Capitulo 36:
El tiempo era todo ahora. Allen encontró un chofer de taxi que conocía la ubicación de la villa Amour. A pesar de balbucear unas pocas palabras en árabe usando su mejor impresión de voz femenina, Allen convenció al chofer de que lo llevara. Pero ese esfuerzo lo hizo desperdiciar media hora.
Un elevado muro rodeaba la villa, y en las puertas había guardias. No importaba… de todos modos no veía manera de atravesar la puerta. La única forma de entrar a hurtadillas sobre el muro en el extremo sur. Gracias a los destellos que aun veía.
Corrió lo mejor que pudo en la abaya sin parecer un murciélago herido. Se subió a lo alto del muro, recogió la abaya, y se lanzo al otro lado.
A las villas se les llamaba palacios, y Allen pudo ver el motivo al verlo por primera vez. Altas columnas griegas enmarcaban la entrada de cinco metros hecha de madera. Pero él no tenía la intención de utilizar la entrada principal. Lo que le interesaba eran las viviendas de los sirvientes en la parte trasera.
Poco tiempo atrás pudo haberse detenido aquí y saber exactamente lo que había en la villa al ver los futuros posibles. Pero en el momento solo captaba destellos, como al inicio de todo esto, cuando vio por primera vez a Road a punto de ser atacada en Berkeley.
Allen corrió protegido por los arboles y las palmeras que yacían alrededor de una fuente, pensando en las preguntas que lo acosaban durante el prolongado viaje en el taxi. ¿Por qué no había visto a Road en ningún futuro? Esta era la más nueva de los "Palacios" de Tikky; al menos sabia eso. Y sabía que recién se había hecho una boda. Pero aun no sabía si ciertamente se había casado con Road, o si de ser así, ella aun estuviera aquí.
Allen trago en seco, consciente de las pocas posibilidades. Puso su esperanza en la sirvienta que al parecer venia de las filipinas que hablaría con él en los cuartos de servicio. No sabía canto podría ayudarle, pero sabía que ella le hablaría. Al menos tenía eso.
Un paso a la vez, Allen. Solo un pasó.
Hizo una pausa ante la puerta y miro hacia atrás. Ya no podía dar por ayuda su visión. Puso la mano en la manija y la giro. La puerta se abrió hacia adentro.
En el poco iluminado cuarto había una mesa de madera, cortinas hechas con algunas sabanas, y un antiguo horno de madera. Una mujer morena, sin velo y vestida con una túnica sucia, se volvió del horno, con los ojos abiertos de par en par.
Allen entro y cerró la puerta. Ella le hablaría, en ingles. El sabía eso, pero también sabía que debía presentarse como mujer.
– Hola, ¿Me podría ayudar? –inquirió, temiendo que se le quebrara la voz.
A el le pareció la voz de una mujer. La criada simplemente lo miro.
–Soy estadounidense–señalo el–. Le ruego que me ayude.
– ¿Estadounidense? –exclamo ella mirando por la ventana, obviamente aterrada.
Los criados filipinos, musulmanes que habían venido al centro del islam en busca de trabajo, eran comunes en arabia, pero a menudo sus contratistas los maltrataban.
–Sí. Estoy dispuesta a pagarle–continuo Allen.
Deslizo la mano debajo de la abaya, agarro un fajo de billetes de dólar de su bolsillo frontal, saco doscientos dólares, y se los extendió.
–Por favor–le suplico.
La mujer miro el dinero por unos segundos, y volvió a mirar por la ventana, y entonces estiro con ansias la mano hacia el billete. Por la mirada en sus ojos, lo más probable era que no había visto tanto en toda su vida.
–Debo hablar con la mujer que está aquí. Se llama Road.
La criada se fijo en los billetes.
–Ella se caso aquí, ¿Cierto?
La mujer miro, desconfiada.
–Por favor ella es mi amiga. Usted tiene que ayudarme.
–Ninguna mujer se caso aquí– dijo la mujer.
La oscuridad inundo la mente de Allen. ¡No! ¡Estaba ciego otra vez! Lanzo un grito ahogado. La mujer retrocedió hacia atrás. Estaba en medio de un palacio vigilado en la península árabe con un furioso golpe de estado a su alrededor, y estaba ciego.
