió de aquel viejo apodo. Taichi lo había utilizado mucho cuando compartieron tiempo en Estados Unidos.
Un instante después, Takeru se fijó en que todos parecían más tranquilos.
Seguramente era algo aparente, pero la risa de Mimi fue efectiva. Supuso que si Yamato estuviese allí, en ese momento estaría riñendo con Taichi, para distraerlos. Su hermano y su cuñado siempre trataban de cortar la tensión y hacer las cosas más llevaderas.
Tentomon volvió a oficiar de vigilante y les avisó, unos minutos más tarde, que los restantes habían llegado.
Primero Iori arribó a la residencia de los Izumi y no mucho después Ken, Daisuke y Sora los alcanzaron.
—¡Siento la tardanza! —declaró Motomiya— No sé que le sucedió al auto de Ken
—No excede la velocidad permitida, Daisuke
—¡Es un modelo antiguo!
—No lo uso para conducir carreras —discutió Ichijouji.
Los digimon, uno a uno, se acoplaron la reunión paralela que estaba llevándose a cabo en la misma habitación.
Los pequeños estaban impacientes, escuchando las noticias que les daban los adultos al respecto.
—Ahora mismo, iremos todos al digimundo —explicó Gabumon
—Hablaremos todos con Gennai —aseguró Patamon
—¿Por qué Tsubasa no vino con nosotros? —insistió Tokomon
—Koichi tampoco está. ¿Por qué insistieron en que no los despertásemos?
—¡Nuestros amigos tienen que venir! —declaró Poromon, pensando en Reiko— Esto es parte de lo que ellos hicieron.
Leafmon y Minomon asintieron a las quejas del compañero de la primogénita de los Ichijouji.
—¿Ellos no pueden estar aquí, verdad? —dudó Motimon, con tristeza — Por eso enviaron a Yu a dormir.
—Lo siento —se disculpó Wormmon.
—Pero es importante que nuestros amigos queden fuera de esto. O van a sufrir mucho… —advirtió Gatomon.
Koromon y Tanemon intercambiaron una mirada preocupada mientras que Tsunomon se quejaba sobre esa resolución.
—¡Ellos son muy fuertes! —protestó Yokomon
—Hoshi se pondrá triste si despierta y no me ve —aseguró Upamon.
—Ya basta —dijo Veemon— Los niños no deben estar aquí.
—Sería muy doloroso para ellos…
—¿Por qué? —preguntaron con inocencia los más pequeños.
Gatomon los miró con tristeza. No sospechaban, al menos, la mayoría no sospechaba lo que estaba sucediendo.
—Iremos al digimundo —volvió a repetir Hawkmon lo dicho por Gabumon— Pero los niños no pueden ir con nosotros.
Gennai recibió el primer mail a la una de la mañana.
Ahora mismo, el tiempo en el mundo real y el mundo digital transcurría de la misma forma. Era el siete de agosto de 2027.
supuso que Koushiro no había podido resistirse a enviar las teorías que se formulaban en su mente. Y él lo agradecía porque las palabras del científico le permitían que tuviese acceso a lo que los elegidos sabían o intuían.
Eran más preguntas que certezas, más dudas que afirmaciones. Y una pequeña declaración en el transfondo.
¿Por qué debemos elegir entre enseñar una verdad o mostrar la mentira? Siempre hemos visto lo que nos han querido mostrar.
Siempre consideró a los elegidos como parte de lo que era el digimundo. después de todo, no habían pasado veinticinco en un solo plano. en ambos mundos, los humanos y digimon habían compartido mucho.
Un cuarto de siglo.
—Ellos quieren saber —dijo en voz alta.
Las palabras de Fanglongmon sonaron claras en su mente. Cuando Daemon caiga en el corazón de la oscuridad, los elegidos habrán terminado el ciclo, había dicho el líder de las bestias sagradas en su encuentro fugas e inesperado, y todo comenzará de nuevo.
Había comenzado todo, otra vez. El digimundo había vuelto a nacer, purificado. Por eso era importante alejarlo de la influencia de los seres humanos. La luz y la oscuridad se hallaban en armonía…
Todo estaba a salvo.
El mar de la oscuridad parecía también, estar a salvo. De alguna forma, las puertas que conectaban al digimundo con esa dimensión, habían sido cerradas.
