Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es anhanninen, yo sólo traduzco.

Gracias a Isa por corregir este capítulo.


Fatherhood, Formula and Other F Words

Outtake 1: Primer mamá

Bella POV

Cuando Edward se despertó a mediodía después de su último turno de noche esta semana, yo ya estaba en la sala buscando ideas de regalos para Sofía mientras disfrutaba de la paz y tranquilidad. Faltaban tres semanas para Navidad y no habíamos empezado a hacer las compras.

—Pequeña se estaba chupando el dedo —dijo Edward al sentarse junto a mí—. Se lo saqué, pero creo que sigue enojada porque le quitamos el chupón.

Asentí, lo vi y sonreí.

—Aunque apuesto a que se veía bonita.

—Jodidamente adorable —se rió bajando sus labios a los míos—. Entonces, ¿qué está pasando? Siento que llevo días sin verte.

—Me viste hoy en la mañana y ayer en la tarde —dije—. Pero también te extraño. Pronto terminaré con el recital y luego tendré unos cuantos días de vacaciones antes de que la escuela vuelva a empezar después de Navidad. Y hablando de eso, tenemos que ir a comprar los regalos de Sofía. Escribí una lista de ideas.

Se rió entre dientes cuando le acerqué mi laptop para enseñarle el documento.

—Comprémosle todo. Quiero darle todo lo que pueda desear. Después de todo es su primera Navidad.

—¿Por qué tengo la sensación que va a ser una niña de papá muy mimada? —sonreí.

—Porque esa es mi meta. Me refiero a la parte de ser niña de papá. —Sonrió.

El cambio que había pasado en Edward de cuando lo conocí a ahora era… sorprendente, de hecho. A veces me preguntaba si era el mismo hombre. Él cambió de ser todo un gigoló a ser un gran hombre y un gran padre.

La primera vez que lo vi me quedé… asombrada. Era increíblemente guapo. Alto, musculoso, con un poco de barba en el rostro y esos hermosos ojos verdes. Me aceleró el corazón… pero luego me di cuenta de cómo era y su apariencia ya no me pareció tan genial.

Claro, seguía siendo hermoso, pero su personalidad ya no lo era. Cada pocas noches llevaba a casa a una mujer diferente. Algunas veces esas mujeres se iban en medio de la noche —ya sabes, después de que él se divirtiera—, y a veces las encontraba saliendo de su apartamento cuando yo me iba a trabajar. Cada mujer era hermosa, delgada, piernas largas y pequeños vestidos. Él tenía bien definido su tipo. Se les decía fáciles.

Pero luego llegó otra mujer. Se parecía a las otras, pero con una gran diferencia. Cargaba un bebé. Una pequeñita que, juro por Dios, era la cosa más hermosa el mundo. Capturó mi corazón desde la primera vez que la vi.

Lo miré batallar —después de todo él ni siquiera sabía cambiar un pañal—, lo vi enamorarse de esa pequeña y lo vi transformarse en el hombre que era hoy. Ya no había más mujeres en vestidos pegaditos, disminuyó la cantidad de maldiciones que decía y se convirtió en un buen hombre. Le tomó un tiempo admitir el amor que sentía por su hija, pero cuando lo hizo, fue como si se abriera una compuerta. Él adoraba a esa pequeñita. La forma en que se le iluminaba el rostro era… lo hacía más hermoso y más increíblemente guapo que nunca.

La paternidad le sentaba bien.

Cambió tan drásticamente por su hija… y por mí. No podía negar que durante los primeros meses tuve un enamoramiento con él, pero nunca soñé que se convertiría en esto. Estábamos viviendo juntos y completamente enamorados. Parecía haber pasado tan rápidamente —y créanme cuando digo que lo cuestioné al principio—, pero se sentía bien.

Nunca creí que alguna vez pudiera llegar a ser tan feliz con alguien. Lo quería, pero querer y creer son dos cosas completamente diferentes. Él me hacía reír como nadie más. Ya fuera algo que decía o hacía, a veces me reía con tanta fuerza que me dolía el estómago. Y créanme, lo más gracioso del mundo fue verlo descubrir cómo cuidar a Sofía al principio, aunque también fue lo más dulce.

Ella lo cambió. Demonios, ella me cambió a mí. Esa pequeñita no lo sabía, pero ella era la niña más bonita y especial del mundo. Y ahora era mía. No legalmente todavía, pero él me dijo mamá. Él quería que su hija fuera mía, y ese era el regalo más precioso que alguna vez podría recibir.