Querido Dios, ¡Ayúdame!
– ¡Por favor!
– ¡¿Es usted un hombre?! –exclamo ella.
El se aclaro la voz, y subió un octavo su voz.
–Por favor, no quise asustarla me duele el estomago.
(En serio eso era ridículo)
–Ningún matrimonio–volvió a decir ella–. ¡Usted no debe estar aquí! ¡Si me agarran me golpearan!
Allen alargo una mano tranquilizadora, y luego la recogió al darse cuenta de su fuerte contextura, para nada femenina.
–No, no la atraparan. Me iré. Pero debo saber. Le pagare más.
Metió la mano en el bolsillo y saco otro billete. De cien.
–Aquí, tómelo.
Ella estiro la mano hacia adelante, pero esta vez el retiro el dinero.
–Dígame ¿Dónde está la mujer?
Ella lo observo con curiosidad y luego miro el dinero.
–Si…hubo una boda–reconoció
– ¿Cuando?
–Anoche.
¡Esa fue! ¡Tenía que ser!
– ¿Dónde está ella?
–El dinero–ordeno la mujer con su mano extendida.
Allen se lo dio.
–No lo sé– contesto ella–. Ahora ¡váyase!
La mujer agarro una escoba y pincho a Allen con ella
– ¡Váyase ahora!
– ¡Dígame donde esta! –retumbo con su voz dejando de lado su simulación.
La sirvienta horrorizada por un instante abrió la boca con un grito ahogado e intento golpearlo con ella. El detuvo el golpe que se dirigía a la cabeza y detuvo la escoba. La mujer hizo un esfuerzo por zafarse del hombre, pero era inútil y sonrió.
–Supongo que no tengo más remedio, verdad señor. Si grito usted quedara al descubierto ¿No?
– ¡Esta bien! –Soltó a la mujer y a la escoba.
Recibió un golpe en la cabeza. La mujer lo miro y arqueo una ceja.
–A pesar de saber el peligro de venir a un país extranjero, usted desea ayudarla ¿no?
Allen la observo anonadado, ¿Cómo podía saber que era lo que pensaba? Y tras de todo no había dado aun anuncio a los guardias. ¿Acaso no sabía que estaría en peligro? Pero ligeramente la mujer señalo a la villa y llevo su dedo con sus ojos suaves a la boca.
–Está bien, me iré, muchas gracias
Me incline en un leve agradecimiento y ella me golpeo con la escoba, con una leve señal, sin intimidación. Allen salió y mientras cerraba la puerta en un soslayo que lanzo a la mujer, leyó entre labios un susurro
–Haga lo que deba hacer señor Walker…
Corrió cinco pasos antes de pensar en que debía parecer una grácil dama saudí, y quedo pensando en la palabra de la mujer. Se detuvo, el corazón latía con fuerza. Pero aun más extraño era que el área aun estaba en calma, ninguna alarma sonó, o se escucho gritos, absolutamente nada.
Road estaba allí. Eso ahora sabía. Solo había una forma de encontrarla.
Para un hombre con cabello blanco, ojos azul grisáceo y piel blanca corriendo por un palacio árabe y abriendo puertas, una abaya era algo maravilloso.
HHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH HH
HHHHHHHHHH
Road estaba sobre el sofá, hastiada del color naranja a su alrededor. El cuarto no tenía ventanas, pero su decorador, suponiendo que era Tikky, había forrado las paredes con pesadas cortinas de terciopelo. La alfombra carmesí evocaba sangre en Road, y desentonaba con las cortinas. La colcha de seda negra, las velas aun naranjas que olían a ungüento. La habitación no era más que un hermoso calabozo.
A ella todo le olía a esa desquiciada secta, era espantosa y extremista secta, aunque nunca los había olido.
La había traído aquí una hora después de la boda y cerraron la puerta. Desde entonces no había visto ni oído a ninguna persona. El tiempo pasaba tratando de llenarla de terror, y ella se las arreglo para dormir solo unas horas en el sofá.
