XXXVII Límite estrecho.

Albus y Severus se miraron con el ceño fruncido sin comprender.

— ¿Draco actuará en Hogsmeade?— preguntó Dumbledore. — Es un lugar público. Además, nunca voy a las visitas a Hogsmeade, Sérène.

— En efecto, Albus. Pero no atacará directamente allá. — Ninguno entendía muy bien, aún. — La visión no fue muy clara, pero sé que dará su primer paso en el pueblo.

— Debemos detenerlo cuanto antes— habló Snape, su voz era urgida. De algún modo, me destrozó que se sintiera presionado por todas las malditas promesas que ha hecho.

— Tú no vas a intervenir, Snape. — dije con firmeza. Quizás el no recordaba aquel pequeño detalle que ponía en riesgo su vida, pero yo lo sentía crecer y alejarlo de mi con cada día que pasaba.

— No seas impertinente, Boissieu— expelió con rabia, sosteniéndome la mirada. Estaba molesto y, yo sabía que era debido a la pasividad que le estaba pidiendo en silencio.

El orgullo y la molestia que reflejaba el brillo de sus ojos hizo que en ese momento, sintiera que no existía un él y yo.

Fue un balde de agua fría pero, a pesar de mi vacilación continué.

— No interferirás porque no puedes. — Recalqué —. Recuerda que juraste, estúpidamente, ayudar a Draco a deshacerse de Albus. Si intervienes en contra de sus intenciones seguramente te hallaremos debajo de un montículo de nieve con los ojos vacíos.

Severus me sostuvo la mirada, inflexible e inalterable, como siempre. Sin embargo, en el fondo oscuro de sus pupilas una pequeña luz chispeaba tímidamente en medio de la oscuridad, asomándose apenas entre las sombras.

— ¿Qué propones, Boissieu?— preguntó sin apartar la mirada y tampoco su estoica postura.

Me quedé en silencio, sorprendida. Estaba segura que Dumbledore, al igual que yo, notó el cambio de su postura con respecto a mí. Incluso bajo el manto de indiferencia que Snape portaba con solemnidad sus palabras tenían el mismo efecto que tiene la calma después de la tormenta.

Miré a Albus esta vez, en sus facciones una relajada sonrisa cincelaba su rostro, y sus arrugas lucían ligeramente más lisas, su aura flotaba tranquila a su alrededor complacida y en paz con el entorno en el que se desenvolvía. Estaba feliz.

Reprimí la sonrisa que pujaba por formarse en mis labios y me conformé con el cálido sentimiento de satisfacción que invadía mis venas.

— Es evidente que no puedes interferir en contra de las intenciones de Draco— comencé sosteniéndole la mirada. No quería perderme ni un segundo de ese brillo precioso que trataba de ocultarse tras sus pupilas —. Cuando tuve la visión, se me ocurrió que a pesar de la compleja situación en la que estamos envueltos, quizás hay esperanzas para todos.

Severus frunció el ceño ligeramente, pero siguió mirándome con insistencia y atención, quería que continuara. No me interrumpiría, estaba segura.

— ¿Qué tienes en mente, Sérène? — preguntó Albus, visiblemente ansioso por conocer el plan que se hilaba en mi mente.

— Bueno, Albus— comencé, ligeramente nerviosa. El peso de la realidad empezaba a asentarse sobre mis hombros y la delicada situación en la que estábamos envueltos comenzó a hacer mella en mi consciente—. Es una línea delgada que traza los límites entre el juramento inquebrantable y tus planes de salvar a Draco.

Ambos permanecieron en silencio. De repente, el chirrido de los cachivaches se volvió agudo y estridente, totalmente dañino para mis oídos. El plan que se hiló en mi cabeza era peligroso, delicado, no podíamos cometer ningún error, pero hasta ahora no se me ocurría nada más para mantener a salvo a Severus.

Estaba tan nerviosa.

Respiré profundo e intenté ignorar la ansiedad y nerviosismo que expelían las auras de los caballeros que ocupaban el aula conmigo, sus emociones incrementaban mis miedos y eso era peligroso para todos.

— Ya que Snape juró ayudar a Draco en sus planes y que tú Albus, hiciste tus propios planes con ello —.Le miré de manera acusadora. En ese momento no inhibí mis sentimientos, lo acuchillé con la fuerza del fuego que corre por mis venas y a través de ellos, le dejé muy claro lo que sentía al respecto.