Gennai pensaba que las bestias sagradas tenían algo que ver. Las máximas protectoras del mundo digital, aquellas que apenas intervenían en los conflictos pero que con su presencia alimentaban mitos, leyendas y tradiciones.
Quinlongmon no había intentado comunicarse con él, aunque había hecho llegar su alivio de que los elegidos hayan sido salvados. Él era siempre más amable que sus compañeros, más comprensivo. De los cinco, había sido uno de los que voto porque los elegidos pudiesen seguir teniendo contacto con los digimon.
Sí, las bestias sagradas también tenían voto y voz en esa elección decisiva. Aunque Gennai supo la respuesta antes de que todo se realizara. Esos digimon milenarios no iban a arriesgar al digimundo por los humanos, no ahora que el ciclo volvía a empezar…
No ahora que el digimundo se hallaba puro nuevamente.
Comprendía ahora porque se nombraba a aquella profecía como la profecía alfa y omega, la profecía del principio y el fin.
No hablaba del fin exclusivo, sino también de un comienzo. Purificación.
— Gennai —dijo una voz a sus espaldas.
Si algo demostraba que aquello era el principio, era que los homeostasis tenían su cuerpo nuevamente consigo.
Eran seres de luz. Tan brillantes que sus cuerpos parecían ser luminosos… Como soles.
Y cada uno tenía el color de un emblema. Naranja, rojo, verde, azul, negro, blanco, rosa, amarillo…
—Ellos están aquí —dijo la misma voz etérea.
Se inclinó ligeramente y abandonó la estancia en la que se encontraba.
—¿Esa es la profecía que los niños cumplieron?
—Así es. Creo que por eso todo resultó mejor de lo planeado.
—Pero los niños no interpretaron la profecía de esa forma —les recordó Sora—. Nosotros se las dijimos y ni siquiera le dimos la versión correcta
—Parece que es nuestro destino, hacer las cosas bien sin saber que estamos haciendo —resopló Taichi
—Me preocupa que los niños hayan tenido que hacerse tantas preguntas para resolver lo ocurrido —dijo Mimi—. Mi Kevin tuvo pesadillas horribles… Aunque le costó mucho despertarse. Estaba demasiado cansado.
—Taiyo también —suspiró el diplomático.
El grupo se detuvo. Reconocieron, en la lejanía, la casa de Gennai. Les traía recuerdos de la primera vez que asistieron a su morada, en aquella lejana primer aventura vivida en ese lugar.
Daisuke avanzó en primer lugar, al encuentro con la figura de quien era su mentor.
—¡Gennai!
Los digimon más pequeños parecían realmente entusiasmados. Y no era para menos. Nada quedaba de ese mundo apagado y caótico que había sido el digimundo en la guerra contra Daemon. Nada. El sol brillaba, fuerte y cálido, en el cielo azul. El verde y húmedo césped susurraba con las pisadas y saltos. La brisa suave que les acariciaba los rostros…
El digimundo… El hermoso digimundo.
—Esto es hermoso —declaró Jou y sostuvo en alto el digihuevo de su compañero— Te encantaría, Gomamon.
Taichi acarició el digihuevo de Agumon, distraídamente. —Ellos estarían felices —acordó.
Koushiro inhaló aire profundamente.
Al menos, ya les había dicho todo lo que sabía a sus amigos. Se sentía liberado. Ningún peso cargaba ya sus hombros y él podía asegurarles a todos que estaba bien.
Había explicado lo de la profecía, su teoría sobre Makoto, la posibilidad de los emblemas. Muchas cosas que antes habían quedado libres en su mente y ahora rondaban los pensamientos de sus compañeros.
Iori posó una de sus manos en su hombro.
—No deberías guardarte todos los problemas para ti mismo.
—No podía cargarlos a todos con ellos —informó Izumi al muchacho que compartía el emblema del conocimiento con él mismo.
—La próxima vez, deja que te ayudemos.
—Iori, no creo que haya próxima vez.
Y el abogado tuvo que darle la razón.
—Biyomon extrañaría ver este lugar tan vivo —comentó Sora a Jou mientras avanzaban.
—Sí, ¿verdad? Creo que los niños tendrían que ver esto.
—Tienes razón. Después de todo, ellos hicieron posible que el digimundo este nuevamente sano…
—Sora… Si te hago una pregunta, ¿me dirías la verdad? —dudó, repentinamente el médico, contemplando a la antigua elegida del amor con intensidad.