Muchas veces pensó que era mejor suicidarse que enfrentarse nuevamente a su "Esposo", pero eso no era su manera. Prefería que el fuera el que diera el paso para asesinarla, y quería incitarlo a hacerlo. El crown que había supervisado la muerte de su amiga Aanisa ahogándola dijo que ella le había hecho a su marido un gran daño corporal; Road se pregunto cómo lo heriría su amiga. Quizás le araño los ojos, o rompió su nariz. Si Tikky trataba nuevamente a besarla, lo mordería, y no con suavidad.
Road pensó en morderlo con suficiente fuerza para romperlo. Te demostrare que no soy tu juguete. No, ella era una mujer. Pero en manos de él no podía ser una mujer. El ni siquiera parecía entender que las mujeres existían. Para el eran solo posesiones, algo para usar y simplemente desechar.
Road sonrió con cinismo, y pronto su visión se hizo borrosa.
¿Qué hice para merecer esto?
El teléfono sonó y road lo descolgó un poco sorprendida.
El auricular de porcelana que colgaba de una boquilla de bronce…ella pensaba que solo era algo decorativo. Contesto después de haberlo dejado sonar una docena de veces antes de colocárselo en el oído.
– El ya viene– informo una suave voz de mujer–. Y ha pedido que su esposa este lista.
Road se estremeció.
– ¿Escucho? –indago la voz desde el otro lado.
– ¡Ni lo sueñe, nunca estaré lista! –susurro Road.
Silencio. Una suave risa desde el otro lado.
–Y eso es lo que el desea. De modo que esta lista. Si lo enojas, el aun te amara mas por eso. Si te sometes, te odiara. El tiene la sangre de un rey y tú eres su reina.
Road colgó bruscamente el teléfono y se mordió los labios. Sollozo y atravesó la alfombra, aun temblando su cuerpo.
Solo hay un camino, Road. Debes matarlo. Ella cerró los ojos. Debes distraerlo y hundir en su cabeza el candelero.
Oyó un ruido en la puerta. Road corrió hasta el tocador y se escondió entre las sombras. ¡El candelero! Estiro la mano y lo agarro del tocador. La puerta se abrió un poco. Roas se presiono en la oscuridad y contuvo el aliento.
La puerta se abrió del todo. Una mujer estaba en el marco, vestida de negro. Con velo. ¿Una enferma fantasía de Tikky? ¿Venir vestido de mujer?
La repugnancia le recorrió su estomago, amenazándola con explotar en un grito. Ella lo podía hacer. Le arrancaría la cabeza antes de que…
– ¿Road?
¡Era un hombre! Tikky había venido hasta aquí en una abaya para burlarse de ella. Si lo dejaba entrar e intentaba pegarle mientras estuviera de espaldas, podría triunfar.
–Road, ¿Estas aquí?
El hombre estaba hablando en inglés. ¡Ingles! ¿Tikky hablaba inglés?
–Road…Dios, ayudame. ¿Donde estas?
Lamente de Road se inundo con su voz y un nombre emergió en medio de la oscuridad a gritos. La figura se empezó a alejar. No. ¡No! ¡Este no puede ser Allen! Ella se estaba volviendo loca. Si lo llamaba, la descubrirían.
La figura se volvió de espalda para salir. Road no se pudo controlar. Salió de las sombras, con el candelero como arma.
El giro.
– ¡Road!
Quítate el velo, trataba de decir ella, pero no pudo. Las palabras se habían atorado en su garganta. El se arranco el velo de la cabeza.
Era Allen.
Ella sintió que sus piernas desfallecían. Su rostro con una mueca de vergüenza. Lloraba. ¿Porque estaba avergonzada? El corrió hacia ella, quien cayó contra él, incapaz de contener algunos sollozos. Quiso decirle algunas cosas, pero las palabras salían como gemidos, resonando alrededor de la recamara.
– ¿Qué te hicieron? –exclamo Allen mientras se las arreglaba para sostenerla, pero ella se desmadejo y la dejo caer suavemente sobre el sofá, abrazándola–. Voy a matar…
La joven no podía contener la euforia en su corazón. Tikky venia en este preciso momento, y ella tenía que advertirle a Allen. Pero su voz no cooperaba.
–Ahora estás segura–le asevero él acunándola–. Estas segura conmigo. ¿Me oyes, Road? Ya estoy aquí.