De alguna manera, Dumbledore se las arregló para comprometer aún más la situación de Severus, aún no podía perdonarlo por ello, pero si existía una manera de preservar la vida del hombre de quién me enamoré, tomaré la opción. Sin importar que necesite la colaboración de Albus.

Albus no apartó la mirada de mí, pero vi en sus ojos inundarse de a poco en un pequeño charco de pesadumbre.

Me obligué a continuar.

— En vista de que nadie, a excepción de nosotros tres, conoce el factor de mis visiones podemos utilizarlas como ventaja—. En ese momento, Severus se acercó un paso a mí y Dumbledore se reclinó en su asiento—. Mis visiones no son muy precisas y tampoco voluntarias, pero ya que el destino ha decidido ayudar, aprovechémoslo.

«Sé que Draco no está muy dispuesto a compartir con Snape lo que se propone, pero he visto que actuará en Hogsmeade, por lo que advertiré a Severus cada vez que tenga una visión de Draco haciendo algún movimiento. De esa manera Snape podrá tomar cartas en el asunto, haciendo sus propios movimientos para que Draco cumpla con sus propósitos… hasta cierto punto».

Paré, permitiéndoles asimilar lo que acababa de decir. El silencio inundó la sala por uno segundos.

—Estás insinuando que…— comenzó a susurrar Severus, pero no le permití continuar.

—Estás atado a Draco, a su protección. Sin embargo, no tienes su aprobación para ayudarle, lo que dificulta tu tarea y te pone en riesgo. Pero… me tienes a mí y a mis visiones que te permitirán saber qué hará, o al menos te dará una idea. Podemos usarlo como ventaja. Tú ayudarás a Draco sin que él lo advierta y así mantendrás tu vida a salvo.

Tomé aire, y aparté mi vista de su rostro analítico para dirigirme a Dumbledore.

— Ya que Snape hará su parte y no morirá en el intento, tú debes cumplir con la tuya, al no dejarte asesinar. De ese modo tenemos una dinámica... algo compleja y, delicada. Como dije una fina línea entre los límites.

— Bien— dijo Albus, visiblemente preocupado—. Comprendo lo que propones.

— Es simple en concepto, — susurré angustiada, sin poder contener mis temores—. Tengo las visiones y aviso a Snape, él ayuda a Draco y tú Albus, quien sabrá todo, simplemente te mantienes alejado de cualquier cosa o situación que Draco haya ideado para aniquilarte.

Una vez que pronuncié la última palabra, esta se quedó suspendida en el silencio de la habitación, siendo engullida por el temblor de mis labrios, el palpitar desbocado de mi corazón y un incesante relámpago que parpadeaba en mi interior, electrizando mi cuerpo, llenándolo de angustia y mortificación.

Mis ojos estaban clavados en el roble oscuro que conformaba el escritorio de Dumbledore. No podía mirarlos, a ninguno, sobre todo a Severus. Si lo hacía, la creciente exasperación que habitaba en mí llegaría a sus límites.

Deseaba tanto, con tantas fuerzas, borrar todo lo que había sucedido antes. Su juramento, los planes de Albus, Voldemort…

«Vaya situación de mierda»

— Espero que esos límites, sean lo suficientemente gruesos para caminar sobre ellos — dijo Dumbledore, rompiendo el incómodo silencio que nos consumía—. Por el bien de todos, eso espero. — agregó, reclinándose en su asiento.

— Me temo— susurró Snape, después de que su participación fuera mínima — que tu plan tiene un grave fallo, Boissieu.

Miré a las profundidades de sus ojos, llenos de una esperanza moribunda. Lo sabía, y él sabía que lo sabía. El plan no era perfecto y dependía demasiado de un variable intermitente y poco precisa. Sin embargo…

— Usted misma nos ha advertido de sus visiones y lo esporádicas que son— dijo, comenzando a caminar lentamente por el despacho—. ¿Qué sucederá cuando Draco haga un movimiento y usted no haya tenido una visión que nos advierta sobre él?