—Claro.
Jou no vaciló —¿Qué fue lo que sucedió con Makoto en el mar de la oscuridad?
Su hijo le había hablado al respecto, pero quería saber si le había dicho todo sobre el tema.
—Nos sorprendió ver que respiraba —comentó ella, sinceramente —Todo lo demás fue asombroso, Jou.
La diseñadora intentó no derramar lágrimas mientras relataba lo que ocurría. Los esposos Takaishi, no muy lejos de allí, escucharon la plática.
—Él me dijo que… se sentía perdido y luego… Kazuma lo llamaba.
—Así es —intervino Hikari—. Fue un milagro. Creo que fue la fe de los niños lo que le permitió regresar…
—Sí. Por algo dicen que la fe mueve montañas.
Mimi les sonrió a sus amigos, que parecían conversar de la esperanza.
—¿Cómo está Miyako, Ken?
—Mucho mejor, más tranquila. Ver a los niños le ha hecho bien…
—Por supuesto. Creo que a todos… —aseguró la antigua elegida de la pureza—. Nuestros niños lo han hecho bien.
—¡Elegidos! —saludó Gennai, acercándose velozmente en su dirección— Me alegra verlos a todos, nuevamente. Tenemos mucho de que hablar.
—¡Tenemos unas cuantas preguntas que hacerle! —declaró enérgicamente Daisuke.
— Por supuesto, pasen —respondió Gennai—. Pónganse cómodos
En otra ocasión, Taichi hubiese reído de lo desordenado que estaba el apartamento y Yamato le habría golpeado por ser idiota. Sora los habría regañado ante la resignación de Jou. Koushiro habría hecho alguna pregunta extraña que nadie esperaría. Daisuke defendería a su ídolo de la infancia, logrando que Takeru saliese en defensa de su hermano, sólo para reñirlo. Hikari rodaría los ojos, divertida, ignorándolos mientras se dirige a Ken. Miyako hablaría a gritos, intentando comunicarse con Mimi… Pero apenas y se escucharían. El más sereno de todos sería Iori, por supuesto, que se sentaría en una posición perfecta y fingiría que los demás no estaban allí.
En definitiva, se comportarían verdaderamente como ellos. Sin embargo, no era una situación común.
—Supongo que lo que más les interesa es saber de los niños.
—Nos has dicho muchas cosas de los niños ayer, cuando los adelantaste para que se marchasen.
—Y Kou nos ha comentado lo necesario, también —recordó Mimi—. Estamos más interesados en lo que ellos tuvieron que enfrentar. Sabemos que sus emblemas los han ayudado pero me refiero…
—Kazuma, Kevin, Makoto, Yuko, Daiki y Taiyo —expuso Taichi, con seriedad— ¿Qué fue lo que les ocurrió?
—Ellos tienen en su interior una semilla de oscuridad diseñada por Daemon. Makoto, al ser el portador del emblema de la oscuridad, fue atraído por el señor demonio para lograr su tan deseado cometido.
—Él siempre deseo la semilla —recordó Ken, tocándose el lugar donde recordaba la semilla había sido implantada en su cuerpo.
Wormmon, que se había colocado en su regazo, lo miró con tristeza.
—Afortunadamente, el emblema de la oscuridad fue más fuerte que la semilla corrupta. Y uno a uno, los niños se recuperaron. No puedo decirles exactamente que vivieron, porque cada uno de ellos fue acechado por sus propias sombras.
—Sí —concordó Ken—. La semilla los debe haber llenado de pensamientos oscuros, de temor e ira.
—Sólo con la luz que brilla en su corazón pudieron dispersar esa oscuridad —aseguró Gennai —Han sido niños muy fuertes. Todos ellos.
Muchos de los presentes asintieron. El orgullo estaba allí, latente.
—Daiki me ha dicho que su emblema lo protegió antes de que algo malo pudiese pasarle —comentó Daisuke.
—Tu hijo se subestima —murmuró Gennai, más para sí mismo.
Daiki había tenido una gran fuerza de voluntad para no caer en las tinieblas. No por nada, su emblema era el de la fortaleza.
— ¿Qué le sucedió a Kazuma? —inquirió Jou — ¿Y a Makoto?