–Él viene para acá–comento con dificultad.
– ¿Quien? ¿Tikky?
Road trato de contener la respiración. E impulsivamente agarro a Allen por el vestido negro y le beso el rostro.
– ¡Gracias! –Exclamo mientras besaba sus mejillas y las lágrimas salían ligeramente–. Gracias, gracias. De verdad, Allen.
–Escúchame, Road. ¿Dónde está Tikky?
Si, el venia, ¿no era así? Road volvió en sí. Se irguió inquieta.
–Viene hacia acá…–advirtió Road.
– ¿Ahora? –pregunto mirándola inseguro.
–Si, ahora mismo…–comento empujándolo y dirigiéndose a la puerta–. Así que debemos salir ahora… ¿Puedes ver los futuros?
–No–confeso enderezándose y quitándose la abaya–. Toma esto…
–No.
Allen se detuvo ante su respuesta con un tono de ira.
–No–repitió–. Póntela tú. Dame tu ropa. ¡Rápido!
Él entendió. Les llevo solo unos segundos, luchando con los botones y cierres, pero al final Allen estaba oculto nuevamente en una capa negra, y Road usaba los pantalones de pana negra y la camisa blanca de él, todo era el doble de su tamaño.
–Mi cabello…–comento ella, mientras tomaba una tijera y cortaba con rapidez, quedando en puntas–. Ahora si listo, dame algo Allen.
El giro alrededor de ella y le ato un nudo sobre su cabello detrás de la cabeza. ¡Horrible! ella necesitaba un ghutra. Algo que le cubriera la cabeza. Algo que cubriera su cabello, corrió y tomo una funda de almohada y se la amarro sobre la cabeza.
–Haces un pésimo papel de hombre –comento Allen.
–Y tu como mujer eres terrible –se defendió ella – ¡Vamos! –exclamo Road, extendiéndole su mano,
Salieron corriendo de la habitacion por las escaleras.
– ¿Dónde está el garaje? –pregunto el.
Ayer habían llegado por el garaje, pero ella no lo observo.
–No se… ¡ah por detrás! Hacia la parte trasera.
Salieron juntos por el piso principal. Allen parecía saber mejor que ella donde estaba la parte de atrás, porque la llevo por un pasillo y señalo hacia el extremo. Ahora caminaban con afán. Un criado entro al pasillo y dio dos pasos antes de volverse hacia ellos.
Siguieron caminando, un hombre y una mujer dos extraños en la villa, quizás extrañamente vestidos, pero nada más. Esa era la esperanza de ella.
– ¿Les puedo ayudar? –pregunto el sirviente.
–No –contesto Allen, y Road creyó que su acento árabe era bastante bueno.
Allen le informo que había perdido su don, lo que significaba que se las estaban arreglando por su cuenta. Ellos se la estaban arreglando por su cuenta.
Querido Dios, ayúdanos.
Encontraron el garaje en la parte de atrás, mas allá del estudio en que Road había esperado ayer. Había una fila de autos puestos. Mercedes, todos. Oyeron gritos que venían de la villa. Tikky.
– ¡Rápido! – exclamo Road arrancando hacia el primer auto, cegada por la ira; nunca regresaría. No viva.
–No logro ver un… –empezó a decir, Allen mientras se quitaba el velo del rostro, salto la reja, y corrió al otro auto. Ambos con seguro. Intentaron abrir los cinco autos. El último sonaba como si acabara de enfriarse. Estaba sin seguro. Ella supo que Tikky acababa de llegar en este auto.
Allen subió al asiento del conductor y pulso el control de la puerta del garaje.
– ¡No puedes conducir! Te detendrán; eres una mujer –advirtió road, y miro a la puerta que se levantaba por la orden de Allen –. Yo manejare.
El titubeo y luego se paso al asiento de pasajero.
Road se deslizo detrás del volante e hizo girar las llaves. El negro Mercedes rugió. El movimiento de la puerta llamo la atención. Tikky salía por ella, la puerta que llevaba a la casa.
Llegaste demasiado tarde, imbécil.
Ella apretó los labios. Bajo el freno de mano, y presiono el acelerador. Abrieron camino a través de la puerta medio abierta del garaje entre chirridos y desgoznes, pero apenas Road lo noto; estaba destruyendo los muros de la prisión.