Snape detuvo su andar y posó sus perlas azabache en mí. Ellas no reflejaban nada más que indiferencia, frialdad, análisis, la máscara que cubrían sus facciones estaba perfectamente controlada. Muy a diferencia de mi rostro que sabía que gritaba a los cuatro vientos la angustia que revolcaba mi interior. Mis ojos negros como el carbón, llenos de dolor.

— Solo podemos confiar, Severus. Y que Dios nos ayude—. pronuncié bajo mi respiración pero la muerte del brillo de su mirada me dijo que escuchó con claridad mis palabras.

Después de unos minutos de silencio, en el cada quién estaba sumergido en sus propios temores Dumbledore decidió hablar.

— Sérène, necesito hablar contigo. A solas— pronunció la última frase mientras miraba a Severus, quién se había arrinconado cerca de la mesa de tres patas, cavilando el neófito plan.

— Me retiro— susurró Snape, sin prestar demasiada atención. Posó sus ojos negros en mí y sentí como mi cuerpo se sacudía ante la angustia que se escondía tras sus ojos negros. Lo disimulaba con la perfección de un actor pero al mirar directamente a ellos, era sencillo ver que esta situación no le gustaba en lo absoluto.

Salió del despacho cerrando la puerta en sus espaldas e inmediatamente sentí que un muro alto y grueso se erguía entre nosotros. Sabía que esta situación le afectaba más de lo que se permitía demostrar, su aura era muy clara en ello.

Suspiré y me volví hacia Albus para encontrarlo mirándome con esos ojos celestes llenos de angustia y culpabilidad.

— Quiero pedirte disculpas, Sérène — comenzó, sin apartar su mirada melancólica de la mía.

Esperé un momento, quería que continuara pero no lo hizo. Estaba confundida.

—Hay muchas razones para pedir disculpas, Albus. ¿A cuál te refieres en particular?— mi voz sonó vacía, inexpresiva pero a estas alturas no tenía energías para más nada que no fuera la indiferencia enmascarando mis tormentos.

— Sé que te preocupas por Severus y te angustias por su suerte. Me parece apropiado disculparme contigo por todas las molestias que les hago pasar—. Se recostó del alto espaldar de la silla dónde se encontraba sentado y dejó a sus brazos descansar sobre los mullidos apoyabrazos, al igual que sus ojos, centrados en su regazo totalmente lejos de mi escrutinio.

Le miré por unos momentos sin saber exactamente qué hacer.

¿Me pedía disculpas por toda la mierda en la que estamos envueltos? Es razonable pensar que nada de esto es su culpa, sobre todo porque él no es Voldemort en persona, el no obligó a Severus a hacer el juramento inquebrantable, pero… si lo llevó hasta el punto en dónde estábamos ahora. Gracias a él Severus debía convertirse en un asesino y, aunque era un plan que sobre guardaba la vida de Severus, no era exactamente el tipo de plan que agrade seguir.

Sentí como toda la ira que había estado conteniendo, y que Severus había apaciguado con sus caricias, salió de su escondite. Emergió de las profundidades de mis entrañas hasta invadir con violencia cada rincón de mi ser, cada célula de mi cuerpo. Se elevó mi temperatura y se me crispó el cabello.

Ya no podía seguir conteniéndola. Era su culpa, muchas cosas eran su culpa.

—Solo diré, que a pesar de todo seguiremos adelante con esto, sin embargo, si se presenta la más mínima posibilidad de que Severus salga herido o peor… no dudes en que haré lo que sea necesario para salvarle—. Albus me miró desde su altura en silencio—. No importa lo que deba hacer.

Una genuina sonrisa de felicidad curvó ligeramente sus labios, aunque sus ojos seguían apagados y lúgubres.

—Lo amas ¿No es así? — preguntó, y su aura volvió a revolotear suave y feliz a su alrededor.

—Haré lo que sea Albus, incluso si eso significa pasar sobre ti—. Le respondí, obviando a propósito una respuesta directa.

—No esperaba menos de ti, Sérène — dijo, y sentí por la calidez de sus palabras que eran genuinas.

Quedamos en silencio, uno en el que sus ojos me miraban con una alegría ligera y una pesadumbre brumosa, y yo le devolvía la mirada iracunda, furiosa. No podía manejarlo, esta necesidad efervescente de hacerle saber mi posición ante todo esto, incluso ante él.