Edward puso un documental y yo regresé a mi lista, pero no tardé mucho en escuchar a Sofía llorar a través del monitor. Lo detuve rápidamente para que no se levantara, quería ir yo por nuestra pequeña. Ella estaba en una edad tan adorable, y yo atesoraba cada momento que pasaba con ella. Cuando entré a su cuarto la encontré sentada en su cuna y llorando.

—Oh, corazón —dije, cargándola—. ¿Qué te hace llorar? ¿Te toca cambio de pañal?

El olor confirmó mi sospecha, así que la acosté en la mesa y la aseguré allí antes de cambiarla. Le hice cariñitos, sonriendo cuando su llanto cesó y comenzó a balbucear. Cuando estuvo limpia la volví a cargar y besé su mejilla.

—Supongo que ya se acabó la hora de la siesta, ¿eh? —pregunté—. Papi ya está despierto, vamos a verlo.

—¡Papá! —gritó.

—Sí, estoy segura de que él quiere a su Pequeña tanto como tú lo quieres a él —me reí suavemente.

La emoción que sentía por su papá era preciosa. De verdad que él era su mundo. Cuando él llegaba a casa de trabajo, ella gateaba directo a él. Cuando él le hacía cosquillas y la besaba una y otra vez, su risa era diferente. Ella lo amaba, y esperaba que a mí también me amara. Al menos eso parecía. Siempre se emocionaba al verme cuando la recogía de la guardería, me estiraba los bracitos cuando alguno de los empleados me la traía. Durante las pocas horas que estábamos solas durante las tardes, ella estaba pegada a mí.

Cuando regresé a la sala Edward nos miró sonriendo y estiró sus brazos, así que se la di.

—Hola amor —le dijo—. ¿Disfrutaste tu siesta?

—Iré a traerle algo de comer —dije, inclinándome para besarlo.

—Gracias Bella. Te amo.

—También te amo.


Luego de darle su comida a Sofía, calenté las sobras de Acción de Gracias para Edward y para mí. Habíamos ido a casa de sus padres ese día, pero tuvimos que regresarnos temprano ya que Edward estaba trabajando el turno de noche. El pavo de su madre sabía delicioso y era enorme, así que seguíamos disfrutando de lo que quedó.

—¿Qué quieres hacer hoy? —preguntó Edward cuando me senté en el piso con Sofía.

—Nada —me reí—. Creo que te mereces un día de descanso.

Sonrió, bajándose del sofá para sentarse con nosotros. Sofía gateó hacia él y él se la acomodó en el regazo.

—Creo que un día contigo y con Pequeña suena perfecto. ¿No es así, Sofía? Te he extrañado.

Miré sonriendo como él le besaba la mejilla una y otra vez mientras ella se reía. De verdad era la cosa más dulce ver eso. Yo creía que ella lo había complementado. Puede que él fuera feliz antes de ella, pero estaba segura de que eso no era nada comparado con esto. Era igual para mí. Todos los días me despertaba sabiendo que tenía un increíble hombre y una hija que me amaban. Ese sentimiento era algo que hace unos meses no podía entender, pero estaría agradecida por siempre.

Edward acercó la bolsa de los bloques con letras, acomodamos palabras y las pronunciamos, intentando hacer que las repitiera. Aunque a ella le divertía más agarrarlos y lanzarlos.

—Intentemos con mamá —dijo Edward, deletreando la palabra—. ¿Puedes decir mamá, Pequeña?

Ella aplaudió y se rió balbuceando cosas sin sentido. Ahora sabía exactamente cómo se había sentido Edward cuando él quería que dijera papá. Yo quería que al menos lo intentara, pero lo más que habíamos logrado era que dijera "ma" y ya tenía tiempo balbuceando eso. Era un poco decepcionante que no lo dijera, pero intenté no darle importancia, sabía que pasaría pronto.

Luego de que Sofía se aburrió con sus juguetes, volvimos a sentarnos en el sofá y pusimos una película animada Navideña. La verdad, ésas eran mis favoritas. Es que… me gustaban, a pesar de que ya no era una niña; al menos ahora tendría a Sofía para compartirlas con ella. Ella estaba muy fascinada con la televisión, la señalaba y se reía sin razón alguna.

Edward, por otro lado, parecía que quisiera suicidarse.

Le pegué en el hombro y sonreí.

—Ésta es tu vida de ahora en adelante, así que acostúmbrate —bromeé.

—No me interesan los hombres de nieve parlantes —se rió—. Aunque a ustedes dos parecen gustarles.

—¡Claro! Es la magia que tiene, ¿sabes? Amo la época Navideña. Tenemos que poner pronto en arbolito.

Asintió.

—¿Qué te parece mañana? Estoy seguro de que a Sofía le encantarán las luces.

—¡Ya puedo ver su rostro! —me reí suavemente—. ¡Será adorable!