— A Kazuma lo dominaba la culpa cuando estuvo allí. Fue duro para él… En cuanto a Makoto —Gennai tomó el cuaderno marrón que había estado en su poder y se lo entregó a Jou—… Te sugiero que lo leas, aunque no todo lo que dice es agradable
—No puedo… —discutió Kido, pero cuando sus manos tocaron el diario, supo que terminaría leyéndolo.
Si en ese momento, no soportaba saber cuanto había sufrido su hijo en sus narices… ¿Qué haría al leer el diario?
—Es decisión tuya, Jou.
—¿Por qué no nos lo dijo antes? —inquirió Koushiro —Usted descubrió la profecía poco después que los niños fuesen traídos a este mundo pero… Había dicho que ese diario estuvo en su poder todo el tiempo… ¿Por qué no nos aviso?
—Ese diario revela cosas muy importantes, pero no dice esencialmente todo el futuro. Makoto tiene una habilidad muy inusual y sólo puedo ver detalles de ella en ese diario. Los sueños de una persona pueden modificarse cuando uno es conciente. Notarán cuando él no quiere escribir, o cuando las hojas no están. Seguramente sus sueños le parecieron insoportables a veces…
— ¿A que habilidad se refiere? —preguntó nuevamente Izumi.
—La habilidad de ver el futuro en sueños.
—Sus premoniciones fueron muy acertadas —comentó Iori—, ¿verdad?
—Más que eso —replicó su mentor—. Fueron hechos que sucedieron. Lo que sea que veía Makoto, se cumplía en la realidad. Por eso fue sencillo que Daemon lo atrajese al mundo de los sueños primero, y luego al mar de la oscuridad. Makoto tiene una habilidad que creía no existía más en el mundo de los humanos.
—¿…que no existía más en el mundo de los humanos?
—Se les llama Yumemi, o caminante de sueños. Yumemi no es simplemente "el que tiene sueños" sino "quien tiene sueños verdaderos".
—¿Sueños verdaderos…?
—Así es. Cuanto más se desarrolla el caminante, más acertadas son sus predicciones. Cuanto más controla esa capacidad, más débil se vuelve…
—¿A que se refiere con eso? —exigió Jou.
—Ser un caminante de sueños no es tarea sencilla, me temo. Cuanto más se sabe del futuro, menos intervención puede haber en él. Nadie debe saber el futuro… y el castigo es justamente ese. Ver, conocer, saber… Y no poder actuar. Piensen en un accidente que vieron en la noche. Saben donde será, cuando y quienes fallecerán. Un Yumemi no puede hacer nada, porque aunque lo intentara… Fallaría.
—Eso es horrible —dijo Hikari.
Gennai la contempló —Tú también tenías aptitudes para serlo.
Takeru, Taichi y Gatomon se movieron bruscamente ante la declaración.
—¿Yo…?
—Pero perdiste ese poder. No te preocupes, jamás lo desarrollaste.
—¿Me está diciendo que mi hijo es un caminante de sueños? —se espantó Jou.
—Potencialmente, lo es. Su papel en este periodo así lo indica. Si Makoto no desarrolla su habilidad, sus limitaciones no se ampliarán. Y él estará a salvo. Si lo hace, sin embargo, irá perdiendo su libertad. No podrá hacer nada más que soñar… Y soñar.
Jou bajó el rostro, incapaz de procesar correctamente todo lo que le había dicho Gennai.
—De todas formas, esto no es de lo que tengo que hablar con ustedes con urgencia.
—La memoria de los niños… —susurró Iori.
—Sí y no. Me temo que cometí un error. Pensé —hizo una pausa— Pensé que cuando derrotasen a Daemon, volvería a suceder lo que ocurrió en 1999. Me refiero a que ustedes y los niños deberían despedirse. Y luego, en algún tiempo, la puerta volvería a abrirse.
—¿Pero…? —dijo Sora.
—Pero temo que eso no será posible. A partir de que la puerta se cierre, los digimon deberán permanecer en este mundo… Y los humanos tienen que quedarse en el suyo. Sin tener contacto el uno con el otro
—¿QUÉ?
Ante esto, los digimon se mostraron realmente apenados. Por suerte, habían logrado convencer a los bebés digimon que no deberían estar presente en toda la plática.
—Pero… ¿Por qué?
—Es más sencillo de lo que piensan. Cuando ustedes llegaron al digimundo tenían una misión, ¿recuerdan? Tenían que vencer a todos los enemigos, superar las pruebas y salvar el mundo. Ustedes lo hicieron. Y LA PUERTA SE CERRÓ.