No cabía duda que Dumbledore tenía mis respetos, por muchas razones obvias, pero en el momento en que decidió utilizar a Severus de la manera en la que utiliza a todos, como fichas de ajedrez, mi ira pasó a formar parte de ese gran cuadro que conformaba su persona.

Me levanté de la silla dónde me encontraba sentada y sentí la sangre llegar a mis piernas. Me encaminé a la salida, ya no soportaba estar más tiempo allí, debía salir.

Su voz me detuvo de nuevo mientras mi mano derecha se aferraba a la perilla.

— Sérène— susurró, no me viré a verle— Me alegra que tú y Severus… se hayan encontrado el uno al otro. Ya era hora de que su soledad acabara.

Estuve unos segundos absorbiendo sus palabras, recordando como en los últimos dieciocho años mi corazón solo latía para vengarse y ahora, late por muchas razones diferentes. ¿Había estado Severus tan solo como yo?

Por un instante sentí simpatía. El juego de palabras de Albus hizo que una corriente cálida manara del centro de mí ser, pero aún seguía molesta con él.

Salí de su despacho sin más, sin dedicarle una frase o una mirada, dejándole tras la pesada puerta de madera.

Mientras la cacofonía hacía eco en los rincones de mi consciencia, empujaba mi cuarto tarro de cerveza de mantequilla hasta el fondo de mi garganta, viajaba rápidamente a través del esófago y se asentó como una bola de plomo en el centro de mi estómago. Tomé aire para tratar de calmar el ardor que me produjo.

No era saludable que tomara tanta cerveza de mantequilla con tanta rapidez, mucho menos en la situación en la que estaba envuelta.

Miré alrededor, evaluando por décima quinta vez a las personas que pululan el pequeño espacio de Las tres escobas, parecían hormigas desorganizadas. Pequeños y grandes grupos amontonados en mesas, conversando, riendo y gritando, otros murmuraban. Todos aquellos sonidos juntos rebotaban en las paredes de la taberna, en las mesas de madera, en las velas que flotaban, llegaban a mis oídos en un caótico chirrido que me producía dolor de cabeza. O quizás eran los cuatro tarros de cerveza de mantequilla que apresuré sin mesura.

Terminé de divagar cuando encontré a la persona que buscaba, Draco. Su tez pálida y su pequeño rostro aristócrata evidenciaban que algo le molestaba mucho, lo tenía nervioso y verle así desde que llegamos a Hogsmeade disipó todas mis dudas iniciales.

Actuaría, sería aquí y en cualquier momento.

Aparté la mirada cuando mi escrutinio alertó a sus sentidos y comenzó a mirar alrededor, buscando al causante de que sus instintos le advirtieran que alguien le miraba.

Seguí mirando más allá de mi mesa y del tarro vacío, conteniendo el deseo de pedir otro.

Vi a lo lejos, unidos en un pequeño grupo de estudiantes de diferentes casas a Larry y a Carlina. Charlaban con ánimo. Mirarlos reír y compartir como adolescentes normales me hizo sentir nostálgica, culpable. Nuestra efímera mistad nació y murió de la misma manera: de la nada.

Estaba convencida que era mi culpa, después de todo fui yo quien se alejó. Dejé de compartir momentos con ellos e incluso me cerré a todas sus conversaciones, no compartíamos en el Gran Comedor y, aunque Carlina y yo compartiéramos la misma habitación en la torre de Gryffindor, no coincidíamos nunca. Yo siempre dormía temprano y me despertaba por la madrugada, cuando ella estaba sumergida en sueños tranquilos.

He estado demasiado concentrada en esta venganza y en todos los problemas, la llegada de Esteban y nuestros secretos, luego estaba Severus quien absorbía todos mis pensamientos. No tenía tiempo para nada más.

Al mirar más allá, veo a Harry con su cabello despeinado y en compañía de sus amigos. Me complacía que fuesen tan unidos y, aunque tenía un trato cordial y amistoso con el trío, aún no confiaban mucho en mí. Sobre todo Hermione, admiraba su capacidad analítica, podía apostar que era gracias a ella que había resuelto muchos de sus problemas.