Mientras la película seguía avanzando, Edward y yo decidimos ir por el árbol y más decoraciones de navidad. Yo tenía unas pocas, pero apenas eran suficientes para un árbol pequeño. Mientras él se bañaba Sofía y yo terminamos de ver la película. Bueno, yo la terminé. Ella comenzó su siesta de las tardes en mis brazos.

Cuando Edward salió, él la tomó en brazos para que yo pudiera alistarme. Para cuando estuvimos listos, la siesta de Sofía ya había terminado y ella aplaudió cuando él le dijo que íbamos a salir. Fue entonces cuando ella repitió su palabra más reciente.

—¡Adiós! —dijo cuando la acomodé en su asiento—. ¡Adiós, adiós, adiós!

Me reí y me incliné para besar su mejilla.

—Sí, corazón, nos vamos a ir, adiós.

Ella no se cansaba de su nueva palabra y la repitió al subirnos a la SUV y de camino al lote de árboles. Yo la miraba por el espejo sonriendo al ver su sonrisa por el otro espejo que estaba en el respaldo del asiento. Ella iba jugando con uno de sus animales de peluche, estuvo agitándolo a su alrededor hasta que accidentalmente lo tiró. Fue entonces cuando comenzó el llanto.

Sabía muy bien que Edward jamás dejaría que su hija llorara sin razón alguna, así que no me sorprendí en absoluto cuando paró en una gasolinera para recoger el peluche. Me giré para verlo buscar el peluche debajo de mi asiento. Cuando ella vio que papi lo tenía en sus manos, dejó de llorar.

—Aquí tienes, Pequeña —dijo él, le besó la frente y ella abrazó el animal de peluche contra su pecho.

—Papá —dijo, otra vez sonriente.

Luego se volvió a subir al carro y manejó hasta el lote de árboles. Llegando allí me puse la cangurera en el pecho y Edward la metió allí adentro. Personalmente, amaba la cangurera, pero él se negaba a usarla, optando mejor por sólo cargarla en brazos. Ya que hacía frío, él se aseguró de que su gorrito, manoplas y botas no se fueran a mover antes de empezar a caminar por el lote.

Nuestro apartamento no era tan grande, así que nos aseguramos de mirar sólo árboles pequeños. Afortunadamente no tardamos en elegir uno. Edward estaba apurado, quería sacar a Sofía del frío lo más pronto posible. Mientras él y el encargado amarraban el árbol al techo de la SUV, yo entré al carro con Sofía y le di un poco de agua.

—Vamos a tener un árbol muy bonito, cariño —dije, ayudándola a sostener el biberón. No le di mucha, así que terminó con rapidez—. Habrá luces y decoraciones brillantes que sé que amarás.

Soltó el chupón del biberón y junto sus labios. Le puse la tapa al biberón y lo metí en su pañalera antes de besar su mejilla.

—Mami te ama —dije—. ¿Y sabes qué sería genial? Que me dijeras mami, incluso si sólo lo intentas sería maravilloso.

—Eee naa —balbuceó—. ¡Adiós!

Me reí, acercándome para darle otro beso.

—Supongo que por ahora es suficiente con escuchar tu voz.


Luego de ir a unas cuantas tiendas y comprar las decoraciones y adornos para el árbol, nos fuimos a casa. Sofía estaba exhausta por nuestra tarde afuera y se quedó dormida una vez más en el carro. Cuando llegamos a casa tuve que ayudar a Edward a bajar el árbol del carro. Puede que no fuera muy grande, pero causó muchos problemas.

Yo sólo estaba feliz de que Sofía siguiera dentro del carro cuando salieron profanidades de sus labios. Sus guantes estaban cubiertos de savia y no pude evitar reírme cuando se pasó la mano por la cara sin pensarlo.

—Hijo de puta —dijo, alzando el árbol con una mano—. El siguiente año compraremos uno artificial.

Asentí riéndome un poco.

—Claro, Edward.

—Te estás riendo de mí —dijo, ladeando la cabeza y entrecerrando los ojos.

Alcé la mano, e hice el gesto de casi pegar mi dedo pulgar e índice.

—Sólo un poco.

Me pasó la mano por un costado del rostro sin advertírmelo, haciéndome saltar lejos de él y caer sobre mi trasero.

—¡Qué grosero! —dije, juntando una bola de nieve mientras él se reía de mí. Se la lancé sin atinarle porque se agachó. Luego de limpiarme y juntar otra bola en mi mano, me aseguré de acercarme lo suficiente y le di en la cara con ella. La mirada en su rostro no tuvo precio, y antes de que pudiera vengarse abrí la puerta de atrás de la SUV y saqué el porta bebé de Sofía.