—Se abrió tres años después —señaló Ken— Por mí…
—Por culpa de VenomMyotismon—apuntó Daisuke, golpeando a su amigo por querer culparse.
—Los nuevos niños elegidos tenían otra misión que era esencialmente la misma. Tenían que vencer a todos los enemigos, superar las pruebas y salvar el mundo. Pero algo fue diferente esta vez. Ahora tuvieron que lidiar con antiguos enemigos como lo fue Myotismon, pero contaron con uno nuevo… Uno al que no derrotaron.
—No vencimos a Daemon —declaró Iori, con los ojos abiertos como platos—. Lo encerramos en el mar de la oscuridad
—Exactamente —asintió Gennai, con orgullo— De ese modo, la misión no había sido cumplida. Y el digimundo corría peligro. Ustedes eso lo saben. Todos estos años no han sido fáciles.
—El digimundo dejó la puerta abierta porque nos necesitaba —afirmó Takeru
—Pero… ¿Y la idea de unir ambos mundo? —dudó Taichi, con seriedad. Apretó los puños, irritado— Era el sueño que compartimos con Agumon. Y Toji…
—Yo pensé que ese era el deseo del digimundo —aceptó Gennai, humilde.
—¿Y cuál es el deseo del mundo digital además de desecharnos como si fuésemos basura? —estalló Daisuke.
—Paz —fue la replica de una voz que solo una de ellos reconoció— El digimundo necesita paz.
Un poderoso juego de luces cubrió la estancia.
Taichi se cubrió los ojos con sus brazos, al igual que la mayoría de los presentes.
—¿Quiénes son ellos? —inquirió alguien
—Son los homeostasis —respondió Gennai —Y han querido hablar con ustedes desde el inicio de este viaje.
—Elegida de la luz, Hikari, has sido muy amable con nosotros —declaró la voz, con afecto—. Gracias. Igual que tu hijo, portador de la luz de vida, Tsubasa.
—¿Por qué… ustedes?
—El digimundo ha renacido desde sus comienzos. En el principio, nosotros teníamos cuerpo. Nosotros vamos a existir en esta forma hasta que volvamos a perder la forma física…
—Es como un ciclo —recalcó Mimi— Como una especie de reencarnación.
—Así es, elegida de la pureza Mimi. Queríamos agradecerles por todo lo que han hecho hasta ahora
Gennai cerró los ojos, percibiendo en su memoria las palabras de Fanglongmon.
Cuando Daemon caiga en el corazón de la oscuridad, los elegidos habrán terminado el ciclo, había dicho el líder de las bestias sagradas en su encuentro fugas e inesperado, y todo comenzará de nuevo.
A eso se referían las homeostasis, la profecía, sus explicaciones. A decirle a los elegidos la verdad… A decirles que los humanos contaminarían el digimundo y por eso querían separarlos, para proteger su estado puro la mayor cantidad de tiempo posible…
Porque… Si no lo hacían, sería el fin. Sino lo hacían…
Los dos universos caerán. Uno con otro se destruirán. No quedará, en el fin, un sólo rayo de luz o algún resquicio de oscuridad.
Y eso no debía ser permitido.
...
N/A: Antes que nada y primero que todo, quiero aclarar que soy dueña de mis facultades mentales. Suena bastante extravagante todo el capítulo, ¿no? Cuando lo leía, empecé a pensar que estaba alucinando en algunas partes.
Por eso, espero que haya sido comprensible para todos y que sepan que este encuentro con los homeostasis corporales, no ha terminado aquí. No, señor. Lamento prolongar un poco más esto, pero este capítulo era necesario y no podía quitarle cosas. Siento si los aburren las explicaciones :D
Makoto parece que tendrá un papel importante, o lo tuvo… Y me sorprendió hasta a mí.
En fin, en otras noticias, ya cumplí veinte hace unos días (todavía pienso y digo diecinueve, tendré que acostumbrarme :P) O sea, si Arjona me cantará sería: señorita de las dos décadas (?
Creo que no tengo nada que agregar…
¡Muchísimas gracias por entrar a leer! ¡Por quedarse leyendo y darle una oportunidad al fic! Muchas gracias a todos los que comentan y/o siguen esta historia! ^^
Hasta la próxima!