De repente, el cabello de mi nuca se erizó. Por instinto viré hacia la dirección donde Draco se encontraba y lo descubrí escabulléndose de la taberna por una entrada lateral, algo entre oculta.

Con disimulo, tratando de ser tan invisible como siempre, me enfundé la capucha de la túnica para ocultar el llamativo naranja fuego de mis cabellos y salí despacio de Las tres escobas. Cuando estuve en la concurrida calle de Hogsmeade, bordeé la taberna, tratando de ubicar a Draco, debía seguirlo.

Había nevado mucho los días anteriores así que se podía ver la nieve por todas partes. Me arrepentía de no haber traído la túnica blanca.

Cautelosa y guardando las distancias bordeé toda la taberna, pero no le vi.

— Es imposible que sea tan rápido—. Me dije en voz baja.

Volví sobre mis pasos, mirando a todas las direcciones tratando de ubicar su inconfundible cabellera dorada. Nada.

Me quedé parada en medio del callejón pensando a dónde habría podido ir con tanta rapidez.

«Lo vi salir de la taberna, a menos que… nunca haya salido de ella».

Quizás la puerta por la que le vi salir no era lo que parecía, quizás era la entrada a algún depósito de la taberna.

Me apresuré de nuevo hacia Las tres escobas con el corazón palpitando frenéticamente, había perdido tiempo al buscarlo fuera del establecimiento cuando pudo haber estado dentro todo este tiempo, el tiempo suficiente para hacer lo que fuera que quisiera hacer.

Tenía las pupilas negras de eso estaba segura.

« ¡Qué idiota soy!»

Ahora comprendía que apresurar los cuatro tarros de cerveza de mantequilla no fue muy buena idea, me nublaron un poco los sentidos y por lo visto, disipó mi capacidad de racionamiento.

En cuanto entré, Draco estaba sentado en la misma mesa de antes, compartiendo con sus amigos. Aún se le veía algo nervioso, trataba de ocultar sus emociones bajo una risa estruendosa nada natural.

«Lo ha hecho. Pero… ¿qué?»

Por instinto barrí la taberna con los ojos, posándolos con cautela y rapidez en todos, entonces me topé con los ojos verdes de Harry. Me miraba curioso, algo suspicaz. Por un momento pensé que deseaba comunicarme algo, en algún lenguaje que solo los ojos pueden interpretar.

Sacudí mi cabeza lentamente, negando en respuesta a aquella pregunta que me hizo en silencio y que, sorpresivamente no comprendía, pero estaba segura que la respuesta era la negación.

Lentamente, volví al asiento que ocupaba antes. Pedí un vaso de agua, rogando que me purificara un poco y me mantuviera más alerta. Si Draco no había salido del establecimiento en ningún momento, entonces algo debía suceder aquí dentro. Solo debía permanecer alerta y evitar cualquier desgracia.

Volví a mirar hacia Harry, sus amigos estaban charlando en susurros y él se viró en mi dirección de nuevo. En su rostro se mostraba la misma determinación que en los míos. Entonces, en un pálpito de corazón, comprendí lo que sucedía: Harry también notó lo mismo que yo, y tal como yo, esperaba porque algo espantoso sucediera.

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Por favor, por favor, por favor, por favor, por favor, por favor no me maten. Ya volví mis amores acá estoy, un poco tarde pero estoy jajajaj.

Después de no actualizar en dos meses.

Lamento muchísimo la demora, pero he estado bastante mal últimamente, emocionalmente hablando. Ya les he comentado en Facebook lo que sucede.

Sin embargo, me he tomado unos minutos cada vez que puedo para completar este capítulo. Ya saben que no puedo abandonar la historia por completo, amo demasiado escribir y tampoco los decepcionaría a ustedes.

Quiero darles las gracias por ser pacientes y esperar las actualizaciones, son un amor, lo mejor de los mejores. No tengo palabras para describir el cariño que les tengo.

Ahora, hablando de la historia: En este capítulo no hubo mucho romance pero espero volver a eso en el siguiente (Serene no puede estar lejos de Severus por mucho tiempo, jajajajaja).Prometo que las cosas se tornarán un poco más emocionantes luego.

Espero que les haya gustado, ya saben que pueden comentar lo que quiera, espero sus opiniones :D

Recuerden que les quiere un montón.

Un millón de abrazos :* :* :*