—Usar a nuestra hija para protegerte está mal —dijo sonriendo—. Me vengaré.

—Tú empezaste —me reí, poniéndome la pañalera al hombro—. Te veo arriba.

Me alejé dejándolo solo con el árbol. Edward apenas iba entrando cuando con el árbol cuando yo ya había dejado a Sofía adentro acostada en su cuna para que pudiera terminar su siesta. Lo detuve rápidamente, haciéndolo dejar el árbol en el pasillo hasta que pudiera poner la base. Cuando terminamos de poner el árbol y quitarle las cuerdas, el piso quedó hecho un desastre al igual que nosotros. Pero sí se veía bonito. Medía cuatro pies, pero estaba muy tupido. No podía esperar para decorarlo.

—¿Tenemos que esperar hasta mañana? —le pregunté cuando dejó el resto de las bolsas en el mostrador—. Se ve tan vacío.

Se rió entre dientes y cerró la distancia entre nosotros, envolviéndome con sus brazos.

—Podemos hacerlo esta noche si quieres.

Me levanté de puntillas para presionar mis labios en los suyos.

—Gracias —dije—. Voy a bañarme y luego comenzaré a preparar la cena. ¿Está bien si hago espagueti?

Asintió.

—Me parece jodidamente increíble.

Presionó sus labios con los míos una vez más, acariciando ese lugar detrás de mi oído. Cuando nos separamos, me apresuré hacia la ducha y luego comencé con la cena. Para cuando empecé a cocinar Sofía ya se había despertado, así que Edward fue por ella para darle de comer y hacerme compañía en la cocina.

—Te portaste muy bien hoy, Pequeña —dijo, llevando la cuchara a sus labios—. Sólo renegaste en el carro, así que gracias.

—Claro que no reniega alrededor de la gente —dije—. Ama la atención que todos le dan.

En serio que sí, y la gente la amaba. A donde quiera que fuéramos juntos, siempre nos decían qué bonita era y hoy no fue diferente. Uno de los dueños de la tienda le dio un moño para que jugara, algo que ella adoró.

—Te pareces mucho a papá, corazón —se rió él—. Tengo un mal presentimiento de lo que eso significará cuando seas mayor. Tendré que decirle a Charlie que me enseñe a disparar, ¿verdad? Así ningún chico intentará nada.

Rodé los ojos y sonreí.

—Creo que te faltan unos cuantos años antes de que tengas que preocuparte por eso.

Me miró y se encogió de hombros.

—Conozco a los chicos adolescentes, así que me estoy preparando con tiempo.

Terminé la cena justo cuando Sofía terminó de comer. Edward la dejó en su sillita alta, acercándola a la mesa mientras comíamos. Cuando terminamos yo limpié la cocina y él sacó las cosas de las bolsas. Sofía, siempre la exploradora, quería jugar con todo.

Para cuando me acerqué a ayudarlo, él ya había renunciado a intentar mantenerla lejos de las cosas y ella estaba jugando con la escarcha en el piso. Fue divertido decorar juntos nuestro primer árbol, especialmente con la ayuda de Sofía. Tardamos más de lo que deberíamos, pero ella se divirtió mucho con las cosas brillantes. Me aseguré de tomar muchas fotos de ella y Edward juntos porque eran adorables. Bueno, fue adorable hasta que ella decidió que las esferas debían ser aventadas. Afortunadamente no se rompieron.

—¿Lista para ver las luces, Pequeña? —preguntó Edward, yo la tenía agarrada.

Le besé la mejilla y apagué la lámpara mientras él encendía el árbol. Las luces de colores se veían hermosas, y Sofía estaba asombrada por todo. Su manita se estiró queriendo tocar, aunque estábamos muy lejos del árbol.

—Mami eligió cosas bonitas, ¿verdad? —dijo Edward, envolviéndome con su brazo y besando mi mejilla—. Dile a mamá que está bonito.

—Mamá —dijo ella mirándolo.

Sentí que mi corazón creció ante su palabra, incluso si no me estaba viendo a mí. Lo dijo. Se me atoró la respiración en la garganta y se formaron lágrimas en mis ojos. Era una palabra tan simple, pero significaba más para mí de lo que podría explicar.

Edward sonrió y le movió la barbilla hacia mí.

—Ella es mamá —dijo.

—¡Mamá! —se rió.

Asentí intentando no llorar.

—Sí, corazón —dije—. Soy tu mamá y te amo muchísimo.

Estiró su manita para ponerla en mi mejilla mientras Edward lo volvía a decir. Ella repitió cada vez que él lo dijo, y en ese momento me sentí la mujer más feliz del mundo.

Mi hija me dijo mamá.