– ¡Adelante! –Grito Allen–. Adelantes, adelante, ¡adelante!
Ella siguió. Directo a la entrada principal. Pero la puerta estaba cerrada.
– ¡Derríbala! –grito Allen agarrado de la puerta.
– ¿Derribarla?
– ¡Con fuerza!
– ¿Chocarla?
– ¡Hazlo, ya! ¡Duro! Es un Mercedes; ¡Lo lograremos!
Road había aprendido a confiar en Allen en el desierto, y no tenía motivos para dudar de él. Presiono el acelerador hasta el fondo y salieron rugiendo contra las puertas con un tremendo estrepito y una fuerte sacudida que lanzo a Road contra el volante. Arrastraron por algunos metros la puerta y después se abrieron paso.
Road giro el volante a la derecha. El vehículo viro bruscamente algunas veces antes de enderezarse. Luego salieron volando por una intersección en medio de algunos pitos de autos.
– ¡Desacelera!
– ¡Lo logramos! –exclamo road aflojando el pedal.
–Por ahora–le aseguro mirándola y lanzando una picara sonrisa– ¿Sabes a donde vamos?
–Fuera de la ciudad
– ¿Y después?
–Luego no se… ¿Tú lo sabes?
–No.
En una curva los paso un camión militar que iba hacia un grupo de hombres que rodeaban la estación de combustible. Por tanto, había comenzado el golpe.
Road observo a Allen, casi sin poder comprender su presencia.
–No puedo creer que esto suceda–comento ella con una sonrisita–. Viniste por mí.
– ¿Dudaste alguna vez?
Ella miro por la ventana, en calma ahora.
–Esto está pasando de verdad, ¿No? ¿Somos libres?
–No por ahora. El palacio está rodeado–comunicó él–. Se está extendiendo el caos. Esperemos poder salir de la ciudad.
Ella solo considero por un momento el asunto pensando en que no podrían salir nunca del reino. Pero habían escapado de Tikky, por ahora…y eso bastaba.
–Allen, no regresare…nunca regresare ni siquiera viva.
Allen no pareció escucharla.
– ¿Qué es eso? –preguntó golpeando una caja negra al lado de la palanca de las direccionales.
– ¿Me escuchaste, Allen? Prométeme que pase lo que pase, no permitirás que ellos me lleven con vida.
Él la miro a los ojos. Sabía lo que ella le pedía. No contesto nada.
–Sabes… a pesar de todo…preferiría morir contigo.
– ¿Qué es este dispositivo? –volvió a preguntarle.
El auto de su padre tenía lo mismo…era común en un país de muchos ricos y muchos pobres.
–Es un dispositivo antirrobo. Esto permite rastrear nuestro auto…
Él levanto la mirada hacia ella con ojos inquietantes y sombríos.
–Conocen cada movimiento. No hay manera de salir de este país, Allen– confirmo ella, mientras las lágrimas salían nuevamente–. Prométeme, Allen. No estaré viva, no con ellos nunca.
El apoyo su mano en su hombro y lo oprimió.
–Hasta para morir, necesitas mazel–contesto él.
– ¿Eso qué es?
–Suerte.
–¿Otro proverbio de tu abuela?
–Yiddish, pero si–afirmo con una sonrisa, tragando en seco, sin embargo mantuvo la calma en su voz–. Aun no tengo intenciones de renunciar.
Allen aclaro la garganta.
–Por ahora eres libre. Eso es lo que importa, ¿sí?
–Si. Y te debo mi vida – contesto suspirando profundamente– de nuevo…gracias. De todo corazón. Pero no puedo regresar y lo sabes. Espero que lo entiendas.
Él la miro y brindo una sonrisa forzada.
–Solo conduce, Road. Conduce rápido
HHHHHHHHHHHHHHHHHHHH
HHHHHHH
¡Por Fin! He podido usar el computador… ahora pues esta historia esta e su auge y espero la disfruten disculpen el retraso pero por problemas técnicos no podía hacerlo bueno y pues espero les haya gustado las otras dos historias mientras esta estaba atrasada, jajaja Bendiciones.
